Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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 Asunto: CLEMENTINE DE BÉLGICA.
NotaPublicado: 22 Ago 2008 15:52 
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Un espacio para una princesa que, cuanto más se lee acerca de ella, más encantadora resulta:

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Clémentine Albertine Marie Léopoldine, princesa de Bélgica, nacida en el palacio de Laeken el 30 de julio de 1872, fallecida en Cimiez, Costa Azul, el 8 de marzo de 1955.


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NotaPublicado: 22 Ago 2008 16:09 
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Esta es la historia de una princesa que supo batirse el cobre por su felicidad personal. Una princesa dotada de entereza y coraje, que logró convertir en realidad su sueño de casarse con el hombre que amaba para, a continuación, crear una familia de la que se sintió naturalmente orgullosa.

Clementine partió de una situación de desventaja. Su propia concepción representa un episodio bastante penoso, pues su madre, Marie Henrietta, nacida archiduquesa de Austria, se vió literalmente forzada a compartir de nuevo el lecho de su detestado marido, el rey Leopold II de Bélgica, después de que el único hijo varón de ambos, otro Leopold, duque de Brabante, hubiese perecido. El pequeño Leopold, de casi diez años de edad, había estado jugando a sortear charcos en el parque que rodeaba el palacio de Laeken en un día de enero tremendamente destemplado; mientras se entretenía de esa guisa, había caído dentro de una poza, calándose hasta los huesos; y si bien podía no haber sucedido nada, en su caso sucedió que contrajo un fuerte resfriado que derivó en una neumonía que le llevó a la tumba. Su padre, Leopold II, estaba desesperado. No perdía meramente a un hijo, perdía a su sucesor. Las dos hijas que tenía con su mujer, Louise, por entonces de once años, y Stephanie, de cinco años, no le valían de nada: con gusto hubiese aceptado que la muerte se las hubiese arrebatado a ambas a cambio de que le devolviese a Leopold. En aquel ambiente luctuoso y ominoso a la vez, Leopold volvió a meterse en el lecho de su esposa Marie Henrietta hasta dejarla embarazada por cuarta vez. Se suponía que Marie Henrietta tenía que haber proporcionado un niño, pero ésta sólo logró poner en el mundo otra fémina: Clementine.

El nacimiento de Clementine, por tanto, suscitó un profundo y duradero desencanto. Marie Henrietta no pensaba volver a someterse en el lecho a Leopold, que, por su parte, tampoco consideró inteligente buscar a cualquier precio un quinto descendiente. Leopold y Marie Henrietta volvieron a llevar vidas separadas: ella pasaba poco tiempo en Laeken, casi siempre se mantenía alejada de la corte en su residencia particular de Spa. Las tres niñas -Louise, Stephanie y Clementine- quedaron, en gran medida, libradas a su suerte. Cierto que no les faltaban nodrizas, niñeras, institutrices, preceptores, personas que se ocupaban de ellas en todos los aspectos; pero siempre les faltó, en cambio, un padre y una madre que las rodeasen de afecto.


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NotaPublicado: 22 Ago 2008 16:47 
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Años después, Clementine recordaría con tristeza una infancia en la que no se había sentido querida por sus padres. Curiosamente, con el tiempo, Leopold II demostró una marcada predilección hacia la hija pequeña, la que tanto le había enojado nada más nacer por el mero hecho de poseer sexo femenino. En cambio, Marie Henrietta, que se había visto obligada a tener a esa niña, nunca le manifestó a Clementine ternura de ninguna clase, aunque bien es cierto que tampoco daba rienda suelta a una efusividad maternal ni con Louise ni con Stephanie. Clementine fue muy expresiva al declarar cuánto había envidiado a los niños que tenían madres capaces de amarles, cuidarles y protegerles. Ella, desde luego, nunca había contado con Marie Henrietta.

La persona que ofreció calidez y mimos a Clementine en su niñez fue su hermana Stephanie. Louise, la mayor, se casó en mayo de 1875, cuando contaba solamente diecisete años de edad. Después de haberse celebrado la boda con su rico primo Philippe de Coburg, Louise marchó a vivir con su marido a la Viena imperial. Stephanie, de once años, lamentó profundamente aquel alejamiento repentino de Louise, a quien estaba entrañablemente unida; sin embargo, a partir de entonces, se volcó, apasionadamente, en Clementine, de casi tres años. Ni Stephanie ni Clementine olvidarían, jamás, que la primera había sido una especie de mamá sustituta para la segunda.

