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 Asunto: Re: 'Carlos, Emperador'; la serie
NotaPublicado: 12 Ene 2016 16:26 
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 Asunto: Re: 'Carlos, Emperador'; la serie
NotaPublicado: 19 Ene 2016 15:50 
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Me gustó la manera en la que anoche trataron el tema de la sucesión en el Imperio, las divisiones familiares entre el Emperador, el príncipe Felipe, el infante-archiduque Fernando y su hijo el archiduque Maximiliano con la estimable mediación de María de Hungría.

Por cierto, para "premiar" a los seguidores de la serie TVE emite la semana próxima doble capítulo y la finiquita. ¡Con dos hue...!

Carlos, Rey Emperador - Capítulo 15
18 ene 2016

http://www.rtve.es/alacarta/videos/carlos-rey-emperador/carlos-cap15-120116/3441799/

La derrota de los protestantes en Mühlberg no termina con el problema. Fernando hace lo imposible por que no salgan a la luz los devaneos de su hijo Maximiliano con los enemigos del Imperio. Pero las decisiones de Carlos no harán sino acrecentar el descontento de esta rama de los Habsburgo, que ve en ellas un continuo desprecio a sus aspiraciones.

Francisco I de Francia muere y con él desaparece el rival que ha marcado la vida de Carlos. Mientras sus grandes adversarios fallecen, el emperador parece obsesionado con dejar atado y bien atado el porvenir, que pasa por que sus dominios permanezcan unidos bajo una misma corona: la que porte su hijo Felipe. Pero ello amenaza con provocar el cisma en la familia.

Bartolomé de las Casas reacciona ante la suspensión de algunos artículos de las “Leyes Nuevas”, debido a la presión de los encomenderos. Amenaza con publicar un relato de la conquista que niega su legitimidad. La Corona decide poner el asunto en manos de un jurado de expertos, convenientemente escogidos para que fallen a favor de sus intereses y contra el criterio del dominico.


El mundo de Carlos V - Capítulo 15

http://www.rtve.es/alacarta/videos/el-mundo-de-carlos/

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 Asunto: Re: 'Carlos, Emperador'; la serie
NotaPublicado: 19 Ene 2016 15:52 
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¿Estaba realmente Francisco de Borja enamorado de Isabel de Portugal?
Mónica Calderón - Asesora histórica de 'Carlos, Rey Emperador' / rtve.es
Todos quedamos impresionados, a la muerte de la emperatriz Isabel, con el dolor contenido de su servidor Francisco de Borja pero ¿qué hay de cierto y qué de leyenda en esa historia de amor no correspondido entre el futuro santo y la soberana?

¿Quién era Francisco de Borja?
Comencemos por el principio. Francisco de Borja, nacido en 1510, era el primogénito y heredero de una de las casas con mayor renombre e influencia en la España del siglo XVI, los Borja, propietarios del Ducado de Gandía. Su bisabuelo por línea paterna había llegado a Papa pero no era su único ancestro coronado. El bisabuelo de nuestro Borja era el mismísimo Fernando el Católico, aunque por vía ilegítima: Borja es hijo de Juana de Aragón y Gurrea, hija natural de Alonso de Aragón, virrey, arzobispo de Zaragoza e hijo ilegítimo del rey Fernando por más señas. Así las cosas, cuando el pequeño Borja entra como paje en la triste corte de Tordesillas a la edad de diez años lo hace en realidad en la corte de su tía abuela, la reina Juana.

Ante la revuelta de las Germanías, su padre Juan de Borja huye de la ciudad de Gandía y pone a sus dos hijos mayores a salvo, al amparo de la reina propietaria. Francisco será paje de la infanta Catalina y allí se iniciará en los rudimentos de lo que ha de ser un noble cortesano. Era práctica común y deseable en las grandes familias, poner a servir a sus hijos en la corte donde aprenderían las sutiles artes de las relaciones cortesanas y podrían medrar y hacer carrera a la sombra y amparo de los más poderosos. Se iniciaba de este modo una relación estrecha entre Catalina y Borja que se mantendrá a lo largo de los años, especialmente cuando la desgraciada infanta llegue a ser reina de Portugal. Catalina abandona la opresiva corte de Tordesillas para contraer matrimonio con el monarca luso Juan III y un año después, en 1526, lo hace Borja para seguir su formación al lado de su tío, el nuevo arzobispo de Zaragoza (hermano de su madre). Así pues, Borja está en Zaragoza cuando Carlos contrae matrimonio con Isabel de Portugal y no será hasta dos años después, en 1528, que se incorpore a la corte del emperador.

En este año es nombrado gentilhombre de la casa y comienza una carrera espectacular, auspiciada por la propia emperatriz. Como mandaba el protocolo, los emperadores negociaron el matrimonio de dos de sus servidores pues estos no podían elegir —los monarcas actuaban como los padres, concertando los matrimonios de los miembros de su casa—: Francisco de Borja y Leonor de Castro, camarera mayor, caballeriza mayor e íntima amiga de Isabel. A partir de ahí, todo fueron regalos para la pareja, siendo los mayores el nombramiento como marqueses de Lombay, camareros del príncipe Felipe y la infanta María, que ya andaban por el mundo, y a Borja caballerizo mayor de Isabel. ¿Qué significaba ser caballerizo mayor? Era uno de los tres grandes puestos de confianza dentro de la casa de un monarca, junto al de mayordomo mayor y el de camarero mayor (o sumiller de corps). Borja se encargaría personalmente de organizar cada desplazamiento de la emperatriz fuera de palacio, de los animales, de las literas y hasta de ayudarla a montar y desmontar del caballo. Por supuesto, su presencia dentro de las estancias reales cerca de ella, estaba asegurada.

La cercanía de Borja con los hijos de los emperadores también debió ser estrecha. Hoy leemos con ternura unas palabras que le dedicó el futuro santo a Felipe II en 1561, en las que le dice “ni se olvidará V.M. de las muchas horas que en su tierna edad le traje en estos brazos y se adormeció en ellos”. Aun así, la confianza imperial se depositaba sobre todo en Borja y no tanto en su portuguesa esposa, al menos la de Carlos.

