Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

Nuevo tema Responder al tema  [ 29 mensajes ]  Ir a página 1, 2, 3  Siguiente
Autor Mensaje
 Asunto: ATHENAÏS DE MONTESPAN Y EL ASUNTO DE LOS VENENOS
NotaPublicado: 21 Feb 2008 17:41 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 20:47
Mensajes: 17073
Tema para explorar la historia de Athenaïs, madame Montespan, amante de Louis XIV, de quien tuvo ocho hijos legitimados por el padre y que acabó cayendo en desgracia a raíz del enrevesado "Affaire des Poisons" ("Asunto de los Venenos").

Todavía hoy, algunos forofos de la historia de ese período continúan practicando el ejercicio intelectual de dirimir hasta qué punto estaba realmente implicada Athenaïs en aquella sórdida historia que conmocionó no sólo a los franceses de su tiempo, sino a medio continente europeo...


Imagen
Retrato en el que se supone que aparece reflejada Athenaïs de Montespan, aunque la identificación sigue sometida a debate.


Última edición por Minnie el 22 Feb 2008 23:29, editado 1 vez en total

Arriba
 Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: 21 Feb 2008 18:19 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 20:47
Mensajes: 17073
Imagen
Louis XIV de Francia: "Après moi, le déluge".

La Francia de Louis XIV, a quien la Historia recuerda como "le Roi Soleil", tenía entre los temas de conversación preferidos de la gente dirimir quienes habiendo muerto en teoría por causa de alguna repentina enfermedad habían sido en realidad víctima de envenenamiento. El asesinato mediante el uso de los venenos constituía un asunto que se había puesto "de moda" en el reino desde la época, ya muy lejana, en que había aparecido en escena Catherine de Medici: se suponía que esa dama, esposa del duque Henri de Orleans, posteriormente delfín y más tarde rey bajo el nombre de Henri II, había sacado siempre excelente ventaja sobre sus rivales y enemigos gracias al manejo de venenos, una "tradición italiana" que ella habría "importado" a territorio galo.

Las defunciones prematuras suscitaban con elevada frecuencia rumores acerca de que tal o cual persona habían empleado con liberalidad arsénico, antimonio o quizá "agua tofana", un compuesto de origen siciliano que mezclaba arsénico con plomo y tal vez belladona. Los médicos de entonces buscaban contínuamente antídotos eficaces contra esos venenos que se aseguraba que se usaban con excesiva frecuencia, en especial entre las clases más elevadas de la sociedad. Pese a los experimentos que a menudo se llevaban a cabo con prisioneros, que debían probar venenos reales y después supuestos antídotos, con el pacto establecido de antemano de que si sobrevivían obtendrían a cambio de su colaboración la conmutación de sus penas, no se avanzaba gran cosa en la materia.

En ese clima general de suspicacias y temores, provocó gran revuelo el fallecimiento, acaecido el treinta de junio de 1670, de Henriette Anne Stuart, princesa de Inglaterra y Escocia por nacimiento, duquesa de Orleans a partir de su matrimonio con el único hermano de Louis XIV, Philippe.

Imagen
Henriette Marie "Minette", princesa inglesa, duquesa de Orleans.

Justo dos semanas más tarde de que la egregia dama hubiese participado, con entusiasmo, en la ceremonia de firma del Tratado Secreto de Dover, una alianza defensiva a la vez que ofensiva culminada por el rey Charles II de Inglaterra (adorado hermano de la señora) y el rey Louis XIV (estimado cuñado que incluso había estado enamorado de ella en un momento concreto), Minette había perecido en el palacio de Saint-Cloud al cabo de una prolongada agonía. Se informó de que Minette había sucumbido a una peritonitis, consecuencia de una úlcera que se había perforado; pero la gente, en los salones, en las tabernas y en las calles, prefería dar por cierto que alguien había añadido veneno a una jarra de agua aromatizada con chicórea que ella había tomado tras darse un baño en el Sena con sus damas preferidas, justo antes de caer postrada en cama con terribles dolores. En última instancia, se señalaba con dedo acusador al amante favorito del duque Philippe de Orleans, el gallardo chevalier de Lorraine al que Minette había conseguido alejar de su entorno doméstico.

La cuestión llevó al rey Louis XIV a solicitar al brillante jefe de policía Nicolás Gabriel de La Reynie que iniciase una investigación secreta, porque el soberano respaldaba la versión oficial acerca del fallecimiento de su cuñada Minette pero, a la vez, deseaba estar al tanto de cualquier elemento extraño que hubiese podido intervenir en el deceso. Nicolás Gabriel de La Reynie no llegó -que se sepa- a encontrar indicios de envenenamiento de la princesa-duquesa, pero en cambio, seis años después, su concienzuda investigación le llevó a detectar una peligrosísima envenenadora en serie: la marquesa de Brinvilliers.


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: 21 Feb 2008 19:09 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 20:47
Mensajes: 17073
Antes de meternos de lleno en el asunto Brinvilliers, que marcaría un punto de inflexión en la vida de nuestra protagonista Athenaïs de Montespan,se hace necesario reconstruír la biografía de ésta hasta ese año 1676.

Louis XIV había sido, en su momento, un mozo bastante agraciado que sentía, como cualquiera, las pulsiones básicas hacia el amor y la sensualidad. En su juventud, había iniciado un fogoso cortejo hacia la bella Olympe Mancini, una de las sobrinas protegidas por el hombre que manejaba los hilos del poder desde detrás del trono: el cardenal Jules Mazarin. Pero Olympe, que disfrutaba de su posición en el círculo de damas de la reina madre Anne de Austria (viuda de Louis XIII, madre de Louis XIV y de Philippe de Orleans) sabía que de su virginidad dependía obtener un brillante matrimonio, de modo que no aceptó los avances de Louis. A su debido tiempo, ella se casó con Eugène-Maurice de Savoie-Carignan, conde de Soissons.

Imagen
Olympe Mancini, condesa de Soissons.

Una vez que había alcanzado su propósito de "casarse bien casada", la condesa Olympe no hubiera tenido inconveniente en ceder a la pasión de Louis; pero ésta, para entonces, parecía absolutamente prendado de una de las hermanas de ella, Marie Mancini.

Imagen
Marie Mancini.