Sin embargo, la diferencia de edad entre Stephanie y Clementine implicaba que la primera se encontraría en edad de merecer demasiado pronto. Leopold II se había resignado, mal que bien, a entregar a Louise a Philippe de Coburg: éste a fín de cuentas contaba con árbol genealógico y fortuna a su favor. Pero, en lo relativo a Stephanie, jugó bazas más elevadas. Su primera intención fue comprometer a Stephanie con el rey Alfonso XII de España. Éste, en cambio, prefirió casarse con una prima, María de las Mercedes, hija de los duques de Montpensier. Inasequible al desaliento, Leopold favoreció entonces una visita a su corte del heredero del trono imperial austríaco: Rudolf. Cuando Rudolf se presentó en Laeken, Stephanie le gustó lo suficiente para declararse. El compromiso entre Rudolf y Stephanie se formalizó el siete de marzo de 1880, apenas dos días después de que hubiese llegado a la corte belga el príncipe austríaco. No obstante, Leopold y Marie Henrietta no pudieron enviar a Stephanie a Viena hasta la primavera de 1881 dado que la muchacha, en la primavera de 1880, ni siquiera tenía todavía la regla.

Para Clementine supuso un verdadero golpe. A los tres años, poco había sentido la ausencia de Louise. En cambio, a los nueve años se le cayó el alma a los pies cuando Stephanie emprendió viaje hacia su destino imperial en Viena. De alguna manera, Louise recobraba a Stephanie, pero, en cambio, Clementine se quedaba sola en Laeken.


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NotaPublicado: 22 Ago 2008 17:11 
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Louise, hermana mayor de Clementine, en su glamurosa, y a menudo demasiado alegre, época vienesa.

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Stephanie, hermana mayor de Clementine, con su flamante esposo Rudolf, que también la llevó consigo a la corte austríaca.

Para la jovencísima Clementine, la vida perdió de pronto toda su luminosidad. A su pesar, se había convertido en una especie de "go between" para Leopold II y Marie Henrietta, que apenas se toleraban mutuamente. Leopold llevaba su propia vida bastante disipada. Marie Henrietta, una mujer cargada de amargura y resquemor, se preocupaba, a distancia, por la mala influencia que su hija Louise podía representar en su hija Stephanie. Stephanie era cándida, ingenua y maleable, en tanto que Louise se había convertido en una mujer que disfrutaba yendo de fiesta en fiesta, coqueteando desaforadamente y divirtiéndose en las mesas de juego. La sofisticación de Louise podía "contagiar" a Stephanie. A través de cartas, Marie Henrietta trataba de persuadir a Stephanie para que mantuviese distancias respecto a Louise. Sin embargo, Stephanie demostró lealtad a Louise. En otro orden de cosas, Stephanie encontró cierto apoyo afectivo en una hermana de su madre, la archiduquesa Elisabeth Franziska. Le hacía buena falta, porque, a decir verdad, no encajaba en absoluto en su familia política. Su suegra, la emperatriz Elisabeth, se mostraba desdeñosa y hostil, mientras que su cuñada soltera, Marie Valerie, tampoco la apreciaba en absoluto.


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NotaPublicado: 22 Ago 2008 17:33 
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Clementine crecía en una atmósfera densa y sofocante. Una foto que se conserva de ella, ya jovencita, junto a su madre, Marie Henrietta, muestra a una joven rígida, envarada, con un rostro curiosamente inexpresivo:

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Marie Henrietta y Clementine.

Hasta Leopold II, convencido de que la áspera y conflictiva relación con Marie Henrietta estropearía definitivamente el carácter de Clementine, prometió a esa hija que, en cuanto alcanzase cierta edad, le permitiría vivir con plena independencia de la madre y viajar siempre que le apeteciese. La reacción jubilosa de Clementine a la promesa formulada por Leopold II refleja, mejor que nada, hasta qué punto se sentía atrapada la princesa en aquel ambiente doméstico.

Lo cierto es que Clementine hubiese dado cuánto poseía por poder establecerse con sus tíos los condes de Flandes. Philippe conde de Flandes, único hermano varón de Leopold II, no guardaba en su apariencia ni en su carácter la menor similitud con el rey. Aunque aquejado de una notable sordera que hacía difícil comunicarse con él, Philippe, un individuo inteligente y de amplia cultura, dotado de sensibilidad y encanto, formaba una pareja extraordinaria con Marie de Hohenzollern-Sigmarigen. Los dos juntos habían tenido cuatro hijos, dos chicos llamados Baudouin y Albert junto a dos chicas llamadas Henriette y Josephine. Se trataba, en resumidas cuentas, de una familia bien avenida, armoniosa, feliz. Clementine siempre se sentía tocada por una varita mágica cuando visitaba a los Flandes.