Leonor de Castro, dos años más joven que su esposo, debía ser un personaje peculiar a pesar de la gran intimidad de la que disfrutó junto a la emperatriz. Cuando ésta murió hubo que disolver toda su casa y reorganizar la de sus hijos, proponiéndose a los marqueses de Lombay como los responsables de su cuidado. Se alzó entonces la voz de la tía Catalina desde Portugal —quien había conocido a Leonor—, desaconsejando vivamente a la marquesa de Lombay para este puesto pues conocía de sobra su mal carácter —o quizás sus peligrosas relaciones con elementos subversivos portugueses—. Debía estar de acuerdo Carlos con esta idea pues nada más salir del monasterio de la Sisla, a finales de junio de 1539, nombró a Borja virrey de Cataluña y separó al matrimonio de sus hijos. La ambición y la dudosa lealtad de Leonor hicieron que Carlos quisiera mantener apartados de ella a sus hijos “por ser mujer atrevida, que se le cartearía con reyes extraños”. No terminarían ahí los recelos sobre esta mujer. Cuando se preparaba la casa de María Manuela de Portugal, hija de Catalina y recién casada con el flamante príncipe Felipe, se propuso nuevamente a Leonor de Castro para ocupar el mejor puesto: camarera mayor de la princesa. Catalina, como madre, reaccionó rápidamente: se negó y nombró en su lugar a otra portuguesa de su confianza, Margarita de Mendoza. El pobre Borja iba de desaire en desaire por culpa de aquella mujer con la que se casó en el Alcázar Real de Toledo en 1529 y que le dio ocho hijos —por cierto que llamaron a los dos primeros Carlos e Isabel—.

Leonor de Castro murió en 1546 y, conforme al solemne juramento que se hizo a sí mismo ante el desfigurado rostro de la emperatriz en las jornadas de Granada, Borja formuló los votos para ingresar en la recién fundada Compañía de Jesús. Si como noble cortesano su influencia se dejó notar, como miembro de la Compañía —no lo llamaremos jesuita pues este nombre es posterior y se usó para hacer escarnio de estos religiosos— el ascendiente sobre la familia real fue apabullante. Ya Pedro Fabro —co-fundador de la orden— había ido sembrando por las cortes el nuevo modo de entender la espiritualidad y Francisco de Borja lo dejó grabado a fuego. Se favorecía la fundación de colegios de la orden, se solicitaba que dieran sermones en la corte e incluso se intentaba retener a Borja y otros miembros por encima de los deseos del mismísimo Ignacio de Loyola.

La devota más acendrada que tuvo Borja fue, sin lugar a dudas, la princesa Juana —hija menor de Carlos e Isabel—, que volvió a Castilla en 1554 para ocuparse de la regencia del reino. Se había casado con el príncipe don Juan Manuel de Portugal pero nunca llegaron a reyes; él murió apenas recién casado pero dejando un heredero, el futuro Rey don Sebastián. Cuando a ella se le planteó la posibilidad de quedarse como regente en Portugal o en Castilla —Felipe había marchado a Inglaterra a casarse con María Tudor— no lo dudó y se vino para siempre. Nunca más volvería a ver a su hijo.

Juana era de fe exaltada y quiso tomar votos como franciscana pero finalmente decidió que lo que quería ser, de verdad, era miembro de la Compañía de Jesús. Imposible según las reglas escritas por Ignacio de Loyola, que apartaba a las mujeres de la orden y hasta de su labor pastoral pero Juana era la hija del emperador nada menos —pensemos que Carlos aún vivía— y llevaba la carta de recomendación de Francisco de Borja. De este modo, la princesa Juana de Austria formuló sus votos en secreto bajo pseudónimo convirtiéndose en la primera y última mujer jesuita de la historia —aunque muchas otras lo intentaron—.

Sabido esto, volvamos a la cuestión principal. ¿Realmente estaba enamorado Francisco de Borja de la emperatriz Isabel? Lo cierto es que no parece que fuera así. De haber habido la más mínima sospecha, Borja no habría estado tan cerca de ella ni habría tenido la exitosa carrera que tuvo, sino que habría terminado puesto a buen recaudo en alguna torre oscura como aquel cortesano de Fernando el Católico que se atrevió a “requerir de amores a la reina Germana”.

¿De dónde sale entonces la leyenda? Del motivo de su conversión que no fue otro sino la muerte de Isabel. Él mismo lo cuenta, y reconoce en la muerte de la soberana el momento en que decidió cambiar todos los bienes y glorias de este mundo por servir a Dios. Lo hace en su diario, escrito en sus últimos años, recordando el 1 de mayo como el día de su conversión y pidiendo por el alma de la emperatriz. Pero quien lo glosa de verdad y dedica varias páginas al trascendente momento es su hagiógrafo, Pedro de Rivanedeyra —que fue compañero y lo conoció personalmente—, aunque alterando el momento real. Según Borja, es el día de la muerte de Isabel el día de su conversión; según Rivadeneyra, Borja decide ingresar en religión cuando ha de reconocer el cadáver en Granada. Según él, cuando se abrió el ataúd todos se apartaron por el espanto ante lo que veían y por el mal olor que expelía el cuerpo

pero el Marqués, con el particular amor y reverencia que siempre había tenido a la Emperatriz, no se podía apartar, ni desviar los ojos de aquellos ojos que poco antes eran tan claros y resplandecientes, y ahora estaban tan feos y oscurecidos”.

Con toda la literatura necesaria en este tipo de obras para exaltar la devoción del lector, Rivadeneyra pone en boca de un Borja anonadado las siguientes cuestiones:

¿Dónde está, Sacra Majestad, el resplandor y la alegría de vuestro rostro? ¿Dónde aquella gracia y belleza tan extremadas? ¿Vos sois aquella doña Isabel? ¿Vos sois mi Emperatriz, mi Señora?”.

Tras este terrible momento, Borja abandona la capilla real y se recluye en la habitación de su posada, pasando la noche en vela y meditando sobre la muerte y fugacidad de los bienes materiales. En realidad no deja de ser un recurso piadoso y tópico literario clásico, el famoso Ubi sunt? que tan bien glosara Jorge Manrique o Fray Luis de León, de plenísima actualidad en el siglo XVI y que en el siglo XVII será uno de los grandes temas incluso en la pintura barroca, las famosas vanitas.

También hay que tener en cuenta lo en boga que en aquel momento estaba el tema del amor cortés, un amor que ensalzaba a la amada por encima de todo y la convertía en dueña y señora del enamorado, un amor que exigía duras pruebas —ya fuera luchar contra dragones, matar gigantes o abstenerse de mantener relaciones carnales con la amada— y que no distinguía entre doncellas y casadas. Es más, el amor cortés prototípico es el que profesaba un caballero a una mujer casada sin intención de consumarlo. O lo que es lo mismo, Borja y la emperatriz.

