Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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NotaPublicado: 29 Mar 2008 13:27 
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kalli esta semana se ha divertido de lo lindo, pero la tenemos otra vez a lo suyo, la escritura (wink)

Más lectura para los momentos de relajación >:D<

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NotaPublicado: 29 Mar 2008 14:19 
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sabbatical escribió:
kalli esta semana se ha divertido de lo lindo, pero la tenemos otra vez a lo suyo, la escritura (wink)

Más lectura para los momentos de relajación >:D<


Cierto, jajajaja.
Espero que este tema guste, es variado y por tanto entretenido ;)


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NotaPublicado: 29 Mar 2008 15:48 
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LA HIJA ENTERAMENTE AMADA

María Theresa era una avezada observadora, de juicios claramente implacables en lo que se refería a sus hijas. No la cegaba el amor maternal, esa profunda carga afectiva que suele interferir en las valoraciones de una mujer hacia su progenie. Quizá porque le constaba que sus archiduquesas tenían que proyectar hacia el futuro las aspiraciones de la casa de Austria, María Theresa las evaluaba con cuidado y sin permitirse pasar por alto ningún detalle significativo, de los que muestran a las claras en qué sentido evoluciona el carácter de unas simples chiquillas.

Examinando a sus hijas, saltaba a la vista una amplia gama de virtudes y defectos. María Anna, o Marianna, la mayor, tardó en resignarse a su condición de tullida y podía somatizar cada uno de sus disgustos: los celos hacia Mimí llegaron a ponerla literalmente enferma al menos en una ocasión. Mimí poseía esa clase de arrolladora confianza en una misma mezclada con un determinado grado de arrogancia hacia sus hermanos que se derivaban del hecho de saberse la favorita de la emperatriz: no se privaba de asumir una postura autoritaria, incluso claramente mandona, ni de emitir sus opiniones acerca de lo que hacían o dejaban de hacer los demás en tono cortante. Sin embargo, también era una muchacha inteligente, refinada y encantadora cuando le placía serlo; su talento artístico se plasma en la serie de dibujos reproduciendo escenas privadas de la familia imperial que han pervivido al paso del tiempo, incluyendo una valiosa imagen correspondiente a una entrega de juguetes por parte de los padres a sus hijos en un día de San Nicolás.

María Elisabeth era sencillamente una deliciosa presencia, pero demasiado acostumbrada a atraer la atención de los demás; la emperatriz no dejó de notar que nada complacía tanto a esa hija suya como recibir miradas embelesadas por parte de los caballeros de corte e incluso de los simples guardias de palacio.

María Amalia y María Carolina tenían carácter. De hecho, la emperatriz reconocería que María Carolina era, probablemente, la más parecida a ella misma en cuanto a que se anclaba firmemente en sus ideas y no resultaba fácil hacer que se desplazase siquiera unos milímetros hacia un lado o hacia otro. María Johanna Gabriela tenía tendencia a mostrarse maliciosa en sus pensamientos acerca de los que la rodeaban, igual que María Carolina y María Antonia mostrarían una infantil predilección por burlarse de los cortesanos o sirvientes (algo que enojaría tanto a la pareja imperial, que llegaron a separarlas casi por completo durante una época para que escarmentasen). En palabras de la emperatriz, María Josepha era linda y vivaz, también bondadosa, pero no muy espabilada.

Pese a que María Theresa quería a sus hijas, no había debilidades hacia ellas excepto en lo que atañía al marcado favoritismo por María Christina. Había ahí una cercanía al poder supremo de la que María Christina podía sacar tajada...y la sacaba. La niña creció transformándose en una mujer convencida de su capacidad para manejar las circunstancias a su favor, precisamente debido a esa protección de la que gozaba en su calidad de preferida de la emperatriz.

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Mimí.

El considerable encanto que podía llegar a esgrimir Mimí se puso de relieve cuando se transformó en una joven:

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Justo por entonces, Franz I Stephan y María Theresa habían acordado el matrimonio del mayor de sus hijos varones, por tanto el heredero imperial. El archiduque Joseph se había transformado en un buen mozo...

