Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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 Asunto: Re: Don Álvaro de Luna, Condestable de Castilla
NotaPublicado: 11 Ago 2016 16:43 
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Me parece que no se ve bien, no sé por qué. Aquí os dejo el link

https://www.youtube.com/watch?v=_QkmA7kpRS8

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Alberto Durero.


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 Asunto: Re: Don Álvaro de Luna, Condestable de Castilla
NotaPublicado: 11 Ago 2016 17:34 
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La Casa de Luna tiene orígenes navarros aunque su solar se va a asentar en Aragón, donde harán carrera y fortuna. Del primero que tenemos noticia del clan es del magnate navarro Bacalla que, estando al servicio del rey Sancho Ramírez de Aragón, conquistó la villa al islam. En agradecimiento, el rey aragonés le cedió el señorío sobre la villa hasta que siglos después se convertiría en condado.

De la familia de Luna, considerada de la más alta nobleza aragonesa, vienen a salir varios personajes ilustres como fueron: Don Pedro Ferrench de Luna, arzobispo de Zaragoza; la reina Doña María de Luna, esposa de Martín I de Aragón; Don Juan Martínez de Luna, alférez mayor del reino de Aragón y virrey de Cataluña; Don Pedro Martínez de Luna, tío-abuelo de Don Álvaro y elegido Papa de Aviñón como Benedicto XIII; Don Pedro de Luna, tío de Don Álvaro y arzobispo de Toledo; o el mismo Don Álvaro Martínez de Luna, hermano del anterior y padre de nuestro protagonista, que llegó a ser ayo de Enrique III de Castilla. No está nada mal el pedigrí familiar.

Con respecto a Álvaro, hay que decir que existen muy pocos datos sobre su origen e infancia, y eso ha dado pie a muchas leyendas y elucubraciones, especialmente por sus enemigos que han hecho hincapié en recalcar la bajeza de su origen -para luego realzar más a la altura donde llegó- y a su condición de bastardo. El caso es que hasta que el muchacho llegue a la corte castellana estamos en terreno resbaladizo porque pocas cosas sabemos con certeza.

No obstante, la atención en cuanto al origen del caballero Luna, como supondréis, no la vamos a poner en Aragón sino en Castilla, concretamente en la villa de Cañete, a unos 70 kilómetros de Cuenca. Pero, ¿por qué Cañete? ¿Qué tiene que ver una pequeña villa castellana con una familia de abolengo aragonés? Pues, para entenderlo, debemos retrotraernos hasta la guerra civil castellana de Pedro I el Cruel y su hermanastro Enrique de Trastámara. Como sabréis, buena parte de la nobleza aragonesa prestó apoyo al bastardo de Alfonso XI de Castilla. Tras la batalla de Nájera, en el que el pretendiente castellano volvía derrotado por su hermano el rey legítimo recibió valiosos servicios por parte de Don Juan Martínez de Luna, abuelo de Albarito. No es menos conocido que cuando Enrique II llegó al trono se cameló a la nobleza regalando mercedes a diestro y siniestro. Pues bien, uno de aquellos agraciados fue el abuelo Don Juan Martínez de Luna, al que se le cedió el señorío de las villas de Alfaro, Jubera, Cornago y Cañete. Y no sólo eso, puesto que sus hijos, o sea, papá Don Álvaro y tío Don Juan de Luna fueron copero mayor y alférez del infante don Fernando de Antequera.

