Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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 Asunto: JOSEFINA DE LEUCHTENBERG
NotaPublicado: 13 Abr 2009 20:34 
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Tiempo para la segunda reina de la dinastía Bernadotte...

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NotaPublicado: 13 Abr 2009 22:00 
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Estocolmo, 19 de junio de 1823.

La capital sueca aparece cuidadosamente engalanada, como corresponde a un día de celebración que debe incorporarse a los anales de la historia. Su entonces kronprins Óscar, único hijo del rey Carl XIV Johann y la reina Desideria, intercambiará los votos matrimoniales con una princesa llegada de Baviera: Josefina de Leuchtenberg. El casorio tendrá por escenario la Storkyrkan, es decir, la Gran Iglesia (=Catedral); así denominan los suecos, por costumbe, a la Sankt Nikolai kyrka.

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Josefina y Óscar.

A decir verdad, los flamantes contrayentes, Óscar (de veinticuatro años) y Josefina (de dieciséis años) están ya legalmente casados. En cuanto se había firmado, con la habitual prosopopeya, el contrato prenupcial de rigor, se había preparado cuidadosamente una boda "por poderes". Esa boda "por poderes" había tenido lugar el 22 de mayo, casi un mes antes, en el Palais Leuchtenberg de Munich. Los padres de Josefina, los duques Eugène y Augusta Amalia de Leuchtenberg, habían presidido la ceremonia visiblemente emocionados. Tampoco habían faltado los hermanos menores de Josefina: Eugènie, de quince años; Auguste, futuro duque de Leuchtenberg, de trece años; Amélie, de once años; Theodelinde, de nueve años y el benjamín, Maximilian, de apenas seis años.

Precisamente, lo más duro para Josefina había sido despedirse de su familia y de los escenarios en los que había pasado de niña adorable a encantadora jovencita en edad de merecer. Josefina no partía hacia la lejana Suecia sola: por decisión de su inteligente y cariñosa madre, la acompañaban una dama de plena confianza -Bertha Zück- y un sacerdote católico que asumiría el cargo de su capellán privado -Studach-. Pero, por supuesto, Josefina tenía plena conciencia de que atrás quedaban su padre, su madre y sus hermanos menores. Resultaba doloroso, teniendo en cuenta que los Beauharnais de Leuchtenberg conformaban una familia profundamente unida.

Josefina aún no sabía que los suecos la llamarían precisamente así: Josefina. Hasta entonces, había sido la princesa Joséphine Maximilienne Eugénie Napoléonne de Leuchtenberg. A los seis días de haber desembarcado en su patria adoptiva, se quedaría aturdida cuando se le indicó que, a partir de entonces, "perdía" para siempre su cuarto nombre de pila: Napoléonne. Nadie quería recordar que Napoleón Bonaparte había sido el segundo marido de la abuela paterna, la incomparable Joséphine de Beauharnais. Y aquello era particularmente chocante para la -todavía casi una adolescente- kronprinssesan Josefina. A fín de cuentas, su nuevo suegro, Carl XIV Johann, había sido, en una etapa pretérita, Jean Baptiste Bernadotte, uno de los mariscales de confianza de Napoleón Bonaparte. Y, por añadidura, la reina Desideria había sido, unos años antes de casarse con Jean Baptise Bernadotte, la señorita Eugènie Dèsirée Clary, de Marsella. Su amor juvenil y prometido había sido Napoleón Bonaparte, todavía un brioso oficial de origen corso. No se podía imaginar nadie que Napoleón Bonaparte rompería su compromiso en firme con la señorita Clary de Marsella para casarse con la sofisticada Josephine de Beauharnais, viuda de Alexandre de Beauharnais, un aristócrata metido a revolucionario que había perdido la cabeza bajo la hoja afilada de una guillotina.


