Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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 Asunto: CARLOS TANCREDO
NotaPublicado: 18 Oct 2008 18:59 
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Venga...esto es para que Legris vea que no tengo nada en contra de dedicarle rinconcitos a los caballeros de la real familia. Aquí tenemos a uno de los dos abuelos del rey Juan Carlos, concretamente al abuelo materno del rey don Juan Carlos. Hoy en día es prácticamente un desconocido, pero en su época destacó lo suyo a raíz de su primera boda.

Es el príncipe Carlos Tancredo de Borbón-Dos Sicilias, que aquí aparece a la derecha de la imagen junto a su cuñado, el rey Alfonso XIII. Ninguno de los dos sabía que el hijo heredero de Alfonso se casaría con una de las hijas del segundo matrimonio de Carlos, de forma que ambos tienen por nieto común a Juan Carlos I rey de España.

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NotaPublicado: 18 Oct 2008 19:01 
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Carlos fotografiado en el día de su boda con la princesa de Asturias, María de las Mercedes:

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NotaPublicado: 18 Oct 2008 19:01 
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Y Carlos retratado con motivo de su segunda boda, con la princesa Louise de Orleans:

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NotaPublicado: 18 Oct 2008 19:03 
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Entre las dos imágenes nupciales, media una secuencia de acontecimientos verdaderamente interesante que permite conocer mejor la evolución de la familia real española durante el siglo XX...


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NotaPublicado: 18 Oct 2008 19:17 
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Vale Minnie ¡Vivan las foreras rumbosas!. :DD


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NotaPublicado: 18 Oct 2008 19:27 
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Estas son dos imágenes de Mercedes, princesa de Asturias:

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Se trataba de la mayor de las dos hijas que Alfonso XII tuvo con su segunda mujer, María Cristina de Habsburgo-Lorena. Mercedes, así llamada en honor a la primera esposa de su padre, aún no había cumplido cinco años cuando éste falleció. Conservaría en su memoria algunas imágenes borrosas, como desvaídas, de Alfonso XII. Su hermana María Teresa, de tres años en la época en que se había producido el deceso, no lograría, en cambio, evocar el rostro de su progenitor.

Fallecido Alfonso XII, hubo una razón para no proclamar reina a la pequeña Mercedes: María Cristina, la afligida viuda, se hallaba "en estado de buena esperanza". La reina alumbró a su tercer retoño en mayo de 1886, seis meses después de haber enterrado al marido. Decidida a mantenerse fiel a la petición formulada por el soberano muerto, ella había declarado que llamaría a su niño Fernando. Pero el gobierno, y el pueblo, insistieron en que llamase Alfonso. Alfonso XIII, del cual diría un exultante Antonio Cánovas:

-Tenemos rey. La más minúscula cantidad de rey posible...pero tenemos rey.

Aún así, dada la naturaleza delicada y enfermiza del pequeño, su hermana mayor bien podía haber llegado a ascender al trono. A principios de 1890, cuando a Alfonso le faltaban unos meses para cumplir tres años, sufrió una gravísima enfermedad que hizo temer por su vida. El infantil monarca había contraído un fuerte resfriado que se transformó en una bronquitis, acompañada de virulentos cólicos e incluso alarmantes convulsiones. Se temió que en realidad padeciese una meningitis. El primer ministro de entonces, Sagasta, llegó a considerar imposible que sobreviviese a la crisis. Mientras María Cristina velaba incansable a su niño, se remitieron telegramas. La abuela paterna de Alfonsito, la ex reina Isabel II, viajó en un tiempo récord desde París, dónde residía habitualmente, a Madrid. También uno de los hermanos de la regente, el archiduque Eugen, se presentó en Madrid lo antes posible, procedente de Viena.

Alfonso salió victorioso, pero aquellos diez días de pura angustia dejaron huella en los ánimos de cuántos le rodeaban. Si hasta entonces le habían tenido entre algodones, a partir de ese momento incluso eso les parecía poco. Un niño frágil era lo único que separaba del trono a la princesita Mercedes.