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Y es en Cañete, villa que junto a las otras por supuesto heredó papá Luna, donde vino a nacer Don Álvaro, y bien que lo llevan a orgullo sus paisanos cañeteros. Junto a la villa de nacimiento, conocemos certeramente a su padre y que además no fue hijo de matrimonio cristiano, pecado que bien se han encargado sus enemigos de reprocharle, como si él tuviera la culpa. El caso es que es con la identidad y condición de la madre donde empiezan las discordias, cuando normalmente es al revés, no suele quedar duda de la identidad de la madre y sí de la del padre :)). Generalmente se cree que la mamá de Don Álvaro fue la esposa del alcaide de Cañete, de la que no sabemos a ciencia cierta si quiera ni su nombre, pero versiones las hay para todos los gustos. Por ejemplo, para unos era María Cañete, para otros María Fernández de Xaraba suponiéndola emparentada con una ilustre familia italiana de la que los Luna terminarían heredando grandes títulos y estados, vínculo este que surgió cuando un bisnieto del condestable, también llamado Álvaro de Luna, fue capitán de la guardia en Milán. Otros la identifican como María Fernández "la Cañeta"; también ha llegado a aparecer como María de Uranzadi, usando el apellido materno; aunque los mejores han sido los que no se han complicado y la identifican como Doña María Juana Fernández de Jarava y Uransadi, jajaja. Si tiramos de la Crónica de don Álvaro de Luna que recoge los distintos documentos donde Juan II legitimó a su consejero y amigo nos encontramos con que en uno se la llama Doña Juana... "aunque ayades seydo e seades engendrado e conçebido e nasçido non legítimamente nin de legítimo matrimonio mas de cualquier reprobado e vedado e dañado coytu e ayuntamiento aunque el dicho don Álvaro de Luna vuestro padre a la sazón fuestes engendrado, conçebido e nasçido oviese seydo e fuese casado legítimamente con su muger letitima e ella fueses biva al tiempo que el vos engendró e ovo en doña Juana vuestra madre". En otro se la llama Iohana Martínez y en una tercera como doña María.

En cuanto al origen de la dama de Cañete también han corrido ríos de tinta. La Crónica de Don Álvaro de Luna de José Miguel de Flores dice que fue hija de Don Pedro Fernández de Xarava, alcaide de Cañete, y de su esposa Doña María de Urazandi. La Crónica del Rey la hace una mujer de ínfima condición, declarándola como amiga de un pastor y de un labriego. Alonso de Palencia, tan sutil siempre, dice que la mujer vendía sus favores a muchos y que fruto de ellos nacerían Juan de Cerezuela, con el alcaide de la villa, y a Martín de Luna, rebautizado así por su medio hermano y conocido antes simplemente como el pastor, con un ganadero de la zona. El Padre Mariana la hace madre de cuatro bastardos -tan suelta y apegada a sus apetitos- que fueron: el propio Álvaro, Juan el del alcaide, Martín el del pastor y otro Martín de un labriego local.

Sea como fuere, sabemos por Alonso de Palencia que Don Álvaro no se olvidó de su progenitoria, como tampoco de sus hermanos, y le concedió señoríos y rentas para su manutención. Sin embargo hay autores que han manifestado la preocupación y vergüenza del valido de Juan II por su condición de bastardo, no haciendo ningún aprecio hacia su madre e incluso hay quien afirma que la descalificaba en público.

En fin, verdaderamente poco aportan al personaje los detalles de la relación extramatrimonial de sus padres, aunque la condición de ella -mujer fácil de conducto inmoral- se ha utilizado a conciencia para sacar su jugo.

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Última edición por Godoy el 11 Ago 2016 17:43, editado 1 vez en total

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 Asunto: Re: Don Álvaro de Luna, Condestable de Castilla
NotaPublicado: 11 Ago 2016 17:39 
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Iselen escribió:
Me parece que no se ve bien, no sé por qué. Aquí os dejo el link

https://www.youtube.com/watch?v=_QkmA7kpRS8


:love: :love: :love: Gracias! Es que me imagino la escena en la corte de Juan II y :love: :love: :love: .

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 Asunto: Re: Don Álvaro de Luna, Condestable de Castilla
NotaPublicado: 11 Ago 2016 17:46 
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Esto era música y baile y no las leches modernas (y de mal gusto) que hay hoy en día.

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Si encontráis algún hilo con imágenes alojadas en TinyPic, por favor, avisad. A final de año desaparecerán.


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 Asunto: Re: Don Álvaro de Luna, Condestable de Castilla
NotaPublicado: 11 Ago 2016 18:57 
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Conocemos a la familia y dónde nació pero... ¿Cuándo nació el Maestre de Santiago? De nuevo hay que jugar a especular y elucubrar una hipótesis razonable. Lo que es cierto es que para la Historia Don Álvaro nace en 1408, que es cuando se sabe que entró en la corte de la mano de su tío Don Pedro de Luna, arzobispo de Toledo, siendo un mocete que rondaba los dieciocho años. Es por eso por lo que la mayoría de los historiadores sitúan su nacimiento en 1390, dejando de margen dos años arriba, dos años abajo, pero es durante esos años cuando nace nuestro protagonista.