El idilio puramente platónico de Louis con Marie Mancini puso en un brete a Anne de Austria y a Jules Mazarin a partir del momento en que el rey manifestó su voluntad de casarse con la muchacha. Había en curso otro proyecto nupcial que respondía perfectamente a los intereses dinásticos y las conveniencias políticas del momento: se suponía que Louis debía unirse a la infanta española María Teresa, cuyo padre, el rey Felipe IV, era hermano de la reina madre Anne de Francia.

Imagen
La infanta María Teresa.

A fín de que el "capricho" de Louis no desbaratase los planes cuidadosamente trazados, Anne de Austria exhortó a Jules Mazarin a que alejase de la corte a Marie. La llorosa muchacha fue enviada, en compañía de sus hermanas menores Hortense y Marianne, a una fortaleza situada de La Rochelle. Louis, por supuesto, acabó cumpliendo su deber de desposar a su prima la infanta, que ni era guapa ni estilosa, sino una muchacha anodina, reflexiva, recatada y piadosa.

Mientras Louis se acostumbraba a la idea de tener por consorte a aquella María Teresa que apenas lograba inspirarle un tibio afecto, Marie Mancini languidecía de amor en La Rochelle. Todavía confiaba en que su Louis la haría volver a la corte, para sostener en el tiempo su hermoso romance. Pero en ese instante, Olympe volvió a insinuarse a Louis, que quizá pensó que le venía mejor una aventura erótica apasionada con la condesa de Soissons que un idilio puramente espiritual con la lejana Mademoiselle Mancini. Louis y Olympe se fueron juntos a la cama, algo que ella no tardó en restregarle por las narices a su hermana Marie mediante una carta. Desolada, Marie se preparó para marchar a Italia ya que, entre tanto, la habían comprometido, sin pedirle su opinión, con el príncipe Lorenzo Colonna.

Sin embargo, la relación carnal de Louis y Olympe no se prolongó. El rey enseguida dejó de lado a la condesa, para empezar a bailarle el agua a la esposa de su hermano Philippe duque de Orleans, la duquesa Minette. Aunque Olympe no se quedó llorando en un rincón ni lamiéndose las heridas inflingidas a su orgullo, sino que enseguida inició otra tórrida historia con el atractivo y malioso marqués de Vardes, conservaría desde entonces una notable animadversión hacia Minette de Orleans. Muchos autores creen que fue Olympe la que se las arregló para dirigir la atención de Louis hacia una de las damas de compañía de Minette, Louise de La Baume. Louise, una doncella bastante candorosa, casi una tierna paloma en la corte francesa, atrajo a Louis precisamente debido a esa ingenua dulzura que irradiaba. Para desasosiego de Minette y de la propia Olympe, que sólo había querido enredar un poquito las cosas, Louise de La Baume se convertiría en la amante predilecta de Louis durante años, su primera maîtresse en titre.

Las rivalidad de Olympe hacia Minette no acabó ahí. El amante de Olympe, Vardes, había expandido una serie de rumores según los cuales Minnette se escribía en secreto con el conde de Guiche para desquitarse por el hecho de que el marido, Philippe de Orleans, exhibía su apasionado amor por el guapo chevalier Philippe de Lorraine. Teniendo que cerrarle la boca a Vardes, Minette no se paró en barras: persuadió a su hermano Charles II de Inglaterra de que la ayudase a convencer a Louis XIV de que el marqués estaba implicado en una serie de tramas políticas. Vardes acabó encerrado en La Bastilla, algo que, por supuesto, hizo subir como la espuma el odio de Olympe por Minette. La condesa de Soissons se tomó su venganza en dos frentes: por un lado ella se encargó de comunicarle a Louis que Minette "se entendía por carta" con Guiche, algo que, añadió, sabía Louise de La Baume pero ésta se había guardado para su coleto. Louis se enfadó considerablemente con Minette, pero aún más con su amante Louise de La Baume, que llegó a huír de su lado y buscar refugio en un convento por espacio de varias semanas.

Si nos hemos detenido tanto en Olympe, es para dejar sentado que se trataba de una intrigante bastante peligrosa. Sus tejemanejes, al final, no provocaron la desgracia de Louise de La Baume, que volvió a ocupar su posición privilegiada en el entorno del rey Louis, el cual la elevó al rango de duquesa de La Vallière.

Imagen
Louise, duquesa de La Vallière.

Louise fue, se mire por dónde se mire, una amante real "atípica". Su sencillez, su modestia, su sentido del decoro y sus principios religiosos le impidieron disfrutar de tan destacada posición. Experimentaba vergüenza por mantener relaciones íntimas con un hombre casado, de forma que también la torturaban los remordimientos acerca del daño que ella causaba sin quererlo a la reina María Teresa. Sufría por el nacimiento de sus hijos bastardos, si bien a los menores les legitimó el rey después de que hubiese muerto la reina madre, Anne de Austria. También padecía cuando Louis se entretenía con otras queridas de ocasión (y hubo unas cuántas), porque ella le amaba sinceramente (caso raro: amaba al hombre, no sacaba ventaja de que el hombre fuese un poderoso monarca).

Al final, la historia tuvo un curioso desenlace. Louis "se extravió por completo" en brazos de una mujer más vivaz, más ambiciosa y menos escrupulosa que Louise de La Vallière: François Athenaïs de Rochechouart de Mortemart, marquise de Montespan. Louise, destrozada por tener que compartir a su amante con esa recien ascendida a maîtresse, tomó una decisión que a muchos les pareció melodramática: solicitó de rodillas perdón a la reina por el mal que le había hecho, en términos tan conmovedores que la soberana apenas logró contener el llanto, para a continuación ingresar en calidad de religiosa en un convento de carmelitas parisino. La marcha de la duquesa de La Vallière a su recinto religioso, en el que probaría su arrepentimiento con una notable devoción, dejó el camino libre para nuestra protagonista: Athenaïs de Montespan.


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: 21 Feb 2008 20:16 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 20:47
Mensajes: 17073
Imagen
La resplandeciente Athenaïs.

Athenaïs había nacido hija del duque Gabriel de Montemart y la esposa de éste, Diane de Grandseigne. Al igual que que sus hermano Louis-Victor, sus hermanas mayores Gabrielle y Marie Christine y la hermana cinco años menor, Marie Madeleine, Athenaïs tuvo la fortuna de que los padres le proporcionaron una excelente educación en un recoleto convento de Saintes. Cuando la joven Athenaïs completó su etapa conventual, su tía paterna, Anne Rochechouart de Mortemart, una de las damas preferidas de la reina Anne de Austria, le buscó una buena colocación en la corte del Roi Soleil. En concreto, al igual que había ocurrido años antes con Louise de La Baume, posterior duquesa de La Vallière, Athenaïs fue asignada al servicio de Minette, duquesa de Orleans.

