Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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 Asunto: ISABEL DE FARNESIO, "LA PARMESANA".
NotaPublicado: 16 Mar 2008 21:51 
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Tema para una mujer de férrea voluntad al servicio de una desaforada ambición. Genio y figura hasta la sepultura...

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NotaPublicado: 16 Mar 2008 22:37 
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Este señor se llamaba Giulio Alberoni. Parece probable que su nacimiento haya acontecido en Fiorenzuola d'Arda, una localidad situada a medio camino entre Parma y Piacenza, el 30 de mayo de 1664. Su padre era un humilde jardinero, su madre se ocupaba de tareas domésticas y la crianza de la prole. Los progenitores vivían con extrema modestia, siempre rondando el umbral de la pobreza, pero parecen haber tenido, al menos, ciertas aspiraciones respecto a su descendencia. Viendo que Giulio poseía una mente despejada y bastante ingenio, pensaron que lo mejor era encauzarle hacia una carrera eclesiástica; para encontrar algún benévolo protector en ese sentido, nada mejor que buscarle un puesto de campanero en la catedral de Piacenza.

Efectivamente, la situación se desarrolló en ese sentido. El jovencísimo pero espabilado campanero se ganó la simpatía del obispo Barni, quien le facilitó el acceso en el seminario dónde recibió la formación adecuada para acabar ordenándose sacerdote. Barni todavía hizo algo más por su protegido: le designó como uno de los canónigos adscritos a la catedral de Piacenza. No estaba nada mal la posición obtenida, sobre todo considerando los orígenes de Giulio. Pero éste no pensaba conformarse con lo que ya tenía, sino que aspiraba a sacar buen provecho de un talento natural cultivado poco a poco hacia el ejercicio de la diplomacia.

Una persona con aspiraciones se mantiene atenta para agarrar la primera ocasión prometedora que surja. Así lo hizo Giulio Alberoni, afable canónigo catedralicio: esperó a que se pesentase la oportunidad de cruzarse en el camino del duque Louis Joseph de Vendôme, comandante en jefe de las tropas francesas acantonadas en la península italiana. Louis Joseph de Vendôme era un hombre de rancia estirpe a través de su finado padre, Louis II de Vendôme, hijo de César duque de Vendôme y de Françoise de Lorraine: si uno observaba ese costado del árbol genealógico, se encontraban incluso conexiones con la realeza; en cambio, su madre, Laura Martinozzi, no había tenido un magnífico abolengo pero sí la suerte de figurar entre las sobrinas protegidas por el cardenal Jules Mazarin, nacido Giulio Mazzarini. En realidad, esto llamaba mucho la atención de nuestro Giulio Alberoni, quien estaba decidido a seguir la trayectoria de un Giulio Mazzarini.

Se dice que el primer encuentro del duque de Vendôme y Alberoni resultó de lo más peculiar. El arzobispo de Borgo San Donnino, Alessandro Romovieri, había sido el primer designado para plantearle a Vendôme una serie de argumentos para obtener una solución favorable a sus intereses a ciertas cuestiones problemáticas aún pendientes; pero el hombre había fracasado estrepitosamente en su misión, ya que, sin ningún miramiento, había recitado su lista de peticiones al jefe militar francés mientras éste, sentado en su sillico, trataba en vano de hacer de cuerpo. Vendôme, muy enojado, se había levantado para mostrarle las enrojecidas posaderas al arzobispo Romovieri mientras gritaba: "¡Estos son los problemas que me ocupan ahora!". En una situación similar, Giulio Alberoni demostró más ingenio que Alessandro Romovieri. Nada más entrar en la sala, observó al duque que se afanaba en el "sillico" y exclamó, en tono laudatorio, la frase: "¡Oh, qué culo de ángel!". A continuación, empezó a proporcionar al poderoso señor ciertos buenos remedios para solventar el estreñimiento crónico y mejorar las almorranas, e incluso se ofreció, sonriente, a meterse él mismo en la cocina a ordenar algunos manjares que seguramente vendrían de perlas en esa situación. Resumen: Vendôme se quedó entusiamado con Alberoni, haciendo de éste uno de sus "favoritos".

