Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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NotaPublicado: 21 Abr 2009 20:58 
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“Los planes originales de Enrique indican que tenía planeado recibirla cuando llegara a Lambeth, en el lado del Támesis hasta Surrey, pero el 4 de noviembre, tal vez vencido por un ataque de su antigua impaciencia, partió hacia Richmond con un gran séquito, esperó en Easthampstead a Arturo, que había estado representando a la dinastía en las Marcas de Gales, y luego giraron hacia las llanuras. Les precedieron noticias de la cabalgata real y era apenas mediodía cuando les recibió la conocida figura de don Pedro de Ayala [embajador de los Reyes Católicos en Inglaterra y Escocia], que venía a todo galope para transmitir un delicado mensaje. Al tener noticias de la llegada del rey ingles, el arzobispo de Santiago y la ‘Dueña’ de la princesa, la formidable doña Elvira Manuel, se habían apresurado a tener una reunión y habían decidido interpretar las instrucciones finales de los padres de Catalina con rigidez castellana. Catalina tenía que observar todas las costumbres de una novia española de alta cuna: hasta que no se hubiera dado la bendición final en sus bodas, ni siquiera su futuro marido le tenía que levantar el velo o conocer su rostro. Como conocía a Enrique, Ayala comunicó el ultimátum riendo para sus adentros.”

“Mordiéndose los labios, intentando en vano interpretar el guiño del Obispo, Enrique le escuchó hasta el final y luego dirigió su caballo a un campo al lado de la carretera, chillando por encima de su hombro: «¡Mis Lores, Consejo». Después de todo, ¿habría algún truco escondido?, ¿esperaban los españoles que iba a cerrar un trato a ciegas?. Siguiendo las órdenes de Enrique, Ayala expuso el caso de nuevo al receloso semicírculo de jinetes. Con toda la formalidad de Westminster, Enrique pidió consejo. Un rumor de cuchicheos corrió de montura en montura cuestionándose menos sobre las leyes que sobre el significado de este suceso; luego el Consejo del rey manifestó su unánime parecer: «El rey de Inglaterra es señor absoluto en sus propios reinos; ninguna ley ni costumbre extranjera le puede limitar aquí. La princesa de España es ya una de sus súbditas por el matrimonio con su hijo; puede disponer de ella como quiera».”

“«Gracias, mis lores», dijo Enrique […] Se lanzó al galope, con Ayala riendo y apretando el paso detrás de él, dejando al novio, al Consejo y al resplandeciente séquito que le siguiera a un paso más digno.”

“Enrique fue recibido en el gran vestíbulo de Dogmersfield por una solemne diputación: el arzobispo de Santiago flanqueado por el obispo de Mallorca y el conde de Cabra, «Decid al rey de Inglaterra», dijeron para ganar tiempo, «que la princesa está descansando. No puede ver a nadie».”

“«Decid a los lores de España», ordenó Enrique a Ayala, «que el rey verá a la princesa aunque esté en la cama».”

“Pero no lo estaba. Ya estaba en la cámara vecina, mientras sus damas de compañía daban los últimos toques a su chal y a su cabello; Doña Elvira fruncía el entrecejo con disgusto. Enrique logró lo que quería. A pesar del estado en que se encontraba tras el viaje, fue llevado a la sala donde se encontraba la novia de su hijo, la esperanza de su dinastía, de pie, con la luz sobre ella, su velo levantado, sonriendo tímidamente. Enrique no sabía español ni tampoco el latín que necesitaba en esta ocasión; a Catalina le falló el escaso francés, aprendido de Margarita de Austria. Durante un momento se observaron mutuamente y Enrique le dio la bienvenida en inglés. Catalina, percibiendo la intención de sus palabras, le respondió en español. Le obsequió una profunda reverencia y él le besó la mano.”

“Enrique estaba complacido, lo que vio fue:
‘Una muchacha crecida, con la cabeza hermosamente proporcionada y un cuerpo robusto y ágil, paso ligero y porte erguido, manos y pies pequeños, tez clara, ojos grises y serenos, abundante cabellera rubio-rojiza. Tan frescamente sonrosada como cualquier dama inglesa’.”

“Media hora más tarde, llegó el príncipe Arturo y el resto del séquito. Padre e hijo se vistieron para la ocasión y volvieron a ver a la princesa, esta vez de una manera formal […] Santo Tomás Moro lo describe así:
‘Catalina, la muy ilustre hija de los Reyes de España y novia de nuestro distinguido Príncipe, hizo su entrada en Londres hace poco; que yo sepa nunca ha habido en ninguna parte una recepción tal. La suntuosa vestimenta de nuestros nobles, levantó gritos de admiración. Catalina estremeció todos los corazones; posee las cualidades que constituyen la belleza de una joven muy encantadora. En todas partes es objeto de las más grandes alabanzas, pero incluso esto es insuficiente’.”

