Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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 Asunto: Re: Don Álvaro de Luna, Condestable de Castilla
NotaPublicado: 11 Sep 2016 21:12 
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 Asunto: Re: Don Álvaro de Luna, Condestable de Castilla
NotaPublicado: 11 Sep 2016 21:12 
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Los infantes de Aragón.Genealogías de los reyes de EspañA


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 Asunto: Re: Don Álvaro de Luna, Condestable de Castilla
NotaPublicado: 11 Sep 2016 22:14 
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Felicito sinceramente a Godoy por su excelente trabajo, desconocia muchos detalles sobre Alvaro de Luna y tal y como lo he comentado con Iselen, leer este tipo de temas es un placer y un sincero gozo para todos los que amamos la historia :yay:

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 Asunto: Re: Don Álvaro de Luna, Condestable de Castilla
NotaPublicado: 12 Sep 2016 22:21 
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Muchas gracias, chicos. Magna obra en la que estoy... Pero creo que merece la pena. Me está gustando mucho este personaje y su época. Y es que no lo puedo evitar, pero los paralelismos del condestable con el príncipe de la Paz son tremendos, ¿no os parece? Quizá me gane por ahí, jajaja.

Y lo de la familia de los infantes de Aragón es tremendo. Buena culpa la tiene el patriarca: don Fernando el de Antequera. Pero que entre su prole tenga a Alfonso el Magnánimo, Enrique de Alburquerque y Juan II de Aragón y Navarra es mucha tela. Y porque los infantes Pedro y Sancho murieron prematuramente, sobre todo el segundo. Más en segundo plano quedan las hijas María y Leonor, reinas en Castilla y Portugal, y algo menos la madre, la ricahembra doña Leonor y su riquísima herencia. Quizá les sobró ambición...

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 Asunto: Re: Don Álvaro de Luna, Condestable de Castilla
NotaPublicado: 13 Sep 2016 18:39 
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Pasáronse las fiestas navideñas en Talavera el rey con su corte con todo lo sucedido en la mente de los presentes. Habíase logrado la libertad del rey don Juan pero quedaba mucho para alcanzar la concordia en la división de bandos que encabezaban los infantes de Aragón. Don Enrique, asentado en Ocaña en perfecta comunión con la infanta su mujer, se negaba una y otra vez a las exigencias reales de derramar a sus hombres en tanto en cuanto su hermano no hiciera lo mismo, dañando con ello el orgullo de un joven rey con tamaña desobediencia. El infante don Juan, por su parte, imponía una serie de condiciones expresadas por su embajador el adelantado Sandoval, véanse: que el rey mandase ponerse en buena guarda para evitar otro episodio lamentable como el de Tordesillas; que escogiese personas sin sospechas -de los que proponía algunos, ejem-para el Consejo y se despidieran los nombrados desde Tordesillas; que reparara el honor del infante y de su gente tras las cartas enviadas por don Enrique a villas y ciudades; que volvieran a los oficios de la Casa los despedidos en Tordesillas; que se pagara a los hombres que le habían acompañado desde Olmedo en servicio del rey; o que se revocasen los actos de gobierno tomados desde Tordesillas. Si bien las primeras peticiones fueron aceptadas por el monarca, con la aquiescencia de Luna, la última resultaba algo más compleja. ¿Por qué? Pues porque ello suponía anular la concesión del ducado de Villena a don Enrique, el condado de Castañeda a Garci o el señorío de San Esteban de Gormaz a nuestro real salvador. Claro, esto no contó con la aprobación del último. Y tiene su lógica. Y no se crean que se trata sólo de ambición, que pudo haberla, puesto, oye, que está muy bien quitarle el premio a los rebeldes pero ¿por qué tendría que pagar él que lo único que ha hecho es salvar a su rey? Pero el asunto iba más allá, ya que acuérdense que don Álvaro dio su palabra a don Enrique de que no tendría represalias si abandonaban el cerco de Montalbán y dejaban en libertad al rey Juan y, además, denegar aquellos señoríos daba legitimidad a la rebeldía que mantenía el bando enriqueño. Qué difícil se antoja siempre la política...

Al margen de las negociaciones, quiso el rey salir de Talavera y poner rumbo a Peñafiel donde se reuniría con doña Blanca de Navarra, mujer de don Juan. Antes tuvo que despedir a los procuradores que seguían con él y que fueron llamados en tiempos del secuestro. También se informó a don Juan y se le pidió que sus mesnadas protegieran la retaguardia de la comitiva real. Durante el camino se volvió a ver a Mendoza y a su sobrino, que tan mal acabaron por lo de Tordesillas, y presentaron sus respetos al monarca. Pero no todo fueron saludos y recibimientos puesto que se supo que don Enrique, ¡otra vez este chico!, andaba tomando posesión de las villas y fortalezas de Villena, el rico marquesado de las cuatroscientas mil doblas de oro. El rey, enojado por la actitud rebelde de su primo, dio órdenes a los procuradores de las villas y ciudades de que no lo recibieran como su señor de la misma manera que mandaba a su díscolo primo detener la toma de posesión hasta nueva orden. El asunto fue muy discutido en Consejo. Los juanistas estaban que trinaban, consideraban aquella dote como ilegal dadas las condiciones en la que se concedió y argumentaban, no sin razón, que su valor era el doble de lo estipulado en testamento por Enrique III. No hay que olvidar que la propia Corona era muy reacia a desprenderse de tan valioso territorio, no sólo por las rentas aparejadas, sino por su valor político al ser fronterizo con Aragón y lo peligroso que podría ser dejarlo en manos de un infante, que aunque castellano, lo era de aquel reino. Vistos todos estos temas, don Álvaro de Luna quedóse solo defendiendo que se dejara a los infantes tomar posesión. ¿El motivo? Hombre, pues no por simpatía hacia el infante precisamente, sino porque suponía que con ello se deslegitimaba la actitud rebelde de los de Ocaña. Pero el tiro y afloja entre rey e infante siguió, el primero prohibiendo la posesión y amenzando con tomar represalias contra aquel que se sometiera y el segundo suplicando que se levantase la prohibición y enviando embajadores para las tomas. :eyes: :eyes: :eyes:

Salidos de Peñafiel partió la corte hacia la villa burgalesa de Roa donde el monarca se reencontró con su mujer la reina María que hasta entonces había estado en Toledo, pasando esta antes por las villas de su señorío así como por Peñafiel donde también se entrevistó con su cuñada doña Blanca. De Roa fueron todos intencionadamente hasta San Esteban de Gormaz donde don Álvaro, contra la opinión del Consejo pero con la aquiescencia real, tomó la villa y tomó el título de conde, señorío que no quiso tomar hasta que el rey estuviese en libertad. Esta oposición pudo ser -no lo sé a ciencia cierta- porque eso suponía dar alas a las aspiraciones de los enriqueños que también querrían tomar lo suyo como de hecho fue. Garci Fernández, el flamante enriqueño conde de Castañeda, enterado de lo sucedido con don Álvaro quiso también tomar posesión de su señorío por medio de su esposa, doña Aldonza de Aguilar. Enterado el rey envió a un ballestero a prohibir a la villa que se dejase tomar, pero el pobre salió de allí con una manta de palos dados por aquellos buenos asturianos que querían congraciarse con su nuevo señor. Enfurecido el rey a punto estuvo de presentarse en persona en la villa y dar un escarmiento, pero el Consejo lo convenció para que no partiera y atendiera asuntos más graves. Porque don Enrique seguía a lo suyo tomando villas y castillos a las buenas o a las malas, y el rey seguía mandando prohibiciones :rayos: de usar las villas tomadas así como de tomar las que restaban además de amenazar con grandes penas si continuaban allí las gentes de armas...

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San Esteban de Gormaz.

...Los mensajeros fueron recibidos en Ocaña con las cartas reales. Viendo don Enrique que sus partidarios deciden obedecer al rey para evitar las enunciadas represalias cambia la estrategia y encarga a doña Catalina su mujer que se hiciera cargo de la administración del marquesado. Con ello consiguió que uno de los castillos asediados, Garcimuñoz, se entregara a la infanta. Igualmente dejó en manos de ella la comunicación con la corte.

El rey, atendidos una serie de asuntos, partió de Roa camino de Castañeda no queriendo dejar aquel caso sin justicia. Aunque finalmente terminaría quedándose en Aguilar de Campoo y no cruzaría los puertos. Y hasta la villa llegaron unos enviados suyos e hicieron justicia desterrando, azotando o condenando a muerte a pesar de que muchos partidarios del conde huyeron.

Estando el Rey en Aguilar le viniéron nuevas quel Infante Don Enrique se queria para él é ayuntaba mucha gente darmas para traer consigo diciendo que no seria seguro si en otra guisa viniese é por esto el Rey acordó de no se detener mas en é partióse para Valladolid para pasar puertos desde allí enbió sus cartas de para todos sus vasallos mandándoles que estuviesen prestos para venir donde él estuviese... ¡De nuevo don Enrique! ¡No se había quedado quieto en Ocaña después de todo lo ocurrido! Debió planificar una venganza por la negativa real a la posesión de su rico marquesado. Junto a sus más fieles partidarios, Dávalos, Garci, Pacheco, Velasco... consiguió reunir entre mil y dos mil lanzas y amenazaba con partir en busca de la corte.

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Castillo de Peñafiel.

Pero en medio de la pugna con los infantes de Aragón tiene lugar un acontecimiento significante: la infanta doña Blanca de Navarra, esposa del señor infante don Juan de Aragón, da a luz el 29 de mayo en el castillo de Peñafiel a un infante al que llama, como a su padre, Carlos. Se trata de nada más y nada menos que del futuro príncipe de Viana, segundo en la línea de sucesión en Navarra y en Aragón tras sus padres.

Después de unos días en Palencia llegó la corte a Valladolid. Allí se confirmaron las noticias y las intenciones de don Enrique. Éste decíale a su primo y señor que su intención era sólo entrevistarse con él por los inconvenientes que sufrían él y los suyos por decisiones de su Consejo y que si había reunido a gente de armas era porque de otra manera no podía estar seguro, que los rumores maliciosos que circulaban sobre sus intenciones eran cosa de sus enemigos. El rey, cuyo enojo contra su primo no hacía más que aumentar a cada paso que este daba y oído su Consejo, determinó reunirse con don Enrique donde quiera que estuviese. Detenida la corte unos días en Valladolid atendiendo asuntos de negocios se partió para Tordesillas donde los reyes don Juan y doña María pasarían la onomástica del rey. Estando aquí se supo de la partida de la comitiva de don Enrique de Ocaña. Esto alarmó a todos puesto que don Enrique hacía oídos sordos a las advertencias. Mandó el rey llamar a sus vasallos para reunirse con él de la misma manera que pedía a don Juan, que estaba en Peñafiel con su mujer y heredero los infantes, que reuniera a sus caballeros y se presentaran en la corte; de la misma manera envió carta a don Enrique para que se detuviera en la villa donde se hallara, que a cambio reuniría Cortes para buscar soluciones a los males del reino. Luego partió hasta Arévalo donde esperaría a don Juan y a su gente. Los enviados del rey encontraron a don Enrique en Valdemorillo con la intención de poner su real junto al Guadarrama. El Infante-Maestre ante las promesas y advertencias del rey replicaba que no entendía la actitud de su alteza para con él y su esposa en el asunto del marquesado y finalmente optó por pedir mediación a los procuradores. Éstos pidieron mesura a don Juan II pero el rey, siguiendo a su Consejo, argumentaba, no sin razón, que no se podía venir a pedir justicia armado hasta los dientes, así que aconsejaron a don Enrique que obedeciera al rey, pero el testarudo infante volvió a pedir entrevistarse con su primo. De nuevo una interminable partida de tenis entre uno y otro. En estas, mientras don Enrique decide asentarse en El Espinar por ser más cómodo para sus hombres, se presenta en Arévalo sin previo aviso doña Leonor, madre de los infantes. Allí trabajó doña Leonor por pedir templanza para su hijo al rey. Habló largamente también con su otro hijo don Juan, pero éste era del mismo parecer del monarca, no se podía actuar sin rigor con la actitud rebelde que monstraba don Enrique sin derramar a sus hombres incumpliendo órdenes reales, y terminó prometiendo a su madre que trabajaría por que estos negocios acabaran de la mejor manera aunque recalcaba que su hermano se lo tenía merecido si el rigor le era empleado. Quiso la reina viuda de Aragón pedir la mediación del arzobispo de Toledo, tan amigo de la familia, pero igualmente dijo que no se podía ayudar a don Enrique con semejante actitud, tenía que abandonar la porfía en la que estaba y no seguir al mal consejo que lo guiaba, que si así procediese haría cuanto estuviera en su mano por volver a meter al infante en la vereda que nunca debió abandonar. Siguió la reina con sus ruegos y pidió al rey en audiciencia privada y en consejo público el perdón para su hijo y para la infanta y no dudó en apelar a los muchos servicios que el rey de Aragón, su esposo, le hizo durante su minoría. El Rey oidas estas cosas respondió graciosamente loando todo lo que la Reyna decia, pero en quanto á las culpas del Infante dixo que no habia razon de dudar en ellas pues que á todo el mundo eran notorias. El siguiente paso del infante fue mandar una embajada encabezada por el arzobispo de Santiago. Estos fueron escuchados en Consejo e intentaron excusar como pudieron al infante de sus acciones bajo las reprimendas del rey, que también se empleó contra el prelado por estar tanto tiempo contra sus órdenes. Luego intentó el de Santiago junto a la reina Leonor explorar los ánimos de don Álvaro de Luna y de don Fernán Alonso de Robles, por cuyos consejos se movía el rey. Pero nada sacaron de ellos, que aconsejaron seguir la obediencia plena al rey, como tampoco del monarca y su Consejo. Así que, con este panorama, unida a deserciones importantes como las de Velasco y Pacheco con sus hombres, así como viendo la próxima llegaba del invierno... El Infante acordó que no solamente le era cumplidero mas muy necesario de dexar su porfia é camino que habia tenido hasta entonce é dexarse de mas enbaxadas y tratos é cumplir enteramente los mandamientos del Rey é que otra cosa no se procurase salvo seguridad de sus personas y Estados. Fue la reina Leonor, a quien se había dirigido don Enrique, quien no poco contenta hizo dar las buenas nuevas al rey que, gustoso con ello, respondió a su tía que no podría garantizar las seguridades que demandaba hasta que todos sus mandamientos fuesen cumplidos, solo entonces repararía en las demandas y mientras tanto aplicaría todo el rigor. Intentó la ricahembra pedir ayuda a don Álvaro, al Consejo y a los procuradores para aplacar el rigor del rey, mas este se mantuvo en sus trece.