Cuando la hermana pequeña de Athenaïs, Marie Madeleine, llegó a su debido tiempo a la corte, se hizo evidente el contraste de personalidades entre las jóvenes Rochechouart de Montemart. Marie Madeleine, una auténtica belleza, había empleado su formidable inteligencia en adquirir una erudición sorprendente: manejaba con fluidez diversos idiomas, incluyendo lenguas muertas, aparte de mostrar fascinación por la filosofía y la teología. La joven reina María Teresa, al igual que su suegra Anne de Austria, se quedaron impresionadísimas por la amplísima cultura que rebosaba de Marie Madeleine. En tanto que Athenaïs manifestaba un sano interés por los entretenimientos mundanos y aspiraba a lograr un matrimonio ventajoso, Marie Madeleine hizo saber que deseaba apartarse del mundo para tomar los velos de religiosa. Así, Marie Madeleine entró a formar parte de la comunidad de monjas del monasterio llamado Notre-Dame-du-Bois, en Saint-Evroult, casi un año después de que Athenaïs se casase con Louis Henri de Pardaillan de Gondrin, marqués de Montespan.

Es curioso que pese a la diferencia de carácter y aspiraciones de ambas, Athenaïs siempre manifestase mayor unión afectiva con Marie Madeleine que con las hermanas que la superaban en edad, Gabrielle, de casada condesa de Thianges, y Marie Christine, que falleció soltera. Ya marquesa de Montespan, Athenaïs solía escribir a Marie Madeleine mientras ésta se hallaba en Saint-Evroult y más tarde, al verse trasladada la monja erudita a una abadía de Poissy. Sin embargo, el camino que tomó Athenaïs difícilmente podía aceptarlo con complacencia su piadosa hermana: después de tener una niña bautizada Marie Christine (en honor a la otra hermana muerta) y un niño a quien se otorgó el nombre de Louis Antoine, la marquesa de Montespan no ocultó que estaba hasta la mismísima coronilla de su marido, un aristócrata de escaso realengo, que gastaba más de lo que tenía, se endeudaba hasta límites inconcebibles y se encontraba con causas judiciales abiertas por sus acreedores.

Imagen
Athenaïs y Cupido, el travieso diosecillo del carcaj y las flechas.

La solución que encontró la guapa Athenaïs a su insatisfactorio matrimonio fue buscarse un amante...pero no un amante cualquiera, sino el más apetecible de Francia: el rey Louis. A ojos del monarca, Athenaïs resultaba un absoluto contraste con Louise de La Vallière. Louise, una criatura espiritual, delicada y gentil, no podía ofrecerle ya nada nuevo, mientras que Athenaïs apareció hermosa pero sobre todo ingeniosa, capaz de poner en marcha numerosas ocurrencias que divertían a Su Majestad. La cuestión se solventó con Louise de La Vallière recluyéndose en un convento, en el que a menudo la visitaría la esposa de Louis, María Teresa, en tanto que Athenaïs se instalaba en la corte en calidad de rutilante maîtresse en titre.

Sorprendentemente, el mediocre marido de Athenaïs no se tomó con filosófica resignación el hecho de que su mujer le abandonase por el soberano. Haciendo gala de un orgullo y una temeridad que nadie le hubiese atribuído, el hombre organizó un bonito escándalo en plena corte congregada en Saint-Germain-en-Laye: sin que le temblase la voz, denunció la inmoralidad del rey y de la nueva querida. Cuando le conminaron a irse, lo hizo, pero se paseaba de un lado a otro en una carroza en cuyas portezuelas mandó estampar unos grandes cuernos, en símbolo de protesta que le mereció bastante simpatía popular. La abochornada Athenaïs persuadió al enojado Louis XIV de que ordenase confinar a Louis Henri de Pardaillan de Gondrin en el célebre Fort-l´Éveque; cuando supusieron que el tipo se habría calmado, le devolvieron la libertad pero con una carta de exilio a sus propiedades meridionales.

Tras resolver ese trámite de sacarse de enmedio a un esposo que había manifestado mayor dignidad personal de la esperada, Athenaïs se dispuso a disfrutar de su rango en la corte. En los años siguientes, Athenaïs ejerció un papel casi de reina en el castillo de Clagny, que Louis había mandado construír para ella en Versailles; allí fueron naciendo siete hijos, de los cuales cuatro sobrevivirían a la infancia: Louis Auguste de Bourbon, duque de Maine; Louise Françoise de Bourbon, Mademoiselle de Nantes; Françoise Marie de Bourbon, Mademoiselle de Blois y Louis Alexandre de Bourbon, conde de Toulouse. Athenaïs, que no se había implicado en la crianza de los dos hijos que había tenido con el marqués de Montespan, delegó en gran medida la crianza de los hijos bastardos pero legitimados del rey Louis en una dama que parecía parangón de virtudes: Françoise d’Aubigné, a la sazón Madame Scarron.

Imagen
Athenaïs con sus hijos.

Obviamente, Athenaïs no podía permitirse el lujo de distraerse ni un minuto de su principal objetivo vital: mantener en el tiempo el enamoramiento de Louis. Cautivar a un hombre puede resultar cien mil veces más fácil que retenerle a través de los años. Athenaïs cerraba los ojos, inteligentemente, ante las "canitas al aire" que él se permitía y que solían coincidir con los períodos en que ella se hallaba en avanzado estado de gestación o recien parida. Sin embargo, vivía aterrorizada ante la posibilidad de que surgiese una dama lo bastante atrayente y audaz para desplazarla del modo en que ella misma había desplazado, anteriormente, a Louise de La Vallière.

Los miedos de Athenaïs cobraron forma en el año 1678, cuando el rey se prendó de una protegida de Madame de Montespan: Marie Angélique de Scoraille de Roussille.