En gran medida, el favorito de la casa era Baudouin, un muchacho guapo y prometedor que debía heredar, a su tiempo, la corona del tío Leopold II dada la ausencia de hijos varones de éste. Baudouin recibía la adoración de sus padres y hermanos menores. Estaba especialmente encariñado con su hermana Henriette, aunque también se mostraba muy afectuoso con Josephine. Quizá resultaba inevitable que la joven Clementine se enamorase perdidamente de su primo Baudouin.

Leopold II no hubiese tenido nada que objetar a un eventual enlace de Baudouin, su sobrino heredero, con Clementine, su hija favorita. Pero lo cierto es que Baudouin no correspondía el enamoramiento adolescente de Clementine. Compadecía y apreciaba a su prima, pero no se sentía atraído hacia ella. Es, por supuesto, imposible saber si la situación podría haber evolucionado favorablemente con el paso de los años.

El caso es que, en el invierno de 1891, la joven Henriette de Flandes cayó enferma. Había contraído "influenza", es decir, una gripe. Su hermano Baudouin se empeñó en pasar largas horas sentado junto a su lecho, entreteniéndola con los últimos cotilleos o leyéndole en voz alta. El chico, aparentemente fuerte, contrajo un resfriado que enseguida derivó en una neumonía. Henriette no sabía que su hermano Baudouin estaba tan gravemente enfermo; por supuesto, había percibido que él dejaba de visitarla de un día para otro, pero su madre le había indicado que el muchacho se encontraba ligeramente indispuesto y nunca pensó que le estaban hurtando información para evitar que ella se sintiese culpable de lo sucedido. Cuando finalmente Marie condesa de Flandes reunió valor suficiente para contarle a la convaleciente Henriette que Baudouin había muerto en plena juventud, la muchacha se desmayó por la fuerte impresión recibida.


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NotaPublicado: 22 Ago 2008 17:50 
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Clementine, en una imagen claramente melancólica.

La muerte de su primo Baudouin, a quien tanto había amado, no fue el primer golpe serio que recibió Clementine. Durante los años anteriores, se había ído haciendo dolorosamente consciente de las dificultades que atravesaban sus hermanas Louise y Stephanie en Viena. Louise era desdichada en su matrimonio con Philippe de Coburg, uno de los príncipes más disipados de la época. En cuanto a Stephanie, poco a poco su vida en común con Rudolf se había deteriorado de forma alarmante. Habían tenido juntos una niña, Erzsi, pero la pequeña estaba condenada a quedarse en el status de hija única dado que Rudolf le había contagiado a Stephanie una enfermedad venérea que le había provocado a ella una vergonzosa esterilidad. Lógicamente, Stephanie reaccionó con repugnancia y furia ante ese contagio de una enfermedad que Rudolf había contraído en sus frecuentes visitas a los burdeles vieneses. Posteriormente, un Rudolf cada vez más inestable debido a su progresiva adicción no sólo al alcohol sino también a la morfina acabó emprendiendo una aventura con la baronesa Mary von Vetsera. A Stephanie no le había importado: ella misma estaba platónicamente enamorada de un hombre casado, el conde Artur Potocki, y se preocupaba más por los problemas de salud de Artur que por los enredos de faldas de Rudolf. Pero Rudolf y Mary von Vetsera habían muerto en circunstancias nunca aclaradas, en el pabellón de caza de Mayerling, el 30 de enero de 1889.

Stephanie, la querida Stephanie de Clementine, había pasado un auténtico calvario. En cuanto llegó a la corte vienesa la noticia de que Rudolf y Mary habían muerto en Mayerling, los padres de él, Franz Joseph y Elisabeth, sometieron a Stephanie a lo que ella, posteriormente, denominaría "fuego cruzado de preguntas". Stephanie diría que a muchas preguntas no sabía responder en tanto que a otras no debía responder. En todo caso, sus parientes políticos la culparon de aquel desastre. Si ella hubiese sido una esposa devota y cariñosa con Rudolf, él no se habría suicidado con una baronesa de dieciseis años de edad en el pabellón de caza. Era una visión simplista, y considerablemente injusta, del asunto, pero Stephanie se encontró en una situación penosa mientras los ecos de lo sucedido en Mayerling sacudían Europa entera. La viuda Stephanie se encontró tan agobiada por las circunstancias que, en los años siguientes, dejando a su hija Erzsi en Viena, se dedicó a viajar de un lado a otro bajo distintos pseudónimos. La muerte de Potocki, su amor imposible, a causa de un cáncer de garganta, la había convencido de que ya no habría ninguna ilusión en su vida.


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NotaPublicado: 23 Ago 2008 10:09 
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Una bonita foto de la joven Clementine, probablemente la mejor que he visto de ella en esa etapa de su existencia:

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Los problemas amorosos parecían la tónica predominante en la vida de las tres hijas de Leopold II. Louise mantenía a duras penas un matrimonio que la hacía desdichada. Stephanie estaba viuda, y, lo peor, en la corte vienesa la habían tratado como a una especie de viuda negra. Y Clementine...