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NotaPublicado: 13 Abr 2009 22:47 
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Querida Minnie Josefina de Leuchtenberg aportó a su matrimonio el ducado de Galliera, cuyas posesiones luego vendieron ella y Oscar a Rafael De Ferrari, cuya viuda terminó legándolas al duque de Montpensier. Qué vueltas que tiene la historia ¿no?... :)


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 Asunto: Re: JOSEFINA DE LEUCHTENBERG
NotaPublicado: 13 Abr 2009 22:50 
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Minnie escribió:
Tiempo para la segunda reina de la dinastía Bernadotte...

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Me encanta este retrato Minnie!!! Gracias por ponerlo, aquí la Reina Josefina lleva la tiara que ahora tiene la Reina de Noruega y el broche que la Reina Silvia lució, entre otras ocasiones, en la boda de los Príncipes de Asturias ;)


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NotaPublicado: 13 Abr 2009 22:51 
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Si había una dama fascinante en la infancia de nuestra Josefina, ésa fue, sin lugar a dudas, su abuela paterna y homónima: Josephine de Beauharnais, emperatriz de los franceses a partir del 2 de diciembre de 1804.

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La abuela Josephine.

Pienso que puede ser muy bonito contemplar ese pedazo de la historia desde la cándida perspectiva de una nieta de corta edad. Y a ojos de la pequeña Josefina, seguramente todo fue más o menos así...

*************************************************************

Milán, capital de Lombardía, Italia. 14 de marzo de 1807.

Eugène de Beauharnais, hijo de la emperatriz Josephine, hijastro del emperador Napoleón, ejerce, por designio de su admirado padrastro, el cargo de virrey de Italia. Por tanto, reside en Milán junto a su esposa, la princesa Augusta Amalia Ludovika de Baviera. Ese día de marzo, Augusta Amalia se encuentra en el trance de poner en el mundo al primer retoño concebido en su -feliz- matrimonio. Se trata de una niña, a la que el exultante padre decide de inmediato dar los nombres de Joséphine Maximilienne Eugénie Napoléonne.

En las Tuilleries de París se acoge con considerable regocijo la noticia de que Eugène y su Augusta Amalia han tenido una Joséphine. Napoleón está sencillamente entusiasmado con esa nueva Josefina, nieta de su mujer. Desea manifestarlo confiriendo a la bebé un título fabuloso: princesa de Bolonia. Algo más adelante, la chiquitita recibirá un segundo título, también muy italiano: duquesa de Galliera.

Por supuesto, la criatura que se alimenta en los pechos de su ama de leche o que gorjea en la cunita antes de ceder a un profundo sueño ignora quien es y lo que representa. No sabe que su abuela paterna es la emperatriz del emperador Napoleón. Tampoco sabe que su abuelo materno es el rey Maximilian I Joseph de Baviera. La conciencia de sí misma y de su pedigree llegarán más tarde.

Se enteraría, así, de que el abuelo Maximilian había sido sencillamente Elector en Baviera, un título antiquísimo y sin duda prestigioso, antes de que su alianza, cuidadosamente medida, con el apabullante Napoleón Bonaparte le elevase a la categoría de primer rey de Baviera. Napoleón había "ascendido de rango" a Maximilian Joseph, pero, a cambio, pasó la factura: quería que una de las hijas del monarca contrajese nupcias con su propio hijastro Eugène de Beauharnais. Maximilian Joseph se encontró sometido a una fuerte presión para que saldase aquella cuenta con la entrega de una de sus chicas. La esposa, la reina Karoline, princesa de Baden en origen, echaba chispas aunque el asunto concerniese a una de sus hijastras, dado que sus propias hijas eran unas criaturitas. No le parecía muy correcto poner a una auténtica princesa en manos de un Eugène de Beauharnais. Por supuesto, hubo que plegar velas. Eugène se presentó en Munich para comprometerse formalmente con la princesa Augusta Amalia.