Es muy curioso que la regente María Cristina, mujer extremadamente puntillosa en el cumplimiento de sus deberes, no tuviese en cuenta la eventualidad de que la primogénita pudiese acceder a la corona. Mercedes, a la que en familia llamaban "Polla", y su hermana María Teresa, apodada "Gorriona", adoraban a su hermanito, siendo plenamente conscientes, a la vez, de la importancia de cuidar y proteger a ese niño que ostentaba el rango de majestad. Sin embargo, ni "Polla" ni "Gorriona" parecían estar al tanto de los lugares que ocupaban en la línea de sucesión. En una etapa ulterior, una de las tías de las muchachas, la infanta Eulalia, declararía que "la pobre Mercedes no tenía ni idea de lo cerca que estaba del trono". Se les dió a las dos chicas una educación primorosa y esmerada...para dos simples infantas que fuesen a desempeñar funciones meramente decorativas en la corte. Pero a todas luces era una educación escasa, tremendamente deficiente...para dos eventuales reinas titulares.


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NotaPublicado: 18 Oct 2008 19:56 
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Mercedes y María Teresa.

Mercedes y María Teresa eran, ante todo, dos buenas muchachas. Se habían criado a cuidadoso resguardo, en un entorno bastante íntimo, reducido. Pocas veces salían de palacio, en general para asistir con su madre María Cristina y su tía paterna la infanta Isabel a oficios religiosos en la basílica de Atocha, o para dar algunos paseos por el Buen Retiro y la Casa de Campo. Sus distracciones eran pocas, pero ellas estaban razonablemente satisfechas. Tenían caracteres sosegados, apacibles, contentadizos. Se acomodaban a los requerimientos de su madre y de su formidable tía, a quienes profesaban tanto amor como respeto.

Los veranos solían llevarlas a San Sebastián, lugar predilecto de la reina regente. Al principio, se alojaban en el palacio de Ayete, propiedad de los duques de Bailén. Luego, tuvieron a su disposición un palacio que hizo construír la soberana: Miramar. Por supuesto, recibían visitas. La madre de la reina María Cristina, la archiduquesa Elisabeth Franziska, acudía frecuentemente a ver a su hija y nietos hasta que le sobrevino la muerte, en el año 1903. Los hermanos de María Cristina también aparecían con relativa asiduidad. A Friedrich, Fritz, el mayor, solía acompañarle su ambiciosa esposa, Isabelle, nacida princesa de Croy-Dülmen. Karl Stephan, Steffi, se presentaba con su mujer, María Theresa, perteneciente a la rama toscana de la misma dinastía Hasburgo. El tío Eugen, Eugui, no estaba casado, lo que le permitía una absoluta libertad de movimientos, así que en cuanto sentía que hacía falta a su hermana o a sus sobrinos españoles, no tardaba más de lo estrictamente necesario en desplazarse desde Austria.

Los parientes paternos, desde luego, también contaban. La tía Paz aprovechaba cualquier oportunidad -en realidad, pillaba las ocasiones al vuelo...- para acercarse hasta España, junto a su marido, Ludwig Ferdinand, e hijos. La tía Eulalia, por el contrario, se hacía desear, porque llevaba una vida demasiado agitada e intensa en París. Isabel, la abuela Isabel, ex reina, vivía en París, pero de cuando en cuando se organizaban encuentros con ella.

Las chicas sabían que, por gusto de su madre, hubiesen viajado mucho más hacia Baviera, dónde no sólo residía su tía paterna Paz, sino también su tía materna María Theresa, esposa del rey Ludwig III, o hacia Austria, país natal de María Cristina. Pero el fortísimo sentido del deber de María Cristina la impelía a permanecer en España, haciéndose cargo de un país que debía transmitir a su hijo en las mejores condiciones posibles. Para cuando Alfonso XIII alcanzó la mayoría de edad y ella abandonó el papel de regente, pudo empezar a establecer un calendario de "visitas anuales al extranjero" para hospedarse en las residencias de sus familiares. Hasta ese momento, se había privado mucho de hacerlo, porque de ninguna manera quería que se pudiese decir de ella que había abandonado "el puesto" para buscar "solaz y esparcimiento" en las capitales extranjeras.


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NotaPublicado: 18 Oct 2008 20:05 
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La boda de Mercedes, princesa de Asturias, se celebró ANTES de que alcanzase su mayoría de edad Alfonso XIII. Ese dato nos lo dice todo al respecto: obviamente, se trataba de un enlace de la MAYOR significación dinástica. Mientras el monarca no contrajese nupcias y no procrease, para lo cual aún faltaban años, Mercedes consituía la "red de seguridad" de la monarquía española. En ausencia de Alfonso, Mercedes sería reina. Por tanto, había que escoger con tiento a su marido. Éste tendría que naturalizarse español, hallarse inmerso en la sociedad española, para que la gente no percibiese de forma negativa a quien podría llegar a alcanzar la condición de rey consorte.

