Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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 Asunto: Re: ISABEL CLARA EUGENIA, LA GRAN INFANTA.
NotaPublicado: 07 Jun 2010 13:29 
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Al final, a Felipe II casi casi se le escapó el tiempo entre los dedos. Estuvo en un tris de no poder dejarlo todo dispuesto según su voluntad.

El 6 de noviembre de 1597, en Turín, murió la infanta Catalina Micaela, duquesa de Saboya. A los veintinueve años, se había embarazado por décima vez pero un parto prematuro, cargado de complicaciones, la dejó sentenciada. En aquella época, las noticias se transmitían con desesperante lentitud, pero cuando llegó a El Escorial la comunicación del fallecimiento de la eximia Catalina Micaela, Felipe II e Isabel Clara Eugenia se quedaron literalmente transidos de dolor. El golpe fue devastador en lo que concierne a Felipe, claro, porque éste era un septuagenario corroído por la gota entre otras enfermedades. Con la pérdida de Catalina Micaela, perdió sus últimas reservas de energía y de fuerza moral.

Urgía más que nunca, no obstante, resolver la futura posición de Alberto e ICE, cuyo compromiso ya se había anunciado oficialmente. En mayo de 1598, los más encumbrados dignatarios se congregaron en la alcoba escurialense del monarca, de atmósfera densa y sobrecargada porque no se ventilaba correctamente, para asistir a la lectura solemne del Acta de Cesión. ICE aceptó en voz firme las cláusulas del Acta de Cesión, ninguna de las cuales la pillaba por sorpresa. Lo mismo hizo, para evitar reclamaciones posteriores, el príncipe heredero Felipe, que estaba sinceramente encariñado con su hermana ICE.

La soberanía que recibiría ICE a modo de dote por la boda con Alberto era amplia. Abarcaba las Provincias del Norte que estaban en rebeldía, la auténtica base de operaciones de Mauricio de Nassau, sin olvidarse del Franco Condado de Borgoña e incluso el condado de Charolais. No obstante, si ICE y Alberto tuviesen un heredero natural para sucederles, éste sólo obtendría su sucesión después de realizar un juramento de fidelidad a la doctrina católica y otro juramento de homenaje a la Corona española, de la que se reconocería así feudatario. Derivación de esto último es que un eventual heredero de los Países Bajos no podría casarse sin la aprobación previa de quien reinase en España. La eterna alianza de amistad incluía una condición que se mantendría en secreto: España retendría la autoridad en determinados lugares considerados de alto valor estratégico, como los castillos de Amberes, Gante y Cambray. Alberto e ICE podrían tomar las disposiciones que estimasen oportunas en relación con la política interna en los Países Bajos, pero su política exterior debía ir en perfecta sintonía con la de España. Esto quedaba bien sentado.

Proclamada el Acta de Cesión, lo único que impedía el casamiento era que aún no habían llegado las dispensas papales. El Papa Clemente tenía que emitir dos dispensas, una para cubrir el cercano parentesco de ICE y Alberto, pero otra, anterior, para que tuviese validez la renuncia expresa de Alberto a su carrera en el seno de la Iglesia. Los planes de Felipe II pasaban por una doble boda que se celebraría en suelo italiano para que oficiase la ceremonia -gesto de elevado simbolismo para el mundo católico- el Papa Clemente VIII. Se suponía que, en cuanto fuesen públicas las dispensas papales, Alberto saldría de Bruselas en dirección a Trento, en Italia, dónde se reuniría con la archiduquesa María Ana de Austria, nacida Baviera, que iría con su hija Margaretha, la prometida del príncipe Felipe. De allí viajarían a Ferrara, lugar elegido para el evento.

Con tanto prolegómeno, Felipe II no llegó a ver la culminación. La agonía de Felipe fue prolongada y cargada de sufrimiento, pero mantuvo la lucidez suficiente para anticiparse al desenlace. ICE le había asistido con la cariñosa devoción que podía esperarse de ella; sin embargo, el amor profundo del padre quería evitarle a la hija los últimos momentos. Dos días antes de fallecer, Felipe se despidió de ICE; prodigó a ICE sus postreras palabras de afecto y consejos, antes de entregarle el anillo de boda que antaño había ofrecido a Isabel de Valois, la madre de la infanta. Concluída la escena, ICE hubo de abandonar los aposentos de Felipe para no volver a acceder a ellos. Su progenitor falleció el 13 de septiembre de 1598, veinticuatro horas más tarde de la despedida en la que ambos habían tratado de que la emoción no venciese a la resignada entereza de los buenos católicos.

