Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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 Asunto: Re: JANE SEYMOUR
NotaPublicado: 30 Nov 2018 19:35 
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NicholasR. escribió:
Para este momento, ya Enrique había sufrido el accidente que le acabó de amargar la vida. De joven, había sido muy deportista y se había destacado en las armas, la caza, arco y flecha, el tenis, en fin, en todos los deportes de la época. En 1536 decide participar en una justa para demostrar sus habilidades, con tan mala suerte que el caballero al cual se enfrentó lo tumbó del caballo. Enrique cayó al suelo, quedando inconsciente, y estuvo sin conocimiento dos horas. En la caída, recibió también un fuerte golpe en una pierna, y se le abrió una herida que había sufrido años antes, en otra justa.


¡¡Cierto!! Un comentario muy pertinente. La caída en la última justa le dejó inconsciente durante dos horas, dos horas durante las cuales el futuro del reino estuvo literalmente suspendido de un hilo. Chapuys, posteriormente, aseguraría que no se había muerto de milagro.

El duque de Norfolk fue el encargado de informar de lo acontecido a la reina Ana, y como ese episodio ocurrió justo antes de que ella abortase su bebé de quince semanas, más adelante, cuando el rey encaró con escasa delicadeza la situación, la pobre no reprimió su amargura, lamentándose de que la conmoción sufrida, causada por el mucho amor que le tenía y el mucho temor que había sentido en ese tiempo, se habían cobrado su tributo.


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 Asunto: Re: JANE SEYMOUR
NotaPublicado: 30 Nov 2018 20:10 
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No podemos pasar por alto cierto escándalo que sacudió la corte británica, y divirtió para sus adentros a muchos atentos observadores de lo que allí acontecía, ese mes de julio de 1536. El asunto incumbió directamente a lady Margaret Douglas...

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Retrato de una dama Tudor, que se cree que corresponde a lady Margaret Douglas.

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Retrato juvenil de la madre de lady Margaret Douglas, Margaret Tudor, por su primer matrimonio reina de Escocia.


...que, como se ha comentado, era una hija de Margaret Tudor, hermana de Enrique VIII. Tal y como habían ído las cosas, las dos hermanas de Enrique, por cierto, habían demostrado ser mujeres muy pasionales: a ambas las habían casado por razones de conveniencia dinástica, a Margaret con el rey James IV de Escocia y a Mary con el rey Luís XII de Francia; pero ambas, tras enviudar en edad joven, habían buscado su propia felicidad afanosamente. Mary, ya lo sabemos gracias al tema sobre Ana Bolena, se había casado, sin permiso de Enrique, con el mejor amigo de éste, Charles Brandon, duque de Suffolk. En cuanto a la mayor, Margaret, su historia fue más de culebrón todavía.

Margaret había tenido seis hijos con el rey James IV de Escocia, el último de ellos un niño póstumo porque nació después de que el padre falleciese en la batalla de Flodden, en pleno Northumberland. Pero de todos esos hijos sólo resistió el embate de la mortalidad infantil el varón James, coronado James V de Escocia con seis años de edad. Margaret no logró retener la regencia: John duque de Albany se la arrebató, conjuntamente con la custodia del rey niño, cuando ella se casó, sorpresiva y escandalosamente, con Archibald Douglas, conde de Angus.

Margaret había tenido que buscar refugio en Inglaterra, y había sido en Northumberland dónde había parido a la hija de Archibald: lady Margaret Douglas. Con el tiempo, el matrimonio con Archibald se había agrietado por todas partes y Margaret no dudó en buscarse un divorcio y un tercer marido. En 1527, la que había sido reina escocesa se casó con Henry Stewart, que más adelante sería intitulado lord Methven y con quien tendría otra hija, lady Dorothy Stewart. Ese enlace también tuvo sus bemoles: en determinado momento, Margaret descubriría que su marido Methven tenía alojada en uno de los castillos de los que ella era propietaria a una amante fija, Jane Stewart, hija del conde de Atholl. Aquello le sentó a cuerno quemado, naturalmente, e intentaría divorciarse de nuevo, pero su hijo el rey James V no estaba dispuesto a tragar con tanto escándalo materno.

Como se puede ver, Margaret Tudor se distinguió por una vida sentimental bastante agitada. Y su hija lady Margaret Douglas demostraría también tendencia a enredos "poco convenientes" a ojos de su tío Enrique VIII, que la tenía establecida en la corte inglesa y le mostraba gran afecto.

Así, en julio de 1536, se descubrió que lady Margaret Douglas, que íba camino de cumplir veintiún años en octubre, mantenía un romance clandestino y se había comprometido en matrimonio con lord Thomas Howard, cuatro años mayor que ella. Aquello era un bombazo: lord Thomas Howard había nacido del matrimonio del segundo matrimonio del segundo duque de Norfolk con Agnes Tilney; eso le convertía en medio hermano del duque de Norfolk y de Elizabeth Howard, la madre de Ana Bolena, pese a la gran diferencia de edad con ambos. A Enrique le resultó indignante que su sobrina Margaret estuviese comprometida a sus espaldas con el joven tío de Ana Bolena, y decidió mandarles a ambos, a lord Thomas y a Margaret, a la Torre de Londres. Recordad que los últimos egregios huéspedes forzosos en la Torre habían sido Ana y Jorge Bolena y supondréis el revuelo que provocó el arresto y traslado a su recinto de lady Margaret Douglas y de lord Thomas Howard.

