Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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NotaPublicado: 26 Abr 2008 18:38 
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Como hubiera podido acontecer en cualquier novela rosácea, resultó que en El Cairo se encontraba, por entonces, un príncipe escandinavo que también había sentido el impulso de desplazarse a Egipto para descubrir con sus propios ojos la exótica hermosura de aquellos parajes...

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Se llamaba Gustav Adolf y ostentaba, desde su nacimiento acaecido veintitrés años antes, el título de duque de Skåne,que solía traducirse por Scania fuera de su Suecia natal. Su abuelo paterno era Oscar II de Suecia, rey de Suecia y Noruega, que tenía por consorte a la reina Sophia, abuela paterna del muchacho.

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Oscar y Sophia, reyes de Suecia y Noruega.


Su padre, el príncipe heredero Gustav, se había casado con Victoria de Baden, en una boda que reunía la sangre de la, en términos históricos, muy reciente dinastía Bernadotte (Gustav) con la sangre de la antigüa dinastía de aquellos países destronada más de un siglo atrás, los Vasa (Victoria era nieta de Sophie de Suecia, hija de Gustav IV Adolfo, el último Vasa rey de Suecia, destronado y exiliado).

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Gustav y Victoria, príncipes herederos, en los inicios de un matrimonio muy conveniente porque enlazaba las dos dinastías que habían ocupado el trono sueco, pero con un resultado poco afortunado...

Gustav Adolf, duque de Scania, tenía dos hermanos varones menores que él: Wilhelm, duque de Södermanland, y Erik, duque de Västmanland. Los tres chicos se habían criado más bajo la égida protectora de los abuelos Oscar y Sophia que de los propios padres, Gustav y Victoria, que conformaban un matrimonio mal avenido. Generalmente, se ha considerado a Gustav homosexual o tal vez bisexual pero más orientado a buscar satisfacción con hombres que con mujeres. Victoria, de salud un tanto delicada, encontró en su "debilidad" pulmonar una excusa perfecta para pasar fuera de su país los otoños e inviernos: sólo regresaba a casa con la primavera y se quedaba hasta que empezaba a declinar el verano. Por lo general, buscaba "alivio para sus males" en la maravillosa isla de Capri, ubicada frente a Nápoles. Allí, poco le importaba enterarse o dejarse de enterar de las "dudosas relaciones" de su marido Gustav.

De los tres hermanos -Gustav Adolf, Wilhelm y Erik- sólo los dos primeros se mantenían expuestos a la curiosidad pública. El tercero, Erik, había nacido con un importante retraso mental y epilepsia, por lo que permanecía prácticamente confinado en el palacio real de Estocolmo. La abuela Sophia y la madre Victoria procuraban que viviese con la mayor comodidad en un entorno sosegado, al margen de cualquier actividad de la corte.

Por tanto, las esperanzas de futuro de la dinastía sueca se contraban en Gustav Adolf y Wilhelm. Ellos representaban el futuro, al igual que sus primitas Margaretha, Märtha y Astrid, hijas de su tío paterno Carl y de la esposa danesa de éste, Ingeborg, a quien sus sobrinos profesaban un enorme cariño porque, en ausencia de Victoria, ésta se mostraba muy pendiente de ellos.


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NotaPublicado: 26 Abr 2008 18:44 
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sabbatical escribió:
A mí me parece mucho más guapa la prima Ena, bueno, es que a mí me parece la mejor de toda esa generación, Ena era única...

La nombro aquí que no es su sitio, porque las cosas estaban previstas para que AXIII se ennoviara con Patricia, afortunadamente no se gustaron.


¡Hola, Sabba!
:D
Esas apreciaciones son siempre muy subjetivas...Yo hay imágenes en que encuentro más guapa a Daisy, mientras que en otras me resulta más atrayente Ena. En conjunto, Daisy quizá tenía la ventaja de sumar a su belleza una naturaleza cálida y vibrante que conectaba bien con la gente. Ena, en cambio, fue percibida como distante e incluso fría por los españoles de su tiempo. Siempre se ha dicho que la reacción, extraordinariamente contenida y digna, de Ena hacia el salvaje atentado que se produjo durante el día de su boda al paso del cortejo nupcial, fue mal interpretada por la gente. Los madrileños se hubieran emocionado ante una novia llorosa y quebradiza. La actitud tan autocontrolada de Ena les pareció una señal de falta de sensibilidad o, peor aún, de que corría horchata en vez de sangre por sus venas.