Ahora bien, ¿qué se sabe de sus primeros dieciocho años? Poco y mal, así que vayamos por partes.

Existe la versión que dice que el hijo de La Cañeta fue aceptado por el alcaide Cerezuela, marido o amante de su madre, y que fue criado junto a su hermano Juan de Cerezuela. Si esto fue así, cabe suponer perfectamente que ambos recibieran una educación caballeresca conforme a su rango social, ya que el alcaide era un noble o tenente encargado de la custodia del castillo y del gobierno de la villa, por lo que pudieron aprender con esmero las primeras letras y el manejo y las destrezas de las armas.

Pero la versión más aceptada es que el niño de Cañete estuvo bajo la tutela y custodia de su padre hasta que éste murió cuando Don Álvaro contaba sólo siete años de edad. Según esta versión, poco afecto demostró Don Álvaro de Luna padre por el pequeño por las dudas que tenía de que fuera hijo suyo, no dejándole donación alguna. Fue gracias a un escudero del padre del condestable, Juan de Olío o de Alía, que mediante sus súplicas en el lecho de muerte logró que no quedara el niño en mísera situación donándole unos ochocientos florines que le quedaban.

A partir de aquí se cree que el pequeño Álvaro -o Pedro, la Crónica del Rey dice que fue bautizado como Pedro para conducirlo a la carrera eclesiástica y que no fue hasta después de la muerte de su progenitor cuando se le cambió por el de Álvaro- pasó muy poco tiempo en manos de su madre, ¿mujer de mala condición para un miembro de la familia Luna?, y probablemente gracias a la intervención del buen escudero quedó al cuidado de su familia paterna. No se sabe si con Don Juan Martínez de Luna, alférez del infante don Fernando, o con el curioso personaje, muy metido en la política de la época, Don Pedro de Luna. Lo más aceptado es que se criara en casa de su tío Juan el alférez con Ramiro de Tamayo como preceptor y siendo éste el responsable de la buena formación que recibió el joven y que sacaría a gala poco después. Se cree que su tío abuelo, el papa Benedicto XIII, se interesó por la crianza del pequeño miembro de la familia no dudando en administrarle la Confirmación él mismo y cambiándole el nombre de Pedro a Álvaro, aunque dada la vida agitada que llevó el antipapa durante aquellos años, se pone en duda que tuviera tiempo como para atender compromisos familiares, y además de un bastardo.

La buena formación y el gran ambiente familiar que encontró en casa de sus tíos, en contraposición a la falta de cariño que tuvo con sus progenitories, terminó por configurar la personalidad del Condestable. Las crónicas señalan, y la cosa no deja de tener su miga, lo pronto que el pequeño Luna mostró sus grandes dotes intelectuales. A la edad de diez años ya escribía y leía con soltura, cabalgaba con estilo, hablaba con gracia, se mostraba cortés y hacía gala de una prudencia precoz. Todas aquellas virtudes y cualidades, que se fueron potenciando con el tiempo, no escaparon a los ojos de su tío el arzobispo Don Pedro.

Pero, ¿por qué tanta atención para un simple bastardo? La razón a esto pudiera encontrarse en la decadencia que estaba presentando esta rama de los Luna. De los cuatro hijos de su abuelo (Juan el alférez, Álvaro su padre, Pedro el arzobispo y Rodrigo el prior de San Juan) sólo su padre, con él, había tenido descendencia. El hermano de su abuelo, el antipapa, tampoco había tenido hijos. Además, el patrimonio que consiguió su abuelo de Enrique II con los distintos señoríos, su padre se había encargado de dilapidar y vender. Era posible que el pequeño Albarito fuera la última esperanza del noble linaje.

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 Asunto: Re: Don Álvaro de Luna, Condestable de Castilla
NotaPublicado: 11 Ago 2016 19:44 
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Iselen escribió:
Godoy escribió:
Nos dice Pérez de Guzmán que gustaba de componer trovas delicadas y de cantar acompañándose de guzlas o mandolinas, unos instrumentos de cuerda típicos de la época.


