Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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 Asunto: Re: Don Álvaro de Luna, Condestable de Castilla
NotaPublicado: 24 Ago 2016 16:34 
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Y la amenaza fue cumplida. En enero de 1416 Aragón rompía con el papado de Aviñón mediante la lectura de acta por San Vicente Ferrer en Perpiñán tras treinta años de obediencia. Es en febrero de 1387 cuando las Cortes de Barcelona reconocían a Clemente VII como Papa verdadero, como años antes lo hiciera Castilla, Navarra o Francia. La buena actuación del cardenal aragonés Pedro Martínez de Luna lo había aupado al papado en septiembre de 1394 tras la muerte de Clemente y bajo el nombre de Benedicto XIII. Pero no lo tuvo fácil. Presionado por ingleses y perseguido por la monarquía francesa, que no toleraba por papa a un súbdito aragonés, tuvo que abandonar la sede papal de Aviñón cercado por las tropas francesas y ponerse a refugio en Perpiñán bajo la protección del rey Martín de Aragón. Muerto éste fue el Papa Luna determinante en la elección del infante regente de Castilla para el trono de Aragón. No obstante, la testarudez de Benedicto -siempre se creyó el papa legítimo por ser el único de los tres papas electos que era cardenal antes del Cisma- le había llevado al distanciamiento con el rey Fernando y a un callejón sin salida y con escasos apoyos. Esa actitud nada constructiva le llevaron al aislamiento en Peñíscola, a su condena como hereje y antipapa y a su deposición por el Concilio de Constanza. Sabido de la retirada de obediencia de Aragón, excomulgó y privó de su corona al rey Fernando mandando a sus súbditos que le retiraran la obediencia como rey, y no sin antes lanzarle la frase: Ex nihilo felicite, et pro mutura mercede solum me dereliquisti in desierto -A mí, que te hice Rey me envías en reciprocidad al desierto. Allí, en Peñíscola, terminaría sus días este glorioso tío de Álvaro de Luna sin renunciar nunca al papado y firmando como tal el 20 de noviembre de 1422 bajo la protección de Alfonso V.

Pero aún quedaba pendiente la obediencia de Castilla, marcada por la postura pro Luna del poderoso arzobispo de Toledo Sancho de Rojas, así que era el pretexto perfecto para viajar al reino vecino y poner orden a sus negocios allí. Mas quiso la parca hacerle un par de visitas a la familia real aragonesa en este año de 1416. En marzo moría en el palacio de Medina del Campo, señorío familiar, el infante Sancho de Aragón Maestre de la Orden de Alcántara a los dieciséis años. Rápidamente fue sustituido en la orden por su administrador, Juan de Sotomayor, para disgusto de la reina Catalina, que pretendía a Gómez Carrillo de Cuenca, ayo del rey y primo político de Álvaro de Luna, para el puesto. Al rey Fernando, con cuerpo y voz muy flacos, supo la noticia del óbito en el camino a Castilla y tan delicado estaba desde su ataque de hijada en Valencia, que moriría veinte días después, el 2 de abril, en la villa barcelonesa de Igualada a los treinta y cinco años de edad. Sorprende la edad con lo acabado que estaba físicamente y el camino vital que llevaba recorrido. Su cuerpo descansaría en el Real Monasterio de Poblet.

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Quando murió el rey don Fernando murió el temor e enfermó la justicia en la mayor parte de España. El Victorial.

Fue muy franco e muy manso, e muy justiciero, e mucho honrado de todos los buenos; fue muy piadoso e limosnero; fue hombre de gran corazón, e muy esforzado e muy dichoso en cosas de guerra. Crónica del Rey.

Alabanzas aparte, fue sucedido sin discusión por el príncipe Alfonso, rey Alfonso V en adelante, de veinte años. Es verdaderamente impresionante el legado que dejó, alabado por unos y criticado por otros. De ser un infante segundón, alcanzó un increíble poder territorial, económico y político; tal era su herencia que limitaría bastante la soberanía de su sobrino, de la Corona de Castilla, y que terminaría siendo el germen y la base de las futuras discordias entre don Álvaro de Luna, representante de los intereses de Juan II, con los llamados infantes de Aragón hijos del rey Fernando. Recibió de su padre señoríos muy importantes como Lara, Cuéllar, Medina del Campo, Olmedo, San Esteban de Gormaz o el ducado de Peñafiel. Ese territorio señorial sería agrandado a través de su matrimonio con doña Leonor, la rica fembra, con otros importantísimos señoríos como Ledesma, las Cinco Villas, Haro, Briones, Medellín o el condado de Alburquerque. Todo esto se traduciría en un poder económico tremendo. Más aún, la debilidad física de su hermano Enrique III le hizo acariciar muchas veces la Corona de Castilla y, aunque su hermano llegó a tener heredero, logró una regencia compartida pero con una supremacía innegable, a lo que se sumó el acceso de sus hijos a los maestrazgos de Alcántara y Santiago y al Consejo Real y, el culmen del poder político de esta rama menor de los Trastámara, como fue la Corona de Aragón. Un inmenso poder que traspasó a sus hijos: Alfonso la corona aragonesa y casado con María de Castilla, Juan acabaría bien en el trono de Nápoles o en el de Navarra, Enrique con el Maestrazgo de Santiago y con la mano de Catalina de Castilla, su hija María comprometida con Juan II, Leonor que acabaría en Portugal y Pedro con el ducado de Noto; así como los distintos señoríos repartidos. Una gran herencia para el clan familiar pero una manzana podrida para el devenir de la corona castellana. Así de bien analiza la situación que se va producir el gran Luis Suárez:

La rama menor de los Trastámara había sido preparada por su progenitor, Fernando de Antequera, para el ejercicio de un poder sin contradicciones, asentándole sobre la base de una suma de ingresos muy amplia. En su esfuerzo de centralización y desarrollo, la monarquía tropezó siempre con la barrera económica y militar que los infantes le oponían, siendo para ella cuestión de vida o muerte romperla. De ahí la intensidad, duración y complejidad de la lucha que, indirectamente, benefició a la nobleza...

Conocida la muerte del rey regente en Valladolid, se celebraron grandes exequias en la corte. Desaparecido Fernando el testamento de Enrique III era claro, y ahora le correspondía a Catalina asumir la regencia de manera completa. Reunido el Consejo por la regente éste debía acatar la nueva situación. Mas no fue del todo sencillo, ya que los seis grandes habidos en él -el arzobispo Rojas, el almirante Enríquez, el condestable Dávalos, el adelantado Manrique, el camarero Velasco y el justicia Stúñiga- exigieron para acatarla que se sacara al rey Juan del enclaustramiento en el que estaba sometido en el monasterio de San Pablo y que despachase de la corte a Inés de Torres y a su amante el señor de Villalobos, favoritos reales que tomaban decisiones contra o sin el consentimiento del Consejo, teniendo que aceptar la de Láncaster para evitar males mayores en la gobernación. Males que al final saltaron fruto de las continencias de los unos con los otros. Aunque no se sabe bien el motivo exacto -hay varias versiones- los grandes consejeros quedaron divididos: por un lado el arzobispo con Velasco y Stúñiga enfrentados a Enríquez, Dávalos y Manrique, por el otro. Poca paz y gloria, salvo para los suyos, dejaba Fernando, el de Antequera, en Castilla.

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 Asunto: Re: Don Álvaro de Luna, Condestable de Castilla
NotaPublicado: 24 Ago 2016 16:49 
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sambone escribió:
Deduzco que lo de "tomar las de Villadiego" viene de la espantá de don Alvaro ante la perspectiva de la boda que le preparaba el tal Juan Alvarez Osorio. :hehe:


No exactamente jajaja. Pero viene de perlas. Es una mala interpretación mía del viejo dicho :ooops: :lol: porque lo que no sabemos realmente es adonde fue, aunque sí que tomó las de Villadiego, que con tanta villa castellana me hago un lío :eyes: . El caso es que sí -siempre según las crónicas- no le gustó un pelo aquel matrimonio, no por la dama, con la que seguramente mantenía relaciones en ese momento, sino porque la estirpe de la dama era poco para un Luna y, desde luego, por las formas, por la intriga que se ideó. Ten en cuenta que se estaba construyendo un futuro y si por todo ello había que dar plantón real, se daba. Confiaba en que su rey volviera a llamarlo, como así fue. :thumbup:

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 Asunto: Re: Don Álvaro de Luna, Condestable de Castilla
NotaPublicado: 24 Ago 2016 16:53 
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Ambientemos con el Cancionero de Palacio.


UNA SAÑOSA PORFÍA - Juan del Encina.

Una sañosa porfía
sin ventura va pujando,
ya nunca tuve alegría,
ya mi mal se va ordenando.

Ya fortuna disponía
quitar mi próspero mando,
qu'el bravo León d'España
mal me viene amenazando.

Su espantosa artillería,
los adarves derribando,
mis villas y mis castillos,
mis ciudades va ganando.

La tierra y el mar gemían
que viene señoreando,
sus pendones y estandartes
y banderas levantando.

La muy gran caballería
hela, viene relumbrando,
sus huestes y peonaje
al aire viene turbando.

Correme la morería,
los campos viene talando,
mis compañas y caudillos
viene venciendo y matando.

Las mezquitas de Mahoma
en iglesias consagrando,
las moras lleva cativas
con alaridos llorando.

Al cielo dan apellido,
¡Viva el gran Rey don Fernando!,
¡Viva la muy gran leona,
Alta Reina prosperando!.

Una generosa Virgen
esfuerzo les viene dando,
un famoso caballero
delante viene volando.

Con una cruz colorada
y una espada relumbrando,
d'un rico manto vestido
toda la gente guiando.

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 Asunto: Re: Don Álvaro de Luna, Condestable de Castilla
NotaPublicado: 27 Ago 2016 17:19 
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No parece que hubiera hechos muy destacables en el tiempo que restaba de minoría del rey Juan. En este año -refiriéndose a 1417- no pasaron otras cosas que dinas sean de escrebir, nos dice el cronista Galíndez.

