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 Asunto: Re: ANTONIA, INFANTA (fürstin Hohenzollern-Sigmaringen).
NotaPublicado: 24 Abr 2010 18:27 
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Bueno...ya he indicado antes que este no es el lugar para explayarse acerca del culebrón triangular Pedro-Leopoldina-Domitília. El hilo dedicado a Leopoldina es, sin duda, un sitio mucho más adecuado para ello, porque aquí pretendemos centrarnos en Antonia de Portugal fürstin Hohenzollern. Pero creo oportuno remontarnos a María da Gloria, la conmovedora madre de Antonia. Y para situar a María da Gloria, no queda otra que aludir siquiera en resumen a hechos como la migración transoceánica de los Braganza, la fractura familiar aparejada a la ruptura de Brasil respecto a Portugal y, por supuesto, la vida común de Pedro con Leopoldina, padres de María, abuelos de Antonia.

Sin embargo, hay que resumir, jajaja. Por eso no entraré en detalles.

El final de la existencia de Leopoldina fue tristísimo. La constante exhibición de Domitília había causado un daño moral importante en la emperatriz de orígen austríaco. Hubo una auténtica guerra sin cuartel. Por ejemplo, surgió una escena lamentable cuando Pedro, que se caracterizaba por amar profundamente a cada hijo que tenía, fuese legítimo o ilegítimo, insistió en reconocer públicamente la paternidad sobre los retoños habidos con Domitília a la vez que avanzaban los trámites conducentes a la anulación del primer matrimonio de la mujer. Isabel María, la mayor de sus retoños, recibió en julio de 1826 el título de duquesa de Goiás, con tratamiento de Alteza. En esa ocasión, Pedro decidió que Lepoldina debía aceptar que Isabel María compartiese el aula de estudios con sus hijas, María da Gloria, Januária, Paula Mariana y la pequeña Francisca Carolina. Era de suponer que Leopoldina se opondría con todas sus fuerzas. No tenía la menor intención de que la institutriz inglesa María Graham, que tenía a cargo a las princesitas y se había convertido de paso en una de las más queridas amigas de la emperatriz conjuntamente con su camarista mayor la marquesa de Aguiar, recibiese asimismo la misión de educar a Isabel María duquesa de Goiás. El asunto se enturbió considerablemente cuando dos de las princesas, María da Gloria y Paula Mariana, mostraron a las claras su disgusto e incluso su rechazo hacia la posibilidad de tener consigo a Isabel María.

María da Gloria tenía siete años y Paula Mariana íba camino de tres años. Si dos criaturas de esas edades de repente manifiestan de manera rotunda, en público, que se niegan a compartir sus pupitres con una hermana bastarda, es obvio que ello se deriva de la influencia de los adultos que las rodean. No cabe duda de que Leopoldina y María Graham habían tenido mucho que ver con la actitud de las niñas. En ese sentido, es comprensible que Pedro se enojase, porque las peleas a cara de perro de los mayores no deberían interferir nunca en las relaciones de niños unidos por la inocencia absoluta y los vínculos de sangre. María Graham acabó pagando el pato, pues hubo de abandonar la corte, para enorme desconsuelo de Leopoldina, que ya sólo podía confiar enteramente en la marquesa de Aguiar. Pero la emperatriz y las princesas se habían salido con la suya en lo concerniente a la duquesita de Goiás: Isabel María fue trasladada, para su educación, a la Facenda de Santa Cruz, dónde residían, en gran esplendor pagado por la corona, la hermana de Domitília, María Benedita, junto a su esposo, Boaventura Delfim Pereira, barón de Sorocaba.

Ese episodio no disminuyó la relevancia de Domitília. De ser baronesa de Santos había pasado a ser vizcondesa de Santos y a esas alturas ya se había transformado en marquesa de Santos: curiosamente, jamás puso un pie en la ciudad de Santos. Pedro decidió humillar definitivamente a Leopoldina en noviembre de 1826.

Pedro partía hacia el Sur, para afrontar una guerra en ciernes de Brasil frente a Uruguay. Antes de partir hacia el Sur, en el salón del trono de la Quinta da Boa Vista debía tener lugar el besamanos de los dignatarios de la corte a la emperatriz Leopoldina, embarazadísima de nuevo, ya que esta asumiría, formalmente, las prerrogativas de una regente en ausencia del marido. Sin embargo, en el día previsto, Leopoldina vió que en el salón, junto a ellos, estaría situada la marquesa de Santos, a quien odiaba con cada fibra de su ser. Leopoldina se negó de plano a soportar la cercanía con Domitília en una ceremonia pública; cuando ya estaban cerca de acceder a la sala del trono, manifestó que ella no pensaba entrar a no ser que se retirase previamente la marquesa de Santos. Según parece, Pedro perdió los estribos por completo: quiso arrastrar a su mujer hacia el interior de la sala tirándole del pelo y, al no conseguirlo, no sólo la agredió verbalmente, sino que podría haberle asestado un puntapié a pesar de que ella se hallaba grávida. Leopoldina, pese a una escena entre bambalinas de semejante violencia, persistió en su actitud de no acudir al besamanos. Ahí, desde luego, sacó a relucir su orgullo de Hasburgo.

