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 Asunto: KAISERIN ELISABETH CHRISTINA
NotaPublicado: 23 Ene 2010 12:18 
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Aquí tiene su rincón, ya que nuestra Neyade lo echaba en falta...

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Elisabeth Christina von Braunschweig-Wolfenbüttel, nacida en Braunschweig o Brünswick el 28 de agosto de 1691 y fallecida en Viena el 21 de diciembre de 1750. En sus años jóvenes, se la consideró "la reina más hermosa del mundo".


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 Asunto: Re: KAISERIN ELISABETH CHRISTINA
NotaPublicado: 23 Ene 2010 15:41 
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A decir verdad, Elisabeth Christina, princesa del linaje de los güelfos, entró en las páginas de los libros de historia con paso vacilante, pero intentando parecer completamente dueña de sí misma. Acaeció en Bamberg el 1 de mayo de 1707, cuando la muchacha de apenas dieciséis años abjuró de su religión luterana para convertirse al catolicismo en presencia del destacado arzobispo de Maguncia. La ceremonia había sido un requisito indispensable para que se la pudiese enviar a la corte imperial de Viena en calidad de prometida del archiduque Karl, quien se había proclamado rey Carlos III en España.

Los padres de Elisabeth Christina se habían visto, en ese punto, arrollados por la tremenda fuerza de la ambición del abuelo paterno, duque Anton Ulrich de Wolfenbüttel. Anton Ulrich de Wolfenbüttel era uno de esos príncipes en los que se mezclaba una notable sagacidad política con una firme voluntad de afianzar su poderío conjuntamente con el de su dinastía. Los hijos varones que había tenido con su esposa, Elisabeth Juliana von Schleswig-Holstein-Sønderborg-Nordborg, no habían heredado, para bien o para mal, esa determinación implacable de Anton Ulrich. El de mayor edad, Augustus Wilhelm, que debía convertirse con el tiempo en duque de Brünswick-Lüneburg, mostraba un acentuado desinterés por los asuntos de gobierno; sólo le apetecía vivir para las excursiones cinegéticas y las jaranas. El que le seguía, Ludwig Rudolf, a quien el padre había elevado al rango de conde de Blankenburg y heredero de Wolfenbüttel, mostraba una predilección por la cultura y las artes, compartidas con su ilustrada esposa, Christina Luise von Oettingen-Oettingen.

Ludwig Rudolf y Christina Luise se consideraban luteranos hasta la médula. La religión desempeñaba un papel significativo en su existencia cotidiana, no se trataba de un asunto que se tomasen con ligereza. Y habían educado con esmero a sus hijas: Elisabeth Christina, Charlotte Christina y Antoinette Amalia. Por tanto, al insistir el abuelo Anton Ulrich en que Elisabeth Christina debía hacerse católica para casarse con Karl de Austria, se había suscitado un problema serio en el seno de la familia. Anton Ulrich, que había saltado por encima de los escrúpulos de conciencia de su esposa Elisabeth Juliana, se impondría también a su hijo Ludwig Rudolf y a su nuera Christina Luise. La nieta afectada, Elisabeth Christina, opuso la mayor resistencia, no obstante. Llegó a amenazar con dejarse morir por inanición, en la confianza de que Dios entendería su sacrificio. Anton Ulrich comprendió que no podía recurrir a la coacción, sino que debía actuar con cierto grado de sutileza para meter en cintura a su nieta Elisabeth Christina. No tardó en convocar a una serie de teólogos protestantes de excelente reputación para que se pronunciasen en el sentido de que dicha conversión del luteranismo al catolicismo cuya necesidad estaba acreditada por motivos dinásticos no constituía ningún pecado para la cuenta de Elisabeth Christina. La manipulación psicológica surtió efecto -aunque probablemente la joven Elisabeth Christina nunca logró sacudirse la sensación de que quizá Dios hilase más fino que los teólogos requeridos por el abuelo Anton Ulrich-.

La conversión de Bamberg proyectaría sombras sobre Elisabeth Christina durante años, lustros y décadas, algo que veremos más adelante. Pero, en esa época, Anton Ulrich se mostró absolutamente orgulloso de poder enviar a su nieta Elisabeth Christina a Viena, dónde la recibirían el emperador Joseph I y la esposa de Joseph, la emperatriz Wilhelmina Amalia. Wilhelmina Amalia había contribuído decisivamente al enlace de su cuñado Karl con Elisabeth Christina, lo que no tiene nada de peculiar, pues la consorte de Joseph procedía de la misma estirpe que Anton Ulrich. Era de esperar que Wilhelmina Amalia guiaría a través del intrincado laberinto de la corte de los Habsburgo a su prima adolescente Elisabeth Christina.

En el instante en que se produjo la recepción en el Hofburg de Elisabeth Christina, cada uno de los presentes se quedó atónito por la hermosura nada común de esa recien llegada. Cundió la sensación general de que Karl, que se encontraba en la lejana Barcelona peleando por un reino, había sido verdaderamente afortunado de que se le hubiese apañado la boda con una princesa tan increíblemente guapa y de modales encantadores. El encanto de Elisabeth Christina parece haber residido en una espesa y lustrosa cabellera de un rubio intenso sirviendo de marco al rostro ovalado, de tez blanca inmaculada, con unos rasgos delicadamente trazados.

No había ninguna mujer en la corte de Viena que pudiese rivalizar con ella. La emperatriz viuda de Leopold I, madre del emperador en ejercicio Joseph I y de aquel rey Carlos III de España con quien se casaría Elisabeth Christina, se llamaba Eleonore-Magdalena von Pfalz-Neuburg; en su juventud, había sido una pelirroja considerablemente atractiva, pero no una belleza, y su principal handicap residía en un carácter melancólico, depresivo, en cierto modo autodestructivo. La emperatriz Wilhelmina Amalia, mujer de Joseph I, sí era, a tenor de lo que escribieron acerca de ella sus coetáneos, muy bonita e incluso, en opinión de no pocos, una hermosura. Pero Wilhelmina Amalia rondaba en los treinta y cuatro años de edad. Había dado a luz en tres ocasiones, dos niñas y un niño de los cuales sólo habían sobrevivido las féminas, para profunda consternación del círculo de la corte. Lo peor radicaba en que, tres años atrás, Joseph, que llevaba una vida sexual bastante promiscua, había contraído una sífilis de la que se había contagiado la pobre Wilhelmina Amalia. La enfermedad resultaba tremendamente dura, pero los tratamientos al uso, baños de mercurio, todavía se cobraban una factura más alta. Aparte de dañar su capacidad reproductora, estropeó su aspecto considerablemente.