Esta relativa paz estuvo marcada por dos asuntos de relevancia. Uno de ellos fueron los altercados y enfrentamientos en la ciudad de Sevilla, alterando gravemente el orden, entre dos familias: los Guzmanes de Niebla y los Stúñiga. La causa fue que Alonso de Guzmán, hermano del conde de Niebla, se sintió engañado por la dote de Inés de Stúñiga su esposa, hija del justicia Diego López de Stúñiga, que moriría este mismo año. Y el otro asunto fue la firma de nuevas treguas por la regente con los granadinos, al encontrarse estos más fuertes por la desaparición de su pesadilla el rey Fernando de Aragón.

Durante la minoría de edad de Juan II se llevó a cabo la conquista señorial de las islas Canarias. La empresa fue dada por la Corona a Juan -o Jean- de Betancurt que tendría el señorío de las islas por conquista y con el título de rey. El rey Betancurt conquistó las islas de Lanzarote, Fuerteventura y el Hierro formándose, además, el obispado de Canarias. Las islas se venderías sucesivamente a otros señores hasta quedar en manos de los Peraza, que se asentaron allí. Permanecerían éstas, con posterior adquisición de La Gomera, en manos señoriales hasta el reinado de los Reyes Católicos, no exentas de conflictos a cuento del comercio de cautivos.


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 Asunto: Re: Don Álvaro de Luna, Condestable de Castilla
NotaPublicado: 01 Sep 2016 20:07 
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Como la calma que antecedía a la tormenta...

La llegada de la primavera de 1418 trajo un recaída en la salud de la reina. Temblores y una terrible debilidad muscular terminaron por postrarle en cama diagnosticándosele perlesía. La corte se volvió a Valladolid para tratar el mal de la reina mientras que el rey, liberado de la protección materna, se instaló acompañado de los grandes en Simancas, para estar cerca y seguir la evolución de la enfermedad. Mas madre e hijo no volverían a verse... El 2 de junio amanecía muerta la reina Catalina a los cuarenta y cinco años de edad. Desaparecía aquella rubia princesa venida del norte para poner fin a la escisión dinástica y con su muerte se rompía el frágil equilibrio político que mantenía el reino ante la minoría de su monarca.

Y no tardaron en salir las discusiones por el poder. El rey, en manos de la grandeza, escribía al reino notificando la desaparición de la regente su madre y su predisposición a hacerse cargo de la gobernación. Mientras cumplía la mayoría y se realizaban todas las formalidades el Consejo determinaba que continuasen todos los que estuvieren en él en tiempos de Enrique III y gobernasen en conjunto. No obstante, no faltaron las intrigas para anularse unos a otros según sus rencillas políticas. Se coaligaron todos contra el mayordomo Juan de Velasco, por porfioso, aunque terminaría muriendo en septiembre de este mismo año, y contra el arzobispo Rojas, sin duda por el enorme poder que este manejaba en todos los asuntos y por apoyar a la familia real aragonesa. Las luchas por el control del joven Juan II no hacía más que empezar.

En este tiempo, el ynfante don Johan, fijo del rrey de Aragón, que se avía pasado en Çeçilia, como supo la muerte de la rreyna doña Catalina, acordó de se venir luego para Castilla... E luego les fue movido por el ynfante don Enrrique y por los otros caballeros que allí estavan que se juntasen con ellos y entrasen en concordia y confederaçion que avían fecho entre sy.

Mal salieron los negocios en Nápoles para el infante Juan de Aragón, puesto que Juana II de Nápoles habíase casado con un noble francés. Sin nada que hacer en Italia vínose para Castilla donde, muerta la reina regente, tenía mucho más que ganar en su tierra natal, no olvidándose de ratificar el compromiso matrimonial con Navarra. Acompañado siempre por su mayordomo, el adelantado de Castilla Diego Gómez de Sandoval, se unieron a la dicha confederación en la que ya estaba su hermano el infante Enrique y pusiéronse a gobernar. Y eran muchos los asuntos a tratar. Además de los conflictos internos, como los que se habían producido entre clanes nobiliares en Sevilla, la política exterior estaba un momento muy crucial. La guerra entre Inglaterra y Francia llamaba a Castilla, franceses para la alianza e ingleses para la guerra. Portugal, por su parte, seguía intentando firmar un acuerdo de paz definitivo y tampoco se podía perder de vista a Granada, cuyas treguas estaban próximas a caducar. Pero una liga de nobles como esta, donde no faltaba la ambición, no podía funcionar sin un liderazgo claro. Y más pronto que tarde saldrán los candidatos surgiendo la división entre ellos.

E estando el Rey en Tordesillas, fue fablado casamiento suya con la ynfanta doña María, fija del rrey de Aragón y hermana de los ynfantes... Y fue acordado por todos aquellos señores que se devía poner en execuçión...

Así fue que el primer asunto a tratar, nada más morir la reina regente, fue la del matrimonio de Juan II, que contaba con trece años y medio. La voluntad de Doña Catalina fue aceptar la proposición portuguesa y casar al rey con una infanta del reino vecino, consiguiendo así la paz defitiniva entre ambas coronas y compensar el enorme poder peninsular que estaba adquiriendo Aragón. Mas el grupo de nobles, esta vez con el arzobispo Rojas a la cabeza, consiguió que el rey casara con su prima la infanta María de quince años. Con este matrimonio, celebrado en Medina del Campo el 18 de octubre, se agrandaba la posición de la rama Trastámara-Aragón y rodeaba aún más al rey, y a la Corona, de su presencia. Se dice que la dote de doña María fue de doscientas mil doblas castellanas, la mayor dote que jamás había tenido una hija de España. Lo que daba muestra del poder económico de la familia de Aragón.

E allí desposaron al Rey con la Infanta doña María su prima, fija del rey don Fernando de Aragón, e fiziéronse frandes fiestas e justas e torneos e danças e otros plazeres. En las quales fiestas don Álvaro de Luna aventajaba entre todos, así por el grand favor que el rey el daba, como por la mucha gentileza e destreza que mostraba en todo lo que dezía e fazía. (...) E en esta guisa iban creciendo de cada día las virtudes e bondades, e el claro nombre de don Álvaro de Luna, e todos lo iban presciando más.

Recalco lo de don Álvaro porque son las noticias que tenemos de él en estas fechas. Fechas en las que la trama principal no está en él pero ya deja de ser poco a poco un mero espectador privilegiado. Allí en Medina estuvieron además de los novios los reyes, la reina viuda doña Leonor de Aragón, los infantes Juan, Enrique y Pedro de Aragón y la infanta Catalina de Castilla, hermosa y todavía soltera. Y, ya saben, que de una boda sale otra...

En este tiempo, estando allí en Medina, fue fablado entre los grandes que allí estavan que por dar más paz y sosiego en el rreyno se fiziese casamiento de cualquier de los ynfantes, fijos del rrey de Aragón, con la ynfante doña Catalina, hermana del Rey, lo qual fue asy concordado y asentado que el ynfante don Enrrique casase con la dicha ynfante doña Catalina, porque antes desto se avía fablado casamiento del ynfante don Johan con la infanta doña Blanca, fija del rey de Navarra, la qual era heredera de dicho rreyno de Navarra.

El asunto no es baladí. Son muchas las crónicas y estudios que ponen como origen a la división nobiliar fruto del enfrentamiento entre los hermanos infantes a la pretensión por la infanta Catalina. Romanticismos aparte, que quedan muy monos para las novelas, la mano de la bella Catalina suponía romper el equilibro entre los hermanos, no sólo el equilibrio económico -más o menos conseguido en testamento por Fernando de Antequera- puesto que podría suponer el marquesado de Villena como dote, sino el político. Lo que estaba en juego era el control del rey y el liderazgo en la confederación nobiliar, en el poder, que se disputaban ambos infantes. El asunto de aquel matrimonio hizo saltar la chispa que todo lo incendió y terminó por dividir a los grandes. Don Juan se fue apoyando en el arzobispo Rojas, en el mayordomo Juan Hurtado de Mendoza -primo de don Álvaro-, en el adelantado Diego Gómez de Sandoval su mayordomo o en el conde Fadrique de Trastámara. Junto a Enrique, por su parte, si hallaron el almirante Enríquez, el condestable Dávalos o el adelantado mayor Manrique. Finalmente se concluyó que lo más conveniente era que la infanta casara con Enrique maestre de Santiago para poder mantener el compromiso de Juan con Blanca de Navarra. Mas no con ello se aplacaron las diferencias fraternales.

No obstante los problemas con la nobleza no solamente de circunscribían a la corte. De nuevo la familia Stúñiga, desplazos del poder y protagonistas de los disturbios en Sevilla, eran la fuente de conflicto. Pedro de Stúñiga, heredero de aquel justicia al servicio de Enrique III, se había hecho por la fuerza con la vacante del obispado de Palencia para su hermano Gonzalo Stúñiga. Aquella vacante había sido asignada, por deseo del rey, a Guiterre Álvarez de Toledo, arcediano de Guadalajara y del partido de Enrique. Mas nadie en el consejo se atrevía a desafiar a los Stúñiga o Zúñiga, al gusto, teniendo que ir el gran militar Pero Niño a sacar a Gonzalo de la sede con unos pocos hombres.

E partió de Medina del Campo don Álvaro de Luna con el Rey de Castilla, e fue dende a la villa de Madrid, e estovo ende todo aquel año... Allí se convocarían las cortes que declararían la mayoría de edad del rey y donde saldrían a la palestra las diferencias en la corte.

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Última edición por Godoy el 01 Sep 2016 21:56, editado 1 vez en total

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 Asunto: Re: Don Álvaro de Luna, Condestable de Castilla
NotaPublicado: 01 Sep 2016 21:11 
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Dios, qué rato acabo de pasar...Me dan ganas de pegar unos buenos saltitos por los aires agitando pompones, aunque quede absolutamente anacrónico. Algunas cosas:

*Me he quedado absolutamente intrigada, y fascinada, al conocer la controversia sobre la identidad de la madre de don Álvaro de Luna.