A partir de ahí, corrieron rumores ominosos. La emperatriz vivía prácticamente confinada en sus aposentos de Boa Vista. Se decía que había agotado hasta la última lágrima en los brazos de la marquesa de Aguiar. En ese ambiente demoledor, sería interesante saber hasta qué punto estaba enterada de lo que ocurría María da Gloria a sus siete años. La tensión nerviosa en la que permanecía instalada Leopoldina hizo estragos sobre ella; sufrió un aborto, seguido de varios días de accesos de fiebre, convulsiones y delirios. Antes de morir, dictó, en una madrugada, una carta a la marquesa de Aguiar: estaba dirigida a su hermana María Luisa, duquesa de Parma. Leopoldina hablaba de un "terrible atentado" perpetrado hacia ella por parte de don Pedro en presencia de Domitília. Es muy posible que se refiriese a la escena en los anexos de la sala del trono el día en que estaba previsto que asistiesen los tres al besamanos. Pero surgieron distintas interpretaciones. Se aseguró que Pedro y Domitília habían conspirado para asesinarla, consiguiendo la complicidad de uno de los médicos de la corte a fín de ir suministrándole veneno. La gente, que estaba sinceramente afectada por la muerte de la emperatriz de veintinueve años, reaccionó de manera puramente emocional: una turbamulta apedreó la mansión de Domitília en las inmediaciones de Boa Vista y el cuñado de Domitília, el barón de Sorocaba, se encontró con que alguien trataba de asestarle dos tiros.

Las noticias de Brasil alcanzaron Europa. La reputación de Pedro quedó hecha unos zorros, por decirlo suavemente.


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 Asunto: Re: ANTONIA, INFANTA (fürstin Hohenzollern-Sigmaringen).
NotaPublicado: 24 Abr 2010 18:48 
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Domitila.


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su hermana Benedicta que también tuvo una relación con Pedro y le dió un hijo, Rodrigo Delfim Pereira.

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 Asunto: Re: ANTONIA, INFANTA (fürstin Hohenzollern-Sigmaringen).
NotaPublicado: 25 Abr 2010 12:00 
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Gracias por los retratos de la marquesa de Santos y la baronesa de Sorocaba ;) Ya sabes que he tratado de no entrar a fondo en la historia sentimental asociada al primer emperador de Brasil, jajaja, para ir rápido hacia dónde quiero llegar: María da Gloria. Pero es cierto que don Pedro no se andaba con miramientos ni con remilgos. Entre las mujeres con las que entabló relaciones cuando Domitília era su amante oficial, figuró la hermana menor de ella, María Benedita de Sorocaba. Se cuenta que Domitília se encendió de rabia y propinó algunos golpes a María Benedita al enterarse de que su hermana pequeña no sólo se acostaba con Pedro, sino que se había quedado embarazada a consecuencia de su aventura con Pedro. La corte brasileña de ese tiempo, desde luego, deja en mantillas al culebrón más enrevesado.

;)

Yendo a María da Gloria...aquí la vemos retratada en su infancia. El retrato lo he hallado en la ÖNB, he tratado de agrandarlo y hacerlo más nítido, pero no puedo ofreceros una calidad óptima:

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Ahí tenemos a una niña que había heredado los rasgos germánicos de Leopoldina. Una niña rubia, de ojos color celeste y piel blanquísima. En esa época, debía parecer una graciosa muñequita. Pero no cabe duda de que se hallaba en una situación que toca la fibra sensible: había perdido a su madre en diciembre de 1826, con apenas siete años de edad. Y se esperaba que lo asumiese con templanza y entereza, porque, en marzo de 1826, es decir, apenas nueve meses atrás, María da Gloria se había convertido en la reina María II de Portugal.

Sí, ya sé que os acabo de sorprender, jajaja. He querido plasmar el final de la tempestuosa vida en común de Pedro y Leopoldina, que haría de él un viudo de pésima reputación en las diversas cortes europeas, dejando a un lado los avatares políticos. Pero ahora toca reconstruír el aspecto político de modo somero.

