Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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 Asunto: GISELA, ARCHIDUQUESA DISCRETA.
NotaPublicado: 22 Ago 2008 11:58 
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Si hay un personaje innegablemente discreto y poco conocido en la familia imperial austríaca creada en torno a Franz Joseph I, es la segunda de sus cuatro vástagos, la archiduquesa Gisela Louise Marie de Austria, princesa de Hungría y de Bohemia. Gisela, sin embargo, es una figura entrañable, por la gentileza con la que asumió su propia vida y por el modo en que se sobrepuso a los momentos más críticos. Bondadosa y sencilla, también merece su lugar en la historia.

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NotaPublicado: 22 Ago 2008 12:30 
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Quince kilómetros al sur de Viena, rodeado de frondosos bosques, se eleva el Schloss Laxenburg. Gracias a flickr, he aquí dos bellas imágenes tomadas desde el gran parque que envuelve Laxenburg:

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(Fuente: Flickr, galería de Askpang).

En ese lugar que rezuma encanto, el día 15 de julio de 1856 se produjo un nacimiento. La emperatriz Elisabeth "Sissi" de Austria, a la sazón una joven a la cual le faltaban cinco meses para cumplir diecinueve años, dió a luz al segundo retoño concebido en su matrimonio con Franz Joseph I. Casados en abril de 1854, Franz Joseph y Elisabeth habían tenido, en marzo de 1855, una niña bautizada con los nombres de Sophie Friederike Dorothea María Josepha. El nuevo embarazo de Elisabeth había suscitado grandes esperanzas de que llegase el heredero varón. Pero, sin embargo, Elisabeth puso en el mundo otra niña a la cual se llamaría Gisela Louise Marie.

Una primera fémina suele acogerse con regocijo, pese a su sexo. La segunda fémina, generalmente, provoca cierto desencanto. No obstante, dada la juventud de los padres, podía esperarse, razonablemente, que estuviesen por venir numerosos retoños. Por lo tanto, enseguida se superó el fastidio para dar paso a la alegría en el círculo de la familia. El pueblo, por otro lado, se resignó: un heredero hubiese significado alguna amnistía general, amplios donativos a los menos favorecidos y no pocos festejos abiertos a la gente común; pero habría que aguardar una nueva ocasión.


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NotaPublicado: 22 Ago 2008 12:50 
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En la época del nacimiento de Gisela, su madre, la bella emperatriz Elisabeth...

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La joven Elisabeth.

...vivía casi en permanente conflicto con la abuela paterna, la archiduquesa Sophie. Sophie, una dama muy estricta y puntillosa, observaba con claro disgusto a su sobrina-nuera Elisabeth. La muchacha no había recibido la crianza adecuada para convertirse en consorte de un emperador; en su infancia y primera adolescencia, prácticamente la habían dejado "campar a sus anchas" en su añorada Baviera, de forma que no estaba en absoluto preparada para integrarse en la ceremoniosa corte imperial de Austria. La constante presión de Sophie para que Elisabeth se comportase "comme il faut" en todas las situaciones y circunstancias no estaba dando frutos. Aquel marcaje implacable, lejos de facilitarle las cosas a Elisabeth, íban suscitando una profunda rebeldía en ésta.

La difícil relación de las dos mujeres se enconó a raíz del nacimiento de la archiduquesa Sophie, primogénita de Franz Joseph y Elisabeth. La abuela Sophie estaba decidida a hacerse cargo de la pequeña que llevaba su nombre. Sophie "la mayor" había sufrido mucho en su juventud, cuando una enfermedad infantil se había llevado a la tumba a su única hija. La muerte de Annëchen, como se la llamaba en casa, a los cinco añitos, había devastado por completo a Sophie "la mayor". Ahora, esa nietecita bautizada Sophie en su honor ocupaba en el corazón de la dama el espantoso vacío creado por la prematura desaparición de su Annëchen. Pero, por supuesto, Elisabeth se sintió herida en lo más vivo cuando su suegra decidió ejercer la tutela efectiva de Sophie "la menor". Con pocas semanas de vida, la niñita había sido alejada de la madre (en opinión de la archiduquesa, una mozuela malcriada que tenía que educarse a sí misma antes de aspirar a encargarse de una bebé de rango imperial) para ser trasladada a una serie de aposentos cercanos a los que ocupaba la abuela paterna. Tanto el ama de leche como las niñeras fueron cuidadosamente elegidas por Sophie "la mayor" y respondían ante ésta, no ante Elisabeth. El médico de confianza que se encargaría de vigilar la salud de Sophie "la menor", el doctor Seeburger, era un galeno bastante anticuado que también debía su cargo a Sophie "la mayor", por lo que no tenía en cuenta a Elisabeth. En conjunto, Elisabeth consideró que le habían robado a su criatura.