Desde el punto de vista de María Cristina, la propia Mercedes "resolvió la papeleta" al enamorarse de un príncipe napolitano exiliado que se había establecido en España unos años atrás. Aún no se había celebrado en palacio el "baile chico" con el que se pusieron de largo las dos infantas, el día nueve de mayo de 1900, cuando Mercedes ya había manifestado esa predilección afectiva hacia Carlos Tancredo de Borbón-Dos Sicilias, a quien en palacio se denominaba, simplemente, Nino...


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NotaPublicado: 18 Oct 2008 20:29 
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Vamos a darnos un breve paseíto por la historia del reino de las Dos Sicilias, con capital en Nápoles, durante el azaroso siglo XIX. Un poco complejo el asunto, pero es la única manera de introducir en nuestra historia a Carlos Tancredo, Nino.

:roll:

Veamos. Hubo un rey de las Dos Sicilias que se llamó Ferdinando II. Pertenecía a la dinastía Borbón, de hecho con una acentuadísima conexión con la monarquía española tanto por vía paterna (su padre, el difunto rey Francesco I, había sido doble nieto del rey Carlos III de España y la consorte de éste, María Amalia de Sajonia...) como por vía materna (su madre, María Isabel de España, había sido una hija de Carlos IV con María Luísa de Parma). Pues bien, ese Ferdinando II se había casado dos veces. Su primera mujer, María Cristina de Saboya, falleció prematuramente dejándole únicamente un hijo: el príncipe heredero Francesco. Ferdinando no tardó en contraer segundas nupcias muy ventajosas desde el punto de vista dinástico, con la archiduquesa María Teresa de Austria.

A María Teresa no le hacía ninguna gracia pensar que el trono en el que sentaba sus posaderas el marido Ferdinando acabaría sirviéndole para lo mismo a su hijastro Francesco. El resquemor de María Teresa se acentuó a medida que le nacían numerosísimos retoños: Ludovico, posterior conde de Trani; Alberto María, posterior conde de Castrogiovanni; Alfons, posterior conde de Caserta; María Annunziata; María Inmaculata; Gaetano, posterior conde de Girgenti; Giussepe, posterior conde de Lucera; María Pía della Grazia; Vincenzo, futuro conde de Melazzo; Pasquale, futuro conde de Bari; María Ludovica y Gennaro, futuro conde de Caltagirone. Obviamente, María Teresa quería asegurarles el porvenir a sus OCHO VARONES y CUATRO FÉMINAS. El hijastro Francesco constituía un estorbo. Si él no existiese, el primogénito de ella, Luigi, sería quien recibiría no sólo la corona sino también la gran fortuna vinculada a esa corona, de manera que podría proveer para sus hermanos y hermanas menores. María Teresa dedicaría años a conspirar a beneficio de su hijo Luigi, algo que el cándido y bonachón Francesco nunca le tuvo en cuenta a la madrastra.

El caso es que Ferdinando murió en el peor momento posible...justo cuando los Saboya del Piamonte, apoyándose en los avances del movimiento garibaldino y contando con la alianza francesa que habían obtenido metiendo en la cama del emperador Napoleón III a la bella condesa Nicchia de Castiglione. se disponían a unificar TODA ITALIA bajo su égida. En el planteamineto de los Saboya, lo prioritario había sido expulsar a Austria de las ricas provincias norteñas de Lombardía y Venecia, después de haberse hecho con los pequeños grandes ducados colindantes regidos por diferentes ramas de la familia Habsburgo-Lorena. Luego, pondrían sus miras en los Estados Pontificios, que ocupaban el área central de la península. Al principio, la idea era alcanzar un acuerdo con los Borbones de Nápoles para atacar conjuntamente los Estados Pontificios, que deslindarían para que la zona norte se añadiese al gran reino de Piamonte y la zona sur se agregase al reino de las Dos Sicilias. La negativa de la corte de Nápoles, sin embargo, les sirvió para considerar que primero podían apoderarse de Sicilia, para luego apoderarse de los Estados Pontificios mediante un avance desde el norte combinado con un avance desde el sur.

