Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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 Asunto: Re: ATHENAÏS DE MONTESPAN
NotaPublicado: 13 Dic 2019 03:36 
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Qué alegria leerte Minnie!! :bravo: :bravo:


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 Asunto: Re: ATHENAÏS DE MONTESPAN
NotaPublicado: 16 Dic 2019 13:17 
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legris escribió:
Luis XIV, lo mismo que su abuelo Enrique IV, era bastante niñero


¡¡Siiiiii!! Es uno de esos rasgos compartidos por abuelo y nieto que les dan a ambos un toque entrañable. Yo reconozco mi cariño especialísimo por "le Vert Galant", pero Luís también era muy niñero, sí, y de ahí provendría el final de Athenaïs...Pero mejor no adelantar acontecimientos, aunque todos sabemos más o menos lo que va a pasar...

:DD


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 Asunto: Re: ATHENAÏS DE MONTESPAN
NotaPublicado: 16 Dic 2019 13:18 
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Amélie escribió:
Qué alegria leerte Minnie!! :bravo: :bravo:


Gracias, querida Amélie, por tu compañía y tu simpatía. Una no escribe para nadie en particular, pero cada lector atento que hace sentir su presencia en el tema constituye un verdadero regalo.

:love: :love:


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 Asunto: Re: ATHENAÏS DE MONTESPAN
NotaPublicado: 16 Dic 2019 14:32 
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Como siempre, Minnie, nos regalas una buena historia. Tengo ganas de leer el resto.... Gracias


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 Asunto: Re: ATHENAÏS DE MONTESPAN
NotaPublicado: 16 Dic 2019 14:40 
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Este apuesto señor...

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...es Jules Hardouin-Mansart, un parisien, gran estrella del Barroco francés, que a partir de 1674 tuvo que consagrar sus energías a proyectar y erigir, en un terreno situado a noreste de Versailles que Luís XIV había comprado al mismísimo Hôpital des Incurables de París, del château de Clagny:

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Clagny estaba destinado a convertirse en el hogar oficial de Athenaïs de Montespan, y debía ser un lugar de monumental hermosura que acreditase ante el mundo entero la gloria que nimbaba a cada maîtresse-en-titre de un rey de Francia. Nuestra admirada y nunca suficientemente alabada Madame de Sevigné visitó Clagny en 1675 por primera vez y quedó impresionada por su fastuosa elegancia. Nadie podía haber imaginado mejor escenario para que Athenaïs, tan hermosa e ingeniosa, se rodease de un círculo de personajes que sumaban a su refinamiento un notable talento para las relaciones sociales.

Pero el papel de maîtresse-en-titre, metéroslo en la cabeza queridos y queridas míos...no era nada, nada fácil. Desde el mismo preciso instante en que accedió al a mayor intimidad con el rey Luís XIV, Athenaïs había podido sentir en la nuca el aliento gélido del "partido devoto". Porque, sí, en la corte de Francia existía un "partido devoto" que se arracimaba en torno a la piadosa reina María Teresa y que tenía entre sus principales valedores al confesor jesuíta de Luís XIV, Jean Ferrier. Ferrier era, cabe reconocerlo, un tipo de gran integridad moral y considerable firmeza. Le sentó como una patada en la boca del estómago que Luís XIV reemplazase a la atribulada Louise de La Vallière (reconvertida en sor Louise de la Misericordia) por la -mal-casada Athenaïs de Montespan. Pero le peor le sentaba, con honestidad, que, entretenido con su amante Athenaïs de Montespan, el rey Luís XIV sólo acudiese al lecho de la reina María Teresa, aquel dechado de virtudes, dos noches cada mes.

El "partido devoto" vivió como una derrota que Jean Ferrier estirase la pata en 1674 y fuese reemplazado por François d'Aix de la Chaise. La Chaise también era jesuíta, por supuesto, y además sobrino de Pierre Coton, otro jesuíta que dos generaciones atrás había ejercido de confesor del abuelo paterno de Luís XIV, Enrique IV, "le Vert Galant". Lo malo del padre la Chaise...

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Aquí nuestro jesuítico la Chaise.


...es que no poseía la firmeza de su antecesor Jean Ferrier. Ferrier no se había privado de abroncar a Luís XIV...e incluso había llegado al extremo de negarle la comunión públicamente al rey de Francia, algo que para éste suponía un verdadero bofetón emocional y psíquico. Pero La Chaise no tenía tantos arrestos (admitamos todos que hacía falta echarle un par para emular a Ferrier).

La presencia del más sosegado la Chaise junto a Luís podría haber aligerado la "presión" sobre Athenaïs, pero ella, que no era ingenua, sabía que, aparte los tejemanejes del "partido devoto", su posición podía peligrar por la irrupción en escena de otra mujer.

Es importante tener en cuenta, aquí, el "rosario" de embarazos y partos de Athenaïs. Al menos en principio, no es algo que ella hubiese "deseado": madame de Caylus, una dama dotada de gran perspicacia, dejó registrado para la posteridad que Madame de Montespan, al conocer su primer embarazo adulterino por obra y gracia del rey Luís XIV, se había llevado un verdadero disgusto. Cierto es que, a posteriori, Athenaïs, mujer inteligente, aprendió a considerar cada sucesivo embarazo como un nuevo "nudo" que ataba a Luís a ella. Pero eso no significaba que afrontar siete embarazos con sus respectivos alumbramientos y puerperios entre los años 1169 y 1678, no implicase correr un gran riesgo. Los embarazos, ya se sabe, deforman el cuerpo de una mujer; los partos y las cuarentenas resultan inhabilitantes en gran medida. Era fácil, demasiado fácil, que mientras ella paría hijos ilegítimos que luego se legimitaban con el tiempo mediante "letras patentes", otros le sirviesen en bandeja a Luís mujeres más jóvenes y al menos igual de hermosas que, por añadidura, representaban "la novedad".