Ena nunca encajó bien en su nuevo país, en tanto que Daisy logró adueñarse de los corazones de los suecos. Eso no significa que Daisy le diese ciento y raya a su prima Ena, pero sí que, de alguna forma, tenía una personalidad más cautivadora...


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NotaPublicado: 26 Abr 2008 18:50 
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Eso es porque Ena tuvo mala suerte con el tiempo, el país y el marido que le tocó... pero por favor, ese porte de Ena en los veinte desencorsetada y totalmente charleston, NADIE... otras llevan la fama, pero como Ena ninguna...

Claro que no lo estoy mirando en términos de si fué amada por su pueblo, ó por su marido ó etc... como pudo ocurrirle a otras, aunque que yo sepa, el recuerdo que ha dejado Ena en España fué de un reina todo glamour (wink)

Bueno dejemos a Daisy, ser protagonista de su hilo, por una vez uno de los personajes lo recuerdo vagamente de haberlo conocido en su momento (grin) Creo que hasta recuerdo a Carlos Gustavo soltero, ja ja

_________________
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NotaPublicado: 26 Abr 2008 19:05 
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Cuando los miembros de la realeza coinciden en un mismo sitio en el mismo lapso de tiempo, siempre se produce un encuentro. Era, pues, inevitable que Gustav Adolf, duque de Scania, conociese a las dos guapas hijas de los duques de Connaught. Una recepción ofrecida por el khedive de Egipto constituyó la ocasión perfecta para aquellas presentaciones mútuas. Casi ninguno de los presentes dejó de advertir la súbita atracción recíproca entre Gustav Adolf y Daisy, diez meses mayor que el joven escandinavo...

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Daisy.

Daisy, una muchacha entusiasmada por la literatura, la música y la pintura, se quedó prendada de ese príncipe que descollaba por su amor a la cultura. A lo largo de su vida, Gustav Adolf llegaría a reunir en su biblioteca personal cerca de ochenta mil libros: lo realmente notable no era tanto que se hubiese empeñado en reunirlos como que se los leyó prácticamente todos. Estaba particularmente interesado en historia, en concreto en historia de las civilizaciones antigüas: le apasionaba la arqueología y, de hecho, en su estancia egipcia se las había apañado para participar temporalmente en una expedición arqueológica. Asimismo, para grata sorpresa de una Daisy que había desarrollado en Bagshot Park una auténtica pasión por la jardinería, resultó que Gustav Adolf adoraba las ciencias naturales y en concreto la botánica.

La afinidad y la complicidad casi instantáneas decidieron a Gustav Adolf a no perder ni un solo minuto. No estaba dispuesto a que los Connaught prosiguiesen su viaje en dirección a Sudan sin haberse declarado formalmente a Daisy. Los sentimientos que ella le despertaba le infundían un deseo vehemente de sellar su compromiso en un tiempo récord. Una cena en el consulado británico de El Cairo, dónde actuaba de anfitrión Lord Cromer, sirvió para que Gustav Adolf y Daisy acordasen su futura boda.

Dado que los Connaught no tenían nada que objetarle a ese príncipe guapo, afable, modesto y sin embargo extremadamente inteligente, además de buen cazador y mejor bailarín, al día siguiente se anunció el compromiso...

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Una foto histórica, tomada en El Cairo el día en que se hacía público el noviazgo: Gustav Adolf y Daisy posan en primer plano, en compañía de los duques de Connaught y de Patsy.


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NotaPublicado: 26 Abr 2008 19:16 
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Desde luego, aquel suceso alteraba los planes de los Connaught. No cabía pensar en seguir viajando hacia Oriente, dado que los muchachos querían casarse antes de que concluyese ese año 1905. Había que regresar a Londres, para ponerse "manos a la obra" con los preparativos de la boda. Louise Margaret ya se imaginaba en Clarendon House, que era su residencia londinense desde el año 1900 sustituyendo a la anterior mansión de Mayfair, preparando con esmero el trousseaude Daisy.

Además, Gustav Adolf hizo saber, en los términos más corteses y respetuosos hacia sus futuros suegros, su deseo de llevar consigo a Daisy hasta la isla de Capri. La princesa Victoria de Suecia, madre de él, se encontraba en su "villa" rodeada de frondosos jardines de esa islita en la costa siciliana. Gustav Adolf, por supuesto, sentía el mayor interés por presentarle su flamante prometida a la futura suegra de ésta. Los Connaught no pusieron impedimentos.