Así que visto por el Infante como ninguna cosa de lo que demandaba se podia acabar ni por ruego de la Reyna su madre ni por la intercesion de los Procuradores ni por las letras é Mensageros que muchas veces al Rey habia enbiado é conociendo como cada dia su partido iba menguando, acordó de cunplir todo lo que el Rey mandaba. El 23 de septiembre se realizó un alarde en El Espinar, donde se contaron más de dos mil hombres, pagó y licenció a sus hombres y caballeros -excepto a Dávalos, Garci y Manrique que eran de su Casa- y partió a Ocaña. El rey, después de recuperarse de unas ciciones, hizo lo propio y licenció a sus más de seis hombres excepto a unas mil lanzas que quedarían para su guarda al mando de don Juan, don Álvaro, el Almirante y el adelantado Sandoval, consiguiendo entrar este partido en la corte.

Partidos los hombres de armas movióse la corte a Olmedo donde el rey don Juan, junto a Luna y Robles, harían de padrinos en el bautizo del infante don Carlos, hijo de don Juan. Luego se volvió a Arévalo donde el rey hizo llamar a la reina María, que se había quedado en Tordesillas, para que se juntasen en Ávila y juntos partieran a Toledo adonde entraron el 23 de octubre. Desde aquí hizo llamamiento a don Enrique, le pedía que se reuniera con él y con los infantes sus hermanos Juan y Pedro, así como con el resto de grandes y procuradores para tratar la dote de la infanta doña Catalina y el resto de asuntos que habían protagonizado los últimos tiempos, pidiéndosele que se hiciese acompañar del adelantado Manrique y del condestable Dávalos. Don Enrique le contestó que no era menester que él estuviese en la corte junto a los caballeros que tanto daño le hacían, puesto que a ninguna concordia llegarían y mucho escándalo pudieran dar para enojo de su alteza, por lo que le proponía enviar caballeros con plenos poderes para negociar o bien que saliesen aquellos caballeros de la corte. Y en estas andamos cuando en Toledo la corte celebró las navidades y vio la entrada del nuevo año...

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 Asunto: Re: Don Álvaro de Luna, Condestable de Castilla
NotaPublicado: 13 Sep 2016 23:28 
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Y ahora está la Corte en Tordesillas, y luego vamos a Ávila y después de paseo por Toledo, en pleno invierno porque, total, son sitios donde hace calor y no hiela por la noche y tampoco es que vayamos con exceso de equipaje: solo las maletas del rey, de la reina, de los consejeros, de los cortesanos, con sus trajes, y sus joyas y capas, y la ropa de cama y la cama también, y alfombras de pieles y los tapices y el servicio de mesa, y altares portátiles, y el obispo, y todos los ornamentos y casullas y óleos santos, y carros y baúles, y mulas para transportarlo todo y el servicio, con sus propios baúles y carros, y la guardia con más de lo mismo, que pesa poco porque las armaduras, espadas, escudos, arcos y flechas y alabardas son peso pluma, y los perros de caza y el niño que los cuida, y el halconero con sus bichos y la comida de los pájaros, y la paja para todos los caballos y mulas, y las doncellas y los niños con sus ayas y sus baúles, carros y mulas, y las familias de los sirvientes, y las barraganas de los curas, y las prostitutas favoritas de los soldados y....