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: 21 Feb 2008 21:21 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 20:47
Mensajes: 17073
Y ahora que hemos conocido la trayectoria de Athenaïs de Montespan, retrocedemos a un año concreto: 1672. Faltan seis años para que Marie Angélique de Scoraille de Roussille capture el corazón de Louis XIV: de momento, Athenaïs parece destinada a conservar a perpetuidad la tan preciada condición de amante oficial de Su Majestad. La corte gira en torno a ella, que no se cansa de representar el papel de gran dama (sin considerar para nada los sentimientos de la reina María Teresa, que se lamenta con amargura porque al menos Louise de La Vallière había tenido vergüenza mientras que Athenaïs de Montespan no la tiene) ni de mecenas de artistas.

Sin embargo, en el año 1672 se produce un acontecimiento que significa el principio del fín. El veterano jefe de policía Nicolás Gabriel de La Reynie, que llevaba casi seis años buscando casos de envenenamiento dentro del marco de la investigación que le había encomendado el monarca, se halla de pronto en el mes de agosto con una muerte en circunstancias extrañas: la del oficial de caballería Godin de Sainte-Croix, entre cuyos entretenimientos más notables habían figurado la práctica de la alquimia y la elaboración de venenos. Cuando la policía registra la casa de Godin, en la que éste había fallecido al parecer probando en persona un nuevo tipo de veneno para poder descubrir si funcionaba el antídoto, se encontraron no sólo docenas de frasquitos repletos de sustancias letales sino un cofre con una carta misteriosa, en la cual se indicaba que debía entregarse a la marquesa de Brinvilliers en el supuesto de que el firmante de la misiva, Sainte-Croix, falleciese antes que ella. La arquilla fue abierta y resultó que contenía una serie de papeles que inculpaban a la marquesa de Brinvilliers, amante de Sainte-Croix, en una serie de muertes por envenamiento.

Nicolás de La Reynie se quedó literalmente de piedra al descifrar la historia. Marie Madeleine Dreux d'Aubray, la presunta criminal, formaba parte de un grupo de aristócratas que gozaban de excelente reputación y por derivación un considerable prestigio social. Su padre, Antoine Dreux d'Aubray, había estado al mando del Châtelet de París durante los turbulentos tiempos de la Fronda; por su lealtad a la corona, se le había designado Secretario de Estado. Marie Madeleine, de figura menuda pero sumamente grácil, con un cabello rubio en torno al rostro en el que refulgían los ojos de un azul claro, se había casado, ventajosamente, con Antoine Gobelin, marqués de Brinvilliers, que comandaba el regimiento de Normandía, uno de los más destacados de la armada real francesa. Hasta ahí, todo entraba dentro de una exquisita normalidad. Incluso se podía considerar normal, en los parámetros de entonces, el hecho de que Marie Madeleine hubiese sucumbido pronto a un enamoramiento hacia uno de los oficiales de caballería que conoció gracias al cargo de su esposo Brinvilliers: Godin de Sainte-Croix. Esos asuntillos, si se manejaban con cierta discreción, se toleraban ampliamente en los círculos de la nobleza. Sin embargo, a Brinvilliers no le hizo ninguna gracia descubrir que su mujer se entendía con el capitán de caballería y se lo comunicó a su suegro, el Secretario de Estado. Dreux d´Aubray, humillado por la revelación de su yerno respecto a la inmoralidad de su hija, tomó cartas en el asunto de manera bastante expeditiva: se las apañó para que el amante de la muchacha recibiese una "carte de cachet" que le llevaría directo a una mazmorra en La Bastilla.

Y ahí empezó todo. Marie Madeleine se enfureció con su padre, en su mente empezó a tomar forma la idea de que le convenía eliminarle. En La Bastilla, Godin de Sainte-Croix coincidió con el envenenador italiano Exili: el oficial de caballería había desarrollado un gran interés por la alquimia, pero ahora, con su compañero de celda, descubrió todo lo que había que saber acerca de la preparación de venenos que mataban sin dejar huella. Cuando Sainte-Croix abandonó la prisión, sus conocimientos en la materia habían alcanzado un elevadísimo nivel. Pronto se reencontró con Marie Madeleine, que juzgó muy útil la preparación adquirida por su amante.

Parece probable que la marquesa de Brinvilliers probase algunos de los venenos elaborados por Godin Sainte-Croix con los enfermos a los que visitaba en hospitales, representando un falso papel de ángel compasivo y misericordioso. También se sugiere que pudo haberlos probado al menos con una de sus doncellas, Francoise Roussel: el hecho de que la criada sobreviviera a la ingesta, demostró que había que fortalecer el preparado. Cuando dispusieron de un veneno absolutamente fiable, Marie Madeleine pasó a la acción. Le constaba que su padre, fatigado por el duro trabajo, se había tomado unos meses de descanso en su castillo de Offemont. En un arrebato de amor filial, se presentó para "atender y cuidar" a su "bon père" (desde luego el padre la consideraba arrepentida de su pasado adulterio con Godin, e ignoraba que los dos volvían a estar juntos a espaldas del marqués de Brinvilliers). En ocho meses, Marie Madeleine proporcionó a su padre unas treinta dosis de arsénico, que fueron debilitándole paulatinamente, hasta provocar la muerte.

La mujer no se contentó con eso. Una vez que el padre ya no constituía un obstáculo en su vida, pensó que sus hermanos y su hermana tampoco debían llevarse cada uno su parte de herencia porque le apetecía quedársela entera. Puede que hubiese otra razón para que decidiese matar a sus hermanos: ellos habían mantenido relaciones sexuales con ella cuando no pasaba de siete añitos de edad, un abuso evidente que quizá la marcó de por vida. En cualquier caso, su hermana no le había provocado ningún daño y sin embargo corrió la misma suerte. Los envenenamientos se llevaron a cabo gracias a la cooperación del lacayo de Marie Madeleine, La Chaussée, en 1672. Aunque las muertes consecutivas despertaron algunas sospechas, no había evidencias, menos aún pruebas.

El gusto por asesinar guió los siguientes pasos de la marquesa. Se decidió a matar a su pequeña hija, nacida del matrimonio, una chiquilla a la que juzgaba idiota e insoportable en general. Luego, empezó a envenenar sistemáticamente a su marido, Brinvilliers. En ese punto, Godin de Sainte-Croix se asustó porque su amante le dijo que en cuanto falleciese el marqués, ella, una mujer riquísima, se casaría con él. Aunque Godin había participado en los asesinatos, no tenía ganas de acabar casado con una mujer que veía que le superaba en perversidad. Así, mientras Marie Madeleine se empeñaba en suministrar veneno a Brinvilliers, Godin convencía a La Chaussée para que al mismo ritmo fuese proporcionándole dosis de antídoto al pobre hombre. Brinvilliers sobrevivió, pero su sistema digestivo quedó destrozado de por vida (para entonces, sospechaba de su mujer, sin embargo sus pesquisas no le permitieron averigüar nada provechoso).