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...para quien se podía y debía concertar un enlace sustancioso. Tras barajar sus opciones, los emperadores se decantaron por una princesa que garantizaba una vinculación con las dos cortes borbónicas, la de Francia y la de España. Esa princesa se llamaba Isabella María de Parma: a través de su padre, el duque Felipe, era nieta del rey Felipe V y la segunda esposa de éste, Isabel de Farnesio; a través de su madre, Louise Elisabeth, apodada Babette, era nieta del rey Louis XV de Francia y su consorte polaca, María Leczynska. Isabella de Parma tenía un hermano destinado a suceder al padre de ambos en el título ducal, Ferdinando, y una hermana pequeña, María Louisa, para quien se consideraba un matrimonio con el príncipe Carlos de España (futuro rey Carlos IV).

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Isabella de Parma.

Dábase la circunstancia de que Isabella era una muchacha muy atractiva físicamente y, además, extraordinariamente inteligente. A diferencia de otras muchachas cultivadas de esa época, no se contentaba con leer novelas de ambiente bucólico-pastoril claramente almibaradas: su naturaleza reflexiva prefería las obras de los filósofos Bossuet y Low. También le gustaban las matemáticas y las ciencias en general: su mente lograba encontrar la solución a los más intrincados problemas a la velocidad del rayo. Sabía tocar varios instrumentos musicales, si bien destacaba con el violín. En resumidas cuentas, hablamos de una belleza excepcionalmente dotada en el plano intelectual. La corte vienesa se quedó literalmente prendada de la fascinante Isabella cuando ésta llegó al frente de su cortejo, escoltada por el enviado imperial, el conde Wenzel de Liechtenstein. Todos contuvieron la respiración, empezando por el marido por conveniencias de ésta, Joseph. Aunque Joseph se había casado con Isabella en cumplimiento del deber, enseguida se sintió perdidamente enamorado de su mujer parmesana.

Pero no todo era tan idílico para Isabella. La muchacha llevaba en su interior una tendencia a la melancolía depresiva quizá heredada de su abuelo paterno, Felipe V de España. Estaba dominada, asimismo, por una profunda aversión hacia las relaciones sexuales, dado que asociaba sexo y pecado. En ese sentido, había salido a su madre, Babette, que se volvía rígida de puro espanto en brazos del marido cada vez que él deseaba compartir el lecho nupcial. Aunque Isabella quería a Joseph -le encontraba un modelo de gentileza y de delicada ternura hacia ella- no podía vencer la repulsión hacia el sexo, ni el terror hacia un eventual embarazo. Unido a esos factores, un factor esencial: Isabella pareció enamorarse platónicamente de su cuñada María Christina, Mimí, a la que ella apodaba a menudo, en un estilo muy vienés, Mizzerl.


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NotaPublicado: 29 Mar 2008 15:54 
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¡Qué preciosas todas con todos sus orpeles! :D :D :D
Bravo Kalli. >:D< Ya hay un foro más que deborar con la lectura.


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NotaPublicado: 29 Mar 2008 16:36 
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MIZZERL E ISABELLA.

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María Christina, Mimí, Mizzerl.

Cuando Isabella había aparecido en escena, como flamante esposa de Joseph, María Christina estaba lamiéndose las heridas que le había causado la oposición vehemente de sus padres a su primer idilio. Un príncipe de Württemberg, llamado Louis Eugen, había recalado en la corte de Viena tras haber pasado una larga temporada en Versalles: esa estancia francesa le había permitido adquirir una notable pátina de refinamiento y sofisticación, pero aunque en sí no constituía nada negativo sino, en principio, positivo, la emperatriz austríaca le encontró "demasiado desenvuelto" para inspirarle confianza; lo peor, en todo caso, era que el príncipe hacía alarde de su excelente relación con los filósofos enciclopedistas, los señores de la ilustración, que no gozaban de la simpatía de la tradicionalista soberana.

A Mimí le había resultado duro ver que ni siquiera sus zalamerías con la emperatriz servían de nada. El emperador se había enrocado en la idea de que de ninguna manera se consentiría tal noviazgo, y la emperatriz compartía el punto de vista del emperador. Finalmente, Mimí plegó velas y se retiró a lamerse las heridas. En ese contexto, la llegada de Isabella supuso un poderoso lenitivo para sus pesares a medida que ambas forjaban su amistad.