Y así llegamos al origen de toda esta cuestión y de la frase más famosa de Francisco de Borja, aquella desde la que creció la leyenda de los amores y de la conversión del santo. Es, efectivamente, Rivadeneyra quien nos la transmite: estando Borja en semejante tormenta espiritual, recluido bajo llave en su posada, le pide a Dios:

Dadme Señor mío, dadme Dios mío vuestra luz, dadme vuestro espíritu, dadme vuestra mano y sacadme de este atolladero (…) y si vos me la dais, yo os ofrezco de no servir más a señor que se me pueda morir (…) Nunca más, nunca más servir a señor que se me pueda morir”.


http://www.rtve.es/television/20160118/realmente-estaba-enamorado-francisco-borja-emperatriz-isabel-portugal/1282344.shtml

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 Asunto: Re: 'Carlos, Emperador'; la serie
NotaPublicado: 19 Ene 2016 18:57 
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anda, pero han vuelto? yo pensé que con la muerte de la reina se acababa...


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 Asunto: Re: 'Carlos, Emperador'; la serie
NotaPublicado: 20 Ene 2016 13:45 
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carmela escribió:
anda, pero han vuelto? yo pensé que con la muerte de la reina se acababa...


:lol: :lol: :lol: No, mujer. Lo que pasó es que interrumpieron la serie por las navidades. Quedaban cuatro capítulos, dos de ellos ya emitidos y los dos siguientes el próximo lunes y ya sí que sí finaliza.

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 Asunto: Re: 'Carlos, Emperador'; la serie
NotaPublicado: 22 Ene 2016 12:45 
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No quisiera "mataros" el final, pero en el último creo que muere Carlos :(( >:)


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 Asunto: Re: 'Carlos, Emperador'; la serie
NotaPublicado: 26 Ene 2016 01:17 
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Me he emocionado con el final, pero no he podido soportar ese INEXISTENTE trabajo de maquillaje, los personajes seguian todos jovencisimos
Carlos con la frente lisa como la espalda de un violin, ni una mácula.

El Rey de Portugal igual, muere y seguia luciendo como una persona de 30 años

No sé como han puesto tan poco interes en hacer a los personajes creibles fisicamente


:thumbdown: :thumbdown: :thumbdown: :thumbdown:


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 Asunto: Re: 'Carlos, Emperador'; la serie
NotaPublicado: 26 Ene 2016 14:14 
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Manuesevilla: d:

Quedé pasmado al ver a Carlos en Yuste prácticamente igual que como salió en el primer capítulo . . . Parecía hermano de Felipe. :wink:


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 Asunto: Re: 'Carlos, Emperador'; la serie
NotaPublicado: 26 Ene 2016 19:00 
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Yo creo que para este tipo de series, y sobre todo si son de época, hay que tener siempre dos actores, guste o no, con un cierto aire, a ser posible que sean "buenos" >:) ,uno (una) para hacer hasta los 35 o así que puede ser un joven al que se va caracterizando un poco, y otro maduro para hacer de "viejo" al que también habrá que caracterizar un poco para salvar esos 15 o 20 años (en esas épocas a partir de los 40 ya estaban muy "cascados"), pero pretender que un chico de 30 llegue a los 58 (de aquellos) es absurdo y si lo maquillan mucho, hay que ser muy artistas para que quede creible, y aquí no fue el caso.
Recuerdo que pasó lo mismo en los Tudor, aunque parece que allí fue adrede, una licencia que se permitió el director, Enrique VIII y sus "colegas" se mantuvieron jóvenes y delgados toda la serie, pero esa carencia de realismo en su aspecto allí se suplía con una interpretación espléndida, para mi gusto :wink:


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 Asunto: Re: 'Carlos, Emperador'; la serie
NotaPublicado: 19 Feb 2016 12:34 
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La simpática, la enamorada y la puta: Las mujeres de Felipe II
Mónica Calderón - Asesora histórica de 'Carlos, Rey Emperador' / rtve.es

Frío, cruel, inaccesible, enterrado bajo una montaña de legajos y documentos… así nos presenta la historia a Felipe II. Sin embargo, hay una faceta de su carácter que nos es más ajena, su vida sentimental. No haremos aquí un recorrido por sus cuatro matrimonios ni por todas las amantes que pasaron por su real cama (que fueron unas cuantas) sino por las tres figuras femeninas que marcan su vida hasta 1558: María Manuela de Portugal, Isabel de Osorio y María Tudor.

María Manuela (1527-1545), la simpática princesa portuguesa

Hija de Catalina y Juan III, esta infanta portuguesa era prima hermana de Felipe. Ya en 1541 Carlos y Catalina comienzan las negociaciones para pactar un matrimonio entre sus hijos; tienen sólo 14 años pero Carlos necesita asegurar dos cosas: el firme asentamiento de Felipe como regente (el matrimonio otorgaba una mayoría de edad virtual y hacía que se dejase atrás definitivamente la adolescencia) y la continuidad de la dinastía, habida cuenta que él no pensaba tener ya más hijos. El peso del recuerdo de Isabel era mucho, y firme su promesa de no volver a contraer matrimonio aunque esto pusiera en peligro la cuestión sucesoria. Tampoco hay que subestimar uno de los grandes recelos del emperador con respecto a sus propios nobles: que quisieran comprar la voluntad del joven Felipe ofreciéndole un precioso bien, mujeres.

Así llega María Manuela a Castilla, en el otoño de 1453, entre grandes fiestas y recibimientos. Felipe tenía una curiosidad invencible por conocer el físico de su prometida, preguntaba a los embajadores, pedía informes e incluso salió a buscarla a las afueras de Salamanca embozado y escondido. En un delicioso juego de conquista, María Manuela —que estaba avisada de esto— se tapaba con coquetería el rostro con un abanico hasta que uno de los bufones que iban con ella se lo retiró.

Para desgracia de la princesa, Felipe no encontró la belleza altiva y distante de su madre en ella sino la redondez de su tía Catalina. María Manuela era bastante rellenita, de cara redonda y rasgos poco agraciados; eso sí, cantaba y tocaba música como nadie y era una locuaz conversadora, cualidades estas poco atractivas para un enfebrecido adolescente de 16 años. De nada valieron los consejos que la reina Catalina daba por carta a su hija: que moderase la comida, que no engordase y algo muy interesante, que procurase conocer todo lo que rodeaba a la fallecida emperatriz Isabel, sus gustos, sus fobias, cómo se movía, cómo se regía su casa… y la copiase en todo para ganarse el afecto de su marido. Evidentemente, que Isabel de Portugal seguía gobernando el corazón de su hijo y de su marido era público y notorio.