En marzo de 1826, concretamente el día 10, había fallecido el rey Joao VI de Portugal. La muerte le sobrevino con solamente cincuenta y ocho años, cuando, teniendo en cuenta su estado general de salud, se podía haber apostado fácilmente a que le quedaban décadas de vida. Por añadidura, pereció al cabo de pocos días de sufrir un malestar intenso, fuertes dolores. Enseguida corrió el rumor de que su defunción se había debido a causas no naturales, sino "inducidas". Se habló de veneno -en concreto arsénico...- introducido en naranjas procedentes de los jardines del palacio de Belém. Supuestamente, los que habían conspirado en las sombras para eliminar a Joao VI habían sido su esposa, la reina consorte Carlota Joaquina, y el hijo predilecto de ésta, Miguel. Miguel ya había conspirado activamente para apartar del poder a su padre en 1824; de hecho, tan activamente conspiró, que Joao VI le había retirado sus cargos en el ejército y le había exiliado, razón por la cual el príncipe había tomado el camino hacia una corte que se caracterizaba por proteger a los partidarios de la monarquía en su forma más tradicional: la de Viena.

Carlota Joaquina era una auténtica reaccionaria, una versión femenina de su hermano Fernando VII de España. Había cifrado todas sus expectativas en el acceso al trono de su hijo Miguel, también un ferviente partidario de la monarquía absolutista, sin ninguna concesión al liberalismo que trataba de emerger a escala europea. Para Carlota Joaquina no cabía la menor duda de que Miguel debía suceder a Joao VI bajo el nombre de Miguel I. Desde una perspectiva legitimista a ultranza, Pedro, el hijo mayor que la propia Carlota Joaquina había alumbrado en su matrimonio con Joao, había perdido cualquier derecho al trono portugués al declararse en franca rebeldía contra su padre proclamando la independencia brasileña para convertirse ipso facto en el primer emperador de aquella nación americana. No podía darse el caso de que Pedro I emperador de Brasil quisiera ser ahora, simultáneamente, Pedro IV rey de Portugal. No encajaba en el esquema de Carlota Joaquina, ni de Miguel, que hacía gala de una notable ambición.

Claro que Pedro no lo vió de esa manera. Joao VI había experimentado, en su momento, una intensa pesadumbre cuando su Pedro, el hijo a quien él amaba tanto como Carlota Joaquina amaba a Miguel, había optado por declararse emperador de Brasil, rompiendo los lazos de la ex colonia con respecto a la metrópoli. Pero, con los años, Joao había llegado, quizá, a comprender a Pedro. Por encima de todas las cosas, Joao nunca había querido que Carlota Joaquina y Miguel tomasen el poder cuando él faltase: demasiado bien sabía que su viuda haría milagros para facilitar el retorno del exiliado en Viena. Antes de morir, Joao había dejado clara su voluntad: había nombrado a una de sus hijas, la infanta Isabel María, regente para el caso de que él pereciese y hasta el momento en que Pedro pudiese llegar de Río a Lisboa a fín de hacerse cargo del trono vacante. La infanta Isabel María se tomó muy en serio el legado de su padre, para enojo de Carlota Joaquina y de Miguel. Con notable firmeza, asumió su papel mientras enviaba una carta a su hermano Pedro rogándole que no retrasase su viaje a Portugal. Porque Portugal le aguardaba, en especial los sectores constitucionalistas, los liberales, que querían frustrar cualquier acceso al trono de Miguel, el niño de los ojos de la aborrecida Carlota Joaquina.

Pedro sabía que íba a afrontar una circunstancia muy peculiar. A Portugal no le importaba que él fuese, simultáneamente, rey de Portugal y los Algarves y emperador de Brasil; de alguna manera, eso suponía restaurar los vínculos entre Portugal y Brasil, la ex metrópoli y la ex colonia, que quedarían de nuevo asociadas al compartir el mismo soberano. Pero la Constitución vigente en Brasil, desde 1824, había previsto esa posibilidad y había establecido una prohibición expresa en ese sentido. La solución enseguida acudió a su mente: iría a Portugal, asumiría la corona de Portugal, pero no para sí mismo, sino para la mayor de sus retoños, María da Gloria, que sería María II. Técnicamente, Pedro fue rey Pedro IV de Portugal, pero lo fue solamente por espacio de siete días, antes de darle el relevo a María II.

De esa manera, una niña de siete años se veía lanzada de cabeza a un embrollo dinástico e histórico de primer orden en Portugal. Los constitucionalistas que habían esperado con los brazos abiertos a Pedro podían extender su flexibilidad al punto de aceptar a la niña María II, pero con reticencias. Los absolutistas, evidentemente, se ratificaron en su impresión de que se estaban sucediendo las ilegalidades. Miguel debía encarnar la soberanía, no la hija mayor de Pedro, una criatura nacida y crecida en el lejano Brasil. La división social era profunda.