...tras la muerte de su primo Baudouin, Clementine fue recomponiéndose poco a poco. Al cabo de un tiempo, volvió a enamorarse, pero esta vez sí que sabía, de antemano, que sus posibilidades de formalizar una relación eran mínimas. El hombre que aceleró los latidos de corazón de Clementine no pertenecía a la realeza, sino a la aristocracia, y ni siquiera a una aristocracia particularmente destacada. Se llamaba Auguste Goffinet, ostentaba "solamente" el rango de barón y pertenecía al entorno cortesano belga al igual que su hermano gemelo, Constant Goffinet. A Auguste se le consideraba guardián de una tía paterna de Clementine que, habiendo perdido por completo la cordura, vivía confinada en un castillo, nada menos que la ex emperatriz Charlotte de México, y, a la vez, había desempeñado funciones en la secretaría de Leopold II así como de Marie Henrietta. La proximidad había hecho que Clementine se tratase asiduamente con Auguste Goffinet. Pronto se sintió transida de amor hacia él.

Los Goffinet contaban con el aprecio y confianza de Leopold II: no en vano, acabaría designando a Constant Goffinet uno de los ejecutores de la última voluntad expresada en su testamento. Pero, desde luego, Leopold II jamás hubiese autorizado un compromiso de su hija Clementine con el barón Auguste Goffinet. Digamos que el barón hubiese picado demasiado alto pretendiendo la mano de una princesa, en tanto que la princesa, obviamente, habría quedado muy por debajo de las expectativas paternas respondiendo a las pretensiones de un simple barón. En esa época, Leopold II barajó como posible yerno a un príncipe bávaro, el príncipe Rupprecht. Pero Clementine, tras conocer a Rupprecht, declaró firmemente que no tenía ninguna intención de casarse con él. No le había resultado atractivo físicamente y, además, le encontraba "aburrido".


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NotaPublicado: 23 Ago 2008 11:20 
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Lo cierto es que el final de siglo XIX resultó intenso y convulso para las hijas de Leopold II. Un escándalo de grandes proporciones envolvería a Louise, en tanto que también se provocaría un gran revuelo entorno a una nueva relación sentimental de Stephanie. Clementine, que había permanecido enamorada discretamente de su amigo Auguste Goffinet, a quien ella denominaba "Mimi" en las largas cartas que remitía a Stephanie, acabó siendo la única que no llevó al borde del colapso a Leopold II.

Empecemos con Louise...

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Louise, hermana mayor de Stephanie y Clementine.

El matrimonio que Louise había contraído con su primo Philippe de Coburg en mayo de 1875 nunca había sido feliz. Establecidos en el lujoso Palais Coburg de Viena, se convirtieron en una pareja destacada de la más elevada sociedad y en el objeto de numerosos chismes. A fín de cuentas, Philippe era un disoluto, un tipo que constantemente daba que hablar con su disipado modo de vida; en cuanto a Louise, también se convirtió en un ejemplo de frivolidad y ligereza en opinión de la mayoría. A decir verdad, Louise tenía sus razones, pues se veía muy joven inmersa en un matrimonio desdichado y, en el entorno de su familia política, sólo encontró sincero afecto en su cuñado adolescente, Ferdinand. Estaba aún lejos la época en que Ferdinand, apodado Foxy Ferdinand, se convertiría en rey de Bulgaria...

El nacimiento de dos hijos no mejoró las cosas. Louise, que jamás había conocido el afecto paternal y maternal, tampoco fue una madre solícita ni devota para sus hijos, Leopold y Dorothea ("Dolly"). La mayor satisfacción de Louise en ese tiempo la encontró en la llegada a Viena de su hermana Stephanie, en calidad de prometida, luego esposa, del príncipe Rudolf. Philippe de Coburg y Rudolf eran compañeros de correrías, en tanto que la propia Louise no se había privado de coquetear con el príncipe heredero austríaco. Los cotilleos acerca de un flirt que había ído demasiado lejos entre Rudolf y Louise acabaron llegando a oídos de Stephanie. La relación de ambas hermanas, cómplices y confidentes a lo largo de décadas, se enfrió considerablemente con el paso del tiempo.