Eugène era un tipo básicamente íntegro y honorable en extremo. Pensar que una joven princesa, con siglos de sangre azul corriendo por las venas, estaba siendo obligada a casarse con él no le satisfacía en absoluto. En un alarde de caballerosidad, le dijo a Augusta Amalia, durante su primer encuentro, que si ella encontraba incómoda o violenta la boda, él no dudaría en romper el compromiso, exonerándola de cualquier responsabilidad y cargando el peso de la furia de Napoleón encima de sus anchos hombros. Augusta Amalia se quedó más que impresionada. De hecho, se enamoró del apuesto francés hasta los tuétanos.

Así que el casorio había sido más que un asunto de conveniencia. Eugène se mostraba entusiasmado con Augusta Amalia, quien, a su vez, estaba prendada de Eugène. Augusta Amalia nunca dejaría de tributar una fervorosa lealtad a su marido Beauharnais. También era cariñosa con su suegra, Josephine, y con su cuñada, Hortense, que no siempre se hacía fácil de llevar.

El caso es que Eugène y Augusta Amalia no sólo tuvieron a su Josefina, princesa de Bolonia y duquesa de Galliera. Al cabo de otro año, llegó al mundo una segunda niña bautizada con los nombres de Eugénie Hortense Auguste Napoléonne.

Así, llegó 1810.

Para esa época, Napoleón había decidido repudiar a Josephine. Ella había tenido dos hijos con el primer marido, Alexandre de Beauharnais: Eugène y Hortense. Pero a él no había podido ofrecerle ningún hijo, ni siquiera una hija. Corren por ahí muchas teorías sobre la razón por la cual Josephine, que había sido innegablemente fértil con Alexandre, resultó estéril con Napoleón. Durante la época del Terror, Josephine había pasado varios meses encerrada en la prisión de Carmes, aguardando que la mandasen a visitar a Madame Guillotine del modo en que lo habían hecho con su ex marido, Alexandre. Las durísimas condiciones de vida la habrían afectado física y psíquicamente, provocando una menopausia prematura. Por supuesto, existen otras versiones. En una de ellas, Josephine habría perdido cualquier posibilidad de concebir al someterse a un aborto chapucero un tiempo después, cuando era la presunta amante de Paul Barras pero sostenía a la vez otras aventuras galantes. En otra, Josephine se había "estropeado" en ese sentido a causa de las heridas sufridas cuando un balcón en el que ella se encontraba se había hundido estrepitosamente.

Fuese como fuese, Josephine había fallado en su deber histórico de proporcionar un hijo y potencial heredero a Napoleón Bonaparte. Napoleón había decidido que ella debía aceptar un divorcio "amistoso", tras lo cual él estaría libre de contraer segundas nupcias. Barajaba la posibilidad de casarse con una gran duquesa de Rusia, Ana Paulovna. Y había otra candidata de fuste: la archiduquesa María Luisa de Austria.

De forma que, el 10 de enero de 1810, el recientemente aprobado Código Civil Napoleónico permitió que Napoleón fuese el primero en aprovecharse de la implantación del divorcio. Josephine, la esposa repudiada, hubo de abandonar las Tuilleries. Conservaba, sin embargo, el título de emperatriz y se le agregaba el de duquesa de Navarre dado que Napoleón le había entregado el castillo de Navarre, cerca de Évreux.

A partir de entonces, Josephine se retiró a la Malmaison, su propiedad favorita, un palacete rodeado de espléndidos jardines...


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NotaPublicado: 13 Abr 2009 23:09 
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Eugène de Beauharnais.

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Augusta Amalia de Baviera.

