Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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 Asunto: Re: CAROLINA MATHILDE, REINA DE DINAMARCA.
NotaPublicado: 12 Nov 2012 19:44 
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:yay: :yay: estaba esperando que continuase Carolina Matilde. <o>

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La risa es un antidepresivo sin efectos secundarios


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 Asunto: Re: CAROLINA MATHILDE, REINA DE DINAMARCA.
NotaPublicado: 12 Nov 2012 19:56 
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Revisando, veo que cuando Minny colocó el cartel de la película también daba un vínculo al trailer, asi que aprovecho y pongo un par de escenas de la película.





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 Asunto: Re: CAROLINA MATHILDE, REINA DE DINAMARCA.
NotaPublicado: 24 Nov 2012 17:32 
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carmela escribió:
Minnie, lo bueno de dejar los temas abandonaditos tanto tiempo es que cuando los retomas ya se me ha olvidado olvidado de que iba y tengo de nuevo lectura para rato... >:) >:)
vamos, que el que no se consuela es porque no quiere :-D



Malvada, jajajajaja.

Bueno, estábamos tal que así:

Aunque Augusta tuvo ocasión de volver a entrevistarse con Carolina Mathilde a solas, la conversación discurrió por mal camino. Es más que probable que Carolina Mathilde estuviese advertida por Struensee acerca del casi seguro mensaje que intentaría transmitir Augusta de Gales: a los británicos no les había gustado ni pizca la remoción de Bernstorff. Por tanto, Carolina Mathilde había preparado su propia respuesta bastante seca y cortante a cualquier comentario de tal naturaleza. En cuanto Augusta tiró por ese camino, Carolina Mathilde la interrumpió para pedirle que le dejase gobernar su propio reino según su interés y conveniencia -que no tenían porqué coincidir, evidentemente, con los de su hermano George III-. Y al intentar Augusta hacerle entender a su hija que la vinculación con Struensee daba pábulo a comentarios poco dignos en torno a la reina de Dinamarca, Carolina Mathilde tuvo fácil la respuesta: se limitó a hacer alusión a la faiblesse de Augusta hacia John Bute, conde de Butler. Esa contestación de Carolina Mathilde sacudió por entero a Augusta. Bastaban esas palabras lanzadas a su cara por la menor de sus retoños para que Augusta entendiese que Carolina Mathilde estaba ya completamente fuera de su área de influencia; nada de lo que ella dijese o hiciese ejercería efecto en su hija.

El modo en que Carolina Mathilde había utilizado el asunto Bute ofendió profundamente a Augusta, de manera que ambas se despidieron en una atmósfera de tremenda frialdad.


Augusta y su benjamina Carolina Mathilde nunca volverían a verse. La viuda del nunca olvidado príncipe Frederick Lewis falleció con apenas cincuenta y dos años de edad, a las seis en punto de la madrugada del 8 de febrero de 1772, en Carlton House. Un cáncer de garganta fue la enfermedad que se la llevó a la tumba, un destino que ella misma asumió, según su capellán privado el obispo Newton, con gran mansedumbre de espíritu. Pero sin duda Augusta se llevó consigo una considerable carga de preocupaciones relativas al futuro de su hija Carolina Mathilde. Y cuando la noticia del fallecimiento de Augusta alcanzó Coppenhague, a mediados de febrero, Carolina Mathilde, desde luego, experimentó una terrible aflicción. No sólo perdía a una mujer que, por alejadas que hubiesen llegado a estar a todos los niveles, era su madre. También perdía a la persona que más afán hubiese puesto en defenderla de las consecuencias de sus propios errores -y esto era particularmente significativo en ese momento.

Pero es mejor no adelantar acontecimientos ;-)

Tras el desapacible encuentro con Augusta en Lüneburg, Carolina Mathilde y Christian, con Struensee y Warnstedt siempre compartiendo el coche con ellos, emprendieron el regreso desde Holstein a Coppenhague. La real pareja y su peculiar séquito alcanzaron la capital danesa el 24 de agosto de 1770. En una muestra de su creciente sentimiento de independencia respecto a las normas, Carolina Mathilde se empeñó en realizar su entrada en la ciudad no encerrada en su coche, sino montando a caballo, con un traje muy elegante pero de cierto aire masculino para que le resultase lo más cómodo posible; a su lado, estaba Christian.

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Christian y Carolina Mathilde.

La estampa resultó curiosa, porque al lado del pálido y desvaído Christian, Carolina Mathilde parecía más rotunda y enérgica que nunca. Hubo ciudadanos que comentaron, con sorna, que, de los dos miembros de la pareja, ella era la que exhibía mayor hombría. Casi de inmediato, los reyes dejaron atrás Coppenhague para largarse a un palacio que les gustaba particularmente: Hirschholm.

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Hirschholm, también denominado Hørsholm, estaba situado a una breve distancia al norte de Coppenhague, en un paraje absolutamente encantador: una isla que surgía en medio de un lago de aguas apacibles. Se trataba de un palacio de estilo inconfundiblemente barroco que se había erigido para que sirviese de residencia estival a Christian IV y su esposa Sophie Madgalena, los abuelos paternos de Christian. El propio Christian podía evocar fácilmente los momentos de su infancia y juventud en los que, junto a su primo y posteriormente también cuñado Carl de Hesse, había acudido a visitar a la abuela Sophie Magdalena a Hirschholm. Sophie Magdalena, aquella mujer de vida profundamente melancólica, había adorado a sus nietos...y los había mimado a conciencia. La muerte de la gran señora se había producido en mayo de 1770 y, desde ese momento, Hirschholm pasó a constituír una más de las residencias disponibles para Christian y Carolina Mathilde.