La muerte accidental mientras probaba antídotos de Godin de Sainte-Croix puso en inminente peligro a Marie Madeleine y su lacayo La Chaussée. Al encontrarse La Reynie los documentos que comprometían por entero a la marquesa y al criado, el marqués de Brinvilliers -rápidamente informado- presentó la oportuna denuncia. Marie Madeleine emprendió una rápida huída hacia Lieja, en Bélgica, dónde esperaba hallar refugio en un convento, en tanto que La Chaussée se encontraba detenido de repente. Informado de ese caso horripilante, Louis XIV dictó una orden de búsquea y captura sobre Marie Madeleine estuviese en el país o fuera de él. Agentes franceses se dirigieron a Lieja, entraron en el convento, detuvieron a la aterrorizada marquesa de Brinvilliers y se la llevaron consigo de vuelta a Francia.


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: 21 Feb 2008 21:49 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 20:47
Mensajes: 17073
El proceso judicial que se abrió contra Marie Madeleine marquesa de Brinvilliers fue absolutamente sensacional en la Francia de 1676. La corte y la sociedad en su conjunto estaban conmocionadas por ese descubrimiento del verdadero rostro de aquella aristócrata de aspecto angelical. Todos se hacían lenguas acerca de la detención de la acusada, los interrogatorios (bajo tortura) en prisión y la subsiguiente comparencencia ante el tribunal que la condenó a morir decapitada, luego quemada en la hoguera, para que sus cenizas se esparciese al viento.


Imagen
Marie de Rabutin-Chantal, marquesa de Sévigné.

Una de las damas más notables de la corte de Versailles, Marie de Rabutin-Chantal, marquesa de Sévigné, dejó constancia en su magnífica colección de cartas dirigidas a su hija Françoise, que residía en la lejana Provenza con el marido, de la profunda convulsión que había originado el asunto Brinvilliers. En principio, el asunto pareció zanjarse cuando la dama criminal fue finalmente ejecutada el diecisiete de julio de 1676. Sus cenizas flotaron por los aires y, como declararía en un alarde de ingenio Madame de Sévigné, "así ahora la respiramos todos".

Pero Nicolás de La Reynie estaba convencido de que había muchos otros casos ocultos bajo la capa de la respetabilidad social. Un día se presentó ante el jefe de policía un joven abogado, de aspecto y modales irreprochables, que le relató una extraña historia. Por puro azar, declaró, había asistido a una comida en casa de una tal Madame Vigoreux, que se había labrado, por cierto, una reputación más que dudosa. En la comida no sólo se sirvió una variedad de platos, sino que fluyó el vino a raudales: la bebida hizo que una de las asistentes, Madame Bosse, soltase la lengua a paseo, alardeando de que gracias a la cantidad de duquesas y princesas que buscaban venenos, haría una fortuna en poco tiempo. Por extravagante que sonase el cuento del abogado, el avezado jefe de policía decidió hacer una prueba: pidió a una dama de su confianza que visitase a Madame Bosse, haciéndose pasar por una mujer de alcurnia que podía adquirir a buen precio un frasquito de veneno para librarse de un marido que la afligía cruelmente. El truco funcionó: Madame Bosse aceptó la transación que le proponía la desconocida, corroborando así el relato del abogado. La Reynie no perdió ni un minuto en ordenar el arresto de Madame Vigoreux y Madame Bosse, que se encontraban juntas, así como de los tres hijos (un varón, dos féminas) de la primera.

Los detenidos fueron conducidos a una fortaleza medieval: Vincennes. No hizo falta amenazarles con la tortura ni torturarles para que empezasen a hablar por los codos: se dieron cuenta de que si colaboraban desde el principio, se ahorrarían mucho sufrimiento. Las dos mujeres, Vigoreux y Bosse, afirmaron ser adivinas de futuros ajenos; contaron que había cientos de personas en la capital que se dedicaban a mercadear con profecías, afrodisíacos e incluso venenos. A la hora de dar nombres, Marie Bosse aludió repetidamente a LaVoisin (Catherine Deshayes, viuda Montvoisin) y a Madame de Poulaillon. A Nicolás de La Reynie se le pusieron los pelos como escarpias: Madame de Poulaillon pertenecía a una distinguidísima familia, habiendo sido encerrada en un convento en fechas recientes porque su marido la acusaba de intentar envenenarle; LaVoisin gozaba de una gran fama, y se decía que la habían visitado la mitad de las damas de Versailles.

Después de la extensa y prolija reunión con las detenidas, La Reynie no encontró otra opción a no ser presentarse al ministro Louvois e informarle de lo que se estaba averigüando, para que se lo comunicase a Louis XIV. Louis XIV decidió que esa historia no podía ponerse en manos del Parlamento, para que condujese un proceso. En cambio, instituyó de nuevo una especie de tribunal especialísimo que había habido siglos atrás, en la época de las luchas de religión. Se denominaba la Chambre Ardente, la Cámara Ardiente.


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: 21 Feb 2008 22:40 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 20:47
Mensajes: 17073
Por supuesto, Louis XIV no tenía ni la menor idea de lo que íba a tener que dirimir la Chambre Ardente. A su frente, se puso a Monsieur de Compans, que enseguida escogió para asistirle a dos célebres magistrados: el barón de Breteuil y el señor d'Ormesson. Su primera reunión, a puerta cerrada, se produciría el diez de abril de 1679.

Y ahora hay que retroceder en el tiempo de nuevo. La ejecución de Brinvilliers, que había sacudido a los miembros de la buena sociedad, se había producido en 1676. La detención de Madame Vigoreux y Madame Bosse, que habría de servir de preámbulo a la reunión de La Reynie con Louvois, se produjo en primer trimestre de 1679, al igual que la decisión de Louis XIV de recrear la Chambre Ardente.

Pero entre 1676 y 1678, tenemos que devolverle la atención a Athenais y narrar la historia de Marie Angélique de Scoraille de Roussillentre, para comprender cabalmente lo que viene a continuación.