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Isabella.

La corte se acostumbró a verlas siempre juntas, interpretando música o dibujando al unísono, paseando por los jardines y pardes de los diferentes palacios a pie cuando hacía buen tiempo y en trineo cuando nevaba. Apenas permanecían separadas unas horas al día, e incluso esos breves lapsos de tiempo se le antojaban eternos a Isabella. La parmesana aprovechaba esos momentos para sentarse ante su secreter, pluma en mano, para volcar en el papel testimonios de su amor ferviente por Mizzerl. Las cartas sugieren una relación en la que Mizzerl era la que se dejaba querer, mientras que Isabella luchaba constantemente por suscitar en su cuñada un sentimiento real, tan profundo e intenso, como el que la consumía a ella. Son cartas de amor, un amor seguramente platónico, pero amor y no amistad fraternal.

En esa tesitura, el equilibrio de Isabella se resintió por completo cuando se quedó embarazada. Había concebido bien a su pesar, pues detestaba tener que admitir en su lecho a su marido y le aterraba pasar por un embarazo. La idea de que la gestación y el parto podían costarle la vida no la abandonaba ni por una milésima de segundo. Frecuentes dolores de cabeza la hacían recluírse a oscuras en su alcoba, dónde cedía a pensamientos obsesivos acerca de la muerte. Su única luz procedía de Mizzerl, que la visitaba claramente preocupada por el delicado estado emocional y psíquico de la cuñada. Joseph estuvo pendiente de Isabella, procurando infundirle seguridad incluso durante el larguísimo parto que pasó sosteniendo la mano de la mujer que se retorcía de dolor. Una niñita perfecta, a la que se bautizaría con el nombre de María Theresa en honor a la abuela paterna, fue la recompensa. Isabella acabó tan exhausta que hubo de permanecer encamada nada menos que seis semanas.

En el año del nacimiento de su hijita María Theresa, Isabella concibió dos veces más aunque cada embarazo duró pocas semanas. Los abortos consecutivos minaron por completo a la archiduquesa, que empezó 1763 persuadida de que no vería llegar el final de ese año. Cuando se encontró de nuevo encinta, sus peores temores se confirmaron. La suegra, la emperatriz María Theresa, que amaba sinceramente a esa nuera que ya le había dado una nietecita, habló seriamente con Joseph para exhortarle a que no renovase sus intimidades con la joven esposa por un largo período. Isabella necesitaba mucho sosiego para sobreponerse a su terrible cansancio existencial y a su mórbido fatalismo.

En esas, la joven archiduquesa María Johanna Gabriela contrajo viruelas. Parecía mentira: sólo unas semanas antes, la muchachita había ejercido de anfitriona ejemplar ante un joven genio de la música, Wolfgang Amadeus Mozart, mostrándole con entusiasmo los principales rincones de palacio. Y, sin embargo, de pronto las viruelas se cebaban en María Johanna Gabriela, cubriéndola de pústulas y haciéndola delirar hasta que murió. La muerte de esa cuñada de doce años causó verdadero espanto en Isabella, convencida de que el mismo mal se cebaría en ella.

Así fue. Isabella contrajo viruela estando embarazada, algo que la ponía al borde de una espantosa agonía. Joseph, que estaba inmunizado contra la enfermedad porque había resistido un brote leve en su infancia, demostró entonces la grandeza de sus sentimientos por Isabella: durante días y noches enteros permaneció en la habitación de la enferma, cuidándola con solícita ternura. Ella hubiera preferido tener consigo a Mizzerl, pero Mizzerl, desde luego, no podía entrar en el dormitorio de una mujer afectada por viruela porque seguramente se contagiaría de tan terrible enfermedad. El parto de Isabella se adelantó: fue una verdadera ordalía que resultó en una niñita a la que, de inmediato, se bautizó con el nombre de María Christina a petición de la infortunada madre. Esa María Christina exhaló su último suspiro horas después de haber nacido, mientras Isabella, enmedio de convulsiones febriles, repetía con voz quebrada que todo su cuerpo ardía porque había pecado con todo su cuerpo. En cinco días, Isabella murió en brazos de Joseph. La archiduquesa contaba apenas veintiún años de edad y dejaba a su viudo absolutamente desconsolado, incapaz de reaccionar a la angustia y cediendo a una profunda depresión.