Así, cuando tiempo después el duque de Vendôme entró al frente de un ejército francés en territorio español para asegurar el acceso al trono del primer rey de la dinastía Borbón, Felipe, Alberoni estaba en condiciones de solicitar al duque de Parma, Francesco Farnese, que le enviase a Madrid en calidad de embajador de su ducado italiano. Un "protegido" de Vendôme resultaba, se mirase por dónde se mirase, el hombre apropiado para hacer sonar la voz de Parma en los oídos del flamante Felipe V. Lo que nadie podía suponer aún era hasta qué punto triunfaría Alberoni en Madrid...


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NotaPublicado: 16 Mar 2008 23:09 
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Felipe V de España (anteriormente, Philippe duque d´Anjou).

El 14 de febrero de 1714, Felipe V perdió a la mujer que era su esposa desde hacía casi ocho años: María Luisa Gabriela de Saboya. Una hermana mayor de María Luisa Gabriella, Adelaida, se había casado con el hermano mayor de Felipe, Louis duque de Borgoña, antes de que se celebrase el matrimonio de Felipe con María Luisa Gabriela: ambas parejas tuvieron la suerte de que sus casamientos, basados en motivos dinásticos, resultasen muy felices. Mientras que Louis de Borgoña bebía los vientos por su Adelaide, a Felipe todo le parecía poco para contentar a su María Luisa Gabriela, una mujer de aspecto un tanto infantil, pero de carácter fuerte, decidida, capaz de afrontar lo que hubiera que afrontar con brío y coraje, a la vez que afectuosa y tierna. Cuando Felipe y María Luisa Gabriela ascendieron al trono español, tras vencer en la denominada Guerra de Sucesión, los españoles aprendieron enseguida a valorar a esa reinecita que sabía estar a las duras y a las maduras. Ella había cumplido, asimismo, su principal deber al dar a luz cuatro hijos varones, aunque solamente dos de ellos, Luís y Fernando, permanecían con vida cuando murió prematuramente.

El fallecimiento temprano de María Luisa Gabriella dejó absolutamente abatido a Felipe. Se trataba de un hombre dependiente de su mujer en muchos aspectos: ella le reforzaba anímicamente, sabía arrancarle de su abúlica melancolía, le rodeaba de ternura y le proporcionaba la adecuada dosis de pasión. Dado que Felipe poseía una intensa líbido pero sólo se avenía a dar rienda suelta a esos instintos sexuales dentro del ámbito matrimonial, la pérdida resultaba imposible de remediar proporcionándole una amante ocasional. El viudo tristón y desamparado se mudó enseguida al palacio de Medinaceli: sólo el Paseo del Prado separaba esa residencia de otra casona, también monumental, que ocupaba la princesa de los Ursinos, nacida Marie-Anne de La Trémoille. Felipe ordenó cavar un pasadizo "por debajo del Paseo", de forma que podía ir de su casa a la casa de la princesa cuando le venía en gana, para conferenciar con ella y dejar que ella le marcase la dirección a segur en asuntos de gobierno.

Marie-Anne de La Trémoille, hija de un duque de Noirmoutier, viuda en primeras nupcias de Adrien Blaise de Talleyrand-Périgord, príncipe de Chalais, y en segundas nupcias del príncipe italiano Flavio degli Orsini (degli Orsini se vertió al francés en la forma des Ursins, de la cual derivó luego en español de los Ursinos...), era seguramente la principal figura en la corte madrileña. Formaba parte del conjunto de franceses que se habían congregado en torno al rey Felipe V siguiendo las instrucciones del abuelo paterno de él, el gran Louis XIV, "Le Roi Soleil". Tenían por misión ayudar a Felipe a manejar con inteligencia su reino español, sin apartarse ni un ápice de las líneas maestras trazadas a escala continental por la poderosa cancillería francesa. Marie-Anne representaba el poder detrás del trono: Felipe tenía el título, pero ella tenía la capacidad de hacer y deshacer a su antojo.

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Marie-Anne de La Trémoille, princesa de los Ursinos.

