Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

Nuevo tema Responder al tema  [ 419 mensajes ]  Ir a página 1, 2, 3, 4, 5 ... 35  Siguiente
Autor Mensaje
 Asunto: INFANTA ISABEL "LA CHATA"
NotaPublicado: 20 Feb 2008 00:47 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 20:47
Mensajes: 17073
Tema dedicado a...

Isabel, la infanta castiza, una mujer con verdadero orgullo de casta y un extraordinario sentido del deber...

Imagen


Última edición por Minnie el 19 Sep 2008 19:34, editado 3 veces en total

Arriba
 Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: 23 Feb 2008 21:07 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 20:47
Mensajes: 17073
Imagen
La boda de Isabel II y Francisco de Asis.

Años después de su boda, concertada por puros motivos dinásticos, con su primo el infante Francisco de Asís, la reina Isabel II de España declararía con su proverbial gracejo algo parecido a: "¡Qué se puede esperar de un marido que lleva en su noche de bodas más encajes que la novia". Isabel, una moza entrada en carnes, de figura voluptuosa, tenía un temperamento intenso y pasional; no podía resignarse a la idea de que la hubiesen casado con un tipo de buena presencia, pero con fama de afeminado y de homosexual. Los españoles, con un malicioso sentido del humor, enseguida le apodaron "Paquito Natillas", que era de "pasta flora" porque "meaba en cuclillas" como "una señora". Numerosas coplillas ironizaban abiertamente sobre la cuestión de si el consorte, cuando íba al excusado, orinaba de pié u orinaba sentado.

Imagen
Francisco de Asís.

Isabel se encontró en una penosa situación. Su hermana menor, la infanta Luísa Fernanda, podía interpretar el papel de casada modélica, ya que le habían procurado un marido, el francés Antoine de Montpensier, con un carácter marcado por la ambición y propenso a las intrigas políticas, pero que, al menos, "no perdía aceite". En lo que atañía a la soberana, si quería un poco de romanticismo o al menos de pasión en su existencia, le tocaba salirse a buscarlos fuera del ámbito conyugal porque dentro de él no había ni la menor posibilidad. Probablemente, el guapo general Francisco Serrano (la soberana le denominaba "el General bonito") fuese su primer amante, pero a partir de cierto momento, cayó rendida en brazos del gallardo aristócrata oficial de caballería José Ruíz de Arana y Saavedra. Aunque en este terreno no hay forma de dilucidar por completo a quien debería atribuírse la paternidad biológica de la primera criatura concebida por la reina Isabel, no es una apuesta arriesgada mencionar a José Ruíz de Arana y Saavedra, posterior duque de Baena.

A medida que avanzaba la gravidez de Isabel, se íba concitando una enorme expectación hacia el inminente alumbramiento de la monarca. Cuando llegó la hora de "aliviarse de la preñez", estaba en su alcoba Francisco de Asís (padre oficial para el bebé que venía pugnando por salir al mundo...), pero también su madre, la ex reina regente María Cristina, y su hermana, la infanta Luísa Fernanda. María Giraldez, duquesa de Gor, cumplía su papel de camarera mayor, asistida por una serie de damas de confianza, mientras el médico de cámara ponía su ciencia al servicio de aquel natalicio tan significativo para la dinastía española. En una sala contigüa aguardaba noticias el infante Francisco de Paula, padre de Francisco de Asís y tío paterno de Isabel, en compañía de Antonio de Orleans, duque de Montpensier, el marido de la infanta Luísa Fernanda que estaba a punto de perder el rango de presumible heredera de la corona de la hermana mayor. El presidente del gobierno, Bravo Murillo, junto con los principales ministros, fueron llegando a medida que transcurría el tiempo.

Al final, isabel tuvo una niña a la que se denominaría Isabel. Pero una chiquitina que, eventualmente, ostentaba el rango de princesa de Asturias, debía disponer de una casa completa asignada a su persona: la duquesa de Gor y su hija mayor, marquesa viuda de Povar, ostentan los cargos de mayor distinción en la corte que se forma, si bien el papel principal, a esas alturas, corresponde, por pura lógica de la naturaleza, a un ama de cría cuidadosamente elegida en una de las provincias vascas: María Agustina de Larrañaga y Olave. El puesto de ama de cría distinguía para siempre a la que lo ocupaba: la reina Isabel todavía se acordaba con cariño de su nodriza de antaño, Francisca Ramón.