Eugène de Beauharnais mantuvo su firme apoyo a Napoleón, a pesar de que éste hubiese repudiado a Josephine. Es probable que influyese, de forma determinante, el hecho de que Napoleón asegurase seguir amando a su incomparable Josephine, con quien se veía de vez en cuando y se carteaba asiduamente. Josephine no parecía desdichada, al menos no desdichada en extremo. Se dedicaba a cuidar con mimo sus rosales, a coleccionar pinturas románticas, a leer de tarde en tarde alguna novela de tipo sentimental y, en particular, a incrementar constantemente sus deudas, porque no podía dejar de comprar los vestidos más elegantes, sombreritos, echarpes, parasoles y alhajas. Josephine gastaba a todo trapo, para constante preocupación de su hijo Eugène y de su hija Hortense, ya separada de su marido, Louis Bonaparte (un hermano de Napoleón, lo que hacía que la hija fuese a la vez concuñada de la madre).

Augusta Amalia, que once meses después del repudio de su suegra había puesto en el mundo un varón bautizado con los nombres de Auguste Charles Eugène Napoléon, acompañaba a Eugène en ciertas ocasiones a Francia, para visitar las Tuilleries en París (Napoleón se había casado finalmente con María Luisa de Austria) y la Malmaison. Alguna vez, la pareja llevaba consigo a sus hijos.

Así, nuestra Josefina y su hermana Eugènie conocían a la abuela Josephine. Ésta no falleció hasta finales de mayo de 1814: para entonces, su nieta Josefina tenía siete años, su nieta Eugènie seis años y su nieto Auguste cuatro años. Los tres podían guardar en su memoria imágenes de la que había sido emperatriz, aunque, por razones de edad, era Josefina quien mejor recordaba a la abuela y homónima.

Luego, la época de Napoleón había llegado a su final. Las principales dinastías europeas se habían coaligado para plantarle cara a aquel corso advenedizo que se había atrevido a coronarse en la catedral de Nôtre Dame, en presencia del mismísimo Papa, ciñéndose a las sienes una corona de laureles de oro que pretendía evocar a los antiguos emperadores romanos. Las sucesivas derrotas del sobredimensionado imperio napoleónico en España (ah, aquella guerra de guerrillas...) y en Rusia (ah, aquel incendio de Moscú provocado por los mismos rusos para demostrarle al invasor que ya podía volver sobre sus pasos porque ellos no le darían nada excepto cenizas...) habían abonado el terreno para una gran alianza que culminó en la Batalla de Leipzig, la Batalla de las Naciones. Napoleón, vencido, hubo de rendirse y, tras un fallido intento de suicidio, embarcó en el navío que le llevaría a un primer exilio en la isla de Elba. Cierto que se fugaría de Elba, regresaría por mar hasta Marsella, desembarcaría y avanzaría a través de suelo francés hasta París. Refundó su imperio, cuando su esposa María Luísa ya estaba en Viena acogida a la protección de su padre, el emperador Francis I, con su niñito de corta edad, el Rey de Roma. Pero el Imperio de los Cien Días concluyó en Waterloo, con un Napoleón nuevamente derrotado y esta vez confinado en la remota islita atlántica de Santa Elena.

Eugène no había dado la espalda a Napoleón. Hasta Leipzig, había permanecido leal a su padrastro a pesar de que su suegro, Maximilian I Joseph de Baviera, que se había sumado al carro de los vencedores, le exhortaba a seguir su propio ejemplo. Pero Eugène no concebía la idea de traicionar a Napoleón. Y Augusta Amalia, para sorpresa de muchos, le apoyó resuelta. Ellos habían disfrutado las mieles del triunfo. Ellos no debían eludir, en esas horas, sus responsabilidades hacia quien tanto les había proporcionado.

La actitud de Eugène le granjeó una admiración general. Ninguno de los vencedores tenía nada contra él: había demostrado dignidad y coraje en abundancia. Uno de los vencedores, el zar Alexander, al visitar a Josephine poco antes de que ésta falleciese, le había prometido no dejar en la estacada ni a Eugène ni a Hortense de Beauharnais. Y Maximilian I Joseph quería ayugar a su yerno Eugène, porque de eso dependía también la felicidad de su hija Augusta Amalia.

Así, Eugène y Augusta Amalia se transformaron en duques de Leuchtenberg, en Baviera...