Lady Margaret Douglas, por supuesto, estaba demasiado cerca de la sucesión. Enrique, tenedlo presente, había permitido que cayese el baldón de la bastardía sobre sus dos hijas, lady María y lady Elizabeth. Puede que soñase con obtener de Jane un lote completo de príncipe de Gales y duque de York o de Cornualles, pero, mientras no aconteciese tal cosa, la sucesión estaba en entredicho. Su sobrina lady Margaret era una opción a ojos de muchos, ya que no se quería considerar al hermano mayor de ella, James V, por tratarse del rey de Escocia. Por tanto, resultaba tremendamente enojoso que Margaret "conspirase para casarse con uno de aquellos arrogantes Howard" a espaldas del rey, pero también, y esto era peor, se trataba de algo inquietante al poner el foco sobre un asunto muy delicado: la falta de heredero varón indiscutible multiplicaba las opciones de varias eventuales herederas.

El tema trajo cola. Lady Margaret Douglas enfermó en la Torre, de unas fiebres quizá de origen nervioso, y su madre, Margaret, escribía desde Escocia reclamando que le enviasen a su hija. Enrique VIII, quizá harto de esa presión, decidió sacar a su sobrina de la Torre y enviarla a la abadía de Syon, dónde se encontraría bajo una muy estricta vigilancia. Lord Thomas Howard, cabe decir, no tuvo suerte: él también enfermó, al cabo de meses, y moriría en la Torre en octubre de 1537. Hubo rumores acerca de que su final se había acelerado mediante el uso de veneno, pero los rumores sobre venenos eran algo muy tópico. Cabe señalar que su cuerpo se devolvió a su madre, Agnes Tilney, duquesa viuda de Norfolk, pero se le dejó claro que el rey quería que se le enterrase con la mayor discreción, sin cortejo fúnebre ni exequias solemnes ni nada por el estilo.


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 Asunto: Re: JANE SEYMOUR
NotaPublicado: 30 Nov 2018 20:37 
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Como el escándalo Douglas, llamémosle así, dirigió de nuevo la atención hacia el asunto de la sucesión, se notó más aún el golpe que supuso la muerte del único hijo varón de Enrique, el duque de Richmond y Somerset.

Cierto que el joven Richmond (contaba diecisiete años de edad) llevaba tiempo adoleciendo de una salud delicada. Si habían existido opciones de verle elevado a la categoría de potencial heredero del trono, éstas se habían ído diluyendo ante la evidencia de que el mozo a quien tanto amaba el rey se estaba consumiendo poco a poco. Estaba casado con una Howard, por cierto: lady Mary Howard, hija del tercer duque de Norfolk, por tanto sobrina de ese sir Thomas Howard enviado a la Torre. Adicionalmente, las amigas predilectas de Mary Howad parecen haber sido lady Margaret Douglas y Mary Shelton. Pero cumple decir que el matrimonio de Richmond y Mary nunca se había consumado, ella seguía siendo virgen y virgen se quedaría viuda el 23 de julio de 1536.

A Norfolk (este hombre metía cuchara en todos los potajes, sí) le correspondió encargarse de enterrar a Richmond con la debida pompa. Enrique, por supuesto, estaba devastado por la pérdida.

Ese entramado (la caída en desgracia de Margaret Douglas, la muerte de Henry FitzRoy...) explica que Jane, en ese período, tratase de influenciar a Enrique para que tomase las oportunas medidas a fín de clarificar las cosas, restituyendo los derechos al trono de su hija María. Nótese que Jane manifestaba ahí su vieja afinidad por Catalina y María, pero también, quizá, estaba siendo práctica: María tenía veintiún años, en tanto que Elizabeth aún no había alcanzado los tres años. El tema en cuestión siempre tocaba un nervio sensible en Enrique, y quizá Jane no se mostró lo bastante sutil, porque él llegó a revolverse contra ella, afirmando que la reina "debía estudiar el bienestar y la exaltación de sus propios hijos, si tuviese alguno con él, en vez de preocuparse por el bien de los otros". Pero Jane, y esto es destacable, supo mantener su posición. Respondió, muy inteligentemente, que consideraba que con sus peticiones estaba tomando en cuenta precisamente "el bien, el reposo y la tranquilad del Rey mismo, de los hijos que podían tener y dell reino en general". Ante una contestación así, Enrique tuvo que sentirse satisfecho. Ésa era una buena reina, la mejor reina posible, preocupándose de él, de su descendencia en conjunto y del reino.

La escena transmite una sensación de una Jane que no se dejaba amilanar fácilmente. Eso rompe, de nuevo, la imagen de una moza gazmoña que camina como pisando huevos para no causar ni el menor ruído que pudiese molestar a los oídos de su marido casi ogro. Jane aparece como una mujer voluntariosa y con su propia voz, pero también hábil diplomática.


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 Asunto: Re: JANE SEYMOUR
NotaPublicado: 01 Dic 2018 10:50 
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Hacia el mes de agosto, el matrimonio real era ya un hecho perfectamente establecido. Había un generall consenso respecto a que ese tercer matrimonio era un matrimonio "bueno y legal", sobre el que no cabía proyectar la sombra de ninguna duda; adicionalmente, Enrique parecía un hombre maduro satisfecho con su conciliadora mujer, aunque empezaba a manifestar cierta impaciencia porque ella todavía no hubiese concebido. Tenía en mente coronar a la reina Jane, aún se hallaba pendiente la ceremonia tradicional de unción y coronación.

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Jonathan Rhys-Meyers como Enrique y Annabelle Wallis como Jane en Los Tudor.