Francisco de Asís no se quedó junto a la esposa recien parida ni con la niña en torno a la que se organizaba semejante parafernalia. Había cumplido su misión de portar a la bebé envuelta en lienzos sobre una bandeja de plata a la sala de palacio en la que la habían reconocido y admirado los más distinguidos personajes del país. Los rumores aseguraban que no había querido hacerlo pero le habían forzado a ello, tras lo cual habría decidido marcharse al palacio de Riofrío, en Segovia, a practicar la caza.


Última edición por Minnie el 23 Feb 2008 22:20, editado 2 veces en total

Arriba
 Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: 23 Feb 2008 21:41 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 20:47
Mensajes: 17073
Imagen
Gran retrato de Isabel II, reina de España, con su hija, la infanta Isabel.

Isabel nunca olvidó que había sido la primogénita de su madre, princesa heredera del trono desde el veinte de diciembre de 1851, fecha de su natalicio, hasta el 28 de noviembre de 1857, fecha en que la reina alumbró un varón bautizado con el nombre de Alfonso que, a su tiempo, debería convertirse en el rey Alfonso XII (quizá hijo biológico del general Serrano, o tal vez de Enrique Puig y Moltó). Durante los primeros seis años de la vida de Isabel, ésta representó un eslabón particularmente significativo en la cadena de la sucesión dinástica: si una enfermedad, un accidente o incluso un atentado le costaba la vida a su madre, ella se encontraría de repente aupada al trono español. Esa idea estaba siempre presente en las mentes de quienes la rodeaban, de forma que difícilmente podía sustraerse a ella incluso a tan corta edad.

Imagen
Isabel, pequeña princesa de Asturias.

Evidentemente, ese factor marcó una diferencia respecto a sus hermanas de menor edad. Entre Isabel y Alfonso, nacieron dos infantas españolas destinadas a una vida fugaz: María Cristina llegó al mundo el cinco de enero de 1851 para abandonarlo el 7 de enero de 1851, de forma que se diría que había aparecido sólo para conocer el día de Reyes; María de la Concepción hizo su entrada en la familia el día veintiséis de diciembre de 1859, pero la abandonó cuando le faltaba poco para cumplir dos años de edad.

Después de Alfonso, aparecerían María del Pilar (a principios de junio de 1861), María de la Paz (a finales de octubre de 1862) y María Eulalia (a mediados de febrero de 1864). Obviamente, la situación de las tres (se da por probable que todas ellas hayan sido engendradas por el mismo hombre, el político Miguel Tenorio de Castilla...) en el escalafón sucesorio llamaba menos la atención hacia sus personitas: ya estaba Alfonso para heredar, pero si llegase a producirse la desaparición prematura de Alfonso, de nuevo se girarían todas las miradas en dirección a la infanta Isabel, que había sido heredera durante seis años.

Imagen
Alfonso, príncipe de Asturias, retratado con sus hermanas menores, Pilar, Paz y la benjamina Eulalia.

En concreto, Eulalia, la pequeña de la familia, gozaría desde el principio de mayor libertad. Mientras que Isabel, la mayor, había estado siempre sometida a una intensa disciplina, primero por parte de la duquesa de Gor, la marquesa de Povar y la marquesa de Malpica, después por parte de la "directora de estudios" Fanny Erskine-Inglis, marquesa de Calderón de la Barca, la infanta Eulalia, aún contando con la preceptiva ama de cría, las nodrizas y las gobernantas de rigor, no se encontró tan cuiadosamente supervisada. Las dos crecieron en un mismo entorno, pero con una diferencia de edad de catorce años que había implicado numerosos cambios en la situación familiar. Además, el año 1868 vería estallar la Revolución Gloriosa que llevó al exilio a Isabel, a Francisco de Asis y a los niños: la infanta Isabel, que lo vivía desde la perspectiva que proporcionan dieciocho años, asumió ese hecho como un motivo de bochorno y pesadumbre, mientras que para Eulalia, de cuatro, sólo significo mudarse a la luminosa París.