En enero de 1674, Luís pareció buscar "entretenimiento" en brazos de una de las damas de María Teresa. Se trataba de Anne de Rohan-Chabot, esposa del príncipe de Soubise, tan guapa que en la corte la conocían como "la Belle Flourice":

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Pero, pese a que el marido de Anne se mostró la mar de comprensivo con la situación y todo eran facilidades, el rey enseguida se cansó de aquella buena moza.

El primer aviso "serio" en lo que se refiere a Athenaïs se llamó Isabelle de Loudres:

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Isabelle de Loudres, una rubia tirando a pelirroja con ojos azules y de buena familia lorenesa, había accedido a la corte entre las jóvenes damitas que servían a Minette de Inglaterra, duquesa de Orleáns. Muerta la -adorable- Minette, Isabelle había sido por un breve período de tiempo dama de la reina María Teresa y, después, se le había buscado colocación con la segunda esposa del viúdo de Minette, la princesa Liselotte del Rhin. Durante las celebraciones de la Pascua de 1675, Luís XIV se había fijado en la voluptuosa presencia de Isabelle de Loudres. En ese momento, hay que señalar, acontecía que estaba "de morros" con su amante Athenaïs, así que se hacía doblemente peligroso que pusiese la mirada, y la intención, en aquella joven de la corte de Liselotte. En realidad, Isabelle jugó bien sus bazas: hasta 1676, no se entregó al rey Luís. Pero, por supuesto, cuando se entregó lo hizo decidida a reemplazar para siempre a Athenaïs de Montespan.

En última instancia, si Isabelle de Loudres no triunfó fue porque le faltaba esa chispa que hacía única e incomparable a Athenaïs y, sobre todo, porque demostró ir "demasiado deprisa". Viéndose a sí misma en más firme posición de la que ostentaba respecto al rey Luís XIV, Isabelle dió por "concedido" un favor que había solicitado al monarca antes de que éste se hubiese pronunciado al respecto. A Luís le pareció muy mal esa "falta de mesura y contención" de su amante lorenesa y dió por finiquitada la relación, para gran alivio de Athenaïs de Montespan. A la postre, una no sólo tenía que ser guapa y sensualmente irresistible, también tenía que tener la cabeza firmemente asentada encima de los hombros, y, en eso, Athenaïs, oor mucho que tuviese que vivir en una secuencia de embarazos y partos, demostraba una capacidad que le faltaba a, por ejemplo, Isabelle de Loudres.

Pero esa Isabelle de Loudres de quien Luís se había prendado bailando un minué representaba, ciertamente, una clara advertencia. Era cuestión de tiempo que Luís XIV se prendase de otra mujer tan físicamente atractiva como la lorenesa Isabelle y posiblemente más calculadora a la hora de ir ganando terreno poco a poco. Athenaïs no podía aflojar ni un ápice, la presión era constante y firme.


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 Asunto: Re: ATHENAÏS DE MONTESPAN
NotaPublicado: 16 Dic 2019 14:41 
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jabo escribió:
Como siempre, Minnie, nos regalas una buena historia. Tengo ganas de leer el resto.... Gracias


Y vosotros me obsequiáis unos muy considerados, atentos y amables lectores, Jabo. Estamos, como poco, empatados. Incluso diría que yo debo más de lo que recibo.


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 Asunto: Re: ATHENAÏS DE MONTESPAN
NotaPublicado: 16 Dic 2019 14:45 
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 Asunto: Re: ATHENAÏS DE MONTESPAN
NotaPublicado: 16 Dic 2019 15:34 
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Marie Angelique de Scoraille de Rousille había nacido muy probablemente en el château de Cropières, en la Auvernia, el 7 de julio de 1661, lo cual significa que era nada menos que VEINTIÚN años más joven que nuestra Athenaïs de Montespan. Cuando los padres de Angelique se percataron de que la niña, luego una chiquilla, estaba a punto de eclosionar en una llamativa belleza pelirroja, les faltó tiempo para buscarle acceso a la corte. Quiso la casualidad que César de Grollée, un primo del padre de Angelique, ocupaba un posición más o menos decorosa en esa corte, de modo que pudo maniobrar para consequir que la moza, tan guapa ella, fuese a engrosar en determinado momento el círculo de damas de Liselotte del Rhin, esposa de Monsieur de Orleans y, por tanto, cuñada del rey Luís XIV.

Angelique llegó a la corte hacia 1678. Liselotte, que no era la hermosura del año, pero sí era muy lista, notó enseguida que su nueva dama de honor era una hermosura y bondadosa como un ángel, pero bastante simple por no decir tonta de narices: "sotte comme un panier". El embajador prusiano, Ézéchiel Spanheim, también se fijó en la belleza resplandeciente de Angelique y llegó a la conclusión de que la familia auvernesa de la muchacha la había mandado a la corte para que ella entregase (cara) su virginidad a Luís XIV. El mismo embajador Spanheim se hizo eco, después, de que había sido el duque de La Rochefoucauld quien había movido con verdadera astucia los hilos para que la joven Angelique se convirtiese en la flamante amante de Luís XIV.