A posteriori, Hirschholm sería considerado un escenario principal en la muy novelesca historia de Carolina Mathilde y Struensee, por supuesto. De momento, lo que debemos tener en cuenta es que Carolina Mathilde llegó a Hirschholm en aquel verano considerándose de pronto con capacidad suficiente para elegir su propio entorno. Durante su estancia en Traventhal, Carolina Mathilde había "soltado el lastre" que suponían algunas de sus damas de compañía; se trataba de mujeres que en su momento le habían sido impuestas, a las que ella no había podido escoger y a las cuales sin embargo había debido sobrellevar con mejor o peor ánimo. Reforzada por su vínculo con Struensee, Carolina Mathilde aprovechó las semanas en Traventhal para deshacerse de mujeres como Madame von der Lühe o Fraülein von Eyben. Los huecos que dejaban se rellenarían posteriormente en Hirschholm, con otras mujeres. Esas nuevas damas se llamaban Madame Gahler, condesa Holstein o baronesa Bülow...y su principal mérito radicaba en que sus maridos (el general Gahler, el conde Holstein y el barón Bülow) eran hombres de la cuerda de Struensee.

Mientras Carolina Mathilde se creaba en Hirschholm una corte a su medida, poco ceremoniosa y en cierto sentido bastante frívola e incluso atolondrada, Struensee completaba el ascenso al poder. Bernstorff había sido removido de su puesto: el estadista de "largo recorrido" supo asumir su caída con notable dignidad, a pesar de que no se le ahorró el velado insulto de asignarle a modo de compensación una pensión anual que venía a ser la mitad de la atribuída a otro jubilado por entonces, el conde St Germains. Los servicios de Bernstorff a la corona eran muchísimo más significativos, de lejos, que los de St Germains...pero éste último disponía de la baza a su favor de una amistad con Struensee.

Gunning, el representante inglés en Coppenhague, se presentó ante la reina llevando una carta del egregio hermano de ella, George III. George III, a quien Augusta había informado de lo acaecido en el encuentro de Lüneburg, quemaba con esa carta otro cartucho a favor de Bernstorff. Pero el cartucho se quemó ya tarde...el relevo se había producido, el relevo era un hecho consumado. Los ingleses estaban molestos, por expresarlo finamente. El grado de irritación se elevó a medida que Struensee movía sus fichas. En principio, Bernstorff había sumado en su persona dos cargos: ejercía de primer ministro y de ministro responsable de la gestión de los asuntos exteriores, una materia particularmente sensible. Struensee, que formalmente sólo era "lector del Rey" (un puesto sustancioso, aunque parezca poca cosa el título...él manejaba todos los mensajes que se cursaban hacia el monarca) se quedaba con los poderes de un primer ministro...y se había esperado que su aliado el conde Rantzau asumiese la posición de responsable de los asuntos exteriores. Siendo Rantzau notablemente anti-ruso, esto presentaba sus riesgos, por lo que Struensee decidió "contentar" a su aliado con un puesto inferior: una segunda posición dentro del organigrama del ministerio de la Guerra, cuyo máximo responsable sería el general Gahler, ostensiblemente pro francés.

Muy a menudo, la mejor manera de ir causando heridas irreparables en los egos ajenos consiste en proporcionar a las personas cargos muy apetecibles pero sensiblemente inferiores a los que esperaban detentar. Rantzau, por ejemplo, había contado con dirigir la política exterior del país, no con tener que secundar a Gahler en el ministerio de la Guerra. Se sintió profundamente decepcionado ante la manera en que le había manejado Struensee. El propio Struensee no debía tener la conciencia muy limpia en lo que se refería a Rantzau, porque, en un intento deliberado de darle mayor importancia de la que correspondía a un segundón en el ministerio de la Guerra, conferenciaba muy a menudo con él pidiéndole asesoramiento en diversas materias. Para complacer a Rantzau, Struensee tomó decisiones como la de encomendar a un aristócrata militar, el coronel Falckenskjold, la reforma de la flota danesa. Falckenskjold probablemente no era ni de lejos la elección idónea, pero Struensee consideró necesario contentar a Rantzau. En apariencia, Rantzau sí estaba contento. Pero era una apariencia: por dentro, rebullía de indignación al verse en la tesitura de tener que aceptar las migajas de pastel que le había arrojado Struensee.

Sobre todo los representantes ingleses siguieron muy de cerca los movimientos realizados para apuntalar la posición hegemónica de Struensee. La correspondencia entre los encargados británicos en la capital danesa y la cancillería británica fue verdaderamente prólija en esa época. Esperaban que George III se alarmase hasta el punto de volver a "tirarle de las orejas", en un sentido metafórico, a Carolina Mathilde. Pero George III no olvidaba lo poco que había valido abogar personalmente a favor de Bernstorff. No estaba en absoluto dispuesto a pasar otra vez por la humillación de que su hermana hiciese o deshiciese en feliz connivencia con Struensee sin tener en cuenta para nada las advertencias. Curiosamente, otra persona que se enteraba a diario lo que pasaba en Dinamarca era la emperatriz Catalina II "La Grande" de Rusia. Catalina podía tener una vida privada bastante irregular, pero nadie podía dudar de que era políticamente muy astuta, con una tremenda capacidad para manipular los acontecimientos a su favor al punto de conseguir encaramarse a la posición de autócrata rusa pese a ser una alemana sin una gota de sangre Romanov en las venas. Cuando Catalina se permitía mostrar desdén hacia el affair Struensee de Carolina Mathilde, lo que cuestionaba la zarina no era tanto la falta de moralidad de la reina danesa como su falta de perspicacia para advertir que al ponerse a sí misma en manos de aquel doctor germánico estaba enajenándose todas las simpatías en la corte danesa.