Imagen
Athenaïs.

Como habíamos anticipado, el gran temor de Athenaïs provenía de pensar que, a lo peor, cualquier día Louis XIV podía encontrar más deseable y digna de amor a otra mujer. A fín de cuentas, la pasión inicial se había entibiado con el transcurso del tiempo y a la corte llegaban constantemente muchachas que mostraban la espléndida lozanía de la primera juventud. El rey no se distinguía por su sentido de la fidelidad, desde los ya remotos tiempos en que había prometido amor eterno a Marie Mancini (juramento quebrantado en cuanto les separaron). Athenaïs ni siquiera tenía a su favor el hecho de haber proporcionado varios hijos a su amante que sirviesen de nexo de unión: lo mismo había ofrecido Louise de La Vallière, pero eso no la había ayudado a conservar el interés de Louis XIV.

A la postre, los miedos de Athenaïs encontraron confirmación en una muchacha llamada Marie Angélique de Scoraille de Roussillentre. Marie Angelique había aparecido en Versailles a mediados de octubre de 1678, presentada por el meridional barón de Peyre, un primo del padre de la joven, el conde de Roussilles, que ocupaba, con dignidad, el cargo de teniente del rey en Auvernia desde su castillo de Cropières. La belleza, la finura y los buenos antecedentes de Angélique le sirvieron para encontrar un puesto entre las numerosas damas de honor de la segunda esposa de Philippe duque de Orleans, quien, muerta Minette, se había casado con Charlotte Elisabeth, dite Liselotte, von der Palfz.

Imagen
Liselotte, princesa palatina, segunda duquesa de Orleans.

Aunque Louis no tributaba a su cuñada Liselotte la misma clase de adoración ferviente que había ofrecido a Minette, existía una relación cordial y afectuosa que incluía numerosos encuentros. Esa cercanía permitió que un día Louis descubriese, en el séquito de Liselotte, a Angélique, que le dejó embelesado con su belleza sin mácula:

Imagen
Angélique.

La muchacha auvernesa, cortejada por el maduro rey, no se resistió apenas. Casi de inmediato, iniciaron una relación que, sin embargo, se mantuvo envuelta en una cuidadosa discreción al principio. Athenaïs ni siquiera se preocupó, en ese momento inicial. Si Louis prefería no exhibirse con Angélique, pensaba que se debía a que la chica no representaba para él nada excepto un simple entretenimiento. Además, si bien a Athenaïs le constaba la hermosura de Angélique, también le constaba que esa belleza no se acompañaba de inteligencia ni de ingenio: estaba claro que enseguida aburriría a Louis fuera de la cama y, luego, hasta la cama dejaría de ser importante para él.

En la primavera de 1679, sin embargo, más o menos para cuando se había constituído la Chambre Ardente, la flamante relación del monarca emergió de la clandestinidad a la luz pública. Marie Angélique estaba "enceinte" y el rey pensaba recompensarla con "largesse": se le destinó un rico conjunto de aposentos, se le otorgó una elevada pensión (ochenta mil libras anuales...) y en última instancia se le ofreció el título de duquesa de Fontanges. Para entonces, Athenaïs ya no se permitía el lujo de subestimar a Angélique de Fontanges. La "guerra de las favoritas" había empezado.

Mientras en Versailles se cruzaban apuestas (unos por la Montespan, otros por la Fontanges), los acontecimientos se desarrollaron en contra de la pobre Angélique: a los siete meses de embarazo, alumbró un niño que nació para morir enseguida. El parto la dejó tremendamente debilitada: las incesantes hemorragias de sangre (que mantenían alejado al rey) acabaron combinándose al cabo de unos meses con un "mal de los pulmones", al punto de que escupía sangre y pus por la boca. Dado que Louis odiaba la enfermedad, no dedicó especial atención a la desesperada chica de menos de veinte años, que se marchó de Versailles para ingresar en el convento de Port Royal. Allí, aquejada de pleuresía, fallecería en la noche del veintisiete al veintiocho de junio de 1681. Enseguida empezaron a expandirse malévolos rumores, en el sentido de que no había muerto por causas naturales sino debido a que la había mandado envenenar Athenaïs de Montespan...


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: 21 Feb 2008 23:28 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 20:47
Mensajes: 17073
Y, la verdad sea dicha, era el peor de los momentos históricos para que a una la relacionasen, aunque se tratase de un simple boca a boca, con algo llamado "venenos".

La Chambre Ardente estaba en pleno funcionamiento desde abril de 1679. Por supuesto, se había detenido casi de inmediato a LaVoisin, tan citada en sus declaraciones por las prisioneras Madame Vigoreux y Madame Bosse. Simultáneamente, se había registrado en profundidad la vivienda de Madame Bosse, dónde se habían descubierto arsénico, cantáridas, trozos de una triturados...un sinnúmero de potingues con propiedades afrodisíacas (se suponía) y otros con la capacidad de matar (sin dejar rastro). La Chambre decidió que se hacía necesario un careo entre Madame Marie Bosse y Madame Catherine LaVoisin, para determinar quien era la gran criminal en aquella trama. En el curso del careo, Madame Bosse acusó con rotundidada a Madame LaVoisin de haber asesinado (con veneno) a su difunto marido, así como de haber proporcionado los medios (veneno) para quitarse de enmedio a los esposos de Madame Dreux y Madame Leféron.

La revelación cayó como una bomba. Hasta ese momento, lo que había en realidad era una serie de detenciones de gente de baja estofa y peor reputación (la Vigoreux, la Bosse, la LaVoisin con su amante "mago" Lesage...) pero ahora se apuntaba bastante más alto: Madame Dreux se contaba entre los familiares (prima) de uno de los magistrados de la Chambre Ardente, d´Ormesson, a quien no le hizo ninguna gracia que se indicase que su parienta había mandado matar a su marido para, viuda, consolarse en brazos del duque de Richelieu, a cuyas otras queridas planeaba también eliminar, pero, aparte, Madame Leféron se habría librado de un esposo que había pertenecido al Parlamento para casarse con el hombre con quien mantenía una relación adúltera. En resumen: que ya se cuestionaba a damas significativas, lo que representaba un escándalo monumental.