Las dos hijas de Wilhelmina Amalia, las archiduquesas María Josepha y María Amalia, todavía se hallaban en plena infancia. María Josepha tenía ocho años y María Amalia rondaba en los seis. Por tanto, las dos pertenecían todavía a la esfera privada del Hofburg, con escasa proyección pública.

En ese entorno familiar, Elisabeth Christina era, por decirlo llanamente, un bombón. Los vieneses se hacían lenguas a propósito de su excelente presencia, de su inclinación por la cultura y su afición a las artes, en particular a la música. No había pegas que ponerle, aunque la mayoría receleban de su conversión al catolicismo. Por muchas misas a las que acudiese, se mantenía en el aire el rumor de que, en secreto, seguía sintiéndose luterana.


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 Asunto: Re: KAISERIN ELISABETH CHRISTINA
NotaPublicado: 23 Ene 2010 16:34 
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La boda entre Karl, el rey Carlos III, y Elisabeth Christina había sido decidida por razones de conveniencia dinástica. Elisabeth Christina ni siquiera había figurado la primera en el ranking de princesas apetecidas por la corte vienesa; tiempo antes, se había intentado vincular a Karl con la princesa Carolina de Brandenburg-Ansbach, pero ésta, otra rubia espectacular de gran refinamiento cultural, sí que se había negado en rotundo a abjurar de su protestantismo. Carolina de Brandenburg-Ansbach no se había quedado para vestir santos después de renunciar a un enlace con los Habsburgo. En 1705, se había casado con el príncipe Georg de Hannover, hijo del Elector de Hannover que era, a su vez, heredero de la corona de la reina Anne de Inglaterra, la última de los Stuart.

Al barajarse otras opciones ventajosas, había surgido, gracias a la insistencia de la emperatriz Wilhelmina Amalia, la princesa Elisabeth Christina. Ella sí se había hecho católica...y había viajado a Viena con un ajuar digno de una novia imperial. A partir del momento en que se instaló en el Hofburg, se puso en marcha el carrusel de preparativos para su casamiento. Tendría que ser un casamiento por poderes, puesto que Karl/Carlos estaba en Barcelona.

La aventura de Karl/Carlos se había iniciado con la muerte, el 1 de noviembre del año 1700, de Carlos II, rey de España, último monarca casa de Austria que había regido los destinos del país. Carlos II, apodado "El Hechizado", es una de esas figuras altamente dramáticas hasta su fallecimiento, acaecido cuando apenas frisaba en los treinta y ocho años. Desde la niñez, dió pruebas de lo que podía representar una tremenda sobrecarga genética fruto de los constantes matrimonios entre los miembros españoles y los miembros austríacos de la dinastía de los Habsburgo. Esa potente endogamia dentro de un círculo de tíos, sobrinas, dobles primos carnales, etc, no podía llevar a nada bueno. Efectivamente, concluyó en un soberano aquejado de graves taras físicas y mentales. Adolecía de huesos finos y quebradizos, así como músculos débiles; no podía caminar derecho, avanzaba penosamente sujetándose a las paredes sin conseguir enderezar su cuerpo. No se había desarrollado de forma normal, había poco vello -más bien pelusilla- en su cuerpo, pero lo peor radicaba en que carecía de potencia sexual y de capacidad fertilizadora. A ese pobre tipo contrahecho, de triste presencia y mente aletargada, se le había casado dos veces...en vano. Su segunda mujer, por cierto, era la resolutiva Maria Anna von Pfalz-Neuburg, una hermana de Eleonore-Magdalene, emperatriz de Austria, madre de Joseph I y de Karl/Carlos.

La falta de descendencia de Carlos II abría la disputa por su sucesión. Y no se trataría de una mera disputa interna, con guerra civil más o menos segura, sino de una bronca monumental a escala europea, debido a que los dos candidatos firmes a heredarle representaban opciones divergentes en pugna por la hegemonía en el continente. De un lado, estaba el francés Philippe duque de Anjou, nieto del rey Louis "el Estado soy Yo" XIV y de la española María Teresa. De otro lado, estaba el linaje de los Habsburgo, entonces aún concretado en la persona del emperador Leopold I, casado con Eleonore-Magdalene von Pfalz-Neuburg.

Leopold I tenía dos hijos varones, Joseph y Karl. Siempre se había dado por hecho que Joseph recibiría en herencia los dominios centroeuropeos de los Habsburgo: Austria, Hungría y Bohemia conformando una unidad indivisible. Simultáneamente, las expectativas radicaban en que Karl recibiese el legado español, conformado por España, una amplia área de los Países Bajos, zonas extensas en Italia y el Sur de América casi al completo. Para que no hubiese lugar a querellas futuras, Leopold I había animado a Joseph y Karl a firmar un pacto de caballeros. Ése fue el denominado Pactum Mutuae Successionis. Implicaba que, como Joseph carecía de hijos varones con su Wilhelmina Amalia, Karl sería su heredero en Austria-Hungría-Bohemia; en caso de que los dos, Joseph y Karl, falleciesen sin dejar descendencia masculina legítima, podrían ascender al trono las mujeres, primándose las hijas del heredero de más edad -Joseph- sobre las hijas del heredero de menor edad -Karl-. Era un reparto justo, que mantenía los derechos de las dos hijas de Joseph con Wilhelmina Amalia, las archiduquesitas María Josepha y María Amalia.

Habiéndose resuelto el tema a satisfacción de los implicados, Leopold I se quedó con Joseph y la familia de Joseph en Viena mientras animaba a Karl a viajar a España para convertirse en el rey Carlos III. Karl había salido de Austria con un nutridísimo contingente de hombres armados, tomando la ruta hacia Holanda. Allí les recibieron dos aristócratas británicos de gran renombre: el duque de Marlborough y el duque de Somerset. Ambos tenían la misión de servirle de escolta de honor a Karl en su periplo a Inglaterra. La reina Anne le estaba esperando en Windsor para concretar en detalle el gran apoyo, en efectivos militares y en dinero, que Inglaterra ofrecería al candidato Habsburgo a la corona de España. Obviamente, Inglaterra prefería mantener el status quo, con los Habsburgo manejando simultáneamente la corte de Madrid y la corte de Viena, que un reforzamiento del poderío de Francia mediante el establecimiento en el trono español de un nieto de Louis XIV. Para contribuír al éxito de su candidato Habsburgo, Inglaterra ya había enviado hombres a la península, al mando de Henry, conde de Galway; también había tomado por las bravas Gibraltar, un puerto base desde el que controlar el tránsito entre el Mediterráneo y el Atlántico.