El nacimiento de Gisela empeoró la situación. De pronto, Elisabeth se sentía privada de DOS hijas, lo que acrecentaba su angustia, su frustración y su enojo. La emperatriz, lógicamente, machacó sistemáticamente al emperador. Franz Joseph había crecido muy sometido a la influencia de su enérgica madre, Sophie, a la cual incluso le debía el hecho de haber ascendido con dieciocho años al trono imperial. La idea de plantarle cara a Sophie bastaba para provocarle ardores de estómago a Franz Joseph. Pero los argumentos esgrimidos por Elisabeth tenían mucho peso: ¿cómo podía ser que se hubiesen llevado a sus niñas tan lejos de sus habitaciones, condenándola a tener que recorrer medio palacio para visitar a las pequeñas en unos aposentos abarrotados de sirvientas de confianza de la suegra que no le permitían ni siquiera manifestarle su cariño a las criaturas con la exhuberancia propia de una joven mamá?. Franz Joseph se atrevió, por fín, a dirigir una carta a su madre en la cual rogaba comprensión antes de solicitar, en un tono que no admitía réplica, que las dos niñas fuesen establecidas en un conjunto de salas cercanas a los aposentos imperiales. Así, Elisabeth dispondría de un fácil acceso a sus hijas.

Con todo, hay un detalle que revela el miedo de Franz Joseph a Sophie "la mayor". Nada más remitir la carta, salió en un viaje de doce días por Estiria y Carintia junto a Elisabeth. Esos doce días, en teoría, darían margen a la abuela demasiado posesiva para cumplir su mandato, pero, asimismo, la escapada le permitía no tener que afrontar una discusión "cara a cara" con la archiduquesa Sophie.


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NotaPublicado: 28 Oct 2008 00:01 
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Hola, hola.

Colocaré esta foto de la archiduquesa Sofía, con su familia en la corte de Baviera.

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NotaPublicado: 01 Nov 2008 09:23 
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Retomando...

El post anterior tenía la finalidad de reflejar de forma breve el conflicto surgido en torno a la educación y crianza de las dos primeras hijas del matrimonio imperial. Se estableció una dura pugna entre la madre y la abuela paterna acerca de quién debía estar a cargo de la tutela efectiva de las pequeñas. Pero, al menos, en esa época, Elisabeth se batía el cobre para tener consigo a las niñas. Cuando se decidió que acompañaría a Franz Joseph en un viaje a las provincias del norte italiano, el Lombardo-Véneto, que se consideraban un polvorín susceptible de saltar por los aires en cualquier momento debido a la fortísima reacción popular contra la "ocupación austríaca", Elisabeth logró imponer su tesis de que la mayor de sus hijas, Sophie, debía viajar con ellos. Puso tanta energía en la resolución de ese asunto, que logró salirse con la suya venciendo argumentos esgrimidos por su suegra que desde un punto de vista práctico tenían bastante envergadura: la niña era muy chiquitina, delicada y frágil, para llevarla en una gira que se preveía plagada de sinsabores y disgustos, con el riesgo siempre latente de sufrir un magno atentado.

Ése éxito personal -conseguir llevar a su Sophie para aquella memorable estancia de varios meses en Lombardía y Venecia...- infló a Elisabeth. Para cuando el emperador y la emperatriz regresaron a la corte vienesa, ya estaban en curso los preparativos para la primera visita oficial de la pareja a otro territorio tradicionalmente levantisco en el que el último alzamiento de carácter nacionalista se había sofocado con tan extrema severidad que persistía un sentimiento general de animadversión hacia la corona: Hungría. Elisabeth volvió a insistir en que se llevarían consigo no sólo a Sophie, sino también a Gisela.