Hay un penoso colofón a esta historia. Viendo que Joseph se negaba a abandonar sus aposentos, dónde lloraba amargamente la pérdida de la única mujer que había amado, María Christina tomó la decisión, sorprendente, de presentarse ante su hermano para mostrarle las apasionadas cartas que le había remitido Isabella a ella. A Joseph tuvo que caérsele el alma a los pies al comprender que su mujer le había querido menos a él de lo que había querido a una de sus hermanas. En cualquier caso, el acto de María Christina sirvió para que Joseph saliese de su reclusión y, en cierto modo, volviese a la vida. El archiduque centró en adelante todo su afecto en su hijita María Theresa, aunque enseguida hubo de plegarse a la voluntad de sus padres de casarse en segundas nupcias con María Josepha de Baviera.


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NotaPublicado: 29 Mar 2008 20:25 
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A decir verdad, Franz I Stephan y María Theresa no dieron pruebas de sensibilidad al elegir una segunda esposa para Joseph. Aquel hombre que se había quedado no menos fulminado que si le hubiese caído un rayo encima por la muerte de su preciosa Isabella hubiera necesitado, probablemente, mucho más tiempo de viudedad para completar su duelo antes de comprometer su mano de nuevo; asimismo, hubiera sido un gesto hacia él escogerle una consorte que encajase en el tipo de mujer que podía confortarle e incluso, con el tiempo, atraerle en el plano sentimental y emotivo tanto como en el físico. Pero ese tipo de consideraciones, sencillamente, no se hacían en la cancillería imperial.

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María Josepha.

María Josepha de Baviera, hija del ya difunto Carl elector de Bavaria que había sido designado en su día emperador germánico con el nombre de Carl VII y de la esposa austríaca de éste, María Amalia, tenía entonces alrededor de veinticinco años. De naturaleza cálida y afectuosa, era, sin embargo, profundamente tímida ante desconocidos; temía abrir la boca y expresarse ante cualquier asunto pues le azoraba la conciencia de no ser demasiado inteligente y sólo medianamente cultivada. Ahí no había una moza capaz de solventar un intrincado problema matemático antes de ponerse a tocar el violín, el clavecín o el harpa. Para rematar las cosas, había sobrevivido a un acceso de viruela, pero su rostro y su cuerpo habían quedado marcados. Las pústulas que habían reventado le habían dejado numerosas cicatrices.

En enero de 1765, Viena celebró con pompa muy imperial el enlace. En la corte se sucedieron los festejos, en los cuales participaron con delectación los hermanos de Joseph. El compositor Gluck había preparado para la ocasión una nueva vistosa opereta, titulada "El Parnaso Confuso"; se había decidido que, en su primera puesta en escena en Schönnbrunn, el archiduque Leopold dirigiría a la orquesta, aparte de interpretar él mismo el clavecín; las archiduquesas María Elisabeth, María Amalia, María Josepha y María Carolina representaron los papeles de musas; y la pequeña María Antonia contribuyó con un ballet acompañada en la danza por su hermano Ferdinand, mientras otro hermano, Maximilian Francis, el gordito Maxi para la familia, se colocaba en la espalda unas alitas para aparecer haciendo de Cupido en tanto que ellos dos bailaban. Una serie de imágenes recuerdan esa memorable velada. Un gran cuadro de conjunto presenta a las archiduquesas musas:

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De izquierda a derecha: María Elisabeth, María Amalia, Marái Josepha y María Carolina.

En tanto que otro cuadro muestra a Ferdinand y María Antonia bailando, con Maxi en su rol de diosecillo del amor:

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Pese a tantas alegorías sobre el amor, el caso es que el matrimonio resultó un completo fiasco. Generalmente, los autores coinciden en señalar que Joseph experimentó rechazo visceral hacia la feúcha Josepha, de manera que no llegó a meterse en la cama con ella ni una sola noche. En general, Joseph se mantenía apartado de Josepha, a la que no dispensaba ni siquiera una elemental cortesía. Aunque ella trató de recomponer la situación mostrándose como una cariñosa madrastra hacia la pequeña archiduquesita María Theresa, no le valieron de nada sus afanes y desvelos. Su cuñada María Christina, la Mizzerl de Isabella, llegó a declarar, con su característica rudeza, que si ella misma fuese la mujer de su hermano Joseph y se viese tan maltratada, buscaría un árbol para colgarse de la rama más alta.

