Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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 Asunto: HIJAS DE AUSTRIA
NotaPublicado: 29 Mar 2008 10:29 
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Esta dama retratada en una digna magnificencia fue la emperatriz María Theresa. Su padre, el emperador germánico Carl VI, que, décadas antes, en su época de joven archiduque austríaco, había luchado bravamente por hacerse con el trono español, había empleado su autoridad para proclamar la Pragmática Sanción a fín de que pudiese heredar de él los territorios de los Habsburgo la mayor de las dos hijas que le había dado su esposa Elisabeth Christine de Brunswick: precisamente, se trataba de María Theresa. No resultó nada fácil, sin embargo, encauzar la historia en esa dirección: el derecho de las mujeres a detentar la plena soberanía siempre se ponía en tela de juicio. Por mucho que Carl VI quisiera dejar las cosas atadas y bien atadas a favor de María Theresa, la joven hubo de empeñarse a fondo para situarse al frente de la casa de Habsburgo (de hecho, se encontró de entrada con que los prusianos aprovechaban su ascenso para invadir Silesia, una puñalada trapera que ella nunca olvidaría)y jamás logró ser reconocida como emperatriz titular del antigüo imperio romano germánico. Un primo, el príncipe elector Carl de Baviera, casado con una archiduquesa de Austria, se elevó a la dignidad de emperador con el nombre de Carl VII. Sólo la muerte prematura de Carl VII llevó las aguas al molino de María Theresa, pero ese título tan prestigioso hubo que asegurarlo no para sí misma sino para el hombre con quien, entre tanto, llevaba un tiempo casada. Así, Franz Stephan de Lothringen, o François Etienne de Lorraine, se convirtió en Franz I Stephan, emperador germánico, con María Theresa, la propietaria legítima de los dominios Habsburgo, en calidad de consorte.

De la teoría a la práctica, se produjo una curiosa inversión de papeles tradicionales. Si bien el título principal lo ostentaba Franz I Stephan, el poder permaneció en manos de María Theresa, a quien servía con lealtad inquebrantable su brillante canciller el príncipe Wenzel Anton von Kaunitz. Franz I Stephan se dedicaba a sus pasatiempos favoritos: él dirigía los trabajos de mejora arquitectónica en sus palacios, se encargaba de diseñar los jardines, propiciaba en la corte una serie de espectáculos que incluían veladas musicales, representaciones teatrales o ballets, salía de caza y, habitualmente, le hacía el amor a otras mujeres. Entre tanto, María Theresa gobernaba con notable dedicación, establecía normas para asegurar un constante decoro en su corte (lo cual tenía su guasa, pues se veía en la tesitura de tener que ser ciega, sorda y muda en lo que atañía a los deslices de su marido con distintas damas...) así como una rígida pauta moral en la capital imperial (asunto complicado, dada la atmósfera de lúbrica decadencia que caracterizaba a la ciudad) y paría hijos.

María Theresa, que amaba profundamente a su infiel marido, tuvo de él dieciséis hijos. En una época en que los embarazos y los partos constituían un serio peligro para las mujeres, dice mucho de la robustez de la emperatriz que lograse completar sus gestaciones sin demasiados apuros, completase sus alumbramientos sin dificultades y se repusiese en tiempos récord para poder seguir atendiendo, inasequible al desaliento, sus deberes de soberana. Ciertamente, esos embarazos y partos estropearon su aspecto: había sido una jovencita de aspecto agraciado, con un lindo rostro combinado con una esbelta silueta, pero en la tarea de crear la dinastía Habsburgo-Lorena fue ensanchando y adquiriendo una figura voluminosa; aparte, había heredado de su madre, que en la mocedad se había ganado el título de princesa más hermosa de su época, una clara tendencia a la hidropesía que acabó por hacer estragos en María Theresa. Sin embargo, la emperatriz María Theresa no perdía su tiempo lamentándose: tenía asuntos serios entre manos, de forma que no podía desviar sus energías en ese sentido.

En un ámbito estrictamente privado, Franz Stephan y María Theresa presidían una gran familia que trataba de mantener cierto nivel de sencillez casi burguesa. El rígido protocolo de la corte vienesa se había "relajado" un tanto debido a la "influencia lorenesa", atribuída, evidentemente, al emperador; sin embargo, seguía tratándose de una corte que se mantenía dentro de los límites de un intrincado sistema de normas de etiqueta mezcladas con un pomposo ceremonial. A pesar de ello, en sus aposentos, los emperadores actuaban como padres ante su extensa progenie. Con todo, María Theresa no borraba de su mente una idea principal: sus hijos e hijas eran los hijos e hijas de Austria, encarnaban el futuro de la casa Habsburgo-Lorena. Vivían para servir a la dinastía y al estado, algo que se hacía sentir constantemente.