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NotaPublicado: 13 Abr 2009 23:19 
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De esa forma, bajo la protección de la casa real de Baviera, a la cual pertenecía por nacimiento Augusta Amalia, la pareja pudo establecerse con relativa dignidad. Tenían un palacio en Munich, en la muy concurrida Ludwigstraße: era el denominado Palais Leuchtenberg. Sin embargo, su residencia favorita siempre fue Schloss Eugensberg, a orillas del Lago Constanza. En el castillo solían pasar las temporadas estivales, épocas de asueto en las que todos se mostraban particularmente animados.

Augusta Amalia dirigió con cuidado la educación de sus hijos. Después de Auguste, llegarían al mundo Amélie, Theodolinde, Caroline (muerta al nacer) y Maximilian. Pronto se comprobó que los chicos Leuchtenberg eran muy atractivos físicamente. Los dos varones, Auguste y Maxi, destacarían por su gallardía. Las féminas -Josefina, Eugènie, Amélie y Theodolinde- eran sencillamente preciosas. Aparte, se les inculcaron sólidos principios religiosos -católicos, para ser precisos- junto a una extensa cultura. Las ciencias y las artes íban de la mano, sin descuidar los idiomas.

Estaba por ver, sin embargo, si lograrían triunfar en el mercado matrimonial de la época...


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NotaPublicado: 13 Abr 2009 23:21 
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Retrato -en blanco y negro, eso sí- de una jovencísima Josefina de Leuchtenberg:

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NotaPublicado: 13 Abr 2009 23:48 
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Superado 1820, en Suecia un rey empezó a tener prisa por encontrar la esposa idónea para su príncipe heredero.

El rey era Carl XIV Johann.
El kronprins se llamaba Óscar.

Carl XIV Johann sólo tenía ese hijo. Por tanto, la recientísima dinastía Bernadotte necesitaba de forma perentoria que ese hijo contrajese nupcias para garantizar lo antes posible la continuidad. A decir verdad, hacía falta, mucha falta, una verdadera princesa. Carl XIV Johann nunca pudo olvidar que él había nacido siendo simple y llanamente Jean Baptiste Bernadotte; había llegado al mundo en Pau, hijo de un respetable procurador llamado Jean Henri Bernadotte y la legítima esposa de éste, Jeanne de Saint-Vincent. Allí no había ni un atisbo de realeza, ni siquiera de aristocracia. Se trataba de respetables miembros de la pequeña burguesía provinciana.

Carl XIV Johann tampoco olvidaba que él había prosperado gracias a su talento militar en la agitada época revolucionaria y post-revolucionaria. Sinceramente republicano, se había hecho tatuar en su juventud un lema bastante significativo: "¡Muerte a los Reyes!". Poco a poco, había ascendido en el escalafón hasta alcanzar el rango de general. Más tarde, Napoleón Bonaparte le había convertido en uno de sus preciados Mariscales de Francia. Luego, Napoleón le había otorgado un título con el que él jamás habría soñado: príncipe de Pontecorvo.

Por último, Carl XIV Johann tenía presente que sólo una extraordinaria concatenación de hechos históricos había llevado a que un parlamento sueco le hubiese elegido a él como su futuro soberano. El entonces rey, Karl XIII, un anciano sin hijos propios, tenía que ser, según dictamen de los suecos, el último de los Vasa. Aquella antigua dinastía se había agotado, aunque todavía vivía en el extranjero en el que había sido rey Gustav IV -depuesto y exiliado-. Ese Gustav IV tenía un hijo varón, un mozo prometedor llamado también Gustav. Los suecos hubieran podido decantarse por mantener la ligazón con el pasado a través de este último Gustav, que hubiese reinado como Gustav V. Pero no les interesaban los Vasa. Deseaban una nueva dinastía, algo completamente distinto. Y habían forzado la jugada para que Karl XIII "adoptase" en calidad de hijo a Jean Baptiste Bernadotte, de repente convertido en el kronprins Carl Johann.