Hacia 1895, Louise tuvo la ocurrencia de enamorarse. En el Prater vienés, durante un paseo, la princesa conoció a un guapo y gallardo teniente de uno de los regimientos croatas del ejército imperial. El chico se llamaba Géza Mattachich, y pertenecía a una familia relativamente distinguida, ya que su padrastro era el conde Oskar Keglevich. Mattachich, diez años más joven que Louise, inició una aventura sentimental con ésta. Hasta ahí, realmente, la historia no parecía nada especial. Se podía comprender que Louise, "echada a perder" por un matrimonio infeliz con un esposo un tanto dado a las perversiones y que incluso había querido compartir con ella su gusto por la pornografía, hubiese estado durante tiempo flirteando con otros caballeros y que, al final, se hubiese prendado de un atractivo teniente. Si Louise y Géza hubiesen mantenido su relación de forma que no "saltase a la vista del público", nada hubiese ocurrido. Pero en 1897, Géza y Louise huyeron de Viena llevándose con ellos a la jovencísima hija de Louise, Dolly.

Louise, al parecer, se dirigió a Bruselas, para pedirle a su padre, Leopold, permiso para divorciarse. No hace falta un exceso de imaginación para recrear la escena. Leopold, furioso con su extravagante hija, se negó en redondo y le dijo que volviese a su casa con su marido e hijos. Louise, con Dolly, no le hizo caso. Se largó a la Riviera francesa, dónde la aguardaba Géza. Se establecieron en Villa Paradis, en Niza: un sitio en el que, evidentemente, no íban a pasar desapercibidos. Además, su tren de vida se hizo, cuando menos, extremadamente lujoso, ya que Louise no sólo había llevado consigo dinero en efectivo de su esposo, sino que poseía una carta de crédito ratificada con la firma de su hermana Stephanie.

El príncipe Philippe no podía quedarse de brazos cruzados ante la exhibición de su mujer y el amante croata de ésta. Leopold, su hijo de dicienueve años, estaba que trinaba porque la vergonzosa escapada de su madre recortaba sus expectativas sociales. El duque Ernest-Günther de Schleswig-Hostein, prometido de la adolescente Dolly, exigió que la muchacha, hasta entonces una "víctima inocente" de la "depravación" de su madre, fuese inmediatamente apartada de la pareja adúltera. En esa tesitura, Philippe se plantó en Villa Paradis para retar a duelo a Géza Mattachich. Mattachich viajó a viena, para enfrentarse a Philippe, primero con pistolas, luego con espadas, en la Retsaal de la Escuela Española de Equitación. Las heridas de ambos no solucionaron el entuerto. Mattachich volvió a Niza con Louise, Dolly todavía permanecía allí. Pero en los meses siguientes las cosas empeoraron: por fín, Dolly abandonó a su madre, y, en otro sentido, se informó de que ni Philippe de Coburg ni la princesa imperial Stephanie se harían cargo de las deudas que contrajesen Louise y Géza. Obviamente, los acreedores se abalanzaron sobre ellos.

La pareja marchó entonces rumbo a Croacia, dejando a sus espaldas un caudaloso río de facturas sin pagar. Pero en Croacia se vieron detenidos de pronto. Géza se vió privado de su rango militar y sometido a un proceso judicial. A Louise se le ofreció volver con su esposo a hacer el papel de arrepentida o ser internada en un asilo para enfermos mentales. Dado que eligió el asilo, la trasladaron a Purkersdorf en una primera época, después a Lindenhof, en Sajonia.

Mattachich pasó cuatro años en prisión, en tanto que Louise estaba en Lindenhof, sometida a una estricta vigilancia. Cuando Géza fue puesto en libertad, después de que su caso llegase a debate en el Parlamento austríaco, marchó a Sajonia dispuesto a reencontrarse con Louise. La princesa consiguió, por esa época, permiso para salir de Lindenhof para una cura de aguas en el balneario de Bad Elster. Ahí se produjo otro giro en la historia, al conseguir Géza rescatar a Louise de Bad Elster. Los dos estaban juntos de nuevo...tras años de sufrimiento cada uno por su cuenta. El rey Leopold, exasperado, declaró que no la consideraba ya miembro de la familia Saxe-Coburg-Gotha y le prohibió volver a poner un pie en Bélgica.

A Louise le dió igual: el quince de enero de 1906, ocho años después de que ella hubiese presentado su solicitud, logró, por fín, el ansiado divorcio de Philippe de Coburg.


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NotaPublicado: 23 Ago 2008 11:32 
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Como se puede observar, la extraordinaria historia de Louise y Géza se extiende de 1895 a 1906, fecha en que ella se encuentra libre de su matrimonio. Desde 1895 a 1906, Louise fue una figura escandalosa. En Bélgica, su padre Leopold II y su madre Marie Henrietta tuvieron que lidiar con esa espantosa situación en que les había puesto su hija. Hubo una serie de escenas violentas a causa de la conducta de Louise, que había afectado tanto a las perspectivas de los hijos de ella, Leopold y Dolly.

Pero el asunto Louise se vió entreverado con el asunto Stephanie...

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Stephanie y el conde húngaro Elemer Lónyay.