Josepha estuvo muy sola en la corte vienesa: se consumía de añoranza por su propia familia y se sentía paulatinamente deprimida. Las curas de aguas termales en la cercana población de Baden-bei-Wien no supusieron una diferencia. A los treinta meses de su casamiento, contrajo unas viruelas que la mataron. Suficiente elocuente es que Joseph se negase a visitarla durante la agonía (cuando él, como sabemos, podía hacerlo porque estaba inmunizado contra ese mal), no tributó ni el menor homenaje al cadáver en su capilla ardiente y no quiso asistir a las solemnes exequias.


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NotaPublicado: 29 Mar 2008 21:01 
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Entre la segunda boda y la segunda viudedad de Joseph, en ese lapso de treinta meses, se produjo un hecho sustancial que alteró profundamente el cuadro de la familia imperial: el fallecimiento, inesperado, de Franz I Stephan.

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Franz I Stephan.

Concluídos los arreglos que culminaron en la boda de Joseph con Josepha, Franz Stephan y María Theresa habían centrado su atención en otro enlace: el de su hijo Leopold. Leopold había representado el tercero entre sus cinco hijos de sexo masculino, pero la muerte en la adolescencia del hermano que le precedía en edad, Charles Joseph, le había colocado en el segundo puesto de la línea sucesoria.

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Leopold.

Para Leopold había que negociar, por tanto, un enlace dinástico de los relevantes. En ese caso, se había vuelto la mirada en dirección a Madrid, dónde los reyes españoles Carlos III y María Amalia -por nacimiento princesa de Sajonia- contaban con una hija en edad casadera que cuadraba bien con la del archiduque en cuestión: María Ludovica.

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María Ludovica.

María Ludovica, de rasgos innegablemente borbónicos, no era guapa. Sin embargo, los coetáneos le atribuyen inteligencia, cultura y un delicioso sentido del humor, lo que no estaba nada mal como punto de partida. La infanta española abandonó su país en el verano de 1765, emprendiendo con su lujoso séquito un largo trayecto que culminaría en Innsbrück, capital del Tirol, dónde se había acordado celebrar sus nupcias con Leopold (se había verificado, al estilo de la época, una boda por poderes, pero eso no quitaba que no se realizase una ceremonia presencial nada más llegar la joven a su nuevo país).

Obviamente, Franz Stephan I y María Theresa, con sus hijos mayores, acompañaron a Leopold hasta Innsbrück. Antes de que abandonasen Viena en dirección a Innsbrück, se produjo un curioso episodio que, más tarde, se interpretaría en el sentido de que el emperador había tenido una especie de dolorosa premonición: tras haberse despedido cariñosamente de los hijos pequeños, Franz Stephan se dirigió a su carruaje, pero, de repente, giró sobre sí mismo, volvió sobre sus pasos, tomó en brazos a la benjamina de la familia, Antonia, de nueve años, y empezó a cubrirla de besos con los ojos llenos de lágrimas. Franz Stephan adoraba a la pizpireta Antonia...

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María Antonia.

...pero esa efusividad lacrimógena de última hora no entraba dentro de lo habitual. Antonia se quedó vivamente impresionada por la expresión desolada y el llanto de su progenitor: durante lo que le quedase de vida, estaría convencida de que él había presagiado su inminente separación definitiva, pero, más aún, las desgracias que jalonarían la existencia de la chiquilla.

Innsbrück acogió magníficamente engalanada a la familia imperial con motivo del casamiento de Leopold con María Ludovica de España. Se había confeccionado un gran programa de actos festivos, la mayoría dispuestos para complacencia de la corte, pero otros de carácter popular. Una noche, Franz Stephan acudió a una representación operística: encontrándose en su carruaje, experimentó la violenta sacudida de una apoplejía. Murió casi en el acto, para horror de María Theresa.