Obviamente hubo que mandar detener a esas mujeres, que no resistieron la atmósfera ominosa y lúgubre de los calabozos de Vincennes. La serie de "confesiones" arrojaron una ristra de nombres de los que figuraban en Versailles: la vizcondesa Polignac, la condesa du Roure, la condesa de Gramont, el conde de Cressac, el conde de Clermont-Tonnerre, la duquesa de Vitry, la duquesa de Angouleme (prima de Su Majestad)...Las cosas se ponían más y más feas a cada día que pasaba. Los jueces de la Chambre Ardente ya estaban, pensaban ellos, curados de espanto, cuando se citó a cuatro mujeres particularmente interesantes: la duquesa de Vivonne, nacida Antoinette de Mesmes, que era la esposa de Louis-Victor, único hermano varón de Athenaïs de Montespan, y, peor aún, la doncella de confianza de Athenaïs, Claude de Vin des Oeillets; pero también dos de las hermanas Mancini, la famosa Olympia (de la que hemos hablado largo y tendido al analizar la vida amorosa de Louis) y Marie Anna, por matrimonio duquesa de Bouillon.

Imagen
Marie Anna Mancini, otra de las famosas hermanas Mancini.


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: 22 Feb 2008 00:24 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 20:47
Mensajes: 17073
La demencial historia alcanzó un punto álgido cuando se dictaron una serie de órdenes de arresto:

*Contra Olympe Mancini, condesa de Soissons, que, presumiblemente, había envenenado a su complaciente marido.
*Contra Marie Anna Mancini, duquesa de Bouillon, que, presumiblemente, había envenenado a uno de sus lacayos que amenazaba con irse de la lengua acerca de la relación extramarital que ésta mantenía con el duque de Vendôme (primo del rey) y, luego, habría querido envenenar a su marido, el duque de Bouillon.
*Contra la marquesa de Alluye, por envenenamiento de su suegro
*Contra la princesa de Tingry, una de las damas de la propia reina María Teresa, porque, supuestamente, había envenenado a un hijo recien nacido.

Quienes esperaban verlas a todas en los calabozos de Vincennes (a menudo por verdadera antipatía, pero con frecuencia por puro morbo) se quedaron con las ganas. Las damas recibieron oportunos avisos para que pusiesen "pies en polvorosa": la condesa de Soissons, Olympe, recogió apresuradamente sus valiosas alhajas y, acompañada por la marquesa de Alluye, que figuraba entre sus amigas íntimas, puso rumbo a la lejana Bruselas, en dónde se pondrían bajo protección española, mientras la princesa de Tingry, Madeleine de Luxembourg-Piney, también se "evadía" en menos que canta un gallo. Sólo Marie Anna Mancini, duquesa de Bouillon, decidió quedarse y plantar cara ante el tribunal de la Cámara Ardiente.

En esa historia, Marie Anna Mancini demostró una gran presencia de ánimo y un coraje que le valieron la simpatía general. Se presentó ante los jueces con la misma apariencia y actitud con que hubiese concurrido a una gala en Versailles, escoltada por un esposo que bebía los vientos por ella (Godefroy Maurice de La Tour d'Auvergne, duque de Bouillon, príncipe de Sedan) y por un amante que besaba el suelo que ella pisaba (el duque de Vendôme). Marie Anna se rió en la cara de los magistrados cuando le preguntaron si no era cierto que había envenenado a su lacayo para evitar que éste se hiciese lenguas acerca de la pasional aventura de ella con Vendôme: claramente, la dama nunca había pretendido ocultar esa historia que el marido aceptaba con tal de verla satisfecha. También se rió cuando le invitaron a responder a la pregunta de si había tratado de librarse de su esposo: ¿para qué librarse de él, si mantenían una relación perfecta en la que ninguno estorbaba al otro?.

Por lo demás, quizá el testimonio de Marie Anna sea el que mejor permite comprender todo el enredo formado en torno a unos LaVoisin, Lesage, Bosse o Vigoreux. Marie Anna admitió haber visitado a menudo a LaVoisin, pero no para conseguir venenos: lo que a ella en concreto le atraía era la capacidad de LaVoisin como adivinadora y la del amante de ésta Lesage como mago. Se suponía que vislumbraban el futuro y podían variarlo según los deseos de quien les pagaba mediante conjuros o hechizos diversos. Era probable que otras de las visitantes de LaVoisin lo hiciesen buscando desde un filtro amoroso para un galán renuente a un aborto discreto (la mujer preparaba brebajes que liberaban a una embarazada contra su deseo del fruto de su vientre).

Alguien tenía que pagar el pato, pero no Marie Anne Mancini, absuelta por el tribunal. Los jueces, a decir verdad, se "cebaron" con los que no pertenecían a la nobleza, pues los aristócratas que no habían huído para evitar un proceso, salieron vivos y coleando, con sentencias bastante livianas (destierro en sus propiedades del campo o multas). Las condenadas resultaron las "viejas brujas": Vigoreux falleció mientras la sometían a tortura, pero Marie Bosse y Catherine LaVoisin sobrevivieron a los espantosos suplicios y acabaron quemadas en la hoguera, mientras parte de sus cómplices se hallaban de pronto sentenciados a muerte o a galeras perpetuas.

Fue tras la muerte de LaVoisin que, en contra de la opinión del jefe de policia La Reynie, la Cámara Ardiente se ofreció a mostrar clemencia con el amante de la difunta, Lesage, si éste, de una vez, contaba todo lo que aún no se había contado. Ni siquiera bajo tormento había mencionado nunca LaVoisin a Madame Athenaïs de Montespan, pero, ahora, Lesage pronunció su nombre...


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: 24 Feb 2008 10:20 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 20:47
Mensajes: 17073
La propia LaVoisin, que sometida a constantes interrogatorios en gran parte acompañados de tortura había recitado una letanía de nombres de implicados, jamás había mencionado a Athenaïs. Sólo la cuñada y la doncella de la marquesa de Montespan se habían encontrado citadas entre las personas que habían participado en aquel enrevesado asunto de los venenos. Pero, ahora, se abrió de pronto la caja de Pandora con las primeras declaraciones de Lesage, cuyo nombre auténtico era Adam Coeuret.

Imagen
Athenaïs, detalle de un cuadro.