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 Asunto: Re: CAROLINA MATHILDE, REINA DE DINAMARCA.
NotaPublicado: 24 Nov 2012 20:22 
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La cruda realidad es que Struensee, con su afán reformista propio de un forofo del despotismo ilustrado, íba a pisar muchos, muchos callos en tierras escandinavas. No era "uno de los nuestros", desde la perspectiva de la élite social que conformaba los tradicionales conciábulos del poder detrás del trono en Coppenhague. Era un médico alemán que no conocía ni se molestaba en tratar de conocer los usos y costumbres del país. Simplemente, pretendía implementar un amplio programa de reformas sin tener en cuenta hasta qué punto hacía saltar por los aires el "orden" preexistente.

Hasta 1069 decretos se firmarían durante el período de casi veinticinco meses en que Struensee fue el auténtico mandamás en Dinamarca. Echando cuentas, salen más o menos tres decretos al día destinados a sacudir los cimientos de la corte y del país. De la corte porque se abolieron, por ejemplo, las estrictas normas de etiqueta asociadas a la misma y el acceso automático de los miembros de la alta aristocracia a (codiciados) puestos palaciegos. Los nobles vieron también abolido el privilegio de poder reclamar para sí mismos, en virtud de su panoplia de ancestros, los principales cargos del Estado. Otras de sus ventajas ya consolidadas (como las corveas, de origen claramente feudal, que permitían a los nobles reclamar determinados trabajos en sus propiedades a las clases inferiores...) se vieron igualmente borradas de un plumazo. Por otro lado, Struensee mandó reformar el sistema judicial para limitar al máximo la corrupción que desembocaba en un constante ejercicio de prevaricación; se declaró ilegal la tortura y se anularon determinadas penas desproporcionadas, como la pena de muerte para el robo. Hubo también medidas destinadas a incrementar las posibilidades de acceso a la propiedad de tierras para los campesinos, y se arbitraron fórmulas de almacenaje de cereales por parte del estado para garantizar que los mercaderes no pudiesen nunca disparar al alza los precios. Esto era especialmente significativo en una economía más bien primaria, en la que un invierno duro (como fue por ejemplo el de 1771) ponía en grave riesgo las cosechas y ponía la tesitura de tener que clamar por un simple mendrugo de pan seco a un elevado porcentaje de ciudadanos.

Visto desde una perspectiva actual, es imposible no sentir cierta simpatía hacia ese afán rousseauniano del que daba pruebas Struensee. Una no puede evitar admirarse de que aboliese las tasas sobre la sal, que eran particularmente onerosas para las clases populares, o de que se garantizasen repartos masivos de pan a precios mínimos. Pero, evidentemente, todas esas reformas perjudicaban a los que hasta entonces habían podido alardear de tener siempre la sarten por el mango. Los nobles, los grandes detentadores de tierras, los mercaderes más prósperos...todos ellos se sintieron seriamente perjudicados por las medidas que tomaba Struensee. Y cuando una de esas medidas consistió precisamente en abolir la censura, el propio Struensee abrió los diques que contenían la marea de la crítica desaforada hacia su persona y sus métodos. Los adversarios y enemigos de Struensee eran muchos y tenían capacidad de sobra no sólo para organizar una reacción, sino para empezar creando un estado de opinión adverso hacia el favorito alemán de la reina. Los panfletos anti Struensee pronto se convirtieron en un verdadero aluvión.

Había un punto en el que Struensee era particularmente vulnerable: su relación con la reina Carolina Mathilde. Los rumores acerca de una vinculación demasiado profunda e íntima entre la esposa del monarca y el hombre fuerte del país fueron in crescendo durante aquel año. Estaban, de hecho, en su punto álgido cuando Carolina Mathilde quedó embarazada a finales de 1770. Nadie había podido cuestionar nunca la legitimidad del primer retoño de la reina, el príncipe Frederick, nacido, como se recordará, a los quince meses del poco venturoso matrimonio entre Christian y Carolina Mathilde. Lo más que se podía achacar al príncipe Frederick, era que el niño estaba siendo educado según los parámetros roussonianos dictados por Struensee. Sin embargo, cuando se hizo evidente el segundo embarazo de Carolina Mathilde, nadie consideró siquiera la más mínima posibilidad de que esa criatura pudiese haber sido engendrada por Christian VII. No hubo beneficio de la duda para Carolina Mathilde, en ese aspecto. Todos empezaron a murmurar acerca del "hijo o hija del lado izquierdo de la cama" con que íba a obsequiarles Carolina Mathilde.

Hubo un lugar dónde los comentarios cargados de doble intención se adueñaron por completo de la atmósfera: el castillo de Frederiksborg. Frederiksborg se había convertido en el escenario favorito de la reina Juliana Marie, la madrastra de Christian. Juliana Marie residía allí con su hijo Frederick, que frisaba en los diecisiete años. La muy resuelta mujer ya albergaba pocas esperanzas de que su Frederick llegase a sentarse en el trono: para eso no sólo debía desaparecer Christian VII sino también el principito Frederick, el hijo de Carolina Mathilde. Pero barajaba otras opciones. Por ejemplo, la cada vez más evidente insania del pobre Christian VII quizá requiriese el nombramiento de un regente y puesto que ese regente no podía ser el niño Frederick...¿quien mejor que el medio hermano de Christian y tío del niño Frederick, el propio príncipe Frederick? Juliana Marie se sentía razonablemente optimista a medida que crecía el descontento con el manejo del poder por parte de un Struensee que había arruinado la reputación de Carolina Mathilde, dejando que ésta practicase la equitación con ropas masculinas, presidiese la atolondrada corte de Hirschholm y cruzase miradas de cordera degollada en público con el ministro. Era natural que los descontentos -muy numerosos- se arracimasen en Frederiksborg para criticar el ambiente de Hirschholm. Más adelante, en las ocasiones en que los reyes elegían mudarse de Hischholm a Frederiksborg, Juliana Marie y su hijo marcaban distancias trasladándose, con su entourage, a Fredensborg.