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NotaPublicado: 29 Mar 2008 21:31 
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María Theresa estaba devastada. Su único rasgo vanidoso había sido un notable orgullo hacia su cabellera, espesa y sedosa: ahora, en señal de duelo, se la cortó antes de colocarse la cofia negra. También llenaron su guardarropa vestidos negros, mientras que en sus habitaciones se tapizaban los muebles en terciopelo negro. Todo tenía que estar acorde con su estado de ánimo. Como ella dijo, su "feliz vida de casada" había durado "veintinueve años, seis meses y seis días". A partir de entonces, guardaría una escrupulosa fidelidad a la memoria de su marido lorenés.

Hubo cambios, por supuesto, y no pequeños. En teoría, había un nuevo emperador: Joseph acababa de transformarse en Joseph II, con su bávara Josepha elevada de pronto al rango de emperatriz consorte.

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Joseph II, emperador.

Asimismo, el archiduque Leopold y su reciente esposa española María Ludovica apenas tuvieron tiempo de establecerse en la corte vienesa, pues a él le correspondía suceder al padre que acababa de morir en el gran ducado de Toscana. Ambos marcharían a Florencia, para gobernar ese territorio que constituía el legado de Franz Stephan a su segundo hijo varón.

Con todo, María Theresa no íba a retirarse de la escena. Abatida y desolada, seguía teniendo plena conciencia de lo que debía a su estirpe y a sus súbditos. Se mantendría en su posición, compartiendo el poder con su hijo mayor, en una relación de co-soberanía que no estaría exenta de tiranteces ni de roces.


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NotaPublicado: 29 Mar 2008 22:02 
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Paradójicamente, la nueva situación creada benefició, y no poco, a la archiduquesa María Christina, Mimí. Si su madre siempre la había necesitado cerca, en esa época de desolación extrema la soberana se dejó arrastrar a una fuerte dependencia afectiva respecto a su hija preferida. Y María Christina pudo aprovechar la coyuntura para obtener de su madre una extraordinaria concesión: que le permitiese comprometerse y casarse con el hombre a quien amaba.

Si antaño su deseo de ennoviarse con Louis Eugen de Württemberg se había visto frustrado, ahora se le otorgó la gracia de poder ennoviarse con el príncipe Albrecht de Sajonia. Albrecht no era ni más ni menos que el decimotercer hijo que la archiduquesa de Austria María Josepha, una prima hermana de la propia emperatriz María Theresa, había concebido con su marido Augustus, elector de Sajonia y también rey de Polonia. Considerando solamente los retoños de sexo masculino, antes de que naciese él habían nacido cinco de los cuales dos habían fallecido en la niñez. Por tanto, por delante de Albrecht había tres hermanos varones: Friedrich Christian, Franz Xavier y Karl Christian. Las expectativas sucesorias de Albrecht en los dominios paternos eran francamente remotas. Asimismo, carecía de dominios y no recibiría ninguna fortuna. Dicho de otra manera: príncipe sí, pero un príncipe sin tierras y sin dinero.

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Albrecht de Sajonia.

Pero era un joven agraciado, de aspecto gallardo y modales refinados, que se distinguía por un ferviente amor por las artes. Mimí encontraba a ese primo con quien había intimado durante una serie de excursiones invernales en trineo absolutamente maravilloso. Él, por su parte, no ocultaba que la encontraba gloriosa, pero no se atrevía a aspirar a su mano. Franz I Stephan no había visto con buenos ojos esa posibilidad: si Louis Eugen no había sido aceptable, tampoco era aceptable Albrecht. Pero Franz I Stephan acababa de morir, María Theresa se sentía tremendamente vulnerable y María Christina supo manejar con delicadeza los sentimientos de María Theresa. En un giro sorprendente, María Theresa decidió aprobar la boda de Mimí con Albrecht, patrocinando con una desmedida generosidad no sólo a su querida hija sino a su inminente yerno.

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María Christina.