Aquí viene, queridos y queridas, lo bueno. En el momento en que Luís XIV se deja arrastrar con gusto a una aventura con galante con la pelirroja Angelique, el hombre tiene una esposa (la reina Teresa), una amante oficial (nuestra Athenaïs) y una dama a la que corteja con entusiasmo (la viuda Scarron, madame de Maintenon, de cuya virtuosa pero refinada presencia se ha quedado colgado mientras visita a los hijos bastardos habidos con Athenaïs que están bajo la tutela de tan elegante señora). Luís tiene, vamos a ser finos..."sus compromisos". Pero se queda prendado de la guapa (aunque un poco o un mucho pava) Angelique. Así las cosas, al estrenarse 1680, la pasión de Luís por Angelique se ha traducido en algo muy tangible: la joven auvernesa ha recibido el ducado de Fontanges y una pensión de 22.000 escudos al año de forma vitalicia, lo cual tiene relación con el hecho de que se encuentra grávida, a punto de poner en el mundo un hijo o una hija engendrados por el rey.

En enero de 1680, Angelique da a luz a un hijo muerto. Nuestra Athenaïs, así como Madame Maintenon, sólo pueden alegrarse de que aquella moza guapa aunque tonta de apenas dieciocho años haya fracasado en la tarea de proporcionar un nuevo retoño al rey Luís. Cabe decir, no obstante, que Madame de Maintenon, la "niñera real", es más humana, un poquito más humana, que Athenaïs de Montespan. O, cuando menos, más lista en esa tesitura: demuestra tristeza pública por el mal parto de la pobre Angelique, tan bonita, tan pava. Madame de Sevigné, buena amiga de la Palatina Liselotte, Madame d´Orléans, es tan sucinta como clara al hacer referencia a las -profusas- hemorragias puerperales de Angelique de Fontanges: "Herida en acto de servicio".

Para entonces, el rey Luís XIV ya se ha "saturado" de Angelique. Oh, sí, es muy guapa y tiene tipazo, pero es que...es tonta, rematadamente tonta. No hay en ella el ingenio mordaz de Atenaïs, ni siquiera la pudibunda pero espléndida viveza de espíritu de Madame de Maintenon, la niñera real. Luís hace sus comparaciones, y las comparaciones, ya se sabe, son odiosas.

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Angelique.


Lo único interesante que había aportado Angelique había sido un peinado. Sí, no es guasa: aquella moza a la que se le habían subido pronto los humos y que se permitía hacerse "la chulita" con la mismísima reina María Teresa o con nuestra Athenaïs, había logrado poner "a la moda" un peinado que ella misma había improvisado en un día de cacería usando una simple cinta para tratar de contener el desbordamiento de sus rizos pelirrojos. Una cosa tenía, aparte de belleza: buen gusto. Otra cosa le faltaba: robustez.

Después de su mal parto en enero de 1680, Angelique había sufrido aquellas hemorragias que tanto la habían debilitado...y de las que nunca se recuperó. Madame de Sevigné lo había expresado de maravilla, al decir que el acto de servicio (tratar de darle otro hijo ilegítimo al monarca) le había exigido pagar un elevado precio en su salud. A Luís, y esto es importante, la gente enfermiza le causaba verdadero espanto. No servía de atenuante que Angelique hubiese perdido la salud por embarazarse y tratar de alumbrar un retoño de la sangre de los reyes.

Angelique podía ser tonta, pero no tanto como para no percibir el -flagrante- desapego de Luís XIV. La moza lloró, y mucho, por la falta de constancia de su amante, pero acabó resignándose a su mala suerte y buscó retirarse a la abadía de Chelles, en la que ostentaba el cargo de abadesa su propia hermana mayor, Jeanne d’Escorailles de Roussille. Las hemorragias y las fiebres, quizá derivadas no sólo de aquel primer mal parto sino de un segundo fallido embarazo, consumieron rápido a Angelique de Fontanges. Cuando ya estaba, como se suele decir, a un minuto de morirse, el rey Luís XIV, que algo de conciencia remordiéndole sí tenía, acudió a visitarla a Chelles. Da una idea de lo bondadosa y simple que era la Fontanges el hecho de que, con sólo veinte años, declarase, emocionada, que moriría reconfortada por haber visto llorar a un rey. Y el caso es que, aunque su historial obstétrico podía justificar perfectamente su rápido declive y su muerte prematura, enseguida circularon rumores en la corte respecto a que a aquella belleza auvernesa se la habían quitado de enmedio sus rivales, mujeres con más trayectoria y, sin lugar a dudas, más astutas.


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 Asunto: Re: ATHENAÏS DE MONTESPAN
NotaPublicado: 16 Dic 2019 15:35 
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Clara escribió:
Vuelves a casa como El Almendro, por Navidad. =D>



Jajajajajajaja, no lo había considerado desde ese punto de vista...

=D> =D> =D>


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 Asunto: Re: ATHENAÏS DE MONTESPAN
NotaPublicado: 16 Dic 2019 16:03 
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Creo que es importante...y aún diría esencial...tener esos hechos en cuenta para "calzarse los escarpines" de nuestra Athenaïs de Montespan:

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Athenaïs con sus hijos.