Así, en Capri, la princesa Victoria que tan escaso motivo de satisfacción personal, ya no digamos de felicidad, había hallado en su vida conyugal con el príncipe Gustav...

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Victoria de Suecia.

...se halló de pronto ejerciendo de anfitriona para su hijo mayor y la reciente novia de éste, Daisy de Connaught.

El amor entre ambos saltaba a la vista, de forma que Victoria se sintió conmovida. Muy aficionada a la fotografía, la princesa sueca tomó algunas imágenes informales y maravillosamente románticas de los novios mientras les mostraba los increíbles farallones de la isla de Capri:

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Gustav Adolf y Daisy posan, exultantes, para una fotógrafa de excepción: la princesa Victoria de Suecia.


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NotaPublicado: 26 Abr 2008 19:40 
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Así, radiantes de amor compartido, como en un verdadero cuento de hadas, Gustav Adolf y Daisy llegaron a las vísperas de su casamiento...

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La boda, para la que el rey Edward VII de Inglaterra, tío paterno de la novia, había destinado un muy generoso presupuesto, estuvo a punto de estropearse por una circunstancia política. El abuelo del novio, el rey Oscar II de Suecia y Noruega, estaba que roía el suelo con los dientes, de puro enojo, a principios de junio de 1905, dado que Noruega parecía decidida a romper su unión con Suecia. Cuando Gustav Adolf emprendió viaje hacia Londres, acompañado por sus padres Gustav y Victoria, su hermano Wilhelm y su tío paterno Eugen, las cosas ya estaban muy revueltas en territorio noruego, de modo que la preocupación les acompañó en su trayecto. Los peores temores se confirmaron: el siete de junio, apenas ocho días antes de que en Windsor se celebrasen los esponsales de Gustav Adolf y Daisy, el parlamento noruego votó, mayoritariamente, por separarse de Suecia. Oscar II seguiría siendo Oscar II de Suecia, pero había dejado de ser Oscar II de Noruega, en vísperas de la boda de su nieto, lo que le resultó muy humillante. Cierto que el parlamento noruego le invitaba a que les enviase uno de sus hijos menores -en concreto el príncipe Carl- como soberano de la nueva Noruega independiente, pero Oscar no tenía nada claro que desease ver a su hijo Carl rey de un país que "le había dado la patada" a él mismo.

Afortunadamente, Daisy pudo embutirse en su vestido de novia con un corsé adornado de flores de naranjo y mirtos para transformarse en la princesa Margareta de Suecia según lo previsto. Las circunstancias políticas no habían alterado el programa de festejos, aunque sí hubiesen afectado, momentáneamente, el ánimo de los miembros de la amplia delegación sueca presente en Windsor...

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Daisy, sentada ante su ya esposo, Gustav Adolf. Las tres damas de honor que, en pie, flanquean a la pareja son, a la izquierda del novio, Ena de Battenberg y Beatrice "Bee" de Saxe-Coburg, primas carnales de la novia, y, a la derecha del novio, Patsy de Connaught, hermana pequeña de Daisy.


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NotaPublicado: 26 Abr 2008 20:03 
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Daisy.

Tras el período de luna de miel, Gustav Adolf y Daisy pusieron rumbo a Estocolmo. La capital sueca les recibió con agrado pero sin clamoroso entusiasmo: por entonces, no estaba el horno para muchos bollos.

Desde que el parlamento noruego había ofrecido ser rey del país que acababa de independizarse al príncipe Carl, éste, junto con su esposa danesa Ingeborg, había valorado cuidadosamente la situación. Los dos sentían que no podían agraviar de ninguna manera a los padres de él, los reyes Oscar y Sophia. Sophia, en concreto, había amado mucho el país noruego, dónde solía instalarse para pasar largas temporadas, y se sentía tan herida por lo sucedido como rabioso se mostraba Oscar. Carl e Ingeborg, en una manifestación de lealtad familiar, dejaron la decisión en manos del enojado rey Oscar.