Karl había cumplido sus deberes en Windsor. Desde allí, viajó en una flotilla británicas hasta Lisboa, dónde el rey Joao V le aguardaba con ansiedad. Joao tenía la esperanza de casarse con una archiduquesa, María Anna, hija del emperador Leopold I, hermana del futuro emperador Joseph I y de ese Karl que aspiraba a ser Carlos III de España. Los portugueses estuvieron de acuerdo en suministrar más combatientes para la Guerra de Sucesión, que estarían al mando de su marqués das Minas.

Lo cierto es que el grueso de los detractores de Philippe duque de Anjou, que se hacía llamar Felipe V de España, se encontraban en Cataluña y en el Levante español. Ahí era dónde más "austracistas" se contaban, por temor a que el Borbón extrapolase a España las medidas rotundamente centralizadoras del poder real implementadas por Louis XIV en Francia. Los aliados continentales -Austria, Inglaterra, Portugal...- aprovecharon inteligentemente esa situación para hacerse con el control de Cataluña, Aragón, Valencia y Alicante. No por casualidad, Karl se presentó en Barcelona para ser proclamado rey Carlos III.

En los años siguientes, los "austracistas" conocieron éxitos...y fracasos. Se hicieron fuertes en Cataluña, con Carlos III firmemente establecido en el Palau Reial de Barcelona. Los partidarios de Felipe V trataron de invertir esa situación en febrero de 1706, cuando un formidable ejército dirigido por el mariscal Tessé, francés, se adentró en territorio catalán para poner bajo un asedio implacable la Ciudad Condal. Con el apoyo de las guerrillas que se denominaban "miquelets", las tropas aliadas repelieron el ataque. Tessé hubo de replegarse con sus hombres...hacia Francia. Los "austracistas" quisieron sacar partido de ese triunfo y avanzaron hacia Madrid sin encontrarse demasiada resistencia en el camino. Pero otro comandante de las tropas borbónicas, curiosamente británico, James Berwick, dirigió un ataque fulminante sobre Madrid. Carlos hubo de abandonar la capital con los suyos, de vuelta a Barcelona. La capital quedó de nuevo disponible para Felipe V.

Berwick había seguido ganando batallas a mayor gloria de Felipe V. En Almansa, en abril de 1707, Berwick había conseguido inflingir una terrible derrota a los aliados liderados por el conde de Galway, que acusó abiertamente al portugués marqués das Minas de haber dirigido penosamente a los hombres que tenía a su cargo. El resultado era desolador para los austracistas: de repente, se quedaban sin Aragón y sin Valencia, prácticamente reducidos a los límites territoriales de Cataluña.

En esas circunstancias, Carlos no podía de ninguna manera trasladarse a Viena para casarse con Elisabeth Christina. Estaba seguro de que a su hermano Joseph, emperador Joseph I desde la muerte de Leopold I acaecida en mayo de 1705, le representaría adecuadamente en una boda "por poderes". No obstante, con carácter previo a esa boda "por poderes" en la que Joseph desempeñaría el papel de Carlos, éste sí mandó a Viena a un noble catalán de su entera confianza, don Manuel, conde de Galve...


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 Asunto: Re: KAISERIN ELISABETH CHRISTINA
NotaPublicado: 23 Ene 2010 17:01 
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Oficialmente, Manuel conde de Galve se dirigió a Viena para reverenciar a Elisabeth Christina y entregarle un surtido de alhajas elegido por Carlos III. Oficialmente. Adicionalmente, había una serie de tareas que debía llevar a cabo de modo discreto y altamente eficaz. En un plano político, se aprovecharía la coyuntura para recabar mayores apoyos para el pretendiente de los "austracistas". Los borbónicos estaban ganando la partida en esa etapa. Había que reorganizar filas (las disensiones entre Galway y das Minas habían alcanzado cotas máximas) y redoblar el contingente disponible con tropas de refresco para lanzar una ofensiva.

En un plano más personal, Carlos había aleccionado cuidadosamente al conde de Galve para que éste se entrevistase con uno de los personajes más influyentes en la corte imperial, el conde Philip von Dietrechstein. Galve tenía que negociar con von Dietrechstein la composición del séquito de esa Elisabeth Christina que llegaría a suelo español como "la reina Isabel Cristina". El repertorio de damas de Elisabeth Christina era de gran relevancia. Carlos tenía varias sugerencias al respecto. Había decidido que le gustaría que la dama de mayor rango del cortejo de su mujer fuese la condesa von Eting. En caso de que la señora no estuviese disponible, o dispuesta, no le importaría verla sustituída por la duquesa von Aremberg. En cambio, Carlos había puesto "veto", por razones que se ignoran, a dos damas de confianza de la emperatriz Wilhelmina Amalia, la condesa von Glenchl y la condesa von Ech. Galve tenía que manejar ese tema con mucha mano izquierda.

Poco a poco, se alcanzó un punto de consenso acerca del viaje a la península de Elisabeth Christina. Ésta hubo de despedirse de la emperatriz viuda Eleonore-Magdalene, de la emperatriz consorte Wilhelmina Amalia, de las archiduquesas hermanas de su esposo y de las archiduquesas hijas de los emperadores, para emprender una ruta de Viena a Génova con escala en la ciudad de Venecia. En Génova, la aguardaba una flota dirigida por el almirante Lake, que le hizo saber que viajarían hasta Barcelona llevando no sólo el ajuar de la novia o numerosos pertrechos militares, sino una fabulosa suma de dinero -un millón de libras esterlinas...- que aportaba la reina Anne de Inglaterra.

Sólo podemos especular a propósito de los sentimientos de Elisabeth Christina mientras el barco surcaba las aguas de Génova a Barcelona. Íba a ser la reina de un rey reconocido únicamente en una porción de los territorios que aspiraba a gobernar, respaldado por los "austracistas" convencidos y por un conglomerado de tropas extranjeras a las que, ahora, se sumaría otro contingente alemán dirigido por Gui von Starhemberg. En Madrid, se hallaba la pareja formada por Felipe V y su adorable Luísa Gabriela de Saboya. En Barcelona, ella sería la Isabel Cristina que haría de consorte a Carlos III. A la postre, la guerra alcanzaría un desenlace. Con el tiempo, en unos años a lo sumo, se decantaría a favor de unos o de otros, porque no había espacio para dos reyes con sus respectivas reinas. Por tanto, la dosis de incertidumbre podía considerarse elevada.