Porque, a ver...siendo claros y llamando al pan, pan y al vino, vino: el papel de amante oficial era muy pero muy estresante. Una tenía adversarios, por supuesto, y enemigos a cara de perro, también. Y por añadidura, una tenía rivales, más jóvenes y cuando menos igual de guapas menos menos "gastadas por el uso". Que te pilla una rival recién parida por primera vez y es una cosa, pero te pilla una rival entre el sexto parto y el séptimo embarazo y admitamos que es otra cosa.

Athenaïs podía ser muy inteligente y poseer aquella rampante bravuconería tan propia de los Rochechouart de Mortemart. Pero eso no significaba que no tuviese su momentos de "bajón". Uno de ellos había sido muy sonado, cuando, justo antes de los episodios Loudres y Fontanges, la reina María Teresa, la "bandera resplandeciente de honestidad" del partido devoto, había arrastrado a Athenaïs consigo a una visita al convento de carmelitas en la rue Saint Jacques, dónde se habían encontrado con la ex favorita Louise de La Vallière, metamorfeada ya en la hermana Louise de la Misericordia. Madame de Sevigné, esa crack, nos cuenta (y bien agradecidos le estamos por ello) que Athenaïs, quizá haciendo de necesidad virtud, conversó largamente con su antigüa rival, Louise de la Misericordia, y que, en un determinado momento, le preguntó a la monja si era tan feliz como se decía, se comentaba, se rumoreaba en París y en Versailles. Louise nunca había sido falsa en sus años en la corte, y no íba a empezar a serlo en sus años de convento:

-Feliz no soy...-declaró, con expresión de profunda humildad-. Pero estoy sosegada.

Aquella escena causó una gran impresión en Athenaïs. Era imposible no conmoverse ante ese "sosiego" que Louise consideraba una pequeña bendición divina por su reclusión en un convento de clausura.

Por supuesto, en ese momento era imposible preveer cómo se orquestaría y llevaria a efecto la caída en desgracia de nuestra Athenaïs, madame de Montespan, señora indiscutible de Clagny. Era imposible, en realidad, anticipar cómo íba a arrastrarla hacia la desgracia una causa criminal tan enrevesada, y tan delirantemente obtusa, como aquella que pasaría a la posteridad con el nombre de "Asunto de los venenos".


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 Asunto: Re: ATHENAÏS DE MONTESPAN
NotaPublicado: 17 Dic 2019 10:50 
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Cuando Angelique de Fontanges había fallecido, tan jovencita, después de una prolongada agonía que la había tenido por meses confinada en el lecho, los rumores acerca de un envenenamiento habían sido profusos. La mismísima Liselotte del Rhin, segunda esposa de Monsieur, cuñada de Luís XIV, había "tomado en cuenta" esas murmuraciones que circulaban por la corte y les había dado credibilidad, al escribir que nuestra Athenaïs era el "mal encarnado", mientras que Angelique, haciendo honor a su nombre, había sido "buena y simple", y que la primera se había librado de la segunda mandando envenenar la leche que le servían. Por supuesto, no hace falta ninguna recurrir a venenos para cargarse a una "rival" a la que el primer embarazo y parto dejan ya en el límite de su capacidad de aguante, pero el simple hecho de que la historia del posible, aunque improbable, envenenamiento de Angelique de Fontanges alcanzase tanta relevancia en su momento, también nos sirve de indicador acerca del grado de paranoia cortesana acerca del uso, que se suponía frecuente, de venenos.

No es del todo fácil plantear de forma ordenada y clara lo que luego pasaría a la historia como "Affaire des poisons", "asunto de los venenos", que, entonces, sacudió a Francia con tal fuerza, que la onda expansiva de aquella historia alcanzó a las distintas cortes europeas, dónde se consumían con verdadera avidez morbosa las noticias referidas a aquel caso. En realidad, situar los orígenes resulta complicado, pero, por empezar por algún momento concreto, quizá deberíamos remontarnos al 31 de julio de 1672, cuando se produce el fallecimiento de Jean Baptiste Godin de Sainte-Croix, un atractivo y carismático oficial de caballería, capitán en el regimiento de Tracy, que, en sus ratos de ocio, había demostrado un ferviente interés por la alquimia, algo muy en boga por aquellos tiempos. Hasta aquí, tenemos una "petite histoire" sin particular relevancia, pero aconteció que al efectuar inventario de los bienes que había dejado en el mundo Godin de Sainte-Croix se encontró una arquilla en la que éste guardaba cuadernos con anotaciones particulares y las cartas de su amante. Y su amante resultó ser una dama de la aristocracia: Marie-Madeleine Anne Dreux d'Aubray, esposa de Antoine Gobelin, marqués de Brinvilliers.


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Marie-Madeleine, marquesa de Brinvilliers.


Marie-Madeleine, marquesa de Brinvilliers, procedía de un linaje interesante. Su padre, Antoine Dreux d'Aubray, pertenecía a una familia bien asentada y había ocupado cargos destacados en el París de los años turbulentos de la Fronda, por lo que aparece mencionado incluso en las "Memoires" del cardenal de Retz. La madre de Marie-Madeleine había sido Marie Olier, una hermana del clérigo Jean-Jacques Olier, devoto fundador de la compañía de sacerdotes de Saint-Sulpice. Los documentos que había guardado el capitán Godin de Sainte-Croix permitían extraer la conclusión de que su amante Marie-Madeleine había aprendido de él a utilizar "agua tofana", un veneno que no dejaba rastro y cuya fórmula el propio oficial de caballería había obtenido en su día gracias a su conexión con un quimico y alquimista italiano, Exili, "mot" a la francesa que habían dado a un tal Nicolo Egiddio.