Gisela sólo contaba cuatro meses en la época -noviembre de 1856...- en la que sus padres se habían marchado al Lombardo-Véneto con Sophie. Incluso Elisabeth había asumido, de antemano, que Gisela debía permanecer en la nursery debido a su condición de bebé, centrando en esa ocasión sus esfuerzos en la lucha para poder incorporar en la gira a Sophie. Pero a Elisabeth la presencia de Sophie le había hecho lamentar doblemente la ausencia de Gisela, de la que permaneció separada hasta finales de enero de 1857. El viaje a Hungría estaba previsto para principios de mayo, una fecha en la que Gisela ya se hallaría a punto de cumplir diez meses de edad. Elisabeth estaba convencida de que Sophie y Gisela podían afrontar un cómodo desplazamiento en barco desde Viena a Budapest, dónde se las alojaría en el palacio imperial de Ofen.

La suegra se opuso, evidentemente, y de nuevo tenía a dónde agarrarse: las dos niñas se encontraban "un poquito flojas" en ese momento. Pero no parecía nada que no pudiese controlarse incorporando al séquito a sus ayas y a los médicos que habitualmente se ocupaban de ellas.

El primer signo de alarma se produjo al poco de llegar a Budapest. Gisela mostró un acceso de fiebre combinado con una leve disentería; se recuperó con el tratamiento específico, pero, para entonces, la que mostraba los mismos síntomas ya era Sophie. En cualquier caso, los médicos aseguraban que la "indisposición" de Sophie seguiría el mismo curso que había seguido la de su hermanita Gisela. Confiados, Franz Joseph y Elisabeth emprendieron un viaje de Budapest a Jászberéy, dónde les aguardaba un programa de eventos destinados a popularizar a la pareja. Cuando todavía se encontraban a medio camino, haciendo escala en Debreczin, recibieron un telegrama que contenía noticias alarmantes acerca de su hijita Sophie. De inmediato, se volvieron sobre sus pasos a Budapest: llegaron a tiempo para asistir a la prolongada y dura agonía de la niña que aún no contaba dos años.

Ese dramático episodio resultaría ser crucial. Elisabeth, de veinte años, tuvo que presenciar, durante horas, cómo su pequeña Sophie luchaba en vano para zafarse de una muerte que, al final, se la llevó consigo. La vuelta precipitada a Viena junto con el ataúd en el cual se había amortajado al diminuto cadáver supuso un profundísimo trauma para Elisabeth. Nadie le hizo reproches cuando finalmente alcanzaron Viena, dónde la niña sería enterrada, de acuerdo a la tradición, en la cripta de los Capuchinos. Pero no hacía falta, tampoco, que nadie le hiciese reproches, porque ella se sentía terriblemente culpable. No dejaba de repetirse a sí misma que si hubiese dejado a las frágiles criaturas en la nursery vienesa, quizá se hubiese evitado la enfermedad de ambas con el desenlace de muerte en el caso de la mayor. Elisabeth no estaba desolada...estaba devastada emocional y psíquicamente. Apenas tragaba bocado, no lograba conciliar el sueño y pasaba largas horas encerrada con su pena, hasta el punto que hubo que pedirle a su familia bávara que acudiese para intentar reconfortarla.

Fue en esa tesitura, tan particular, en la que Elisabeth RENUNCIÓ a Gisela. La niña quedó completamente a cargo de la abuela paterna, porque la joven madre ya no confiaba en su capacidad para hacerse cargo de la chiquitina. Por supuesto, los papás veían a su criatura con asiduidad, pero eso producía, a menudo, situaciones de gran impacto emocional, como acaeció el día en que la archiduquesita se sentó en una sillita que había pertenecido a su difunta hermana menor. Mientras la archiduquesita se reía, la mar de contenta por haber logrado "ese sitio de honor", los papás apenas conseguían mantener a raya las ganas de llorar.