Con Carl Johann, íban en el paquete su esposa Dèsirée y el único retoño que habían concebido: Óscar. Óscar, un niñito francés que llevaba un nombre nórdico por simple capricho de su padrino de bautizo: Napoleón Bonaparte. Napoleón había estado, por esa época concreta, fascinado con los poemas (luego se descubriría que falsos poemas...) del bardo Ossián. Por eso, el niño de los Bernadotte había recibido un nombre tan peculiar. A posteriori, podía parecer una premonición...pero, en realidad, no lo había sido en absoluto.

Dèsirée, de sólidos orígenes burgueses, hija de un comerciante de tejidos marsellés firmemente republicano, había tenido tantas ganas de convertirse en princesa heredera de Suecia y Noruega como de clavarse unas tijeras en los ojitos. Ella estaba encantada siendo la esposa del mariscal Bernadotte, príncipe de Pontecorvo. Le gustaba residir en París, cerca de sus familiares y amigos. No le atraía nada largarse a Estocolmo, dónde sospechaba que hacía muuuucho frío. No andaba equivocada: hacía mucho frío cuando llegó a reunirse con su marido. Y en la corte sueca todos estaban dispuestos a elevar las cejas en un gesto de clara ironía ante cada "metedura de pata" de aquella francesa incapaz de aprender sueco y de ajustarse a la estricta etiqueta. Dèsirée enseguida se había cansado. Había abandonado marido e hijo en Suecia, volviendo a Francia por varios años. Sólo cuando se la reclamó en Suecia de forma perentoria regresó a Estocolmo...y trató de interpretar con cierto empaque su papel de reina Desideria.

La historia resultaba casi delirante, pensaban Carl XIV Johann y su Desideria.

Óscar había sido educado para ser príncipe. Pero si uno se ponía a darle vueltas al asunto, resultaba que se trataba de un príncipe con cuatro abuelos plebeyos. Se hacía evidente que le vendría de perlas una princesa, alguien que pudiese proporcionar las conexiones dinásticas de las que carecían los Bernadotte...unos simples parvenus, unos advenedizos. El mismo Óscar no tenía prisa por casarse: estaba perfectamente satisfecho con su amante, Jacquette Aurora Gyldenstolpe, casada desde 1817 con el conde Carl Gustaf Löwenhielm. El matrimonio de Jacquette con su conde Löwenhielm constituía una "cover up" para la relación de ella con Óscar: de hecho, cuando Jacquette dió a luz una niña en 1819, la llamó Oscaria en honor a su padre biológico.

Pero que Óscar no tuviese prisa no significaba nada.

En cambio, Carl XIV Johann estaba decidido a resolver rápidamente aquel tema prioritario: el compromiso de Óscar con alguna princesa.


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NotaPublicado: 14 Abr 2009 17:32 
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De modo que, recapitulando...

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...tenemos a Óscar, un príncipe en el apogeo de su juventud, físicamente atractivo, con un verdadero potencial intelectual desarrollado gracias a una cuidadosísima educación. Está vinculado sentimentalmente a Jacquette, que le ha proporcionado una hija ilegítima llamada Oscaria.

Y, entre tanto, el padre de Óscar llega a la conclusión de que debe centrar parte de su atención en seleccionar una princesa apropiada para que se convierta en la segunda reina de la dinastía Bernadotte. Carl XIV Johann se aplicó a aquella tarea, analizando cuidadosamente los pros y contras de un amplio elenco de princesas. Sus pormenorizados repasos cristalizaron en una lista de cuatro posibles nueras, situadas por orden de preferencia.