La respuesta negativa a la oferta recibida se emitió en el mes de octubre. Los noruegos no perdieron el tiempo lamentando que Carl e Ingeborg hubieran optado por permanecer en Suecia. Enseguida dirigieron toda su atención hacia Dinamarca. En Coppenhague vivía un príncipe oficial de marina, también llamado Carl, cuyo padre era el futuro rey Frederick VIII de Dinamarca y cuya madre, Lovisa, había nacido princesa de Suecia. Carl, un hermano de Ingeborg, estaba, además, casado con la princesa Maud de Gales, hija pequeña del rey Edward VII y la reina Alexandra de Inglaterra. Haciendo sus cálculos, los noruegos habían extraído la conclusión de que, si Carl y Maud aceptaban la corona, Inglaterra ofrecería apoyo a Noruega frente a Suecia.

Carl causó una excelente impresión al comunicar que aceptaría el trono vacante siempre y cuando la resolución parlamentaria se viese reforzada por un resultado favorable en un referendum nacional. Con ese aval, en noviembre Carl de Dinamarca accedía a transformarse en rey de Noruega. En un gesto claramente simbólico, anunció que adoptaría el nombre de Haakon, en recuerdo de una serie de reyes medievales. Su mujer, Maud, conservaba su nombre, tan británico, pero el hijito de dos años de ambos, el príncipe Alexander, se encontró con que, de pronto, se llamaba Olav. Ante semejante percal, no resultó nada desatinado que la abuela materna de Alexander/Olav optase por denominarle con afecto "mi Hamlet".

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Haakon, Maud y Olav: la nueva familia real de Noruega.

En esa tesitura, había dos mujeres destinadas a pasarlo mal en la corte sueca. Ingeborg se veía en la situación de que su hermano y su cuñada, que antes de ser su cuñada había sido su prima carnal, habían decidido asumir una posición que les situaba frente a frente con los Bernadotte de Suecia. Pero para Daisy, una recien llegada, las cosas todavía se hacían más difíciles que para Ingeborg, que, a fín de cuentas, llevaba años allí y se había ganado, con su trayectoria, el respeto de todos. Sucedía que Daisy era, también, prima hermana de Maud. Los suecos habían contado con que la boda de su príncipe Gustav Adolf con Daisy, una sobrina de Edward VII, les garantizaba el apoyo de Inglaterra en la crisis noruega; pero ahora resultaba claro que Inglaterra no les apoyaría porque al trono noruego había ascendido esa Maud, prima de Daisy, que le importaba bastante más a Edward VII porque una hija tiene prioridad sobre una sobrina.

El sentimiento anti-inglés que brotó entre los suecos no se cebó, afortunadamente, en Daisy. La duquesa de Scania era tan guapa, tan delicada y amable, que comprendieron que suponía una injusticia hacerle pagar a ella el pato de la ruptura de la unión y el cambio de chaqueta de los británicos en aquel espinoso asunto. Que Daisy saliese indemne e incluso reforzada ante el público de aquel momento tan tenso ofrece una medida de lo atractiva que resultaba su figura...


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NotaPublicado: 26 Abr 2008 20:15 
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Los suecos estaban dispuestos a dejarse conmover por aquella nueva pareja real...

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Gustav Adolf y Daisy, duques de Scania.

Los dos tenían el detalle de permanecer en Estocolmo y, cuando disponían de tiempo, no se marchaban al extranjero sino que buscaban solaz en la propiedad denominada Sofiero, en la isla de Scania, que el rey Oscar acababa de regalarles. Sofiero ofrecía innumerables posibilidades de mejora a ojos de los duques. Con su gran interés hacia la arquitectura, Gustav Adolf se decidió a emprender una serie de reformas, en tanto que Daisy dió rienda suelta a su pasión por la jardinería.

Para decirlo finamente, el arte del "gardening" no estaba nada desarrollado en Suecia. Daisy, sin embargo, llevaba en su persona un interés auténtico, profundamente arraigado en su espíritu, hacia la creación de hermosos jardines. Era un rasgo que había heredado de su padre, Arthur duque de Connaught, que, en su tiempo libre, encontraba muy relajante planificar y diseñar jardines. Complacido porque su hija Daisy, aún una chiquilla, trataba de emularle, Arthur de Connaught había contratado a una reputada artista francesa, Madeleine Fleury, para que ésta se encargase de desarrollar no sólo el talento natural de la muchacha para el dibujo y la pintura, sino sus conocimientos respecto a diseño de jardines.