Probablemente, Elisabeth Christina recordaba con cuánta placidez había vivido en su ducado natal y el esplendor que había encontrado en la corte imperial de su cuñado. En el Palau Reial de Barcelona la aguardaba otro tipo de corte, una corte provisional que vivía el día a día según los vaivenes de fortuna que se producían en el curso de la Guerra de Sucesión. La idea debía causar inquietud en Elisabeth Christina. Pero es posible que le causase menos inquietud que el inminente encuentro con su esposo por poderes, Carlos. Hasta ese instante, de él sólo había visto retratos. Sabía que era un mozo de mediana estatura, de cabellos castaños, con un rostro alargado en el que los rasgos eran inconfundiblemente habsburgueses, introvertido, serio y a veces adusto. Le habían dicho que, si bien en ese período vivía consagrado a los avatares de la lucha por un trono, se trataba de un hombre culto, que prefería entre todos los idiomas el francés y el italiano. Su pasatiempo, aparte de ejercer el mecenazgo, consistía en irse a cazar.

¿Le gustaría Carlos? Y...no menos importante...¿le gustaría ella a Carlos? Todos elogiaban su belleza y su naturaleza afable. Se suponía que Carlos batiría palmas con las orejas cuando posase sus ojos en semejante hermosura. Pero...¿y si no era así? ¿Sería él un esposo devoto, hombre de una sola mujer como se decía que había sido el padre, el difunto emperador Leopold I? ¿O al cabo de un tiempo se repartiría entre un amplio surtido de amantes, del modo en qe lo hacía el hermano, el emperador Joseph I? Las incógnitas estaban ahí. Únicamente el tiempo permitiría despejarlas para ver el resultado de la ecuación.


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 Asunto: Re: KAISERIN ELISABETH CHRISTINA
NotaPublicado: 24 Ene 2010 12:05 
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El encuentro entre Carlos y Elisabeth Christina se verificó en Mataró, el 24 de julio de 1708, rodeado de una enorme expectación. En ese verano, los "austracistas" asistían, con el alma en vilo, al hecho de que los borbónicos tuviesen bajo asedio Tortosa. La noticia de que Elisabeth Christina había llegado para reunirse con Carlos se quería interpretar como un presagio de que las cosas, que habían estado yendo de mal en peor, empezarían a mejorar; a fín de cuentas, la novia había llevado consigo tropas magníficamente preparadas y dinero, una suma colosal de dinero para entonces, porque el millón de libras aportado por la monarquía inglesa se transformaba en nada menos que noventa y seis millones de reales.

Elisabeth Christina se había preparado cuidadosamente para ese rendez vous en Mataró. Conocía la importancia que podía tener para ella ofrecer una imagen atractiva a ojos de su flamante marido, de los miembros del séquito de éste y del pueblo que se había congregado en las calles para verla aparecer en escena. No se había escatimado tiempo en el arreglo de su rubia cabellera, tan elogiada siempre en Wolfenbüttel y en Viena. Los trajes sencillos que había usado durante el largo viaje quedaban en el olvido ante el colorido vestido, de rico tejido, que escogió para la ocasión. Debía estar impresionante, porque, nada más verla, a Carlos, generalmente muy contenido e incluso severo, se le escapó de los labios la frase:

-Ahora bien...¡nunca soñé que fueseis tan hermosa!.

Carlos no estaba gastando cumplidos. En ese estado inicial de arrobamiento causado por la belleza de Elisabeth Christina, declararía: : «Ahora que la he visto, cuanto se ha dicho de ella son sólo sombras que el resplandor del sol devora». Asimismo, Carlos escribió una carta muy elocuente al duque Anton Ulrich de Wolfenbüttel, el abuelo paterno de Elisabeth Christina que había facilitado la boda. Carlos le agradecía con entusiasmo a Anton Ulrich que le hubiesen destinado aquella princesa. Aseguraba que "el raro tesoro que se me ha confiado será el más cuidadosamente guardado", puesto que tenía intención de hacer lo que estuviese en su mano para merecer el título de "amante y fiel esposo".

En el curso de la semana que ambos pasaron en Mataró, a nadie se le pasó por alto la fascinación de Carlos por Elisabeth Christina, a la cual había empezado a llamar "mein weisse Liesel". Con esa expresión, Carlos aludía a uno de los rasgos más notables de su Liesel, diminutivo tradicional de Elisabeth: la blancura inmaculada de su piel. Liesel tenía, aparte la espesa y lustrosa cabellera rubia, un cutis finísimo, de un blanco prístino. En el curso del trayecto hasta Mataró, había estado empleando no pocas lociones y ungüentos para prevenir o solventar, según el momento, las picaduras de mosquitos, que podían dejar marcas en esa piel tan delicada. Está claro que las lociones y ungüentos le habían sido de utilidad, porque ofrecía un aspecto cautivador.

En cuanto a la "weisse Liesel" se la veía plenamente satisfecha con las atenciones que le dedicaba Carlos. Probablemente contribuía a ello el que la gente del cortejo, gratamente sorprendida por el enamoramiento de Carlos respecto a Elisabeth Christina, insistiese en la idea de que Carlos había salido, sin duda, a su padre, el difunto emperador Leopold I. Leopold I nunca había olvidado a su primera mujer, Margarethe Theresa, nacida infanta de España, su sobrina y después su esposa. Para Leopold, su "Gretel" había sido dueña absoluta de su corazón y de su mente; la muerte prematura de ella le había devastado emocionalmente, aunque no había tenido más remedio que casarse en segundas nupcias a los cinco meses del fallecimiento de la joven consorte y, con el tiempo, había habido incluso una tercera mujer (precisamente la madre de Joseph y Carlos, Eleonore-Magdalene). La forma en que se equiparaba el idilio de Carlos y "Liesel" con el romance que en su día había vivido Leopold con "Gretel" tocaba por completo la fibra sensible de Elisabeth Christina, que había llegado a Mataró reconcomida por un nerviosismo no exento de cierta aprensión.

Carlos y Elisabeth Christina se dirigieron de Mataró a Barcelona, para realizar su entrada solemne en la Ciudad Condal el 1 de agosto de 1708. Accedieron a la ciudad luciendo sus mejores galas, montando ambos caballos de magnífica estampa, rodeados de un séquito a la altura de las circunstancias. Después de atravesar la denominada Puerta Nueva, se dirigieron a la catedral de Santa María del Mar, dónde un Tedeum serviría para conmemorar públicamente su matrimonio. A continuación, cruzaron el corto espacio que separaba el templo del Palau Reial, en el que presidieron un prolongado banquete con los miembros de su corte. A la fiesta palaciega llegaban los ecos de las fiestas populares, que se celebraban en cada punto de la ciudad. Los barceloneses estaban eufóricos ese día.


