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 Asunto: EUGENIA DE MONTIJO (DINASTÍA: BONAPARTE)
NotaPublicado: 19 Feb 2008 21:43 
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Tema que permitirá descubrir a una aristócrata española que llegó a ser emperatriz de Francia...

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Retratada por Winterhalter al estilo Marie Antoinette.

Eugenia de Montijo, nacida María Eugenia Ignacia Augustina Palafox de Guzmán Portocarrero y Kirkpatrick.


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NotaPublicado: 25 Feb 2008 21:36 
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LOS ORÍGENES

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Cipriano, el padre.

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María Manuela, la madre.

Un día de primeros de mayo del año 1826, en la embrujadora Granada sacudida por un intenso temblor de tierra esa jornada, nació una niña prematura que recibiría el nombre de Eugenia. El acontecimiento pasó desapercibido en una pequeña ciudad que acababa de sobreponerse al susto de un terremoto de cierta magnitud. Sólo causó sensación en la casa familiar, en el número doce de la calle de Gracia, barrio de la Magdalena.

Su padre, Cipriano de Palafox y Portocarrero, pertenecía a la aristocracia: por entonces ostentaba el título de conde de Teba, en su condición de hermano menor del conde Eugenio de Montijo, también marqués de Algava y duque de Peñaranda, tres veces Grande de España. En la juventud, mientras Eugenio se mostraba tradicionalista y profundamente conservador, Cipriano se había convertido en un caballero ilustrado y de fuertes tendencias liberales. El asunto tuvo miga a raíz de la intervención de Napoleón Bonaparte en España, que hizo salir hacia el exilio a la familia real borbónica encabezada por Carlos IV y su esposa María Luisa, abriendo camino a la posterior entronización de José Bonaparte. Mientras Eugenio de Montijo se batía el cobre a favor de sus monarcas, Cipriano se destacaba entre los afrancesados que servían de apoyo a aquel soberano de reciente cuño colocado en el trono por un emperador que se había hecho a sí mismo.

A tal punto llegaba la admiración de Cipriano por Napoleón, que cuando las cosas se le estropearon por completo a los franceses en territorio español, decidió marcharse al país vecino con los derrotados. Usando el nombre de coronel Portocarrero, Cipriano luchó hasta el final, con encomiable bravura, por Napoleón Bonaparte. La caída de éste, la forzada abdicación seguida de un fallido intento de suicidio y el exilio primero en Santa Helena, causaron una tremenda conmoción en Cipriano.

Para entonces, los Borbones habían recuperado la corona española que unos años atrás, en palabras de Napoleón, habían "tirado al arroyo de la Historia para que alguien más capaz y digno la recogiese". Fernando VII, en ese momento llamado El Deseado, mantenía una relación cordial con el conde Eugenio de Montijo, que abogó a favor de su hermano "descarriado" Cipriano. Fernando acabó aceptando que Cipriano volviese a España, pero se impusieron condiciones: el "descarriado" no podía establecerse en Madrid, tan plagada de camarillas de intrigantes, sino que debía formar casa en Málaga, dónde la policía le mantendría siempre vigilado.

Cipriano no se quejó: de hecho, él hubiera elegido Málaga si le hubiesen permitido elegir, porque en Málaga se encontraba, por una bendita casualidad, una belleza de diecinueve años que le había quitado el sentido.

Ella se llamaba María Manuela, María Manuela Kirkpatrick y Grévigné. El padre, William Kirkpatrick, había nacido en Escocia, de dónde se había visto forzado a exiliarse en plena juventud por haberse arriesgado a apoyar a los Estuardo desplazados del trono por la dinastía de Hannover. Instalado en Jerez de la Frontera, Kirkpatrick había demostrado un notable talento comercial en el ámbito vitícola, amasando en poco tiempo una considerable fortuna. Para seguir enriqueciéndose, se había asociado con un belga, Henri de Grevigné, casado con la española Antonia de Gallegos. La hija menor de Henri y Antonia, Marie Françoise, se convirtió en la mujer de William Kirkpatrick.

Con el tiempo, Kirkpatrick se había hecho una posición excelente. Sus cuatro hijas mayores habían realizado buenos matrimonios, gracias en parte a la enorme dote que las acompañaba; sólo le quedaba soltera la pequeña María Manuela, que había pasado varios años puliéndose en París en casa de una de las tías maternas, Catherine de Grévigné, esposa del conde Mathieu de Lesseps. Precisamente Cipriano había conocido a María Manuela en París, en el tiempo convulso en que él peleaba por Napoleón, y se había prendado lo suficiente para acabar cortejándola formalmente nada más arrivar a Málaga "por designio de Su Majestad".

La boda no resultó fácil. Cipriano era casi un proscrito y estaba sin un duro en el bolsillo, pero su hermano Eugenio insistía por carta en que no podía rebajarse a casarse con la rica heredera "de un mercader de vinos escocés". Kirkpatrick hubo de abatir su propio orgullo para solicitar que, desde Edimburgo, le mandasen documentos familiares que acreditaban su noble ascendencia; en cuanto a los Grévigné, figuraban entre las familias distinguidas de Lieja en Bélgica. Una vez se aportaron suficientes pruebas del buen pedigree de la muchacha, sólo entonces, Cipriano pudo casarse con María Manuela en diciembre de 1817.