Pero todos los planes quedaron en suspenso ante la súbita alerta de plaga en Londres: como sabemos, Enrique era muy pero muy aprensivo en lo que se refería a aquellos brotes fulminantes de sudor inglés y a la mínima contagiaba su pánico a la corte. Hubo un traslado apresurado -apresuradísimo- a Windsor, que se consideraba un lugar mucho más saludable, en aquel mes de septiembre.

Enrique y Cromwell trabajaban ya en lo que podía considerarse Gran Proyecto: la Disolución (o Supresión, como prefiráis) de los Monasterios. Una vez afirmada la supremacía del rey sobre la Iglesia de Inglaterra, en abierta ruptura con la tradicional idea de sumisión al Papado, la Disolución de los Monasterios suponía dar un gran paso adelante. Por un lado, el cierre de los establecimientos religiosos representaba acabar con comunidades de hombres y mujeres entre los que podía haber muchos nostálgicos de los tiempos en los que para todo se esperaban los dictámenes de Roma, pero, en realidad, el tema era económico. Cromwell siempre había sabido que aquella era la manera definitiva de dotar de inmensos recursos a las arcas reales, porque se confiscaba todo: las tierras (enormes lotes de tierra en manos de la iglesia), dinero, cruces de oro, cálices de plata, lujosos reposteros e incluso las campanas. El caudal de riquezas era como para contener el aliento.

Es difícil hacernos una idea, desde nuestra perspectiva moderna, del impacto social que tuvo la Disolución de los Monasterios. Hablamos de que había alrededor de 900 establecimientos religiosos en Inglaterra, que acogían a alrededor de 12.000 personas. La Disolución suponía hacer trizas el modo de vida de miles de monjes, monjas, frailes y legos al servicio de las distintas órdenes religiosas. Pero, aparte, ese grado tan elevado de afectación se combinaba con el shock causado en la población común, la gente de a pie. Existía una vinculación de siglos con poderosas abadías y monasterios, muchos de ellos lugares de peregrinaje. Además, la gente sencilla podía estar de acuerdo en que en numerosos establecimientos religiosos no se vivía de acuerdo con lo que se predicaba; la existencia desordenada de un elevado porcentaje de religiosos había sido motivo de escándalo general a menudo; pero, al margen de eso, el pueblo estaba habituado a recurrir a los religiosos en momentos de apuro. En las épocas de crisis, por ejemplo, abadías y monasterios trataban de paliar la situación distribuyendo productos de primera necesidad; asimismo cualquier viajero que se encontrase con una climatología adversa o cualquier incidencia inesperada en el curso de sus trayectos podía llamar a las puertas y solicitar refugio, que nunca se le negaba. Eso había creado unos lazos y resultaba tremendo que desde las esferas de poder se cortasen de cuajo.

La primera ronda de supresiones se inició precisamente en 1536. Cromwell había creado una "Corte de Alegaciones" para que los priores y abadesas de cada comunidad afectada pudiesen elevar sus argumentos contrarios a la disolución de su centro en particular, pero era una manera de darle cierta apariencia de neutralidad jurídica a un proceso resuelto e implacable (repetimos: se buscaba llenar las arcas reales en un tiempo reino). La gente, curiosamente, consideró responsable de todo a Cromwell, descargando de su buena parte de culpa al avaricioso Enrique (en eso de querer acaparar riquezas algo habría heredado de su tacañísimo padre, supongo). Por supuesto, a eso se sumaron otras consideraciones, como el disgusto por crecientes contribuciones o el enojo de muchos por la versión reformista de la Biblia del altamente impopular obispo Cranmer.

Enseguida surgieron algaradas y la primera revuelta seria se produciría en Louth, en Lincolnshire, cuando el pueblo, irritado por la presencia de dos recaudadores que llegaban en busca de nuevas tasas, reaccionó a las bravas prendiendo a ambos y decidiendo que merecían la muerte: uno fue ahorcado, el otro echado a una jauría de perros hambrientos. Hasta 30.000 personas se sublevaron en Lincoln y así surgió la idea de otro alzamiento que recibiría el nombre de Pilgrimate of Grace (Peregrinación de Gracia),y que prendió con fuerza en el Yorkshire, tierra de páramos agrestes de gran belleza y de personas recias con tendencia a mostrarse conservadoras.

Una vez más, nos cuesta representarnos en la mente un Pilgrimate of Grace, pero lo cierto es que íba a mantener el país en tensión durante muchos meses, extendiéndose de Yorkshire a Cumberland, Northumbertland e incluso el norte del Lincolnshire. Aparte de tratarse de una gran reacción contra las reformas religiosas, era un movimiento con un líder notorio: Robert Aske, un abogado oriundo de Yorkshire de familia muy bien conectada. La madre de Robert Aske, Elizabeth Clifford, había sido hija del noveno barón de Clifford; esto convertía al líder en un primo del conde de Cumberland y -más notable aún- en primo en tercer grado de la mismísima reina Jane Seymour. Desde luego, aparte de pueblo llano, muchos miembros de la nobleza de York veían con simpatía ese tipo de alzamiento: lord Darcy, lord Hussey, Dacre, etc. Los peregrinos de Aske llegaron a entrar en York cantando y portando estandartes con la imagen de Cristo crucificado y el cáliz de la comunión con su hostia, en una encendida defensa de la Eucaristía católica, el 16 de octubre. Eran alrededor de 40.000 personas, algo a tener muy en cuenta.

El duque de Suffolk y el conde de Shrewsbury no daban abasto para contener el Lincolnshire y a la vez afrontar ese desbordamiento que se estaba produciendo en Yorkshire. Las fuerzas reales tenían un serio problema entre manos y las noticias que llegaban a la corte, con el natural retraso, inquietaban y enfadaban a Enrique. Cuando recibió un escrito de peticiones de los rebeldes de York su ira subió de punto, llegando al extremo de contestarles de su propia mano en vez de dictar la respuesta. El escrito era una prueba evidente del gusto por la teología de Enrique y se explayaba en sus propios argumentos.