La guzla se parece al rabel de toda la vida, sólo que tiene una cuerda en vez de tres. Ambos se tocan frotando con un arco, estilo violín pero no se apoyan en el cuello. La guzla aún se usa en los Balcanes y el rabel vuelve a tener un éxito tremendo en tierras cántabras tras años en desuso.

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En cuanto a la mandolina, su origen se sitúa en Nápoles en el siglo XVI. Probablemente lo que tocaba don Álvaro era un laúd o vihuela, muy parecidos y que tuvieron un éxito tremendo en el siglo XV, las vihuelas de Flandes eran un imprescindible en la Corte de los RR.CC. El llamado "laúd español" es lo que usan hoy en día los chicos de las tunas estudiantiles.

Para hacerse una idea del sonido de laúd, aquí os dejo la Danza de Cleves o Danza Ducal. Es un poco posterior a la época que nos ocupa, de hecho, la partitura proviene de un manuscrito de la corte de María de Borgoña, la madre de Felipe el Hermoso.



Anda,Iselen, tienes el mismo problema con el video que yo. A ver si aparece un genio que lo soluciona.

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 Asunto: Re: Don Álvaro de Luna, Condestable de Castilla
NotaPublicado: 12 Ago 2016 13:28 
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Mientras dejamos a nuestro protagonista crecer y madurar veamos qué sucede a su alrededor, ya es hora que nos ocupemos del otro protagonista de esta historia, su rey Juan II.

En el año que se cree de nacimiento de Don Álvaro, 1390, sucede algo trágico que pone en alerta a todo el reino. Cuando estando en Alcalá, otros dicen que en Toledo, realizaba unos ejercicios de equitación, el rey Juan sufre tal aparatosa caída que lo mata al instante con sólo treinta y dos años. Su sucesor era el príncipe Enrique que sólo contaba con once años de edad a la muerte de su progenitor, por lo que los fantasmas de turbulencias y disputas por el control del poder real ante una minoría afloraron de nuevo y recordaron los tiempos en los que Fernando IV o Alfonso XI fueron menores, sólo que ahora no contábamos con una María de Molina para imponer autoridad. De todas maneras, el período de regencia se presumía corto dada la edad del joven príncipe, como de hecho así fue. Aunque fue tiempo suficiente para que la alta nobleza y los parientes más cercanos al nuevo rey revolotearan un rato: entre ellos la reina Leonor de Navarra, hermana del rey difunto, o los hijos bastardos de Enrique II con Alfonso Enríquez a la cabeza, sin olvidar a importantes personajes como el condestable Alfonso de Villena, el maestre de Calatrava Gonzalo Núñez de Guzmán, el conde Juan Alfonso de Niebla, el alférez mayor Juan Hurtado de Mendoza o los arzobispos de Toledo y Santiago Pedro Tenorio y Juan García Manrique respectivamente. En 1393 terminaría el consejo de regencia y Enrique III asumiría el mando efectivo. Dice de él Pérez de Guzmán:

"E este rey don Enrique començó a reinar de poco más de onze años, e reinó diez e seis, assí que bivió más de veinte e siete años... Pero aun la discriçion tanta non fueses avía algunas condiçiones con que traía su fazienda bien ordenada e su reino razonablemente rigido, ca el presumía de sí que era suficiente a rigir y governar."

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Sepultura de Juan I en la catedral de Toledo. Imagen de la Wiki.

No le faltaron agallas al nuevo rey para poner en su sitio a los grandes de su reino. Así nos lo cuenta González Dávila en su Historia de la vida y hechos del rey Don Enrique Tercero de Castilla:

"Convócolos a la mañana siguiente al alcázar, dond ehabía apostado seiscientos hombres de armas y el verdugo. Llamó al arzobispo de Toledo, con el pretexto de que estaba enfermo y quería testar. Acudió prestamente el prelado y luego los invitados por él al festín, llamados igualmente por el rey. Preguntó don Enrique al arzobispo cuántos reyes de Castilla había conocido y respondióle que cinco. Repitió la pregunta a los otros nobles, y ninguno había conocido más. Replicó don Enrique que él, con ser muco más joven, había conocido más de veinte. 'Y sois vosotros los reyes, y no yo, pues mandáis en mi reino y os aprovecháis de sus rentas. Por eso he decidido cortaros las cabezas y tomar vuestros bienes'... El rey les perdonó la vida, pero les tuvo presos hasta que dieron cuenta de las rentas reales desde el día que comenzó a reinar, apgaron lo que habían usurpado y devolvieron las fortalezas".