Al Mayordomo Mayor y al Aposentador Real no les pagaban lo suficiente :roll: :roll: :roll:

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 Asunto: Re: Don Álvaro de Luna, Condestable de Castilla
NotaPublicado: 14 Sep 2016 10:47 
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:lol: :lol: :lol: :lol: Resulta increíble que los monarcas se pasaran toda la Edad Media así, a lo caracol, con la casa a cuestas de un lado para otro. Pero, claro, es que estamos viendo que la presencia de monarca en según qué sitios era conveniente porque la poderosa nobleza se pasaba a los mensajeros reales por el forro. El problema es cuando el Estado y la Adminitración se van modernizando y haciendo más complejas sus estructuras... Es entonces cuando tiene que venir la sensatez de Felipe II y decir: Señores, miren ustedes, la Administración ya no va a estar de pueblo en pueblo -que esa es otra, tiene su pase cuando estaban en ciudades, pero cuando les pillaba en villas-aldeas, es tremendo; de hecho al rey católico le sorprendió el óbito en Madrigalejo- de un sitio para otro, se va a quedar en Madrid definitivamente, y mi persona, tengan por seguro que no se va a mover más al norte de Valsaín ni más al sur de Aranjuez. He dicho. :))

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 Asunto: Re: Don Álvaro de Luna, Condestable de Castilla
NotaPublicado: 14 Sep 2016 11:33 
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Con la Administración a cuestas el milagro es que nos haya quedado algún documento medieval sin perderse :lmao:

Verdaderamente la presencia del rey (y de la reina, que si os fijáis iba a veces por su lado) era necesaria en muchos sitios, pero las comunicaciones en la época eran para desesperarse. En mula, si recorrias más de 60 km en un día era como para tirar cohetes, veinte días se tardaba en cruzar Francia y había que hacerlo medio borracho a base de vino, el agua no era de fiar.

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 Asunto: Re: Don Álvaro de Luna, Condestable de Castilla
NotaPublicado: 15 Sep 2016 14:17 
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La partida de tenis entre el Maestre y el Rey duró algún tiempo más. Don Enrique, que tenía unas ganas cero de aparecer por la corte por miedo a represalias, pedía seguros para él y los suyos, que era menester tener rehenes para garantizar esos seguros y que no era honesto de su parte el nombrar a los enemigos que estaban junto al rey tal y como le demandaba. No daba ya para mucho la paciencia del rey que de nuevo se enfureció. Por ello suponemos que debieron trabajar mucho para convencerle y para que se doblegara a las peticiones del infante con tal de atraerlo. Así que prometió a don Enrique el seguro para él y para cuantos le acompañasen, que le daría por rehenes al sobrino del arzobispo de Toledo y a los hijos del almirante, de Mendoza, de Robles y del conde de Benavente, que llevaría a sus mesnadas fuera de la corte a excepción de las mil lanzas del conde de San Esteban -nuestro don Álvaro- del que no desconfiaba y que, fíjense, hasta incluso se mudaría de Toledo a otra villa o ciudad si ésta no le era de confianza. Pero siguió el infante pidiendo seguro no sólo para sus personas, sino también para sus mercedes, dignidades, tierras, etc. Pero el rey dio un puñetazo en la mesa, le ordenó que se dejara de porfías que él ya había hecho cuanto tenía que hacer. Luego don Enrique junto a su mayordomo Garci Fernández nombraron a los enemigos suyos que residían en la corte por los que ellos no era menester que se presentaran junto al rey, y venían a ser: el arzobispo Rojas, el adelantado Sandoval y el mayordomo Hurtado de Mendoza, los cuales no tardaron en defenderse ante el rey y consideraban que si por enemigos los tenía era por estar al servicio de la Corona. No le había dado tiempo a don Juan II a aplacar su ira cuando los mensajeros de Montiel alargaban la lista de enemigos: don Fadrique de Trastámara, el Maestre de Alcántara, el conde de Benavente, el contador Fernando Alonso de Robles así como todos aquellos que estaban en el Consejo desde Montalbán, y, por supuesto, al infante don Juan su hermano, por ser amigo íntimo del arzobispo y del adelantado de Castilla; sólo salvaba a don Álvaro de Luna y a algunos hombres más. Por tanto, si quería el rey que se presentaran ante él, estos hombres debían partir sin demora y entonces ellos acudirían sin pedir seguridades. El rey con gran enojo dijo al enviado de Montiel: Quando vos ó otro alguno me dicese las desta enemistad é conociese que legítimas yo como Rey é Señor proveeria no solamente en lo que vos pedis de no haber consejo con ellos y en los hechos del mas aun pasaria contra aquellos por cuya culpa hallase ser estas enemistades ... é decid vos al Infante Don Enrique que pues él ha por enemigos los que a mí sirven que por esta mesma razon fiaré yo mas de ellos é á Garcifernandez respondido es por estos que nombra por enemigos. En todo ello yo proveeré como cunpla á mi servicio.

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Ruinas del castillo de la Estrella, en Montiel.

El que sí terminó por salir de la corte fue el joven infante don Pedro, de diecisiete años -misma edad que el rey-, a ruegos del rey don Alfonso de Aragón, que hallado ya en Nápoles necesitaba a alguien con autoridad y confianza para defender los intereses de la corona aragonesa en aquellos territorios italianos. ¡¡Ya podía haber llamado al Maestre de Santiago!! Tuvo don Pedro licencia de su primo el rey, con la aquiescencia de su madre y de su hermano don Juan, al que le dio veinte mil florines para el viaje de su comitiva.