El inicio de la historia no podía haber sido más romántico. Los dos estaban enamorados, se atraían mútuamente en un sentido físico y además compartían una visión del mundo muy "a la francesa". Los problemas surgieron de la mano de la renovada actividad política de Cipriano, después de que ambos, recien casados, hubiesen obtenido permiso para mudarse de Málaga a Granada. Fernando VII, en su afán por asegurarse un reinado absolutista, había abolido la Constitución de Cádiz, pero los liberales aprovechaban el momento adecuado para levantarse exigiendo la plena vigencia de aquella carta magna; el tan ansiado alzamiento se produjo a los tres años del casamiento de la pareja. Por supuesto, Cipriano estaba implicado en los conciábulos previos y en la eclosión, que fue sofocada de forma violentísima gracias a que Fernando VII invocó la Santa Alianza de las potencias europeas fraguada para atajar "esa clase de desmanes". De pronto, Cipriano se encontró detenido y sentenciado a exiliarse en la lejana Santiago de Compostela. María Manuela permaneció en Granada, tratando de arreglar el entuerto para que él pudiese volver lo antes posible a su domicilio conyugal.

En esa época, la amistad de María Manuela con un diplomático inglés, Georges Villiers, que con el tiempo heredaría el título de conde de Clarendon, hizo que se soltasen las malas lenguas. Incluso después de que Cipriano hubiese retornado, siguieron flotando en el aire granadino los rumores que vinculaban a su mujer con el británico. El embarazo de María Manuela dió nuevo impulso a las perniciosas comidillas: ¿a quién había que atribuírle la paternidad biológica del bebé que ella llevaba en su seno? No ayudó nada que Cipriano se metiese otra vez en líos: estaba en prisión cuando nació una niña, a la que se bautizó María Francisca de Sales y a la que siempre se llamó Paca.

Al cabo de un año, llegaría Eugenia al mundo, con su pelo rubio rojizo, sus ojos claros y su tez marfileña. La gente volvería a preguntarse si esa chiquilla había podido ser engendrada por el moreno Cipriano de Palafox, sin tomar en cuenta la mezcla genética de María Manuela...


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NotaPublicado: 25 Feb 2008 22:56 
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Cuando Paca había cumplido cinco años y Eugenia rondaba en los cuatro, sus padres pudieron trasladarse, finalmente, a Madrid. Para entonces, el rey Fernando VII, a quien ya no le cuadraba el sobrenombre "El Deseado" y al que los liberales preferían denominar "El Felón", empezaba a dar pruebas de un progresivo e implacable deterioro en la salud. Ese año, después de haber logrado sólo dos hijas con su cuarta esposa, María Cristina de Nápoles, Fernando VII se decidiría a promulgar la Pragmática Sanción: así se anulaba la ley sálica vigente, de forma que, para cuando muriese, le heredase la mayor de las niñas, Isabel, quedando en calidad de heredera al trono la menor, Luísa Fernanda. El asunto, desde luego, no le hizo ninguna gracia al hermano de Fernando que hasta el momento había contado con sucederle en un futuro a corto o medio plazo: el infante Carlos. Los sectores más conservadores y tradicionalistas fueron aglutinándose en torno al infante Carlos, de manera que los soberanos tuvieron que buscarse ciertos apoyos en el partido liberal. Así se fue aflojando la presión sobre los antaño "proscritos".

El tío conde de Montijo, Eugenio, poseía un enorme palacio en la capital, el llamado Palacio de Ariza. Pero los condes de Teba, Cipriano y María Manuela, tuvieron que alquilar una residencia apropiada en la calle del Sordo. Cipriano dependía de las rentas de propiedades que se le habían cedido por ser el segundón, evidentemente las fincas menos amplias y prósperas; por tanto, seguía sin dinero, algo a lo que no se acostumbraba su esposa, que se empeñaba en gastar más de la cuenta, quizá porque ella. hija de un acaudalado hombre de negocios, manejaba sus finanzas contando con que de vez en cuando le llegaban remesas de la familia. La mayor inclinación de María Manuela por recrear en su casa los famosos salones parisinos en la castiza versión de las "tertulias" y de asistir a cualquier sarao no satisfacían a Cipriano.

Fue una suerte que María Manuela heredase, de un pariente por vía materna, una amplia casona con parque incluído en Carabanchel, por esa época un pueblo en los aledaños de Madrid. Claro que la suerte duró poco: aunque se habían ahorrado los gastos derivados de alquilar una vivienda apropiada a su rango, la condesa se dedicó a invertir fuertes sumas en acondicionar su nuevo hogar. Las peleas domésticas arreciaban, lo que hacía que él incrementase sus viajes a Andalucía y alguna que otra escapada sentimental a Francia.