Podía pensarse que aquello sería transitorio. En el entorno de Elisabeth, los optimistas consideraban que lo que necesitaba la emperatriz era otro embarazo. La tasa de mortandad infantil de ese siglo era elevada, casi cualquier madre perdía algún retoño en los primeros meses o años de vida; pero seguían teniendo hijos, para concentrar sus desvelos en los que por fortuna lograban ir venciendo las típicas enfermedades de la niñez. Cuando Elisabeth se quedó encinta por tercera vez, cundió la sensación de que aquel natalicio atenuaría definitivamente la angustia por la muerte prematura de la mayor de las archiduquesitas. Sin embargo, Elisabeth tuvo un embarazo complicado y un parto difícil. Mientras todos se regocijaban porque, al fín, había podido dar un heredero a la dinastía, ella permanecía exhausta en el lecho. Los honores imperiales empezaron a llover sobre la cunita en la que se encontraba el bebé al que se había decidido llamar Rudolf, pero Elisabeth padecía un acceso de fiebre puerperal que acabaría por debilitarla. Para el momento en el que se encontró recuperada, el niño, al igual que su hermana, estaba ya bajo el control directo de la suegra.

Elisabeth se resignó a esa situación.


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NotaPublicado: 01 Nov 2008 09:43 
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Y éste es el punto fundamental de la historia.

Los dos niños, Gisela y Rudolf, crecerían en una atmósfera doméstica cuya pauta marcaba la abuela paterna, la resuelta archiduquesa Sophie. La madre, Elisabeth, permaneció casi por entero ajena a su crianza. Paulatinamente, el matrimonio de Elisabeth con Franz Joseph entró en una fase de colapso por parte de ella; un serio conflicto, cuyos orígenes no se conocen aunque se ha especulado a menudo con que ella descubrió alguna infidelidad por parte de él, derivó en una especie de ruptura. Elisabeth emprendió su primera fuga de la corte vienesa en julio de 1860: en esa ocasión, se llevó consigo a Gisela, de cuatro añitos, a Possenhofen, la residencia de los duques Max y Ludovika, padres de la emperatriz, a orillas del lago Starnberg. La familia de Elisabeth reaccionó con espanto ante las posibles repercusiones de aquel acto de la soberana: dos de los hermanos de ella, Carl Theodor y Mathilde, tuvieron que encargarse de escoltarlas en su viaje de retorno a Austria en el mes de agosto. Elisabeth y Gisela pronto se encontraron en Salzburgo con Franz Joseph. De puertas para fuera, las aguas habían vuelto a su cauce.

Pero no era así, por supuesto. La emperatriz llevaba años sometiéndose a un durísimo ritmo de vida. Había iniciado su costumbre de practicar curas de ayuno, trataba de vencer su excitación nerviosa con frenéticas galopadas o marchas campo a través, casi no dormía. En consecuencia, estaba pálida, demacrada, consumida. Aparte, no la abandonaba una tos persistente siempre que estaba en Viena. Elisabeth se las apañó para usar su deteriorada salud como la perfecta coartada para liberarse de la pesada y sofocante atmósfera de la corte de Viena. Logró que los médicos diagnosticasen una dolencia pulmonar, recomendando una temporada en un clima benévolo. En realidad, los doctores sugerían Merano, un resort situado dentro de las amplias fronteras del imperio austríaco. Pero Elisabeth se empecinó en que se iría a la isla de Madeira, un sitio que, en principio, era demasiado fresco y húmedo como para que se le considerase adecuado para enfermos pulmonares. Se salió con la suya, sin embargo: Franz Joseph la acompañó hasta Bamberg, en Baviera; desde allí ella prosiguió viaje con su séquito hasta Amberes, dónde subió a bordo del yate que prestaba para la ocasión la preocupada y solícita reina Victoria de Inglaterra. Elisabeth llegó a Madeira a finales de noviembre de 1860. Abandonó Madeira a finales de abril de 1861, es decir, al cabo de medio año, pero no para retornar directamente a Viena. Se hizo un tour: Cádiz, Sevilla, Gibraltar, Mallorca, Malta y Corfú. En total, aparece en Viena a mediados de mayo de 1861...pero sólo se queda cuatro días en la ciudad, cuatro días que pasa confinada en su alcoba, tendida en el lecho, de nuevo aquejada de aquella tos que no la había afectado fuera de la capital imperial; a los cuatro días parte hacia su país bávaro porque se niega a perderse la boda de su hermana Mathilde con Luigi de Trani.