Antonia Fraser, en su libro “Las seis esposas de Enrique VIII” reproduce otros comentarios de Tomás Moro:

“Tomás Moro, ocho años mayor que Catalina, fue uno de los que se burlaron de los escoltas españoles de la joven como «ridículos…pigmeos etíopes, como diablos salidos del demonio» en verdadero estilo xenófobo ingles. Pero de Catalina Misma escribió: «Nada falta en ella que debiera tener la muchacha más bella».”

(Fragmentos extraídos desde “Mujeres renacentistas en la corte de Isabel la Católica” de Vicenta María Márquez de la Plata, de “Las seis esposas de Enrique VII” escrito por Antonia Fraser, y de “Catalina de Aragón”, de Garret Mattingly)


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NotaPublicado: 21 Abr 2009 21:27 
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“Una vez hubo llegado Arturo al lugar en que se encontraban Enrique y Catalina, “padre e hijo […] fueron conducidos de nuevo a los apartamentos de la princesa, esta vez para una recepción solemne. Un obispo inglés tradujo en un latín grandilocuente los discursos formales del rey y el príncipe, y un obispo español actuó de interprete de Catalina y tradujo al latín sus respuestas. La princesa pudo haber sustituido al obispo español para responder al obispo inglés por sí misma, pero la educación exigía que en esa ocasión no debía mostrar saber más que el rey, y había suficientes obispos para ocuparse de los discursos y para oficiar los esponsales formales, que tuvieron lugar en el acto. Durante años, los dos jóvenes habían intercambiado cartas de amor ardientes, aunque en un latín formal. Ahora por primera vez, se cruzaron las miradas y se entrelazaron las manos. Catalina vio a un joven elegante, rubio, con un rubor en su tez blanca como la nieve. Un príncipe de cuento de hadas, pero joven, media cabeza más bajo que ella y más delgado, aparentando contar menos de los quince años que tenía, mientras ella aparentaba más de los dieciséis que, en realidad tenía. Quizá su corazón se aficionó a él tanto más cuanto que le vio de repente más joven que ella y por ser tan extrañamente parecido a su hermano Juan en su belleza rubia y delgada y en sus pausados modales. Quizá él le parecía todo lo que ella había soñado sobre un príncipe llamado Arturo que restauraría el antiguo esplendor de la caballería en la isla en donde había alcanzado la máxima perfección. O, quizá, sólo recordó que era la hija de una reina y que el matrimonio era su destino. Como la mayor parte del triste y corto idilio de los dos niños, los pensamientos de Catalina son objeto de puras conjeturas.”

“Cualesquiera que fueran sus pensamientos, le estimularon a una seguridad inusual, a una alegría desacostumbrada. Después de la cena invitó a Enrique y a su hijo a sus habitaciones, en donde había convocado a juglares y, después de profundas reverencias al rey, Catalina y dos de sus damas bailaron una de las majestuosas danzas españolas. A Catalina le entusiasmaba bailar y estaba orgullosa de sus dotes para ello. Luego, ella y su pareja bailaron un baile rápido, tan alegre y enérgico como lánguido y lento el otro; el joven príncipe, animado por su padre, sacó a Lady Guildford para un baile inglés. Antes de que se acabara la reunión ya se habían encendido las velas y los guardias bostezaban. Los terrores del mar y las dudas de los diplomáticos eran igualmente remotas y estaban igualmente olvidadas. Inglaterra no era sólo una tierra encantada sino también una tierra alegre. Sería bueno ser su reina.”


(“Catalina de Aragón”, de Garret Mattingly)


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NotaPublicado: 21 Abr 2009 21:32 
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Está quedando sensacional, Sayo ;)


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NotaPublicado: 21 Abr 2009 22:05 
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“Desde Dogmersfield Enrique y su hijo volvieron cabalgando a Richmond, de manera que, acompañados de la reina Isabel [de York, madre de Arturo] pudieran navegar solemnemente Támesis abajo hasta el Castillo de Baynard, el primer acto en los festejos nupciales. Catalina y su séquito continuaron hacia Kennington para ser recibidos en Kingston sobre el Támesis por otra colección de pares y eclesiasticos, encabezados esta vez por el primer noble del reino, Eduardo Stafford, tercer duque de Buckingham. En todos los festejos que siguieron, Buckingham se destacó como la figura más sobresaliente, como correspondía a su linaje, riqueza y posición. El joven Duque había sido educado casi como un miembro de la familia real –su padre había sido ejecutado por Ricardo un año antes de Bosworth- y a los ojos de Enrique y a los ojos de muchos ingleses, nadie salvo los hijos de Enrique estaban más cerca del trono. A sus veintitrés años, Eduardo Stafford era, como lo sería siempre, más un cortesano que un soldado o un político, guapo, encantador, derrochador, un poco ligero de cascos, un poco tonto, con un concepto desmesurado de los privilegios y de la seguridad de su posición, pero a pesar de todo, un gran caballero. En él, Catalina reconoció el apoyo que debe tener un trono, un aristócrata tan seguro de sí mismo y tan nacido para ello como cualquier Grande de España. Con Catalina, Buckingham se inclinaba ante una princesa auténtica. El vínculo de reconocimiento y respeto mutuo, la tácita alianza de personas seguras de sus respectivas posiciones en el mundo perduraron veinte años, hasta la muerte de Buckingham, desde los campos de Kingston hasta el patíbulo de Tower Hill que arrebató a Catalina su primer amigo.”