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NotaPublicado: 29 Mar 2008 10:56 
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Los primeros tres retoños concebidos y alumbrados por María Theresa fueron tres féminas: María Elisabeth, María Anna y María Carolina. De esas archiduquesas, sólo María Anna, la segunda en orden de nacimiento, sobreviviría a la infancia, pues María Elisabeth falleció con tres años de edad, en tanto que María Carolina apenas vivió un año.

A esa archiduquesita María Carolina destinada a pasar de puntillas por la historia, le siguió el primer varón: Joseph, que debía heredar, a su tiempo, los dominios Habsburgo-Lorena. El quinto bebé resultó otra niña, María Christina. Detrás de María Christina llegarían María Elisabeth, Charles Joseph (el sexto, pero segundo varón), María Amalia, Leopold (tercer varón aunque octavo vástago), una María Caroline que recibió un bautismo apresurado -el agua del socorro- antes de morir, María Johanna Gabriela, María Josepha, María Caroline, Ferdinand (cuarto varón aunque decimotercer vástago), María Antonia y Maximilian Francis (quinto varón si bien cerraba la lista de los dieciséis hijos imperiales).

En conjunto, María Theresa tuvo once hijas, de las que tres perecieron en la tierna infancia dejando la cuenta final en ocho archiduquesas. Ocho archiduquesas representaban, desde luego, un balance muy satisfactorio, aunque la mayor de esas supervivientes, María Anna, había nacido con mala salud y aquejada de una pronunciadísima cojera, lo que la dejaba sin posibilidades de obtener un matrimonio a la altura de su rango. Eso no suponía más que un pequeño inconveniente, pues, aún descartándola a ella del chalaneo, había siete archiduquesas con las que chalanear. Buscar y obtener siete potenciales alianzas ventajosas constituía un reto para la cancillería dirigida con esmero por el canciller Kaunitz.

Las relaciones de María Theresa con su amplia prole estarían marcadas por un hecho clave: su predilección no sólo no disimulada sino orgullosamente manifiesta hacia la archiduquesa María Christina, a la que se otorgó el cariñoso apelativo de Mimí. María Anna, la mayor, que aunaba una sorprendente inteligencia a una sensibilidad exacerbada por la temprana conciencia de ser la lisiada y por tanto la defectuosa a quien a lo sumo habría que colocar en algún prestigioso convento, se resentía, de forma natural, ante el fervoroso amor que la madre tributaba a la hermana que la seguía en edad: Mimí. Las que llegaron al mundo después de que lo hiciese Mimí (María Elisabeth, María Amalia, María Johanna Gabriela, María Josepha, María Carolina e incluso la benjamina María Antonia) aprendían rápido que ellas no alcanzarían ni en mil vidas la significación que la madre atribuía a aquella hija concreta que había tenido, para empezar, el detalle de nacer en el día del cumpleaños de la emperatriz. María Christina, Mimí, se había colocado, sin ningún esfuerzo ni mérito especiales, en una posición de privilegio respecto a sus hermanos y hermanas. Eso tendría claras repercusiones en un futuro, lo que acentuaría la sensación de padecer una injusticia en los demás hijos e hijas de Austria.


Última edición por Minnie el 29 Mar 2008 14:23, editado 1 vez en total

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NotaPublicado: 29 Mar 2008 11:06 
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*Archiduquesa María Anna: la hija lisiada.

Aunque los retratos que se conservan reflejan a una adorable criatura, la dislocación de cadera que hacía una pierna más larga que la otra provocando que arrastrase siempre un pié en una evidente cojera rompió desde el principio en lo que se refería a ella la baraja de un matrimonio dinástico. Una mercancía dañada no se colocaba fácilmente en el mercado, al menos no al nivel en que hubiera sido apropiado para una princesa imperial. La esmeradísima educación que se le proporcionó no tenía por objeto mejorar sus expectativas nupciales ni prepararla para representar los intereses de la familia en cualquier destacada corte europea de la época, sino para que, a su tiempo, pudiese transformarse en canonesa de alguna notable abadía. Esa diferencia con respecto a las hermanas que la seguían en edad causó la lógica depresión en la espabilada y sensitiva María Anna.