ICE lloraría mucho...después. No hubo una prolongada exposición pública del muerto: al día siguiente de su defunción, se procedió a sus honras fúnebres en el propio recinto de El Escorial. En luto riguroso, ICE marchó hacia Madrid llevando consigo el crucifijo de marfil que había sostenido entre las manos Felipe al rendir el alma. La infanta se recluyó en el convento de las Descalzas Reales, dónde se hallaba su tía y futura suegra María, así como su prima y futura cuñada Margarita. Pasaba las horas postrada de hinojos en un reclinatorio, rezando por el eterno descanso de Felipe. No cabía duda de que, a sus ojos, había sido un padre excepcional.


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 Asunto: Re: ISABEL CLARA EUGENIA, LA GRAN INFANTA.
NotaPublicado: 07 Jun 2010 15:25 
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No se necesita una sensibilidad acusada ni una imaginación galopante para hacerse cargo de la desolación que tuvo que experimentar ICE durante su confinamiento en las Descalzas Reales. En un período de tiempo relativamente corto, habían desaparecido su querida hermana Catalina Micaela y su adorado padre Felipe II. Cierto era que Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela no habían vuelto a encontrarse desde que la menor había marchado recien casada a Saboya, en 1585. Pero en esos doce años que mediaron hasta 1597, el vínculo afectivo había permanecido, sólido y resistente, a través de un incesante flujo de cartas. Por lo demás, Isabel Clara Eugenia había quedado junto a su padre, un padre que no sólo la había querido sino que le había ofrecido un "empleo", algo hacia lo que canalizar sus energías y su talento. Sin duda, Isabel Clara Eugenia esperaba la muerte de Felipe desde al menos dos años atrás; se trataba de un septuagenario martirizado por varias enfermedades con la penosa gota a la cabeza, postrado en su lecho en una casi total invalidez. En esas circunstancias, la muerte podía representar una liberación. Pero está claro que el fallecimiento en un lapso de menos de dos años de Catalina Micaela y Felipe sacudió por entero a ICE. El último golpe serio que ella había recibido había sido la prematura defunción de su muy querida madrastra Ana, en 1580.

Lo que era la intrincada genealogía de la casa de Austria: Ana había sido prima carnal de ICE incluso antes de convertirse en madrastra de ICE y, a la sazón, ICE íba a casarse con un hermano menor de la fallecida Ana. Cierto que esos enredos que a nosotros nos hacen salir humo por las orejas a ellos debían antojárseles lo más normal del mundo. Baste señalar que cuando Felipe II había perdido a su adorada tercera esposa Isabel de Valois (la madre de ICE y de Catalina Micaela), desde la corte francesa se habían apresurado a sugerirle que se casase con una hermana menor de la muerta, Margot de Valois, que así hubiese sido madrastra de las niñas que ya eran sus sobrinas. Felipe no había querido...y se había casado en cambio con una sobrina carnal, hija de una de sus hermanas casada a la vez con un primo hermano de ambos: Ana de Austria. Muerta Ana de Austria, se barajaron dos posibles esposas para el monarca que había quedado viudo por cuarta vez. Las dos posibles esposas eran hermanas entre sí...y hermanas de la fallecida Ana, por supuesto. Una, Elisabeth, que había sido una hermosura legendaria, residía en la corte francesa en calidad de viuda del rey Charles IX, que había sido hermano de Isabel de Valois y de Margot de Valois. La otra, Margarita, prefirió tomar los hábitos en las Descalzas Reales.