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 Asunto: Re: KAISERIN ELISABETH CHRISTINA
NotaPublicado: 24 Ene 2010 22:20 
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Se produce, así, una situación peculiar en la historia de España. En el Alcázar de Madrid, hay una reina llamada Luísa Gabriela...

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...en tanto que en el Palau Reial de Barcelona, hay una reina llamada Isabel Cristina...

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Lo curioso del caso es que, por una vez, los españoles estaban doblemente bien servidos. María Luísa Gabriela de Saboya constituye una figura de lo más atrayente; de estatura baja tirando a mediana, muy menuda, no podía decirse que fuese una beldad, pero sus cabellos de un tono castaño servían de marco a un rostro en el que la escasa regularidad de los rasgos perdía importancia en comparación con la viveza de su mirada y su expresividad. Felipe, el marido, la adoraba, besaba el suelo que ella pisaba y pasaba más tiempo del que a muchos les parecía apropiado en la alcoba con su mujer. Los impulsos sexuales de Felipe (anteriormente Philippe duque de Anjou) eran muy intensos, de manera que, cuando no estaba jugando al escondite con su esposa, estaba compartiendo el lecho con su esposa. El asunto daba pié a jugosos cotilleos que fluían desde la corte española a la francesa a través de la intrigante princesa de los Ursinos.

Pero Luísa Gabriela no sólo representa la esposa idónea para Felipe. Un año antes de la llegada de su "rival" Elisabeth Christina, Luísa Gabriela se ha marcado lo que podríamos denominar un puntazo en términos dinásticos al dar a luz un hijo varón, bautizado con el nombre de Luís para halagar la vanidad de Louis XIV de Francia. Luísa Gabriela tenía plena consciencia de la trascendencia de ese niño. Solía pasearse en carruaje descubierto por las calles madrileñas enseñando al pueblo a su retoño, para que la gente pudiese encariñarse con "Luisito". Simultáneamente, Luísa Gabriella estaba apuntalando su carácter a medida que alcanzaba cierto grado de madurez (había sido una reina niña, casada con sólo trece años). Podía mostrarse caprichosa y antojadiza, pero también sorprendentemente lúcida al analizar asuntos políticos, espabilada si se trataba de tomar decisiones y firme a la hora de aplicarlas. Su esposo podía confiar en que desempeñaría la función de una hábil administradora general cada vez que él debía desplazarse a los escenarios de la conflagración bélica.

Elisabeth Christina, Isabel Cristina, llegaba a España seis años y medio después de que lo hubiese hecho aquella Luísa Gabriela de Saboya. Ese retrato no deja de tener su importancia. Luísa Gabriela ya se desenvolvía como pez en el agua en Madrid, a la vez que había demostrado su fertilidad con el nacimiento de Luisito -y considerando la pasmosa frecuencia de relaciones íntimas con el marido era muy de suponer que formasen en poco tiempo una familia numerosa-. Elisabeth Christina se encontró de repente lanzada a la tarea de presidir una corte que no desmereciese de la borbónica en el Palau Reial de Barcelona.

En cuanto a presencia, era más hermosa que su "rival" asentada en Madrid. Quizá su carácter, asimismo, tuviese mayor consistencia. Elisabeth Christina carecía de la faceta frívola, retozona y veleidosa de Luísa Gabriela. Los rasgos distintivos de Elisabeth Christina eran su natural encanto, su afabilidad en el trato y su deseo de complacer a quienes la rodeaban; no se permitía chiquilladas ni se ponía terca para hacer su santa voluntad. Por otro lado, era reflexiva y analítica: a su debido tiempo, demostraría un talento no inferior al de Luísa Gabriela para ejercer el papel de regente.

Si la historia no las hubiese situado en bandos opuestos, es posible e incluso probable que ambas, de haberse conocido, hubiesen congeniado. Pero la historia las había situado una frente a la otra, dado que sus esposos se consideraban cada uno a sí mismo el legítimo rey de España.


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 Asunto: Re: KAISERIN ELISABETH CHRISTINA
NotaPublicado: 24 Ene 2010 22:53 
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Elisabeth Christina da la impresión de haberse aclimatado rápidamente a Barcelona. Ahora que había una reina en el Palau Reial, la corte adquirió mayor animación. Y era una corte ciertamente cosmopolita. El conjunto de damas de la soberana, por ejemplo, constituía una curiosa mezcolanza de esposas de miembros de la nobleza catalano-aragonesa con las que procedían de notables familias centroeuropeas, principalmente austríacas y bohemias. La extraordinaria confluencia de factores hacía de esa corte un lugar con una atmósfera peculiar, que trataba de recrear minuciosamente el tradicional ceremonial borgoñón asociado a la monarquía hispánica. Eso sí que se lo tomaban muy en serio, por voluntad expresa de Carlos III.

La "partida por el trono", sin embargo, no pintaba bien para los "austracistas" a pesar del impulso positivo que se había originado con la llegada de Elisabeth Christina. El formidable contingente que se había presentado bajo el mandato de von Starhemberg no obtuvo las victorias con las que se soñaba en el Palau Reial; sus esfuerzos denodados no lograron evitar que los "austracistas" perdiesen Denia, en Alicante, en noviembre de 1708, todo un jarro de agua fría en época pre-navideña. A principios de 1709 se luchaba por el control de la mismísima ciudad de Alicante. Los borbónicos se impusieron definitivamente en el mes de abril.

Un año después, a principios de 1710, el control de la inmensa mayoría de España estaba en manos de Felipe V. Los "austracistas" se propusieron, una vez más, lanzar un formidable ataque para volver a reconquistar Aragón desde Cataluña. Von Starhemberg se preparó a conciencia y mentalizó a sus tropas de la significación del paso que íban a dar. El trabajo duro dió sus frutos: el 27 de julio de 1710, von Starhemberg, asistido en el mando por el inglés James Stanhope, logró inflingir una fuerte derrota al ejército borbónico liderado por el marqués de Villadarias en Almenara, población de la provincia de Lérida. El 20 de agosto de 1710, von Starhemberg y Stanhope lograron otro triunfo de dimensiones épicas cerca de Zaragoza, en un campo de batalla situado entre el río Ebro y el monte Torrero. Este triunfo permitió a Carlos III dirigirse a Zaragoza para restituír los Fueros de Aragón, que habían sido abolidos en 1707 por Felipe V. Era un gesto de gran impacto para los partidarios de los "austracistas".