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NotaPublicado: 29 Mar 2008 11:11 
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*Archiduquesa María Christina: la hija adorada.

La entusiasta predilección de su madre marcó su vida, para lo bueno y para lo malo. Como veremos, el hecho de ser la innegable favorita de mamá le permitió gozar de privilegios que no obtuvieron sus hermanas, entre ellos el privilegio de casarse por amor en cuanto alcanzó la edad de merecer. Antes de su boda, Mimí ya era vista con malos ojos por sus hermanos y hermanas, que la acusaban de estar demasiado pagada de sí misma, de darse humos constantemente y, sobre todo, de contarle a su madre todo lo que acontecía. Después de su boda, Mimí se atrajo definitivamente los celos y la animadversión de sus hermanas menores, en especial de María Amalia, que hubo de someterse a un indeseado matrimonio dinástico mientras la hermana disfrutaba de una felicidad conyugal junto al hombre que ella misma se había permitido el lujo de escoger.

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NotaPublicado: 29 Mar 2008 11:15 
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*Archiduquesa María Elisabeth: la hija hermosa.

Alcanzó celebridad como la más bella entre ese surtido de archiduquesas. También era la coqueta y la frívola, dos derivaciones del hecho de saberse especial a cuenta de su magnífico aspecto físico. La fama de la que gozaba suponía un beneficio añadido para la cancillería a la hora de negociar para ella un matrimonio especialmente prestigioso, como veremos. Sin embargo, un episodio dramático haría trizas el halagüeño futuro previsto para María Elisabeth. Perdida de repente su hermosura, se encontró en la misma posición que ocupaba su hermana mayor María Anna: carente de valor dinástico, por tanto designada para transformarse en canonesa.

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NotaPublicado: 29 Mar 2008 11:20 
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*Archiduquesa María Amalia: la hija rebelde.

Al crecer, María Amalia tendría un motivo concreto para detestar a su hermana María Christina. Coincidiría que, en la misma época, ambas se enamoraron de príncipes de rango apropiado pero sin interés político alguno para la corte imperial vienesa: en tanto que a Mimí se le consintió que antepusiese su felicidad personal a las exigencias dinásticas, María Amalia fue la víctima de un matrimonio de estado poco afortunado. Herida en sus sentimientos, reaccionaría incumpliendo reiteradamente las directrices de su formidable madre, causando mil quebraderos de cabeza a la cancillería austríaca y, en última instancia, rompiendo vínculos pese a que ello le supuso un duro castigo.

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NotaPublicado: 29 Mar 2008 11:47 
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Estas cuatro archiduquesas -María Anna, María Christina, María Elisabeth y María Amalia- constituyen indudablemente un primer lote. En un segundo lote, se podría colocar a María Johanna Gabriela, María Josepha, María Carolina y María Antonia, debido a las diferencias de edad bastante apreciables.

Hay que considerar que María Anna contaba doce años cuando nació su hermana María Johanna Gabriela, trece años cuando nació su hermana María Josepha, catorce años cuando nació su hermana María Carolina y nada menos que diecisiete años cuando nació la menor de las archiduquesas, María Antonia. María Christina, Mimí, le sacaba ocho años a María Johanna Gabriela, nueve años a María Josepha, diez años a María Carolina y trece años a María Antonia. También María Elisabeth estaba notablemente distanciada en edad de las cuatro menores. María Amalia, en todo caso, se encontraba en una posición intermedia entre las mayores y las menores, lo que determinó su proximidad hacia María Carolina y María Antonia, que se haría notar en años posteriores.


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NotaPublicado: 29 Mar 2008 11:51 
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*Archiduquesa María Johanna Gabriela: la hija efímera.

María Johanna Gabriela murió en una edad crucial. A los doce años, cuando se barajaban compromisos nupciales de las archiduquesas, contrajo una viruela, enfermedad temible en la época que -lo veremos- causó auténticos estropicios en la casa de Habsburgo-Lorena. El fallecimiento de María Johanna Gabriela causó pesadumbre, pero, sobre todo, obligó al canciller Kaunitz a reformular todas las alianzas dinásticas que se planificaban en esa época, por lo que incidió de forma notable en el destino de sus hermanas.