No cabe sino experimentar simpatía hacia la infanta Isabel María, la regente elegida por el difunto Joao VI. Había contado con ser la efímera custodia del trono de Pedro IV, pero ahora Pedro IV cedía el testigo a la niña María II. Miguel estaba en Viena, reconocido por todas las potencias que deseaban frenar la consolidación de un constitucionalismo liberal "a la inglesa" en Portugal. Pedro era consciente de que convenía alcanzar alguna clase de acuerdo con Miguel. El acuerdo que se alcanzó fue peculiar: Miguel se convertiría en regente de la sobrina María a la vez que se concertaba el matrimonio de ambos; la corta edad de la novia haría obligatorio que esos esponsales no se consumasen hasta transcurridos varios años, pero, a su debido tiempo, los cónyugues compartirían el poder (una fórmula que había funcionado en la época del ascenso de María I, entonces aún la Piadosa y todavía no la Loca, que había estado casada con su tío Pedro, nombrado Pedro III).

Menudo lío...¿verdad? A los siete años, María había sido proclamada reina de un país que desconocía aunque fuese el país natal de su padre y abuelo paterno. Asimismo, se había arreglado su futuro -supuestamente- a través de un compromiso con un tío paterno, Miguel. Ahí Pedro había sido pragmático. Había querido conciliarse también con la corte de Viena, que protegía a Miguel y le detestaba a él en razón de lo que había sufrido la fallecida Leopoldina, una Habsburgo-Lorena. Pero María era en parte una Habsburgo-Lorena, nieta por vía materna del emperador de Austria. La boda de María con Miguel sería aceptada en la cancillería dirigida con mano de hierro por Metternich en Viena.

Las cosas pudieron haber salido adelante por esa vía. Miguel cubrió el trayecto de Viena a Lisboa. Inicialmente, se podría decir que hizo el paripé. Juró lealtad a la reina niña María II, su sobrina y su prometida, así como a la Carta Constitucional que Pedro había promulgado apresuradamente para Portugal antes de ceder el trono a la hija. La infanta Isabel María quizá pudo experimentar un alivio considerable ante ese apaño de familia. Pero en poco tiempo, Miguel decidió convocar una reunión de los Tres Estados del reino en sesión plenaria de Cortes. Esas Cortes Generales tendrían por objetivo principal pronunciarse acerca de la sucesión al trono de Portugal.

Recordad que estamos en la primera mitad del siglo XIX. Las noticias fluían desde Europa a América y en sentido opuesto, desde América a Europa. Pero fluían con lentitud, a veces con desesperante lentitud. El 5 de julio de 1828, la reina María II, usando el nombre de duquesa de Porto, abandonó Río de Janeiro en un barco convenientemente escoltado por otros navíos que la llevaría a la vieja Europa: se había sugerido que vendría bien que completase su formación en la corte de Viena, bajo la tutela del abuelo materno, el emperador Francis I. Pedro la había confiado a la custodia de un eximio caballero, Felisberto Caldeira Brant, marqués de Barbacena. Ni Pedro ni Barbacena -menos aún la pequeña María, de nueve años- estaban al corriente de la convocatoria de Cortes Generales formulada por Miguel. De hecho, la flotilla que hizo cruzar el Atlántico a la rubia soberana de nueve años alcanzó Gibraltar el 3 de septiembre de 1828: fue allí dónde Barbacena recibió la noticia de que las Cortes Generales, reunidas en junio, habían proclamado a Miguel rey Miguel I de Portugal, anulando la Carta Constitucional para que volviese a existir una monarquía de corte absolutista. Barbacena reaccionó con sangre fría. Pensó que Miguel no habría actuado de esa manera tan osada sin haber contado con apoyos suficientes, de algunas grandes potencias. Él no íba a llevar a María II a Viena mientras no tuviese claro si el emperador Francis y el canciller Metternich habían "traicionado" a don pedro. Bajo su propia responsabilidad, Barbacena decidió que desde Gibraltar navegarían hasta Inglaterra. Inglaterra era la única nación en la que confiaba plenamente, incluso a pesar de que el gabinete ministerial presidido por lord Wellington se había inclinado, en primera instancia, a favor de Miguel (le veían caballo ganador frente a una niña desconocida por los portugueses).

Cabe preguntarse de qué forma se le transmitiría esa información a María y, en especial, cómo la habrá asimilado ella. Para una chiquilla que aún no había cumplido diez años, por mucho que hubiese nacido princesa y hubiese crecido situada en los intrincados vericuetos de una corte imperial, aquello tenía que ser, por fuerza, muy confuso. Al despedirla en Río, su padre le había asegurado que no había ningún motivo de intranquilidad, menos aún de aprensión; llegaría felizmente a Viena, dónde sus imperiales parientes se encargarían de ella para que, en un futuro, estuviese perfectamente preparada para casarse con su tío y asumir junto a éste el gobierno de Portugal. De pronto, en Gibraltar, ya muy cerca de Portugal, el marqués de Barbacena tenía que explicarle que Miguel había faltado a todos los compromisos adquiridos con Pedro. Miguel había jugado su partida con cartas trucadas. Y, en el momento decisivo, esas trampas le habían permitido hacerse a sí mismo rey de Portugal, pasándose por el arco del triunfo los derechos de María. Así que, simplemente, tenían que ir a Inglaterra porque Inglaterra nunca les había fallado. Claro que Wellington simpatizaba con Miguel, pero...no cabía otra opción.