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ordorenascendi.blogspot.com

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 Asunto: Re: Don Álvaro de Luna, Condestable de Castilla
NotaPublicado: 12 Ago 2016 17:35 
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El mismo año que el rey Enrique asumía la Corona confirmaba el matrimonio en la villa de Madrid con la princesa Catalina de Inglaterra, su esposa por poderes desde varios años atrás. Catalina, nacida en 1373, era nieta del rey Pedro y María de Padilla, por lo que con este matrimonio se puso fin a las discordias entre ambas ramas de la familia. El rey Juan I, para dar mayor realce al acontecimiento, concedió a ambos el principado de Asturias en su categoría de herederos. Y así, desde entonces hasta hoy, todos los herederos de la corona castellana llevan ese título.

Anota Pérez de Guzmán en sus Generaciones sobre ella:

"Fue esta reina alta de cuerpo e muy gruesa, blanca e colorada e ruvia en el talle e meneo del cuerpo tanto paresçía hombre comomuger... Murió en Valladolid, en edad de cincuenta años, año de mill e quatroçientos e diez e ocho años."

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No obstante, no sale bien parada en las crónicas. Recoge la Refundición de la Crónica del Halconero:

"Fue muy honesta e guardada en su persona e fama, liberal e magnifica, pero muy sometida a privados e muy regida d'ellos, el queal por la mayor parte es viçio común de los reyes. Non era bien regida en su persona. Ovo una gran dolencia de perlesía, de la cual non quedó bien suelta la lengua nin libre el cuerpo."

Más contundente es Quintana en su Don Álvaro de Luna:

"...alma común, carácter ordinario, inhábil al mando, indócil al consejo y neciamente celosa de su actividad. Entregada sin reservas a mujeres y hombres oscuros, que abusaban de su confianza, daba como todos los ánimos pobres y rastreros, fáciloído a chismes, rencillas y sospechas..."

Aunque el matrimonio real entre Enrique y Catalina era efectivo desde 1393, no fue hasta el primero de septiembre de 1401 cuando tuvieron entre sus brazos a su primer vástago. La primera en llegar fue una niña, María, nacida en Segovia y llamada así como su madrina, María de Ayala, monja e hija ilegítima del rey Pedro, con lo que vemos un guiño más hacia la rama rival. Las Cortes la juraron princesa de Asturias el 6 de enero de 1402 en Toledo al mismo tiempo que su padre, el rey, la comprometía con su primo Alfonso, hijo de su tío el infante Fernando el de Antequera. El matrimonio terminó por celebrarse años después y la vida de la princesa, aunque reina de Aragón por el compromiso de Caspe, fue muy desdichada. Alfonso sentía aversión por su prima por las pocas gracias que le adornaron, así que la pobre María, que bebía los vientos por él desde la infancia en Castilla, dedicó su tiempo a la vida de piedad y religiosa, no exenta de fortísimos ataques de celos. Debido a la continua ausencia de Alfonso del lado de María, sobre todo a raíz de los asuntos de Nápoles, la pareja no llegó a tener descendencia.

Dos años después del nacimiento de la princesa María, la reina daría a luz a otra niña, esta vez a la infanta Catalina. Ya desde la cuna, como le sucedió a su hermana mayor, su padre pensó en ella para casarla con alguno de sus primos "Antequeras", los que terminarían siendo infantes de Aragón. Así fue como en 1420 terminaba casada con el revoltoso infante don Enrique de Aragón, que protagonizó muchas páginas del reinado de su hermano para angustia de la infanta. Catalina moriría de un mal parto con treinta y seis años sin descendencia.