Mientras ICE podía reflexionar sobre todo eso en las Descalzas Reales, los preparativos de su enlace se ponían en marcha. Una enorme comitiva salió de Bruselas en dirección a la ciudad costera italiana de Génova. Era una comitiva formada por un amplio conjunto de carrozas en las que viajaban, en una relativa comodidad, las damas y caballeros de la aristocracia flamenca que formarían la casa de Alberto e ICE. Necesitaban nada menos que veintitrés coches en retaguardia cargados hasta los topes con sus equipajes. Había una escolta formada por varios centenares de soldados que se habían hecho acompañar de sus esposas e hijos, así que hicieron falta cuarenta grandes carromatos para transportar sus pertrechos. El archiduque Alberto, con su característico sentido común, hizo que semejante séquito partiese en dirección a Génova varias semanas antes de que él iniciase su propio periplo. Abandonó Bruselas rumbo a Viena, pues quería ofrecer sus respetos a su hermano el emperador Rodolfo antes de irse a Trento, dónde le aguardaba la joven archiduquesa Margaretha, prometida de Felipe de España, con la madre, María Ana de Baviera. Fue en Trento dónde Alberto se enteró de que Felipe II llevaba UN MES enterrado; la archiduquesa Margaretha ya no íba a casarse con un heredero, sino con un reciente soberano.

El Papa Clemente VIII aguardaba en la ciudad de Ferrara para oficiar las bodas por poderes. Alberto eligió para su atuendo colores sobrios pero de gran elegancia; vestía de ricos tejidos negros salpicados de hilo de plata. A decir verdad, participó en dos enlaces, pues le tocó representar a Felipe III en la boda de éste con Margaretha, antes de ser él mismo en la boda con una ICE representada por el duque de Sessa. Verificada la boda por poderes, Alberto, con Margarita y la madre de Margarita, puso rumbo a Génova, ciudad en la que aguardaba su enorme contingente de sirvientes. Galeras alquiladas a la poderosa familia de los Doria debían conducirles a la costa valenciana, pues se había acordado que Felipe III e ICE aguardarían en la ciudad de Valencia.

Felipe III e ICE tuvieron que revestirse de paciencia, porque el pésimo clima forzó un retraso en la salida de Génova de la flotilla y obligó a una escala prolongada en el puerto de Marseille. Por añadidura, cuando las galeras alcanzaron finalmente la rada de Vinaroz, Alberto, siempre tan cumplido, indicó que debía viajar a Madrid a recibir la bendición de su madre la emperatriz María, establecida en las Descalzas Reales, antes de que se celebrasen públicamente las bodas realizadas por poderes en la lejana Ferrara. Entre unas cosas y otras, cuando Valencia fue testigo de los casorios a mediados de abril de 1599 habían transcurrido CINCO MESES de los enlaces de Ferrara.

Luego, las dos nuevas parejas partieron a Barcelona. Grandes festejos les esperaban antes de que ICE y Alberto se embarcasen para emprender el viaje que debía culminar con la solemne entrada de ambos en Bruselas. En el puerto de esa ciudad, ICE logró mantener la compostura, pero se la vió sinceramente conmovida, al despedirse de su medio hermano menor Felipe III, para quien ella había sido una especie de figura materna a través del tiempo. Dada la complicidad que había mantenido ICE con el extinto Felipe II, le constaba que su padre no había esperado gran cosa del mozalbete que ya era Felipe III. Felipe II había creído que su hijo era demasiado sugestionable, influenciable y maleable, lo que, pensaba él, haría que se dejase gobernar por otros. No obstante, ICE esperaba que Felipe III fuese adquiriendo la madurez suficiente y, en otro aspecto, aprobaba calurosamente a la recién llegada esposa de éste, Margarita. Pese a su juventud, Margarita demostraba tener una cabeza perfectamente amueblada encima de los hombros; era una piadosa católica, pero también una mujer inteligente y políticamente astuta. A ojos de ICE, no cabía duda de que su cuñada Margarita representaba ese modelo común de mujeres en la casa de Austria que podían constituír, por méritos propios, un refuerzo significativo para monarcas capaces, pero que, además, sabían tapar las carencias de los monarcas de capacidad dudosa.