En junio, Elisabeth se marcha de nuevo, ahora a Corfú. dónde se quedará hasta finales de octubre. Luego, se dirige a Venecia: allí se le reúnen, a principios de noviembre, los pequeños Rudolf y Gisela, acompañados por la camarista mayor, princesa Sophie Esterhàzy.

Sin ánimo de explayarme sobre Elisabeth, que para eso tiene su propio tema en el que se da cumplida cuenta de sus viajes, esto refleja perfectamente lo que era la relación de la madre con sus dos hijos. En el lapso de un año, de noviembre de 1860 a noviembre de 1861, Gisela y Rudolf apenas habían visto a su madre. Recuérdese que Elisabeth sólo había estado "en casa" cuatro días -cuatro...- en el mes de mayo, pero los había pasado encamada, así que apenas pudo ver a sus hijos unas horas. Cuando los niños llegan a Venecia de la mano de la princesa Esterhàzy, se encuentran a una extraña.


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NotaPublicado: 01 Nov 2008 09:47 
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En conjunto, esta imagen idílica, reproducida hasta la saciedad en las litografías de entonces...

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...representa más la excepción que la norma. Muestra a una Elisabeth ejerciendo felizmente su maternidad, con Rudolf en su regazo, la pequeña Gisela al lado y un cuadro representando a la difunta Sophie colgando en la pared. Las escenas de ese tipo no fueron desde luego lo común, sino lo raro. La propia Elisabeth reconocería con el tiempo que sólo había experimentado la maternidad de forma plena con la cuarta de sus retoños, Marie Valerie, nacida en Budapest el 22 de abril de 1868.


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NotaPublicado: 01 Nov 2008 10:16 
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Gisela y Rudolf tuvieron la suerte de crecer muy unidos. El vínculo afectivo entre hermana y hermano fue verdaderamente profundo. Gisela mostraba una actitud cariñosamente protectora hacia el pequeño, que la adoraba. Los asiduos a la corte encontraban que ambos eran niños buenos, dóciles y que no causaban quebraderos de cabeza. Eso es cierto, sin duda, en lo que atañe a Gisela, una criatura de naturaleza dulce y complaciente. En cuanto a Rudolf, cabría matizar que, curiosamente, fue el más parecido a la madre permanentemente ausente. De salud delicada, hipersensible y nervioso, daba la sensación a su padre emperador de que requería un tratamiento expeditivo para robustecerle tanto en el aspecto físico como en el plano psíquico. A otros niños así se les mandaba a las disciplinadísimas y exigentes escuelas para cadetes, para que adquiriesen desde pequeños una actitud marcial ante la vida. En el caso de Rudolf, que por algo era el thronfolger, el heredero imperial, se le escogió un preceptor de la vieja escuela: Gondrecourt.

Es fácil imaginar el terrible impacto que tuvo sobre Rudolf el hecho de verse sustraído a los seis años de edad a la tutela de su amorosa aya, la baronesa de Welden, y separado de su hermana Gisela, que tanto le protegía. Rudolf se encontró casi de un día para otro a cargo de Gondrecourt, quien recibió libertad casi absoluta por parte del emperador Franz Joseph para que hiciese del frágil chiquillo un soldadito en ciernes. Y lo hizo en el estilo de una escuela de cadetes, pero exagerando la nota ya que no tenía que encargarse de encauzar a un grupo de alumnos sino que se concentraba por entero en una única personita.