Última edición por Minnie el 23 Feb 2008 22:20, editado 1 vez en total

Arriba
 Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: 23 Feb 2008 22:07 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 20:47
Mensajes: 17073
Volviendo hacia atrás, a la infancia de Isabel, la niña se desarrolló admirablemente. Las fotos de la princesa reflejan a una criatura ciertamente encantadora, de mirada despejada e inteligente:

Imagen
La infanta Isabel, a los diez años.

Imagen
Isabel entre los diez y los once años.

Imagen
Isabel a los once años en traje típico alicantino.

Las directoras de estudio (primero María de Haes, después Fanny Erskine-Inglis) se formarían una excelente opinión de Isabel. La infanta era observadora y reflexiva, pero, sobre todo, "se aplicaba". Sabía que sus planes de estudio la preparaban para cualquier eventualidad: si un azar la ponía en el trono, estaría en una posición más ventajosa en función de la calidad de la formación recibida. Isabel se tomaba en serio sus clases de idiomas e historia, igual que se tomaba en serio las posteriores lecciones de canto y música (llegó a destacar en el piano y el arpa). Asimismo, estaba acostumbrada a acompañar a sus padres en actos oficiales, eventos religiosos o populares y visitas a distintos lugares del reino. Se trataba de una niña que sólo se podía permitir explayarse con su mejor amiga de siempre, Dolores (Lolita) Balanzat Bretagne.

Imagen
Isabel, sobrepasados los trece años.


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: 23 Feb 2008 23:01 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 20:47
Mensajes: 17073
Contemplando esas imágenes de una niña capaz de ver y de analizar cuánto veía con meridiana claridad, siempre me he preguntado qué percepción tendría ella del reinado de su madre, Isabel II.

Imagen
Isabel II.

Ciertamente, a Isabel II le había tocado lidiar con una época especialmente brava. Su propio ascenso al trono, en la tierna infancia, a raíz de la muerte de un padre que había alterado irremisiblemente las leyes de sucesión para que ella pudiese heredarle, había estado marcado desde el principio por una guerra civil entre sus partidarios y los partidarios de su tío paterno, el infante Carlos (que se había sentido desposeído injustamente por Fernando VII a causa de esa mocosuela). La regente María Cristina había comprometido no sólo su honor sino también su reputación al iniciar un romance, al poco de haber enviudado de Fernando, con un guapo oficial de la guardia real, Agustín Fernando Muñoz. Eso, unido a sus limitadas capacidades para ejercer el papel que se le había asignado, la llevó a tener que exiliarse a raíz del golpe de mano del general Espartero, nuevo regente.

Si uno lo pensaba, Isabel y su hermana Luísa Fernanda habían crecido muy solas.

Imagen
Isabel II niña.

Imagen
Luísa Fernanda, niña.

Luego, jovencitas, las habían casado a la vez. A Isabel con Francisco de Asís, a Luísa Fernanda con Antoine de Orleans. Se mirase por dónde se mirase, la elección de marido resultó cien mil veces más afortunada en lo tocante a Luísa Fernanda. Isabel II podía estar hasta las narices de su cuñado Montpensier, que siempre andaba metido en tramas políticas de las que pudiera sacar tajada mientras repartía el tiempo entre el Palacio de San Telmo y su residencia campestre en Villamanrique, ambos lugares ubicados en Sevilla. A esa pareja les había recomendado la ex reina regente María Cristina, que a tales alturas había vuelto a instalarse en Madrid con su marido Agustín Fernando, nombrado duque de Riansares, y los retoños comúnes, que se instalasen lejos de Madrid para que no se percibiesen competencia y rivalidad entre la gran corte y una pequeña corte; pero, incluso en la distancia, el Montpensier (Isabel a veces le llamaría "ese Montpensier de mis pecados") resultaba problemático.