No hubo chispa entre ellos. No se repitió la gran historia de amor de sus padres y ahí vemos a Carlos amonestando a su hijo por carta, reprochándole que trate fría y secamente a su mujer en público y que dedique las noches a salir de parranda dando lugar a no pocos escándalos. La cuestión era harto difícil de tratar: por un lado debía mostrarse afectuoso y enamorado de la princesa, pero por otro lado debía visitarla poco en su cámara, cumplir con las obligaciones maritales y salir de la cama con cualquier achaque, no fuera a repetirse la historia del príncipe Juan. Su ayo, Juan de Zúñiga, era el encargado de esperar a la puerta de la cámara y vigilar que ni uno ni otro se desmandaran ante el descubrimiento del sexo. No hizo falta, María Manuela sufrió un desagradable sarpullido en las piernas —sarna, según algunos autores— que mantuvo a su esposo apartado de ella una buena temporada.

Así y todo, Felipe y María cumplen rápidamente con su misión y al otoño siguiente ella ya está embarazada. Llega el 8 de julio de 1545 y, tras dos días de parto, nace el infante don Carlos; el nacimiento ha sido difícil, la matrona ha tenido que manipular al niño en el vientre de la madre para colocarlo y María no lo supera. Cuatro días después muere de una infección puerperal en las casas de don Francisco de los Cobos, en Valladolid. Tanto debió ser el horror de lo que allí sucedió, que cuando la infanta María —hija de Carlos— deba dar a luz a su primer hijo, decidirá hacerlo en Cigales para evitar el recuerdo del triste final de María Manuela.

Isabel de Osorio (1522-1589), “la puta del rey”

No nos lo inventamos nosotros, es que así es como se la conocía en Saldañuela (Burgos), de donde se hizo señora y reconstruyó el palacio que la acogió sus últimos años. Pero ¿cuándo aparece Isabel de Osorio en la vida del príncipe Felipe?

Poco sabemos de esta mujer que fue colmada de mercedes y joyas por parte de Felipe II, y lo que ha trascendido forma parte de la Leyenda Negra. Sabemos que era dama de la casa de la emperatriz y que, a su muerte, pasó a serlo de la casa de la infanta doña Juana. Cuando muere María Manuela, ésta se hace cargo de la crianza del infante don Carlos estableciendo su pequeña corte en Toro (Zamora) y recibiendo las visitas periódicas del príncipe Felipe. Quizás fue allí donde comenzaron aquellas relaciones que se mantendrían en el tiempo.

La oscura leyenda que rodea a esta mujer tiene su origen en la Apología de Guillermo de Orange (1580), príncipe de los Países Bajos que, tras militar activamente en las filas carolinas, termina luchando contra Felipe II en favor de la independencia de su patria. Acusado por Felipe II de varios crímenes, no duda en publicar su propia defensa lanzando terribles acusaciones contra el pueblo español en general, y contra su monarca en particular. Felipe II habría asesinado a su esposa Isabel de Valois, a su hijo don Carlos, habría cometido incesto casándose con su sobrina Ana de Austria y —lo más importante para nosotros— habría sido bígamo. Según Guillermo de Orange, cuando Felipe contrae matrimonio con María Manuela de Portugal, ya estaba casado en secreto con Isabel de Osorio “de la cual tuvo dos o tres hijos, el primero de nombre Don Pedro, y el segundo Don Bernardino”. Ruy Gómez de Silva, uno de los hombres más cercanos al príncipe —el futuro marido de la famosa princesa de Éboli— habría sido el componedor de este romance y también habría trabajado en la sombra para deshacerlo cuando el rey lo estimó conveniente.

Lo cierto y verdad es que Isabel se vio beneficiada largamente durante su vida por el favor real. En 1557, Felipe le otorga desde Bruselas varios regalos y un juro de heredad por valor de 2.000.000 de maravedíes; cinco años más tarde, se le permite la compra de varias villas de realengo para que Isabel las convierta en señorío (entre ellas, Saldañuela), y al morir deja en su testamento a su “sobrino” don Pedro de Osorio, 8.000 ducados de renta, 60.000 en muebles y una gran cantidad de joyas. Definitivamente, Isabel de Osorio estaba presente en la mente del rey y en la de todos, tanto como para que muchos años después el cronista Luis Cabrera de Córdoba anote en la entrada de 1589 “murió doña Isabel de Osorio, que pretendió ser mujer del rey Don Felipe II, que ella tanto se ensalzó por amarle mucho”.

A pesar de que debió amar sinceramente a Isabel de Osorio, no fue una relación fiel y absoluta. En 1545 corre el rumor de que Felipe ha seducido a la hija de un hidalgo en Cigales de la que nació un hijo, aunque no pasa de chisme cortesano. En 1548 abandona Castilla para viajar por todos los reinos de su padre y, como es de esperar, no guarda ausencia a su amante. Felipe es festejado en cada ciudad, se hacen bailes, torneos, mascaradas en su honor, y las relaciones con las damas estaban a la orden del día. Cuando vuelve en 1551 retoma su relación, al menos hasta 1554 que marcha a Inglaterra a conocer a su segunda mujer, María Tudor.

María Tudor (1516-1558), la triste reina enamorada

Si deprimente es la corta historia de María Manuela, más aún lo es la de María Tudor. Hija de Enrique VIII y Catalina de Aragón, fue rechazada por su padre, eliminada del orden sucesorio y degradada de su condición de princesa a la de Lady, entrando a servir en la corte de su hermanastra, Isabel Tudor. Ni si quiera se le permitió acompañar a su madre en sus últimos momentos.

Cuando finalmente logra acceder al trono en 1553, es una mujer ya de 37 años que nunca había contemplado la posibilidad de contraer matrimonio. Cuál no sería su desconcierto cuando de repente se erigió como el bocado más apetitoso entre los herederos de las casas reales europeas. La lógica más elemental hacía pensar que Carlos era el candidato idóneo para ella —ya habían estado prometidos cuando ella era una niña—, y así lo expresó en varias ocasiones, pero nuestro emperador seguía firme en su celibato. Le ofreció en cambio a su hijo, un flamante Felipe de 26 años, rubio y gallardo, que aterrorizó a María. La diferencia de edad era alarmante, y según confesó al embajador imperial Simón Renard, temía a la juventud y la “voluptuosidad” de aquel príncipe. Mucho mejor hubiera estado casada con el padre, pero ¿cómo negarse ante las evidentes ventajas políticas de tal unión, la posibilidad de concebir un heredero para su reino y el portentoso retrato de Tiziano? María aceptó.