*Lo mismito que a Ise, se me ha caído un mito: Catalina de Lancaster. La imaginaba una versión "rosa de té inglesa" de la abuela Philippa de Hainault, con cierto toque picante de la abuelita María de Padilla. La imaginación, que es así, jajajaja. Y me encuentro con esto...

*Yo también he captado al instante, gracias al gran lujo de detalles del cuadro que estáis pintando, la clave de la gran dependencia que desarrolló Juan respecto a Álvaro. Verdaderamente, el ambiente en el que hubo de conformarse el carácter de aquel monarca que llegó a serlo demasiado pronto, propiciaba ese tipo de vínculo.

Está entretenidísimo el relato...y aparte de disfrutarlo, aprendo línea a línea. Por citar a alguien: me encanta y me requeteencanta...


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 Asunto: Re: Don Álvaro de Luna, Condestable de Castilla
NotaPublicado: 02 Sep 2016 23:57 
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Dice la Crónica del Rey: En este tiempo el Arzobispo de Toledo don Sancho de Rojas estaba tan favorecido con la Reyna de Aragón -la viuda de Don Fernando- e con los Infantes, que todos los hechos del Reyno se despachaban por su mano; e como quiera que los otros Grandes del Reyno que ahí estaban algo entendían en los negocios, ninguna cosa se hacía, salvo lo que el Arzobispo quería.

De nuevo se recalca el enorme poder que ejecuta el arzobispo Sancho de Rojas -aquel gran colaborador del rey Fernando como regente- gracias a la estima que seguía gozando de la familia de los infantes de Aragón. Esta manera de proceder hacía levantar ampollas entre los otros grandes caballeros de la corte, de manera que se formó el llamado grupo de los cinco: el almirante Enríquez, el condestable Dávalos, el mayordomo Mendoza -primo de don Álvaro y también con gran ascendencia real-, el adelantado Manrique y el arcediano Álvarez de Toledo. Juntos consiguieron el apoyo del infante Enrique -enfrentado a sus hermanos Juan y Pedro- y de su mayordomo Garci Fernández. Estos apremiaron en secreto al rey, con la ayuda del propio Mendoza y de nuestro Luna, para que tomara las riendas del gobierno valiéndose de sus consejos. Así se lo prometió el rey, que si esa era la costumbre pondría orden en el gobierno tras las cortes.

Reuniéronse y celebráronse las cortes en la villa de Madrid en marzo de 1419 cuando el monarca entraba en su mayoría de edad. Con motivo del cumpleaños del rey Juan se celebraron también justas y torneos... e don Álvaro de Luna avía salido a la justa muy ricamente armado, con unos paramentos muy ricos, (...) E don Álvaro avía grand voluntad de lo fazer muy buen aquel día, assí por lo mirar el Rey su señor como muchas duelas e doncellas e grandes señoras que allí estaban (...) E fízolo muy bien aquel día, e rompió muchas lanças, e traxo muy bien tiento, e anduvo muy hermoso caballero, e fue el más presciado e loado de todos los otros; e ya el rey le avía enciado a decir que non fiziese más, que farto avía trabajado por estonce. Don Álvaro que nunca jamás en los fechos de caballería ni en las otras cosas que oviese de fazer sintió aver trabajo, nin menos temió peligro que por esta causa le pudiese venir, envió un caballero a suplicar al rey quisiese dar licençia para fazer una carrera tan solamente. E a la sazón estaba en el rencle de la tela, de la otra parte, Gonçalo de Cuadros, que era uno de los mayores justadores e más valientes e punteros que por aquellos días avía en la corte del Rey... e viniéronse allí el uno al otro... (...) E Gonzalo de Cuadros encontró a don Álvaro por la vista del yelmo, y el roquete de la lança abrió la vista, e encontróle en la frente, e con las puntas del roquete quebrantóle todo el caso de aquella parte de la cabeça; pero don Álvaro non cayó del caballo. E començó a salir tanta sangre de la ferida por la vía del yelmo, que todos los paramentos e sobrevistas e las trançaderas que su amiga le avía enviado, fueron llenas de sangre.

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Resulta tremendamente ilustrativo cómo lo describre la Crónica del Rey. Puede que don Álvaro pecara de osado o prepotente en los juegos de justas pero hay que tener en cuenta lo relevante que eran estas manifestaciones sociales en su época, como los deportes de élite de hoy día; era una manera de hacerte ver y que vieran tu valía, como dice no sin cierta malicia la propia crónica. No se debe pasar inadvertido lo bien puesto que se presentaba el cañetero para los juegos, más allá de despertar admiraciones femeninas ponía de relieve el peso que alcanzaba en la corte y su poder adquisitivo, que debemos suponer que venía de la herencia de su tío el arzobispo Pedro de Luna, puesto que para no mucho debía dar su salario de maestresala. Lo cierto es que el golpe fue brutal. El roquete de la lanza vino a impactar con la velocidad del caballo en la frente de don Álvaro rompiendo casco y cráneo. E en grand peligro estovo don Álvaro de Luna de aquella ferida, ca todos pensaron que muriera, ca le sacaron bien veinte e quatro huesos de la cabeça. Lo que dice la crónica, que digo yo que no se podrá tomar al pie de la letra, da a entener perfectamente la gravedad del incidente. Tras el golpe, como se ha leído arriba, don Álvaro no cayó del caballo, pero salía la sangre a borbotones de la cabeza perdiendo poco después el conociemiento. Se temió por su vida. El rey Juan, angustiado como media corte, hizo que los mejores físicos del reino atendieran a su amigo. A algunos pudieron venirles de perlas aquella posible repentina desaparición de aquel joven brillante que había conseguido camelarse al rey que estaban a punto de proclamar mayor de edad. Más oportuno el momento no pudo ser.

Con este susto en el cuerpo se dio al día siguiente, 7 de marzo, las solemnes juras en las cortes celebradas en Madrid. El rey, rodeado de grandes, caballeros y procuradores, prometió estar a la altura a pesar de ser de edad tan tierna. No obstante, aquel rey Juan era un joven sin experiencia, criado en régimen de semi enclaustramiento bajo las faldas de su madre, ni conocía mundo, ni la maldad de los hombres, ni tampoco tenía ambición... El mundo de la política no era para él, le aburría, le superaba tal vez, era una pesada losa que la Providencia le había asignado y se encontraba sólo, en tan tierna edad, sin nadie que le transmita verdadera confianza. Quizá existía esa persona, pero para colmo de sus males quizá no llegaría a contarlo. El grupo de los cinco, por su parte, aprovechando la baja de Luna y que el mayordomo Mendoza se contaba entre ellos, se reunieron con el rey en la cámara del condestable aprovechando una crisis que sufría éste por un ataque de gota. Allí, a espaldas del arzobispo de Toledo, se acordaron una serie de directrices de cómo debía funcionar la gobernación, estableciéndose por ejemplo que las decisiones debían tomarse por mayoría del consejo, impidiéndose así que el arzobispo hiciese las cosas a su libre voluntad. Muy mal sentó a Su Eminencia aquella afrenta, abandonando la corte camino de Toledo aunque no tardó en regresar, seguramente requerido por los infantes Juan y Pedro.

El 3 de abril sucede algo cuanto menos, llamativo: E partió el Rey de Madrid, e fue a tener el Domingo de Ramos a Segovia; e don Álvaro de Luna quedó en Madrid, ca aún no era sano de la ferida... La corte partía sin don Álvaro todavía postrado por las heridas. Llama mucho la atención que el rey se fuera con la corte sin su amigo en un momento personal, acababa de recibir las riendas del gobierno, muy delicado, necesitaba mucho consejo y ayuda. Encima las crónicas no nos dan más información. Sabemos, eso sí, de las atenciones que don Juan II prestó a su amigo mientras estuvo en Madrid. Puede que la Crónica del Rey dé alguna pista: Ya en este tiempo Álvaro de Luna era mucho privado del Rey; e como él era primo de doña María de Luna, mujer de Juan Hurtado de Mendoza, Álvaro de Luna hablaba con el Rey todo lo que Juan Hurtado quería, e por esta forma Juan Hurtado por entonces governaba la mayor parte de los hechos del Rey. O sea, que es don Álvaro el que termina por mover la voluntad real, es quien tiene secuestrada la confianza del monarca, puesto que Mendoza se tenía que valer de él para hacer realidad sus propósitos. Me pregunto, y dado que la crónica de don Álvaro es parca en este punto a diferencia de otras separaciones de la corte, si más bien no fue una estratagema de los grandes caballeros para apartar a Álvaro del rey, en plena batalla de hacerse con el favor real, y que con suerte se muriera en Madrid e intentar ganar ese vacío dejado por el maestresala. El caso es que el rey terminaría en el Alcázar de Segovia en manos de Mendoza y el Almirante con el resto del grupo y Rojas con los infantes y los suyos conspirando en la iglesia segoviana de Santa María.

Continúa la Crónica de don Álvaro: Después que don Álvaro fue sano de la ferida, partióse de Madrid, e fuese para el Rey,e falló que era ya ende venido (...) otros grandes caballeros del reyno, e con ellos juntóse de la una parte el arzobispo don Sancho, contra los que avemos dicho que estaban cerca del Rey... Es decir, se halla don Álvaro de regreso en la corte y se encuentra al rey en el Alcázar, cuyo alcaide es el primo Mendoza, junto al Almirante y el resto del grupo y a los demás grandes caballeros venidos a la corte junto al arzobispo Rojas conspirando contra el proceder de aquéllos. O sea, imagínense el panorama que el astuto Luna se encuentra. Una guerra política abierta con el joven rey en manos de un bando, sin que conozcamos ninguna llamada hacia su amigo, pareciendo estar secuestrado. Como agua de mayo debió ser para Juan II la vuelta de su amigo.