Esa familia tan embrollada se mezclaba con la desordenada vida amorosa de Isabel. Resulta difícil dilucidar si la espabilada hija mayor de la reina, Isabel, tenía una idea cabal del entramado de relaciones amorosas que se atribuían a su madre. Ciertamente, los asuntillos extraconyugales de la soberana andaban de boca en boca por todos los corrillos madrileños, dónde se cruzaban apuestas acerca de quienes podían ser los padres de los distintos hijos (aquí me he decantado por Ruíz de Arana para Isabel; Serrano o Puig Moltó para Alfonso y Tenorio de Castilla para Pilar, Paz y Eulalia). Esa clase de vida no favorecía el prestigio personal de la reina, todo hay que decirlo.

En un tiempo más calmado, más sosegado y más próspero a nivel general, el pueblo podría ser tolerante con las aventuras de una reina campechana y frescachona que había tenido la mala pata de verse casada con "un mariquita". Pero ése no resultó un tiempo calmado, sosegado ni próspero, sino que estaba marcado por las fuertes controversias políticas, las feroces rivalidades partidistas, las asonadas o intentos de asonadas militares y, de trasfondo, las luchas contra los carlistas. A ese panorama lo último que le faltaba era una reina que no sabía comportarse, sino que íba dando tumbos de cama en cama. Su irrefrenable sensualidad, su búsqueda de la satisfacción amorosa, empezó a convertirse en motivo de demasiados comentarios reprobadores. Y ese paulatino deterioro en su reputación afectó a la imagen global de la familia real.


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: 03 Mar 2008 20:53 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 20:47
Mensajes: 17073
El caso es que la niña Isabel...

Imagen


...se había transformado, en aquel clima volátil y altamente inestable, en una encantadora jovencita en edad de merecer:

Imagen

Así, en 1864, cuando tenía trece años aún, ya se habían empezado a barajar opciones interesantes desde el punto de vista de las conveniencias políticas. O´Donnell, entonces presidente del gobierno, dirigió la mirada desde la península ibérica a la itálica: allí, la casa de Saboya acababa de convertirse en una dinastía particularmente destacada porque, habiendo sido hasta entonces soberanos de Piamonte, habían logrado hacerse con la corona del reino de Italia, recién conformado tras un complejo proceso de unificación. Una princesa saboyana, María Pía, acababa de ser elegida para futura consorte real de Portugal, pues los portugueses habían tomado la iniciativa de estrechar vínculos con los Saboya. O´Donnell consideró que los españoles debían imitar el ejemplo, favoreciendo un eventual compromiso del príncipe Amadeo, duque de Aosta, con la infanta Isabel.

La reina Isabel II no lo veía muy claro, pero su poderoso ministro sí, así que acabó alcanzando una especie de compromiso con él. En el verano, pensaba establecerse con sus hijos en Zarauz, en el País Vasco. Si Amadeo de Saboya aceptaba visitarles en Zarauz en vez de en Madrid, habría un encuentro "informal" en el que se podría valorar de cerca esa pareja. El asunto quedó en agua de borrajas, para alegría de la reina, que había empezado a buscar por otro lado: le interesaba el príncipe belga Philippe, conde de Flandes, de veintiocho años, hermano del rey Leopold II que sólo había logrado un hijo varón de salud bastante endeble con su detestada esposa austríaca Marie Henriette. Ese hecho ponía a Philippe, un mozo gallardo, bastante cerca del trono belga.

Por ahí tampoco se avanzó: el príncipe Philippe acabó comprometiéndose con la princesa Marie de Hohenzollern-Sigmarigen, que poco tiempo atrás había sido una de las "candidatas" a esposa de Bertie príncipe de Gales.


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: 03 Mar 2008 21:13 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 20:47
Mensajes: 17073
Transcurrido un tiempo, vuelve a relucir el tema de qué matrimonio hay que concertarle a esa infanta. Tras los fallidos asuntos "Amadeo" y "Philippe", Isabel ha disfrutado de una época en la que nadie le ha dado la lata respecto a una nueva posibilidad de compromiso ventajoso. A finales de 1867, Isabel y su hermano Alfonso acompañan a la reina Isabel II en una ruta a través de La Mancha y Extremadura, en dirección a Portugal: se trata de inaugurar la reciente conexión ferroviaria entre Madrid y Lisboa. El viaje incluye un dramático episodio: una máquina exploradora que precede al convoy en el que viajan causa una masacre al entrar a toda velocidad en la estación de Daimiel, dónde la gente se encontraba abarrotando las vías aparte de los andenes mientras no les avisaban de que se retirasen a lugar seguro para saludar desde allí al tren real. Los heridos y los cadáveres son retirados de inmediato: la soberana y sus hijos no se enterarán de lo acontecido hasta haber llegado a Lisboa, dónde les han recibido Luiz I y su esposa María Pía.