Aseguró que Montespan había visitado frecuentemente a LaVoisin. La favorita real estaba inmersa en una batalla contra el paso del tiempo, que amenazaba con destrozar su belleza (de hecho la sucesión de embarazos sumados a una vida ciertamente opulenta habían redondeado en demasía su figura...) y con diluír por completo la antigüa pasión del rey hacia ella (el caso Fontanges había revelado hasta qué punto estaba Louis deseoso de embarcarse en otra relación más novedosa y excitante, pero lo peor radicaba en que, tras la muerte de Angélique, se habían incrementado las atenciones de él respecto a la virtuosa Madame Scarron, la preceptora de los hijos habidos con Montespan). Tratando de conservar su posición a toda costa, Montespan habría buscado hechizos y filtros de amor, pero también habría llegado a solicitar que se organizasen misas negras, "oficiadas" por un sacerdote renegado cómplice de LaVoisin y Lesage, Etienne Guibourg, en las que ella misma había participado.

Las acusaciones formuladas por Lesage se vieron profusamente complementadas con las declaraciones de dos mujeres. Una era Marie Marguerite Monvoisin, hija de la difunta Catherine LaVoisin: después de haber visto a su madre arder en la hoguera, decidió explayarse a propósito de lo acontecido. Relató en detalle tres encuentros entre Madame de Montespan y LaVoisin: Madame, decidida a retener su influencia sobre el rey, había solicitado una serie de bebedizos amorosos y había pedido que se organizasen misas negras, consideradas una forma de magia particularmente transgresora pero precisamente por eso especialmente efectiva. Otra de las brujas que estaban detenidas y pasándolas canutas en los calabozos, Madame Filastre, tiró en la misma dirección: sí, Madame había participado en invocaciones rituales al diablo dirigidas por el cura renegado Guibourg; es más, el cuerpo completamente desnudo de la señora marquise había servido de altar para la intrincada inversión de los rituales cristianos habituales. Las historias se aderezaron con detalles perversos, que incluían desde el bautizo de palomas blancas hasta el presunto sacrificio de bebés (la propia Marie Marguerite Monvoisin había ocultado a su hijo recien nacido para evitar que los allegados de su madre lo usasen en aquella clase de charada).

En resumen, era material altamente inflamable. El rey se encontró, al ser informado de los testimonios recogidos, en una posición extremadamente delicada. Hasta entonces, había insistido en mantener activa la Chambre Ardente, incluso cuando habían surgido listas enteras de personajes distinguidos de la corte, de las hermanas Mancini a la princesa de Tingry pasando por otras damas y caballeros de notable abolengo. Pero ahora, de pronto, ya no veía tan claro que interesase mantener abierto el proceso que se desarrollaba en la Chambre Ardente.


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: 24 Feb 2008 12:14 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 20:47
Mensajes: 17073
Imagen
Imagen retrospectiva de Athenaïs, poco después de que se estableciese en la corte en calidad de favorita real.

¿Confrontó Louis a su amante Athenaïs o ni siquiera se atrevió a hacerlo, temiendo de antemano las respuestas que ella pudiera ofrecer a su interrogatorio? Es una de las incógnitas de la historia. Lo que sí está claro es el curso de acción que tomó el rey: en contra de la opinión de su jefe de policía La Reynie, decidió sustraer de la investigación todos los testimonios relativos a Athenaïs de Montespan, lo cual, en la práctica, suponía pegarle un cerrojazo a la Chambre Ardente, pues, llegados a ese punto, no podían recomponer la historia sin incluír esos episodios.

Louis estaba personalmente decepcionado con Athenaïs. Aunque a cualquier hombre puede halagarle que una mujer batalle contra el tiempo para retener su favor, había un elemento menos placentero en ese embrollo: al rey debió causarle cierta revulsión pensar en ella empleando el cuerpo como altar para rituales de magia negra o dándole a beber a él un filtro compuesto por alas de murciélago trituradas. Resultaba fácil, para Louis, atribuír sus crecientes jaquecas a esos repugnantes potingues que debían excitar su líbido por la marquesa. En otro sentido, flotaba en el aire una idea ominosa: en su desesperación por retener a Louis, acaso hubiera solicitado Athenaïs algún veneno para quitarse de enmedio a Angélique de Fontanges, que había resultado una auténtica rival y no solamente un capricho pasajero del rey (como por ejemplo la pobrecita Louise de Loudres).

En conjunto, aquella historia comprometía el honor de Athenaïs más de lo que se podía admitir. En el mejor de los casos, Athenaïs se había dedicado sólo a ciertos tipos de magia poco recomendables; en el peor de los casos, además era una envenenadora. No se trataba de ponerla en la picota igual que se había hecho con la duquesa de Vivonne, cuñada de ella, o con demoiselle des Oeillets, que seguía clamando por su inocencia. En realidad, aunque la gente diese por hecho la complicidad de Athenaïs y su doncella Claude de Vin des Oeillets, eso parece poco plausible: en teoría, Claude había recurrido a la magia por despecho hacia el monarca que la había usado transitoriamente y de quien había tenido un pequeño bastardo negado, no reconocido, que murió al poco de su nacimiento.


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: 20 Mar 2008 21:45 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 12 Mar 2008 16:10
Mensajes: 7805
Ubicación: MURCIA - ALICANTE
¿Ese duque de Vendome amante de la Mancini era su cuñado esposo de una de sus hermanas?. Hay tantas que me confundo con los nombres; puede que sea Laura. Si fuera así, menudo morbo, ir con su marido y con su amante que además era su cuñado. ¿Qúe sentiría la hermana?.


Arriba
 Perfil  
 


Mostrar mensajes previos:  Ordenar por  
Nuevo tema Responder al tema  [ 29 mensajes ]  Ir a página 1, 2, 3  Siguiente


¿Quién está conectado?

Usuarios navegando por este Foro: No hay usuarios registrados visitando el Foro y 0 invitados


No puede abrir nuevos temas en este Foro
No puede responder a temas en este Foro
No puede editar sus mensajes en este Foro
No puede borrar sus mensajes en este Foro
No puede enviar adjuntos en este Foro

Buscar:
Saltar a:  



Style by phpBB3 styles, zdrowie zdrowie alveo
Powered by phpBB © 2000, 2002, 2005, 2007 phpBB Group
Base de datos de MODs
Traducción al español por Huan Manwë para phpbb-es.com
phpBB SEO
Crear Foro | Subir Foto | Condiciones de Uso | Política de privacidad | Denuncie el foro