Desde una perspectiva moderna, lo que Rudolf sufrió a manos de Gondrecourt tiene el nombre de maltrato. Según relata la excelente biógrafa Hammann, Gondrecourt impuso un durísimo programa de ejercicio físico con la idea de que así superaría su frágil constitución y su tendencia a contraer enfermedades. Pero, no contento con exigir al niño en ese nivel, también se empeñó en desterrar del crío, que tenía una fantasía muy viva, la veta miedosa que formaba parte de su carácter. Rudolf tenía miedo sobre todo a la oscuridad y cualquier ruído inesperado le provocaba sobresaltos nerviosos. Gondrecourt tomó la decisión de enfrentarle de forma directa con situaciones límite, seguro de que así se sobrepondría definitivamente a aquellos signos de "debilidad mental". Evidentemente, consiguió justo lo contrario: el pequeño íba de commoción en conmoción, vivía en un permanente estado de pánico y somatizaba su angustia en forma de enfermedades. Era un círculo vicioso: como no evolucionaba favorablemente, se le ponía ante retos cada vez más duros, lo que le hacía empeorar de manera progresiva. Se sabe que Rudolf llegó a estar gravemente enfermo.

El tímido y asustadizo principito no se atrevía a manifestar su sufrimiento. Sin embargo, tuvo la suerte de cara. Según parece, su anterior aya, la baronesa de Welden, estaba horrorizada. Compartió su horror con uno de los más sensibles preceptores de palacio, Josef Latour. Latour asumió el riesgo de denunciar los métodos de Gondrecourt. No se atrevió a dirigirse directamente a Franz Joseph, pero, a cambio, buscó la ocasión de sostener una larga charla con Elisabeth.

Y por una vez en la vida, sin que sirviese de precedente, Elisabeth peleó como una leona por su hijito de seis años. Convencida de que era una crueldad y una locura pretender hacer un héroe de un niño de esa edad, saltó a la palestra exigiendo que se le entregase de inmediato la custodia absoluta del pequeño, de forma que ella, y sólo ella, pudiese escoger al círculo de tutores y preceptores de su hijo. Aquel fue un duro y enconado conflicto familiar, por supuesto. Gondrecourt, que estaba respaldado por la archiduquesa Sophie, que no veía nada anómalo en la "severa metodología educativa" del hombre, alegó, no sin razón, que él había actuado de acuerdo con la pauta marcada de común acuerdo con Franz Joseph. Elisabeth se mantuvo en sus trece, amenazando con un cese total de la convivencia marital y con organizar un gran escándalo público. En definitiva, Franz Joseph cedió ante la inaudita fortaleza de ánimo exhibida por Elisabeth en esas circunstancias. Rudolf se vió liberado de Gondrecourt, asumiendo el cargo vacante aquel afectuoso Latour que había tenido las agallas de ir a chivarse de lo que pasaba a Elisabeth contando con que incluso la indiferencia habitual de la soberana se trocaría en natural indignación en cuanto fuese informada en detalle de la pesadilla que se había cernido sobre el chico.

Rudolf jamás olvidó. Incluso a tan tierna edad, fue plenamente consciente de que su salvación había provenido de su madre. Elisabeth, que nunca era accesible para esos niños, que nunca estaba disponible para prodigarles atenciones y mimos, había tenido en cambio el detalle de sostener una virulenta batalla familiar, y cortesana, para rescatar a Rudolf de Gondrecourt. El resultado fue que Rudolf concibió verdadera devoción hacia aquella bellísima mujer que había aparecido en el momento crítico. La idealización de Elisabeth resultó un hecho enteramente natural en la vida del thronfolger.


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NotaPublicado: 01 Nov 2008 10:19 
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Pero, salvo ese notable episodio, Elisabeth mantuvo una actitud distante con respecto a Gisela y a Rudolf. Como veremos, Gisela logró encajar ese hecho con tranquila aquiescencia, en tanto que para Rudolf, a la larga, supondría un trauma difícil de vencer.

Por ahora...una bonita imagen infantil de esos niños que se querían hasta el infinito junto a su imperial padre:

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Última edición por Minnie el 01 Nov 2008 10:22, editado 1 vez en total

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NotaPublicado: 01 Nov 2008 10:20 
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Gisela y Rudolf:

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NotaPublicado: 01 Nov 2008 10:27 
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Gisela con Rudolf en distintos momentos de sus respectivas infancias:

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