A diferencia de su hermano mayor Edward -un reformista aunque moderado en sus expresiones-, Jane parece haber sido una católica conservadora a quién no gustó la Disolución de los Monasterios. Hay evidencias de que ella intercedió a favor de, al menos, un establecimiento religioso, el monasterio cisterciense de Catesby. Cierto que era la reina y entre las prerrogativas tradicionales de las reinas estaba la de interceder en favor de distintos peticionarios, pero hacía falta agallas para meterse justo en aquel tema que estaban manejando a conveniencia Enrique y Cromwell. De nuevo Jane parece haber querido mediar a favor de los "peregrinos de Gracia", a sabiendas de que Enrique estaba que echaba fuego por los ojos y por la boca. Enrique llegó a recordarle a Jane que a la reina anterior, Ana, no le había ído nada bien meter las narices en asuntos religiosos. Era el tipo de advertencia que debía helar la sangre en las venas de cualquier mujer. Aún así, de nuevo, dice mucho del carácter de Jane que aguantase el tipo. Revela carácter, no parece precisamente una pavisosa.

De todas formas, a Enrique le tocaba, en ese momento, ser pragmático. Envió un mensajero a York, el 17 de noviembre, invitando a Robert Aske y a 300 de sus "peregrinos" a dirigirse a la ciudad de Doncaster para que allí pudiesen reunirse con el duque de Norfolk. La idea era que Norfolk les ofreciese un perdón general a cambio de que depusiesen las armas (los peregrinos ya no llevaban solamente banderas de Cristo en la cruz) y se disolviesen, retornando cada uno en paz a su lugar de origen: así se lo plantearon a Aske el 6 de diciembre. Éste quería hablar directamente con el rey Enrique y se le ofreció un salvoconducto para que acudiese a la mayestática presencia antes del 5 de enero de 1537.

Las Navidades, a fín de cuentas, propiciaban reconciliaciones. La joven María, que reverdecía a ojos vista gracias a las amabilidades de su "madre" Jane Seymour, llegó a la corte para las festividades navideñas el 17 de diciembre. Muy posiblemente con ella acudiese la pequeña Elizabeth, pero ésta, en atención a su corta edad, no participaba en igual medida en el carrusel de eventos cortesanos. El frío rigurosísimo llegó a congelar por completo la superficie del Támesis, por lo que hubo que suspender la tradicional ceremonial de naves de Londres a Greenwich. Sin embargo, Enrique salió del paso muy airosamente: él mismo cabalgó al frente de una procesión, con la reina Jane a un flanco y su hija María a otro, desde Westminter hasta la catedral de San Pablo y luego desde la catedral de San Pablo a Greenwich. La gente pudo contemplarles de cerca y vitorearles: era de suponer que se regocijaban de constatar la feliz avenencia de la reina y la hija de la difunta nunca olvidada Catalina.

Hay que notar que la procesión a caballo discurrió al día siguiente de la muerte de John Seymour, acaecida el 21 de diciembre. Jane, advertida del declive en la salud de su padre, no pudo acudir a Wolf Hall para despedirse de él. Sin duda su familia comprendía perfectmente que su posición de reina requería a veces esa clase de sacrificios personales, pero no dejaba de ser una situación dura y, una vez más, el hecho de que la mujer lograse sobreponerse a las circunstancias participando con la mejor disposición en todos aquellos eventos de Navidad dicen mucho de su fortaleza anímica y su voluntad...


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 Asunto: Re: JANE SEYMOUR
NotaPublicado: 01 Dic 2018 11:52 
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Cuadro muy dinástico, mostrando a Enrique y Jane en primer plano y a los padres de él, Enrique y Elizabeth, en segundo plano.


Un detalle un tanto anómalo contribuyó a hacer distinta aquella Navidad de 1536: la llegada de aquel Robert Aske ciego de un ojo. Una puede imaginar la expectación de la reina Jane ante la presencia de aquel primo tercero que había acabado liderando el Pilgrimate of Grace, claro. Enrique estaba de buen humor, lo que se diría un buen humor festivo. Habló a Aske con amabilidad, explicando que él mismo se dirigiría al Norte para sellar una reconciliación en pocos meses; pensaba llevar consigo a Jane y dado que ella aún no había sido coronada...¿no parecería un gran gesto hacerla coronar en la mismísima York Minster?. Robert Aske salió de allí convencido de que Enrique había sido sincero con él. Tal vez fuese cierto, tal vez Enrique en aquel momento preciso estuviese siendo sincero; pero, claro, las cosas cambiaban de un momento para el siguiente.

El norte seguía siendo un auténtico polvorín, y surgieron nuevos levantamientos en enero, dirigidos por Francis Bigod y por lord Conyers. Ciertamente, estos nuevos alzamientos no podían imputarse a la cuenta de Robert Aske, pero Enrique estaba que ardía en lo que él consideraba "justa cólera". Para rematar, llegaron noticias de Roma que Enrique se tomó como una provocación y una afrenta: Reginald Pole, uno de los hijos de lady Salisbury, había sido elevado a la dignidad de cardenal por el Papa y había escrito con pluma suelta un opúsculo en el que no ahorraba reproches a su primo el rey de Inglaterra, tildándole de hereje y adúltero. Aquello fue mucho para Enrique, espoleado por un Cromwell que le advertía de que lady Salisbury y el resto de sus hijos podían hacer partido con los Exeter, planteando un frente difícil de batir. La advertencia era particularmente ominosa en lo que concernía a lady Margaret Salisbury, que unos meses antes, en julio, al restituírsele a María el derecho a presidir de nuevo su propia Casa, había retornado al lado de la hija de Catalina. Los Pole y los Courtenay estaban más inquietos que nunca: era evidente la animosidad del monarca y se temían las peores represalias.