Supuestamente, Marie-Madeleine, receptora de los conocimientos adquiridos por Godin de Sainte-Croix gracias a Exili, había usado "agua tofana" para liquidar a su propio padre y a sus dos hermanos varones, Antoine y François, para heredarles a todos. El propio marido de Marie-Madeleine, el marqués de Brinvilliers, se había "preocupado" tanto por la rápida secuencia de muertes de su suegro y sus cuñados, que, por cuidado de sí mismo, había abandonado la capital, para retirarse al campo. Aquello había dejado a la adúltera licenciosa, Marie-Madeleine, disponiendo de sus propios recursos y viviendo en casi cohabitación con el oficial. Los papeles de la arquilla incluían, por cierto, un reconocimiento de deuda de unas 30.000 libras, suma muy considerable, firmada por Marie-Madeleine a favor de Godin de Sainte-Croix, de lo que se colegía que él le había suministrado bastantes pócimas venenosas.

Con esos descubrimientos, Marie-Madeleine quedaba inmediatamente en una posición muy comprometida. Era mujer inteligente y bastante cultivada, así que se percató en una fracción de segundo de que corría peligro y se largó de inmediato de su mansión en la rue Neuve de Saint-Paul, en París, tras solicitar un préstamo urgente a un amigo. En principio, Marie-Madeleine de Brinvilliers se retiró a una discreta casita en Piepus, entonces lugar bastante campestre, pero aquello representaba una breve escala antes de poner distancia dirigiéndose a Calais y embarcándose para Inglaterra. Acabó recalando en la mismísima Londres, lugar en el que se sintió razonablemente segura.

A esas alturas, su caso había adquirido notabilísima relevancia, al punto de constituír tema de moda en la corte. La causa criminal en torno a la Brinvilliers pudo haber sido una más entre las muchas que podían documentarse en suelo francés, pero aconteció que aquello atrajo el interés del rey Luís XIV, quien exigió a Colbert que se investigase en profundidad si en torno a la Brinvilliers existía alguna trama de uso de pociones venenosas. Colbert, el pobre, ya vemos que estaba para todo...para ejercer de ministro, para cuadrar las cuentas y para ocuparse de "marrones" como ése. Dado que se hacía necesario apresar a la fugitiva Brinvilliers para someterla a un "minucioso interrogatorio", Colbert empezó por apretar las clavijas al embajador francés ante la corte británica, que, casualmente, era su propio hermano. El hermano de Colbert, por supuesto, se hizo cargo de la urgencia de aquella misión diplomática y empezó a mover hilos sin descanso en la corte inglesa. La Brinvilliers comprendió que los ingleses no íban a tardar en quitársela de encima extraditándola a Calais, dónde la esperaban los franceses. Apurada, se largó de Londres y de Inglaterra, dirigiendo sus pasos a los Países Bajos. A esas alturas, no dudó en presentarse ante las puertas del convento habitado por canonesas regulares de San Agustín en Melkhause, cerca de Lieja.

En París eran conocedores de que no podían "arrancar por las bravas" de un convento a la muy garbosa dama de cuarenta y seis años que había buscado refugio entre velos de novicia y tocas de monja. Pero Gabriel Nicolas de La Reynie, jefe de la Policía parisina encargado de resolver el embrollo, orquestó, con cuidado, una trama en la que utilizaría como cebo a un avispado caballero disfrazado de cura, François Desgrez, para lograr que la Brinvilliers saliese fuera del convento a una reunión "secreta". La estratagema funcionó, la mujer fue detenida y se la llevó apresuradamente a París: como podéis ver, en este folletín no faltaba detalle.

Encarcelada, Brinvilliers fue sometida a crueles torturas, incluído el tormento del agua en el que se la forzó a ingerir nueve litros de ese líquido.

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Brinvilliers, torturada.


Y a la tortura siguió la confesión. Una confesión muy detallada, en la que Brinvilliers revelaba al mundo también sus aterradoras experiencias como niña huérfana de madre: a los siete años había sido violada por un doméstico de su padre y a los diez años había sido sometida a estupro por sus dos hermanos. Pero, por supuesto, era "culpable" de parricidio y del envenenamiento de los hermanos, utilizando venenos cuya eficacia, se dijo, se había contrastado previamente con enfermos de diversos hospitales públicos parisinos.

Se mostraba muy arrepentida y daba muestras de una extrema piedad, pero a pesar de la energía desplegada en su favor por el abogado Nivelle, fue condenada a morir y se fijó la ejecución para el 17 de julio de 1676. Marie-Madeleine ascendió al cadalso en el que la decapitaron en actitud tan beatífica que las gentes de la ciudad empezaron a rumorear que era una santa. Después de la decapitación, su cuerpo fue quemado, lo que permitió que la querida Madame de Sevigné se marcase un puntazo al declarar: "Se acabó, la Brinvilliers está en el aire que respiramos".