Total, que entre todos estos dimes y diretes nos plantamos en abril de 1422. Cansado, aburrido, enfurecido por la actitud del ambicioso infante, le envía una carta, otra más, con los seguros que pide y dándole una especie de ultimátum: pór ende que le rogaba é mandaba que vista aquella -carta con seguros- sin otro detenimiento ni larga se viniese para él á la villa de Madrit ó á otro qualquier lugar donde quiera que estuviese que él partiria luego de Toledo porque le habia enbiado decir el Infante que aquella cibdad le era sospechosa. ¡¡Qué más querías Enriquito de mi vida, si hasta los procuradores del reino se unieron a los ruegos!! Pues nada, para el señorito no era suficiente. No le valía un seguro real cuando por la corte pululaban sus enemigos. Así no le valía al muchacho... Y, claro, ¿qué creen que pasó? Pues que el rey don Juan, sí, era muy bueno, muy manso, muy tierno... Pero cuando te tocan la moral de semejante forma... ¡Al diablo con las cartas, los embajadores y tantas pamplinas que si quiere guerra la va a tener! Mandó reunir a su gente de armas y ordenó que partiría de inmediato para Montiel. El mensajero de don Enrique, alarmado -qué papelón el del muchacho este-, movió el cielo y la tierra en la corte, seguramente se dejaría las rodillas en el suelo ante el rey y ante don Álvaro con tal de que no partiera, y en resumen le pedía otro mensaje -estaba el rey como para más cartitas- con los seguros en la forma que el infante pedía para él y para sus caballeros, que hecho esto vendría don Enrique sin más dilación. Dicho esto el mensajero se envió, pero que el rey se movía lo tenía clarísimo, no se iba a matar por los caminos pero iba a ir, sin pausa pero sin prisa, como dándole una nueva oportunidad al infante a ver si es verdad que vendría. Así que se aposentó en Sisla a la espera de sus hombres de armas. El mensajero llegó a Montiel a la velocidad de la luz. Don Enrique ya vio que no tenía mayor margen de maniobra y mandó decir que sí, ¡¡por fin :cry:!!, que lo esperaran en Madrid que el 14 de junio prometía estaría allí -tampoco se iba a matar por el camino- con sesenta hombre sin más armas que sus espadas. No obstante, no iba a ir don Enrique tan arropado como pensaba. Al condestable Dávalos y al adelantado Manrique debieron aflojárseles los intestinos... Puesto que le dijeron a su querido don Enrique con muy buenas palabras que todo muy bien, pero que el seguro que ellos tenían no era muy esperanzador, vamos que se lo veían venir. Así que dijeron los dos adiós muy buenas. El condestable se fue a Arjona, a sus tierras, y el adelantado a Yanguas, ¡a la frontera con Navarra!, porsiaca…

En cinco días se plantó el rey en Madrid a la espera de su primo. Se fue sin Rojas, que se quedó en su cama enfermo, y sin la reina María a la que mandó a Illescas seguramente para que pasara su embarazo -que ya para estas fechas debió ser público- lo más sosegadamente posible y alejada de acontecimientos desagradables como los que se iban a producir, no obstante don Enrique era su hermano. Cuando don Enrique, por su parte, se disponía a partir prohibió a su fiel Garci Fernández conde de Castañeda que le acompañase para evitarle el enojo que el rey tendría con él, mas don Garci le respondió que no pluguiese á Dios que por mal que le pudiese venir él le dexase, produciéndose una enternecedora porfía entre ambos caballeros. Y se fueron juntos. Y ya el 12 de junio se plantaron en Pinto donde pernoctaron. El 13 después de la comida se dirigieron a Madrid donde solo fueron recibidos por el señor de Oropesa y por don Pedro de Portocarrero señor de Moguer, este, acuérdense, cuñado de don Álvaro de Luna. Y nadie más. Vamos, era una escena tal que me la imagino con la típica pelusa de desierto de las películas del oeste :lol:... un frío recibimiento que podía presagiar lo que se avecinaba. ¿No se acuerdan cuando Fernando VII llegó a Bayona? Pues otro tanto.

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Alcázar de Madrid antes de las enésimas reformas.

Estaba el rey preparado para la ocasión, en una rica sala de palacio con lo más granado de la corte: Luna, Robles, don Fadrique, Benavente, Enríquez, etc, etc -no así el infante don Juan, Sandoval, que andaban de caza :-p , ni el arzobispo-,é quando el Infante llegó á la puerta de la quadra –que venía a ser como una gran sala, no donde se dejaban a los caballos jaja– venian con él de los suyos Garcifernandez Manrique hasta veinte Caballeros de la Orden de Santiago. É Álvaro de Luna salió á él hasta los corredores y estuvo gran rato hasta entrar en la quadra por la mucha gente que le embargaba la entrada é como entró é vido al Rey, puso la rodilla en el suelo y el Rey hizo senblante de se levantar, é levantóse de vagar hasta quel Infante llegó cerca dél qual puso las rodillas en el suelo é besó mano al Rey el qual no le dió paz como solía -¡zasca!- y el Infante puestas las rodillas en el suelo hizo su habla en esta guisa: -Muy alto dias ha que Vuestra Señoría me mandar que viniese a Vuestra lo qual yo no hice luego por algunos enbargos que en mi venida sentia de los quales asaz veces enbié hacer relacion á Vuestra Alteza ... é vengo como vasallo natural e obediente a vuestro mandamiento. Señor cerca de los hechos pasados de que Vuestra Merced tiene indignacion contra mí por contrarias informaciones Dios sabe que en todo ello fué mi intencion y es de vos servir parándome á qualesquier daños é peligros que me puedan venir pero Señor si por aventura de como los hechos pasaron Vuestra Merced algun enojo de mí hubo ó tiene suplícole humildemente lo quiera perder. Vasallo natural y obediente, dice… Encima con recochineo. Pero, sin más, el rey los despachó y don Álvaro los invitó a sus posadas acompañados por los mismos que los recibieron.

El domingo día 14 se celebró el Consejo. Don Enrique y Garci entraron en él y acto seguido lo hizo el rey, que tras tomar asiento invitó al resto a hacer lo propio. Allí fueron leídas por el secretario real una serie de cartas comprometedoras, que aparecían con el sello del condestable Dávalos, en las que se pedía al rey moro de Granada que se atacara al rey Juan, así como otras destinadas a caballeros del reino con el objetivo de crear discordias. ¡Alta traición! Don Enrique y Garci negaron aquellas acusaciones y rogaron al rey que se realizara una investigación. El monarca respondió afirmativamente pero, mientras, se iban a quedar un tiempo encerrados. Muy bien dicho es que yo sepa la verdad deste hecho y esta es mi intencion é asi es mi merced de lo poner en obra pero en tanto que la verdad se sabe pues este caso a vos toca es mi merced que seais detenidos vos é Garcifernandez Manrique por ende vos primo id con Garciálvarez de Toledo-el de Oropesa- é vos Garcifernandez con Pedro Portocarrero-el de Moguer-. El infante fue llevado a una torre que daba sobre la puerta del Alcázar y el conde de Castañeda fue enviado a otra que daba para lo que hoy es el Campo del Moro. Aquella noche llegó la noticia de la prisión a Ocaña donde estaba la infanta doña Catalina mujer de don Enrique, la qual en sabiéndolo sin mas consejo tomar cavalgó en una mula é con muy poca gente. se fué camino de Segura -de la Sierra, feudo del maestrazgo- donde llegó prestamente. Acto seguido mandó el rey requisar todos los documentos hallados en sus cámaras. De la misma manera envió órdenes de detención a caballeros de Córdoba y Jaén para el condestable Dávalos, encerrado en Arjona. Pero tan pronto éste lo supo salió pitando hasta la fortaleza de Segura donde estaba la infanta no sin antes escribir al rey declarándose inocente.