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Abría el año de 1405 y la reina Catalina se hallaba de reposo en el monasterio de San Ildefonso de Toro esperando el feliz alumbramiento de un nuevo hijo. El rey quedaba en Segovia a cargo del gobierno del reino pero eran tantas las esperanzas puestas y la impaciencia por tener noticias que mandó llenar del camino de Segovia a Toro de paradas con caballos para estar puntualmente informado. El viernes 6 de marzo nacía un infante, Juan, llamado así como sus abuelos. El rey Enrique tan pronto supo la noticia voló a Toro a conocer a su heredero y de allí para Tordesillas a celebrar la buena nueva con el pueblo. Así nos describe Pérez de Guzmán a quien pronto será el segundo Juan de Castilla:

"...fue alto de cuerpo e de fuertes miembros, pero non de buen talle nin de grant fuerça; de buen gesto, blanco e ruvio, los hombros altos, el rostro grande, la fabla un poco arrebatada; sosegado e manso, muy mesurado e llano en su palabra... Plazíale oír los onbres avisados e graçiosos, e notava mucho lo que de ellos oía. Sabía fablar e entender latín, leía muy bien, plzíanle mucho los libros e estorias, oía muy de grado los dizires rimados e conosçía los viçios d'ellos... Usava mucho la caza e el monte, e entendía bien en toda la arte d'ello. Sabía del arte de la música, cantava e tañía bien, e aún en el justar e juegos de cañas se avía bien".

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Juan II.

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 Asunto: Re: Don Álvaro de Luna, Condestable de Castilla
NotaPublicado: 12 Ago 2016 19:43 
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Cuando una piensa en Catalina de Lancaster siempre se imagina a la típica y etérea rosa inglesa de piel pálida que legó sus rubios cabellos a su nieta Isabel la Católica... y luego llega Godoy y te dice que era una vacaburra glotona y chismosa :roll: :roll: :roll:

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 Asunto: Re: Don Álvaro de Luna, Condestable de Castilla
NotaPublicado: 13 Ago 2016 11:37 
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Iselen escribió:
Cuando una piensa en Catalina de Lancaster siempre se imagina a la típica y etérea rosa inglesa de piel pálida que legó sus rubios cabellos a su nieta Isabel la Católica... y luego llega Godoy y te dice que era una vacaburra glotona y chismosa :roll: :roll: :roll:


Y así lo imaginé hasta antes de ayer. :XD: Y aún no he dicho nada, que la cosa se pone bastante calentita.

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 Asunto: Re: Don Álvaro de Luna, Condestable de Castilla
NotaPublicado: 13 Ago 2016 12:35 
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Difícil era prever que la relativa paz que se vivía en palacio y en el reino se quebraría en el nuevo año de 1406. El rey moro de Granada, vasallo del de Castilla, había roto las paces con su señor y se había dedicado a realizar correrías y saqueos por tierras de Baeza y además, y lo más grave, se había hecho con la fortaleza de Ayamonte, cercana a la villa de Olvera, en plena serranía de Ronda. No la confundamos con la villa que ve morir el Guadiana junto a la raya portuguesa. El rey Enrique, enfermo de melancolía y alarmado por la grave situación, convoca cortes en Toledo con la finalidad de conseguir recursos de cara a la nueva campaña de castigo contra el sultán de la Alhambra.