A esas alturas, como ocurre en numerosas familias, los padres se habían "dividido" a las hijas siguiendo la ley de las afinidades. Cipriano mantenía una relación de especial complicidad con la benjamina, Eugenia, que, sencillamente, le adoraba, mientras que María Manuela cifraba sus ilusiones y aspiraciones en Paca. En la mente de la madre estaba la idea de que ambas deberían educarse y pulirse en uno de los prestigiosos conventos parisinos: lo que no esperaba, desde luego, era que la situación política se encarnizase para propiciar el ineludible viaje a la capital francesa.

En 1833, murió Fernando VII. Obviamente, surgió una monumental trifulca. Su hija Isabel, una criaturita, pasaba a ser la reina, bajo la regencia de la viuda María Cristina. El infante don Carlos, lejos de convertirse en un adalid de su sobrina, se convirtió en el vórtice en torno al cual giraba el movimiento carlista. Hubo una fase crítica, a medida que el país se acercaba a la guerra civil; cuando estalló la contienda, todo empeoró en cuestión de meses.

Hacia el verano de 1834, Madrid estaba en una penosa situación. Había una epidemia de cólera y, para remate de males, se aseguraba que los jesuítas estaban envenenando las fuentes porque trabajaban a favor de don Carlos, quien, según se decía, avanzaba hacia la capital desde el norte al frente de un ejército. La tensión contenida estalló en una escalada de violencia hacia iglesias y conventos, con un balance desolador de actos de pillaje, destrucción de recintos sagrados, abusos y muerte. En ese momento crucial, Cipriano habló claramente con María Manuela: dado que el futuro se presentaba tan incierto y potencialmente dramático, ella debía marcharse a París con las niñas.


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NotaPublicado: 25 Feb 2008 23:16 
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María Manuela, Paca y Eugenia abandonaron Madrid el 18 de julio de 1834, tomando camino a Barcelona. Su escolta para la ocasión no podía ser más pintoresca: el entonces famoso picador Sevilla con los miembros de su cuadrilla, que se dirigían a la Ciudad Condal para participar en un evento taurino. Mientras avanzaban hacia la frontera francesa a través del territorio catalán, la condesa se percató de que ese mismo camino lo tomaban cientos de personas que trataban de escapar de un país en guerra, con epidemias y hambruna.

No lo sabían, pero el mismo día en que habían salido de la capital del reino, había muerto el tío Eugenio. Carecía de hijos que le heredasen: sus diversos títulos y su patrimonio pertenecían ya a Cipriano. Ajenas a ese hecho crucial, la condesa y las niñas tardaron casi nueve meses en alcanzar París. Allí les aguardaban, con el alma en vilo por lo mucho que se había ralentizado el viaje de las exiliadas y con la noticia de ascenso social, los familiares de María Manuela, los Lesseps.

Los siguientes años de Paca y Eugenia fueron plenamente parisinos. María Manuela alquiló un espacioso apartamento en los Campos Elíseos, mientras hacía uso de sus conexiones para lograr que a las niñas las admitiese uno de los pensionados más renombrados del momento: el Sacre Coeur, dirigido con firme determinación por Sophie Barat. Sólo cuando, al cabo de una larga temporada, un brote de escarlatina obligó a suspender las clases en el Sacre Coeur, se decidió que Paca y Eugenia completarían su formación en el Gimnase, un centro dirigido por un veterano de la Grande Armée napoleónica amigo de Cipriano de Montijo. Allí se quedaron hasta bien entrado el año 1837.

1837 resultó un año agitado en Francia. El rey Louis-Philippe, con su consorte Marie Amelie, llevaban siete años en el trono; en ese período había habido varios complots e intentos de asesinato, el más famoso uno que se había producido en 1835. Se rumoreaba constantemente que estaba en fase germinal una nueva revolución...y esa idea causaba escalofríos porque nadie había olvidado experiencias históricas cercanas en el tiempo. Cipriano, que no había visitado a su familia hasta 1837, permaneciendo ausente en las navidades de 1835 y 1836 porque le retenían en España sus nuevas ocupaciones como senador por la provincia de Badajoz, se presentó entonces. Para Paca y Eugenia, especialmente para la menor, su presencia supuso un acontecimiento de gran magnitud. En esa ocasión, María Manuela expuso a Cipriano claramente lo revuelta que estaba la situación en suelo francés y su idea de llevarse a las niñas por unos meses al menos a suelo inglés. Después de la vuelta a España de Cipriano, María Manuela cruzó con las muchachas el Canal de la Mancha para dejarlas a buen recaudo en un internado bastante selecto, Clifton, ubicado en las inmediaciones de Bristol.


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NotaPublicado: 25 Feb 2008 23:29 
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Ese episodio inglés tuvo una duración limitada: las niñas no se adaptaban a la atmósfera estricta y sombría de su nuevo pensionado. Echaban de menos el clima más abierto y expansivo en el Gimnase. Eugenia añoraba, asimismo, a Cécile Deléssert, su mejor amiga de infancia. Si Paca podía superar sus tristezas y amoldarse, Eugenia ni podía ni quería: sus conatos de rebeldía, incluído un intento de fuga, originaron que se amenazase con sancionarla. Ante esa situación, bastante ingrata, María Manuela hizo retornar a las dos hermanas a París.