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Castillo de Segura de la Sierra.

Hasta Segura envió embajadas el rey don Juan pidiéndole a su hermana que viniera para donde él estaba, que era lo mejor para el reino y para el futuro de su marido. Pero doña Catalina, que, ya saben, quien duerme en el mismo colchón…, se negó. El rey, muy enfadado, envió mesnadas para rodear la fortaleza y evitar que huyeran de allí. Mas, sin embargo, el Condestable tuvo tal manera, que la Infanta salió é la llevó por montañas apartadas é se fué con ella á Aragon é aportó á un castillo del Reyno de Valencia que se llama Valvelda donde fuéron muy bien recebidos. -¿Soy el único que pienso que esto da para una serie?- En la huida fueron perseguidos por las tropas reales y a punto estuvieron de ser alcanzados, pero lograron cruzar la frontera justo antes de ello. Manrique, por su lado, consiguió pasar la frontera aragonesa y refugiarse primero en Tarazona y luego en Zaragoza. Como respuesta, el rey mandaba secuestrar todos los bienes del adelantado y del condestable.

Cinco o seis días después de la prisión de don Enrique llegaron a Madrid el arzobispo, Sandoval y el infante don Juan, enterados de todo en tanto en cuanto eran parte de aquel plan. Juntos pasaron el día de San Juan. Luego decidieron partir para Ocaña y hacerse cargo del control del maestrazgo de Santiago cuya maestre, don Enrique, estaba en prisión. También dispusieron que don Enrique fuera encerrado en el castillo de Mora a cargo del maestresala Pérez de Illescas. En este castillo estaba prisionero el ex conde Jaume de Urgel, ¿se acuerdan de él? Fue el que le disputó el trono armas en mano a Fernando de Aragón incluso una vez elegido este por los compromisarios de Caspe. Claro que no compartiría celda con el hijo de su enemigo y fue llevado en contrapartida a Madrid. En manos de Illescas se quedaría unos meses pero luego se descubrió un complot de sus hombres para liberar al infante, así que la custodia pasó al caballerizo mayor García de Hoyos. A Garci, después de unos días siguiendo el rastro de la corte, fue enviado a Ávila a casa de Gil González. Mientras, fue mandado Pedro de la Cerda, de la casa de don Álvaro y esto tiene su qué, a hacerse con todas las fortalezas fronterizas con Granada en posesión del condestable, el cual, finalmente, no fue acusado de traición, al demostrarse falsa la acusación, sino de desobediencia al rey.

Así que eso dio pie al despojo, así, a dolor. Primero el maestrazgo de Santiago. Retenido su maestre y fugitiva la maestra había que atender a su administración. El rey se reunió con los trece comendadores-electores y, en definitiva, le dijeron por lo bajini que nombrase a maestre nuevo que estaban de don Enrique hasta el botafumeiro. Pero no lo quiso Juan II y eligió como administrador a Gonzalo Mexía, a la sazón comendador de Segura, donde se había atrincherado la maestra. Las rentas fueron secuestradas a favor de la Corona eligiéndose una serie de recaudadores y, a cambio, el sueldo de los comendadores y caballeros saldrían del tesoro real. En cuanto a las villas y fortalezas que tenía don Enrique en propiedad, por herencia, fueron entregas al heredero de Navarra su hermano, aunque hubo cierta resistencia en algunas como Alburquerque o Medellín. De la misma manera fue secuestrada la plata del condestable entre los firmantes de la prisión diviéndose en diez partes, dos para el infante y el resto para el arzobispo Rojas, el almirante Enríquez, el justicia Stúñiga, el conde de Benavente, el adelantado Sandoval, don Álvaro y el contador Robles. Por supuesto que estos se cubrieron bien las espaldas y pidieron al rey que si era su voluntad que se pusieran en libertad y volvieran a sus reinos el infante y compañía que no lo hiciese sin su consejo. Hay quien dice que don Álvaro no estuvo muy de acuerdo en ello... Pero como podría ser comprometedor tragó y se benefició tanto o más que el resto.

Y, claro, de todo esto había que dar cuenta al rey de Aragón, ya que don Enrique era su propio hermano y, más importante, había importantes fugitivos en sus reinos. Don Alfonso respondió a la embajada de su primo que sentía mucho lo ocurrido, que entendía que debía castigar los malos comportamientos pero... digamos que se lo tomó con calma, que ya le enviaría embajada. El de Castilla, viendo la excesiva diplomacia y enterado de los seguros de que gozaban Pero Manrique, Ruy López Dávalos y la infanta Catalina, estos últimos en la ciudad de Valencia bajo la protección del duque de Gandía y de la reina María, se enfadó y mucho. Y se quejó a su primo, pero éste, otra vez mansamente, le dijo que estudiaría el caso en Consejo y que en principio no debería oponerse a lo que la ciudad de Valencia había otorgado.

Celebráronse cortes en Ocaña aquel año de 1422. Y tratáronse temas cotidianos o tradicionales de las ciudades y el reino. Fueron hechas muchas concesiones a los procuradores que, a cambio, en cierta manera validaron lo ocurrido con don Enrique y los suyos obligándose el rey a que los procuradores fueran pagados por la Corona y no por las ciudades como hasta entonces se hacía, medida que causó no poca polémica, ya que era una medida de control descarada por parte de la Corona. Clausuradas marchó la corte a Alcalá de Henares donde el arzobispo Rojas se hallaba ya en las últimas, mas en punto de muerte se hizo llevar en andas con gran deseo que tenia de estar y entende en la governacion, genio y figura. Allí moriría poco después, el 22 de octubre, el primado de las Españas a los cincuenta años de edad. Estuvo audaz el rey don Juan en la vacante de la sede primada. No queriendo que tan importante puesto fuera motivo de discordia entre las grandes familias de su reino y alteraran el orden que tanto le había faltado, hizo que el cabildo de Toledo eligiera como arzobispo al deán Juan Martínez de Contreras, no perteneciente a alta familia, con la aprobación papal.