Sólo al regresar, Isabel, en uno de esos gestos campechanos que a menudo la redimen de su nada encomiable facilidad para cometer pecadillos de la carne, se empeña en detenerse a Daimiel. Con Isabel y Alfonso a su lado, visita a los heridos, la mayoría sencillos jornaleros que tratan de recuperarse en chozas miserables, asistiendo también a los funerales. Ese pueblo recordaría con afecto a la familia, a pesar de lo acontecido. Los jóvenes Isabel y Alfonso no olvidaron jamás la lección.

De vuelta a la capital del reino, se sumergen en una espiral de actos y eventos sociales, incluso artísticos. Hay muchas conspiraciones en marcha, pero parecen ajenos a ese hecho elemental. Isabel II lleva tiempo apoyándose en Narváez y el Papa, pero Prim, exiliado en Londres, está en contacto con Serrano (su general bonito de antaño...) y Dulce, quienes, a su vez, traman la caída de la reina con el cuñado de ésta, Antoine de Montpensier, instalado en Sevilla con Luísa Fernanda y los hijos de ambos. Isabel y su consorte Francisco de Asís, entre tanto, se dedican a cerrar de una vez el capítulo del compromiso de Isabelita: lo hacen volviendo a mirar hacia Italia, pero hacia la Italia del Sur, hacia el ex-reino de Nápoles. El derrocado soberano, Francesco II, casado con María Sophia en Baviera, la entonces mundialmente famosa heroína de Gaeta, tiene cuatro hermanastros varones que pueden servir. Al final, se decantan por Cayetano María, conde de Girgenti, a quien se conmina para que se presente en Madrid a medidados de abril de 1868.


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: 03 Mar 2008 21:42 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 20:47
Mensajes: 17073
Imagen
Isabel con Cayetano.

Ni Isabel ni Cayetano experimentaban la menor inclinación personal. Probablemente, por no decir seguramente, jamás se hubiesen elegido el uno al otro. Él trató de evitar ese compromiso por razones dinásticas, pero acabó cediendo a la presión ejercida por su medio hermano mayor, un soberano exiliado más necesitado que nunca de reforzar las conexiones con otras familias reales; ella lloró con desconsuelo al enterarse de lo que se le venía encima -un matrimonio apañado, un arreglo político- pero se sometió porque, a fín de cuentas, había nacido infanta e incluso había sido princesa de Asturias: conocía bien su deber.

Cayetano se presentó en Madrid el 19 de abril de 1868. El 29 de abril de 1868, se anunció a bombo y platillo aquel noviazgo en el que los novios no ponían ni un ápice de ilusión. Sobre el mozo se derraman honores: el Toisón de Oro, la gran cruz de la orden de Carlos III, el título de infante de España, el rango de coronel de caballería en el ejército español. La reina no quiere que nada le falte a su melancólica hija y a su enclenque yerno: no sólo dispondrán de una renta anual de dos millones de reales abonados por el estado español, sino que la soberana contribuye entregándoles dinero para que se construyan un palacete en Madrid, quizá en los jardines del Buen Retiro, y un enorme paquete de acciones depositadas en la banca Rothschild de Londres. Las capitulaciones matrimoniales, que favorecen claramente a la infanta Isabel porque ella aporta una millonada en tanto que su futuro esposo aporta una cantidad bastante exigüa debido a los apuros que pasa su familia, se firman en una lustrosa ceremonia palaciega el 12 de mayo. La infanta lleva, para la ocasión, un vestido nuevo, confeccionado en rica seda de color malva; también se ha adornado con un conjunto de brillantes, regalo de su madre.