“Mientras tanto, se estaba erigiendo en San Pablo otro tipo de patíbulo, un gran puente de madera, tan alto como la cabeza de un hombre, tendido a lo largo de toda la nave, desde la puerta Oeste hasta el Coro, cubierto de fina lana roja y terminado en un andamio todavía mas alto, suficientemente grande para acomodar en un extremo al rey, a la reina y a su corte y en el otro extremo al Lord Mayor y magistrados de Londres y para tener espacio en el medio para los principales protagonistas de una boda que Enrique estaba decidido que fuera tan suntuosa y pública como fuese posible. Esta vez el rey dio rienda suelta a su gusto por la magnificencia, conocía el valor que tenía para un gobernante el esplendor dentro de sus límites. Aunque generalmente se contentaba con una impresión de riqueza bien calculada, lograda con un coste mínimo, incluso la prudencia aconsejaba prodigalidad en una ocasión en que la nobleza y la ciudad de Londres será forzadas a soportar muchos de los costes.”

“Así, Catalina fue llevada desde la orilla del río hasta el palacio del obispo, bajo el clamor de las trompetas y el estruendote los cañones, a lo largo de calles con reposteros colgando de las casas y cubiertas por arcos triunfales. Su recorrido estaba adornado –e interrumpido- con todo el boato alegórico y todos los rebuscados adornos que podía imaginar el ingenio de los londinenses. De ahí, sería conducida la mañana siguiente al gran puente de madera en San Pablo, en donde el arzobispo de Canterbury la esperaba para casarla a un delgado joven vestido de blanco. El hermano del niño, un fornido mozuelo de mejillas sonrosadas, con una redonda carita de querubín sobreun cuerpo que ya era mayor y más robusto que el de Arturo, le dio su mano derecha a lo largo de la nave de la gran Iglesia. Catalina se fijó en la mirada imperturbable de sus grandes ojos, que no pestañearon a lo largo de toda la ceremonia. Era Enrique, Duque de York, que sería coronado con ella, su marido y rey, antes que transcurrieran ocho años, Enrique, que ahora tenía diez años. Fuera de la catedral, cuando la pareja arrodillada se levantó, empezó a chorrear vino de un grifo y las campanas de toda la ciudad resonaron al unísono. El pueblo vitoreó como si ya no se hubiera vuelto ronco por haberlo hecho durante dos días, mientras el cortejo se formaba de nuevo para llevar al novio y a la novia al castillo de Baynard, al gran banquete y al tálamo nupcial, ceremoniosamente público. Para el tiempo de ese acostarse simbólico, pocas personas en la Corte o en la ciudad estaban sobrios. La gente estaba de acuerdo en que Londres nunca había visto una boda tan espléndida.”

(“Catalina de Aragón”, de Garret Mattingly)

PD: Me hace feliz que les guste, es una pequeñita retribución a todo el conocimiento que he adquirido gracias a este foro y a ustedes.


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NotaPublicado: 21 Abr 2009 22:40 
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“Sin embargo, la gran exhibición fue en Westminster […]. Un día después del torneo, que resultó admirable –todos los contendientes rompieron sus lanzas con habilidad y ninguno resultó herido-, hubo festejos en la Gran Sala de Westminster, en donde, de nuevo, el gran amor de los ingleses por las monstruosidades alegóricas constituyó la principal diversión. Un castillo lleno de niños cantores fue introducido por cuatro grandes bestias que lo arrastraban con unas cadenas de oro, dos leones, uno de otro y otro de plata, un ciervo y un alce […]. Seguía un barco, llevando la Esperanza y el Deseo y una figura representado la princesa de España, luego una colina con ocho caballeros en ella y una multitud de otros artificios, deslumbrando los ojos con dorados y las mentes con simbolismos de largo alcance. Tales festejos se prolongaron más de una semana.”