De nuevo París. La condesa María Manuela tenía un ama de llaves británica muy severa, Miss Flowers, pero las niñas aprendían a sobrellevarlo porque, a cambio, gozaban de los mimos de los amigos escritores de su madre, principalmente Prospero Merimée y Henry Beyle Stendhal. Las "tertulias" auspiciadas en torno a María Manuela llenaban de fantasía la vida de las chicas, que, además, se reencontraban con su círculo de infancia (en el caso de Eugenia, destacaban Cécile Deléssert y el hermano de Cécile, Édouard Deléssert, pero también los Lesseps, parientes a través de la mamá). La única sombra, para Eugenia, residía en que ni volvían a España ni Cipriano visitaba Francia. El puesto de senador por Badajoz debía ser, en opinión de la chiquilla, el más absorvente de cuántos se ocupaban en España, a juzgar por la falta absoluta de disponibilidad del progenitor, que tampoco se presentó en las navidades de 1837 ni de 1838.

Luego, el círculo se cerró: a principios de febrero de 1839, María Manuela se enteró, por una carta, de que Cipriano estaba enfermo. La condesa se apresuró a tomar una diligencia para cubrir el trayecto de París a Madrid. Un mes más tarde, sus hijas, con Miss Flowers, subían a otra diligencia que realizaba el mismo trayecto. Curiosamente, el mismo día en que Paca y Eugenia salieron de París, en Madrid fallecía Cipriano. Cuando las chicas llegaron al palacio de Ariza, su padre estaba enterrado, su madre vestía de luto.


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NotaPublicado: 25 Feb 2008 23:53 
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LA JOVEN EUGENIA

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Eugenia, joven.

El fallecimiento del padre conmocionó a Eugenia, su favorita. El mundo parecía haberse quedado sin el eje sobre el cual giraba: ahora Paca, de catorce años, era la condesa de Montijo, en tanto que Eugenia, de trece, se convertía en la condesa de Teba (no deja de resultar irónico que a Eugenia de Montijo se la llame Eugenia de Montijo, ya que habría que denominarla, para ajustarse a la realidad, Eugenia de Teba).

En el palacio de Ariza se guardó un largo período de luto, por supuesto, como marcaba la tradición. María Manuela se envolvió en sus velos, las muchachas no podían librarse del color negro. Pero hacia 1842, Paca y Eugenia ya lucían en sociedad. Las recepciones en el palacio Ariza de Madrid se mezclaban con fiestas más informales en la quinta de Carabanchel, en las que podía observarse la belleza y el refinamiento de las chicas. Cuando asistían a espectáculos taurinos o cuando cada atardecer madrileño se paseaban en su calesa por el Prado, los pretendientes surgían para bailarles el agua.

Todo indica que Eugenia se enamoró, a los dieciséis años, de Jacobo Luis Francisco Pablo Rafael Fitz-James Stuart, octavo duque de Berwick y también decimocuarto duque de Alba, entonces un mozo de veinte años, apuesto aunque quizá un poco más bajo de lo que hubiera sido deseable. Jacobo, llamado asimismo James en su círculo, constituía uno de los partidos más destacados de España, por su ascendencia regia, sus múltiples títulos y sus magníficas propiedades entre las que destacaba el madrileño Palacio de Liria. Eugenia estaba sinceramente entusiasmada ante la posibilidad de casarse con James, pero éste prefería, de lejos, a Paca, de una belleza más clásica y naturaleza serena. La boda de James y Paca se celebró, con considerable ringorango, en Madrid el 16 de febrero de 1844.

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Joven Eugenia.

Eugenia asistió a la ceremonia con aire melancólico. Había anunciado en casa que pretendía retirarse del mundo, tomar los velos en un convento. A María Manuela esa reacción exageradamente emotiva de su hija menor ante un "pequeño chasco amoroso" la sacaba de quicio. Sin embargo, conteniéndose, propuso a Eugenia un trato: las dos irían al balneario de Eaux-Bonnes, en la zona pirenaica francesa, frecuentada por gente muy selecta, tras lo cual harían una gira de visitas por los châteaux de una serie de aristócratas amigos de la condesa viuda. Entre los anfitriones ocasionales, figuró el marqués de Dampierre en su château de Plassac: las numerosas cacerías a caballo, las veladas musicales, los bailes, se sucedían en una especie de brillante carrusel. En esa atmósfera alegre, vibrante, a Eugenia se le curó el corazón. No volvió a decir que quería hacerse monja, para gran alivio de María Manuela, que, una vez bien casada Paca, se centraba en lograr un partido interesante para Eugenia.


Última edición por Minnie el 29 Mar 2008 08:44, editado 1 vez en total

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NotaPublicado: 26 Feb 2008 00:06 
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Joven Eugenia: un retrato singulamente melancólico.