El enlace quedaría inevitablemente deslucido debido a que la corte mantenía un estricto luto negro por el difunto emperador. La pareja tendría que usar ropas oscuras para intercambiar sus votos en una capilla repleta de crespones y colgaduras negras. Pero, al margen de ese ominoso detalle, ambos tenían motivos para sentirse colmados de dicha. No sólo había triunfado, contra todo pronóstico, el amor que les unía. Además, María Theresa se había asegurado la adquisición del ducado de Teschen, en Silesia, para entregarlo a Albrecht, en adelante duque de Teschen, lo que haría de Mimí duquesa de Teschen. Un hermano de Franz Stephan, Charles de Lorraine, doble cuñado de la emperatriz porque a mayores había estado casado con la prematuramente fallecida única hermana de ésta, llamada Anna, ejercía en nombre del imperio el gobierno de las provincias que formaban los denominados Países Bajos austríacos; se acordó que, cuando falleciese Charles, el gobierno de los Países Bajos austríacos se encomendaría a los flamantes duques de Teschen, Albrecht y Mimí. Entre tanto, para que adquiriesen práctica, Albrecht se convirtió en el gobernador de Hungría, lo que les proporcionaba como residencia oficial el formidable castillo de Bratislava. Para sus vacaciones estivales, dispondrían de una casa propia, lujosamente amueblada, dentro del recinto del palacio de Laxemburg.


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NotaPublicado: 29 Mar 2008 22:26 
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El espectacular golpe de suerte de Mimí incrementaría de manera notable las tensiones en la esfera familiar. Su felicidad en el papel de recien casada duquesa de Teschen...

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...suponía un agravio comparativo respecto a sus hermanas. Ellas, a excepción hecha de María Anna o Marianna, que debido a sus limitaciones físicas se veía excluída de cualquier proyecto de matrimonio dinástico que se presentase...

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María Anna, la hija descartada.

...se encontraban siempre a la espera de que pudiesen escogerles un marido en cualquier país lejano al que tendrían que marcharse para cumplir sus funciones dinásticas con buena cara y sin rechistar. Podían llegar a sentirse tan desgraciadas como veían que era su cuñada bávara Josepha, unida a un hombre que no la estimaba en lo más mínimo y que más bien la dejaba a un lado mientras fomentaba sus platónicas amistades con elegantes damas de la corte (desde una Eleonora "Lory" de Liechtenstein, nacida princesa Oettingen, a una Leopoldine Kaunitz, también nacida Oettingen pues era hermana de la anterior, pasando por María Josepha Clary-Aldringen o Sidonie Kinsky, también hermanas...).

En vida de Franz I Stephan, éste había considerado que María Christina tendría que renunciar a su antojo por Albrecht de Sajonia igual que había renunciado años antes a su floreciente romance juvenil con Louis Eugen de Württemberg. Franz I Stephan tenía en mente al marido "perfecto" para su hija Mimí: su propio sobrino carnal, el duque de Chablais. María Christina había eludido un matrimonio conveniente pero indeseado por su parte con Chablais y había contraído nupcias con el sajón sin tierras ni dinero. En esa tesitura, una de sus hermanas se permitió albergar la ilusión de que ella podría aprovecharse de la situación generada por Mimí para que le aceptasen un compromiso poco ventajoso con un insignificante duque bávaro...


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NotaPublicado: 29 Mar 2008 23:50 
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MARÍA AMALIA Y LOS SUEÑOS QUE SE ROMPEN COMO FRÁGIL CRISTAL

Entre las hijas de María Theresa, María Amalia representaba un puente que unía al grupo de las mayores con las menores. Había vivido en una peculiar posición intermedia, que había manejado haciendo gala de un notable carácter. Con los años, la niña razonablemente bonita...

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...se había transformado en una joven archiduquesa bastante desenvuelta:

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Hacia la misma época en que los paseos en trineo habían propiciado el enamoramiento de Mimí respecto a Albrecht de Sajonia, María Amalia se había dejado el corazón en manos de Carl August von Zweibrücken. Carl era el hijo mayor de Friedrich Michael, duque de Zweibrücken, con su esposa Franziska von Sulzbach, cuyo hermano era el elector de Baviera Carl Theodor, último descendiente masculino de la antigüa dinastía Sulzbach. En términos generales. Carl August estaba en una posición muy digna para aspirar a la mano de una princesa de las muchas que podían ofertan las numerosísimas casas germánicas, pero no de una archiduquesa austríaca. María Amalia sabía, de antemano, que había pocas posibilidades de que la cancillería de su madre otorgase la venia a un eventual compromiso con el ilustrado Carl August. Pero cuando Mimí obtuvo permiso para casarse con Albrecht de Sajonia, María Amalia se permitió la ilusión de que con ella se haría la misma excepción a la norma que acababa de hacerse con su hermana mayor.