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 Asunto: Re: ISABEL CLARA EUGENIA, LA GRAN INFANTA.
NotaPublicado: 07 Jun 2010 15:26 
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ICE:

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 Asunto: Re: ISABEL CLARA EUGENIA, LA GRAN INFANTA.
NotaPublicado: 07 Jun 2010 15:36 
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ICE y Alberto:

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 Asunto: Re: ISABEL CLARA EUGENIA, LA GRAN INFANTA.
NotaPublicado: 07 Jun 2010 16:00 
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Durante el carrusel de festejos pre y post nupciales, primero en Valencia, después en Barcelona, se había hecho sentir el contraste entre las dos parejas que se habían formado. Felipe III, un mozo gallardo de veintiún años, acababa de conocer a la que ya era su esposa por procuración, Margarita, una muchacha de quince floridos años. En la sucesión de mascaradas, se había notado que ambos emprendían el típico ritual de cortejo mútuo, en un claro intento de conferir cierto romanticismo a lo que había sido un enlace decidido por puras conveniencias dinásticas; dentro del hecho de que su casamiento lo habían decidido otros basados en un mero cálculo, estaba también el hecho de que ambos podían gustarse y tratar de enamorarse o de jugar a que se enamoraban.

Alberto e ICE estaban en otra esfera distinta. Sobrepasados los cuarenta por parte de Alberto, superados los treinta por parte de ICE, se casaban porque los dos habían estado de acuerdo con el fallecido Felipe II en que su matrimonio "servía al bien colectivo", lo que no excluía que tuviesen la plena certeza de que vivirían en perfecta armonía. Alberto había llegado a la corte española con once años de edad, en una época en la que ICE contaba cuatro años. Se podía decir que se habían hecho adultos girando en una misma órbita, en torno al rey Felipe II. Y los dos eran, por sus respectivas naturalezas, por sus caracteres, muy congeniables. Felipe II lo había sabido. Había sabido que su preciada ICE nunca hubiera sido dichosa con un emperador Rodolfo, pero que podía ser más que razonablemente feliz con un Alberto para quien constituía una cuestión de honor tratar con absoluta deferencia a esa hija favorita de su fallecido tío.

Los cimientos de la amable convivencia de ICE y Alberto se pusieron durante el viaje de Barcelona a Bruselas. La flota de los Doria les llevó a Génova, de dónde continuaron trayecto por vía terrestre hasta Milán. En esa hermosa ciudad permanecieron dos semanas, pues el gobernador había preparado una serie de eventos en honor de los archiduques. Los bailes fueron magníficos, al igual que las representaciones teatrales. De Milán salieron para cruzar los Alpes -tarea bastante dificultuosa- hasta llegar a Suiza, país tradicionalmente neutral dónde no les saldría al encuentro ningún problema. De Altdorf a Lucerna viajarían en barco, surcando las aguas del lago, porque no existía en esa época una ruta terrestre. Para cuando abandonaron Suiza, se adentraron en la Alsacia y acabaron siendo invitados de honor de los duques de Lorena en el castillo de Nancy. Enseguida se encontrarían en los Países Bajos, que les recibieron al grito de "¡Vivan los duques de Brabante que se vienen aquí!".

El viaje había sido largo, con etapas de gran dureza incluídas, en especial en el tramo alpino, pero ICE se lo había tomado con un extraordinario humor. Hasta esa época de su existencia, sus viajes se habían limitado al centro de España; lo más lejos que había llegado era a ciudades tipo Zaragoza, Valencia y finalmente Barcelona. Para ella representaba una novedad estar cruzando de repente media Europa. Fueron seis meses los que necesitaron para acabar haciendo su entrada en Bruselas, ciudad de la que Alberto llevaba ausente casi un año entero. En ese domingo 5 de septiembre de 1599 en el que por fín pudieron arrivar a Bruselas, llovía torrencialmente; su comitiva se dirigió a la gran iglesia consagrada a Santa Gúdula y San Miguel, que aún no era una catedral, pues en su puerta les esperaba el arzobispo de Malinas. Isabel Clara Eugenia evocaría, a posteriori, que habían accedido a la iglesia de Santa Gúdula y San Miguel chorreando agua a pesar de que se les había resguardado bajo palio. Sin embargo, mientras ellos asistían a los oficios religiosos en el interior de Santa Gúdula y San Miguel, se produjo una especie de milagro en el exterior: la lluvia cesó de forma abrupta, ascendiendo en el suelo un sol que parecía de primavera. Cuando salieron al exterior, se quedaron maravillados.