Francesco, ya Francesco II, joven, inexperto, poco hábil, no pudo hacer frente a semejante panorama. De hecho, su esposa María Sofía, en orígen princesa de Baviera, que todavía se limitaba a chapurrear el italiano, fue la que tuvo que sacar a relucir su coraje cuando se vieron forzados a huír de Nápoles rumbo a la fortaleza de Gaeta. Aunque en Gaeta María Sofía lideró a sus partidarios con un valor digno de encomio, que le proporcionó fama de heroína, el reino de las Dos Sicilias acabó desintegrándose por completo en marzo de 1861.


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NotaPublicado: 18 Oct 2008 21:12 
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El nutrido contingente de los, llámemosles así, "exiliados reales de Nápoles" se encontró con sólo tres apoyos: el Papa, que les agradecía que ellos no hubiesen querido ser buitres con sus Estados Pontificios; el emperador Franz Joseph de Austria, primo y cuñado de la reina María Sofía, así como pariente cercano de la reina viuda María Teresa y la reina Isabel II de España, también consciente de la vinculación dinástica con aquellos Borbones de la Italia meridional. Francesco II y María Sofía se establecieron en Roma, en el palazzo Farnese. María Teresa, que había seguido intrigando a favor de su hijo mayor Ludovico de Trani, sólo había logrado, a la postre, casar a éste con una hermana de María Sofía, Mathilde de Baviera. La desolada ex reina viuda se estableció en una villa situada en Albano, con sus hijos menores. Alguien que la visitó en esa época, la princesa heredera de Prusia Vicky, nacida princesa real de Inglaterra, escribió a la reina Victoria: "La vieja reina parece, sin lugar a dudas, una mujer crucificada". En los años siguientes a 1861, la única ilusión que tuvo aquella mujer fue poder casar a sus hijas Annunziata e Inmaculata con dos archiduques de Austria, colocándolas así en la corte de Viena.

La vida se le escapó a María Teresa en el otoño de 1867. Hubo una epidemia de cólera en Albano que no respetó a su benjamín, Gennaro, de diez años de edad. Mientras el resto de los chicos eran enviados lejos de casa para que no se contagiasen, la mujer cuidó abnegadamente al chiquillo que acabó falleciendo entre sus brazos. Para entonces, ella había contraído la misma enfermedad, lo que la llevó a la tumba dos días más tarde. La pérdida fue terrible para los hijos aún solteros de María Teresa (Alfons, Gaetano, Pía, Ludovica y Pasquale), a quienes el Papa Pío IX tuvo que establecer en otro palazzo del Quirinal.

Por cierto que, muy conmovida por las desgracias que se abatían sobre el clan de Nápoles, la reina Isabel II decidió escoger a uno de esos varones, Gaetano, para esposo de su hija mayor, Isabel. Isabel era la segunda en la línea de sucesión al trono español, justo por detrás de su hermano Alfonso, el futuro Alfonso XII. Así que para Gaetano, un príncipe sin tierras ni dinero, suponía un partidazo. Nadie se tomó sin embargo la molestia de informar a Isabel de que su inminente esposo Gaetano era un muchacho guapo y bondadoso, pero enfermo: sufría frecuentes convulsiones, ataques epilépticos y crisis de locura. Tampoco le contaron que tenía fama de gafe incluso dentro de su propia familia. Juan Balansó, en Los Diamantes de la Corona, cuenta, a propósito de este "asuntito", que nada más saberse en Roma que Isabel II había escogido a Gaetano para ser el marido de la infanta Isabel, uno de los hermanos de él exclamó:

-¡Pobre Isabel II! No durará mucho en el trono...

Según parece, el día en que había nacido Gaetano se produjo un pasmoso desprendimiento de gran parte de la cornisa del palacio real napolitano. El día en que se bautizó a Gaetano, un cirio de la capilla estuvo a punto de provocar un monumental incendio. En su primera comunión, Gaetano no se murió de puro milagro porque se atragantó con la hostia consagrada. Ya exiliada la familia, le mandaron a enrolarse en el ejército austríaco...y su caballo sufrió un aparatoso accidente, rompiéndose una pata.

Vamos, que Gaetano tenía un historial de desgracias, aparte de una serie de enfermedades que le hacían poco conveniente.