No erraba la reina en sus recelos, sobre todo cuando tu nuevo marido se toma el compromiso matrimonial como un sacrificio por la patria. Pero veamos este matrimonio desde el punto de vista de Felipe. Él quería casarse con su prima hermana María de Portugal, aquella hija que Leonor tuvo que dejar en el reino lusitano cuando apenas era un bebé. Las capitulaciones estaban prácticamente pactadas, era cosa hecha cuando la Tudor se presentó como el caramelo que todos querían. Y Felipe aceptó.

Los comentarios de los allegados a Felipe no tienen desperdicio: María es fea, vieja, flaca y bastante rancia. En virtud de su sacrificio, Ruy Gómez de Silva hace un comentario que nos deja atónitos: “mucho Dios es menester para tragar este cáliz”. Cuenta el hispanista Geoffrey Parker que la primera experiencia sexual de María “la dejó agotada porque, según un ayuda de cámara de Felipe (…) no volvió a aparecer en público” en tres o cuatro días. No descartemos que, aparte del desgaste físico, influyera también un sentimiento de pudor rayano en la mojigatería.

Se cuenta (aunque no se ha demostrado) que Felipe encargó dos cuadros de tema erótico a Tiziano (Venus y Adonis, y Dánae) que le acompañarían a Londres; en ellos estaría representada Isabel de Osorio y ayudarían al joven esposo a sobreponerse a la falta de deseo que le suscitaba su esposa legítima. En realidad, estos dos cuadros forman parte de un conjunto, llamados “poesías” que fue terminado en 1562 y que incluyen muchos más lienzos.

La falta de deseo de su esposo no sería el único problema al que debió enfrentarse María. En octubre de este mismo año se anuncia a bombo y platillo que la reina está embarazada, viene en camino un heredero para Inglaterra que, además, recibirá los Países Bajos. María tiene todos los síntomas: náuseas, mareos, su vientre se hincha… y se prepara todo en Hampton Court para el nacimiento del nuevo príncipe (médicos, matronas, amas de cría, cunas). La propia María asegura notar como el niño crece en su vientre y que está vivo, pero los meses pasan y no hay nacimiento. En agosto se descarta que hubiera tal embarazo. María soporta las miradas, las críticas y la marcha de su esposo a Bruselas. No perderá el tiempo Felipe y mantendrá en Flandes un romance con una dama llamada Madame D’Aller.

No lo tiene fácil esta reina católica en un país que ha decidido ya que no quiere rendir más pleitesía a Roma ni al Papa. Casada además con un rey extranjero al que el pueblo inglés se muestra abiertamente hostil, ha de recibir crítica tras crítica mientras ella intenta imponer el catolicismo a fuerza de ejecuciones. En 1557 vuelve durante unos días Felipe y María, llena de alegría, vuelve a sentirse embarazada; el parto será en marzo. Tan convencida está que, como mujer y reina previsora, hace lo que hacen todas: dictar testamento ante la peligrosidad del parto, dejando incluso algunas joyas de gran valor a Felipe para que, si él lo tiene a bien, dejárselas a “su prole”.

Pero de nuevo el mismo calvario, el paso de los días y los meses y nada que esperar. Para colmo de males, en enero de 1558 Inglaterra pierde su bastión en tierra francesa, Calais, y los ingleses culpan directamente a María y a Felipe. Entre las muchas críticas destaca la del escocés protestante John Knox, que no tiene empacho alguno en publicar un panfleto con el sonoro título “Primer toque de trompeta contra el monstruoso gobierno de las mujeres”. Allí estaban todas las reinas católicas: María de Guisa y María Estuardo en Escocia, Catalina de Medici en Francia y, la peor de todas, María Tudor, la “malvada Jezabel de Inglaterra”. Abomina este sacerdote del gobierno de las mujeres por ser “repugnante a la naturaleza” y por suponer la “subversión del buen orden, de la equidad y la justicia”. Las mujeres son débiles, enfermas, impotentes, estúpidas, locas y frenéticas, y en el caso de María Tudor “incluso el bajo nombre de mujer era demasiado bueno para ella”.

Este nuevo embarazo psicológico de la reina ocultaba una verdad bastante oscura: María Tudor estaba mortalmente enferma. Comienza el decaimiento, las fiebres, las sangrías, las crisis depresivas y de llanto, el insomnio, está pálida y delgada. Recomiendan vivamente a Felipe por carta que vuelva al lado de su esposa o que, al menos, la escriba con más frecuencia para aliviar al menos su melancolía, pero el rey consorte de Inglaterra no volverá nunca.

María Tudor murió probablemente de cáncer de útero o de ovarios el 17 de noviembre de 1558 en el palacio de St. James. Hoy se la conoce como María “la sanguinaria” y lo fue, aunque ni más ni menos que el resto de monarcas de su tiempo —porque la violencia era una herramienta de poder, como lo era la diplomacia—, pero detrás de las leyendas e incluso de los hechos contrastados, hay siempre una historia mucho más grande que siempre, siempre, merece ser contada.


http://www.rtve.es/television/20160125/mujeres-felipe-ii-maria-tudor-maria-manuela-portugal-isabel-osorio-puta-del-rey/1288004.shtml

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 Asunto: Re: 'Carlos, Emperador'; la serie
NotaPublicado: 19 Feb 2016 12:39 
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Carlos V no murió de gota. Murió de paludismo.
Mónica Calderón - Asesora histórica de 'Carlos, Rey Emperador'

3 de febrero de 1557. Castillo del conde de Oropesa en Jarandilla de la Vera (Cáceres).

Carlos se despide de los servidores que le han acompañado hasta este rincón extremeño, muchos de ellos tras un servicio de años; la guardia de alabarderos que le había dado escolta hasta esta antesala de su retiro, tira al suelo sus alabardas en señal de respeto al emperador. Le ayudan a subir a su litera y se dispone a abandonar este último refugio cortesano en busca de un monasterio jerónimo enclavado al pie de la sierra de Tormantos: el monasterio de Yuste. La leyenda está servida.

Las razones que llevaron a Carlos a elegir Yuste para su retiro han sido materia de pesquisas y elucubraciones para los historiadores desde siempre. ¿Por qué Yuste? ¿Por qué no se quedó en Bruselas junto a su hermana, en su tierra natal, en la que no era un extranjero? ¿Por qué un lugar tan apartado? Pues precisamente por eso, porque el retiro habría de ser completo y Yuste estaba lo suficientemente escondido como para que llegar hasta allí fuese un camino del calvario para cualquiera. Recluirse en un monasterio, especialmente de la severa orden jerónima, en los momentos de angustia, luto o días de especial significación religiosa, era práctica habitual para los miembros de la corona. Yuste ofrecía reclusión, contacto con la naturaleza, la oportunidad perfecta para alejarse del mundo y meditar sobre la muerte. Pero también ofrecía, a priori, un clima templado y muy beneficioso para las dolencias del emperador, su verdadero enemigo en el mundo. Si hubieran sabido que el paludismo era una enfermedad endémica en la región quizás se lo hubiesen pensado un poco más, pero hablamos de un tiempo en que los médicos eran todos sospechosos de judaizar y las enfermedades un castigo divino.