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 Asunto: Re: ISABEL CLARA EUGENIA, LA GRAN INFANTA.
NotaPublicado: 07 Jun 2010 16:08 
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Un inciso, el tal Jans Rubens, era el padre de Pedro Pablo Rubens, el gran pintor. ;)


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 Asunto: Re: ISABEL CLARA EUGENIA, LA GRAN INFANTA.
NotaPublicado: 07 Jun 2010 17:12 
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El palacio de Coudenberg, que no ha sobrevivido, se convirtió en la principial residencia de Alberto e Isabel. Probablemente fuese un hermoso castillo fortificado; había pertenecido a los duques de Brabante, después a los duques de Borgoña y en una etapa más cercana en el tiempo, lo había habitado el emperador Carlos V, abuelo paterno de ICE y abuelo materno de Alberto. Antes de marchar de Bruselas a Ferrara para casarse por poderes con Isabel Clara Eugenia, Alberto se había tomado la molestia de mandar reedecorar los aposentos que ocuparía en Coudenberg su futura esposa. Las paredes de esa serie de habitaciones, por ejemplo, se habían forrado con un riquísimo satén blanco en el que se habían bordado primorosamente ramilletes de flores. Los muebles estaban en consonancia con ese revestimiento de las paredes. El conjunto era encantador, no tenía nada que ver con el entorno exageradamente rancio de El Escorial en el que había crecido y había avanzado hacia la madurez la infanta archiduquesa ICE.

Había sido un detalle por parte de Alberto a ICE. El archiduque estaba al tanto de los gustos de su mujer, de forma que tenía claro que, aunque Coudenberg fuese su residencia oficial, utilizarían a menudo otros palacios enclavados en bellos parajes que permitían el esparcimiento al aire libre incluyendo la práctica cinegética. Tal y como Albert había previsto, a ICE el palacio de Mariemont, ubicado en la cercanías de la ciudad de Binche, pero también mostraba apego por el palacio de Tervueren, que estaba en los aledaños de la propia Bruselas. Era relativamente fácil hacer breves escapadas de Coudenberg a Tervueren; en cambio, sólo en primavera-verano se permitían los archiduques prolongadas estancias en el querido Mariemont, que debía su nombre a la gobernadora María de Austria, la que había sido hermana de Carlos V y había tenido la osadía de reñirle a éste por querer casar con once añitos a la sobrina de ambos, Christina de Dinamarca, con un Sforza de Milán.

Coudenberg, Tervueren y Mariemont podían ser escenarios nuevos para la existencia de ICE, pero ella había tenido el buen tino de llevar consigo a sus más fieles damas desde Madrid. Había sido una auténtica necesidad emocional que la acompañase una aristócrata francesa, la condesa Jeanne de Jacycourt -o Jacincourt, pues los autores varían la grafía del apellido francés- que en su momento había viajado a España en el séquito de la princesa Isabel de Valois. La condesa Jeanne de Jacycourt había servido con una fidelidad conmovedora a Isabel de Valois y, muerta Isabel de Valois, había transferido todo su afecto a las pequeñas hijas huérfanas de ésta, Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela. Al permanecer Isabel Clara Eugenia en El Escorial mientras Catalina Micaela partía con el flamante marido a la lejana Turín, la condesa de Jacycourt había tenido que elegir, para su gran pena, a una hermana en detrimento de la otra. Pero en 1599 no había duda para la anciana señora de que debía seguir a Isabel Clara Eugenia a los Países Bajos. Su avanzada edad quizá no le permitiese prestar ya demasiados servicios a Isabel Clara Eugenia, pero para la infanta archiduquesa constituía un dulce privilegio poder buscar la compañía de la condesa de Jacycourt , que aún recordaba a Isabel de Valois recien llegada a tierra española, una criatura delicada de cinturita de avispa a la que todavía no había bajado la regla y que disfrutaba jugando con preciosas muñecas.