La boda de Gaetano con Isabel fue la última gran gala de la monarquía isabelina. Los recien casados partieron enseguida para una amplia gira europea, que incluía visitas en Roma al Papa y a la familia del novio, antes de dirigirse a Viena para acabar el periplo en París. Estaban en París cuando tuvieron noticias de que una revolución había desalojado del trono español a Isabel II. Gaetano demostró, ahí, su hombría de bien: enseguida se dirigió a suelo español para combatir con los partidarios isabelinos frente a sus adversarios en la batalla de Alcolea. Al grito de "Viva mi suegra" combatió con arrojo y sin miedo a la muerte. Pero se perdió la batalla (seguramente, sería una maldad echarle la culpa de ello al gafe de Gaetano).

Luego, Gaetano e Isabel se establecieron en un prestigioso hotel de Lucerna, en Suiza. Estaba desanimado, profundamente deprimido por su mala salud y su falta de perspectivas vitales. Convencido de que no valía para nada excepto para amargar la vida a quienes le rodeaban, se descerrajó un tiro en la sien. Isabel se quedó viuda con apenas diecinueve años de su conde Girgenti. En su testamento, por cierto, legaba a su suegra Isabel II el sable que él había empuñado, para defenderla a ella, en la batalla de Alcolea. Dice Balansó que cuando Isabel II vió el sable ante ella, gritó, horrorizada: "¡Quitadlo de ahí, no vaya a sucederme una desgracia!". El sable se guardó dónde nadie lo encontrase. Pero tras la restauración borbónica en la persona de Alfonso XII, alguien tuvo la ocurrencia de mandar el sable a engrosar la colección de la real armería en el Palacio de Oriente. Añade Balansó: "Al día siguiente [de la llegada del sable a la armería] el museo ardió".

En fín...si nos hemos extendido acerca de Gaetano e Isabel, es porque esa boda napolitana de la infanta tuvo sus repercusiones. Isabel siempre conservó un cálido y amoroso recuerdo de la familia de Gaetano, aquellos hermanos y hermanas de él que la habían acogido con la mejor disposición. La muerte de Francesco II y de Ludovico de Trani, hermanos mayores de Gaetano, le causaron una dolorosa impresión. De Francesco II llegó a decir que era un auténtico santo, lo que da medida exacta de sus sentimientos.

La benevolencia de Isabel hacia los parientes de su difunto marido constituye un hecho importante. En los albores del reinado de Alfonso XII, uno de los hermanos pequeños de Gaetano, Alfons de Caserta, se había agregado a las tropas del pretendiente carlista, Carlos VII. Alfons de Caserta luchó por Carlos VII, en contra de Alfonso XII. Es más: Alfons de Caserta no fue un simple soldado, sino un oficial de alto rango que dirigió los tremendos bombardeos sobre Irún y San Sebastián. Eso le hizo particularmente odiado por los liberales españoles, que le consideraban un tipo de la peor calaña.

Pero cuando Alfons de Caserta se retiró de aquel juego de guerra para ir a establecerse a Cannes, en el Sur de Francia, con su joven esposa, una prima llamada Antonieta, de quien tuvo nada menos que DOCE HIJOS, no hubo resquemores contra él en la corte española. Su cuñada Isabel no le había puesto en la lista negra. La viuda de Alfonso XII, la regente María Cristina, lamentaba sinceramente las estrecheces económicas y penurias de aquellos Caserta establecidos en Cannes. No vió con malos ojos que el hijo mayor de los Caserta, Ferdinando, se casase en 1897 con una de sus sobrinas bávaras, María, hija de su medio hermana María Theresa (llamada Dada en familia) con Ludwig III. Así que cuando Alfons de Caserta le solicitó "el favor" de que "acogiese" en el ejército español a dos de sus hijos varones, el mismo Ferdinando y Carlos Tancredo, María Cristina, de pleno acuerdo con Isabel, aceptó de mil amores. La protección de ambas damas permitió que Ferdinando (Nando) y Carlos Tancredo (Nino) empezasen con buen pié su andadura militar en España...


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NotaPublicado: 18 Oct 2008 21:33 
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Registrado: 07 Ago 2008 08:56
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Una curiosidad tonta...por qué "Carlos Tancredo" sin títulos? ni apellidos? me diréis que siempre me meto con los títulos de los hilos pero no lo entiendo bien...