Por desgracia, el segundo amor de Eugenia resultó una catástrofe emocional peor que el primero. Al fín y al cabo, James no había jugado con sus sentimientos ni con sus emociones: la había tratado con afectuosa simpatía, sin tratar de ilusionarla a través de un cortejo, porque él, a lo que aspiraba, era, desde el principio, a conseguir la mano de Paca. José de Alcañices, Pepe, futuro duque de Sesto, no tuvo ni una pizca de la digna caballerosidad que había mostrado James.

Eugenia se encontraba en una etapa especialmente excitante de su vida. La reina Isabel había dejado de ser la reina niña: en edad núbil ya, se había decidido casarla con su primo Francisco de Asís el mismo día en que la infanta Luísa Fernanda matrimoniaba con Antonio de Orleans, duque de Montpensier. Eugenia participó del evento entre las damas de honor de la soberana, disfrutando del ceremonial y de la sucesión de fiestas preparadas para la ocasión. Enmedio de aquel ambiente romántico, surgía siempre, alrededor de ella, Pepe de Alcañices.

Mientras Eugenia creía a pies juntillas que Pepe le bailaba el agua porque la amaba, Pepe se reía a sus espaldas de las ilusiones suscitadas en la pequeña condesa de Teba. Lo que él buscaba, a través de su supuesto arrobamiento hacia Eugenia, era una vía permanente de acceso al Palacio de Liria, en el que residía Paca desde su boda con James. Pepe estaba interesado en obtener cuartelillo cerca de Paca, a la que esperaba seducir. Una casada resultaba más apetecible que la hermana menor soltera, para ese petimetre conquistador. Eugenia se enteró de lo que ocurría cuando Paca, entre lágrimas, le reveló que Pepe la estaba sometiendo a un "acoso y derribo". Para entonces, eso le hizo añicos el corazón, pero, además, la dejó con la terrible sensación de haberse puesto en evidencia por culpa de aquel "tarambana incorregible".

De nuevo Eugenia quiso hacerse monja. Y de nuevo María Manuela acudió al rescate. En un alarde de señorío, presentó su dimisión del preciado cargo de Camarera Mayor de la reina Isabel II porque, dijo, su hija Eugenia la necesitaba. Mientras Eugenia no se curase de la vergüenza y el bochorno que le había hecho pasar Pepe, María Manuela decidió llevársela a París.


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NotaPublicado: 26 Feb 2008 00:46 
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Y así empezó todo.

En marzo de 1849, María Manuela y Eugenia se encontraban cómodamente establecidas en un apartamento de la plaza Vendôme, número 12. Las dos se sentían calurosamente acogidas por los Lesseps, los Delessert y Prospero Merimée: por desgracia, Stendahl había fallecido unos años antes. Enseguida frecuentarían la mejor sociedad de la época, y aunque Eugenia se sentía todavía afligida por el recuerdo de Pepe Alcañices, le reconfortaba participar en el creciente esplendor de unos círculos plagados de bonapartistas.

El bonapartismo constituía algo especial para Eugenia. En cierto modo, lo había recibido como una suerte de legado espiritual de su padre, que, en los años compartidos, no había dejado nunca de guardar tributo emocionado a Napoleón I. En realidad, si se piensa en ello, el bonapartismo de la joven condesa española supone un commovedor homenaje a su difunto progenitor. Un día, le había aseguraba Cipriano con ansia, alguien de la estirpe de Napoleón I podría restaurar el imperio. Evidentemente, no íba a tratarse del único hijo de Napoleón I con su archiduquesa austríaca María Louisa, ya que el apuesto joven que había sido proclamado en la cuna Rey de Roma había muerto como duque de Reichstadt en la corte vienesa en julio de 1832.

Ahora, en 1849, la solución parecía obvia: había un Bonaparte en el Elíseo, en calidad de presidente de la República de Francia.

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Louis Napoleon, en su etapa de Presidente de la República.


Charles Louis-Napoléon Bonaparte había ganado la presidencia en diciembre de 1848, apenas unos meses antes de la llegada de Eugenia a París. Los bonapartistas de pro consideraban que de ahí a la refundación del imperio mediaba sólo el tiempo justo para que el conjunto de la población se hiciese a la idea. Eugenia coincidía con ese punto de vista, por supuesto, ya que a su padre le hubiese llenado de gozo presenciar semejante desarrollo de los acontecimientos.


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NotaPublicado: 26 Feb 2008 20:45 
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¿Quién era Louis Napoleon?

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Hortense de Beauharnais con sus hijos: el pequeño que envuelve en sus brazos sería Charles Louis-Napoleón.

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Charles Louis-Napoleón, un chiquillo, con su padre Louis Bonaparte, efímero rey de Holanda.