La historia de Carlos, el gran emperador, el dueño de medio mundo, el victorioso de cien batallas abdicando y recluyéndose en un monasterio perdido en mitad de la Vera, es campo abonado para forjar toda una leyenda a su alrededor. Se hablaba de su extrema pobreza, de su vida monacal, de su integración en la comunidad de monjes como si fuera uno más… no es así. Carlos no vivió en el monasterio propiamente dicho, sino en una construcción que se levantó aneja a los muros del monasterio ex profeso para acoger a Su Cesárea Majestad, un pequeño palacete de dos plantas con cuatro estancias cada una y una galería corrida sobre los jardines. Tampoco marchó solo, llevaba con él más de cincuenta servidores entre los que se incluían su maestro relojero, Juanelo Turriano, un panadero que cocía su propio pan y hasta su propio maestro cervecero. Realmente son pocos en comparación con los cientos de servidores que tenía cuando estaba en activo, pero no estaba desamparado ni mucho menos.

Tampoco se regía por las reglas de la orden ni vivía entre los monjes como uno más, de hecho el contacto era escaso y bastante protocolario; los monjes no tenían acceso a la zona reservada para el emperador y tomaban contacto con él en los servicios religiosos. Un par de elegidos lo visitaban a diario para leerle lecturas piadosas o asistirse espiritualmente, y ahí quedaba todo.

De la austeridad y pobreza de sus habitaciones nos hablan los cronistas y el prior del monasterio, pero sólo hay que echar un vistazo al inventario que se hizo de sus bienes en Yuste a su muerte para comprobar que no faltaba la plata, ni los tapices de lana o seda, ni las joyas, los cuadros o los retablos. Sólo su cámara estaba tapizada de paños y doseles negros y respondía al luto que siempre llevaría desde la muerte de su madre. Este inventario nos cuenta todos y cada uno de los objetos del emperador, desde el limpiador de dientes de oro hasta la sortija con una piedra azul para remediar la gota, las sillas, camas, colchas, carpetas, cofrecillos, cadenas, toisones de oro, pañuelos de la nariz, zaragüelles, camisas de dormir, manteles, etc., etc. Sin duda, lo más personal y que más hondo nos llega es “un cofrecito de plata, con una cadenilla de plata y dentro della el retrato de la emperatriz”. No sería el único, también estaban allí el gran cuadro de Tiziano conocido hoy en día como la “Gloria” y varios retratos sobre pergamino de su familia, incluido uno de su hija ilegítima Margarita de Parma e incluso otro de Francisco I. Eran sus recuerdos, y los atesoraba en cajitas de plata.

Tampoco era necesario ahondar en la miseria material para que Carlos se flagelase pensando en el engaño de los bienes materiales. Carlos llevaba su propia penitencia encima, y desde hacía ya muchos años: las enfermedades, tanto físicas como espirituales.

Había perdido a su adorada esposa, había perdido Argel y su promesa de conquistarla, había perdido a su hermano Fernando, tuvo que salir huyendo de Innsbruck y atravesar los Alpes en plena tormenta de nieve acosado por los que se supone que debía regir y gobernar, Enrique II de Francia heredaba las fobias de su padre y no le daba tregua, el turco seguía atormentando las costas del Mediterráneo cristiano, el Cristianismo —la Universitas Christiana que había jurado mantener y defender— se había desgajado irremediablemente y la corona imperial, su mayor orgullo, había resultado ser su peor pesadilla. Prácticamente todo aquello que se propuso, terminó convertido en cenizas en sus manos agarrotadas por la gota. Aquel no era ya su mundo, los ideales caballerescos que habían dirigido su vida parecían reírse de él, sus grandes enemigos —Francisco I, Barbarroja, Lutero, Enrique VIII— habían muerto prácticamente todos el mismo año, y la juventud llegaba arrolladora y ambiciosa dispuesta a hacerle a un lado.

Carlos, biznieto de Isabel de Portugal que vivió más de cuarenta años recluida en Arévalo por enajenación mental e hijo de Juana de Castilla, que repitió la historia, tenía una clara tendencia a los estados depresivos. Los reveses militares o las pérdidas familiares le llevaban a un estado de ensimismamiento y rechazo del mundo que en ocasiones llegaron a ser clamorosos. Cuando en la Navidad de 1552 —tras haber tenido que salir huyendo de Innsbruck ese mismo año— fracasa en su asedio a la ciudad de Metz, se recluye en sus habitaciones del palacio real de Bruselas durante largas semanas. No quiere ver a nadie, no quiere hablar con nadie, sólo responde con gruñidos y exabruptos y pasa las horas del día y de la noche montando y desmontando sus relojes y escuchando los Salmos de David. Contaba Francisco Duarte en un informe al príncipe Felipe que Carlos permanecía encerrado “y se ha convertido en tanto humor melancólico que siempre dice que está pensativo y muchas veces y ratos llorando tan de veras y con tanto derramamiento de lágrimas como si fuese una criatura”. Probablemente la herencia familiar y desarrollar su vida entre los rígidos y estrechísimos márgenes del protocolo borgoñón, hicieron de él un hombre taciturno, poco hablador y profundamente desconfiado —como puede observarse en sus instrucciones de Palamós a su hijo Felipe—.

No ayudaba, sin lugar a dudas, su estado físico. Carlos V padecía todo tipo de males: su prognatismo impedía que masticara con normalidad e incluso dificultaba su habla; el estado de sus dientes, además, era realmente malo. Contaba su ayuda de cámara, Van Male, que los pocos dientes que le quedaban los perdió en una caída al subir a su litera, aunque otras fuentes citan que en Yuste aún le quedaba alguna pieza aunque en estado lamentable. Sufría Carlos, además, piedras en el riñón, estreñimiento y hemorroides. Pero las dos enfermedades que más trabajo le dieron fueron sin duda una rinitis crónica y asma bronquial, a la que temía por encima de cualquier otra afección, y la famosa gota. Pensemos por un momento en sufrir dolores agudos, rigidez en las articulaciones e inflamación en todas las extremidades a un nivel incapacitante sin ningún remedio para el dolor. Cada ataque de gota, más largo que el anterior y con más secuelas, podían dejarle durante meses en cama. En un mundo donde la analgesia forma parte de nuestra vida diaria, es difícil hacerse una idea de los terribles dolores que aquel hombre, dueño de medio mundo, debió sufrir desde bien temprano —el primer ataque de gota fue en 1528—. Su vida, un constante ir y venir por toda Europa, a caballo o en litera, las batallas y los complejos conflictos que debió enfrentar, no hicieron sino agravar su situación. Tampoco su dieta ayudaba: se negaba a desterrar de su mesa la cerveza, el vino, las carnes, las especias o el pescado, y rechazaba violentamente la atención médica.