Los suecos se quedaron admirados ante esa princesa que hacía surgir un delicioso entorno de bosquecillos y jardines en perpetua floración alrededor de Sofiero. Había algo claramente fascinante en una pareja tan empecinada en crear belleza a su alrededor. Pero, además, para entonces Gustav Adolf y Daisy habían cumplido con su principal misión: a los dos meses de su boda, se había embarazado y, estrenado el año 1906, que los suecos esperaban deparase menos contrariedades que el fenecido 1905, los duques aguardaban, con ansia, el nacimiento de su primogénito.


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NotaPublicado: 26 Abr 2008 20:26 
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Gustav Adolf Oscar Fredrik Arthur Edmund nació el veintidós de abril de 1906. Su llegada al mundo produjo la lógica eclosión de alegría, porque aseguraba la continuidad de la dinastía en una tercera generación por delante del rey Oscar II, ya un anciano de salud tremendamente deteriorada. Cuando muriese Oscar II, habría un Gustav V, padre de ese recien nacido. Cuando muriese Gustav V, habría un Gustav VI Adolf. Y a Gustav VI Adolf debería sucederle, en un futuro lejano, ese niño de idéntico nombre a quien se proporcionó el título de duque de Västerbotten.

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Daisy y Gustav Adolf, con el bebé Gustav Adolf, quien, desde brazos de su padre, extiende la manita hacia la arrobada madre.

Cuando Gustav Adolf había cumplido apenas cinco meses, Daisy se halló encinta por segunda vez. Un segundo niño llegaría al mundo en junio de 1907, apenas medio año antes de que falleciese el rey Oscar II. Ese niño, Sigvard, fue el último bisnieto que Oscar II tuvo la alegría de conocer antes de abandonar el mundo...

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Daisy con Sigvard.

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Daisy con Gustav Adolf y Sigvard.


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NotaPublicado: 27 Abr 2008 11:52 
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La muerte del rey Óscar II a finales de 1907 alzó al trono a su hijo mayor, Gustav, con el nombre de Gustav V. Para entonces, Gustav había cumplido cuarenta y nueve años, en tanto que su consorte, Victoria, frisaba en los cuarenta y cinco años. Ninguno de los dos podía introducir ya grandes cambios en sus respectivos modos de vida.

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Gustav V y Victoria reyes, los padres de Gustav Adolf y suegros de Daisy.

Como ya se había comentado al introducir en esta historia a Gustav Adolf, los padres de éste, Gustav y Victoria, no habían encontrado mucha satisfacción personal en su matrimonio que unía a los Bernadotte con los antigüos Vasa.

Las -supuestas- tendencias homosexuales de Gustav le incapacitaron para ser un esposo cariñoso y entregado hacia Victoria. Los dos cumplieron su deber, al engendrar tres hijos; pero los embarazos de la princesa resultaron extremadamente difíciles, hasta el punto de que se la sometió a duros tratamientos que acabaron de minar su, de por sí, delicada salud. Victoria era una mujer de carácter complejo: su estricta crianza al estilo prusiano (no había que olvidar que su madre, Louise, había tenido por padres al káiser Wilhelm I y a la kaiserina Augusta, lo que hacía de Victoria una prima hermana de Friedrich III y prima en segundo grado de Wilhelm II) le confería un carácter rígido y severo que sólo cedía a la expansión ante su considerable talento artístico. Victoria adoraba la música, hasta el punto de que se convirtió en una consumada pianista. También -al igual que más tarde su nuera Daisy- se distinguía como una excelente fotógrafa y pintora.

Las enfermedades de Victoria (bronquitis crónica a la vez que un principio de tuberculosis) le proporcionaron una coartada perfecta para residir en la corte sueca sólo desde que empezaba la primavera hasta que se aproximaba el final del verano. Los otoños e inviernos los pasaba -ya se ha indicado antes...- en la isla de Capri. Al principio, se había albergado, allí, en el hotel Paradise, un establecimiento de gran categoría; con el tiempo, decidida a obtener una mayor cuota de independencia, adquiriría una villa llamada Villa Caprile. Pero lo más destacado era que, en Capri, no estaba sola: a partir de 1890, siempre la acompañaba en sus sejours su médico personal, Axel Munthe.