Había nacido como tercer y último hijo de una pareja mal avenida. Louis Bonaparte, uno de los hermanos de Napoleón I, había tenido que casarse con la pizpireta Hortense de Beauharnais, nacida del primer matrimonio de Josephine -entonces esposa de Napoleón- con el vizconde Alexandre de Beauharnais. Desde el principio, Louis amargó la vida de Hortense con constantes dudas acerca de la castidad y fidelidad de ella; al menos en la etapa inicial de matrimonio, esas constantes sospechas, que propiciaban estallidos de celos, no tenían ninguna razón de ser. Sin embargo, poco a poco, quizá Hortense se cansó de que la acusasen de "mujer ligera de cascos propensa al adulterio" simplemente porque sí. Para cuando ambos se encontraron convertidos en reyes de Holanda por designio del emperador francés, la relación ya se encontraba tan deteriorada que Hortense empezó a buscar su felicidad personal por otros rumbos que no fuesen los de un casamiento concertado difícil de sobrellevar. Hubo siempre rumores acerca de la paternidad biológica del pequeño de los tres niños que les nacieron, Charles Louis-Napoleón. La actitud de Louis hacia Charles Louis-Napoleón sirvió para reforzar y acrecentar la impresión general de que podía no tratarse de un "auténtico Bonaparte".

La caída de los Bonaparte afectó considerablemente al niño. El padre, Louis, tiró hacia Alemania en busca de una nueva vida, en tanto que la madre, Hortense, se guarnecía en Francia con los críos (para entonces también había tenido un cuarto hijo de cuya crianza no pudo ocuparse: Charles, engendrado por el caballero Charles de Flahault, su gran amor). Por suerte, la abuela materna, la ex emperatriz Josephine, logró hacerse con buenos amigos entre los soberanos coaligados que habían derrotado a Napoleón: el zar Alexander I de Rusia le ofreció su protección, a lo que ella respondió pidiéndole que extendiese ese manto protector hacia sus hijos, Eugène de Beauharnais y Hortense de Beauharnais. Eugène, que estaba ya casado con una princesa bávara, Amalie Auguste, se encontró, gracias al respaldo de su suegro Maximilian I Josef y de Alexander de Rusia, bien establecido en calidad de duque de Leuchtenberg. Hortense recibiría el título de duquesa de Saint-Leu, junto con rentas que le permitirían adquirir el recoleto castillo de Arenenberg, en el cantón suizo de Thurgau.

Nuestro Louis-Napoleón creció en Arenenberg, educándose en la cercana ciudad de Constanza. Su madre ejerció una influencia dominante, haciéndole mantener en el tiempo un auténtico culto a la memoria de Napoleón I, el padrastro-cuñado de ella. Había una veta de ambición dinástica: el único hijo varón de Napoleón, fruto de su segunda unión con Maria Louisa de Austria, se hallaba confinado en la corte vienesa, de dónde no le permitían salir bajo ningún concepto, y, aparte, adolecía de una pésima salud. Dado que los dos hijos mayores de Hortense habían fallecido, uno en la niñez, otro algo más tarde en la época de declive, Louis-Napoleón se consideraba, a ojos de los bonapartistas, el repuesto sucesorio por si fallaba Napoleón II, el infeliz duque de Reichstadt que languidecía en el Hofburg de Viena.

Las aspiraciones de Louis-Napoleón se manifestaron plenamente tras la muerte prematura de su primo Napoleón II/Reichstadt. Cuatro años después, se encontraba en el vórtice de una conjura bonapartista que tenía por objetivo suscitar un levantamiento popular, con inicio en la ciudad de Strasbourg, para elevarle al trono imperial que no existía ya: de hecho, había una monarquía borbónica, en la persona del rey Louis-Philippe. El alzamiento bonapartista en Strasbourg fracasó, de modo que el chico y sus principales colaboradores se encontraron detenidos. Desde Arenenberg, Hortense dirigió una carta a Louis-Philippe pidiéndole que tuviese merced de un simple muchacho, cegado por la osadía temeraria de la juventud; al final, el tema se saldó embarcando a Louis-Napoleón en un barco, el "Andrómeda", que le llevó a los Estados Unidos de América. Pero los Estados Unidos no le interesaban gran cosa: enseguida se las apañó para volver a Thurgau en Suiza. Allí mantuvo una actividad política significativa, que hizo que el gobierno francés solicitase al cantón helvético su "expulsión"; antes de que se avanzase por ese camino, Louis-Napoleón se largó a Inglaterra. En Inglaterra permanecería años, aguardando el momento preciso para hacer una gran entrada en la vida nacional francesa. El momento surgió tras la Revolución de 1848: Louis-Philippe hubo de abandonar el país precipitadamente con su esposa Marie Amelie, se proclamó la II República, hubo elecciones...y Louis-Napoleón, tras desarrollar una gran campaña financiada en gran medida por su amante de entonces, Harriet Howard, se encontró elegido Presidente en el mes de diciembre.


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NotaPublicado: 02 Mar 2008 11:05 
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Antes de recibir una invitación para acudir a una recepción en el Palacio del Elíseo francés, María Manuela y su hija Eugenia ya habían frecuentado los salones de una prima del flamante presidente que ocupaba una posición muy destacada en la sociedad de la época: Mathilde Bonaparte.

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Mathilde Bonaparte.