Quando llegó -Luna- sintió que estava todo en otra guisa, e que los que diximos que con el se avían juntado non le acatavan segúnd solían, ni lo llamaban a los consejos, nin le daban parte nin cavida en las cosas, ni asimismo a Juan Furtado. Por lo que queda claro que el objetivo es quitar el ascendiente de don Álvaro para controlar la voluntad del rey. Ahora encaja todo más, aquella partida de Madrid para Segovia y esa ausencia de llamadas por parte del rey como hiciera en otras ocasiones. Es entonces cuando nuestro protagonista toma la iniciativa. Y es Silió en su biografía sobre el Condestable el que analiza perfectamente la situación.

No es ya doncel de dieciocho años que se congracia muy pronto con las damas de la corte, (...), y gana simpatía entre los caballeros que saben cuánto le quiere el rey niño don Juan. Don Álvaro ha cumplido veintinieve años; conoce todos los entresijos de aquella sociedad alborotada; su natural despejo se ha enriquecido con el constante trato con gentes principales...; tiene también su ambición, se siente fuerte y aspira a dominar el tumulto de las banderías, fortaleciendo frente a ellas el poder real, que era tanto como fortalecerse a sí mismo, dados su intimidad y su ascendiente con el rey.

Análisis magistral. Esto mismo es lo que tiene Álvaro de Luna en su cabeza. Se puso manos a la obra y entendió que convenía reparar por discreción lo que por ausencia se avía dañado. Lo primero que hizo fue ganarse a su primo Mendoza, del que la crónica nos dice que se estaba viendo apartado del grupo de poder y díxole que se juntase con él, e toviese coraçon para seguir lo que él faría, ca más valía que sus debdos ouviesen el lugar e cercanía con el rey que non los estraños. Con el apoyo de Mendoza consiguió acercar al rey al bando del arzobispo Rojas. Producido el acercamiento y conocidas sus quejas el rey determinó, seguramente empujado por Luna y Mendoza, que como hubiese gran contienda entre los Grandes del Reyno sobre la governación, hubose de dar el orden siguiente, es a saber: que los quince Perlados e Caballeros que aquí se dirán, estuviesen con el Rey por tres tercios del año, de quatro en quatro meses en la gobernación; e pasado su tiempo se fuesen a sus tierras, e viniesen los del tercio segundo, e así del tercero. Esta idea un tanto rocambolesca fue la que se granjeó para intentar encontrar un equilibro que garantizara el orden y la marcha de los negocios del reino. En los tres grupos que se diseñaron se intentó que todas las sensibilidades estuviesen representadas quedando de la siguiente forma:

-En el primer grupo o tercio: Lope de Mendoza, arzobispo de Santiago; Alonso Enríquez, almirante; Garci Fernández Manrique, mayordomo del infante Enrique; Juan Hurtado de Mendoza, mayordomo mayor; y Diego Hernández, mariscal.
-Segundo tercio: Sancho de Rojas, arzobispo de Toledo; don Fadrique, conde de Trastámara; Ruy López Dávalos, condestable; Pero Manrique, adelantado; y Diego Fernández de Quiñones.
-Tercer tercio: Pedro de Stúñiga, justicia; Pero Ponce de León; Perafán de la Ribera, adelantado de la frontera; Diego Gómez de Sandoval, adelantado de Castilla; y Gutierre Álvarez de Toledo.

No obstante, esto no lograría limar asperezas, todo a cuento de los poderosos infantes de Aragón. Unos porque querían al infante Juan cerca del rey, los otros porque preferían al infante Enrique, otros porque querían a ambos fuera de la corte porque ya fuera uno o el otro trabajarían junto a los suyos en contra de los otros. Muchos debates y contiendas hubo acerca de esto. Mas como estaban todos más prestos a los propios intereses que a los del reino, terminaron por dividirse entre uno u otro hermano y creando sospechas y enemistades entre ambos. Y en medio de todos... Don Álvaro de Luna que, como quedaba de manifiesto, era el que más gozaba de la voluntad del rey, tanto unos y otros le trataban. Es entonces cuando el de Cañete da la gran estocada a todos sus rivales:

E fabló don Álvaro con el Rey, quando vido que todos estaban así repartidos, diciéndole: -Señor, pues yo solo quedo, e todos estos caballeros tienen fechas sus compañías ante vuestra cámara, mandad a mí ante ellos que me acueste a los pies de vuestra cama. El rey le dixo que lo faría. Y así fue. Con este gran privilegio se consolidaba ante la vista de todos, para sorpresa de muchos y disgusto de no pocos, la ascendencia de don Álvaro con el rey. Prácticamente para llegar al rey primero había que hacerlo por Luna, se convertía así en claro árbitro de la situación para, así entendemos, alivio del rey Juan, que no sólo gozaba de la compañía de su amigo en su misma alcoba, sino también de su protección frente a una grandeza que lo asfixiaba. Y no tardó en hacer alarde don Álvaro de Luna de su privilegiada situación. Cuando el consejo del primer tercio decidió trasladar la corte de Segovia a Valladolid, se le vio desfilar junto a trescientos caballeros bajo las armas de su casa encontrándose entre ellos a los señores de Belmonte, Oropesa o Moguer.

No tardaría en caldearse el ambiente aún más cuando transcurrido el plazo de los cuatro meses el consejo, valiéndose de la privanza de Mendoza, se negó a traspasar el poder. Éste sería el origen que llevó al infante don Enrique a tramar algo contra él. Mientras tanto la corte marchó de Valladolid a Toledo para dar sepultura a la reina Catalina junto a su esposo y posteriormente se trasladarían a Madrid para pasar las Navidades.

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 Asunto: Re: Don Álvaro de Luna, Condestable de Castilla
NotaPublicado: 02 Sep 2016 23:59 
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Minnie escribió:
Dios, qué rato acabo de pasar...Me dan ganas de pegar unos buenos saltitos por los aires agitando pompones, aunque quede absolutamente anacrónico.


Me siento altamente recompensado con tales halagos. Sé bienvenida a la corte de Juan II. :thumbup:

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 Asunto: Re: Don Álvaro de Luna, Condestable de Castilla
NotaPublicado: 06 Sep 2016 16:37 
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Y los acontecimientos terminaron por precipitarse...

A comienzos de 1420 llegaba a Valladolid una embajada del rey Carlos de Navarra en la que pedía la presencia del infante don Juan en su reino para las ratificaciones de las bodas que por poderes se habían realizado a finales del año anterior. El rey, tras discutirlo en Consejo, concedió una licencia a su primo infante para el viaje y pudiera desposarse con la infanta heredera de Navarra. Conviene no perder de vista que esta licencia era para unos cuarenta días puesto que el infante no pretendía, ni mucho menos, olvidar los negocios de Castilla y centrarse en el encajonado reino pirenaico de Navarra. Y tampoco se puede pasar de vista lo que significa esta boda. Supone que este reino hispánico abandone la órbita francesa después de dos siglos de varias dinastías del otro lado de las montañas con la instalación de una dinastía castellano-aragonesa que iniciaría el propio infante de Aragón. Juan de Aragón abandonó la corte acompañado del infante Pedro su hermano, su fiel Sandoval y muchos de su casa. La boda de los infantes Juan y Blanca terminaría celebrándose el 18 de junio en la catedral de la Virgen María de Pamplona.

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El turnismo en el Consejo seguía su curso quizá más mal que bien pero seguía y un tercio hubo de dar paso a otro. Renovado el Consejo y marchado don Juan con los suyos, se determinó asimismo que la corte se trasladara a Tordesillas. Marcharon el rey con la reina su mujer, su hermana la infanta, don Enrique, Mendoza, Luna y muchos otros quedándose Rojas, Fadrique, Stúñiga y otros en Valladolid porque su turno político había terminado.

Mucho debió meditar don Enrique en el camino de Valladolid a Tordesillas. Su hermano don Juan ya era infante heredero de Navarra amén de Aragón en tanto en cuanto don Alfonso no tuviera heredero. La fallida boda de Nápoles, hacia donde don Fernando su padre le había destinado, había hecho traerle de vuelta a Castilla para serle un estorbo en sus negocios. Con la boda navarra tendría aún más preeminencia y poder. Para colmo el zorro de Mendoza gobierna y desgobierna a su antojo, es familiar de don Álvaro y se burla de la pantomima de la Ordenanza de Segovia que regula al Consejo. Su única baza para estar cerca del trono es el matrimonio con la infanta, pero ésta le rehúye y nadie parece tener los pantalones de ejecutar la voluntad testamentaria de los reyes Enrique y Fernando. Pero ahora no están ni Juan, ni los juanistas; se acaban de celebrar cortes y muchos procuradores no han visto compensados sus negocios ni tampoco se quejarían muchos grandes si se elimina al canalla de Mendoza, al que se le ve últimamente muy cerca del entorno juanista. Es más, don Álvaro y él no pasan por el mejor entendimiento... ¡Ahora o nunca! Que debió pensar aquel inquieto infante.

Lo primero era casarse con la infanta cuanto antes. Y olvídense, queridos, de cualquier atisbo de romanticismo en esta historia. De doña Catalina, al contrario que su hermana María, se dice que fue bella pero no nos ha llegado nada que pueda vislumbrar un enamoramiento de don Enrique hacia ella. O si lo hubo, desde luego, fue por el riquísimo marquesado de Villena que la infanta llevaba en dote. Con él podía aparejar fuerzas respecto a su hermano mayor además de que le situaría muy cerca del rey y sería más difícil justificar una posible salida de la corte. Así que para llevar a cabo sus planes tomó una doble vía: Primero quiso ganarse a Álvaro de Luna, comprarlo, consiguiendo que si no apoyaba sus planes que al menos no se postulara en contra. Don Enrique le ofreció el puesto de mayordomo -un ascenso notable y el mismo puesto que ahora gozaba su primo- así como la mano de alguna de las hijas del condestable con, por supuesto, una suculenta dote. No sabemos qué es lo que llegó a contestar si es que llegó a contestar algo y por contra hiciera gala de su prudencia, pero sí sabemos que don Álvaro conocía que algo se estaba cocinando. Lo que nos extraña es que don Enrique le ofreciera romper el matrimonio por poderes que desde marzo de este año tenía nuestro Luna con doña Elvira de Portocarrero, hija de los señores de Moguer. La otra vía era convencer a Fernando Alonso de Robles, contador de la casa del rey, para que la boda con Catalina se hiciera efectiva de una vez. Robles, que veía en el veinteañero don Enrique la ambición personificada y -seguramente- la envidia por la posición de su hermano don Juan, y que sabía que los deseos de la infanta pasaban por casarse con un príncipe o monarca extranjero le espetó al infante-maestre un no es no y ¿qué parte del «no» no has entendido? Así que viendo que la vía negociadora no surtía efecto, decidió ponerse en contacto con sus fieles Dávalos, Manrique y Garci Fernández. Secretamente estos señores se acercaron a la corte y mantuvieron contactos teniendo muy claro el objetivo: la cabeza de Mendoza. Pero todo se aceleró cuando supieron que el rey tenía intención de moverse hasta Segovia... Y Segovia era terreno de Mendoza, de cuyo alcázar era alcaide. Así que sería más difícil llevar a cabo sus confabulaciones.