El conde húngaro Elemer Lónyay fue el hombre que devolvió a Stephanie la ilusión y la esperanza. Su desastroso matrimonio con Rudolf y la pérdida tristísima de su amor platónico Artur Potocki la habían dejado "hecha una piltrafa". Pero Elemer, con sus suaves modales y su delicadeza, logró enamorar a Stephanie. La mujer, que se sentía profundamente a disgusto en la corte austríaca y que también estaba cansada de viajar de un lado a otro, decidió batirse el cobre por esa relación. Cuando anunció su deseo de casarse con Elemer, su padre, Leopold II, puso el grito en el cielo. Él había mandado a su hija a Viena para que se convirtiese con el tiempo en EMPERATRIZ; y aunque esa posibilidad se había perdido para siempre con la muerte de Rudolf en Mayerling, no estaba dispuesto a aceptar una nueva boda de la viuda Stephanie con un "insignificante conde húngaro". Por otro lado, Erzsi, la jovencísima hija que había quedado como fruto del matrimonio de Rudolf y Stephanie, tampoco veía con buenos ojos el enlace morganático de su madre. Sorprendentemente, el emperador Franz Joseph, padre del finado Rudolf, se mostró más comprensivo y simpático. Es posible que, sencillamente, estuviese poniendo puente de plata a la salida de Stephanie, una presencia incómoda, de la esfera de la familia imperial. El caso es que, con su bendición, Stephanie se casó finalmente con Elemer en Miramare, Trieste, Italia, en marzo de 1900. Y, muy satisfecha con su decisión, se estableció con su marido en el castillo de éste, Oroszvar, en el oeste de Hungría.


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NotaPublicado: 23 Ago 2008 14:13 
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El 20 de septiembre de 1902, en su residencia de Spa, fallecía la reina Marie Henrietta de Bélgica. La dama no había tenido una vida fácil, sino plagada de disgustos y sinsabores; en sus últimos años, había llevado consigo permanentemente la vergüenza a cuenta del episodio que había protagonizado Louise, entonces aún recluída en un sanatorio, y el disgusto por la segunda boda de Stephanie.

Clementine era harina de otro costal. Hacía tiempo que su amor por Auguste Goffinet se había transformado en una buena y leal amistad. A cambio, en 1888 había conocido a un príncipe del que se enamoraría. Fue el tercer, y definitivo amor, para Clementine. Tras su enamoramiento juvenil nunca correspondido por el primo Baudouin y tras el enamoramiento más adulto que jamás pudo fructificar en una relación sentimental plena por el barón Goffinet, había aparecido en escena el príncipe Victor Napoleón. Unos pocos encuentros bastaron para que Clementine se convenciese de que deseaba convertirse en la esposa de Victor Napoleón. Pero cuando se atrevió a plantearle el asunto a Leopold II, éste se había cerrado en banda en una posición negativa.

Durante los años en que Stephanie, viuda de Rudolf, trataba de rehacer su existencia y Louise, malcasada con Philippe, iniciaba su aventura, que tantos ríos de tinta haría correr, con Géza Mattachich, Clementine trató, en vano, de alcanzar un acuerdo con su padre Leopold II. Lo cierto es que, viéndolo desde lejos, Leopold II, sobre el cual estaban a punto de abatirse las "calamidades" que eran para él tanto el descrédito público y notorio de Louise a cuenta de un flagrante adulterio como la boda morganática de Stephanie, podía haberse mostrado, quizá, más flexible hacia su predilecta Clementine. Pero había una serie de circunstancias que él tenía muy en cuenta. Para empezar, no le simpatizaban mucho los Bonaparte: durante el tercer imperio, Napoleón III y su consorte española, Eugenia de Montijo, habían auspiciado la entronización en el lejano Méjico del archiduque Ferdinand Maximilian de Austria, casado con Charlotte, única hermana de Leopold; los franceses animaron a esa pareja a emprender una aventura imperial, pero luego, cuando se alcanzó una fase crítica, les habían dejado solos y ni siquiera la presencia de la desesperada Charlotte en París, pidiendo ayuda entre lágrimas, logró una respuesta positiva. El resultado había sido dramático: Ferdinand Maximilian había perecido, fusilado, en Querétaro; Charlotte, que de París había viajado a Roma para implorar la protección del Papa, había enloquecido, y su cuñada Marie Henrietta, esposa de Leopold, había tenido que ir en su busca para llevarla de vuelta a Bélgica.