Incluso entre las clases más humildes, que hubieran podido sentirse agradecidas por las reformas promulgadas por Struensee, había algo muy ominoso en el hecho de deberle ciertos beneficios a un extranjero del que se aseguraba que le había hecho un hijo bastardo a la reina. Aparte de que los miembros de las élites sociales se citasen en Frederiksborg o Fredensborg para poner verde la corte "sin etiqueta ni decencia" de Hirschholm, también el pueblo llano rebosaba de justa indignación a causa del adulterio en el que habría incurrido Carolina Mathilde con Struensee. Las reinas de la dinastía de Oldenburg siempre habían sido modelos de respetabilidad. Carolina Mathilde había estado precedida por Sophie Magdalena de Brandenburg-Kulmbach, por Louise de Gran Bretaña (su tía carnal) y Juliana Marie de Brunswick. De las tres, Louise había sido, de lejos, la más querida por el pueblo danés; sin embargo, las tres, incluso la poco simpática Juliana Marie, habían recibido absoluto respeto porque nunca había surgido ni un leve rumor cuestionando su fidelidad conyugal o la filiación de sus retoños. Carolina Mathilde era la primera en romper esa tradición de reinas con vidas privadas irreprochables. Para los daneses era sencillamente bochornoso pensar que Carolina Mathilde fuese a parecerse más a las "impúdicas" zarinas rusas.

La gente estaba muy mosqueada al iniciarse el verano de 1771. Se había producido un incremento de tensión diplomática entre Dinamarca y Rusia, a medida que los daneses hacían girar su política exterior en torno a relaciones privilegiadas con Suecia (la visita del joven rey Gustav III y su hermano a Coppenhague había sido un gran acontecimiento...) y con Francia. Hubo, de hecho, tal escalada de tensión que practicamente a diario surgían rumores según los cuales una flota rusa navegaba por el Báltico con la intención de atacar la mismísima Coppenhague. Pero durante junio, en Christianborg, el rey Christian VII y sobre todo la embarazadísima reina Carolina Mathilde seguían con sus festejos. Brandt, que compartía la posición de favorito de los monarcas con Struensee, se encargaba de que la diversión nunca cediese lugar al tan molesto "ennui". Y cuando el "ennui" pareció inevitable, se resolvió la papeleta con un traslado a Hirschholm, el siempre añorado Hirschholm.

La indignación popular llegó a su cota máxima el 7 de julio de 1771. Mensajeros a caballo cubrieron la distancia entre Hirschholm y el palacio de Christianborg, situado en pleno Coppenhague, para cumplir la tradición de anunciar desde allí el nacimiento de una princesa, Louise Augusta de Dinamarca, acaecido a las once de la mañana de ese mismo día. Nadie en Coppenhague estaba dispuesto a acoger con benévola satisfacción ese anuncio público de la llegada al mundo de Louise Augusta de Dinamarca. Por suerte, aún no se había hecho circular entre el público la noticia de que Struensee, siendo él un reputado físico, se había empeñado en atender personalmente en su alumbramiento a la reina Carolina Mathilde, asistido por su colega de profesión y protegido, el doctor Berger. No obstante, la niña de Carolina Mathilde era, a ojos de todos, una manifestación viva del pecado en que había incurrido la reina con un médico alemán empeñado en poner Dinamarca patas arriba. En los círculos de la reina Juliana Marie, se llamó desde el principio a la princesa Louise Augusta "la petite Struensee". Probablemente los daneses de a pié serían menos "elegantes" a la hora de denominar a la recien nacida.

En nada y menos, sin embargo, empezaron a propagarse rumores bastante perniciosos. Se decía que Struensee, más pagado de sí mismo que nunca después del natalicio de su hija, tenía en mente un plan que pasaba por deponer al rey loco haciendo anular su matrimonio, casarse él mismo con la reina, hacer desaparecer de escena mediante una oportuna enfermedad o accidente al príncipe Frederick y preparar el futuro acceso al trono de sus propios vástagos. Podía tratarse de una historia descabellada, pero esa clase de historias descabelladas suelen encontrar la receptividad del público. Las cosas llegaron a tal punto que el rey Christian VII, que presumía de tener una hijita, ordenó a su madrastra Juliana Marie y a su medio hermano Frederick que se presentasen en Christianborg el 22 de julio de 1771. Quisiesen o no, íban a asistir al bautizo de Louise Augusta, así nombrada por sus dos abuelas. El bautizo, además, coincidía con el cumpleaños de la mamá de Louise Augusta, Carolina Mathilde. Esa coincidencia permitía que la fiesta fuese, si cabe, aún más brillante. Pero lo peor fue que Struensee había decidido aprovechar tan magna ocasión para hacer que Christian anunciase la elevación de Brandt y del propio Struensee a la dignidad de condes del reino. El anuncio formal se realizaría el 30 de julio, aunque los correspondientes diplomas redactados en perfecto latín tuvieron que esperar hasta el mes de septiembre. Si bien los títulos llegaron después de unas generosas asignaciones monetarias con cargo al Tesoro y otras donaciones, fueron la gota que colmó el vaso. Incluso buenos partidarios de Struensee como el general Gahler o el doctor Berger consideraron que su amigo había traspasado la línea roja.