Giulio Alberoni, el sagaz representante de Parma en Madrid, había comprendido casi en el mismo instante de su llegada que a quien tenía que ganarse era a Marie-Anne de La Trémoille. Así lo hizo, haciendo alarde de una finura extrema en el trato y de una sutil pero persistente lluvia de halagos. Ahora, en ese momento crucial, la princesa de los Ursinos confió a Alberoni que no podría darle descanso a su cabeza hasta que no dilucidase qué princesa europea debía llenar el vacío que había dejado la infortunada María Luisa Grabriela de Saboya. Alberoni contuvo su excitación. Con la mayor simpatía, aguardó a que su interlocutora fuese presentando una a una a las distintas candidatas para, poco a poco, mostrar los puntos débiles o los potenciales riesgos que ofrecía cada princesa mencionada. Sin prisas pero sin pausas, Alberoni abonaba el terreno para luego arrojar una semilla propia: ¿no querría la princesa de los Ursinos considerar a la princesa Elisabetta Farnese de Parma? Sacudiendo la cabeza en un gesto fingido a medio camino entre la incertidumbre y la pesadumbre, Alberoni se respondió en voz alta a sí mismo: no, seguramente a la princesa de los Ursinos no podría agradarle Elisabetta Farnese. A fín de cuentas, declaró en tono melifluo, sólo era "una buena muchacha de veintidós años, feúcha, insignificante, que se atiborra de mantequilla y de queso parmesano y que jamás ha oído hablar de nada que no sea coser o bordar”.

La descripción de Alberoni entusiasmó a la princesa de los Ursinos. Una chica de esas características podría satisfacer a Felipe (un tipo que se contentaba fácilmente) e incluso aumentar el número de príncipes en la línea sucesoria (deber esencial de las consortes reales), pero nunca supondría una amenaza para la posición dominante, hegemónica, de la propia Marie-Anne. Dicho de otra forma: Marie-Anne seguiría gobernando al monarca y a través del monarca al país, en tanto que la parmesana serviría para que Felipe no cayese en una abismal depresión. Con la energía que la caracterizaba, Marie-Anne avaló la candidatura de Elisabetta Farnese mientras Alberoni, en un discretísimo segundo plano, batía palmas con las orejas...


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NotaPublicado: 17 Mar 2008 03:01 
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Alberoni había calculado perfectamente cada una de las palabras que había empleado para describir a Elisabetta Farnese. Jugaba con ventaja, desde luego: había cultivado con esmero su relación con Marie-Anne de La Trémoille durante meses, ganándose un buen nivel de credibilidad ante la princesa de los Ursinos; pero, además, no entraba dentro de la pauta que un embajador "rebajase el valor" de una princesa del país al cual representaba: o bien se intentaba subrayar las gracias y virtudes de la susodicha, o bien se optaba por presentar un informe equilibrado, pero en ningún caso se trazaba a propósito un retrato plagado de defectos de una muchacha en pleno chalaneo matrimonial.

Alberoni mintió deliberadamente, mintió a conciencia, en ese punto. En realidad, Elisabetta Farnese no era la criatura mediocre que él había descrito con acento convincente a la princesa de los Ursinos. Había mucho más que contar respecto a Elisabetta Farnese...

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La princesa de Parma.

Para empezar, no era "feúcha". De estatura elevada según los estándares de la época, podía presumir de una figura bien formada, de armónicas proporciones; si había una tendencia natural a ir ganando curvas más voluptuosas con el paso del tiempo, esto no le quitaba ni un ápice de atractivo a su cuerpo, dado que, en general, se consideraba una garantía de fertilidad. Sus cabellos de un rubio rojizo constituían una herencia de su madre, nacida princesa de Pfalz-Neoburg; servían de marco a un rostro ovalado de rasgos agraciados, que, sin embargo, mostraba las marcas de unas viruelas. Esas picaduras en la piel constituían el único punto en contra de la joven. Si se pasaban por alto las pequeñas muescas que se intentaban disimular con potingues y lunares artificiales, desde luego no se la calificaría de hermosa, pero tampoco de "feúcha".

Pero dónde el cardenal había proporcionado una semblanza alevosamente distorsionada de la dama, era en lo que atañía al carácter. Elisabetta tenía una personalidad claramente definida, un marcado temperamento que se había visto reforzado por la educación que le había ofrecido su inteligente y decidida madre, Dorothea Sophie...


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NotaPublicado: 17 Mar 2008 03:34 
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Dorothea Sophie, madre de la princesa de Parma.