Las festividades de la boda se repartirán entre el 13 y 14 de mayo, con un colofón el 15 de mayo. El 13 de mayo tendrán por escenario el Palacio de Oriente: todos están allí, incluídos los Montpensier, que sin embargo no intercambian ni palabra con Isabel II y Francisco de Asís. El 14 de mayo se asiste a una misa de velaciones en la basílica de Atocha: el cielo está despejado, luce el sol, la temperatura es cálida, los madrileños abarrotan las calles para vitorear con entusiasmo el paso del cortejo. El 15 de mayo, el salón de las columnas acoge un fabuloso baile de gala: ahí, incluso la reina se permite el garboso gesto de bailar con su cuñado Antoine, el "Montpensier de sus pecados".

Nadie diría que en sólo cuatro meses íba a estallar una Revolución...


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: 03 Mar 2008 21:55 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 20:47
Mensajes: 17073
Imagen
Isabel.

De momento, Isabel parte con Cayetano. El 18 de mayo se produce una conmovedora despedida de la familia de ella, dado que se disponen a realizar una amplísima "tournée" por media Europa. Se dirigen en primer lugar a Roma, dónde, en el palacio Farnese, les aguarda la familia de él: Francesco II con su consorte María Sophia, Luís conde de Trani con su consorte Mathilde (hermana de María Sophia), Alfonso conde de Caserta (ya comprometido con María Antonia de Borbón), Pascual conde de Bari y las jóvenes princesas hermanas de estos príncipes: Annunziata -apodada Ciolla-, Inmacolata -Petite-, Pía y Luísa. Isabel puede sentirse complacida por el caluroso recibimiento que le ofrecen.

Isabel y Cayetano visitarán al Papa en el Vaticano, que les ha otorgado la gracia de una especialísima audiencia; el mismo Papa oficiará la boda de Alfonso de Caserta con su María Antonia a principios de junio. Concluídos los festejos de esa boda, Isabel, con su marido, embarca en dirección a Trieste para tomar allí un tren rumbo a Viena. El emperador Franz Joseph les espera la estación principal, rodeado de una serie de parientes de Cayetano (su madre María Teresa había sido una archiduquesa). Mientras descubre Viena, los telegramas que Isabel recibe de su madre sólo indican que la familia real se dispone a disfrutar de unas vacaciones en Lequeitio, en el País Vasco. No se le indica a la infanta que la situación va de mal en peor, que la atmósfera política se ha enrarecido hasta extremos insospechados y puede estallar en una tempestad. Por el contrario: todo parece ir mejor que nunca.

Cayetano e Isabel abandonan Austria rumbo a Francia. En París se hospedan una noche en el señorial edificio que alberga la embajada española, pero al día siguiente se dirigen al palacio de Fontainebleau, en las cercanías de la capital francesa: les reciben Napoleón III y Eugenia de Montijo. Todavía están acostumbrándose al estilo glamuroso con un toque decadente del segundo imperio cuando, por fín, se enteran de que, el dieciocho de septiembre, se ha producido la Revolución en España.


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: 03 Mar 2008 22:26 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 21:02
Mensajes: 25359
Ubicación: ESPAÑA
Pero si Isabel era hasta mona de joven, es la primera vez que veo fotos suyas de jovencita (happy)


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: 03 Mar 2008 22:32 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 20:47
Mensajes: 17073
sabbatical escribió:
Pero si Isabel era hasta mona de joven, es la primera vez que veo fotos suyas de jovencita (happy)


Sí, era una chica bastante bonita. No una muchacha espectacular, pero en conjunto grata a la vista. Fíjate en esta foto...a mí me encanta:

Imagen

Ahí dónde la ves, tenía veinte años y ya estaba viuda...


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: 04 Mar 2008 20:48 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 20:47
Mensajes: 17073
Retomamos el hilo...

...estábamos en:

Cayetano e Isabel abandonan Austria rumbo a Francia. En París se hospedan una noche en el señorial edificio que alberga la embajada española, pero al día siguiente se dirigen al palacio de Fontainebleau, en las cercanías de la capital francesa: les reciben Napoleón III y Eugenia de Montijo. Todavía están acostumbrándose al estilo glamuroso con un toque decadente del segundo imperio cuando, por fín, se enteran de que, el dieciocho de septiembre, se ha producido la Revolución en España.