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Narra la Crónica del Rey que el infante don Enrique fingió que quería dende partir, e secretamente llamó hasta trescientos hombres darmas de los suyos, e mandó que estuviesen todos en el campo el viernes en la noche -12 de julio de 1420-; y el domingo -14 de julio- en amaneciendo el infante oyó Misa, e dixo que quería partir para ir a ver a la Reyna doña Leonor, su madre, e que quería ir a palacio a se despedir del Rey, e la gente suya había entrado en la villa ante que amaneciese... El contacto entre los confabulados y la corte fueron Sancho de Hervás, guardarropa real, y Juan de Tordesillas, obispo de Segovia, ambos enriquistas. Ellos informaron el día anterior al mayordomo Mendoza de la intención de partir del infante a Medina haciendo una visita previa al rey de despedida. (...)e fuese con toda su gente al palacio del Rey, e con él el Condestable y el Adelantado Pero Manrique, e Garci Fernández Manrique, los cuales tres iban cubiertos de capas pardas porque no fuesen conocidos hasta entrar en palacio, e con ellos venía don Juan de Tordesillas, obispo de Segovia. E luego como en el palacio entraron, mandaron cerrar todas las puertas... e fueron a la cámara donde Juan Hurtado (Mendoza) dormía, y el infante mandó a Pero Niño que entrase en la cámara de Juan Hurtado, e diez hombres darmas con él, e lo prendiesen, e Pero Niño entró espada desnuda en la mano... e Juan Hurtado diose a prisión... Y esto hecho, el infante y el Condestable don Ruy López Dávalos, e Garci Fernández Manrique, y el Adelantado Pero Manrique, y el obispo de Segovia se fueron para la cámara del Rey, e hallaron la puerta abierta, porque Sancho de Hervás había hecho dexar así; e como el infante entró e los caballeros que con él iban, hallaron al Rey durmiendo, e a sus pies Álvaro de Luna; y el infante dixo al Rey... Atención al diálogo que nos muestra la crónica de don Álvaro:

- Señor, levantaos que tiempo es-dijo el infante al Rey.
-¿Qué es esto? -preguntó el monarca.
Según la crónica del rey entre aturdido y enojado.
-Señor, yo soy aquí venido por vuestro servicio, e por echar e arredrar de vuestra casa algunas personas que hace cosas feas e deshonestas e mucho contra vuestro servicio, e por vos sacar de la subjeción en que estáis; e por esto, Señor, he hecho estar detenidos en vuestro palacio a Juan Hurtado de Mendoza,e a Mendoza, su sobrino, de los cual haré más larga relación a Vuestra Merced de que se levante. -replicó el infante.
-Como, primo, ¿esto aviades vos de hacer?-preguntó el Rey.

Luego terminaron interviniendo el condestable y el obispo de Segovia justificándose, afeando a los hechos que se hacía en el reino por mano de Mendoza, que encima se regía por Abrahen Bienveniste, un judío. Porque, encima, a esta historia no le falta ni la conspiración judeo-masónica, jaja. Abrahen o Abraham Bienvenista, conocido con el apodo del El Viejo, era uno de los pocos judíos acaudalados y entendidos en el manejo de las rentas públicas, uno más con el sambenito tradicional sefardí tal y como dice Amador de los Ríos, que terminó entrando al servicio de Juan Hurtado de Mendoza y que seguirá junto a don Álvaro. Y la escena termina con el rey furioso y pidiendo que lo dejaran vestirse exclamando:

-¡Abasta, abasta!

Hablando de don Álvaro, la Crónica del Rey Juan II no le hace partícipe de la escena cuando era presente. Sin embargo, la Crónica de don Álvaro sí, y viendo éste que el infante entraba, reconociéndole le espetó:

-¿Buena gente, tan de mañana dónde? ¿Hoy se vos es olvidada, infante, la reverencia que a los reyes es debida, quanto más al vuestro rey e señor natural? -Claro que el infante tenía dos reyes y señores, su primo en Castilla y su hermano en Aragón :hehe:- ¿Qual pensamiento fue aquel que vos fizo asacar tan feo e desmesurado atrevimiento? E vosotros que lo seguís, ¿recuérdasevos de la grand deslealtad que acometéis? ¿E de cómo voso faceis parciales de una terrible e muy granve culpa? Pluguiese a Dios que agora yo fuese muerto, e vosotros non oviésedes cometido tan deshonesto e abominable error.

Después que el rey se sumara a los reproches, añadía el infante seguramente con voluntad de calmarlo:

- Señor, Don Álvaro de Luna queremos que sea cerca de vos, que es virtuoso e bueno, e ama vuestro servicio; mas algunos de los otros -en clara referencia a Mendoza y a los suyos- apartadlos de vos.

Con más o menos protagonismo, con mayor o menor discurso, lo cierto es que podemos preguntar cuál era la razón que hacía que los confabulados no pidieran la cabeza de Luna, familiar de Mendoza, y un escollo más en el camino hacia el rey. La propia Crónica del Rey nos da la clave:

porque sabían bien que el Rey non facía cosa alguna de voluntad por persona del mundo, salvo por Álvaro de Luna... e porque sin Álvaro de Luna, nunca podrían sosegar al rey en ninguna manera; e contentando a él, entendían que habrían la voluntad del rey.

Claro, clarísimo. Mas no escapó don Álvaro de acusaciones de traición puesto que su propia prima, doña María de Luna prendida junto a su esposo, denunció que don Álvaro estaba en el secreto. ¿Supo de la oferta del infante al maestresala previa al golpe? A cambio de mantener a don Álvaro, tuvo que aceptar el rey que el infante dispusiera de los cargos de su Casa para su gente de confianza y de mandar al exilio a todo aquel que no le fuera leal, entre ellos a Fernando Alonso de Robles, con gran pesar de don Álvaro, que se negó a secundar al infante y tuvo que partir para León no sin antes conseguir que Manrique y Velasco quedaran en Valladolid y fueran el puente de comunicación con don Álvaro.

Fuera de los aposentos del rey reinaba el desconcierto: Unos de los donceles de la guarda se levantaban desnudos de sus camas, no dándoles espacio nin para se vestir, e faciéndolos salir del palacio; algunos otros se iban en jubones e descalzos, e otros entraban armados de todas armas, entraban tan denodadamente como quien entra en lugar por fuerza; e otros venían de fuera por ver qué cosa era, e estaban espantados; otros llegaban a la puerta por entrar, e no les consentían, e echábnlos en mal son... Algunas de las dueñas de la Reina andaban por el palacio, no muy bien vestidas ni afeitadas, mas mucho turbadas, como aquellas que no sabía qué cosa era.Tremendo panorama que se fue trasladando a la villa a medida que amanecía y el pueblo se levantaba. Las noticias con presos, huidos y gente de armas por las calles corrió como la pólvora y los temores sobre la seguridad del rey alarmaron a toda la población. Tal era el alboroto, más aún cuando entraron en Tordesillas los enriquistas conde de Benavente y arzobispo de Sevilla con sus huestes, que tuvo el infante que hacer llamar a los procuradores de las cortes que aún quedaban en la villa para enviarles mensajes tranquilizadores a todas las ciudades. Álvaro de Luna, por su lado, hizo mantener en calma a los suyos, a sabiendas de su inferioridad y evitar así un inútil derramamiento de sangre. Acto seguido accedió a los ruegos de don Enrique e ficieron cabalgar consigo a Álvaro de Luna, aunque non le placía, para que anduviese con ellos por la corte a mandar de parte del rey que se fuesen della aquellos que el infante le dixese. A Álvaro de Luna mandaba el Infante que estaba en un caballo suyo que ende estabam e afirmase que dixera que non debía él cabalgar en caballo, salvo en asco, como hombre de malaventura, por ver aquello que veía. Cabalgó en una mula, e anduvieron así el infante e los caballeros e Álvaro de Luna por toda la villa, cuanto una hora, sosegando a la gente, que andaba mucho escandalizada. Aquella humillación consiguió tranquilizar al pueblo, pero estamos casi seguros que don Álvaro jamás lo olvidaría... De hecho, por más mercedes y dineros ofrecidos, no dobló su voluntad y no apoyó al infante.

Aquella jornada la noticia volaba a galope. Tan pronto se enteró el arzobispo Rojas hizo enviar carta al infante don Juan para que apresurara su llegada y se refugió en Peñafiel. Allí se reuniron todos los caballeros juanistas. Don Juan, tan pronto llegó a Peñafiel, mandó carta a sus vasayos para reunir hombres y ganar voluntades ante el secuestro del rey y hasta allí mandó a su hermano infante don Pedro y a fiel Sandoval. Pero, ¿verdaderamente se trataba de un secuestro? Es lo que debió pensar don Juan. ¿Cuál era el pensar del rey? Sabida la suerte de don Fernando Alonso de Robles, lo usaron de nexo con la corte, con don Álvaro de Luna. Públicamente el rey declaraba estar con plenas libertades y que no estaba secuestrado por nadie, mas secretamente se supo por Luna que el rey estaría muy complacido de su primo y de los caballeros que lo libertasen. No obstante, no se adhería don Álvaro a ningún partido, se mantenía prudente y sólo era fiel a su rey puesto que no se engañaba, y el triunfo de don Juan podía significar pasar de una prisión a otra.