Axel Munthe, médico y psiquiatra, estaba divorciado de su primera mujer y casado en segundas nupcias el primer año que acompañó a Victoria a Capri, dónde él enseguida compró la casa bautizada Villa Saint Michele. Dos años después, Munthe ya estaba viudo de su segunda mujer, que había fallecido tras darle un hijo. Hasta 1907, el hombre no se casaría por tercera vez. Poco a poco, había adquirido una influencia casi total sobre Victoria de Baden, con quien compartía, en ese tiempo, una inmersión completa en la lucha a favor de los derechos de los animales. La naturaleza exacta de la relación entre Victoria y Axel Munthe sigue constituyendo un misterio; pero los habitantes de la islita siciliana daban por seguro que ambos eran amantes y los rumores sobre "la perniciosa influencia Munthe en Victoria" llegaron enseguida a territorio sueco.

Al transformarse en "drottning" -reina- en 1907, Victoria no vió ningún buen motivo para variar su estilo de vida. Seguiría residiendo en Capri los meses de otoño e invierno, con Axel Munthe a su vera. Si la gente rezongaba, bien, podía rezongar todo lo que se le antojase. Pero ella era una mujer enferma que necesitaba aliviarse de sus males en aquel entorno mediterráneo y, desde luego, no podía prescindir de su médico de confianza.

Simultáneamente, el rey Gustav V se largaba siempre que podía a la Riviera francesa. Allí gozaba de una vida sin limitaciones ni restricciones, dedicado de manera particular a la práctica de su deporte favorito: el tenis.

Con esos monarcas tan "elusivos", los suecos encontraban las mejores razones para depositar su confianza en "la siguiente generación". En 1907, vivían volcados en Gustav Adolf y Daisy, ya príncipes herederos, que habían formado una familia tan "normal" y "encantadora". Luego, en 1908, también el príncipe Wilhelm, el hermano que seguía en edad a Gustav Adolf, se casó. La elegida fue la gran duquesa rusa María Paulovna Romanova...


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NotaPublicado: 27 Abr 2008 12:13 
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En términos de la realeza europea, hay que considerar que los Bernadotte "no tenían solera". El rey Oscar II, que acababa de morirse en diciembre de 1907, era todavía el HIJO de Oscar I y Josephine de Leuchtenberg. Si se consideraba el pedigree de esos abuelos, Oscar I había nacido hijo de un brillante militar francés de orígenes modestos, Jean Baptiste Bernadotte, y de la eposa marsellesa de éste, Dèsirée Clary, que había nacido del segundo matrimonio de un simple comerciante de tejidos. Jean Baptiste Bernadotte se había ganado un trono por su fama de gran comandante -no en vano formaba parte del reducido grupo de mariscales de campo designados por el emperador Napoleón-. Dèsirée, la reina Desideria de los suecos, nunca se había acostumbrado del todo a ese giro de ciento ochenta grados en la vida de ambos, que habían sido siempre "honrados republicanos".

Josephine de Leuchtenberg, la esposa de Oscar I, había tenido por padre a Eugène de Beauharnais, hijo de Josephine, la inolvidable primera esposa de Napoleón, en su anterior matrimonio con un vizconde Alexandre de Beauharnais que había perdido la cabeza en la guillotina en la época del Terror. Eugène había tenido la suerte de que su padrastro, en la etapa de esplendor, le había casado con una verdadera princesa: Auguste Amalie de Baviera. Esta mujer, tan bella como virtuosa, se había mantenido junto a su marido incluso después del colapso napoleónico. Al padre de ella, el rey Maximilian I Josef de Baviera, le debía la pareja el título de duques de Leuchtenberg con rango de Altezas.

En resumen: el hijo de Oscar I y Josephine de Leuchtenberg, el rey Oscar II, tenía en sus venas sólo la porción de sangre real que aportaba la abuela materna, Auguste Amalie de Baviera. Él se había casado comme il faut, con una princesa llamada Sophia Wilhelmine de Nassau. La sangre real de su hijo Gustav V provenía, casi en su totalidad, de Sophia Wilhelmine de Nassau, porque, a través de su padre, únicamente podía alardear de la abuela Auguste Amalie.

Con esos antecedentes, la boda de Gustav V con Victoria de Baden había ofrecido cierto lustre a la familia. Gustav Adolf había mejorado al cosas al casarse con Daisy de Connaught, perteneciente a la familia real inglesa. Pero Wilhelm, el joven hermano de Gustav Adolf...

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Wilhelm, duque de Södermanland, hermano de Gustav Adolf y cuñado de Daisy.

...había picado muy, muy alto al pretender a una imperial Romanov:

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María Paulovna.