A decir verdad, en su gérmen y en su estallido, más que una revolución, estamos ante un alzamiento liderado por generales. Prim ha viajado desde su exilio londinense a tiempo para encontrarse en Cádiz con Serrano, procedente de las islas Canarias: los dos toman la decisión de dirigir cada uno una fracción del ejército. Serrano conducirá a sus tropas desde Sevilla hasta Madrid, en tanto que Prim avanzará con sus hombres hacia Barcelona a través de una línea ondulante trazada a lo largo de la costa mediterránea de sur a norte. Mientras se produce todo ese movimiento de soldados, el presidente del gobierno, recien destituído, emprende la huída rumbo a la frontera francesa y su lugr la ocupa uno de los medio hermanos de la reina (nacidos del segundo matrimonio, morganático, de la madre de ésta con un otrora gallardo oficial de la guardia palaciega).

Rodeada por su familia en San Sebastián, Isabel trata de reorganizar a sus escasos fieles para plantar cara a esa "revolución" en la que han estado implicados sus parientes e incluso algunos de sus militares favoritos. Le queda jugar una baza arriesgada: quedarse en su sitio mientras el fiel general Pavía, que es asimismo marqués de Novaliches, toma el camino hacia Despeñaperros para frenar en tierra andaluza a Serrano, a quien se considera más peligroso que a Prim. Enmedio de todas esas tribulaciones, hay un pequeño rayo de luz: con las bendiciones de su angustiada esposa Isabel, Cayetano Girgenti ha viajado apresuradamente de París a Sebastián, dónde se entrevista con su suegro Francisco de Asís e incluso visita a la reina Isabel II. Ese yerno quiere luchar, no se resigna a quedarse de brazos cruzados: el gesto conmueve a la soberana. Girgenti marcha a reunirse con el general Pavía, marqués de Novaliches. Aunque a la hora de la verdad, cuando el ejército real de Pavía, en el que Girgenti se encuentra en una posición destacada, se enfrente en Alcolea al ejército rebelde comandado por Prim, coseche una derrota, la gente se quedará con un recuerdo imborrable de Cayetano peleando con denuedo al grito no de "¡Viva la reina!" sino de "¡Viva mi suegra!".

Perdida cualquier esperanza tras la derrota sufrida en Alcolea, Isabel, Francisco de Asís y sus hijos menores salen de San Sebastián en tren en dirección a la frontera de Irún. Cuando cruzan el Bidasoa, la soberana "frescachona" que acaba de perder la corona llora desconsoladamente. En Biarritz les esperan Napoleón III y Eugenia, muy preocupados por lo sucedido: en un gesto amable les ofrecen hospedarse en el castillo de Pau. Es una residencia medieval, fría y húmeda, pero es lo mejor que hay en las inmediaciones. A principios de noviembre, continúan trayecto hasta París: allí les aguarda Isabel, con Cayetano, que acaba de llegar tras un largo y penoso viaje.


Arriba
 Perfil  
 


Mostrar mensajes previos:  Ordenar por  
Nuevo tema Responder al tema  [ 419 mensajes ]  Ir a página 1, 2, 3, 4, 5 ... 35  Siguiente


¿Quién está conectado?

Usuarios navegando por este Foro: No hay usuarios registrados visitando el Foro y 0 invitados


No puede abrir nuevos temas en este Foro
No puede responder a temas en este Foro
No puede editar sus mensajes en este Foro
No puede borrar sus mensajes en este Foro
No puede enviar adjuntos en este Foro

Buscar:
Saltar a:  



Style by phpBB3 styles, zdrowie zdrowie alveo
Powered by phpBB © 2000, 2002, 2005, 2007 phpBB Group
Base de datos de MODs
Traducción al español por Huan Manwë para phpbb-es.com
phpBB SEO
Crear Foro | Subir Foto | Condiciones de Uso | Política de privacidad | Denuncie el foro