Don Enrique, por su parte y sabedor de que su hermano Juan se movía y ganaba voluntades, decidió que había que salir de Tordesillas con destino al Alcázar de Segovia, plaza mucho más fuerte. Pero el alcaide del Alcázar era Juan Hurtado de Mendoza y su teniente, a sabiendas de lo que pasaba en el reino, no le entregaba la fortaleza a Pero Niño. Bajo promesa de no escapar, hizo llevar hasta allí al propio Mendoza que, una vez abierta la plaza a Pero Niño consiguió escapar y ponerse a refugio en Olmedo junto a los juanistas.

Es curioso lo que sucede con la infanta Catalina en el momento de partir la corte de Tordesillas. Doña María de Aragón, complacida con lo que su hermano hacía, mandó aparejar a su prima infanta, mas ésta pidió ir al monasterio de Santa Clara a despedirse la abadesa. No obstante, resultó una artimaña para escapar de las garras de su primo y prometido. Allí se encerró con su aya Mari Barba y desobedeció cuantas solicitudes le hacía doña María. Llegó a presentarse allí la de Aragón junto al obispo de Palencia requiriendo, bajo orden real, la salida de la infanta. Pero como seguía negándose amenazó el obispo con tomar represalias contra la abesa e incluso derribaría el monasterio si fuera menester. No tuvo más remedio que claudicar la infanta bajo la promesa que no la obligarían a casarse con don Enrique ni la separaría de su aya.

Don Juan llegó hasta Cuéllar donde se le unió su hermano don Pedro, Juan Hurtado de Mendoza, el maestre de Alcántara y otros muchos grandes caballeros del reino junto a sus hombres de armas. La respuesta de don Enrique a esto fue una serie de cartas firmadas por el rey pidiendo a sus vasallos que se unieran a él en Ávila para hacer frente a las amenazas del infante heredero de Navarra. Pero en medio de esta guerra de reclutamiendo, estando la corte en Madrigal, ven el rey y el infante aparecer la figura de la reina viuda doña Leonor de Aragón, madre de los dos infantes y la única figura capaz de mediar entre los dos bandos con serio peligro de enfrentarse militarmente. Sin embargo, frente a los buenos propósitos de la reina, don Enrique la usó para ganar tiempo y distraer a su hermano mientras hacía llegar la corte hasta Ávila, a donde se le unieron otros grandes como el arzobispo de Santiago, el maestre de Calatrava o el conde de Niebla.

Y entonces el maestre de Santiago hizo gala de su audacia. -¡¡Menudo choque de personalidades la de los hermanos para congoja de la reina Leonor!!- A la guerra de cartas mandadas a villas y ciudades por uno y otro bando hizo don Enrique reunir en Ávila, por mano del rey, a procuradores en cortes. En las mismas hizo jurar a Juan II que se hallaba fuera de libertad ni contra su voluntad. El golpe simbólico para el bando juanista fue tremendo. ¿Con qué legitimidad contaba ahora el heredero de Navarra para enfrentarse en armas a su hermano después de unas cortes? Y es más. Don Enrique hacíase valedor de los intereses de la Corona, aunque casi en secreto, la misa de velaciones o de ratificación entre los esposos reyes Juan II y doña María su hermana. E velóse el Rey con ella domingo cuatro días de agosto. Esta tan notable feiesta non hobo vigilia, nin octavario, nin otras solemnidades algunas de las que pertenecían a bodas de tan alto e tan excelente Rey e Señor y de tan esclarecida Reina y Señora, nin aún de un simple caballero, salvo solamente que dixo la misa e los veló el Arzobispo de Santiago. Y tomó la reina María en dote las ciudades de Soria, Madrigal, Arévalo, Molina, entre otras. Así pues que no le quedó más remedio a don Juan acordar con su hermano, después de muchas embajadas de unos y otros y de grandes trabajos de doña Leonor, que ambos bandos se desarmasen y velasen por la paz del reino, quedándose don Enrique con mil lanzas para la guardia y custodia del rey. Juan de Aragón tuvo que despedir a los hombres de armas, en mayor número y mejor equipados que los que tenía don Enrique, y quedarse en Olmedo junto a los grandes de su confianza.

El siguiente paso del infante-maestre fue la de seguir presionando a su prima para desposarse por fin con ella. Consiguió que el rey y el Consejo presionasen a los de su Casa para que convencieran a la infanta. No lo consiguieron con el aya Mari Barba, la fiel amiga de doña Catalina, a la que el infante despidió por considerarla compinchada con el arzobispo Rojas. En su huida hacia Olmedo consiguió llevar cartas de su señora en la que se denunciaba la presión que vivía y en las que prácticamente pedía ayuda. Enterado el consejo juanista montó en cólera y ánimos volvieron a encenderse pese a los intentos de doña Leonor por apaciguarlos, mas los grandes -que a río revuelto ganancia de pescadores- los hacía vanos. Don Juan exigió una entrevista con el rey a lo que se negó tajantemente, a pesar de contar con el visto bueno de la reina María, a ello y mandó despedir a su embajada. No sólo eso, también despachó de la corte a su madre mandándola a Fontivedros, a medio camino entre Ávila y Olmedo. Es entonces cuando entra en acción la reina María de Aragón, la hermana de Juan II, que envía una embajada a Ávila pidiendo la concordia y que se aconsejase solo por neutrales. Pero tanto don Enrique como la reina aseguraron a los embajadores que la situación era de lo más sosegada, haciendo enfurer, y con razón, a doña Leonor que se sentía burlada.

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La ricahembra, doña Leonor de Castilla, reina de Aragón.

El siguiente paso del plan de Enrique consistió que las cortes de Ávila, a propuesta del Consejo, aprobase lo sucedido en Segovia. Se argumentó que fueron las malas artes de Hurtado de Mendoza, que hacía y deshacía a su antojo, quienes violaron al Concordia de Segovia. Tan sólo Burgos se negó a la legalización, debido a que grandes del consejo así como el mismo don Juan se hallaban ausentes. Sin embargo, aquello salió adelante gracias sobre todo a los votos de grandes y prelados. No obstante, como lavado de cara de aquellas cortes, se acordó la creación de una comisión mixta por la concordia presidida por doña Leonor en Fontiveros, aunque algunos desistieron de participar por considerarlo una burla del infante.

Infante que mostró la patita ambiciosa poco después. Envió a Gutierre Gómez, arcediano de Guadalajara, para Roma con la misión de poner al tanto a Su Santidad de lo ocurrido en Castilla desde lo de Tordesillas, por su puesto alabando la intervención de don Enrique y poniendo a caldo al rebelde don Juan. Pero no estaba ahí lo gordo del asunto. Tras ello se escondía el permiso papal para hacer que los territorios del maestrazgo de Santigo fuesen solariegos, o sea que fuesen patrimoniales y heredables por su descendencia. Don Gutierre se fue bien despachado de dinero del tesoro real por si hacía falta comprar voluntades. La ambición del infante no mostraba límite, uniendo las tierras del maestrazgo, las asociadas al condado de Alburquerque así como al marquesado de Villena junto a un matrimonio con la infanta Catalina, todo junto, le confería un poder que ponía en verdaderos aprietos la independencia o autonomía de la Corona. Se podría decir que buscaba suplantar al rey, su primo y señor.

Continuaremos contando este año rico en acontecimientos... :ufff:

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 Asunto: Re: Don Álvaro de Luna, Condestable de Castilla
NotaPublicado: 06 Sep 2016 22:53 
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:-O :-O :-O :-O :-O :-O :-O

¿Las tierras del maestrazgo, las asociadas al condado de Alburquerque, el marquesado de Villena y las villas de la dote de Catalina?

Pues no pedía poco el chaval :shock:

Sólo el marquesado de Villena ya representa un buen mordisco de España

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 Asunto: Re: Don Álvaro de Luna, Condestable de Castilla
NotaPublicado: 08 Sep 2016 12:17 
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Iselen escribió:
:-O :-O :-O :-O :-O :-O :-O

¿Las tierras del maestrazgo, las asociadas al condado de Alburquerque, el marquesado de Villena y las villas de la dote de Catalina?

Pues no pedía poco el chaval :shock:

Sólo el marquesado de Villena ya representa un buen mordisco de España

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Teniendo en cuenta que a esos territorios hay que sumarle las tierras del Maestrazgo que se ven en el mapa -aunque la parte portuguesa gozaba de una autonomía más o menos asentada- y el condado de Alburquerque que suponían vastas extensiones en Extremadura.

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Prácticamente se hacía dueño de la mitad sur y no contento con eso amenazaba al trono, quería más. Y encima aquella desfachatez era apoyada por buena parte de la nobleza que, como siempre, estaba interesada en aumentar el patrimonio a costa de otros o de la misma Corona. Esto es lo que está viendo Álvaro de Luna y contra esto peleará, mas no será fácil.

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 Asunto: Re: Don Álvaro de Luna, Condestable de Castilla
NotaPublicado: 11 Sep 2016 20:43 
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Debió sentirse vencedor nuestro aventurero infante con aquellos primeros acuerdos con su hermano: seguía junto al monarca -por no decir que lo tenía retenido-, mantenía mil lanzas para su protección y el matrimonio con Catalina podría ser un hecho. Pero no le fue suficiente e acordóse quel Rey se partiese de Ávila para Talavera, lo qual no se hizo saber a la Reyna de Aragón, que estaba en Fontiveros esperando el fin destos tratos, lo qual se tuvo desto muy injuriada, e partióse de Fontiveros, e fuése a Medina del Campo, donde ella hacía su morada en un Monesterio ende labró. O sea, decide trasladarse hasta la meseta sur -de la que hemos visto que era dueño y señor- sin notificarle nada a su madre, que la pobre se desvive en establecer la concordia entre los hermanos sus hijos, entrándole tal cabreo que manda a todos a freir espárragos y se encierra con sus carmelitas de Medina. Ay, qué chico este.