Mathilde había sido el resultado de uno de aquellos ambiciosos matrimonios que había planificado cuidadosamente Napoleón para distintos miembros de su familia o personajes distinguidos de su círculo. Jerome, el hermano pequeño de Napoleón, había dado "un verdadero traspié" al casarse en 1803 con una guapa norteamericana llamada Elizabeth Patterson. Elizabeth pertenecía a una de las familias más distinguidas de Baltimore: era una bella señorita perfectamente educada, heredera de una notable fortuna acumulada por su padre comerciante. Pese a sus cualidades, a Napoleón, que ya se daba muchos humos en ese sentido, le pareció un partido absolutamente inadecuado para un hermano al que tenía en mente conceder un reino germánico.

Aunque Jerome tuvo las agallas de llevar consigo a Elizabeth a Europa, pero, cómo no se les permitía pisar Francia, se dirigieron a Inglaterra, dónde se establecieron y dónde "Betsy" quedó embarazada. La brutal presión ejercida por Napoleón derivó, sin embargo, en una anulación de la boda que tanto le había contrariado. La humillada y ofendida "Betsy" hubo de regresar a América con su bebé, también llamado Jerome, en tanto que Jerome se sometía de nuevo a los designios de Napoleón. En poco tiempo, Jerome se encontró convertido en "Rey de Westphalia" (un amplio territorio germánico que su hermano había arrebatado por la fuerza a los prusianos) y comprometido con una verdadera princesa: Catherine de Württemberg.

En contra de lo que pudiera esperarse vistos los antecedentes, la unión de Jerome y Catherine resultó muy sólida. Ella era una dama de la cabeza a los pies, convencida de la indisolubilidad del matrimonio y decidida a crear una familia bien avenida. En la época nefasta para los Bonaparte, cuando Napoleón cayó desde las alturas hasta la forzosa abdicación, un fallido intento de suicidio y el exilio, el padre de Catherine, el rey Frederick I de Württemberg, maniobró rápidamente para forzar un divorcio de aquella pareja que había tenido que concertar a fín de no verse en un aprieto. Catherine se negó a permitir que su padre le hiciese trizas la vida que se había creado. Aunque Jerome no siempre se comportase bien con ella, y de hecho le fuese infiel a menudo, Catherine emprendió una fuga para evitar que se apoderase de su persona gente de confianza de su padre, manifestó su intención de quedarse al lado de su marido y se dedicó a criar con esmero a sus dos hijos, Mathilde y Napoleón Joseph.

Dado que los Bonaparte necesitaban reforzar su unión en esos tiempos amargos, en su juventud Mathilde estuvo comprometida con su primo Charles Louis-Napoleón, el hijo de "tante Hortense". Los dos jóvenes se conocían bien, dado que él vivía con su madre Hortense en Arenenberg, en Thurgau, y Mathilde con la suya en Lausanne, a orillas del Lago Leman. Pero el compromiso resultó efímero y se rompió. Dado el hecho de que su madre Catherine de Württemberg era prima del zar ruso Nicholas I, la corte imperial facilitó el matrimonio de Mathilde con un riquísimo aristócrata ruso: Anatole Demidoff, príncipe de San Donato.

No hubo ni un ápice de dicha para Mathilde en su nueva condición de princesa Demidova de San Donato. Su marido, que se empecionó en conservar a su lado a su amante Valentine de Saint Aldegonde, parece haber sido un tipo rudo y en ocasiones brutal: se habló de abusos psicológicos e incluso físicos hacia la joven esposa. Mathilde, de carácter fuerte, no pensaba soportar con mansa resignación aquel estado de cosas: hacia 1844 decidió abandonar la Villa Demidoff de Florencia para trasladarse a París con su amante, el holandés Emilien conde de Nieuwerkerke; para rematar, esa esposa decidida a no reconciliarse jamás con su esposo se llevó consigo todas sus joyas, de un enorme valor. El proceso de separación de Anatole y Mathilde resultó escandaloso, con una agria disputa acerca de la propiedad de las alhajas incluída entre otras muchas discusiones a cara de perro. En esas circunstancias, a Mathilde le vino de perlas el apoyo que recibió de sus amigos protegidos escritores, que popularizaron su imagen como víctima inocente de un marido que no poseía ni un ápice de caballerosidad, de sus parientes paternos y de sus parientes maternos, incluídos los imperiales Romanov. Al final, Anatole no sólo tuvo que despedirse de sus joyas sino que hubo de abonar una formidable renta anual a Mathilde, felizmente establecida en Breteuil con el conde Nieuwerkerke.

El salón de Mathilde se transformó en el principal salón en cuanto su primo y ex prometido Louis-Napoleón accedió a la presidencia francesa. Años más tarde, en el Segundo Imperio, ella seguiría representando un papel fundamental desde su gran residencia parisina, ubicada en la rue Courcelles, y desde sus castillos de recreo, Catinat y Luçay, que se elevaban en las inmediaciones de Enghien.