Felipe V y Luísa Gabriela de Saboya entendieron que Carlos III no íba a quedarse en Zaragoza, sino que aprovecharía el momento para avanzar hacia Madrid. Los reyes de Madrid se prepararon para replegarse en un tiempo récord a la ciudad de Valladolid, dispuesta a acogerles. Diecinueve días después de que los Borbones se hubiesen instalado apresuradamente en Valladolid, Carlos III entraba en Madrid. Los madrileños no estaban en absoluto por la labor de recibir a aquel "presunto rey Carlos III". Para dejar clara su postura, permanecieron en el interior de sus casas cerradas a cal y canto mientras Carlos III, con su magnífico séquito, avanzaba hacia el Alcázar. Ese paseo por unas calles desiertas, en las que no se veía ni un alma, en un completo silencio sólo roto por el avance de sus hombres, ejerció un impacto desmoralizador en Carlos, que declararía, con escaso tacto, que Madrid era "un desierto".

Carlos aguantó poco tiempo en un Madrid en el que se le rechazaba notoriamente. Primero permaneció extramuros, después de decidió a establecerse en Guadarrama al enterarse de que los borbónicos contraatacarían gracias a que Louis XIV de Francia había enviado una armada al mando del duque de Vendôme en apoyo de su nieto Felipe V y después, cansado de esa situación enervante, se decidió a retornar hacia Barcelona a través de Aragón. Buena parte de sus hombres, previsiblemente cansados y frustrados por el rumbo de los acontecimientos, cometieron numerosos desmanes durante el trayecto de vuelta a Barcelona. Eso no fue en absoluto positivo para la imagen de Carlos en Castilla. Hasta entonces, le habían detestado. A partir de ese momento, le odiarían.

Mientras Carlos se íba, sus generales trataban de asentarse en la Alcarria. James Stanhope íba a pagar el pato por haber tomado la decisión de quedarse con sus hombres en Brihuega, una población situada en una especie de hoyo. Estaba en una situación vulnerable...y el duque Louis Joseph de Vendôme no perdió el tiempo en atacar con todos sus efectivos, que habían llegado al escenario bélico con ganas de cubrirse de gloria. Von Starhemberg estaba en Villaviciosa de Tajuña con catorce mil hombres, alemanes mezclados con catalanes y aragoneses. Al enterarse de que Vendôme estaba machacando a Stanhope en Brihuega, quiso acudir a auxiliarle, pero era demasiado tarde. En un breve lapso de tiempo, Vendôme le dió una paliza a Stanhope en Brihuega y a von Starhemberg en Villaviciosa de Tajuña.

De nuevo, la balanza se inclinaba a favor de Felipe V.


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 Asunto: Re: KAISERIN ELISABETH CHRISTINA
NotaPublicado: 24 Ene 2010 23:16 
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Un retrato de "Carlos III":

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Carlos tenía que lamerse las heridas una vez más en Barcelona. Dos veces había entrado en Madrid en esos años marcados por la Guerra de Sucesión. Dos veces había sido mal recibido y dos veces había tenido que abandonar la capital. En ambos casos, la fortuna había ayudado a Felipe V.

En otro sentido, Carlos estaba asimismo en desventaja frente a Felipe. Luísa Gabriela había vuelto a dar a luz en julio de 1709, si bien es cierto que el bebé, otro varoncito, apenas había vivido el tiempo suficiente para recibir el nombre de Felipe en un bautismo de emergencia. Pero lo sustancial es que Luísa Gabriela había sido madre dos veces. Luís, su heredero, estaba vivo y a buen resguardo. Felipe había nacido para morir, no obstante su mero nacimiento atestiguaba que la mujer conservaba la capacidad de concebir y llevar a término una gestación.

Eso le tocaba la moral a Carlos porque a principios de 1711, llevaba dos años y medio casado con Elisabeth Christina sin que ésta hubiese nunca señales de preñez. Y Carlos había sido, en la medida de sus posibilidades, muy asiduo con Elisabeth Christina. Siempre que estaba en el Palau Reial, mantenía su intimidad con Elisabeth Christina. Quizá no hiciese tanto uso del matrimonio como Felipe, pero hacía buen uso del matrimonio sin lugar a dudas. No obstante, hay que señalar que no era estrictamente fiel. Aunque en el instante de su boda con Elisabeth Christina había asegurado su intención de convertirse en un "amante y fiel esposo", eso era una verdad a medias. Era un amante esposo, pero no un fiel esposo. Había mantenido cerca a su querida, la condesa de Althan.

modo de jugoso cotilleo, la vinculación de Carlos con los miembros de la familia von Althan merece ser mencionada. Los Althan conformaban uno de los clanes distinguidos en la corte imperial de Viena. Varios de ellos jugaron un papel sustancial en la corte real de Barcelona durante el período de la Guerra de Sucesión. En el consejo directo de Carlos, participaba en lugar destacado el conde Gundacker Ludwig von Althan, hábil diplomático aparte de buen militar. Un primo de Gundacker Ludwig von Althan, el también conde Michael Johann von Althan, era un amigo predilecto de Carlos, hasta el punto de que durante diecinueve años circularían rumores a propósito de una relación homosexual entre ambos. Puede que simplemente se tratase de una amistad profundamente afectiva, pero la persistencia de esa clase de comentarios es un indicador de cuánto favorecía Carlos a Michael Johann von Althan, cuya boda celebrada en Barcelona en abril de 1710 con la aristocrática Maria Anna Giuseppina Pignatelli, italiana en orígen pero nativa de Alcudia, había sido generosamente patrocinada por el rey de los "austracistas".

No he logrado identificar a la condesa von Althan a quien se consideraba la "maîtresse" favorita de Carlos III. Las obras se refieren a la condesa von Althan sin especificar el nombre de la dama en cuestión. Lo cierto es que el conde Gundacker Ludwig estaba casado desde 1706 con Maria Elisabeth Wratislaw von Mitrowicz, a quien el matrimonio había convertido en condesa von Althan. Ella puede ser la dama que compartía lecho con el rey Carlos III, pero cogéoslo con pinzas, porque probablemente otras féminas de la prolífica casa von Althan formaban parte de la corte del Palau Reial incluso antes de que hubiese que crear un círculo de damas de honor a raíz de la entrada en escena de Elisabeth Christina.

No parece que Elisabeth Christina se haya resentido nunca por las relaciones extraconyugales de Carlos. Pero es otra cosa que habría que coger con pinzas, claro. Elisabeth Cristina era dulce, comprensiva y discreta. Si le dolían las infidelidades, tal vez había optado por llevar la procesión por dentro manteniendo una apariencia de completa felicidad conyugal. Lo que sí se sabía es que Elisabeth Christina lamentaba profundamente su evidente dificultad para quedarse embarazada. Los nobles austríacos ya empezaban a rumorear que se trataba de una especie de castigo de Dios hacia la joven debido a una presunta falta de sinceridad en su conversión del protestantismo al catolicismo. Ese tipo de comentario que haría recurrente a medida que pasaba el tiempo.