En realidad, la frase, que rezumaba un humor macabro, de Madame de Sevigné también podría parecernos a nosotros, a tenor de los acontecimientos futuros, una pequeña profecía. El escándalo Brinvilliers, que había sido tan grande porque en aquella historia no faltaba ni el menor detalle sórdido y morboso, acabaría revelándose como el prólogo a un nuevo folletín que empezó a pergeñarse cuando unos meses más tarde, se detuvo a Magdelaine de La Grange, una mujer que se ganaba el pan y la sopa como adivina. En colaboración con un sacerdote corrupto, el abad Nail, Magdelaine de La Grange se había valido de un matrimonio ficticio con un rico y avaro abogado, Jean Faurye, junto al cual había cohabitado a partir de entonces y al que había envenenado para heredar sus bienes. Naturalmente, en este cuento tan feo los personajes no tenían el rango, el relumbre social y las conexiones del caso Brinvilliers, así que, la verdad sea dicha, hubiese pasado casi desapercibido de no ser que, detenida, Magdelaine de La Grange insistió en que debía hablar con François-Michel le Tellier, marqués de Louvois, secretario de Estado para la Guerra, a fín de transmitirle información delicada de enorme importancia. Lo que contó La Grange puso los pelos de punta al distinguido Louvois: ella hablaba de una vasta conspiración organizada para acabar con la vida del rey Luís XIV y del hijo heredero de éste, el Delfín.

Informado rápidamente, Luís XIV ordenó que trasladasen a La Grange desde la prisión de Vincennes a la Bastilla, dónde estaría mejor guardada, y que se tirase del hilo de sus palabras. La Reynie, nuestro astuto jefe de la Policía en París, volvía a estar "a tope de trabajo". Al arrancar sus pesquisas, se detuvo casi de inmediato a otro personaje conectado de alguna manera con Magdelaine de La Grange, el caballero Louis de Vanens. Oriundo de Arles, Vanens se había establecido en París afirmando que era capaz de fabricar oro a partir de un misterioso proceso alquímico y cuando le detuvieron tenía entre sus pertenencias un documento bancario que le acreditaba la posesión de nada menos que 200.000 libras emitido por el banquero Pierre Cadelan. La Reynie no se contentó, en esas circunstancias, con el arresto de Vanens: puso también bajo custodia al -muy sospechoso- valet de chambre del caballero, un individuo llamado La Chaboissiere, y al mismo banquero Pierre Cadelan parar que explicase el origen de esos fondos puestos a disposición de Vanens. Aquello íba de interrogatorio en interrogatorio y de detención en detención: la siguiente en caer en manos del ocupadísimo La Reynie fue la amante del valet de chambre La Chaboissiere, una moza llamada Jeanne Leroy; a continuación le tocó el turno a un químico, Dalmas, y la amante de éste, Louise Duscoulcye. A la postre, aquello era un enredo de tres pares de narices, una trama cuidadosamente organizada de proveedores de venenos y envenenadores (Jeanne Leroy confesó haber participado directamente en envenenamientos junto a Louise Duscoulcye). Si gente como La Grange, el abad Nail, el caballero Vanens, el valet de chambre La Chaboissiere, nadaban en la abundancia, era porque vendían muertes rápidas y limpias, sin dejar rastros. Hacia mayo de 1678, en Lyon, se detuvo a una pareja de la nobleza provinciana relacionada con Vanens: Robert de Bachimont y su mujer, Marie. Todos parecían haber cooperado en un presunto envenenamiento de Charles Emmanuel II, duque de Saboya: el pagador habría sido, en ese caso concreto, el conde de Saint Maurice, que era el amante de la esposa, luego viuda, del duque de Saboya, Marie Jeanne Baptiste (por cierto que el difunto Charles Emmanuel había tenido por amante a Hortense Mancini, otro personaje que saldrá por aquí...).

Como veis, esto ya es un lío tal que hace falta un lápiz y un papel para situar a tanto personaje envuelto en manejo de venenos. Pero, para complicarlo aún más y lograr que nos duela a todos la cabeza, en 1679 se suman al repertorio de detenidos dos mujeres, Marie Bosse y Catherine Monvoisin, nacida Deshayes y llamada La Voisin, y un hombre, Adam Coeuret, apodado Lesage, el Sabio. Estos tres habían sido "socios", habían trabajado conjuntamente, pero, a la hora de ser detenidos, cada uno trató de aminorar sus propias culpas acusando con saña a los otros dos. Se cruzaban, por tanto, testimonios entre ellos, testimonios espeluznantes y potencialmente destructivos. Al final, La Reynie se encontró de todo: habían proporcionado afrodisiacos y unguentos, así como potentes abortivos a un número elevadísimo de señoras; habían eliminado usando venenos a muchos personajes; habían organizado rituales esotéricos que incluían misas negras, de carácter satánico, oficiadas por el cura Étienne Guibourg y el abate Mariotte, en las que, supuestamente, se había llegado al extremo de sacrificar a recién nacidos.

Venga...aquí ya parece que no falta nada...¿eh? Pues sí, faltaba. Faltaba relacionar toda esa trama con personajes encumbrados de la corte, y particularmente en el círculo real, porque, recordad, en origen La Grange había mencionado específicamente una conspiración que ponía en peligro a Luís XIV y a su Delfín. Uno de los que enseguida cayó en desgracia y fue a dar por meses con sus huesos en la Bastilla fue el mariscal de Luxemburgo, François-Henri de Montmorency-Bouteville.

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Mariscal de Luxemburgo.