Y hasta Talavera que se encaminó aquella corte que más parecía cárcel. Don Juan II vio en aquellas agrestes montañas que separaban la meseta peninsular en dos mitades en su vía de escapatoria. Por supuesto, solo don Álvaro sabía de estas intenciones, pero viéndose tan inferiores y vigilados y tan lejanos de apoyos importantes desaconsejó aquel proyecto, sobre todo protegiendo la integridad física de ambos, una huida a todo galope por aquellos caminos podría ser bastante peligroso. Así que hizo gala de su prudencia una vez más. Mas debió seguir rumiendo don Juan aquella idea puesto que lo volvió a plantear cuando pasaron por la llamada Torre de Alhamín, señorío del arzobispado de Toledo, y de nuevo sin resultado puesto que don Álvaro volvió a desaconsejárselo. Pero tuvo lugar un importante acontecimiento en esta Torre. Hablando don Enrique con su prima la infanta doña Catalina acordaron ambos su casamiento. :surprised: :surprised: :surprised: Pero, ¿qué es lo que llevó a cambiar de opinión a nuestra infanta? Pues las crónicas no lo dicen a ciencia cierta, pero podemos jugar a sacar hipótesis. Se baraja que don Enrique manifestó un cambio en la actitud hacia ella, se volvió más galán y cortés y se cameló a aquella aya Mari Barba, de la que doña Catalina no hacía nada sin su aprobación, con mercedes muy importantes. Otros apuntan a que los mismos don Juan y don Álvaro la convencieron, puesto que con el matrimonio se alcanzaban las aspiraciones de don Enrique y con ello podría mejorar la situación de todos y la del reino. Así que con más o menos agrado, con más o menos cumplimiento del deber, tuvo que tragarse su orgullo aquella joven infanta.

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Llegados a Talavera en noviembre de 1420 se celebraron las bodas. El arzobispo de Santiago tomó la mano de los infantes en presencia del rey y de la reina así como de los grandes que les acompañaban: condestable Dávalos, adelantado Manrique, Garci Fernández, Fadrique de Trastámara, Pedro de Velasco, el conde de Benavente o el arzobispo de Sevilla. Y el Rey hizo merced a su hermana la Infanta Doña Catalina para en dote del Marquesado de Villena, con todas las villas e lugares e castillos e fortalezas que solia ser llamado Marquesado de Villena, la qual tierra mandó que ende adelante se llamase Ducado, e que el Infante se llamase Duque de Villena... ¡Por fin el infante obtenía lo que quería! Y no fue el único agraciado, el rey don Juan también repartió mercedes entre los caballeros que le acompañaban, por ejemplo a Garci Fernández le hizo conde de Castañeda. No obstante, el infante don Enrique se veló con la infanta Catalina, su esposa, sin ninguna fiesta hacer. Casi un poco de tapadillo puesto que muchas de las concesiones se hicieron sin publicidad, no se vayan a mosquear las mercedes de Olmedo. :ooops:

E dende a diez días se veló Álvaro de Luna con doña Elvira Porotcarrero... Por eso he dicho antes lo de bodas, en plural, puesto que no fueron don Enrique y doña Catalina los únicos que celebraron velaciones. Así que en Talavera también se casó don Álvaro con doña Elvira de Portocarrero, hija de Martín Fernández señor de Moguer. Con gran y sincero gusto dio don Juan a su amigo las villas de Juvera o Córnago, entre otras, que antaño pertenecieran a su padre, el copero mayor don Álvaro de Luna, así como le hizo donación de Santisteban de Gormaz. No podemos relacionar la boda de don Álvaro, con sus treinta años bien plantados, con el golpe de Tordesillas puesto que el matrimonio por poderes se había producido anteriormente y a pesar de que el señor de Moguer era partidario de don Enrique, tan solo se ratificaba.

Sin embargo, los asuntos políticos dentro del bando enriqueño tampoco eran muy favorables. Pronto se levantaron discordias entre los miembros del Consejo a consecuencia de las paces con Portugal. Muchos consideraban que el reino estaba en desventaja para negociar -acuérdense de aquella dolorosa derrota de Juan I en Aljubarrota- y que era necesario emprender empresas bélicas para ganar terreno. Ganó esta postura frente a los que abogaban por las paces o las treguas, haciéndose pedir a los procuradores dinero para las campañas. Dinero, por cierto, que don Enrique no dudaba en usar parte de él para fines personales. Viéndose que se preparaba la flota para dirigirla a Portugal presentóse el almirante en Talavera, mas fue expulsado ipso facto por el Maestre de Santiago, no consintiendo a nadie en la corte que no fuera de su partido. Entre tanto su bando se dividió: Benavente, Trastámara y los arzobispos de Santiago y Sevilla encabezaron a los descontentos por el enorme poder que ejercían Dávalos, Manrique y Castañeda. Estos deciden ponerse en contacto con don Álvaro, que secretamente anda preocupado porque don Enrique quiere llevar la corte a Andalucía aunque éste se mantiene tranquilo puesto que don Juan no se mueve de Olmedo, que desconfiando de ellos da largas. La situación del Consejo se hace más tensa e incluso Fadrique de Trastámara amenaza con abandonar la corte. A finales de noviembre el rey don Juan, que no ha mostrado enfado nunca en público y siempre lo ha negado cuando se le ha preguntado, pierde la paciencia y acuerda con su amigo don Álvaro escapar ayudados por los descontentos. Todo debía hacerse de lo más secreto, sólo debían saberlo los más fieles de la Casa amén de los grandes conjurados. Se decidió que habría que aprovechar la partida de caza donde la escolta era increíblemente cada vez menor e inútil para escapar. Había que hacerlo cuanto antes, puesto que la ambición del infante estaba socavando la autoridad y el honor de la Corona y el partir para Andalucía era ponerlo en terreno favorable para sus intereses.

Viernes, 29 de noviembre. El Rey se levantó ántes que saliese el Sol é oyó la Misa é por quitar la dubda al Infante en cavalgando embió llamar á él é á los otros Caballeros diciendo que queria ir á caza... De esta manera partía la comitiva de caza en la que iban el rey, don Álvaro, las servidumbres y caballeros como Garci Álvarez de Oropesa, Diego López de Ayala, Pedro Suárez de Toledo, el halconero Pedro Carrillo de Huete, Pedro de Portocarrero cuñado de Luna y pronto se les unieron Fadrique de Trastámara y el conde de Benavente con unos cincuenta hombres de armas, todo con lo que contaban. Tan pronto pasaron el puente del Alberche, a una legua de Talavera, subieron a sus caballos don Álvaro y el rey e Don Alvaro de Luna con grand esfuerzo é corazon de caballero que en los mayores peligros siempre tovo fizo pasar al Rey su señor adelante porque si gentes mas recresciesen en tanto que él peleaba con ellas el Rey su señor libremente se pudiese ir. En dos horas se plantaron en el castillo de Villalba, propiedad de Ayala y a cuatro leguas de Talavera, pero su estado ruinoso no daba garantías de realizar una efectiva resistencia allí. Era un día gélido mas no tuvieron más remedio que atravesar, no sin ciertas dificultades por lo crecido del río, la barca del Tajo y llegar al atardecer hambrientos y cansados al castillo de Montalbán. Pero el castillo estaba falto de víveres y leñas, así que tuvieron que ser asistidos por hermandades de Toledo llamados por carta del rey. Por no tener no tenían ni cera ni sebo para la noche y se dice que por ello se hincó el rey un clavo en el pie.

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Cuenta la Crónica del Rey Don Juan que la comitiva fugitiva fue vista por don Fernando Manuel, partidario de don Enrique, que en el camino a Talavera vio a Garci Fernández y le comunicó que el Rey iba a caballo á mas andar, por lo que Garci se apresuró a avisar al infante: é halló al Infante en la posada de la Infanta su muger que dexase la Misa que el Rey era no se sabia donde de lo qual el todos los que con él estaban fuéron é algunos decian que el Rey se ha juntado con el Infante Don Juan que cerca de la villa esperándolo con gente de armas de que el Infante fué mas turbado. Pero don Juan y los suyos seguían en Olmedo ajenos a lo que sucedía, a pesar de las innumerables ofertas que realizó a don Álvaro y que éste, siempre presto a no estar en deuda con ningún bando, rechazó siempre. Así que tan pronto supo don Enrique de la huida mandó a los suyos que se armasen y tomaran sus caballos para ir en su persecución ya que si era verdad que don Juan estaba cerca con sus hombres la única manera de ganar la partida era alcanzar al rey antes que él. Pero en estas que la reina María y la infanta Catalina á muy gran priesa á pie por los lodos desacompañadas é mal vestidas é muy ahincadamente con grandes voces llorando traváron del Infante rogándole mucho que no saliese de la villa temiendo que si salia no se podia escusar gran pelea , mas de nada sirvió puesto que pronto se supo que los rumores eran inciertos. Así que llegada la comitiva al Alberche súpose cómo había huido el monarca y se decidió que fueran unos pocos caballeros con hombres de armas y que otros con el infante volvieran a Talavera y tomaran consejo. Hasta Montalbán llegaron los tres enriqueños incondicionales con sus hombres: Dávalos, Manrique y Garci, que tomaron los accesos con la intención de rendir a los fugitivos por hambre é por eso pusiéron muy diligente guarda porque viandas algunas no entrasen en el castillo salvo solamente lo que era necesario para mantenimiento de la persona del Rey y esto era una gallina é un pan é un jarro de plata pequeño de vino é otro tanto para cenar. Y se presentaron en Montalbán gentes de las hermandades cargados con viandas para el rey para sorpresa de los caballeros de don Enrique. Aprovechándose de la ignorancia y confusión de aquellos buenos hombres les hicieron creer que unos malvados caballeros habían llevado allí al monarca contra su voluntad cuando se encontraba felizmente de caza e aquellas gentes como hombres simples que no sabian cosa de los hechos del Rey é de su Corte creyéron sanamente lo que los Caballeros decian é sosegáronse é respondiéron que les placia de estar con ellos é luego les tomáron todas las viandas que para el castillo traian.