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 Asunto: Re: KAISERIN ELISABETH CHRISTINA
NotaPublicado: 24 Ene 2010 23:44 
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En esa tesitura, se produjo una circunstancia que haría virtualmente imposible cualquier concepción por parte de Elisabeth Christina: la separación física de los esposos durante un largo período de tiempo. Al menos, entre septiembre de 1711 y marzo de 1713, un conjunto de dieciocho meses, nadie podría soltar la lengua a paseo para preguntarse porqué la reina no se quedaba embarazada. La respuesta era demasiado obvia: el rey estaba a miles de kilómetros de la reina, así que el problema no residía en que ella no se embarazase, sino que hubiese surgido si ella se hubiera embarazado ;)

El emperador Joseph I, hermano mayor de Carlos, contrajo una viruela en el mes de abril de 1711. La viruela, una de las enfermedades más temidas de la época, lo llevó a la muerte cuando tenía sólo treinta y dos años de edad. Dejaba tras de sí una viuda, Wilhelmina Amalia, de treinta y ocho años de edad, con dos hijas, María Josepha, de doce años, y María Amalia, de poco menos de diez años. Era evidente que la sucesión en Austria-Bohemia-Hungría, territorios hereditarios de los Habsburgo, correspondía a Carlos. Por otro lado, los Habsburgo llevaban siglos sucediéndose unos a otros, de padres a hijos o entre hermanos llegado el caso, en el prestigiosísimo título de Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, aunque, en teoría, cada emperador salía elegido de una dieta de príncipes del Sacro Imperio que se celebraba al fallecer un titular. El cargo era electivo, aunque pareciese hereditario. El príncipe Eugen de Saboya, hombre de confianza de Carlos, se dirigió inmediatamente a Francfort tras el entierro de Joseph para asegurarse de que la dieta discurriese por los cauces previstos, derivando en la elección del hermano del fallecido.

Era obvio que Carlos tenía que desplazarse a Viena a la mayor brevedad. El 27 de septiembre de 1711 abandonó Barcelona, a bordo de un navío de pabellón inglés, mientras, desde la rada, le despedía su esposa Elisabeth Christina, a la cual acababa de proclamar su regente. Carlos enseguida alcanzaría Génova, desplazándose a Pavía para entrevistarse con uno de sus potenciales aliados europeos, el duque de Saboya. Luego completó el trayecto hasta Milán, ciudad en la que le fue comunicado, el 16 de octubre, que las maniobras realizadas por el príncipe Eugen en Francfort habían surtido efecto: era el nuevo emperador del Sacro Imperio. Imbuído de esa nueva posición, Carlos marchó de Milán a Viena, la capital que le aguardaba desde hacía varios meses.

Elisabeth Christina se enteraba de los acontecimientos con retraso, pues las noticias tardaban en llegar a Barcelona. Ya no era una reina, sino una emperatriz, pero vivía tratando de centrar toda su energía en el papel de representante de su marido en España. Estaba preocupada, y no lo ocultaba, porque se le había informado de que los ingleses estaban "cambiando la chaqueta". A Inglaterra le había parecido preferible el panorama de un Hasburgo gobernando Madrid y otro Habsburgo gobernando Viena que el panorama de dos Borbones reinando simultáneamente en París y en Madrid. Pero Inglaterra no quería UN Habsburgo que reuniese en su persona el Imperio que era España y el Imperio Romano Germánico. Eso equivalía a otro Carlos V, notable antepasado de Carlos. No estaban en absoluto por la labor de ver a otro Carlos V. Así que, en octubre, mientras Carlos estaba en Milán, los ingleses habían iniciado contactos con los franceses para negociar la paz. No era una perspectiva nada halagüeña para Elisabeth Christina.


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 Asunto: Re: KAISERIN ELISABETH CHRISTINA
NotaPublicado: 24 Ene 2010 23:45 
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Elisabeth Christina:

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 Asunto: Re: KAISERIN ELISABETH CHRISTINA
NotaPublicado: 25 Ene 2010 00:35 
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La posición de Elisabeth Christina en esa etapa puede considerarse extremadamente delicada. Sus dominios ya no abarcaban ni siquiera toda Cataluña; poco a poco, se veían reducidos en tamaño. Dependían más que nunca del empeño de Carlos y de que se mantuviese la potente alianza internacional forjada en torno a su causa. Pero Carlos se había marchado a tomar posesión de su herencia centroeuropea, mientras su esposa trataba de convencer a los azorados catalanes de que eso no significaba que el flamante emperador estuviese tirando la toalla en lo que concernía a su misión española. Y en la alianza internacional se había abierto la brecha definitiva: en enero de 1712, Inglaterra y Francia, a través de sus legaciones especiales, se reunían en la ciudad de Utrecht para intentar alcanzar un acuerdo que pusiese fín a las hostilidades abiertas entre ambas naciones -lo cual incluía de manera destacada la Guerra de Sucesión en España-.

Elisabeth Christina supo hacer alarde de temple y coraje, pero pensar en lo que debió ser su existencia en esos dieciocho meses inspira una nada desdeñable dosis de compasión. Ni su evidente buen juicio, ni su perverancia, ni su capacidad de trabajo, íban a permitirle triunfar en la empresa que se le había encomendado, porque esa partida se dirimía, ya, en la lejana Utrecht. La única esperanza de Elisabeth Christina radicaba en que Inglaterra exigía a Francia, para retirarse de la contienda española, que Felipe V hiciese pública renuncia a cualquier eventual derecho al trono francés, del que estaba situado demasiado cerca. Era elemental que si Inglaterra no quería UN Hasburgo gobernando casi toda Europa a la vez, menos gracia le haría, llegado el momento, UN Borbón unificando en su persona las coronas de Francia y España, posibilidad que existía dado que una serie de muertes en la familia de Louis XIV habían acercado en la línea de sucesión a su nieto Felipe V. A Felipe V la idea de renunciar a Francia le causaba franco rechazo. Trataba de solventar ese punto concreto, mientras Inglaterra se enrocaba en su -lógica- demanda. Elisabeth Christina debía rezar -y no poco- para que las conversaciones en Utrecht acabasen en un enfado considerable entre ingleses y franceses.