“El cronista tiene poco que decir de Arturo, que tenía que haber sido allí la figura principal. Era demasiado joven y frágil para los torneos. Bailó modestamente con Lady Cecil mientras que Catalina danzaba con una de sus propias damas de compañía. En la cena, Arturo presidió una especie de mesa de niños, donde también se sentaron su hermana Margarita y su hermano Enrique, mientras que Catalina se sentaba a la derecha del rey […]. Años mas tarde en los testimonios recogidos para el divorcio de Enrique podemos vislumbrar un destello de Arturo llevado a la cama pública y bulliciosamente en su noche de bodas y permitiéndose una bravata juvenil la mañana siguiente (si creemos a los nobles de la época Tudor, testimoniando a favor de su soberano). Pero en los festejos nupciales parece haber jugado un papel pasivo, casi despreciable, de la misma forma que dejó que los arreglos sobre su casa se hicieran por conversaciones entre su padre, los ministros de su padre y el embajador español.”

“La decisión final sobre la casa fue tomada en Windosr, a donde había llegado la corte a fines de noviembre, pues era tan migratoria como la española, aunque girando en torno a una órbita más pequeña. Hasta entonces los novios no habían tenido una casa aparte […]. Desde luego, Arturo tenía que volver a las Marcas de Gales. ¿No era Catalina demasiado joven y delicada para ir con él a las agrestes tierras fronterizas? ¿No sería más feliz en la corte con la reina Isabel [su suegra] cuidándola y con la princesa Margarita, sólo cuatro años más joven que ella, como compañera? ¿Era Arturo suficientemente fuerte para comenzar sus deberes conyugales? ¿No sería mejor que la joven pareja viviera aparte uno o dos años? El Consejo real estaba dividido y el rey no podía decidirse. […] Arturo permanecía callado y Catalina rehusaba pudorosamente expresar sus preferencias, dejando completamente la decisión a su suegro. Aunque ninguno se imaginó todas las trascendentales consecuencias, hubo una violenta pausa, mientras el futuro pendía en la balanza. Nadie puede decir con certeza cual fue la consideración decisiva […][pero] cuando el Príncipe de Gales comenzó su viaje hacia el Oeste, sin esperar a celebrar la navidad en la corte de su padre, Catalina y sus españoles le siguieron”.

(“Catalina de Aragón”, de Garret Mattingly)

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NotaPublicado: 25 Abr 2009 02:29 
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!!!TENGO EL LIBRO!!!!!! :DD


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NotaPublicado: 27 Abr 2009 00:01 
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:) el libro tiene una prosa muy a lo minnie (o sea entretenida)...disfrutalo!!!


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NotaPublicado: 27 Abr 2009 01:14 
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Ubicación: San Isidro, Argentina
Es un libro excelente el "Catalina de Aragón" de Garret Mattingly. En cambio su libro "La armada invencible" me resultó tedioso y nunca lo pude terminar. Quizá se deba al tema más que al autor... :?


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NotaPublicado: 27 Abr 2009 01:45 
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Registrado: 26 Mar 2008 19:57
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sayo escribió:
:) el libro tiene una prosa muy a lo minnie (o sea entretenida)...disfrutalo!!!

Tendrá que esperar un poco...pero merecerá la pena jajajajajaj....


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NotaPublicado: 27 Abr 2009 03:15 
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hernangotha escribió:
Es un libro excelente el "Catalina de Aragón" de Garret Mattingly. En cambio su libro "La armada invencible" me resultó tedioso y nunca lo pude terminar. Quizá se deba al tema más que al autor... :?


A mi tambien me pasó eso con Isabel la Católica de Tarsicio de Ascona :( todavía siento el dinero que pagué por el, muy aburrido!!! Deberían recetarlo como somnífero

El de Catalina de Aragón lo estaba leyendo desde google books, pero google ya no me permite ver mas páginas, así que Jane...la envidia me corroe jejeje


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NotaPublicado: 12 May 2009 23:32 
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Registrado: 18 Mar 2009 02:41
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Ubicación: Buenos Aires.Argentina
:o sayo es la primera vez que leo un trabajo tuyo,y debo decirte que me ha resultado apasionante;te felicito. :D
Para mí Catalina de Aragón,es una figura histórica de gran valor, y Enrique VIII un villano que ni siquiera por su educación o por la falta de herederos varones ,puede ser justificado;paradójicamente fue su hija bastarda la que reinó.
Desde luego ésta es sólo mi opinión personal y si estoy errada agradeceré otra.


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NotaPublicado: 21 May 2009 18:04 
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Registrado: 21 Ago 2008 02:43
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Ali, muchas gracias por tus comentarios, pero debo decir que mi mérito es sólo teclear rápido...ya quisiera yo la sabiduría y los conocimientos de otros miembros de este foro.
No he podido seguir transcribiendo porque entre otras cosas estoy embelesada con el Blog Dinastías que está increible, pero en google books se encuentra disponible "Catalina de Aragón" de Garrett Mattingly


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