La lista la encabezaba la princesa Vilhelmina Marie de Dinamarca, una de las dos hijas que habían sobrevivido a la niñez entre los vástagos engendrados por el rey Frederick VI en su encantadora esposa, Marie Sophie, nacida princesa de Hesse-Cassel. El principal aliciente de Vilhelmina residía precisamente en el hecho de que era danesa, es decir, procedía de un país vecino y muy vinculado tanto a Suecia como a Noruega, los reinos que heredaría Óscar a su debido tiempo. En otro orden de cosas, Vilhelmina no era una belleza, pero sí bastante agraciada...

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Vilhelmina Marie princesa de Dinamarca.

...y añadía a eso un caracter manso, apacible y complaciente. Recordaba a su madre, Marie Sophie, reina de Dinamarca, que había sobrellevado con delicada elegancia el hecho de que el marido a quien había proporcionado muchos hijos de los que sólo habían logrado superar la fase crítica de la niñez dos féminas fundase una "familia paralela" con la amante oficial, Julia Rafsted, condesa de Dannemand.

Por si fallaba la opción Vilhelmina Marie, Carl XIV Johann había añadido, en ese orden, a:

*Josefina de Leuchtenberg (nuestra heroína).
*Marie de Hesse.
*Marie de Saxe-Weimar.

En realidad, las dos Maries nunca tuvieron una opción, pues, una vez que no cuajó el proyecto de enlace con la dinastía danesa, las expectativas se cumplieron a través de la segunda candidata.

Josefina.


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NotaPublicado: 14 Abr 2009 18:15 
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Josefina.

Por supuesto, aquella elección de Carl XIV Johann no dejaba de tener su miga.

La relación de Bernadotte con Napoleón Bonaparte no había sido ninguna balsa de aceite. Ciertamente, en un primer momento Bernadotte había figurado como uno de los militares dotados de un natural talento para la estrategia cultivado con esmero que había suscitado el interés de Napoleón. Bernadotte había obtenido rápidamente sus galones de general y había progresado hasta introducirse en el círculo más brillante, el de los Mariscales del Imperio. Napoleón no tenía duda alguna respecto a la valía de Bernadotte. Éste no se había ganado su posición gracias a sus habilidades cortesanas: podía mostrarse, en ocasiones, como un fino diplomático, pero se trataba sencillamente de un general que cumplía con escrupulosa lealtad su papel. Cierto que a la extraordinaria progresión de Bernadotte no le había venido nada mal casarse con Dèsirée Clary. Dèsirée era una piedra de toque sentimental por lo que concernía a Napoleón: a éste le había quedado cierta mala conciencia por haber plantado a su candorosa prometida marsellesa para casarse apresuradamente con la refinada viuda de Beauharnais, favorita de Barras y a la que se suponía (erróneamente) inmensamente rica. De hecho, la mala conciencia de Napoleón hacia Dèsirée había derivado en que Bonaparte había enviado a cortejar a la joven a algunos de sus más brillantes generales. Pero Dèsirée había optado por gestionar personalmente sus asuntos amorosos, algo que demostró al comprometerse con Bernadotte.

La vinculación de Dèsirée Bernadotte con los Bonaparte siempre se había mantenido. Letizia Bonaparte, Madame Mère, la orgullosa madre de "Napoleone" que consideraba a Josephine de Beauharnais "una vieja puttana", quería mucho a Dèsirée, a quien hubiese preferido tener por nuera. Influía, evidentemente, el que una hermana mayor de Dèsirée, Julie, estuviese casada con Joseph Bonaparte, el primogénito de Letizia. En casi todos los eventos de famille de los Bonaparte figuraba, invitada, Dèsirée Bernadotte.

Esto no había resultado fácil de asumir por parte de Jean Baptiste. Sus detractores -que los tenía...- podían esparcir comentarios maliciosos, dando a entender que Napoleón le favorecía a él para ganar puntos con Dèsirée, la noviecita de antaño. Los Bonaparte, como clan, podían provocarle dolor de cabeza o ardor de estómago a Jean Baptiste. Pero, dándole la vuelta a la omelette en la sartén: esos lazos estaban ahí. Napoleón, Joseph, Julie, Josephine, las hermanas Bonaparte, Eugène y Hortense de Beauharnais...todos conformaban el entorno de los Bernadotte.