La condesa de Feria en cambio no era una "reliquia sentimental" de Isabel de Valois, sino una coetánea de Isabel Clara Eugenia. Se trataba de una relación más basada en la afinidad y con ribetes claramente amistosos. Cuando a ICE le apetecía salir de incógnito de sus palacios envuelta en un típico manto flamenco o "hucque" para recorrer cualquier mercado, solía llevar consigo a la condesa de Feria. Obviamente, para esos trotes no estaba la venerable condesa de Jacycourt.

De la corte bruselense de ICE, no obstante, se esperaba que integrase a numerosas damas de la aristocracia local. ICE necesitaba "meninas" y no podía limitarse a las que quisiera importar de España: eso no hubiese sido bien visto socialmente. Consciente de su papel, ICE dió acceso a su servicio a numerosas muchachas de las más distinguidas familias flamencas, desde Madeleine de Trazegnies hasta Emeretienne de Hamal, que se entremezclaban con otras parientas importadas de los dominios de los Habsburgo, como, por ejemplo, Carolina de Austria, una hija ilegítima del emperador Rodolfo (que pese a sus tendencias homosexuales, alguna aventura femenina había sostenido, lo que le permitía poder escudarse en que tenía descendientes bastardos por si alguien cuestionase públicamente su capacidad procreadora).

En su conjunto, ICE disfrutaba de la sensación de presidir la corte de Bruselas. Sin dejar de lado la raigambre profundamente católica de ICE y Alberto, la verdad es que la corte bruselense se ajustaba a la tradición de ser infinitamente más animada y rica en diversiones que la corte española. Eso ya había sido así en la época del primer Maximiliano de Habsburgo y su adorada aunque efímera esposa María de Borgoña. La situación se repitió en la época en que Felipe el Hermoso presidía acompañado de su esposa Juana de Castilla: para Juana fue una revelación el jolgorioso esplendor de la corte flamenca. Siempre en Bruselas había habido un aire más ligero, menos espeso y rancio. ICE se permitió el gusto de dejarse arrastrar por esa atmósfera.


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 Asunto: Re: ISABEL CLARA EUGENIA, LA GRAN INFANTA.
NotaPublicado: 07 Jun 2010 17:14 
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legris escribió:
Un inciso, el tal Jans Rubens, era el padre de Pedro Pablo Rubens, el gran pintor. ;)


Lo sé, Legris. Ni lo había mencionado para no añadir más elementos que distrajesen la atención en una historia de por sí tan embrollada, jajajaja. Pero me alegra que tú lo hayas puesto de relieve.

>:D<


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 Asunto: Re: ISABEL CLARA EUGENIA, LA GRAN INFANTA.
NotaPublicado: 07 Jun 2010 17:41 
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Me gustaría añadir una matización. Siempre hemos tenido una imagen de Felipe II un tanto oscura, de un caballero imbuído de catolicismo rayando en el fanatismo, austero en grado máximo, con una mezcla de estólida dignidad que parece sugerir una corte la mar de aburrida. La corte española era rígida, tremendamente ceremoniosa y desde luego bastante fatigosa cuando hacía alardes de un catolicismo exacerbado frente a la expansión herética por otros países europeos. Pero había otro lado más luminoso en esa corte española, que a menudo queda en el olvido precisamente porque prevalece la impresión severa, tenebrosa, en torno a la figura de Felipe II.

Muchos se quedarían de piedra si se les contase que a Felipe II le encantaba el teatro, por ejemplo. Su hermana la princesa doña Juana de Portugal y su tercera adorada esposa Isabel de Valois se volvían locas de entusiasmo organizando charadas con sus meninas, propiciando la interpretación de comedias y ya no digamos con los bailes de máscaras. Ana de Austria, la cuarta consorte del monarca, se entretenía con representaciones de églogas pastoriles en El Escorial. En una etapa posterior, se dice que en torno a las infantas Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela se congregaba un grupo selecto de damas que entretenían las horas recitando versos o interpretando comedias. Paralelamente, Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela desarrollaron una notable inclinación artística, del mismo modo en que les encantaba la vida al aire libre, algo que compartían con su padre, un forofo de la botánica (os he vuelto a sorprender, quizá; pero es divertido imaginar a Felipe II explicándole a sus hijas los distintos tipos de junquillo que solían enviarles desde Aranjuez para alfombrar las barcazas de recreo que solían utilizar).