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NotaPublicado: 03 Mar 2008 22:29 
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El primer encuentro de Louis-Napoleón y Eugenia en el Palacio del Elíseo no revistió, en apariencia, mayor significación que la propia de un encuentro cordial entre un presidente populista y una dama de buen linaje que poseía un sólido background bonapartista debido a aquel padre difunto. Al cabo de unas semanas, no obstante, María Manuela y Eugenia recibieron una invitación a cenar en el palacio de Saint-Cloud, el mismo lugar en el que décadas atrás Napoleón Bonaparte y su Josephine habían recibido a una legación de senadores que acudían a ofrecerle la corona imperial al hasta entonces primer cónsul vitalicio. Según parece, concluído el banquete, Louis-Napoleón invitó a "dar un paseo por los jardines" a Eugenia: si intentó algún avance, lo cual cuadra con su trayectoria de mujeriego irremisible, se vió amablemente disuadido de seguir por ese camino. No obstante, al cabo de unos días, se presentaba en París la duquesa de Alba, Paca, que, aprovechando la estancia en la capital francesa de su madre y hermana, combinaba una visita a ambas con una serie de compras en los más selectos talleres de costura. Fue Paca quien convenció a su madre María Manuela de que convenía alejar a Eugenia de Louis-Napoleón antes de que la gente empezase a rumorear que al presidente le servían en bandeja de plata una aristócrata andaluza. Las dos mujeres, María Manuela y Eugenia, persuadidas por la locuacidad de Paca, tomaron camino a una serie de balnearios de moda: Spa primero, Schwalbach después, ambos en territorio germánico. De allí se dirigieron a Bélgica, a visitar a la familia materna de María Manuela en Lieja, y retornaron a Madrid para continuar viaje a Sevilla.

En primavera de 1851, María Manuela y Eugenia volvieron a la plaza Vendôme de París: se trató de una corta visita, para adquirir ropa y complementos antes de viajar a Londres. Las dos pudieron asistir incluso a un "fancy ball", un baile de disfraces organizado por y para la reina Victoria. Se volvió a París, pero enseguida pusieron rumbo a Madrid: Paca, tras años rogando por ser madre, acababa de dar a luz un bebé sano de sexo masculino. Eugenia estuvo enferma por esa época, aquejada de una seria melancolía, de forma que la llevaron a Eaux-Bonnes, una de las estaciones termales francesas. Sólo a mediados de 1852 se instalaron otra vez en su apartamento parisino madre e hija.


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NotaPublicado: 03 Mar 2008 22:56 
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Louis-Napoleón se proclamó emperador Napoleón III a principios de diciembre de 1852. Era el desenlace "natural" tan deseado por los bonapartistas: de nuevo el emblema de los abejorros volvería a adornar los baldaquinos, los tapices, las cortinas, las alfombras, de los palacios franceses, que verían surgir una nueva esplendorosa etapa. Había un ambiente jubiloso, de regocijo en las calles, de festejos en los parques, de grandes bailes en las principales mansiones. Para María Manuela y para Eugenia resultaba sencillamente excitante estar allí, en el epicentro de aquellos acontecimientos históricos.

En un primer momento, Napoleón III fue muy consciente de su deber en cuanto a buscarse una novia apropiada para compartir su trono imperial. El primer Napoleón había llevado consigo a la encantadora creole Josephine, para luego tener que divorciarse por falta de progenie y entrar en el juego de las alianzas: después de haber fracasado en el intento de obtener la mano de una gran duquesa rusa, había conseguido una archiduquesa austríaca. A Napoleón III ya no le valía su amante inglesa Harriet Howard, por supuesto (lo cual dicho sea de paso representaba un motivo de satisfacción para la princesa Mathilde de quien hemos hablado, pues ella detestaba a Harriet). En los meses siguientes, Napoleón III tanteó el terreno con, al menos, un par de princesas: Carola Vasa, hija del último rey de la dinastía Vasa, que había sido enviado al exilio, representó la primera opción; después se buscó un arreglo con Adelheid de Hohenlohe-Langeburg, hija de un "simple" duque Ernst Christian Carl IV de Hohenlohe-Langeburg y su esposa Feodora de Leiningen, hermanastra mayor de la reina Victoria de Inglaterra. Ni Carola ni Adelheid estaban por la labor de encontrarse unidas a "otro advenedizo Bonaparte".

Para cuando se sumaron las calabazas de Adelheid a las que había proporcionado Carola, Napoleón llevaba tiempo tratando de conquistar a la condesa Eugenia. Se encontraban en distintos saraos, a menudo en los ágapes y bailes que organizaba Mathilde Bonaparte. A la rubia andaluza se la comían con los ojos caballeros bastante distinguidos, lo que no le pasó inadvertido a Napoleón, que decidió tratar de llevarse aquella gata al agua. Pero la gata resultó tener unas uñitas afiladas y aparte se revolvía panza arriba contra sus deshonestas intenciones: no pensaba contentarse con la condición de amante efímera.

Imagen
Eugenia, espléndida amazona.


A esas alturas, Eugenia, que sabía que habían existido numerosas amantes transitorias, desde una Eléonore Vergeot a una Harriet Howard pasando por una Louise de Mercy-Argenteau, no pensaba añadir su propio nombre a la lista de "favoritas más o menos reconocidas" del emperador. Cuando él, ya completamente desesperado por poseerla, preguntó cuál era el camino que había que tomar para llegar a su "boudoir", ella tuvo reflejos suficientes para contestar con una medio sonrisa en los labios: "El que pasa a través de la iglesia, Sire".


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