La landgravina Elisabeth Amalia de Hesse-Darmstadt había resultado una esposa felizmente prolífica para su marido, Philipp Wilhelm von der Pfalz-Neuburg, príncipe-elector del Palatinado. En total, Elisabeth Amalie había puesto en el mundo diecisiete retoños, entre los cuales ocho fueron criaturas de sexo femenino. De esas ocho hijas, dos murieron en la primerísima infancia y una más en cuanto alcanzó los catorce años; pero las otras cinco se transformaron en jóvenes princesas para las que sus padres tenían que negociar casamientos ventajosos.

Las cinco hermanas tenían "un aire" de familia. Todas llamaban la atención por su excelente talla y sus cabelleras pelirrojas. La mayor, Eleonor Madalena, abrió el capítulo de las bodas de prestigio al unirse al emperador del Sacro Imperio Germánico Leopold I. Luego, la segunda en orden decreciente de edad, María Sophia Elisabeth, se había casado con el rey viudo Pedro II de Portugal. Después le tocó el turno, en un mismo año, a dos hermanas que se sentían particularmente unidas entre sí: Maria Anna fue enviada a España para convertirse en la consorte de Carlos II, destinado a ser el último Habsburgo, en tanto que Dorothea Sophia marchaba a Parma para contraer nupcias con Odoardo Farnese, heredero del ducado italiano. La última de las cinco princesas, Hedwig Elisabeth Amalia, se casaría con Jan Sobieski, heredero del reino de Polonia.

A excepción de María Sophia Elisabeth, la reina de Portugal, que era de naturaleza intensamente melancólica y en gran medida autodestructiva, las otras cuatro tenían agallas. Eleonor Madalena se encontró, en la corte imperial de Viena, inmediatamente comparada con las dos magníficas anteriores esposas de su marido Leopold: la infanta Margarita Teresa de España y Claudia Felicitas del Tirol. Sin embargo, Eleonor Madalena se las apañó para ganarse el respeto general. Lo que tuvo que afrontar Maria Anna en España, unida al Hechizado y hostigada por su suegra Mariana de Austria, no es para contarlo en pocas palabras. No obstante, Maria Anna supo resistir aquella andanada del destino. Hedwig Elisabeth Amalia, por su parte, mostró dignidad y valor suficientes en Polonia.

En cuanto a Dorothea Sophia...tampoco se dejó abatir por las circunstancias. Su matrimonio con Odoardo no era ninguna balsa de aceite, pero le proporcionó un hijito, Alessandro Ignazio, y una hijita, Elisabetta. Lo peor, con todo, sobrevino en 1793. El principito Alessandro falleció con apenas veinte meses de edad; al mes siguiente, fallecía su padre, Odoardo, sin haber llegado siquiera a heredar el ducado. Dorothea se encontró viuda, con sólo una niñita de menos de un año para consolarse de la pérdida. Entre tanto, empezó a declinar la salud de su suegro, que se moriría enseguida, sucediéndole en el trono su segundo hijo varón, Francesco, hermanastro del difunto Odoardo. Dado que Francesco no podía enviar a Dorothea de vuelta a Neubourg porque no tenía dinero en las arcas para devolver la dote aportada por los padres de ella en la época previa a la boda con Odoardo, resolvió casarse con ella. La propia Dorothea, a quien los parmesanos juzgaban, con acierto, arrogante y autoritaria, aceptó la solución propuesta. Odoardo, Francesco...¿qué más daba? Lo que importaba era transformarse en gran duquesa de Parma y Piacenza, así como educar convenientemente a su hija Elisabetta.

La infancia y juventud de Elisabetta estuvieron, pues, claramente influenciadas por su madre. Dorothea le transmitió su orgullo de raza, su soberbia en lo que atañía al linaje que representaban, su determinación a medrar, una férrea voluntad al servicio de una desaforada ambición. A esa Elisabetta a la que, según Alberoni, "sólo le interesaba coser y bordar", la reconcomían las ansias por elevarse por encima de lo que había esperado de ella...


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NotaPublicado: 17 Mar 2008 20:35 
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Elisabetta estaba preparada para sostener con fuerza las riendas de su destino. Sabía que Felipe V había estado absolutamente prendado de su primera mujer saboyana, María Luisa Gabriela...

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La difunta María Luisa Gabriela.