No obstante, la corte de España no era particularmente animada. Cuando ICE y Alberto se establecieron en Bruselas, sabían que su tarea fundamental era de orden político. ICE, recien llegada, escribiría a España que aquella tierra era lindísima, pero que, lastimosamente, se hallaba arruinada. El principal trabajo de la pareja consistía en restaurar la maltrecha economía, aplicar los recursos en la reconstrucción y generar una sensación colectiva de prosperidad, añadiendo a eso una nueva concordia social; en ese aspecto, se tomaron rápidamente el trabajo de reorganizar el gobierno de los Países Bajos: se añadieron al Consejo de Estado el príncipe Philip Willem de Orange, aquel hermanastro de Mauricio que Alberto había llevado consigo a Bruselas después que el pobre hubiese pasado casi treinta años de rehén en España; el duque de Arschot y el conde de Aremberg, mientras que se nombraba al marqués de Havre responsable de finanzas o se designaba al eficiente conde de Berlaymont representante en el rico condado de Artois. Pero, en paralelo, había que consolidar la imagen pública de la corte bruselense; tocaba patrocinar las artes y las ciencias, a la vez que les convenía mezclarse con el pueblo. En ese sentido, Alberto e ICE demostraron una considerable habilidad. Le dieron un tono refinado a la corte bruselense, que, por tradición, había sido alegre y bullanguera. E igual que se afanaban por participar en las fiestas principales de sus nuevos súbditos, a ICE le agradaba salir de incógnito con su dama la condesa de Feria para aprender a desenvolverse igual que lo hacían las señoras flamencas en los mercados típicos de sus ciudades.

Todo ese esfuerzo político y social estaba enfocado en una dirección: dejar claro que allí estaban para quedarse, para darle un nuevo impulso a los Países Bajos. Mauricio de Nassau seguía siendo el principal adversario, evidentemente, desde las Provincias del Norte, controladas por los rebeldes hugonotes...


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 Asunto: Re: ISABEL CLARA EUGENIA, LA GRAN INFANTA.
NotaPublicado: 07 Jun 2010 17:49 
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Felipe II estaba considerado un gran bailarín y , antes de la muerte de Isabel, no vestía precisamente de negro. :-p


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 Asunto: Re: ISABEL CLARA EUGENIA, LA GRAN INFANTA.
NotaPublicado: 07 Jun 2010 18:07 
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Quedaos con esta última parte, porque es importante. Tal y como avanzaba la narración, os ha podido producir la impresión de que ICE y Alberto llegaron a Bruselas, tuvieron su entrada solemne en la ciudad, establecieron su corte, se mezclaron con sus súbditos y todo fue miel sobre hojuelas. Pero hay que tener cuidado con esas impresiones rápidas, que suelen proceder del hecho de que un foro obliga a menudo a resumir mucho las cosas...

:-p

Mauricio de Nassau seguía siendo una fuerza significativa, apoyado por los príncipes germánicos protestantes y aún en mayor medida por la reina de Inglaterra. El asunto podría resumirse en que siguió latente el enfrentamiento, que halló su episodio más notable en la lucha entre las dos partes por la ciudad marítima de Ostende. Al final, las Provincias Unidas (Güeldres, Hoalnda, Zelanda, Zuften, Frisia, Utrecht, Overisel y Groninga) siguieron siendo un territorio dirigido por el estatúder Mauricio de Nassau, con quien los archiduques pudieron alcanzar una tregua en el año 1609. Hasta 1609, ICE y Alberto no pudieron centrar por entero sus energías en reconstruír sus dominios, aunque llevaban adelantado el haber reorganizado su gobierno y haber iniciado una serie de proyectos destinados a devolverle la prestancia a los Países Bajos desde 1599. La etapa más fructífica de ICE y Alberto se inició tras la tregua de 1609. Ya habían sabido poner las bases de su administración y consolidar su corte. A partir de ahí pudieron dedicarse a presidir una etapa sorprendentemente próspera de la historia de esos territorios. ICE tuvo mucho mérito, por cierto, poniendo de moda los encajes que surgían de los talleres de Gante, Brujas y Malinas: no habréis creído que se ponía enormes golas de encaje, grandes puños de encaje y pañolones orlados de encaje en la mano para cada retrato sólo por capricho. La industria de la tapicería, famosa en Bruselas, adquirió también bríos en esa época.