En una ocasión, ya avanzado de edad, se quejaba de que la comida había perdido todo el sabor y sospechó que habían eliminado las especias de las recetas. Su mayordomo, el barón de Montfalconet, se llevó una dura reprimenda por ello a lo que este contestó: “no se ya de qué medio valerme para complacer a V.M. a menos que no consiga componerle un nuevo guiso de relojes”.

Carlos se retiraba a Yuste dando paso a su hijo, cuya juventud y energías eran las que pedía la complicada situación política internacional. Pero también se retiraba para prepararse para la muerte. Carlos era profundamente religioso y esta idea de una muerte cercana llegó a ser obsesiva durante algunos períodos, especialmente en los últimos años. La decisión de abdicar llevaba implantada en su mente desde hacía muchos años, y así se lo había hecho saber a Borja —quien le visitó durante unos días en el monasterio cacereño— en el lejano año de 1542. Ahora se preparaba para morir bien, para poner en orden su conciencia antes de entregarlo todo.

A pesar del retiro y de lo apartado del monasterio, lo cierto es que Carlos no se desentendió del todo de sus responsabilidades políticas, llegando las noticias puntualmente cada semana —la línea de postas que llevaba correo a Portugal se había alterado para que pasase por Yuste una vez a la semana— en forma de cartas o con los visitantes que acudían a ver al emperador. De este modo se enteró de la victoria de San Quintín, de la pérdida de Calais, de los desmanes de los oficiales de la Casa de Contratación de Sevilla —que hizo perder los nervios al emperador, exigiéndole a su hija Juana, regente aquellos años, que los metiera en la mazmorra más oscura del castillo de Simancas— y de la aparición de dos focos protestantes en las dos ciudades más importantes de Castilla: Valladolid y Sevilla. Con ocasión de esto, vemos a Carlos pidiendo a su hijo que de facilidades a la Inquisición, que la apoye siempre, pues teme que incluso en estos reinos prenda la fiebre luterana.

Uno de los episodios más tristes que hubo de vivir, consecuencia de su política matrimonial, fue el rechazo de la infanta María de Portugal a su hermana Leonor. Había pedido la hermana del emperador que se le permitiera a su hija —aquella que hubo de abandonar al poco de nacer— dejar la corte portuguesa para trasladarse a vivir con ella los años que le quedaran. Carlos trabajó mucho para conseguirlo y desplegó todas sus armas diplomáticas hasta que el rey Juan III aceptó. Pero la muerte, que andaba muy activa aquellos años, decidió llevarse al rey y la promesa de María. Se acordaron unas vistas en la ciudad de Badajoz entre Leonor —acompañada por la siempre fiel María de Hungría— y su hija. Leonor disfrutó de su hija sólo unos días, entre el 28 de enero y el 4 de febrero de 1558, pues la infanta se negó rotundamente a vivir en Castilla con su madre; no podía olvidar la afrenta de haber sido la prometida del ahora rey Felipe II y que, en el último momento, se casara con María Tudor. No entraría en Castilla como doncella cuando debió haber entrado como reina.

La pena, el desgaste de tantos viajes y el asma acortaron los días de Leonor de manera tajante. Apenas le alcanzó la vida para llegar a Talaveruela (actual Talavera la Real), a escasos 20 kilómetros de Badajoz. Allí moría, en las casas de un hidalgo, sólo veinte días después de separarse de su hija: el 25 de febrero de 1558.

Por estas cosas del destino, que a veces parece querer decirnos más de lo que somos capaces de entender, aquella no sería la única pérdida de los Habsburgo aquel año. María de Hungría volvió a Yuste para acompañar a su hermano y consolarle de la pérdida de la hermana; allí fue convencida para que volviera a los Países Bajos y encargarse de nuevo de la gobernación pues Felipe debía volver a España. Muerto ya Carlos en septiembre, María de Hungría no le sobrevivió más que un mes, acabando sus días el 18 de octubre de aquel mismo año en Cigales. En tan sólo ocho meses desaparecían del mundo los tres hermanos.

Pero volvamos a Yuste, al mes de agosto de aquel fatídico año. Ya hemos contado como el paludismo, producido por un mosquito del género Anopheles, era endémico en la región. Aquel mes de agosto, tras unos días inusualmente fríos, volvió el calor y los habitantes de los pueblos circundantes comenzaron a enfermar. Hubo muertos en todos ellos, incluido el servicio de algunos de los hombres más cercanos al emperador aquellos días.

Carlos tenía una hermosa galería asomada sobre un estanque diseñado por Juanelo Turriano, y dormía en ocasiones con las piernas destapadas porque sufría prurito en las extremidades. Todo se conjuraba para acabar con el emperador. El 30 de agosto, tras haber comido en la galería, Carlos comenzó a sentir escalofríos seguidos de un episodio de fiebre alta. Comienzan entonces los partes médicos del galeno que le asistía, Enrique Mathis, y los peligrosos tratamientos que, más que curar, empeoraban al enfermo. Carlos se quejaba de una sed terrible, producida por la enfermedad, la fiebre y las purgas y sangrías a las que le sometían —le llegaron a extraer 400 c.c. de sangre—, pero se le había prescrito que no bebiera nada. Como el emperador pedía agua desesperadamente, se le daba de beber cerveza. La situación empieza a verse como irreversible.

Ante la tendencia que tenían los médicos de restar importancia a la gravedad de un enfermo real —ya lo vimos con la muerte de la emperatriz—, su mayordomo Luis de Quijada escribía a la regente Juana preocupado diciéndole: “siento que hay más peligro (…) de lo que los médicos escriben”.