Se quedó literalmente helada cuando se le dijo que no podía convertirse en una duquesa de Zweibrücken en Baviera. Carl August encajó mal el golpe: abandonó la corte vienesa sintiéndose injustamente tratado, humillado y amargado. Unos años después, se casaría con otra María Amalia, pero esta era María Amalia de Sajonia, cuyo padre era hermano de Albrecht, el esposo de Mimí.

María Amalia nunca se repuso por completo del golpe que había recibido. Siempre le había molestado e irritado que su madre la comparase, desfavorablemente, con Mimí. A partir de entonces, los resquemores de María Amalia se acentuaron notablemente. Se preparó, mentalmente, para lo peor: más pronto que tarde, le tocaría transformarse en una novia de estado. Pero las semillas de la rebelión germinaban ya en su interior...


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NotaPublicado: 30 Mar 2008 10:12 
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Por esa época, empezaban a moverse los engranajes que debían completar el proceso de determinar buenos matrimonios dinásticos para las archiduquesas disponibles. Dado que María Anna siempre había estado fuera de cuestión, que María Johanna Gabriela había muerto a los doce añitos y que María Christina se había zafado a través de un sorprendente matrimonio por amor, los recursos humanos en la categoría archiduquesas de la casa de Austria habían menguado considerablemente: la emperatriz tenía que barajar las cartas contando con María Elisabeth, María Amalia, María Josepha, María Carolina y la pequeña María Antonieta. En esa generación, no había otras opciones disponibles.

Resultó inevitable que, en primer lugar, se generasen elevadas expectativas respecto a María Elisabeth, la hija guapa:

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María Elisabeth, niña.

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María Elisabeth, joven.

Ahora que los Habsburgo y los Borbón, dos dinastías que se disputaban la hegemonía en el círculo de la realeza europea, querían ponerse a partir un piñón, como habían demostrado con el primer matrimonio de Joseph y con la boda de Leopold, para María Elisabeth surgió una clara opción de casarse nada menos que con el rey Louis XV de Francia.

Considerando los elevados patrones morales de María Theresa, hay algo casi obsceno en ese proyecto de matrimonio. María Elisabeth era una muchacha presumida y coqueta, pero indudablemente cándida y virginal al mismo tiempo. La idea consistía en mandarla a Versalles para que compartiese el lecho regio con un Louis que sobrepasaba los cincuenta y cinco años, viudo de su primera mujer -María Leczynska- y con un largo historial de maitresses de la cual la más célebre, hasta entonces, había sido la inefable Madame Pompadour. El "tono" general de la corte francesa resultaba bastante indecoroso, por no decir abiertamente licencioso: sólo las hijas solteras del rey, mujeres de edades superiores a las de su eventual madrastra austríaca, vivían inmersas en una gazmoñería reprobadora hacia el ambiente cortesano.

Y, sin embargo...María Elisabeth podía reinar en Versalles, la corte más elegante y sofisticada del mundo. A la joven le entusiasmaba la idea, de forma que pasaba por alto el hecho de que íban a ponerla en manos de un viejo verde. Resultaba particularmente irónico que, en paralelo, se estuviesen trazando planes para casar a tres de las hermanas de María Elisabeth -María Amalia, María Josepha y María Carolina- con tres nietos del mismo Louis XV.

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María Amalia, retratada al estilo Diana cazadora.

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María Josepha.

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María Carolina.

En la cabeza de María Theresa, había dos Ferdinandos, Ferdinando de Nápoles y Ferdinando de Parma, para María Josepha y María Amalia, respectivamente, en tanto que con María Carolina se tomaba en cuenta a Louis Augusto, el nieto que debía suceder a Louis XV en el trono de Francia...


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