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 Asunto: Re: CAROLINA MATHILDE, REINA DE DINAMARCA.
NotaPublicado: 24 Nov 2012 22:11 
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Pocos días antes de que naciese la niña Louise Augusta, apodada con toda malicia "La petite Struensee", llegó a Coppenhague un escocés de cuarenta y un años, llamado Robert Murray Keith "el Joven". La apostilla "el Joven" permitía distinguirle de su padre, Robert Murray Keith, a su vez uno de los hijos del segundo conde Marischal. "El viejo" Robert Murray Keith había sido, hasta su retiro, un muy reputado diplomático y el caso es que Robert Murray Keith "el Joven" seguía la misma senda. Notable militar, su amistad con los grandes políticos Pitt y Conway le había hecho convertirse en un enviado extraordinario de Gran Bretaña en Sajonia, cargo que desempeñó brillantemente. En 1771, George III fue animado por sus ministros a reemplazar a su representante en Coppenhague, Gunning. Gunning fue invitado a trasladarse a Berlín, mientras que se desplazaba a Coppenhague el escocés Robert Murray Keith "el Joven".

Nuestro Keith constituye una fuente valiosísima de información sobre el último período de hegemonía Struensee y el dramático final tanto del poderoso ministro como de la reina Carolina Mathilde. Keith llegó a Coppenhague con una idea clara en su mente, la misma idea que comunicó a su padre en una carta:

"El primer paso para proporcionar a mi misión utilidad en el servicio al Rey (George III, por supuesto), será establecer mi reputación como un hombre que está por encima de cualquier engaño o baja intriga y que nunca interferirá cuando no pueda aportar algo bueno".

Por tanto, no deseaba ser uno de aquellos diplomáticos de salón que se dedicaban más que nada a crear malentendidos y participar en los enredos palaciegos. Tenía otra visión de su posición en Coppenhague. No obstante, Keith íba a encontarse con un ambiente general bastante enrarecido. De hecho, en octubre confesaría a su padre que...

"Lamento decir que el clima, la sociedad y la política en este reino son igualmente inconfortables".

Lo cual significaba ni más ni menos que Struensee no le estaba facilitando al nuevo representante británico el acceso ni al rey ni a la reina. En ese sentido, Keith se encontraba "bloqueado", sin el margen de maniobra que necesitaba para serle "útil" a George III.

Casi en paralelo con la llegada de Keith, se produjo también la aparición en escena de Élie Salomon François Reverdil. En realidad, sería más preciso señalar que se produjo la reaparición en escena de Reverdil, un suizo originario de Nyon, en el cantón de Berna. Reverdil había tenido en el pasado una posición destacada en la corte de Dinamarca, dónde había gozado de la protección de Bernstorff; había sido un preceptor del joven Christian VII y había desempeñado bien sus funciones hasta que una de las muchas intrigas cortesanas le costó irse al exilio de 1767. Ahora, en 1771, Struensee le mandó llamar porque Brandt se quejaba de que él sólo no podía hacerse cargo de la custodia efectiva de la persona del rey Christian VII, cada vez en peor estado de mente. Brandt necesitaba quitarse de encima "presión" y disponer de tiempo para otras ocupaciones, como el intenso galanteo de la condesa Holstein, una de las damas de Carolina Mathilde. Struensee podía entender aquella situación de apuro en que se veía Brandt, de manera que Reverdil fue llamado a Coppenhague.

Lo cierto es que Élie Reverdil había alcanzado ya esa edad en que no se dejaba impresionar fácilmente. La "invitación" de Struensee le sorprendió, pero no íba a permitir que le manipulasen fácilmente. Antes de nada, consultó la situación con su viejo protector Bernstorff, quien, desde su caída en desgracia, residía tranquilamente en las cercanías de Borstel. Bernstorff le animó a aprovechar la oportunidad de regreso a la corte danesa, pero indicándole que convenía que tuviese claro dónde se metía. Reverdil es otro personaje interesante cuyas "Memorias" permiten vislumbrar con gran claridad aquel período concreto, al igual que nos sirven para ello las cartas de Keith.


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 Asunto: Re: CAROLINA MATHILDE, REINA DE DINAMARCA.
NotaPublicado: 25 Nov 2012 09:52 
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Tal y como fueron las cosas, Carolina Mathilde tuvo poco tiempo para dedicarlo a su hija Louise Augusta, la princesa espúria. La niña apenas había alcanzado los seis meses de edad cuando un golpe palaciego puso fín a la época Struensee mediante el arresto no sólo del "todopoderoso" y de su amigo Enevold Brandt, sino también de la reina Carolina Mathilde.

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Carolina Mathilde en dos imágenes.


La caída estuvo precedida, naturalmente, por una conspiración urdida justo a la sombra que proyectaba el trono de Dinamarca. En el centro de la conspiración estaba una mujer: la reina viuda Juliana Marie. Ella, que siempre había despreciado a su hijastro Christian y a su nuerastra inglesa Carolina Mathilde, había acumulado durante años una feroz ansia por prevalecer sobre ellos y hacerse con las riendas del gobierno a través de sus propios favoritos -de talante bastante más conservador que Struensee, el reformista rousseaniano-. Juliana Marie contaba con la baza de su joven hijo Frederick, que podía ejercer formalmente el papel de regente del "pobre loco de Christian", cada vez más difícil de controlar (era prueba de ello que Enevold Brandt, el hombre designado para tener sometido al monarca, hubiese manifestado tal grado de estrés que Struensee había juzgado conveniente llamar a Élie Reverdil de vuelta a Coppenhague...). Christian, con su repertorio de enfermedades mentales, sería apartado del trono y su medio hermano Frederick se ocuparía de la regencia en tanto que Juliana Marie marcaba la hoja de ruta hacia el futuro. El futuro, previsiblemente, sería el hijo de Christian y Carolina Mathilde, el pequeño príncipe Frederick, pero en realidad...¿quién sabía lo que llegaría a ocurrir? El pequeño príncipe Frederick contaba solamente cuatro años de edad. Podía seguir creciendo ganando robustez día a día hasta alcanzar la condición de adulto...o podía malograrse en cualquier momento durante la infancia o pubertad.