Con todo, Leopold II no respondía en absoluto al tipo "sentimental". Se había hecho cargo de Charlotte, su desgraciada hermana, porque era lo que correspondía hacer. La dinastía no podía permitirse dejar en el olvido a Charlotte: preciso era establecerla en un lugar apropiado a su rango y prodigarle todos los cuidados. Al cabo de los años, la antipatía hacia los Bonaparte seguía latente, pero no representó, desde luego, el obstáculo fundamental para un eventual enlace entre Clementine y Victor Napoleón. Lo principal, a ojos de Leopold, era que no le convenía ni le interesaba provocar roces con su vecina Francia. Las relaciones amistosas con Francia constituían una piedra angular en la política exterior de Bélgica. Y, en ese sentido, no se quería provocar a Francia, una República, casando a princesas belgas con pretendientes al trono francés. Victor Napoleón era el depositario de los "derechos imperiales" de la casa Bonaparte desde la triste muerte en la guerra contra los zulúes del príncipe imperial Louis Napoleón, único hijo de los exiliados Napoleón III y Eugenia. Los bonapartistas llamaban a Victor Napoleón nada menos que "Napoleón IV". En esas circunstancias, Leopold se negaba a suscitar recelos ni reproches en el gobierno francés aceptando un noviazgo de su hija Clementine con Victor Napoleón. En una misma línea, prohibió a su sobrino, Albert, heredero del trono belga, un posible noviazgo con la encantadora princesa Isabelle de Orleans (que era muy pero muy del agrado del chico...).

Clementine hubo de armarse de paciencia. Precisamente debido a las "campanadas" que habían dado Louise y Stephanie, se esperaba que ella antepusiese las exigencias dinásticas a los dictados de su corazón. No podía declararse en abierta rebeldía, abandonar el palacio y comprometerse, sin la venia paterna, con Victor Napoleón. La relación de Victor Napoleón y Clementine se basaba en un amor recíproco muy intenso. Los dos consolidaron sus sentimientos a través de años en los que solamente podían esperar en que algún día cambiasen las tornas.

Pero, sin duda, esa etapa resultó dura en el plano afectivo para Clementine. En 1900, por ejemplo, Louise seguía encerrada en su "asilo para lunáticos", pero, en cambio, Stephanie, claramente desafiante hacia su padre, se casó con Elemer Lónyay. La dicha de Stephanie suscitaba la lógica melancolía en Clementine. Además, en 1901, Albert, el primo Albert, heredero del trono, contrajo nupcias con la princesa bávara Elisabeth. La felicidad conyugal de Albert y Elisabeth era otro constante recordatorio de lo que Clementine "se estaba perdiendo". Las hermanas de Albert y primas de Clementine, Henriette y Josephine, llevaban años casadas. Hacia 1901, Henriette ya había tenido tres preciosas hijas en su matrimonio con el duque de Vendôme, Philippe Emmanuel de Orleans, y Josephine, casada con el príncipe Karl de Hohenzollern-Sigmarigen, también tenía dos hijas así como un hijo. Todos parecían bendecidos por una familia propia...menos la pobre Clementine.

Y había algo más. Antes de que la reina Marie Henrietta falleciese en Spa en 1902, el rey Leopold ya vivía en flagrante concubinato con Caroline Delacroix. En realidad, Caroline Delacroix era una especie de "nombre profesional" de Blanche Zélia Joséphine Delacroix. La mujer había nacido en 1883...lo cual, de entrada, significa que era veinticinco años MENOR que Louise, diecinueve años MENOR que Stephanie y once años MENOR que Clementine. Las hijas de Leopold II no eran ya unas cándidas palomas, desde luego: hacía décadas que estaban al tanto de la inclinación de su padre a ir de amante en amante y quizá también de su gusto por las adolescentes. Pero, con todo, a Clementine le provocó la lógica consternación y repulsión enterarse de que Leopold había iniciado en 1899 una aventura que parecía más seria que todas las anteriores con Caroline Delacroix, una prostituta de apenas dieciséis años. Leopold perdió la cabeza por Caroline Delacroix, quien se daba aires a menudo incluso dentro del palacio de Laeken. Los encuentros con la amante de su padre hacían que Clementine perdiese los estribos -con razón-.

A la muerte de Marie Henrietta en 1902, la situación evolucionó negativamente en ese sentido. Leopold ya no tenía motivo para no establecer a su lado a Caroline Delacroix. El rey, muy rico pero habitualmente bastante tacaño, se desprendió de una fortuna en honor a la chica. Compró para ella el château de Balaincour, por ejemplo, así como una gran villa rodeada de un parque enorme en Saint-Jean-Cap-Ferrat. Luego, hizo saber que ella utilizaría el nombre de Blanche asociado a un título que pensaba otorgarle: baronesa de Vaughn.