El día 9 de septiembre Carlos dicta un codicilo a su último testamento. En él incluye la forma y el lugar en que quiere ser enterrado. Será allí, bajo el altar de la iglesia del monasterio, con medio cuerpo fuera de tal modo que, cuando se cante misa, el oficiante tenga los pies sobre su cabeza y su pecho. Se hará un retablo de alabastro y en él se pondrá la Gloria de Tiziano, a la que él llamaba El Juicio Final. A ambos lados del altar se harán dos figuras de bulto redondo, suya y de la emperatriz, envueltos en sendas sábanas, descalzos y arrodillados, rezando en dirección al altar —exactamente igual a como están representados en el lienzo de Tiziano—. Y lo más importante, dispone que sea trasladado el cuerpo de su mujer desde la capilla real de Granada para ser enterrado junto al suyo. Finalmente dispone que, en todo caso, se haga lo que su hijo Felipe considere más oportuno pero con la condición indispensable de que, en cualquier caso, Isabel esté siempre con él.

El día 17 de septiembre el doctor Mathis se abandona a la voluntad de Dios pues ve irreversible el estado de Carlos. Apenas toma algún bocado ya, está ofuscado y en ocasiones pierde la consciencia durante horas. Dos días después se le da la extremaunción.

El 21 de septiembre, pasadas las dos de la madrugada, Carlos pide que abran una cajita que le ha acompañado desde hace años. En ella guarda el crucifijo con el que murió Isabel de Portugal y una vela del monasterio de Montserrat. Los asistentes comienzan a rezar y el arzobispo de Toledo, Bartolomé Carranza —que terminaría siendo juzgado por la Inquisición por pronunciar palabras muy cercanas a la herejía en el lecho de muerte del emperador—, entona el De profundis. Luis de Quijada sostiene la mano de Carlos con la vela, pues no es capaz de hacerlo por sí mismo; con la otra, Carlos besa el crucifijo de Isabel y lo estrecha contra su pecho. A aquella hora Carlos V, el gran emperador, el rey de Castilla, de Aragón, de Valencia, del Nuevo Mundo, el señor de los Países Bajos, el duque de Borgoña se reúne para siempre con su mujer Isabel pronunciando: “Ay, Jesús”.

Y aquí termina nuestra historia, la de un hombre complejo, atormentado, oscuro, devoto, educado para un mundo que ya no existía, firme creyente en la palabra de caballero, que confió en la capacidad política de las mujeres de su familia y no dudó en darles altas responsabilidades. Carlos había tenido el mundo entre sus manos, había acorralado a un Papa, había obtenido clamorosas victorias y flagrantes derrotas, había amado profundamente a su mujer y visto como se perdía mucho de lo que por tanto había peleado. Quizás no sea un personaje simpático ni cercano, no es un brillante príncipe del Renacimiento entregado al arte y a las letras, sino un soldado recio y callado. Aun así, pocas vidas hay tan intensas y apasionantes como la suya.


http://www.rtve.es/television/20160125/carlos-v-no-murio-gota-murio-paludismo/1288680.shtml

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 Asunto: Re: 'Carlos, Emperador'; la serie
NotaPublicado: 23 Mar 2016 14:07 
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Estancias y viajes del Emperador

La emisión de la serie me llevó a leer "Estancias y viajes del Emperador Carlos V" de Manuel de Foronda, publicado en 1914 y que recoge exhaustivamente el día a día de Carlos I, como él mismo dice en su prólogo sólo le faltan 13 días que no ha podido localizar, de ahí he sacado unas estadísticas que voy a compartir aquí. He redondeado a meses porque por días me parecía muy farragoso, así que subo un resumen de sus estancias.

Carlos nació en Gante, Países Bajos el 24 de febrero (Foronda lo sitúa el día 25) de 1500 y murió en Yuste, España el 21 de septiembre de 1558, vivió 58 años y 7 meses, o sea 703 meses.

Los primeros 17 años y 7 meses los pasó en su tierra natal hasta que se embarcó para España.

El 23 de enero de 1516 muere su abuelo Fernando y hereda los tronos de las Españas (no pisará este país hasta 18 meses después), abdica los reinos de las Españas en Bruselas el 16 de enero de 1556, o sea que reinó casi 40 años (480 meses).

De todo el tiempo que duró su reinado estuvo en suelo español 192 meses, o sea, 16 años, además viviría en España sus dos últimos años ya abdicado, en total 18 años.

La estancia mas larga es España fue entre 1522 y 1529, 7 años (su boda y nacimiento de sus primeros hijos), la ausencia más larga fue de 13 años y 4 meses ya al final, había salido de España el 19 de mayo de 1543 todavía como rey y regresó ya abdicado el 28 de septiembre de 1556.

Recorrió casi todo el territorio español, pero donde mas tiempo estuvo "quieto" fue en Valladolid, 38 meses (3 años y 2 meses) en total, aunque la vez que mas tiempo seguido estuvo fueron 7 meses en 1527 y 1537.
En Toledo residió 2 años y 1 mes, entre 1525 y 1526 estuvo 10 meses casi "sin moverse" de allí. En Barcelona residió 18 meses, 17 meses estuvo en Madrid, 11 en Monzón, 10 en Zaragoza y 6 en Granada, en el resto de ciudades y pueblos fueron estancias cortas, excepto la de Yuste casi un año al final de su vida.

Sin contar sus primeros 17 años largos pasados en los Países Bajos, residirá allí en otras numerosas ocasiones ya como rey de España y Emperador, un total de 128 meses (10 años y 8 meses) con una estancia larga de 44 meses (más de 3 años) entre 1553 y 1556.

En Bruselas vivió 6 años en total, año y medio "quieto" entre 1554 y 1556.

El resto de su vida la pasó recorriendo sus extensos dominios y "batallando":

En territorio alemán 84 meses (7 años), donde mas residió fue en Augsburgo (2 años y medio en total) y Ratisbona año y medio, el resto de aquí para allá en muy diversas ciudades.

En Italia, que recorrió de punta a punta estuvo un total de 33 meses, 2 años y 9 meses, entre Nápoles, Sicilia, Roma, Milán, Bolonia etc. etc.

En Austria estuvo menos, sólo 11 meses en total.

También estuvo por Francia, reuniéndose con su "amigo" François un total de 8 meses en 1538, 1540 y 1544, en campaña en el Norte de África en dos ocasiones en 1535 y 1541 un total de 3 meses y en Inglaterra visitando a su tío Henry en 1520 y 1522 un par de meses en total.

De sus 58 años y medio de vida residió en España 18 años y en los Países Bajos 28 años y 3 meses, los otros 12 años recorriendo Europa.

Y esto es todo, espero que no resulte demasiado liado, no sé si me habré equivocado en algún cálculo o en las sumas y restas, espero que no, pero no es fácil atar cabos con este hombre. :wink:


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