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Juliana Marie sosteniendo orgullosa un retrato de su hijo Frederick.

Juliana Marie se había procurado un círculo de colaboradores necesarios en su conspiración. Aparte de su propio hijo Frederick, completamente sometido a la voluntad de la madre, se trataba de un grupo muy reducido de caballeros: Rantzau, Ove Guldberg, Eickstedt, Köller, Jessen y Beringskjold, todos distinguidos personajes de la élite sociopolítica danesa que se las tenían bien guardadas a Struensee "el tirano". Entre ellos, hubo momentos de vacilación, porque ejecutar el golpe palaciego auspiciado por Juliana Marie llevaba aparejada una elevada probabilidad de éxito pero también una no desdeñable probabilidad de rotundo fracaso. Si el golpe palaciego no cuajaba, si de hecho fallaban en el intento de llevarlo a efecto, Juliana Marie y el príncipe Frederick quizá se salvasen de tener que afrontar las consecuencias mediante el expediente de aceptar ser enviados a algún palacete lejano para vivir allí en relativa placidez pese a un exhaustivo control de sus movimientos...pero el resto de los conspiradores, desde luego, las pasarían canutas. Resultaba comprensible que les asaltasen las dudas y que la aprensión jugase con sus nervios.

Retrocediendo un poco en el tiempo, ni a Carolina Mathilde ni a Struensee les había preocupado la hostilidad que flotaba en el aire de Coppenhague hacia ellos cuando habían retornado a la capital junto al rey el 8 de enero de 1772. Habían pasado siete meses en el querido Hirschholm, siete meses cruciales en los que se había producido, como sabemos, el natalicio de la "princesa espúria", con el consiguiente escándalo bien alentado desde los círculos de Juliana Marie. Carolina Mathilde y Struensee no se amilanaron ante aquel ominoso recibiento en Coppenhague: la misma noche de su retorno a Christianborg, tuvieron las "narices" de convocar un animado baile de corte y al sábado siguiente se dejaron ver, con actitud animosa, en el correspondiente palco del teatro real, para deleitarse con la puesta en escena de una comedia francesa. A esas alturas, Keith había alertado a Londres acerca del "mal ambiente" que existía contra la reina. George III se tomó incluso el trabajo de redactar una carta para Carolina Mathilde, un intento por enmendar lo que seguramente no tenía ya posible enmienda.

Los conspiradores estaban muy atentos. Hay que admitir que el momento para descargar el golpe se eligió con tiento: la noche del dieciséis al diecisiete de enero de 1772. Era una noche propicia porque la reina Carolina Mathilde y Struensee habían planificado un baile de máscaras, lo que significaba que habría un flujo de invitados luciendo hermosos antifaces, con el correspondiente bullicio y la inevitable confusión derivada de tanto bullicio. Además, esa noche, la guarda y custodia del palacio recaía en un regimiento de Holstein y otro de dragones de Zelanda cuyos máximos comandantes eran, precisamente, los coroneles Ludwig von Köller y Hans Henrik Eickstedt. Dos de los conspiradores tenían por tanto el control de los militares desplegados para proteger Christianborg. Era una situación curiosa, con los zorros recibiendo la encomienda de cuidarse del gallinero. Considerando los rumores que habían flotado en el aire acerca de Juliana Marie, el príncipe Frederick y algunos de sus asiduos visitantes, decía mucho acerca del intenso sentimiento de confianza en sí mismo y de seguridad en el futuro de Struensee el que no hubiese tomado medidas para cerciorarse de que todo el complejo palaciego estaba controlado por partidarios acérrimos suyos. Struensee se había limitado a encogerse de hombros ante la animosidad de sus rivales...y a seguir promulgando reformas. No se había dedicado a cavar trincheras defensivas en torno a su persona ni a la de la reina Carolina Mathilde, a quien consideraba absolutamente protegida por sus orígenes (¡era la hermana del mismísimo George III!) y su posición (esposa de un rey y madre de un futuro rey...).


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 Asunto: Re: CAROLINA MATHILDE, REINA DE DINAMARCA.
NotaPublicado: 25 Nov 2012 11:32 
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Retrato de Carolina Mathilde con su hijo Frederick, por cortesía de los albumes de nuestro compañero de foro Gogm:

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Hay que admitir que la reina no parece nada atractiva en el retrato ;-) Nada que ver con la actriz que la representa en "A Royal Affair":

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En la noche del 16 al 17 de enero, para asistir al baile, Carolina Mathilde lució, según la tradición, un bellísimo vestido confeccionado con seda blanca y un brocado que formaba rosas de un suave tono rosado. Era un traje que, por la combinación de tejidos, transmitía una impresión de delicadeza y refinada elegancia a la vez. No deja de resultar un tanto irónico que uno de los peores tragos de su vida fuese a sorprenderla maravillosamente vestida y tras presidir un animadísimo baile de máscaras.