Es diciembre de 1406, apenas se han iniciado las sesiones de Cortes cuando el rey, de veintisiete años, cae gravemente enfermo y agoniza. ¿Cómo podía caer un joven fuerte tan enfermo de repente? Alguna mala mano había a su alrededor, así que, según se dice, las culpas recayeron en su médico el judío don Mayr. La situación es gravísima, al conflicto con Granada y a las interminables hostilidades con Portugal, se le viene a sumar una más que probable regencia que durará hasta 1419, año en el que el nuevo rey sea sería declarado mayor de edad. El rey, que tiene momentos de lucidez, encarga a su hermano Fernando la regencia provisional para que se haga cargo de las Cortes mientras dicta su testamento. Un grupo de notables del reino, que sabe de la inestabilidad que se avecina, pide al infante que se haga con el trono de su sobrino:"Nos, Señor, os convidamos con la corona de vuestros padres y abuelos; resolución cumplidera para el reyno y honrosa para vos, saludable para todos". Fernando, astuto y en actitud leal, entiende que eso significaría una guerra civil, declina la oferta y lo peor, sabe que el tiempo que dure la minoría será difícil ya que la nobleza se antoja levantisca ante la debilidad de la Corona: "no era de tanta codicia ser rey que se hobiese de menospreciar la infamia que resultaría contra él de ambicioso e inhumano, pues despojaba un niño inocente, y menospreciaba la reyna viuda y sola, a cuya defensa toda buena razón le obligaba, demás de las alteraiciones y guerras que forzosamente en el reyno sobre el caso levantarían." Enrique III testaba el día 24, al día siguiente, Navidad, mientras el infante Fernando convocada a los procuradores para proclamar a Juan II y leer el testamento, fenecía entre prima e terçia.

Nada más conocer el fallecimiento de su hermano, don Fernando manda alzar pendones en toda la ciudad por su sobrino y escribe cartas a todas las ciudades del reino contando lo sucedido, entre ellas a Segovia, donde en su Alcázar permanecen la reina Catalina con sus hijos. A él mismo se le ve pendón en mano por la antigua capital goda al grito de ¡Castilla, Castilla por el rey don Juan! Posteriormente se reúne con los procuradores y se da la lectura del testamento. El documento, en el que el rey marca las directrices políticas para la minoría de su hijo, no va a dejar indiferente.

Además de nombrar testamentarios y de mandar reparar los agravios que haya podido cometer durante su reinado, declaraba heredero universal al príncipe Juan su hijo y, en defecto de éste, a las infantas María y Catalina. Y ahora viene la caja de truenos. Mandaba para guarda y tenencia del rey su hijo a Diego López de Stúñiga, justicia mayor, y a Juan de Velasco, su camarero mayor. A la reina su mujer y al infante su hermano los declaraba tutores del rey y regidores -regentes- del reino de manera conjunta; si se encontraban separados podrían repartirse la gobernación de los reinos con la condición de que ninguna cosa se alterare de la regencia sin el refrendo del Consejo; y si alguno de los dos moría, el otro continuaría con la regencia; si no estuvieren acordes, las decisiones se tomarían por mayoría del Consejo, en el cual permanecerían los dieciséis hombres por él nombrados, sólo se nombrarían en caso de fallecimientos y se dejaba la puerta abierta para la entrada en él de los infantes hijos de don Fernando (Alfonso, Juan, Enrique, Sancho y Pedro) a medida que fueran alcanzando la mayoría de edad. Mandaba dejar depositado el tesoro real en el Alcázar de Segovia bajo custodia de su alcaide y sin ningún menoscabo salvo caso de extrema necesidad y confirmaba a los cargos de la casa real.

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 Asunto: Re: Don Álvaro de Luna, Condestable de Castilla
NotaPublicado: 15 Ago 2016 13:31 
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No es difícil imaginar el enfado monumental que debió experimentar la reina Catalina al recibir la noticia por conductos todavía no oficiales. De ninguna manera ella iba a renunciar a la tenencia de su hijo -aún lactante- para ponerlo en manos de la nobleza. Verdaderamente era como poner un rehén bastante valioso en menos de la grandeza, pero quizá fue el precio que tuvo que pagar el rey Enrique en sus últimas horas para garantizar una sucesión sin sobresaltos. Con lo que estamos seguros que no contaba era con los ovarios bien puestos de la reina su mujer, porque bien seguro ella no iba a dar su brazo a torcer.

El día primero de enero de 1407 partía don Fernando con grandes y procuradores camino de Segovia para entrevistarse con la reina, lectura oficial del testamento, jura y actos de proclamación del nuevo rey Juan II. Durante dos veces la reina envió mensajeros al camino ofreciendo a su cuñado la renuncia a la regencia a cambio de mantener la custodia sobre el pequeño rey. Pero don Fernando, astuto, callaba. Doña Catalina no se amilanó ante la falta de respuesta, guarneció las murallas y prohibió la entrada de la comitiva en la ciudad. Aquello habría una grave crisis puesto que se desobedecía el testamento de un rey, ley principal del reino, pudiendo dar lugar a enfrentamientos no deseables. Así lo entendía don Fernando con preocupación al mismo tiempo que compartía la legítima aspiración de su cuñada. Tras dos días de espera a las puertas de la ciudad, pudo entrar la comitiva, rendir homenaje al rey niño, pasar a la apertura del arca donde se custodiaba el testamento y a su lectura en la antigua catedral.