No se puede echar en cara a Barbacena que tomase la única decisión que, a su juicio, correspondía tomar en tan perturbadoras circunstancias. Bastante hizo Barbacena conduciendo a María hasta Inglaterra.


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 Asunto: Re: ANTONIA, INFANTA (fürstin Hohenzollern-Sigmaringen).
NotaPublicado: 25 Abr 2010 22:56 
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Que pluma magistral Minnie ;) Me parece que ahora se viene lo mejor!
Mientras tanto dos imágenes de Maria Da Gloria de niña y ya un poco mayor

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 Asunto: Re: ANTONIA, INFANTA (fürstin Hohenzollern-Sigmaringen).
NotaPublicado: 25 Abr 2010 23:05 
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Don Miguel en 1827, retratado por Johann Ender en Viena

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 Asunto: Re: ANTONIA, INFANTA (fürstin Hohenzollern-Sigmaringen).
NotaPublicado: 26 Abr 2010 20:58 
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¡Qué retratos tan bonitos de María, Vero! Me gustan mucho, porque la mayoría de retratos que he visto de ella, corresponden a una época bastante posterior de su vida, en la que los genes heredados de su madre (obesa, recuérdese) y los partos le estropearon por completo la figura.

Don Miguel también luce muy apuesto en ese cuadro. En realidad, Miguel era muy gallardo. Otra cosa es lo que se pueda opinar de él como persona y ya no digamos políticamente...que ahí entran en liza las percepciones de cada uno acerca de la monarquía absolutista, el movimiento ultraconversador en la época, etc. Pero estaba "cañón", hay que admitirlo.


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 Asunto: Re: ANTONIA, INFANTA (fürstin Hohenzollern-Sigmaringen).
NotaPublicado: 26 Abr 2010 21:03 
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Minnie muchas gracias por el tema... la verdad que me ha enganchado!!!! No conozco mucho la monarquía portuguesa y me está sirviendo para aprender... Espero que sigas muy pronto con la vida de esta infanta. :yay: :yay:

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 Asunto: Re: ANTONIA, INFANTA (fürstin Hohenzollern-Sigmaringen).
NotaPublicado: 26 Abr 2010 22:00 
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Al principio, Barbacena creyó que había dado en el blanco de la diana.

La flotilla arrivó sin complicaciones a Plymouth. María, en la cubierta del barco, acompañada por su fiel camarista Leonor da Câmara, recibió la sorpresa de una acogida bastante calurosa; pero, en realidad, se trataba principalmente de portugueses liberales exiliados, que se habían trasladado a ese puerto para testimoniarle su afecto a la niña que llegaba del remoto Brasil. Barbacena debió explicarle la importancia de su primera visita al castillo de Windsor. Se trataba de causar una impresión positiva en el rey, George IV, y especialmente en el primer ministro tory, lord Wellington. María representó su papel con sorprendente aplomo y dignidad. Al encontrarse frente a lord Wellington, le dijo:

-Sé que en otra época, salvásteis a mi abuelo (Joao VI); espero que ahora salvaréis a su nieta.

Probablemente, lord Wellington esbozaría una sonrisa neutra. Cierto que María había sido inteligente reclamando su parentesco con Joao VI, pero, en ese aspecto, don Miguel era hijo del mismo hombre del que ella se ufanaba de ser nieta. Barbacena enseguida comprendió que, pese a la amable recepción en Windsor, María era un estorbo en Inglaterra, porque Wellington estaba dispuesto a reconocer la soberanía de Miguel. Para María, la constatación de ese hecho debió representar un duro golpe contra el suelo del pragmatismo político. Los ingleses eran tradicionales aliados de los portugueses, porque de ahí extraían una serie de ventajas; pero, por lo demás, poco les importaba qué Braganza ocupase el trono en un momento dado y, de hecho, Miguel, un hombre en el apogeo de su juventud, parecía un soberano más conveniente que una niña rubia de ojos celestes a la que le quedaba un largo camino por recorrer antes de alcanzar la mayoría de edad.

A ojos de María, la estancia en Inglaterra se transformó en una auténtica humillación. Leonor da Câmara hacía lo posible y lo imposible por insuflar ánimos en la muchachita, pero ésta se mostraba claramente abatida. Barbacena sólo podía instarla a tener paciencia, mientras él se centraba en cumplir un mandato de don Pedro: debía encontrar una auténtica princesa europea dispuesta a convertirse en la segunda esposa de aquel emperador de Brasil.