En este tiempo, mientras se hallaba la corte en Alcalá, salía de cuentas la reina María, a la que dejamos si se acuerdan en Illescas en estado de buena esperanza y al margen de lo que sucedía en la corte. Siguiendo la costumbre con los partos de los primogénitos de reyes, don Juan II hizo mandar hasta su mujer a grandes caballeros, damas y prelados para que dieran cuenta de la buena nueva. Entre ellos fueron el obispo de Zamora, el maestre de Alcántara, doña Juana de Mendoza y doña Elvira de Portocarrero, mujeres de Enríquez y Luna respectivamente, o la monja doña María, hija del rey don Pedro. Allí parió a 5 de octubre de 1422 a una infanta a la que el rey ordenó que se la llamara Catalina, en memoria de su madre. Habría que esperar la llegada del heredero...

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 Asunto: Re: Don Álvaro de Luna, Condestable de Castilla
NotaPublicado: 15 Sep 2016 18:58 
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En Segura de la Sierra..., pero si ese pueblo, hoy día con las facilidades para desplazarse, está donde" Cristo dió las tres voces". Encima está " colgado" de un cerro coronado por el castillo. Eso sí, las vistas son espectaculares y maravillosas.

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Ahora no puedo/no me gusta subir imágenes por los accesorios. Si algún alma caritativa me dijese qué otro método puedo usar para evitarlos. GRACIAS

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 Asunto: Re: Don Álvaro de Luna, Condestable de Castilla
NotaPublicado: 15 Sep 2016 22:56 
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Fíjate, querida sambone, si supo dónde refugiarse. :XD:

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 Asunto: Re: Don Álvaro de Luna, Condestable de Castilla
NotaPublicado: 16 Sep 2016 18:41 
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El Alcázar de Toledo en el siglo XIX.

Y poco después la corte se desplazó a Toledo donde se inhumarían los restos del arzobispo y donde el rey don Juan haría llamar a su esposa e hija para el bautizo y juramento de la infanta. Hasta allí llegaron desde Illescas la reina con su corte y al día siguiente, preparado un recibimiento solemne, lo hizo la princesa. Días después fue hecho el ceremonial de bautizo y juramento. Ofició la ceremonia el obispo de Zamora, que tuvo que dejar caer delante de todos que hubiera sido mayor satisfacción del reino el nacimiento de varón pero que eran los reyes muy jóvenes y que llegaría, y luego fueron jurando uno por uno a la infanta Catalina como princesa de Asturias heredera de los reinos de Castilla y León besando su mano, empezando por el infante don Juan de Aragón seguido de todos los grandes presentes. Fueron padrinos el maestre de Alcántara, el repostero mayor Pérez Sarmiento y el alcaide de los donceles Hernández de Córdova. No se convocó cortes, como era lo habitual en estos juramentos, por desatarse pestilencias en varias partes del reino y hay quien ve aquí un gesto más de desprecio hacia los representantes del reino o de las ciudades, un escollo más, como la nobleza, en la autoridad real.

En Toledo pasaría la corte el carnaval, la cuaresma y la pascua. Durante la cuaresma celebráronse en la capital del Tajo fiestas y justas por el dieciocho cumpleaños del rey participando este por vez primera y sacando a gala las enseñanzas de su maestro en estas artes: nuestro don Álvaro de Luna. Para Pentecostés estarían la corte en Ávila. Aquí se recibió a una embajada portuguesa que venía a presenciar el pregón de las paces o treguas que por veintinueve años habían alcanzado Castilla y Portugal. Aquellas eran las paces de la historia de nunca acabar. La herida de Aljubarrota, donde el rey Juan primero de su nombre y abuelo de nuestro rey Juan fue el protagonista, seguía abierta y ambos reinos, por uno u otro motivo, no había cerrado. Y seguía sin cerrarse. Como las condiciones que unos y otros eran inaceptables para el de enfrente, alcanzaron unas treguas con una serie de condicionantes. Lo que sí resolvieron eran los agravios sufridos tanto unos como otros después de los trabajos hechos por dos jueces representantes de ambos reinos. Aquel resultado era que se ratificó por Juan II en aquellos días delante de la embajada portuguesa. Y se celebraron también fiestas y justas con el pueblo. En una de estas participó uno de los embajadores lusos, don Pedro de Castro, que tras tres o cuatro carreras se cruzó con el hijo de Hurtado de Mendoza y a punto estuvo de no contarlo. Se clausuraron las justas a causa del accidente y partió una embajada castellana a Portugal para asistir al pregón por parte del rey Juan de Portugal.

De Ávila a Tordesillas y de Tordesillas a Valladolid. Y venga viajecitos... Aquí llegó la esperada embajada aragonesa del rey don Alfonso. Mas no hubo sorpresas. El rey aragonés prácticamente se excusaba en los fueros y privilegios de sus reinos para no repatriar a la infanta ni a los caballeros... Que llegado a la península ya estudiarían el asunto. Don Juan II y su Consejo tomaron la callada por respuesta, que no hay mayor desprecio que... En los mentideros ya circulaba el rumor de que al rey Alfonso poca gracia le hizo la reclusión del infante su hermano a pesar de lo beneficiado que quedó su otro hermano, don Juan de Navarra, que prácticamente compartía el gobierno del reino junto al partido de don Álvaro. Las decisiones tomadas contra don Enrique suponía alterar las condiciones que dejó el rey don Fernando a su familia en Castilla y don Alfonso, desaparecido su padre, se mostraba como el cabeza que debía preservar aquellos intereses. Nada bueno se presagiaba.