Desde Talavera don Enrique había adoptado en Consejo tomar todos los puertos y barcas del Tajo así como las puertas de la ciudad de Toledo para evitar escapatoria del rey y los suyos además de evitar el posible paso de las huestes del infante de Navarra en socorro del monarca. De la misma manera se determinaba que si se confirmaba la presencia del rey en el castillo de Montalbán se le sacara inmediatamente. Y hasta el real montado junto al castillo se desplazó el Infante-Maestre de Santiago el primero de diciembre para entablar unas negociaciones que se alargaron diez días ante la tajante negativa del rey a salir del castillo. Viendo los que moraban en él que el real de los partidarios de don Enrique se asentaba, que no tenían hombres para responder ni viandas para subsistir, determinan pedir ayuda directa a Olmedo, donde ya andaban enterados por gente de la Casa del rey y reclutando hombres y apoyos. La cédula llegó el 3 de diciembre a manos de don Juan, documento que le legitimaba para intervenir por la fuerza en la situación del rey y ganarse adeptos a la causa real y de paso a la suya. Mas, supongo que se habrán hecho la misma pregunta que yo: ¿cómo salió esa carta si tenían tomados todos los accesos y caminos de Montalbán? Es de suponer que, al ser un documento oficial, tuvieron que respetarlo aunque antes le echaran un ojo. E partió de Olmedo -don Juan- Jueves de mañana cinco dias de Deciembre é dexó mandado que todos los Caballeros y Escuderos que viniesen se fuesen en pos dél á mas andar y él tomó su camino para el puerto de Guadarrama . Por su parte, mandó el condestable llamar a la corte de Talavera para que acudiese al cerco bajo la mentirijilla de que las negociaciones estábanse a acabar. Allí llegó don Enrique, que tras su primera e infructuosa visita se había vuelto, la reina y la infanta con toda la retahíla de grandes, prelados y procuradores. Y muchos fueron los intentos para sacar al rey del castillo. Lo intentó el obispo de Segovia en audiencia real, mas el monarca dejó claro que estaba allí por su voluntad, que era libre y mandaba que se fuesen. Intentó el obispo ofrecer al rey que se refugiara en Toledo, a sabiendas de que ésta ciudad era partidaria del bando de Enrique, mas el rey siguió en la negativa. También probarían suerte el trío enriqueño: Dávalos, Manrique y Garci. No obstante, la entrevista tuvo lugar con don Álvaro, Portocarrero su cuñado y el señor de Altamira. Producido el encuentro, tuvo que aguantar el de Cañete la prepotencia y la rabia de los altos caballeros ya que su actitud de sacar al rey de Talavera les hacía en gran deservicio suyo é daño y mengua del Infante é de todos los que con él estaban. No se crean que nuestro maestresala se vino abajo ante los ataques, mas al contrario, se mostró orgulloso de lo hecho y se mostró más claro que las aguas del Tajo: no tenía nada contra el infante, pero si hallaban allí era por libre voluntad del rey sin ningún inducimiento, no para perjudicar a su primo y cuñado ni para pasarse al bando de don Juan, sino para asegurar su libertad y la de la Corona, no aprobando el triste episodio de Tordesillas. Seguramente, carentes de argumentos e incapaces de rebatir al cañetero, se dice que intentaron comprar a don Álvaro. Lo que pone de relieve de que debían estar muy desesperados para tamaña osadía a sabiendas de la actitud sin fisuras que mostraba don Álvaro con respecto a la Corona. No se fue el trío sin antes dejarles don Álvaro una oferta o una declaración de intenciones: el rey partiría más pronto que tarde para Segovia, desde allí reinaría con un Consejo donde estuvieren representados todos los intereses pero en la que no estarían -ni en él, ni en la corte- ninguno de los infantes de Aragón. Pero don Enrique siguió insistiendo y esta vez envió a los procuradores que con él estaban a negociar con el rey. Éste puso mucho sentimiento, se dice que hasta con lágrimas en los ojos, frente a los representantes de su pueblo á los quales el Rey hizo una gran habla la conclusion de la qual fué diciendoles como ellos sabian en que forma el Infante é los Caballeros suso nombrados contra su voluntad habian entrado en su palacio en Tordesíllas en lo qual le habian mucho ofendido é habian prendido algunos de los suyos é otros habían echado de la Corte é se habian apoderado de su persona é de su casa é Reynos en gran deservicio suyo éinjuria de su preheminencia real é que les rogaba é mandaba que hubiesen sentimiento de hechos tan feos é les mandaba que fuesen al Infante é á los Caballeros que con él estaban é de su parte les mandasen que luego se fuesen dende certificándoles que del estada allí no le vernia ningun provecho .

Con todo lo expuesto, y con la noticia de que de don Juan y los suyos estaban en Móstoles, don Enrique ordenó levantar el cerco el 6 de diciembre. Quiso el Infante-Maestre despedirse y besar las manos de su primo, mas don Juan II no lo consintió. Terminó por retirarse a su principal fortaleza, a Ocaña, ¿temía represalias? La reina, por su parte, acompañada por el Maestre de Calatrava se asentó en Toledo. De la misma manera hizo el rey enviar carta a su primo don Juan ordenándole que detuviera su partida en Móstoles hasta nueva orden. Envió el heredero navarro a su fiel Sandoval su mayordomo como embajador, mas el rey Juan se mantuvo en sus planes.

Con la libertad del rey fueron muchos los que regresaron a la corte: Robles o el arzobispo de Sevilla, ambos de amistad con don Álvaro, pero también otros que no tanta como los doctores Periáñez y Rodríguez o el propio almirante. No fue del gusto de don Álvaro la llegada de ciertos hombres, no por más o menos amistad, sino por mostrarse más o menos parciales de unos u otros. La política del rey, influida por don Álvaro y Robles, era muy clara: evitar el enfrentamiento entre los partidos y de la misma manera caer en el de don Juan una vez caído el de don Enrique y evitar un segundo golpe. Don Álvaro sabía de su inferioridad militar frente a don Juan y no dudó en pedir al conde de Benavente, que recordemos que había participado en el complot de la huida, sus hombres para reforzar la protección del monarca de la misma manera que exigía a don Enrique la licencia de sus hombres mientras le garantizaba que don Juan no llegaría a la corte.

Pero la situación era complicada de nuevo una vez liberado el rey, frente a las aspiraciones del partido juanista o navarro, ¿quién le garantizaba que don Enrique no volviera a la carga? Don Álvaro, que ya actuaba como interlocutor entre el monarca y los partidos, no tenía más remedio que armarse de prudencia y astucia y erigirse como la cabeza del partido realista frente a los de los infantes. Nada menos. Sin embargo, su talón de Aquiles va a ser el mismo del que emana ese poder del que ya hace gala: su rey y señor. Después de una larga y acalorada sesión el Consejo determinó que lo mejor era recibir a los infantes Juan y Pedro cuanto antes. El rey, frente a los consejos de Luna y Robles, accedió a los ruegos del Consejo Real. No fue el único contratiempo para don Álvaro puesto que se supo que don Enrique no daba licencia a sus huestes argumentando que no lo haría hasta que hiciera lo mismo su hermano, y a pesar de que el maestresala le rebatió que las tropas de don Juan estaban reunidas por mandato real.

Veinte días después de la llegada a la fortaleza de Montalbán decretaba don Juan II partir para Talavera a pasar las fiestas navideñas é mandó hacer saber á los Infantes Don Juan é Don Pedro que saliesen á él á este tiempo. Partió el rey escoltado con tres mil hombres de armas entre los dispuestos por las hermandades y el conde de Benavente. Tras cruzar la barca del Tajo llegaron a Villalba donde les esperaban los infantes Juan y Pedro que besaron las manos de su primo recibiendo de éste las paces y un gracioso recibimiento. El rey les invitó con gran placer a comer en el castillo que vigilaba la ribera. Y hecho este rescebimiento el Rey se fué para el castillo de Villalva e con él los Infantes é todos los otros Caballeros así los que venian con el Rey como los del Infante ... é comiéron en la mesa del Rey los Infantes y el Almirante Don Alonso Enriquez é á todos los otros diéron raciones muy largamente en sus posadas é desque hubiéron comido el Rey estuvo en Consejo é acordóse que el Rey se fuese á Talavera é que los Infantes é Caballeros que con ellos habian venido se volviesen á Fuensalida y estuviesen allí hasta quel Rey hubiese despachado las cosas que en Talavera entendia ser complideras á su servicio. No obstante, después de esto se produjo el gran encuentro entre dos de las grandes personalidades del siglo XV español: Álvaro de Luna y Juan II de Aragón. Quiso el entonces infante negociar su permanencia en la corte por unos días para tratar sus negocios y el de los suyos pero se encontró con la muralla del de Luna. No, alteza, que le diría don Álvaro. ¿Es que no se diría que había trabajado para mudar un partido por otro? ¿No era mejor para el bien común del reino y para la vountad del rey que no estuviesen ninguno en la corte por los inconvenientes que conllevaban? Conténtese con su mayordomo el Adelantado de Castilla en calidad de embajador. Ah, y que ni se le ocurra a su alteza intentarlo por la fuerza como acostumbran en su familia, que vienen hombres de armas de varias leguas a la redonda para salvaguardar la persona del rey. Sin ningún margen se volvió don Juan con los suyos a Fuensalida mientras el rey y la corte se dirigía a Talavera.

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Restos del castillo de Villalba.

Así terminaba por lo pronto aquella triste aventura de don Enrique en aquel movido año de 1420. Sin duda, el gran triunfador, el que más beneficiado salió fue don Álvaro de Luna que mostró sus grandes dotes de estadista y su talento para ser la espada política de la Corona frente a las ambiciones de los grandes. A nadie escapó su labor y así lo refleja Gonzalo Chacón: Mucho fue loado e presciado don Álvaro por todo el reyno, e por toda parte de las Españas, quando fue sabido cómo deliberaba a su rey, ofreciéndose a tanto peligro, e todos dezian que el rey e el reyno le devía ser mucho tenudo.

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