Simultáneamente...¿estaba enterada ella de la vida que llevaba Carlos en Viena? Las noticias, en aquella época, fluían lentamente y era de esperar que los cotilleos tampoco se propagasen con rapidez, pero lo cierto es que, por su propia naturaleza, los cotilleos solían acabar expandiéndose igual que manchas de aceite. Carlos, en Viena, se empeñaba en mantener el atuendo de un rey español, manifestando una considerable nostalgia hacia España. Pero eso no significaba que no tuviese que dedicarse a reforzar el Imperio Romano Germánico que ahora encarnaba a escala europea. El tiempo libre lo dedicaba, principalmente, a marcharse al palacio de Laxenburg para cazar. Sin embargo, no solía ir solo. Había iniciado una relación con una joven belleza napolitana, Marianna.

Si Elisabeth Christina se enteró de eso, debió pensar que eran gajes del matrimonio "a distancia". Su marido no lograba ser escrupulosamente fiel cuando la tenía al lado, así que malamente íba a optar por un riguroso celibato cuando se encontraba a miles de kilómetros del lecho conyugal. Había que exhibir tolerancia y paciencia. Nuestra "Liesel" podía confortarse pensando en el destino de la hermana que la seguía en edad, Charlotte Christina. En Wolfenbüttel, Elisabeth había estado muy unida a Charlotte y a la tercera fémina, Antoinette Amalia. Cuando había tenido que marcharse a Viena a casarse con Carlos, una de las cosas que más habían afligido a Elisabeth Christina había sido pensar que rara vez volvería a ver, si llegaba a verlas de nuevo, a Charlotte y a Antoinette, quienes aún quedaban bajo la tutela de sus piadosos padres. Pero a Charlotte la casaron en octubre de 1711 con Alexis, zarevitch de Rusia, único hijo varón del zar Pedro el Grande y de la esposa a quien éste había repudiado por el procedimiento de encerrarla en un convento, Eudoxia Lopukhina.

Elisabeth Christina estaba al corriente de que el zar Pedro el Grande había accedido a que Charlotte permaneciese en la religión luterana después de que ella, por su parte, se hubiese comprometido a que los hijos que pudiesen nacer tras su boda con el zarevitch fuesen buenos ortodoxos. Pero el destino de Charlotte en Rusia parecía, cuando menos, incierto. Alexis no había sido nada discreto al manifestar su disgusto por Charlotte: la muchacha de diecisiete años presentaba un rostro en el que los cosméticos no lograban disimular las picaduras recuerdo de una agresiva viruela, aparte de que parecía un saquito de huesos, delgada y sin curvas en el cuerpo. La reacción de disgusto de Alexis por Charlotte no hacía presagiar nada bueno, en especial si se consideraba que Alexis mantenía una profunda vinculación con su amante finlandesa, Euphrosine.

Considerando lo que le esperaba a Charlotte, Elisabeth Christina podía sentirse afortunada de que su marido "sólo" se entretuviese con otras mujeres pero sin por eso dejar de admirarla, elogiarla y cubrirla de obsequios. Lo único en lo que ella no estaba al nivel de las expectativas de Carlos era en lo que atañía a su fertilidad, pero quizá, cuando volviesen a reunirse, se produjese de una vez el ansiado embarazo.


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 Asunto: Re: KAISERIN ELISABETH CHRISTINA
NotaPublicado: 25 Ene 2010 00:56 
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La estancia barcelonesa de Elisabeth Christina tocó a su fín el 19 de marzo de 1713.

En noviembre de 1712, Felipe V había pronunciado solemnemente su renuncia a cualquier pretensión sobre el trono francés, mientras, simultáneamente, sus primos franceses hacían una declaración similar respecto al trono español; quedaba claro que un Borbón jamás podría reunir en su persona las dos coronas. Eso allanó el camino para que Francia e Inglaterra alcanzasen un acuerdo beneficioso para ambos países. España, la España de Felipe V, también firmaría un tratado "de paz y amistad" con Inglaterra el 27 de marzo de 1713, apenas ocho días después de que Elisabeth Christina, la esposa del emperador Carlos VI, hubiese partido de Barcelona en dirección a Génova. El 11 de abril se firmó la famosa Paz de Utrecht.

Aunque Carlos insistiese en que NO renunciaba al trono de España, ese trono se había convertido en una absoluta quimera para él. De manera tácita, lo había admitido al mandar a su esposa que preparase su equipaje para embarcar rumbo a Génova. A esas alturas, ellos sólo conservaban Barcelona y Cardona, dos plazas fuertes; el resto de las ciudades y villas catalanas ya habían sido conquistadas, paulatinamente, por las fuerzas borbónicas dirigidas por Fiennes. Carecía de sentido mantener a Elisabeth Christina en el Palau Reial de Barcelona esperando el triste desenlace del sueño austracista. Era más inteligente hacerla viajar a Viena para que asumiese su posición de emperatriz y para poder garantizar la sucesión de los Habsburgo con un hijo.

Los barceloneses asistieron, evidentemente consternados, a la marcha de Elisabeth Christina, que insistía, seguramente con harto dolor de su corazón, en que eso no implicaba que les abandonasen a su suerte. Los catalanes, afirmaba, habían sido los mejores súbditos, lo que les obligaba a su esposo y a ella misma a ser unos monarcas dignos de tales súbditos. Las palabras eran muy bonitas, pero se daba la circunstancia de que el panorama europeo se había alterado y estaba a punto de establecerse un nuevo sistema de alianzas. Los vientos no soplaban a favor, sino en contra y con virulenta intensidad. Barcelona y Cardona estaban plenamente decididas a oponer una fuerte resistencia. Pero sólo los más enfervorizados austracistas, dotados por añadidura de un optimismo casi ciego, creían de verdad que eso impediría su caída en manos de las tropas borbónicas.

¿Qué recuerdos se llevaba consigo Elisabeth Christina? Seguramente, se acordaba de cuándo había llegado a la rada barcelonesa. Entonces, había sido una muchacha cándida e inocente, de diecisiete años. Una muchacha que aguardaba con los nervios a flor de piel el primer encuentro con el que ya era su marido "por poderes". Los dos se habían visto en Mataró...y habían entrado solemnemente en Barcelona sintiéndose plenamente satisfechos con su suerte. Ella aún podía recordar el "Tedeum" en Santa María del Mar. También podía recordar que, por primera vez en la historia de la ciudad, una ópera en italiano se había representado para tributarle homenaje a la reina en la Lotja del Mar. Habían sido tiempos cargados de esperanza. El triunfo aún estaba entre las posibilidades, existían probabilidades.

Ya no quedaba nada excepto la memoria, por mucho que Carlos se empecinase en presentarse como el verdadero rey de España. Elisabeth Christina dudaba de que nunca pudiesen pisar sus pies de nuevo suelo español. De hecho, jamás volverían a pisar sus pies de nuevo suelo español. El futuro la esperaba en Viena.


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