Por lo general, un emperador es un bocado muy apetecible en el mercado matrimonial interdinástico. Lo habitual es que pueda permitirse el lujo de elegir esposa entre un surtido de princesas en edad de merecer. Pero don Pedro contaba con el hándicap de su mala reputación. En las cortes europeas nadie había olvidado lo desgraciada que había sido Leopoldina de Habsburgo-Lorena en Río. ¿Quien íba a ofrecer una hija o una sobrina para que ésta se viese sometida a un trato grosero y vejatorio allende los mares? La situación jugaba en contra de las aspiraciones nupciales de Pedro.

Surgió una opción interesante en Baviera. Una de las hijas del rey Maximilian I Joseph, Augusta Amalia, había matrimoniado décadas atrás con Eugène de Beauharnais, hijastro de Napoleón Bonaparte. Sorprendentemente, Eugène y Augusta Amalia habían conformado una pareja de lo más romántica. Cuando se produjo el colapso del imperio napoleónico, Augusta Amalia manifestó una sincera adhesión e inquebrantable lealtad hacia Eugène. Éste, que fue leal a su padrastro, hubiera debido figurar en el bando de los vencidos y humillados, pero su profundo sentido del honor le había valido la simpatía de todos, en tanto que el amor de su esposa le aseguraba el patrocinio benévolo de su suegro rey de Baviera. Así que Eugène y Augusta Amalia habían emprendido una nueva etapa en sus vidas en el papel de duques de Leuchtenberg.

Eugène ya había muerto. Augusta Amalia era una viuda decidida a situar apropiadamente a sus hijos. La mayor de los retoños, Josefina, que era una preciosidad, estaba, por entonces, casada con el heredero de los tronos de Suecia y Noruega, Óscar. Eugenie, la segunda hija, se había unido en matrimonio al riquísimo príncipe Constantin de Hohenzollern-Hechingen. Así que Augusta Amalia debía centrarse en sus dos hijas solteras, Amelia y Theodolinde, a la vez que en sus dos hijos varones, Augusto y Maximilian.

Amelia de Leuchtenberg, de diecisiete años, tenía fama de ser una hermosura, incluso más que sus hermanas ya casadas, Josefina y Eugenie. También se trataba de una princesa culta, socialmente refinada y de conducta piadosa. Un bombón. Barbacena se lanzó a la tarea de asegurar esa princesa para don Pedro. Augusta Amalia era receptiva a la idea de ver a su hija Amelia convertida en emperatriz de Brasil, pero, naturalmente, exigía una amplia serie de garantías de que la muchacha no tendría que pasar por el calvario por el que había pasado Leopoldina de Austria. Don Pedro debería demostrar su buena voluntad expulsando de la corte a su favorita Domitília marquesa de Santos y a la hija bastarda de ésta, Isabel María, duquesa de Goiás. Sólo así cabría la posibilidad de que consiguiese la mano de Amelia. Para Barbacena debió ser la mar de incómodo tener que ofrecer esa clase de seguridades a la duquesa viuda de Leuchtenberg.

Una vez sorteados todos los escollos a través de un amplísimo contrato prenupcial, se celebró la boda por poderes. Fue en Munich, la capital de Baviera, el 2 de agosto de 1829. Barbacena se encargó de representar a Pedro en esa boda. Luego, hubo de escoltar a la novia, ya emperatriz, hasta la ciudad belga de Ostende, dónde aguardaba la fragata brasileña Imperatriz, enviada por don Pedro. La duquesa viuda de Leuchtenberg aún no las tenía todas consigo, pese a que Barbacena le había reiterado el compromiso de don Pedro de que Amelia hallaría en él un marido devoto y fiel. Para asegurarse de que Amelia no estaría sola en el momento crucial del encuentro con don Pedro, la duquesa viuda de Leuchtenberg había decidido que la muchacha viajase acompañada por su hermano Augusto, duque de Leuchtenberg, de diecinueve años de edad.

La fragata Imperatriz zarpó de Ostende con la clara intención de realizar una escala en Inglaterra. Aprovechando que Amelia se íba a Brasil, llevaría consigo de vuelta a casa a María, que demasiado tiempo había permanecido en suelo británico sin recibir nada excepto una mínima consideración a su rango.


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 Asunto: Re: ANTONIA, INFANTA (fürstin Hohenzollern-Sigmaringen).
NotaPublicado: 26 Abr 2010 23:04 
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Amelia de Leuchtenberg.wikipedia


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 Asunto: Re: ANTONIA, INFANTA (fürstin Hohenzollern-Sigmaringen).
NotaPublicado: 27 Abr 2010 20:09 
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¡Gracias, Legris! Creo que te gustará ver estos retratos de Amelia:

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Algo hay que resaltar en Amelia, aparte de su atractivo físico, que salta a la vista a través de los lienzos: había heredado la naturaleza sinceramente complaciente de su madre, Augusta Amalia de Baviera. Amelia abandonó Baviera para emprender el larguísimo viaje hacia Brasil con la mejor predisposición, no sólo hacia don Pedro, sino hacia los hijos huérfanos de Leopoldina. Esto fue de gran importancia por lo que se refiere a su primer encuentro con María, a bordo de la fragata Imperatriz. Por su lado, María estaba también deseosa de congeniar con su flamante madrastra. Al cabo de varios meses en Inglaterra, María había concebido en su interior un poderoso anhelo de la corte de Río; quería volver a la Quinta da Boa Vista, junto a su padre y a sus hermanos menores. Ese ansiado viaje de retorno lo haría junto a Amelia, cuya presencia en Brasil, de entrada, parecía asegurar la desaparición de escena de Domitília marquesa de Santos, a quien, obviamente, María no apreciaba en absoluto, más bien al contrario, porque la responsabilizaba de la amargura que había rodeado a la fallecida Leopoldina.

Bajo esas premisas, una relación de mútua simpatía se estableció entre María y Amelia. María no podía vislumbrar el futuro, como es natural, pero si le hubiese sido concedido el tener siquiera un leve atisbo de su porvenir en la tierra, habría descubierto que Amelia sería, por siempre, un punto de referencia afectivo y de apoyo emocional para ella. Paralelamente, María también desarrolló una lógica inclinación hacia Augusto duque de Leuchtenberg, el hermano de Amelia. Se trataba de un joven apuesto, como todos los hijos que habían surgido del enlace de Eugène de Beauharnais y de Augusta Amalia de Baviera. Hacía gala, por añadidura, de unos modales encantadores. Así que no había nada de extraño en que María, a sus diez años, contemplase con la admiración teñida de cierto romanticismo, propia de una preadolescente, a Augusto de Leuchtenberg.


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 Asunto: Re: ANTONIA, INFANTA (fürstin Hohenzollern-Sigmaringen).
NotaPublicado: 27 Abr 2010 20:33 
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La corte brasileña estaba de lo más entretenida con rumores que íban y venían por los recovecos interiores o exteriores de la Quinta da Boa Vista mientras la fragata Imperatriz, escoltada por el buque Isabel, cruzaba el Atlántico en dirección a Río (esa clase de trayecto podía llegar a durar unos noventa días, dependiendo de diversos factores metereológicos).

No sólo Domitília hubo de abandonar la corte. El 3 de octubre, siendo ya inminente la llegada de Amelia, se produjo asimismo el traslado fuera de la Quinta da Boa Vista de la hija mayor que Domitília había dado a Pedro, Isabel María, la duquesa de Goiás. Después de Isabel María, Domitília había tenido un niño, Pedro de Alcántara, nacido en el mismo año en que Leopoldina había dado a luz a su hijo Pedro, heredero de la corona imperial; pero el hijo bastardo no había llegado a cumplir un año antes de morir. Más tarde, había habido otra hija, María Isabel Alcántara Brasileira, nombrada duquesa do Ceará; sin embargo, esa pequeña había fallecido a los pocos meses. Así que Isabel María, duquesa de Goiás, era la única que había sobrevivido de la prole concebida por Domitília en su larga relación con Pedro. Tenía cinco hijos...y su padre emperador la adoraba, porque ya hemos dicho que amaba a cada uno de sus hijos, independientemente de que fuesen o no legítimos; pero, aparte, se trataba de una criatura bonita en extremo y muy precoz. Pese a todo, Isabel María duquesa de Goiás no podía permanecer en el palacio. En un buque, se la llevó a través de la bahía de Guanabara hasta Niteroi. Se había decidido que sería instalada en Niteroi mientras se completaban los preparativos para llevarla a Francia, en concreto a un prestigioso colegio de París.

Domitília parece haber asumido con filosofía su remoción de la corte, a pesar de que estaba embarazada cinco meses en octubre de 1829. Esperaba tener otro hijo o quizá otra hija de Pedro en febrero de 1830, como, de hecho, sucedería. No podía satisfacerla que apartasen de su lado a la duquesita de Goiás ni tampoco pensar que Pedro la despachaba a ella misma justo en el apogeo de esa última preñez. Pero Domitília no había tenido una vida fácil, de hecho había tenido que atravesar experiencias penosas antes de que la pasión -no exclusiva...- de un emperador la hubiese elevado muy por encima de su condición; era lo suficientemente pragmática para comprender que había adquirido mejor posición y mayor patrimonio del que nunca hubiera logrado si su amante no la hubiese mantenido a su lado durante años; ahora, estaba dispuesta a hacerse a un lado sin armar escenas de ninguna clase. Pedro compró la mansión que tiempo atrás había ofrecido a Domitília en las inmediaciones de palacio: juzgaba que le vendría bien para establecer a la joven reina de Portugal, su hija María. El dinero no íba a faltarle a Domitília, que enseguida se retiró a Sao Paulo.