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NotaPublicado: 29 Mar 2008 11:56 
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*Archiduquesa María Josepha: otra hija efímera.

María Josepha sintió más que ninguna el fallecimiento de María Johanna Gabriela a los doce años, cuando ella misma frisaba en los once años de edad. A partir de entonces, esa bonita archiduquesa viviría aterrada ante la posibilidad de sucumbir a la misma enfermedad que la había privado de su hermana. Desgraciadamente, se cumplirían los peores augurios. Y al igual que ocurrió con el temprano deceso de María Johanna Gabriela, la muerte prematura de María Josepha decantaría los compromisos matrimoniales de sus hermanas.

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*Archiduquesa María Carolina: la hija apasionada.

Llamamos a María Carolina por ese nombre para evitar confusiones, si bien en su etapa infantil y juvenil en la corte austríaca se referían a ella empleando el nombre María Carlota. María Carolina crecería particularmente unida a su hermana menor María Antonia, a la cual profesaba un intenso amor. La predilección mutua de las dos hermanas se mantendría durante toda la vida de ambas. María Carolina, emotiva, sentimental, apasionada, reaccionaría a su matrimonio dinástico de manera inesperada por su severa y estricta madre emperatriz. Aprendió a manejar a su marido valiéndose de su carácter enérgico y de su atractivo sexual, mientras buscaba la felicidad -siquiera efímera- a través de escandalosas aventuras extraconyugales. Lo esencial es que ella misma trazó en gran medida su destino, para lo bueno y para lo malo.

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NotaPublicado: 29 Mar 2008 12:24 
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*Archiduquesa María Antonia: la hija retozona.

Por su condición de benjamina, María Antonia parece haber sido la preferida de Franz I Stephan. Criaturita vivaracha y retozona, se las apañaba para manejar a quienes la rodeaban a fín de evitarse trabajos. Era alegre, pero descuidada; encantadora, pero perezosa; y el modo en que la mimaron tanto su ama de leche como su primera institutriz, que llegaba al punto de "hacerle los deberes" a la princesa, repercutió en que su formación resultase terriblemente deficiente. Sólo cuando se le procuró un matrimonio de gran relevancia descubrió la emperatriz María Theresa cuán escasa y difusa era la educación de su hija. Se quisieron remediar los estragos causados en un tiempo récord, lo que, a la postre, sirvió de poco: la muchachita enviada de la corte austríaca a la corte francesa estaba muy mal preparada para afrontar su singular destino.

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NotaPublicado: 29 Mar 2008 13:17 
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LA EDUCACIÓN DE UNAS HIJAS DE AUSTRIA

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María Theresa.

María Theresa era una mujer de carácter recio y firme, con una profunda adhesión personal a la moral católica, piadosa a la vez que devota así como, en cierto sentido, bastante gazmoña. En gran medida, María Theresa sufrió agudamente la dicotomía entre sus elevados principios y el necesario pragmatismo. Ya que no podía lograr que sus cortesanos y súbditos vieneses viviesen dentro de los estrechos márgenes señalados por los mandamientos de la Iglesia, al menos se empecinó en que todos guardasen las apariencias de un estricto decoro. Se produjo una divergencia entre lo público y lo privado: la gente podía perder la virtud siempre que no perdiese la reputación. Curiosamente, Franz I Stephan, el marido de María Theresa, era el primero que se situaba fuera del cauce señalado por su severa esposa. Ella no podía hacer nada, excepto mirar hacia otro lado en actitud dignamente estólida, mientras él revoloteaba de flor en flor. Más dolor le causaron a la emperatriz relaciones paralelas duraderas, como la que unió a Franz I Stephan con la princesa Wilhelmine Auersperg. En realidad, Franz Stephan se había quedado prendado de Wilhelmine cuando ésta era simplemente la joven y hermosa hija del distinguido conde Reinhard Khevenhuller: tratando de poner más obstáculos en el idilio, la emperatriz ordenó la boda de la muchacha con el príncipe Auersperg, que le sacaba diecisiete años de edad. Sin embargo, eso no constituyó ninguna barrera adicional para Franz I Stephan y Wilhelmine, que mantuvieron un largo romance. Wilhelmine estaba tan segura de su posición que, llegado elmomento, se atrevió a desafiar la orden de María Theresa respecto a que las damas de corte no podían utilizar maquillaje.

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Franz Stephan.