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NotaPublicado: 27 Abr 2008 12:38 
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Wilhelm y María "Masha" en la época de su matrimonio, celebrado en mayo de 1908 en Tsarskoé Selo, cerca de San Petersburgo.

Que los Bernadotte hubiesen enlazado con los Romanov era todo un logro que enorgullecía a los suecos. Sin embargo, Wilhelm, un muchacho de gran sensibilidad, acababa de meterse en el berenjenal de su vida al desposar a María Paulovna, Masha, que tenía tras de sí una difícil trayectoria personal.

El padre de Masha, el gran duque Paul Alexandrovich, era el octavo hijo nacido del matrimonio del zar Alexander II con la zarina María Alexandrovna. Muy apegado a su madre, Paul había sufrido mucho cuando ésta, mayor y enferma, se había visto postergada por completo en los afectos del zar debido al inicio de la tórrida relación paralela del soberano con la adolescente princesa Katia Dolgoruka. A los veinte años, Paul había llorado la muerte de su desdichada madre; apenas un mes después de haber enterrado a la zarina, el muchacho había tenido que tragar quina, al igual que sus hermanos mayores, a causa de la repentina boda morganática de su padre con su amante Katia, que ya le había dado varios retoños. El sanguinario asesinato de Alexander II, acaecido un año después, había sido otro duro golpe emocional para Paul.

Muy cercano a su hermano Sergei "Gega" y a la bellísima esposa de éste, Elisabeth Feodorovna, "Ella", Paul había visto surgir por doquier rumores que le convertían en un "corderito degollado por amor desesperado hacia su cuñada". Esos rumores ni siquiera habían cedido cuando Paul se había casado con la princesa Alexandra de Grecia, "Aline", la mayor de las hijas del rey Georgios I de Grecia con su consorte Olga, nacida Olga Constantinovna. Paul y Aline habían formado un feliz matrimonio, casi siempre en compañía de Sergei y Ella. El nacimiento de una niñita, bautizada María y denominaba Masha en la intimidad, había incrementado la dicha, al igual que el segundo embarazo de Aline. Pero, mientras disfrutaban de unas vacaciones en Illinskoe, la hermosa propiedad rural de Sergei y Ella, una Aline embarazada de menos de ocho meses había intentado saltar desde la orilla del lago hacia el bote en el que pensaban navegar, con tan mala suerte que se había llevado un buen porrazo. Al cabo de unas horas, la gran duquesa perdió la conciencia a la vez que se iniciaban los dolores de un parto prematuro. Aline se murió sin haberse enterado de que había dado a luz a un niñito bautizado Dmitri.

El dolor de Paul por la dramática secuencia de acontecimientos que se habían cobrado la vida de su mujer había hecho que Sergei y Ella se hiciesen cargo de los pequeños, Masha y Dmitri. Cuando Paul pudo sobreponerse a su angustia, recuperó la tutela de los niños, pero, aún así, éstos estaban a menudo en casa de los tíos. El asunto se resolvió de la peor manera cuando Paul tuvo la ocurrencia de enamorarse de Olga Karnovich von Pistolkors, esposa de un oficial llamado Eric von Pistolkors y madre de varios niños von Pistolkors. Olga logró el divorcio tras dar a luz un hijo bastardo de Paul, Vladimir. Los amantes huyeron al extranjero para casarse morganáticamente. El resultado fue que el joven zar Nicholas II, sobrino de Paul, decidió privarle de su rango y condenar a la pareja al exilio. Entre tanto, los niños Masha y Dmitri fueron entregados a Sergei y Ella.

La relación de Masha con su tío Sergei había sido perfecta, de una plena complicidad rebosante de afecto mutuo. La relación de Masha con su tía Ella, en cambio, siempre había resultado, cuando menos, difícil. Por eso, cuando en 1905 un brutal atentado segó la vida de Sergei en Moscú, Masha llegó a la conclusión de que necesitaba encontrar una manera de sacudirse de encima la exigente tutela de la tía Ella. Así, al encontrarse con el príncipe Wilhelm de Suecia, Masha le dió suficiente cuartelillo para que éste pudiese declararse en un tiempo récord. Más adelante, en una etapa ulterior de su vida, Masha alegaría que Ella, deseosa de librarse de los sobrinos para poder entrar en un convento, había presionado a la joven para que se comprometiese con Wilhelm (con Masha colocada, la presencia de Dmitri, que podía ser colocado junto al zar y la zarina, no impediría que Ella se convirtiese en religiosa).


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