El punto de inflexión se había alcanzado cuando los suecos habían reclamado a Bernadotte. Los suecos estaban dispuestos a reemplazar a la vieja dinastía Vasa, a la que consideraban en terrible decadencia desde la época de aquel Gustav III asesinado durante un baile de máscaras. El último rey Vasa era Carl XIII, que había ascendido al trono ya a edad anciana junto a una esposa de la que no tenía descendencia: Hedwig Elisabeth. Los Vasa habían soñado a menudo con que, al acercarse la hora de la muerte para Carl XIII, los suecos, pragmáticamente, decidiesen echar pelillos a la mar y llamasen al príncipe Gustav, hijo del hermano mayor de Carl XIII, el depuesto y exiliado Gustava IV. Pero los suecos se salieron por peteneras al optar por un brillantísimo militar francés: Jean Baptiste.

A Napoleón no le hizo gracia el asunto. Él estaba acostumbrado a repartir reinos y ducados europeos de los que previamente había desalojado a sus ocupantes (Borbones o Habsburgo, lo mismo daba...) por parientes cercanos suyos, que, sin embargo, seguían siendo franceses y bailando al son que él tocaba. Bernadotte dejó clara su intención de renunciar a la ciudadanía francesa, para sí mismo, para su esposa y para el hijo de ambos (ahijado de Napoleón). Se marcharían a Suecia libres de ataduras, en ese aspecto.

Puede que Bernadotte, hombre avezado, ya aventurase que, en un futuro, tendría que anteponer la Suecia que le había reclamado para ocupar un trono a la Francia napoleónica en la que tanto había prosperado. En la hora crucial, ciertamente, a Bernadotte no le quedó otra vía que comandar a su ejército de suecos para formar parte de la coalición europea contra Napoleón Bonaparte.

Pese a todo lo sucedido, Carl Johann, anteriormente Jean Baptiste Bernadotte, guardó un afectuoso recuerdo de Eugène de Beauharnais, el hijastro de Napoleón. Carl Johann había sido consecuente con su decisión de transformarse en un príncipe de Suecia al situarse frente a un Napoleón que estaba a punto de precipitarse desde las alturas. Eugène, sin embargo, había sido valiente y honorable al mantenerse junto a su padrastro. Carl Johann no podía evitar "quitarse el sombrero", metafóricamente hablando, ante Eugène. También la esposa bávara de Eugène, Augusta Amalia, había ofrecido una lección de pundonor.

Josefina, la mayor de las hijas de Eugène y Augusta Amalia, ofrecía la ventaja de unas magníficas conexiones dinásticas. Cierto era que, a través de su padre, "no pasaba de ser" una Beauharnais. Por ese lado, no había mucho más que una romántica leyenda cuya principal protagonista había sido la emperatriz Josephine. Pero la madre de Josefina, Augusta Amalia, era otra cosa. Pertenecía a la casa de Wittelsbach por vía paterna y a la casa de Hesse por vía materna (su madre había sido Wilhelmina de Hesse, primera mujer de Maximilian I Josef). El linaje materno de Augusta Amalia podía rastrearse hacia atrás, llegando a algunos célebres reyes de Suecia: el gran Gustav I, fundador de la casa de Vasa, figuraba entre los ancestros de la dama.

Ajustándose al presente, Josefina estaba bien posicionada. El padre de su madre, Maximilian I Josef, seguía reinando en Baviera. Una hermana de su madre, Carolina Augusta, se había convertido en la cuarta esposa del emperador Francis I de Austria.

En conjunto, Josefina representaba una excelente candidata. Sólo había dos problemillas: habría que privarla de su cuarto nombre de pila (Napoléonne) y hacerse a la idea de que ella no renunciaría a su religión católica. Por lo demás, resultaba perfecta.


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