Y en ese contexto tan oscuro, a finales de febrero un rayo de luz casi deslumbró a Enrique: su esposa Jane le anunció que estaba embarazada.


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 Asunto: Re: JANE SEYMOUR
NotaPublicado: 01 Dic 2018 13:01 
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Lema (motto) de Jane Seymour: "comprometida a obedecer y servir".


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 Asunto: Re: JANE SEYMOUR
NotaPublicado: 11 Dic 2018 18:24 
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NicholasR. escribió:
Lema (motto) de Jane Seymour: "comprometida a obedecer y servir".


Muy Jane...¿verdad? Nada que ver con la osadía un tanto desafiante de su predecesora...

:wink:


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 Asunto: Re: JANE SEYMOUR
NotaPublicado: 11 Dic 2018 19:09 
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Minnie escribió:

Y en ese contexto tan oscuro, a finales de febrero un rayo de luz casi deslumbró a Enrique: su esposa Jane le anunció que estaba embarazada.


Ahí se quedó el relato y a partir de ahí retomamos.

Es muy seguro que, ante aquella primera sospecha de Jane, Enrique "se viniese arriba". Por un lado, evidentemente, quedaba en suspenso cualquier plan que incluyese efectuar desplazamientos largos con la reina a su lado. Enrique no había realizado la famosa visita programada a Calais con Ana Bolena y tenía en mente realizarla con Jane Seymour, pero, desde luego, no expondría a su esposa potencialmente grávida a un viaje en barco a través del Canal. Asimismo, cualquier pretensión de someterla al estrés inherente a una coronación se diluía en su mente. Ni en Londres ni, menos aún, en York, como le había dicho a Robert Aske.

Por otro lado, la alta probabilidad de que Jane estuviese encinta le daba nuevos bríos para resolver el desafío a la autoridad real que representaban los alzamientos en el norte. Puede que ante Robert Aske se hubiese mostrado suave y conciliador, pero eso cambió rápidamente en cuanto tuvo noticias de que el norte seguía siendo territorio soliviantado. No estaba por la labor de permitir que aquella situación perdurase en el tiempo. El duque de Norfolk recibió instrucciones precisas para erradicar el movimiento de "peregrinos", y actuó en consecuencia: en marzo, se reunió, bajo su presidencia, un gran tribunal para someter a juicio a los rebeldes. Como ya hemos mencionado, en el Norte se habían unido un buen elenco de nobles de mayor o menor fuste, y parecía obvio para cualquiera que no hubiese sido una estrategia inteligente sentenciarles a todos a muerte. Pero el tribunal no dejó de condenar a los que, de alguna forma, más habían destacado: Thomas Darcy, primer barón Darcy de Temple Hurst, que había entregado el significativo castillo de Pontefract a los rebeldes; Hugh Bigod, de un noble linaje, con un ancestro homónimo que había puesto las peras a cuarto al rey Juan Sin Tierra en su época y, por supuesto, el mismísimo Robert Aske. En cambio, se decidió perdonar al arzobispo Lee, a Robert Bowes, a lord Scrope y a lord Latimer. A Latimer le benefició el hecho de que su joven esposa, Katherine Parr, y dos hijos nacidos de un matrimonio anterior con la finada Dorothy de Vere, fuesen rehenes de los rebeldes norteños. Era comprensible que el hombre hubiese tratado de contemporizar con una situación familiar tan delicada.

En el mes de abril, el embarazo de Jane ya era asunto conocido y se confiaba en el nacimiento de un príncipe hacia mediados de octubre. Una vez más, sorprende el entusiasmo con el que todos auguraban que la tercera reina proveería a la dinastía Tudor con un heredero varón de indiscutible legitimidad. La mera existencia de María y Elizabeth hubiera debido inducir a cautela a la hora de vaticinar el sexo del nuevo retoño que íba a llegarle al ya maduro rey Enrique VIII. Pero, para no variar, hubo un brote de general optimismo que se acentuaría después del domingo de la Trinidad, el 27 de mayo, cuando se confirmó de manera oficial el estado de la reina Jane.

Jane podía estar contenta...y su familia también. Justamente por la época en que ella tomó conciencia de su embarazo, había ejercido de madrina en la pila bautismal de una sobrina especialmente bien recibida, la primogénita de su hermano Edward y Anne Stanhope. La pequeña recibió el nombre de Jane, obviamente, y asistieron al evento tanto lady María (entusiasmada siempre junto a su "madre") como Thomas Cromwell. Otras mercedes se derramarían sobre los Seymour en abundancia en los meses siguientes. En agosto, por ejemplo, Edward recibió a modo de obsequio todas las tierras (y no era poca cosa...) que habían pertenecido al disuelto priorato de Maiden Bradley. En paralelo, ya había grandes proyectos para su hermano Thomas Seymour, que se materializarían precisamente en el mes de octubre. El resumen era el siguiente: si Jane triunfaba, los suyos triunfaban. Estaban en la cresta de la ola.