...pero también le constaba que siempre hay un trasfondo muy real en el viejo refrán: el muerto al hoyo y el vivo al bollo. María Luisa Gabriella había sucumbido a una tuberculosis pulmonar y se descomponía en su sarcófago: ya no existía, ya no podía ofrecer nada excepto un dulce recuerdo al que había sido su esposo. En cambio, Elisabetta contaba con presencia física y podía utilizar ese hecho para mantener felizmente entretenido a Felipe.

A decir verdad, se trataba de una visión absolutamente pragmática de las cosas: lo único que había quedado de María Luisa Gabriela que podía estorbar, y mucho, a la resuelta Elisabetta eran dos mocosos. Los niños, Luís y Fernando, siempre se encontrarían por delante en la línea de sucesión a la corona que los retoños que la parmesana pudiese concebir en el matrimonio. Eso sí constituía un obstáculo a medio y largo plazo, pero Elisabetta no se dejaba amilanar por nada: si no encontraba la forma de saltar por encima, buscaría la manera de rodear el problema.


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NotaPublicado: 17 Mar 2008 21:50 
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Bello retrato de Elisabetta (Isabel) mostrando un grabado que representa a Felipe.

Elisabetta llegó a España con la confianza en sí misma que le otorgaba el tener conciencia de que aportaba una excelente dote: los ducados de Parma y Toscana, herencia de sus ancestros Farnese y Medici. Estaba segura de que no tardaría en hacer que su marido bailase al son que ella marcase, lo que le hacía sentirse capaz de superar cualquier circunstancia adversa para sus ambiciones personales. En resumen: una muchacha con ideas claras y energía suficiente para transformarlas en pautas de actuación. Alguien temible, en dos palabras.

La primera en acusar recibo sería precisamente Marie-Anne de La Trémoille, princesa de los Ursinos. Marie-Anne estaba tan pagada de sí misma que ni se tomó el trabajo de fingir cierta modestia en su primer encuentro con Elisabetta, ahora transformada ante sus nuevos súbditos en Isabel de Farnesio. Mientras todos habían recibido a la flamante soberana que llegaba de la península itálica en las puertas de palacio, ejecutando con estilo impecable las profundas reverencias de rigor, Marie-Anne se destacó de los demás esperando en el gran recibidor, al pié de la amplia escalinata. Además, se "ahorró" la reverencia pretextando, en tono un tanto socarrón, los dolores que solían provocarle, a sus años, el reuma y el principio de artritis. En un principio, Isabel no se tomó nada a mal: carecía de motivos para poner en tela de juicio a Marie-Anne.

Pero enseguida apareció en escena Alberoni, dispuesto a explicarle a Isabel "quien era quien" en la corte española. Los franceses representaban la facción más destacada, aglutinados en torno a la Ursinos, declaró. Todos ellos actuaban como agentes de Versalles, manteniendo la política española completamente subordinada a los intereses y conveniencias de la cancillería francesa. Isabel empezó a hacerse una idea bastante exacta de quienes manejaban los hilos y cómo los manejaban gracias a su paisano Alberoni. Luego, tomó una decisión drástica...y aguardó el momento idóneo para ponerla en práctica.

Marie-Anne no tardó en caer de lleno en la tentación de "reprender públicamente" a la reina Isabel. Entraba dentro de lo que se había considerado "el pan de cada día" en la época de María Luisa Gabriela: en su calidad de camarera mayor, la princesa se arrogaba la atribución de corregir a la soberana siempre que lo estimaba oportuno, bien porque el peinado no resultaba estiloso, bien porque el traje no parecía el adecuado, bien porque había abusado del rouge en las mejillas o bien porque mostraba un exceso de ojeras. Si María Luisa Gabriela se lo había tomado con tranquila aquiescencia, se suponía que la recien llegada Isabel tendría que tolerarlo con una mansa sonrisa en los labios. Pero no sucedió así: cuando la Ursinos tuvo la ocurrencia de decirle a la parmesana que debía evitar la glotonería porque de lo contrario se quedaría sin cintura, Isabel le asestó una mirada tormentosa antes de volverse hacia el expectante Alberoni y hacia la guardia palaciega. ¿Quien era esa mujer -gritó- para atreverse a insultarla a ella, la reina de España?¡Que la sacasen de palacio, la introdujesen en una silla de postas, la llevasen a la frontera francesa y la obligasen a cruzar la línea que separaba ambos países!. Atónita por el arranque de genio de Isabel, Marie-Anne se quedó definitivamente apabullada cuando los guardias, a una discreta señal de Alberoni, cumplieron el mandato que acababan de recibir.