Estando la corte de nuevo en Tordesillas -aquel lugar de infausto recuerdo- terminó el proceso contra Ruy López Dávalos, condestable del reino y se dictó sentencia: el Fiscal le habia acusado que merescia ser privado de la Condestablía é del Adelantamiento del Reyno de Murcia é de otros qualesquier oficios que del Rey tenia é perder todos los bienes así muebles é raices así villas é lugares como castillos é fortalezas é otros qualesquier bienes que en qualquiera manera tuviese étodos los maravedis que del Rey tenia así de juro de heredad como de mantenimiento é tierra ó en otra qualquier manera é ser confiscados para la cámara del Rey é así fué pronunciada. :roll: Al pobre de Dávalos se le dejaba con una mano delante y otra detrás. :ooops: Luego quiso el rey don Juan repartir lo privado al ex condestable entre los suyos y más o menos todos salieron ganando en aquella partida donde se había desarmado al partido enriqueño, claro que ellos se lo habían buscado solitos... Al muy servicial Yáñez Fajardo le dio el adelantamiento del Reino de Murcia y entre los demás se repartieron una serie de señoríos: Colmenar para don Juan, Arjona en calidad de ducado para el conde don Fadrique de Trastámara, Arcos de la Frontera para el Almirante Enríquez, Osorno para el adelantado Sandoval, Candeleda para el justicia Stúñiga y Arenas para el conde de Benavente... é todos los otros oficios é maravedis de juro é de tierra é de mantenimiento quel dicho Condestable tenia repartió por los dichos Señores épor otros oficiales de su casa .

Sí, ya, ¿qué pasa, que se olvidó el rey don Juan de su gran amigo? Pues no... ¿Cómo se habría de olvidar? Que lo cuente mejor Gonzalo Chacón: E el Rey veyendo la grand virtud é bondad del Conde Don Alvaro de Luna como crescia de dia en dia continuando en su servicio é la su grand cordura é discrecion á diez dias del mes de Diciembre de aquel año fizolo el Rey su Condestable en los sus Regnos de Castilla é de Leon dandole el baston de la justicia é el mando é gobernamiento sobre todas las sus huestes. :bravo: :bravo: Efectivamente, le dejó lo mejor: ¡La condestablía! Muy acertado el nombramiento si pensamos que semejante poder lo puso el rey en alguien de su muy entera confianza, que se había movido -al menos hasta entonces- en bien de la Corona frente a los intereses de los partidos de los infantes. Por eso decía que tenía su qué eso de que fuera un hombre de la casa de don Álvaro, Pedro de la Cerda, el que tomaba las fortalezas de Dávalos en nombre del rey. Don Alvaro de Luna besó las manos al Rey por la merced que le facia en lo escoger en los sus Regnos é dalle aquella dignidad :love: é non solamente él mas muchos grandes omes de la corte é casa del Rey lo tovieron al Rey en mucha merced aquello que el Rey facia acerca de Don Alvaro. Como siempre cuando el sol calienta... E el Condestable Don Alvaro ordenó alli en Oterdesillas muchas fiestas é muy ricas justas é otros entremeses en los quales el Rey é toda su corte ovieron mucho placer é alegria E todos los caballeros é escuderos é pages de la casa del Condestable ... procuraron de salir muy ricamente vestidos é arreados á las fiestas é justas é servir muy nueva é apuestamente en todos los otros entremeses. Alli fueron sacadas ropas muy ricas que el Condestable avia dado á todos ropas de seda é alli salieron bordaduras é invenciones de muy nuevas maneras é muy ricas cintas é collares é cadenas é joyeles de grandes prescios é con finas piedras é perlas é muy ricas guarniciones de caballos é facaneas en tal manera que toda aquella corte relumbraba é resplandecia. Y no se crean que se quedaron ahí las mercedes para nuestro don Álvaro: fue hecho también Camarero Mayo de la Cámara de Paños -máximo responsable de la intimidad del monarca- y Notario Mayor del Reino -control de documentos y cartas reales- y fue confirmado, en 20 de diciembre de 1423, como conde de San Esteban o Santisteban é mandó dende en adelante Don Álvaro de Luna llamase Condestable de Castilla é Conde Santistévan. Así que ya tenemos al condestable don Álvaro de Luna, conde de San Estaban. El mejor servidor de la Corona casi en su apogeo de poder.

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E todos eran muy alegres é contentos é las cibdades é villas del Regno regidas en mucha justicia é todos los pueblos en paz é sosiego los caminos muy seguros los maleficios castigados é los mandamientos del Rey con grand reverencia cumplidos. Todas estas cosas se endereszaban assi mediante la buena administracion é sano consejo que el Condestable daba al Rey su señor en quanto él podia. Bueno, el cronista se deja llevar un poco por el optimismo y saca su pata alvarista. Cierto es que había motivos. Treguas y tranquilidad en el exterior, en especial con Portugal y Granada; solo en Aragón había ciertas tensiones pero nada que pudiera, al menos hasta el momento, alarmar. En el interior se había resuelto la rebeldía del partido enriqueño y se había impuesto la autoridad real gracias en buena medida al flamante nuevo Condestable, tremendamente popular en estos días. Ahora bien, en el reino había sus cosillas. Las ciudades tenían sus quejas y no siempre la autoridad real era acatada, al menos de la forma requerida, existían los conflictos dentro de la administración del propio reino. Pero bueno, en general se vive una época de relativa calma y paz unida a una serie de hechos felices como fue, y que se unió a las fiestas anteriores mencionadas, el natalicio de una nueva infanta parida por la reina María en Valladolid, se trataba de la infanta Leonor, llamada como su abuela materna la ricahembra, el 10 de septiembre de 1423. El heredero se hacía de rogar...

La única nota discordante en estas fechas fue que las fortalezas de Alburquerque y Medellín seguían sin entregarse a no ser que fuera el rey en persona. Enfurióse el rey don Juan y fue solo acompañado del infante su primo don Juan y del condestable Luna quedándose el Consejo en Talavera. Estando el rey en Plasencia se entregaron las fortalezas a Pero Niño, excelente militar, y se volvieron a Talavera. Luego pasaron a Madrid, donde hubo fiestas por el nacimiento de la infanta Leonor, y donde supo de la llegada del rey Alfonso a Perpiñán desde Nápoles atacando antes y haciendo gran daño a la ciudad de Marsella por la enemistad que tenía con el rey Luis de Nápoles, conde de Provenza y duque de Anjou. Ya tenemos el pastel napolitano encima...

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