Aquella primavera y aquel inicio de verano fueron muy oscuros en cierto sentido. Los condenados por los alzamientos habían sido encerrados y finalmente ejecutados, muchos en Tyburn, en Londres, aunque a Robert Aske (un Robert Aske que seguía protestando de que el rey le había concedido su perdón en Navidades) le devolvieron aherrojado a Yorkshire para que le viesen morir los mismos que le habían visto distinguirse como líder de peregrinos. Pero toda esa destrucción, todas aquellas muertes y la exhibición pública de despojos humanos para escarmiento general, no parecieron turbar ni a Enrique ni a Jane. A Enrique lo que le turbó aquella primavera fue una inflamación de una pierna, probablemente una nueva reapertura de su famosa úlcera o abceso; lo pasó francamente mal y al recuperarse realizó junto a Jane una breve peregrinación por Kent, visitando Rochester, Sittingbourne y Canterbury, dónde ambos se mostraron piadosos ante la tumba de Thomas Beckett. Después se habían dirigido a Hampton Court...y allí les había sobrevenido la noticia de un nuevo (¡otro más!) brote de "plaga". Si el rey era de por sí aprensivo en todo lo concerniente al sudor inglés, la reina, en su estado, también manifestó hondo temor, así que la corte enseguida se trasladó a Windsor, que debían considerar el más seguro de los lugares. Por suerte, las cosas se habían calmado a principios de agosto y los reyes Enrique y Jane asistieron a la boda de la hermana de Jane llamada Elizabeth con el hijo de Thomas Cromwell (otra ocasión dichosa para los Seymour, desde luego).

En conjunto, el embarazo parece haber discurrido armónicamente para Jane, con un marido que no quería que nada, absolutamente nada, la perturbase. Aunque también le influyó, sin duda, la inflamación de la pierna y el posterior brote de plaga, Enrique renunció incluso a una de sus queridas excursiones cinegéticas por miedo a padecer cualquier nimio contratiempo y que alguien fuese a llevarle cuentos a la reina, quizá exagerados, que la pusiesen a ella excesivamente nerviosa. Por supuesto, todos los antojos y caprichos de Jane debían satisfacerse al instante. La reina, que siempre había disfrutado de los platos de caza, mostraba ahora un apetito prácticamente insaciable por las perdices de Calais. Entre tanto, lady María le enviaba constantemente hortalizas y frutas de sus propios huertos, en una exhibición de solicitud filial. Todos, empezando por lady María, estaban dispuestos a postrarse ante el hijo varón que, sin duda, pondría en el mundo Jane.


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 Asunto: Re: JANE SEYMOUR
NotaPublicado: 11 Dic 2018 19:35 
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Jane Seymour


El 16 de septiembre, siguiendo un gran ceremonial, se retiró a su cámara en Hampton Court, a esperar, en confinamiento según la tradición, el momento del parto. Lo peor del brote de plaga había pasado, claro está. Aún así, si bien la reina se encontraba en Hampton Court, Enrique, con su corte de jinetes y pajes, había decidido mantenerse a buen recaudo en Esher. Pensaba estar en Esher, tan ricamente, hasta que se le anunciase el nacimiento. Eso sí, seguía convencido de que Jane le ofrecería un príncipe, ya había decidido que le intitularía duque de Cornwall y, desde Esher, ordenó que en Windsor preparasen un sitial para un nuevo miembro de la Orden de la Jarretera.

Nosotros gozamos de la ventaja de la visión retrospectiva. Ese momento en que Jane se confina representa, probablemente, el culmen de su vida. Ha logrado concebir, primer punto a favor; ha logrado llevar su preñez casi a término, segundo punto a favor. Sólo le queda pasar por el trance del parto, para darle al rey y al reino el tan ansiado príncipe Tudor. Es probable que estuviese asustada...¿que mujer no lo está?...pero podía recordarse, para su propio sosiego, que su madre Margery había salido airosa de diez partos con sus correspondientes puerperios. Asimismo, Elizabeth, la hermana de Jane que acababa de casarse con Gregory Cromwell, había enviudado previamente de un primer marido, sir Anthony Ughtred, con quien había tenido dos hijos sin ningún peligro aparente para ella: Henry y Margery Ughtred. Por si no bastase, la influyente cuñada de Jane, Anne Stanhope, había dado a luz a su hija Jane Seymour felizmente. Así que, con esos precedentes en su entorno inmediato, es muy plausible suponer que Jane tendría bastante presencia de ánimo. Lo único que podría ensombrecer su mirada, probablemente, sería la posibilidad -que existía, vaya si existía- de acabar pasando por el suplicio del parto para tener que presentarle a Enrique una nueva hija, una hermana menor para lady María y lady Elizabeth.

Seguramente, en su confinamiento Jane sería informada de que el ocho de octubre una de las sobrinas del rey, Frances Brandon, hija mayor del duque de Suffolk y la difunta María Tudor que había sido breve reina de Francia, había dado a luz. Frances estaba casada desde 1533, con la venia del rey, con Henry Grey, marqués de Dorset y barón Ferrers de Groby; ya había tenido dos embarazos y dos partos, pero su primogénito, un varón, había nacido muerto, al igual que la segundogénita, una niña. Ese ocho de octubre, Frances alumbró a una niña que se llamaría Jane, en innegable homenaje a la reina. Quizá Jane Seymour, obviando las previas dramáticas experiencias obstétricas de Frances Brandon, consideró una buena señal que la marquesa de Dorset acabase de dar a luz una hija viva.