Carolina Mathilde era quien presidía el evento, en compañía de su Struensee. El rey Christian estaba presente, pero se limitó a permanecer en un palco semi-cerrado jugando a las cartas con el general Gahler, con Madame Gahler y con un hermano de Struensee que había subido como la espuma en la corte danesa en razón de su parentesco. La reina Juliana Marie no apareció en la fiesta, pero nadie esperaba que lo hiciese porque siempre había eludido, por considerarlas poco decentes, las mascaradas. Sí se presentó el príncipe Frederick, si bien llegó tarde y un tanto azorado. Carolina Mathilde le preguntó a bocajarro por los motivos que abonaban su tardanza y él, en tono vacilante, replicó que había estado ocupándose de unos negocios. La reina le reconvino, señalando que cuando uno tiene previsa asistencia a una mascarada, ocuparse de su propio placer debe tener prioridad sobre cualquier negocio pendiente. El príncipe se quedó todavía más azorado ante la regañina...pero eso no tenía nada de extraño en el pobre Frederick. Otros conspiradores también estaban presentes: habían acudido porque el no acudir hubiese resultado llamativo. Por tanto, Ove Guldberg y Köller se dejaron ver, ricamente ataviados, en los magníficos salones habilitados para la ocasión. Había embajadores extranjeros, por supuesto, incluyendo al británico Keith. Keith estaba intranquilo desde que los reyes habían vuelto de Hirschholm a Christianborg, porque el recibimiento de Coppenhague a la pareja le había parecido muy inquietante; aún así, no intuyó siquiera que esa noche estuviese a punto de descargarse un golpe palaciego.

El rey Christian fue el primero en retirarse a sus aposentos, a medianoche, justo tras la cena y el momento, tan esperado, en que los presentes debían quitarse las máscaras que hasta entonces habían "protegido sus identidades". Después de la retirada del rey, la fiesta siguió desarrollándose en un ambiente de considerable jolgorio hasta las tres de la madrugada. Un reducido grupo de personas, incluyendo a Struensee y Brandt, hubiese debido participar después en una reducida "postfiesta" en los aposentos de la condesa Holstein, que contaba asimismo con la asistencia de la baronesa von Bülow y de la baronesa Schimmelmann, todas damas de la reina. Pero ese plan se canceló en el último momento...


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 Asunto: Re: CAROLINA MATHILDE, REINA DE DINAMARCA.
NotaPublicado: 25 Nov 2012 11:41 
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Con los clásicos rasgos Hannover ¿no?

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 Asunto: Re: CAROLINA MATHILDE, REINA DE DINAMARCA.
NotaPublicado: 25 Nov 2012 12:27 
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sambone escribió:
Con los clásicos rasgos Hannover ¿no?


Yo diría que sí, jajajaja.


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 Asunto: Re: CAROLINA MATHILDE, REINA DE DINAMARCA.
NotaPublicado: 25 Nov 2012 13:57 
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Juliana Marie.


A las cuatro de la madrugada, los conspiradores se reunieron en los aposentos de la reina Juliana Marie, aquella gran dama que, muy virtuosamente, evitaba por sistema las mascaradas. Después de clarificar al máximo cómo íban a proceder en los siguientes minutos, se dispusieron a pasar a la acción.

El plan era, en realidad, de una sencillez apabullante. Juliana Marie y Frederick se dirigieron al frente del grupo a los aposentos que ocupaba Christian. Sabían que el valet de chambre del monarca se impresionaría lo suficiente al verles llegar en procesión a aquellas horas intempestivas como para no tratar siquiera de detener su acceso a la alcoba. El propio valet de chambre les llevó hasta la cama en la que permanecía Christian, mientras Ove Guldberg sostenía en su mano un candelabro que irradiaba la luz necesaria para la dramática escena que estaba a punto de desarrollarse.

Christian debía tener el sueño ligero, porque dió un respingo en la cama al percibir aquellas presencias alrededor de su lecho. Juliana Marie se había preparado para la ocasión: fue ella la que se adelantó un paso y se dirigió al rey en tono cariñoso. Le pidió a "su querido hijo" que no se asustase; nada debía temer, pues ellos llegaban a su presencia siendo sus más fieles amigos, no sus enemigos. La voz de Juliana Marie se quebró en ese punto. Era Rantzau quien debería haber completado el discurso a partir de ahí, pero Rantzau se quedó mudo. Köller, tras asestarle una dura mirada de reojo, hizo la parte que le hubiera tocado a Rantzau, sólo que de forma menos diplomática de lo previsto. Indicó a Christian que estaban allí para liberarle a él mismo y al país del yugo de la tiranía de Struensee. Para entonces, Juliana Marie se acercó a abrazar a Christian y repitió el mismo mensaje, pero en el tono conmovedor de una madre hacia un hijo absolutamente aturdido por la situación.

Christian era un hombre con graves desequilibrios mentales, sorprendido en plena madrugada y arrancado bruscamente de un sueño reparador. Estaba claramente conmocionado y asustado por aquella escena en su dormitorio. Pidió que le sirviesen agua y se la bebió de un trago ansioso, antes de preguntar si estaba presente el responsable de la guardia de Christianborg. Eickstedt se hizo notar, cuadrándose militarmente ante el rey. Confirmó las palabras de la reina Juliana Marie y de Köller. La gente en Coppenhague estaba alborotada, dijo, porque se había corrido la voz de que Struensee complotaba contra el rey en connivencia con la reina; ellos sólo estaban allí para liberar al rey y mostrarlo ante el pueblo a fin de restaurar la calma. Christian tuvo ahí un detalle afectuoso hacia Carolina Mathilde: se negó a aceptar que su mujer estuviese envuelta en cualquier complot en contra de su propia persona. Pero Juliana Marie insistió, con Guldberg en el papel de coro. Al final, Christian no logró mantenerse firme frente a aquella avalancha de palabras condenatorias hacia Struensee, Brandt y la reina Carolina Mathilde.