Lo único triste del asunto es que, para cuando se abrió esa época de camino al esplendor en 1609, ICE había perdido toda esperanza de tener un hijo con Alberto. Ella nunca dejó de referirse a Alberto con el apelativo "mi primo", pues no se avenía a llamarle en sus cartas "mi marido"; pero no hay duda de que se llevaban bien y de que sus relaciones íntimas fueron un aspecto destacado de la vida en común en los primeros años en los Países Bajos, cuando la infanta archiduquesa confiaba en que se le otorgase la gracia de un hijo. El ansia maternal de ICE subió de punto cuando la esposa de su medio hermano menor Felipe III, la reina Margarita, dió a luz a su primogénita, una infanta bautizada con los nombres de Ana Mauricia. Nada hacía intuír que esa chiquitita se convertiría en un futuro lejano en una de las reinas más célebres de la historia de Francia, por supuesto. De entrada, ICE remitió frecuentes misivas a su cuñada Margarita dónde manifestaba su ilusión por lograr un varón que, al crecer, se casase con su prima Ana Mauricia, a la que ella llamaba, afectuosamente, "mi nuera". Era poner el carro por delante de los bueyes, pues las señales de embarazo no llegaron nunca para ICE. Aquí conviene ser un poco malévolos: en la corte española seguramente rezaban para que no hubiese un hijo de ICE que quizá llegase a casarse con la infanta Ana Mauricia en un futuro. Porque, en ausencia de hijos de ICE, más pronto que tarde, los Países Bajos, pacificados y con una economía restaurada, volverían a constituír una posesión del rey de España, fuese Felipe III o fuese el hijo varón que llegase a engendrar Felipe III en su momento con la reina Margarita.

Para cuando se firmó la Tregua de 1609, denominada históricamente la Tregua de los Doce Años, ICE había asumido que no habría hijos. Ya estaba en la cuarentena; si no había sido fértil en esos diez años iniciales de matrimonio, sólo un milagro podía remediar ya la carencia de retoños. Sus encuentros en el lecho con Albert se habían reducido a la mínima expresión, algo en lo que influía la pésima salud de él. Los ataques de gota le habían perseguido desde la juventud, pero íban a peor con el paso del tiempo; seguramente, acabaría tan machacado por culpa de la gota como lo había estado su tío Felipe II. Con todo, Alberto se había vuelto un tanto ambicioso: a la muerte de su hermano el emperador Rodolfo, tuvo aspiraciones de lograr el trono imperial. ICE no estaba en absoluto interesada en ello: se alegró de que se llevase el gato al agua su primo y cuñado Mathias, archiduque que seguía en edad al difunto Rodolfo, siendo por tanto mayor que Alberto (de hecho, entre Mathias y Alberto todavía quedaba otro archiduque disponible que respondía al nombre de Maximiliano).


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 Asunto: Re: ISABEL CLARA EUGENIA, LA GRAN INFANTA.
NotaPublicado: 07 Jun 2010 18:11 
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legris escribió:
Felipe II estaba considerado un gran bailarín y , antes de la muerte de Isabel, no vestía precisamente de negro. :-p


Cierto, pero se tiende a ignorar ese hecho, jajaja. Yo misma admito que siempre he sido víctima de un cliché bastante oscuro, fúnebre, en torno a Felipe II. Una se lo imagina embutido de negro de la cabeza a los pies, con gesto grave, aspecto solemne, presidiendo actos de fé o mascullando entre dientes algo referente a la Armada Invencible. Una estupidez, lo sé. Porque en realidad Felipe II era un tipo absolutamente complejo, con una variedad de matices impresionante.


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