Jane misma estaba a punto de sentir los primeros dolores de parto. En la tarde del día 9, se inició "el trabajo de la reina", que sería prolongado y evidentemente dificil. Todo el mundo contenía la respiración, y el día 11 hubo procesiones y vigilias para rezar por Jane, que seguía luchando por dar a luz. El bebé se hizo esperar hasta las dos de la madrugada del 12 de octubre. Fue un niño, un varón perfectamente formado. A Enrique, que aguardaba ya en Hampton Court el desenlace, le llevaron a aquel príncipe Tudor y, según se comentó, lloró a moco tendido al recibir en sus brazos al pequeño Edward, así llamado en honor al abuelo materno del rey, Edward IV, pero también porque estaban -bendita casualidad- en vísperas del día de San Eduardo. Pareció, evidentemente, un hermoso auspicio.


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 Asunto: Re: JANE SEYMOUR
NotaPublicado: 20 Ene 2019 11:21 
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La impresión general en torno a la figura de Jane Seymour bien podría resumirse en dos palabras: anodina y evanescente. En cuanto a lo primero, hemos visto que algunos detalles sueltos aquí y allá componen una imagen de una mujer que probablemente tuvo más carácter del que se le atribuye, aunque fuese en general mansa y conciliadora. En cuanto a lo segundo, es cierto que fue una reina breve, que sólo llevaba diecisiete meses siéndolo cuando murió a los veintiocho años de edad. Pero Jane no murió en el parto, ni inmediatamente después, que es una idea bastante asentada, a tal punto que, como bien relató Fraser, incluso hubo tonadillas populares que la hacían morir porque la abrían en canal (cesárea) para extraer a un niño que no salía. No deja de ser curioso e incluso chocante.

Dar a luz a su Eduardo había sido un tremendo suplicio físico para Jane. Muy probablemente el niño estaba mal posicionado, y su nacimiento representó un esfuerzo tan prolongado que, naturalmente, debió acabar al límite de sus fuerzas. Pero mientras un extasiado Enrique enviaba heraldos a proclamar el advenimiento de su heredero a todos los puntos cardinales de sus dominios, el ceremonial de corte previsto para el acontecimiento echó a rodar. El bautizo del príncipe tuvo por escenario la flamante nueva capilla real en Hampton Court, a última hora de la tarde del día 15 de octubre. Caballeros, ujieres, escuderos y oficiales de la casa real portando antorchas abrían la procesión triunfal, seguidos por obispos, abades y clérigos, tras los cuales avanzaban los miembros del Consejo Privado, todos los lores y embajadores extranjeros que debían informar posteriormente en prolijos informes a sus cortes de origen. Es de resaltar que entre los lores que participó en la procesión figuraba el conde de Wiltshire, Tomás Bolena; y no sé vosotros, pero yo daría unas cuantas monedas por saber qué pensaba y sentía el padre de la difunta Ana, abuelo materno de "lady" Elizabeth.

Edward Seymour, lord Beauchamp, era el encargado de portar en brazos precisamente a lady Elizabeth, una niña de cuatro años pelirroja y de gesto solemne. La marquesa de Exeter caminaba a continuación, llevando un gran cojín en el que se encontraba el bebé que íba a ser cristianado: el duque de Norfolk sujetaba la cabeza de la criatura, el duque de Suffolk le sujetaba a la criatura los pies, no fuera a ser que se le escurriese del cojín a lady Exeter. Este grupo, por supuesto, llamaba la atención porque les resguardaba un palio de paño de oro. La cola de lady Exeter de terciopelo la sostenía el conde de Arundel, muy circunspecto. La niñera del príncipe, Sybil Penn, figuraba a continuación, lo que daba prueba de su significación, y con ella estaba la partera que había asistido a la reina Jane en su penoso trance. Lady María, visiblemente feliz, íba después con un impresionante séquito de damas. Ella íba a ser la madrina de bautismo de su medio hermano, el hijo de su "querida madre Jane"; Suffolk, Norfolk y el obispo Cranmer, que oficiaría en la ceremonia, ejercerían de padrinos. Nada más haber sido bautizado, el niño fue proclamado en voz sonora que retumbó entre los muros de la capilla, por el Rey de Armas de la Jarretera, como "Eduardo, duque de Cornualles y conde de Chester". Nótese que ahí, en esa fórmula tradicional, aún no se le declaraba príncipe de Gales: eso se hizo al cabo de tres días, el 18 de octubre.

Pero volvamos al día 15 al atardecer. El bautizo, envuelto en la pomposidad de un Te Deum, remata y la procesión abandona la capilla para dirigirse a los aposentos de la reina Jane. Allí está ella, la mujer que le ha dado el ansiado heredero al rey y al reino, acompanada de un emocionado Enrique. A Jane la han acomodado en un lecho digno de su rango, entre cojines de damasco carmesí, después de peinarla y de envolverla en un manto de terciopelo carmesí ribeteado de armiño. Es una imagen de soberana en pleno triunfo, dispuesta a dar su bendición a su hijo Eduardo, que también es bendecido por un Enrique con lágrimas en los ojos. Jane recibe a continuación el homenaje tradicional de los asistentes, a quienes se agasaja en las habitaciones contiguas con barquillos e hipocrás. Pasaron horas antes de que las habitaciones de Jane recuperasen la tranquilidad.