La princesa de los Ursinos acababa de perder de un golpe todo su poder e influencia, para emprender un humillante viaje de vuelta a su país natal, en dónde la vergüenza se multiplicaría cuando tuviese que explicar a la corte francesa que una parmesana la había borrado del tablero de ajedrez de los juegos políticos...


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NotaPublicado: 03 Abr 2008 12:49 
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francisco farnesio padrastro y tio de Isabel


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NotaPublicado: 03 Abr 2008 12:57 
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Pier Luigi Farnesio ! duque de parma de dicha dinastia;hijo del papa Paulo III, y parece que fue asesinado por sus súbditos.


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NotaPublicado: 03 Abr 2008 18:30 
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Francesco, el tío y padrastro de Isabel, tiene un aspecto bastante poco agraciado. Bueno...a mis ojos, un tanto repelente, jajajaja. Pero creo que su medio hermano, el padre de Isabel, tampoco era mozo apuesto ni gallardo:

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Odoardo Farnese.

Volviendo a Isabel, salió más bien a la familia materna en lo que se refiere al aspecto físico...

Y, bueno, si no poseía belleza, al menos sabía dar a valer sus atractivos ante el marido. Al poco tiempo de haber llegado a España, había obtenido dos triunfos: uno, ganarse por completo a Felipe a través de una intensa actividad física compartida en el lecho; dos, imponerse a la princesa de los Ursinos. La de los Ursinos tenía tan mala prensa entre los españoles que, en un principio, el hecho de que Isabel la hubiera mandado prender y llevar hasta la frontera para expulsarla del país con cajas destempladas le proporcionó a "la parmesana" una gran popularidad. Con el tiempo, la perdería. El lugar de la Ursinos lo ocupó ese cardenal a quien hemos conocido: Alberoni. Y Alberoni se dispuso a variar sustancialmente la política española, hasta entonces claramente supeditada a la francesa, para acomodarla a las ambiciones de Isabel.


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 Asunto: Re: ISABEL DE FARNESIO, "LA PARMESANA".
NotaPublicado: 06 Ago 2010 23:06 
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Me cuelo en este hilo primeramente para felicitar a Minnie :bravo: por lo bien que narra la historia!! La verdad es que es todo un gusto. Secundariamente también me cuelo para animar a que siga este hilo. :yay:

Hace poco me terminé de leer la biografía de Felipe V de Henry Kamen ("Felipe V, el rey que reinó dos veces") y, bueno, la verdad es que, digamos que describe a Felipe e Isabel desde un punto un tanto diferente a como tradicionalmente se le da.

Bueno la historia se ha quedado por la llegada de Isabel a España, que va a significar el fin del control francés de la política española que pasa a manos de los italianos, para disgusto de los castellanos, que digamos que siguen algo "marginados" del poder político.

La verdad que el episodio de Isabel con la Princesa de los Ursinos es muy bueno jaja. Un episodio que es recogido por muchos para ilustrar lo que sería el reinado de Felipe V tras la llegada de Isabel. Pero bueno, pienso que tampoco es así completamente. A Isabel no le quedó más remedio que ejercer de una especie de reina gobernadora debido a la enfermedad de su marido, el Rey, el cual sufría graves crisis depresivas que lo dejaban inactivo durante mucho tiempo... Pero bueno, hay mucho que poder debatir, a ver si se anima este hilo. :thumbup:

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 Asunto: Re: ISABEL DE FARNESIO, "LA PARMESANA".
NotaPublicado: 15 Ago 2010 10:25 
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Pues se podrá animar, y muchooooo, si accedes a echar una manita, Godoy. No he tenido la suerte de sumar a mi biblioteca, todavía, el libro de Kamen sobre Felipe V; por lo que comentas debe ofrecer una perspectiva en cierto aspecto novedosa y estimulante desde el punto de vista intelectual. ¿Querrías comentar algo al respecto, Godoy? Me refiero principalmente a cómo enfoca la llegada de "La Parmesana" a España, los inicios de su vida conyugal con Felipe y el famoso enfrentamiento con "la de los Ursinos" ;)


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