Hasta dos días hubieron de aguardar el regente, grandes, prelados y procuradores del reino frente a las puertas de Segovia. Por fin, el día 9 de enero, se realizaron los actos de pleitesía y homenaje al nuevo rey. Eso sí, no sin un clima de extrema desconfianza. Doña Catalina montó un estrecho control no sólo en la persona de su hijo, sino también en la misma jura para asombro y desconcierto de asistentes. Trece días duraron las discusiones acerca del testamento en el que se decidía el futuro del reino. La reina Catalina y el infante Fernando aceptaron la tutoría y regencia conjunta con la condición de que no se separara al hijo de la madre, y así lo juraron junto a la salvaguarda de la leyes del reino. Claro que esto, como era de prever, trajo una grave crisis puesto que los perjudicados –recordemos que Juan de Velasco y Diego López de Stúñiga- alegaron que si no se cumplía la cláusula de la custodia del rey tampoco debía respetarse el resto del testamento, en clara alusión a la regencia. No fue fácil superar la crisis, más de un mes llevó, pero gracias al apoyo de testamentarios y procuradores así como a las prisas de don Fernando por la campaña de Granada, se acordó una indemnización a los dos grandes de seis mil florines anuales a cada uno.

Pero la gobernación a dos no iba a resultar sencilla. La extrema desconfianza y los recelos por la situación de su hijo –estuvo obsesionada por que pudieran arrebatárselo- nubló el juicio de la reina que depositó su confianza en la gente de su séquito. De entre esas personas va a destacar la enorme privanza que cogió doña Leonor López de Córdoba. Esta peculiar mujer tuvo una vida muy desgraciada. Su familia apostó por el rey Pedro frente al conde de Trastámara y esto le acabó costando la cabeza a su padre, Martín López de Córdoba, que fue maestre de Calatrava y Alcántara. Ella tenía solo ocho años cuando acabó encerrada con el resto de su familia en los Reales Alcázares sevillanos donde les vería morir uno tras otro. Su situación mejoró a raíz del matrimonio de la propia Catalina con el entonces príncipe Enrique, pasando al séquito de la princesa. No obstante, aún tendría que ver morir a su primogénito de doce años víctima de la peste. El caso es que la regente no daba un paso sin el consentimiento de doña Leonor, que no dudaba en dejar paralizado al mismo Consejo real si las decisiones no contaban con su apoyo. Ante el desconcierto del regente y consejeros no faltó quien le reprochara a la reina que era confusión y vergüenza para Castilla que los grandes prelados y caballeros, cuyos antecesores pusieron freno con buena y justa osadía a sus desordenadas voluntades por provecho del reino, se sometan ahora a la voluntad de una liviana y pobre mujer. La privanza duró hasta 1412, cuando la desterró a Córdoba so pena de quemarla en la hoguera. Y no fue la única, puesto que al ascendiente de Leonor le sucedió el de Inés de Torres de la que dice la Crónica de don Álvaro: una doncella muy fermosa e muy bien criada, e dotada de muchas gracias y virtudes… e aquesta valía con la reyna más que las otras, e que otras persona alguna que se supiese; tanto que los oficiales de la casa del Rey e de la Reyna todos eran puestos por su mano, e faziase todo lo que aquella doncella quería. Esta estaba tanto contenta e pagada de don Álvaro de Luna que todas las cosas que ella sabía e entendía que le podían complacer, todas las procuraba e fazía con mucha diligencia e llamábale fijo. Otro personaje influyente fue el conde de Osorio, del que se decía amante de doña Inés. Todos ellos terminarían desterrados aunque no sin pena de la reina; tanta melancolía que dicen que se abandonaba a los placeres de la comida… y de la bebida.

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