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 Asunto: Re: ANTONIA, INFANTA (fürstin Hohenzollern-Sigmaringen).
NotaPublicado: 27 Abr 2010 21:46 
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Bueno...a ver si piso el acelerador, porque, de lo contrario, no llegaré nunca a Antonia.

(grin)

Digamos que don Pedro había "ordenado las cosas" convenientemente. A esas alturas, estaba impaciente por ver a Amelia. Su emisario -Barbacena- había descrito a Amelia como una mujer hermosa, pero Pedro quería comprobar por sí mismo que no le habían ofrecido una imagen halagadora de su flamante consorte. A lo largo de la historia, no han sido pocos los reyes o príncipes a quienes se les prometió una novia atractiva y que, en su primer encuentro, tuvieron razones para querer cortarle la cabeza al mensajero. Con esa idea en mente, Pedro ni siquiera esperó a que los navíos atracasen en el puerto; en cuanto aparecieron en la bahía de Guanabara, pidió un bote o una chalupa para ir al encuentro de la fragata.

Al ascender Pedro a cubierta, su hija María se lanzó a sus brazos. María adoraba a su padre; probablemente, el único conflicto serio en su vida, hasta ese momento, había sido impedir que las circunstancias que habían rodeado los últimos años en la tierra de su fallecida madre manchasen a sus ojos la imagen de su progenitor, que se mostraba invariablemente atento y cariñoso con los hijos. Después de intercambiar muestras de afecto con María, Pedro pudo, por fín, fijar su mirada en Amelia, que aguardaba junto a su hermano Augusto. Amelia era muy bonita, constató. También era tímida, pero la timidez se disolvió enseguida por obra y gracia de la compostura que le habían inculcado desde la niñez en la corte de Baviera. Ese primer cruce de saludos entre Pedro y Amelia -en francés...- resultó muy positivo.

Más tarde, acudirían al buque los hijos menores del emperador. Januária, Paula Mariana y Francisca Carolina estaban deseosas, ante todo, de ver a su hermana mayor, María. Pero, desde luego, también experimentaban curiosidad por su madrastra. El pequeño Pedro aún no había cumplido cuatro años; la figura femenina más destacada en su vida era su gobernanta, Mariana de Verna, a la que estaba profundamente unido. Pedro enseguida quedó fascinado con Amelia. La espontánea ternura que le manifestó Amelia le convenció de que había encontrado una mamá. De hecho, enseguida empezaría a llamarla mamá: para ese niño, ella y sólo ella representó la figura materna, puesto que no guardaba en su memoria ni un leve recuerdo de la pobre Leopoldina. En otro aspecto, al crecer, Pedro convirtió a Amelia en el ideal femenino.

Amelia desembarcó de la fragata al día siguiente de su llegada, bajo una lluvia torrencial. A esas alturas, ya había encandilado a don Pedro y a sus hijastros. Se podía considerar que había triunfado. La boda, una fastuosa ceremonia, se celebró enseguida en la capilla del palacio imperial. Existe un cuadro, pero sólo lo he encontrado en pequeño tamaño; además, el autor, Debret, se ha columpiado bastante, mostrando a doña Amelia rubia en vez de morena. Os lo añado al texto, para aligerar ;)

Imagen

Nuestra Amelia tuvo la suerte de que su hermano Augusto permaneció con ella en Brasil, ostentando el título de duque de Santa Cruz que le confirió el cuñado Pedro I a partir de noviembre de 1829. Por otro lado, no fue emperatriz de Brasil mucho tiempo, en realidad. A Pedro ya le reconcomía por entonces una idea: la de traspasar la corona de Brasil, nación pacificada y próspera, a su hijo Pedro, para poder ir a Europa a tomar la corona de Portugal que, a su juicio, debía ceñir las sienes de su hija María, no las de su hermano Miguel. La relación de Pedro y Miguel estaba envenenada sin remedio. Pedro consideraba a Miguel un traidor y un usurpador, aparte de que, a veces, no dudaba en atribuírle la muerte del padre de ambos, Joao VI, que recordad que había sido bastante sospechosa. Miguel mantenía ligeramente las formas: en 1830 escribió a Pedro para comunicarle el fallecimiento de la madre de los dos, Carlota Joaquina. Pedro no había tenido buena relación con Carlota Joaquina, pero había que guardar las apariencias: se aisló en sus aposentos durante ocho días a la vez que promulgaba luto oficial.

El 7 de abril de 1831, Pedro abdicó finalmente a favor de su hijo Pedro. El niño, que íba camino de los seis años, había logrado superar una primera infancia un tanto enfermiza, con frecuentes accesos de fiebres y de convulsiones. A tan tierna edad, acababa de convertirse en Pedro II de Brasil. Los brasileños le aceptaban de mil amores: aún recordaban que habían festejado con entusiasmo delirante su nacimiento y que era el primer soberano oriundo de esa nueva nación.


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