El mariscal de Luxemburgo tenía en sus espaldas un carrerón: en 1674 se había puesto a su cargo la guardia del Rey, o sea, la seguridad de Luís XIV, y en 1675 se había convertido en mariscal de Francia, dirigiendo en 1676 el ejército del Rhin. En 1677 no había podido evitar que el duque de Lorena tomase Philipsburg. En 1678, de nuevo en liza, el mariscal de Luxemburgo había contactado con Adam Coeuret, Le Sage. La idea era que Le Sage facilitaría un contacto entre el mariscal y el diablo...sí, leéis bien, el Diablo, Satán, Lucifer, no podía estar ausente en esta historia. El diablo ayudaría a que toda la gloria de los campos de batalla se atribuyese al mariscal de Luxemburgo, quedándose completamente opacados cualquiera de los otros líderes militares franceses. Además, ya puestos, el mariscal de Luxemburgo tenía otro encarguito: que le librasen de su mujer, Madeleine de Clermont-Tonnerre, quien ya había tenido cinco hijos en su matrimonio.

Cabe poner en cuestión esa "imputación" del mariscal de Luxemburgo. Había tenido una buena enganchada con el muy poderoso Louvois, según se rumoreó, y quizá, sólo quizá, había sido Louvois quien había movido los hijos para que se inculpase a Luxemburgo en el asunto de los venenos. Pero los meses en la Bastilla no se los quitó nadie al mariscal, y, cuando le liberaron, le ordenaron exiliarse por tiempo indeterminado en el campo.


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 Asunto: Re: ATHENAÏS DE MONTESPAN
NotaPublicado: 17 Dic 2019 12:20 
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Registrado: 17 Feb 2008 20:47
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La siguiente en saltar a la palestra fue una dama que a mí me encanta: Olympe o Olympia Mancini, condesa de Soissons, una de las sobrinas de Mazarino, las famosas Mazarinettes, hermana de aquella Hortense Mancini a la que mencionábamos en el post anterior como amante del duque de Saboya presuntamente envenenado por mandato del amante de su mujer la duquesa de Saboya.

Olympe...

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...tan hermosa ella, habría contactado, supuestamente, con Catherine, La Voisin, unos años atrás. El plan consistía en solicitar el envenenamiento de Louise de La Vallière, justo en el tiempo en que ésta había ascendido a amante oficial de Luís XIV, años antes de la aparición en escena de nuestra Athenaïs de Montespan. En realidad, Luís XIV había mantenido una "liaison" con Olympe antes de que ésta, tratando de abrir cuña entre el monarca y la cuñada inglesa Minette, hubiese puesto en valor a la modesta y bellísima Louise de La Vallière. El encaprichamiento absoluto en ese momento de Luís con La Vallière había enojado a Olympe, que, presuntamente, había llegado a amenazar al rey con un tajante: "Vuelve a mí o te arrepentirás". Fuere como fuere, La Vallière no había sido envenenada (aunque se rumoreó que quizá Olympe sí hubiese triunfado en quitarse de enmedio a su propio marido y tal vez a la reina María Luísa de España).

Luís XIV tenía tanta vinculación previa con las Mazarinettes que fue muy clemente con Olympe: le ofreció "quedarse para que la confinasen en la Bastille y esperar el resultado de un procedimiento público o largarse de Francia inmediatamente". Olympe se reunió al minuto con su -poderosa- parentela. Las cosas pintaban feas...y no convenía que se arriesgase a esperar en la Bastille el devenir de acontecimientos. Olympe se largó al exilio para salvar el pellejo.

Otra hermana de Olympe, Marie-Anne Mancini, era, por matrimonio con Godefroy-Maurice de La Tour d'Auvergne, duquesa de Bouillon. El matrimonio de Marie-Anne resultó sorprendentemente feliz pese a las aventuras adulterinas y la pareja tenía ya varios hijos en común. Llegados a ese punto, Marie-Anne...

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...fue acusada de haber buscado en La Voisin un veneno para matar al marido para así poder casarse con el que entonces era su joven amante, el duque de Vendôme. Pero Marie-Anne tenía mucho "esprit" y no se dejó amilanar por una situación que podía resultar bastante peligrosa. El tribunal especial constituído para revisar aquel asunto, la Chambre Ardente, se reunía en el Arsenal, y allí se presentó Marie-Anne duquesa de Bouillon llevando de un brazo a su marido y del otro brazo a su amante, con varios amigos y amigas escoltándoles. Refinada e ingeniosa, contestó con desparpajo y hasta con chulería a sus interrogadores y se largó diciendo que no alcanzaba a entender cómo hombres supuestamente inteligentes podían haberle hecho preguntas tan estúpidas, algo que originó un aluvión de comentarios en la corte francesa.

Catherine La Voisin fue juzgada finalmente el 17 de febrero de 1680 y condenada a morir en la hoguera por brujería. Todavía después de pronunciada la sentencia, se la volvió a interrogar y se dijo que se le habían aplicado torturas para obtener una nueva confesión más extensa, prolija en detalles. Pero nuestro jefe de Policia La Reynie negaría, en adelante, que hubiese habido torturas. La Voisin, por entonces, era una estrella y hubo damas que se acercaron a verla antes de que muriese, entre ellas la querida Madame de Sevigné. El testimonio de Madame de Sevigné respecto a que la había visto con buen semblante y mejor color ratificaría las palabras de La Reynie acerca de no uso de torturas en la última confesión en la que declaró haber quemado en su hoguera y enterrado en su jardín los restos de unos dos mil quinientos hijos no deseados por sus madres.