Dado el retiro en el que había vivido en Spa la reina Marie Henrietta, Clementine había ocupado la posición de primera dama de la corte. Evidentemente, tras el fallecimiento de Marie Henriette, era de facto la primera dama de la corte. A ella le tocaba presidir actos y eventos, acompañando a su padre el rey Leopold II. Pero la relación de Leopold y Clementine estaba envenenada por dos factores: la negativa de éste a permitir que la hija se comprometiese con el hombre que amaba y la presencia en la vida de él de Blanche baronesa Vaughn.


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NotaPublicado: 23 Ago 2008 14:53 
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Una imagen de Clementine:

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Sólo una mujer con auténtica fuerza interior podría resistir semejante panorama. La muerte de Marie Henrietta había suscitado discusiones en torno a su herencia entre las hermanas, lo que se había sumado a la mayor preponderancia de Blanche baronesa Vaughn en la vida de Leopold. Clementine, mirase a dónde mirase, veía que se hacía mayor...que seguía enamorada...que no vislumbraba un futuro común con su príncipe...y que deseaba más que nada fundar una familia diamentralmente opuesta a su familia de orígen.

Como a perro flaco todo se le vuelven pulgas, para colmo en 1906 Blanche baronesa Vaughn dió a luz un hijo varón. Podría debatirse la paternidad biológica, ya que parece claro que, aún cuando se hubiese convertido en la amante de Leopold, cincuenta años mayor que ella, la ex prostituta mantenía simultáneamente relaciones con Antoine Durrieux. Pero Leopold II estaba convencido de ser el padre de ese niño al que se otorgaron los nombres de Lucien Philippe Marie Antoine. Pocos meses después, Blanche quedó embarazada de nuevo y puso en el mundo otro varón: Philippe Henri Marie François. Para Leopold, el regocijo se mezclaba con cierta dosis de amargura: su legítima mujer, la "insatisfactoria" Marie Henrietta, sólo le había podido ofrecer un varón que había fallecido antes de cumplir diez años, mientras que, ahora, su concubina ex prostituta le proporcionaba dos saludables varones. Evidentemente, los dos hijos bastardos no contaban: su herencia iría a parar, le gustase o no, a su sobrino Albert, duque de Brabante.


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NotaPublicado: 23 Ago 2008 15:07 
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Clementine:

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Parece seguro que Leopold II llegó al extremo de contraer un matrimonio morganático con Blanche baronesa Vaughn en 1909, cuando él ya se encontraba al borde de la muerte. La fecha de la boda secreta: 14 de diciembre de 1909. La fecha de la defunción del rey: 17 de diciembre de 1909. Si Leopold quiso así asegurar una posición digna para Blanche y sus hijos, se equivocó de medio a medio. La corte belga no aceptó ese enlace, pero, por supuesto, Blanche se retiró de escena con una enorme fortuna, en tanto que a los chicuelos se les otorgaban títulos de cortesía.

¿Lloraron las hijas de Leopold II a su padre? Leopold II es uno de esos pocos personajes históricos a los que resulta francamente difícil encontrar un rasgo positivo. Incluso sus coetáneos le miraban con cierta repulsión, porque aún estaba él con vida cuando la prensa internacional empezó a dedicar amplia cobertura al horrible genocidio perpetrado en el Congo. El Congo, territorio PERSONAL de Leopold, le proporcionó a éste una inmensa riqueza, pero, para extraer todo lo que podía ofrecer, se trató con una brutalidad despiadada a los habitantes de la zona. En un ámbito más reducido, Leopold se había limitado a cumplir sus obligaciones con sus hermanos Philippe y Charlotte, la infeliz Charlotte. Para su esposa Marie Henrietta fue un marido desagradable, rudo e incluso brutal. Con respecto a sus hijas Louise, Stephanie y Clementine no había tenido miramientos.

Parece claro que a Clementine la muerte de su padre le deparó un enorme alivio. Ascendían al trono su primo Albert, bajo el nombre de Albert I, y la esposa bávara de éste, Elisabeth. Ella quedaba "relevada" de ejercer el papel de primera dama del reino, a la vez que se libraba para siempre de la cercanía de su detestada baronesa Vaughn. Además, cuando Clementine se dirigió a su primo Albert para manifestarle su deseo de casarse con Víctor Napoleón, el nuevo monarca reaccionó con evidente simpatía. Durante años, él había compadecido a la pobre Clementine, que ya daba la impresión de estar condenada a quedarse sin marido y sin la perspectiva de tener hijos. Por supuesto, la boda de Clementine con Víctor Napoleón quizá suscitase algún ligero sarpullido entre la clase política francesa, pero Albert estaba dispuesto a asumirlo a cambio de proporcionarle a su prima lo único que ésta deseaba: un poco de felicidad personal.

Gracias a la comprensión de Albert I, Clementine pudo casarse con Víctor Napoleón el 14 de noviembre de 1910, en Moncalieri, Italia.


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