A María Theresa nadie le ponía las cosas fáciles. En el ámbito privado, lidiaba con la situación de que, mientras ella combatía ardorosamente a las mujeres de vida alegre que amargaban la vida a las mujeres decentes al arrastrar a la fornicación a los maridos de éstas, su Franz Stephan le ponía cuernos. Más allá de este detalle, en un sentido público, la misma María Theresa que quería basar su política en una profunda ética se veía confrontada con la realidad. Su necesidad de cimentar alianzas con el rey Louis XV de Francia le obligó a tratar con cortesía a las amantes oficiales de éste, primero la casi todopoderosa Madame de Pompadour y más adelante Madame du Barry. En un aspecto meramente de estado, María Theresa hubo de participar en lo que consideraba un espantoso latrocinio que provocaría calamidades: el reparto de Polonia. Federico el Grande de Prusia, que admiraba más la franca desvergüenza mostrada en aquel asunto por Catalina zarina de Rusia, se cebó con la afligida María Theresa al declarar, con hiriente mordacidad, que "la vieja lloraba y lloraba, pero a la vez se beneficiaba" con esa nueva porción de territorio polaco que le había correspondido en el reparto.

En lo que atañe a la educación de sus hijas, María Theresa constituye, por lo de pronto, un paradigma contradictorio para las archiduquesas nacidas de su vientre. Incluso en la tierna infancia, las niñas percibían claramente que si bien oficialmente era su padre quien ostentaba el rango de emperador germánico, en la práctica su madre manejaba los hilos del poder. El padre podía estar ocupado organizando representaciones artísticas o planificando una gran montería, pero quien se encontraba verdaderamente saturada de responsabilidades hacia el estado era la madre. Sin embargo, las nobles damas elegidas para supervisar la educación de las muchachas recibieron instrucciones precisas de María Theresa respecto a lo que debían inculcar a las archiduquesas. Lo principal consistía en hacer de ellas princesas plenamente conscientes de sus deberes hacia la dinastía y el imperio; tenían que asimilar, en palabras de la soberana, que habían "nacido para obedecer" los mandatos que recibiesen y para, en su momento, representar adecuadamente los intereses de su país de origen en los países a los cuales se las enviaría, dónde se esperaba que desempeñasen su papel con perfecta compostura, sin salirse jamás de tono, cuidándose de meter sus naricitas en asuntos políticos pero a la vez ejerciendo una sutil diplomacia según las órdenes que se emitiesen desde Viena.

María Theresa fue absolutamente minuciosa. Las niñas tenían que cuidar su apariencia, pues a través de sus personitas se lucía la dinastía Habsburgo-Lorena; pero el necesario aseo, el arreglo personal, el enjaezado, no tenía que llevarlas a un exceso de vanidad ni, menos aún, confundirse con la frivolidad. Se les asignarían horarios cuidadosamente elaborados, para que cumpliesen sus horas de estudio y sus horas de esparcimiento, en las que practicarían actividades al aire libre compatibilizándolas con otras bajo techo de carácter artístico. Se hacía muy necesario para una princesa "comme il faut" apreciar la música (la familia imperial se distinguía por su patronazgo) en concreto y cualquier manifestación artística en general, pero había también un sentido práctico en esas diversiones: el baile proporcionaba gracia en los movimientos, el canto modulaba el tono de voz, la puesta en escena de obras teatrales les enseñaba a representar un papel con convicción.

Las niñas no podían ser perezosas, remolonas ni caprichosas. Se ajustarían a la pauta y respetarían el orden establecido en sus tareas. Debían comer lo que se les pusiera en el plato, fuese o no de su agrado; en los días de cuaresma, el pescado sustituiría a la carne, les gustase o no; no se les proporcionarían demasiados dulces ni golosinas. En otro sentido, María Theresa recordaba a las gobernantas de las niñas que no quería que éstas fuesen arrogantes con los sirvientes ni excesivamente llanas con los cortesanos: habría una justa medida de cortesía hacia todos. Los criados nunca recibirían desaires ni desplantes por parte de las archiduquesas, pero, en reciprocidad, se abstendrían de contarles a las muchachas historias de miedo. María Theresa especificó claramente que no aceptaría que sus hijas creciesen con miedo a nada: ni a la oscuridad, ni a las tormentas, ni a los fantasmas.


Última edición por Minnie el 29 Mar 2008 13:27, editado 1 vez en total

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