La ejecución fue fechada en 22 de febrero de 1680, en la Place de Grève, así llamada porque en su tiempo era una plaza abierta con el suelo cubierto de arena y grava en el que se amontonaban las mercancías descargadas de los barcos que remontaban el Sena hasta París. Catherine colapsó al ver el montón de heno dispuesto alrededor del poste al que sería atada, y se lanzó, desesperada, a intentar apartarlo en frazadas con sus propias manos. Pero no podía eludir su triste destino: arder viva. La misma gente de pueblo que había considerado santa a la Brinvilliers, consideró justa esa condena a La Voisin "por sus crímenes y su impiedad", como anotó Madame de Sevigné.

Y ahí empezó "lo peor". El resto de detenidos habían asistido a la rápida condena y ejecución de La Voisin, así que, literalmente, entraron en pánico. A todo lo que ya habían confesado, añadían más materia altamente sensible, tratando cada uno de salir bien parado en el relato a costa de los demás. Por supuesto, una de las que habló aún con mayor profusión de lo que había hablado hasta entonces fue una mujer llamada Marie Marguerite Monvoisin.

Retrocedamos un poco: cuando habían detenido en su día, allá en marzo de 1679, a Catherine Monvoisin, La Voisin, también habían hecho presa a su hija Marie Marguerite, por cuanto ésta podía haber conocido los negocios maternos. Pero Marie Marguerite había sido liberada casi de inmediato y se había dedicado, principalmente, a atender a su padre, Antoine Monvoisin, enfermo de gravedad, que falleció en mayo de 1679. En enero de 1680, de repente, sin que se supiese en realidad porqué, Marie Marguerite y dos hermanos suyos fueron detenidos en Vincennes. Marie Marguerite aguantó tipo durante el proceso celebrado contra su madre Catherine, a la que por lo visto tenía bastante temor, pero no se calló después de que ésta hubiese sido reducida a un pobre cuerpo carbonizado. Hacia el 28 de marzo de 1680, al proporcionar datos sobre los clientes de Catherine, Marie Marguerite citó enseguida a Claude de Vin des Œillets, llamada sencillamente Mademoiselle des Œillets.

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Claude.


Muchas damas de corte se habían visto citadas después del momentazo duquesa de Bouillon, cabe señalar. Es particularmente complicado resumir, aquí, todo lo que fue la Cámara Ardiente, compuesta por bastantes jueces: durante el "Asunto de los venenos", para que os hagáis idea de la gran envergadura del asunto, cuando todo concluyó en 1682, resultó que la comisión investigadora se había reunido en el Arsenal nada menos que doscientas diez veces, y se habían ordenado un total de trescientas diecinueve detenciones. Una veintena de afectados habían podido huir, pero ciento noventa y cuatro habían conocido la prisión, muriendo treinta y seis personas, dos de ellas mientras eran sometidas a tortura y treinta y cuatro ejecutadas. Esto os lo meto desde ya para que entendáis la extraordinaria y fragorosa actividad que desplegó el "Asunto de los venenos", hasta qué punto fue un auténtico terremoto en la corte y en el país.

Volviendo atrás...después de la duquesa de Bouillon, tan chula ella, otras habían pasado por delante de los interrogadores: la princesa de Tingry, una de las damas adscritas al servicio de la pobre reina; la marquesa de Alluye; la condesa de Roure; la condesa de Polignac, etc etc. También caballeros, faltaría más: el conde de Clermont-Lodève, el marqués de Cessac, el marques de Feuquières, etc etc. Aquello ya era un constante desfile de gente encumbrada, en una secuencia de hechos que tenía horrorizado a Luís XIV. Pero en el momento en que se menciona ya abiertamente a Claude de Vin des Œillets, Mademoiselle des Œillets, el rey empalidece. ¿Porqué?.

Claude era hija de dos actores de teatro, Nicolas de Vin y Alix Faviot, ella especialmente dotada de talento, al punto de que se distinguió encarnando a las más famosas heroínas en las obras de Corneille y Racine. Aunque no especialmente hermosa, Claude tenía una buena presencia, sabía administrar sus recursos y se movía en círculos sociales elevados. Llegó a prestar dinero en momentos de apuro a la duquesa de Brissac y atrajo la simpatía de Gabriel de Rochechouart de Mortemart, duque de Mortemart, quien la presentó a su hija Athenaïs de Montespan. Claude enseguida logró un puesto en el círculo de damas de compañía de Athenaïs de Montespan, a quien retribuyó la confianza con una innegable fidelidad. En el último trimestre de 1675, la propia Claude parece haber compartido cama con el rey Luís XIV y haberse quedado embarazada: dió a luz a Louise Marie Antoinette Josèphe Jeanne en junio de 1676. La niña representaba "un pequeño incordio": fue registrada como hija del capitán de caballería Philippe de Maisonblanche y la esposa de éste, Gabrielle de Tour, pero se crió junto a su madre biológica, Claude. Ese episodio, conviene subrayarlo, no afectó ni un ápice a la vinculación de Claude con Athenaïs. Luís XIV nunca reconoció a la niña de Claude, por otra parte.

Cuando Marie Margueire Monvoisin citó el nombre de Claude, lo hizo en un contexto muy determinado: se suponía que Claude actuaba en nombre de la marquesa de Montespan, nuestra Athenaïs, cada vez que se reunía con la bruja Catherine La Voisin. Ya antes, Lesage había tenido el atrevimiento de mencionar a Montespan, pero ahora el testimonio de Marie Marguerite resultaba absolutamente incriminador para la amante oficial de Luís XIV.


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