Los conspiradores debieron pasar un mal rato hasta que el angustiado Christian preguntó qué había que hacer. Eso era lo que Rantzau había estado esperando, para extraer de su casaca dos decretos preparados para la ocasión. El primero elevaba a Eickstedt al rango de comandante en jefe de las fuerzas reales, mientras que el segundo confería a Eickstedt y Köller plenos poderes para que tomasen las medidas oportunas a fín de garantizar la seguridad "del rey y del país". Christian podía estar "loco", pero tuvo suficiente lucidez para plantear que aquello quizá derivase en una riada de sangre que él no deseaba en ningún caso. Le tranquilizaron: bastaría con que el rey se dejase ver por su pueblo y se llevasen a cabo los oportunos arrestos para controlar la situación. No habría violencia innecesaria, por supuesto.

A partir de ahí, pusieron a Christian a firmar órdenes redactadas por Guldberg. El arresto de Struensee y de Brandt fueron las primeras órdenes que se le presentaron, pero hubo mandatos para detener a otras quince personas, todas del entorno de los favoritos. Con respecto a Carolina Mathilde había tres órdenes importantes a rubricar: la primera ordenaba a Rantzau proceder a su arresto, la segunda ordenaba al jefe de las caballerizas reales que preparase el carruaje necesario para trasladarla desde Christianborg a Kronborg y la tercera ordenaba al comandante a cargo de la fortaleza de Kronborg que tomase en custodia a la mujer. Cuando Christian hubo completado la ronda de firmas, Juliana Marie sugirió que, para su propio bien, se acomodase en otra zona del palacio, en los aposentos que ocupaba su hermanastro Frederick. Los conspiradores, debidamente armados con las órdenes firmadas de mano del rey y avaladas también por la firma del príncipe Frederick, se dirigían ya a cumplir las intrucciones sin ningún retraso.


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 Asunto: Re: CAROLINA MATHILDE, REINA DE DINAMARCA.
NotaPublicado: 25 Nov 2012 19:47 
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Registrado: 25 Feb 2008 12:02
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en ascuas.... :surprised: :surprised:


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 Asunto: Re: CAROLINA MATHILDE, REINA DE DINAMARCA.
NotaPublicado: 25 Nov 2012 21:01 
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Köller en persona se encargó de arrestar a Struensee, flanqueado por un grupo de soldados de su regimiento, armados con pistolas y espadas. Struensee estaba durmiendo cuando le despertó la presencia de un Köller que no ocultaba la profunda satisfacción que experimentaba al comunicarle al hasta entonces valido que quedaba bajo arresto "por orden del rey". A Struensee le costó asimilar la situación. Preguntó si se le permitía vestirse, a lo que Köller replicó que disponía de dos minutos para embutirse la ropa que tuviese a mano, pero que no contase con recibir la ayuda del valet de chambre. Resultó que la ropa que tenía a mano Struensee era la que había lucido en la mascarada...un traje bastante extravagante, con casaca y chaleco en terciopelo de un azul celeste y pantalones ajustados (breeches en realidad) de seda rosa. Posiblemente Köller se sentiría encantado de la vida pensando que Struensee íba a ser conducido a prisión con un atuendo que podía ser apropiado para un baile de disfraces pero que, en cualquier otro contexto, quedaba un tanto ridículo.

Struensee fue humillado mediante el procedimiento de atarle las manos antes de sacarle al exterior del palacio, dónde aguardaba un carruaje para llevarle a la Citadellet Frederikshavn, más conocida por el nombre de Kastellet, la ciudadela, una fortaleza que podía albergar a un prisionero de Esado. El cochero recibió una propina generosa por parte de Köller, dinero que aceptó no sin indicar que llevar a prisión a Struensee era una tarea que habría acometido sin necesidad de un emolumento. Struensee estaba a punto de pasar un muy mal rato al llegar a la ciudadela: el hombre situado al frente de aquel recinto no disimuló su satisfacción al conducirle a la misma celda en la que había permanecido recluído durante años el pirata inglés John Norcross. Struensee preguntó dónde estaban su valet de chambre y sus ropas, lo cual indica que había confiado en recibir un tratamiento ajustado a las normas de la cortesía. Pero no habría valet de chambre ni ropas. Cuando reclamó al menos sus pieles, para resguardarse del frío que caracterizaba las celdas del Kastellet, tampoco obtuvo satisfacción y le hicieron notar que nadie íba a traerle un sofá, de modo que ya podía apañarse con la única silla disponible en la estancia. Resultado: Struensee se lamentó de ser tratado "en canaille". Pero sus lamentos no tenían ninguna posibilidad de surtir un efecto positivo sobre las condiciones de su confinamiento en el Kastellet.

Un ex seguidor de Struensee que había cambiado de chaqueta con el tiempo, el coronel von Sames, se había ocupado entre tanto del arresto de Enevold Brandt, también conducido al Kastellet. Brandt mostró una templanza y un buen humor superiores a los de Struensee. Puede que considerase aquel asunto un lamentable episodio que se solventaría de manera honorable en un corto plazo de tiempo; quizá pensase que le tocaría retirarse al campo o incluso marchar hacia el exilio, perspectivas de futuro enojosas pero no especialmente insufribles. Otros partidarios de Struensee estaban siendo arrestados igualmente aquella madrugada...entre ellos el coronel von Falckenskjold o el teniente coronel von Hesselberg, el justicia Struensee (hermano del favorito...) o el doctor Berger. También el general Gahler y su esposa, Madame Gahler, a quien no sirvió de nada su posición de dama de honor de la reina en aquella madrugada.

Pero...¿y nuestra Carolina Mathilde?


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