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NotaPublicado: 18 Oct 2008 21:42 
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A Nando y a Nino se les unirían con el tiempo, en el ejército hispano, otros hermanos que le seguían en edad: Gennaro, Ranieri, Filippo, Francesco d´Assisi y Gabriele. Toda esa prole Caserta se integró magníficamente, demostrando el mayor interés por "cumplir" y "dejar el pabellón bien alto". De hecho, en lo que se refiere a Nino, que es el que nos interesa, se destacó en Melilla y en la guerra de Cuba (sí, la misma guerra de Cuba a la que el único infante varón de la familia, Antonio de Orleans, marido de Eulalia, se negó a asistir aludiendo a problemillas de salud).

Se dice que fue la infanta Isabel quien empezó a considerar la idea de que Nino, sobrino de su difunto marido Gaetano, podía ser el mejor candidato a la mano de Mercedes. Desde luego, cuando Nino y Mercedes se conocieron, ambos se quedaron prendados, lo que facilitó por completo las cosas. Nino encontró que la princesa de Asturias era una muchacha encantadora, en tanto que ella se quedó embelesada con la buena presencia física y la aureola de héroe militar del príncipe. María Cristina estaba encantada, aunque no más que Alfons de Caserta, el padre del novio. Hubo toda clase de facilidades por parte de los Caserta, que entendían que el novio debía naturalizarse español, renunciar a sus títulos napolitanos, para poder convertirse en infante en virtud de su eventual matrimonio con la princesa de Asturias, en esa época heredera indiscutible de Alfonso XIII.

Harina de otro costal fue la reacción popular. Los liberales estaban enfurecidos ante la perspectiva de que Mercedes se casase con un hijo de aquel Caserta que había bombardeado Irún y San Sebastián. Hubo diputados que pronunciaron furiosas diatribas en el Parlamento, generosamente reproducidas en los periódicos de entonces y en hojas volantes. La opinión pública estaba soliviantada, claramente en contra de aquel compromiso.

Repasemos la secuencia de los hechos...

Según lo acordado por María Cristina y Alfons de Caserta, el 14 de diciembre de 1900, en la denominada Acta de Cannes, Carlos Tancredo renuncia solemnemente a todo derecho y razón a la eventual sucesión a la corona de las Dos Sicilias, para sí y sus descendientes. Es decir, se despoja de su rango de príncipe siciliano. El 17 de diciembre, las Cortes españolas anuncian el consentimiento -ganado a duras penas...- para el casorio. No se quiere dilatar mucho el proceso, para que no madure el sentimiento de insatisfacción general entre el pueblo. El 14 de enero, llegan a Madrid, para asistir al evento nupcial, la archiduquesa Elisabeth Franziska (madre de María Cristina, abuela materna de Mercedes), el archiduque Friedrich, la archiduquesa Isabella (esposa del anterior) y los hijos de éstos. Así, el 16 de enero pueden celebrar "en famille" el septuagésimo cumpleaños de Elisabeth Franziska.

Se fija la boda para el 14 de febrero, aunque las fiestas previas arrancan el día 8, mismo día en que María Cristina eleva a "su muy amado sobrino" Carlos a la dignidad de Infante de Gracia de España, otorgándole, paralelamente, el Toisón de Oro. La noche del día 8 hay una representación de gala en el Teatro Real, a la que Mercedes comparece radiante, luciendo un vestido en un verde clarísimo bordado con lentejuelas, con una diadema de brillantes obsequio de su novio en la cabeza y un collar de perlas regalo de su madre en torno al cuello. El día 9 llegan el tío Eugi (Eugen de Austria) y todos los Caserta, celebrándose, esa noche, un banquete de gala en palacio. El día 10, la recepción corrió a cargo del Ayuntamiento de Madrid. El día 11 hubo otro baile de gala en palacio que se prolongó hasta las tres de la madrugada.

Peeeero...mientras se sucedía ese carrusel de eventos, los ánimos en la calle se habían caldeado más y más. El día 13, el jovencísimo Alfonso XIII confió a su diario que llevaban "ocho días de manifestaciones" y que "mañana se declarará el estado de sitio". Efectivamente, el 14 se decretó el estado de sitio en Madrid. El ejército tomó literalmente las calles para evitar alborotos en el día de la boda. La gente tuvo que aguantarse las ganas de montarla...hasta cierto punto. Como recibirían severos castigos los que prorrumpiesen en gritos insultantes u ofensivos hacia el novio, los ingeniosos madrileños se dedicaron a vitorear con entusiasmo a la novia. Sólo que en vez de gritar: "Viva la princesa de Asturias", se rompieron las gargantas gritando "Viva la princesa viuda".

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