Por tanto, Jane parecía, en un primer momento, haber salido bien parada de su complicadísimo alumbramiento de un príncipe. El bebé estaba convenientemente asistido por su ama de cría cuidadosamente seleccionada, llamada Mother Jack, y por la niñera Sybil Penn, con el doctor Butts continuamente pendiente de él. Claro que los príncipes a veces se malograban, pero nadie quería plantearse siquiera esa posibilidad en lo que concernía a Eduardo. Para el 18 de octubre, justo cuando se le declaró príncipe de Gales y conde Carnarvon, grandes privilegios se le otorgaron a sus tíos maternos, Edward Seymour lord Beauchamp y Thomas Seymour. Beauchamp se vió de repente elevado a la dignidad de conde de Hertford y su cuñado le proporcionó un conjunto de tierras que producían rentas anuales por valor de seiscientas libras (lo que complementaría a la perfección las alrededor de cuatrocientas cincuenta libras anuales que venía percibiendo el noble por la herdanza de su padre John Seymour). Thomas Seymour, un muchacho de carácter problemático, siempre celoso del arrogante hermano mayor y bastante promiscuo, fue apartado del servicio de sir Francis Bryan para convertirse nada menos que en miembro de la Cámara Privada; poco después adquiriría ventajosos derechos de propiedad en Essex y Hampshire.

Puede que Jane ya no tuviese clara conciencia del avance de su familia, porque ya había sucumbido a la fiebre. La fiebre puerperal representaba un peligro tan grande como el parto en sí mismo en aquella época, y derivaba claramente de la falta de asepsia que rodeaba todo el proceso de poner un bebé en el mundo. Las asistentas de Jane se afanaban en torno a ella; como no dejaba de tiritar, la envolvían en cálidas y mullidas pieles, mientras trataban de devolverle las fuerzas para combatir la fiebre sirviéndole sus comidas predilectas. Enrique estaba planeando una de sus queridas excursiones cinegéticas al coto de Esher, pero, ante la enfermedad de su esposa, decidió permanecer en Hampton Court.

Aunque el 23 de octubre Jane, tras una "evacuación natural", pareció experimentar una leve mejoría que fue rápidamente comunicada por el chambelán de la reina, lord Rutland, al rey Enrique, la verdad es que la fiebre obedecía ya a una septicemia generalizada. De hecho, la ligera mejoría fue un efímero espejismo para todos, porque en la noche del mismo 23 Jane experimentó un súbito empeoramiento. Lord Rutland, acongojado, tuvo que ceder la esperanza a la ominosa realidad y se llamó al confesor de la reina para que la asistiese, procediéndose con el rito de la extremaunción.

Jane Seymour murió el 24 de octubre, doce días después de haber dado a luz. Enrique, en Hampton Court, estaba visiblemente noqueado: la muerte de aquella que le había dado "tanta felicidad" evocaba también, penosamente, a la de la propia madre de él, Elizabeth de York, décadas atrás. Pero en aquellos tiempos, los regios viudos no participaban en las exequias de sus esposas. Vestido de negro (así permanecería durante tres meses), Enrique se retiró a Whitehall, mientras se ponía en marcha el engranaje para organizar el entierro de Jane tomando como referente histórico precisamente el que había sido el entierro de Elizabeth de York.

El cuerpo de Jane fue tratado con esmero. Se colocó una corona en su cabello cuidadosamente peinado y se la vistió con tissú de oro, todo ello símbolos de realeza para una mujer que, paradójicamente, nunca había llegado a ser ungida y coronada. Se la colocó en un féretro abierto en una cámara, y alrededor del féretro se encendieron veintiún cirios. Lady María, su hijastra, que según los testimonios de todos los coetáneos "casi se había vuelto loca con la pena de perder a Jane", presidía el duelo. Durante una semana, María y las damas velaron día a día, incansablemente, a Jane; los sacerdotes se ocupaban de hacerlo durante las largas noches de octubre. Luego, el cerero hubo de embalsamar el cadáver, siguiendo el mismo procedimiento que en 1503 con Elizabeth de York; el cuerpo embalsamado fue emplomado, soldado y encajonado por los plomeros. Tras las últimas exequias en la capilla de Hampton Court todo quedó listo para la procesión ceremonial, también presidida por la pálida lady María, hasta Windsor. A todas las gentes pobres que aguardaban en las márgenes del camino para observar respetuosos el paso del cortejo se les entregaron limosnas, en memoria de la "buena reina" por cuya alma todos debían rezar. El ataúd de Jane llegó finalmente a la capilla de San Jorge, y allí se la enterría, en una cripta bajo el centro del coro, el 12 de noviembre de aquel año 1537.


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 Asunto: Re: JANE SEYMOUR
NotaPublicado: 20 Ene 2019 11:32 
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Enrique, Jane y Eduardo.


Jane quedó grabada en la memoria de Enrique como su "verdadera esposa, enteramente amada". Enrique era, por naturaleza, sentimental (aunque también voluble, llegado el caso traicionero e incluso brutal); así que, por supuesto, no hay que poner en tela de duda su amor por una mujer que no había tenido tiempo de saturarle y que le había proporcionado el hijo varón que tanto ansiaba. Además, se hace fácil idealizar a quienes mueren en el apogeo de su vida, antes de tiempo. En adelante, Enrique conservaría ciertas rutinas personales como los peregrinajes a Wolf Hall, el hogar ancestral de los Seymour, dónde siempre se emocionaría recordando a Jane.

A efectos prácticos, la muerte de ésta abocaba a la disolución de la Casa de la Reina, lo que representaba un gran contratiempo para todos los que formaban parte de ella. Las ropas y joyas de Jane se repartieron casi de inmediato, siendo la principal beneficiaria su hijastra lady María, que, considerando lo profunda y duradera que fue su pena, lo merecía con creces. Con mucha sangre fría, Cromwell ya estaba a esas alturas explorando el campo cara a una rápida cuarta boda de su viudo señor el rey de Enrique, que tenía un príncipe de Gales, sí, pero necesitaba un duque de York.

Y así fue el paso por este mundo de Jane Seymour...


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 Asunto: Re: JANE SEYMOUR
NotaPublicado: 20 Ene 2019 14:24 
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