Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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 Asunto: Re: ANTONIA, INFANTA (fürstin Hohenzollern-Sigmaringen).
NotaPublicado: 05 Oct 2009 20:29 
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Os voy a regalar los ojos con una foto de Antonia en la que no sólo está guapa, sino incluso "sexy". En serio...cuando la encontré de pura chiripa, dándole uno de mis habituales repasos a la creciente colección de la ÖNB, no daba crédito. Joven, atractiva y glamurosa, todo de una tacada, en una excelente imagen:

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 Asunto: Re: ANTONIA, INFANTA (fürstin Hohenzollern-Sigmaringen).
NotaPublicado: 05 Oct 2009 20:37 
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Pero ya hemos visto montones de fotos de Antonia...en diferentes fases de su vida...y quizá sea momento de empezar a recrear su biografía, a ver lo que podemos recopilar entre todos.


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 Asunto: Re: ANTONIA, INFANTA (fürstin Hohenzollern-Sigmaringen).
NotaPublicado: 08 Dic 2009 21:13 
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Antonia

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 Asunto: Re: ANTONIA, INFANTA (fürstin Hohenzollern-Sigmaringen).
NotaPublicado: 15 Dic 2009 03:18 
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Maravillosa esa tu ultima fotografia de Antónia, Minnie!! =D>


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 Asunto: Re: ANTONIA, INFANTA (fürstin Hohenzollern-Sigmaringen).
NotaPublicado: 19 Abr 2010 22:54 
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No tengo vergüenza, no tengo vergüenza, no tengo vergüenza...

Ya me flagelo yo antes de que me flageléis vosotros, jajaja. De verdad...este foro surgió de un interés global por la realeza, pero siempre he pensado que debíamos focalizar una especial atención en las monarquías ibéricas, la española y la portuguesa. En los foros internacionales, quizá no sean tan "cool" como la monarquía británica o la rusa, por ejemplo. Pero a nosotros nos toca más de cerca.

Antonia es un personaje bombón entre varios personajes bombones. Y aquí la tengo, abandonadísima. Gracias a Mic y a Katy, en especial a ellas dos, hay casi cuatro páginas de fotos de Antonia en distintas etapas de su vida. Pero queda un relato pendiente...y muchas otras imágenes para ilustrarlo. Merezco un severo correctivo por no haberle dado "aire" a este tema, en el que se agradecería especialmente cualquier aportación de algunos foreros particularmente ligados a Portugal ;)

Voy a arrancar la historia de Antonia partiendo de la de su madre: María. Esta María:

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De nombre completo Maria da Glória Joana Carlota Leopoldina da Cruz Francisca Xavier de Paula Isidora Micaela Gabriela Rafaela Gonzaga de Bragança. A decir verdad, es de esas figuras femeninas que siempre se me hacen profundamente entrañables porque tuvo una existencia plagada de episodios tristes o dolorosos, con un trágico desenlace que se veía venir. Sin embargo, a pesar de los avatares de su existencia, María mostró una actitud muy digna y valiente. Fue una mujer bondadosa y compasiva, además de una soberana que supo ganarse los sobrenombres de "A Educadora" y "A Boa Mãe".

Si hubo un hecho decisivo en la historia decimonónica portuguesa, fue el convertirse en objetivo prioritario de Napoleón Bonaparte, el general corso que, aprovechando el río revuelto de su época, supo hacerse a sí mismo emperador de los franceses. En su determinación a obtener la plena hegemonía en el espacio geopolítico europeo, Napoleón había lanzado una estrategia de bloqueo continental contra su adversaria, Gran Bretaña. Portugal, vinculada a Gran Bretaña por antiquísimas relaciones comerciales que se habían entreverado con alianzas políticas, no encontró razón alguna para suscribir el bloqueo continental. Quizá en Lisboa calibraron mal la situación, dando por hecho que Napoleón montaría en cólera por el desafío implícito en la actitud lusitana pero que ya se aplacaría a sí mismo. Napoleón enseguida buscó una connivencia con la monarquía hispana de entonces (la de Carlos IV y María Luísa de Parma, con el aderezo de un valido altamente impopular llamado Manuel Godoy y de un príncipe de Asturias, Fernando, que conspiraba abiertamente contra sus progenitores...¡¡para estar orgullosos de semejante percal, vamos!!) a fín de poder cruzar tierras españolas y adentrar sus ejércitos en tierras portuguesas. A decir verdad, Napoleón ya había decidido que, puesto a tomar el control de Portugal, aprovecharía para tomar el control de España.

En Portugal, por entonces, había una reina titular, una reina por derecho propio. Se llamaba María, María I. Algún día, os prometo que le dedicaremos un tema a María I, porque es una mujer que suscita auténtica lástima. Su madre, la española Mariana Victoria, había criado a María, al igual que a las hermanas menores de ésta, en un ferviente catolicismo. María era tan piadosa que no podía sufrir el hecho de que el marqués de Pombal, ministro plenipotenciario de su padre predecesor en el trono, Joao I, hubiese emprendido una decidida persecución contra la Compañía de Jesús, los jesuitas. Nada más acceder al trono a la muerte de Joao I, María I le dió la vuelta a la tortilla quitándose de enmedio a aquel marqués de Pombal a quien nadie se había atrevido a toserle durante décadas. La religiosidad de María I había guiado sus actos desde el principio: a modo de ilustración, os contaré que en cierta ocasión decreto nueve días de luto nacional y auspició una gran procesión de penitencia que ella misma encabezó llevando una vela entre las manos sólo porque unos ladrones habían entrado a robar en una iglesia lisboeta y habían profanado el templo tirando por los suelos hostias consagradas.

Esa misma religiosidad de María le hacía ver que su padre "ardía en el infierno" por haber proscrito a los jesuítas con la cooperación entusiasta de aquel marqués ya removido de su posición. Cuando digo que se lo hacía ver, me refiero a que ella realmente creía tener esa clase de visiones espeluznantes de su padre quemándose en las calderas de Pedro Botero (y aunque lo digo en este tono, lejos de mi intención burlarme de los delirios de la pobre mujer, que le causaban un espantoso sufrimiento porque ella había querido mucho a su progenitor). Por otro lado, esa misma religiosidad le había impedido aceptar que su hijo mayor, José, nacido de su unión con su tío y consorte Pedro III, fuese vacunado de viruela. Al final, cuando el chico murió de viruela en plena juventud, sin dejar herederos a pesar de que le habían casado con una hermana de su madre que le doblaba la edad, María perdió la razón.

La demencia de María obligó a apartarla del poder. Muerto José, el siguiente en la línea de sucesión era Joao, destinado a convertirse, en un futuro, en Joao VI. Joao hubo de asumir la regencia debido a la incapacidad evidente de su madre, que vivía entre duelos, quebrantos y penitencias. Para el momento en que Napoleón lanzó a sus hombres a la conquista de Portugal, María I era una reina confinada en nombre de la cual ejercía el poder su hijo Joao, cuya esposa, dicho sea de paso, era Carlota Joaquina de España, hija de Carlos IV y de María Luísa, hermana de Fernando.

Ante la llegada inminente de los franceses, Joao tomó una decisión osada. La familia real, declaró, no podía quedarse en su capital lusa para acabar convirtiéndose en rehenes de los invasores, que tratarían de convertirles en unos simples peleles. Se embarcarían...y se irían al otro lado del Océano, a Brasil, su colonia ultramarina de mayor relevancia. En Río de Janeiro, seguirían representando su función hasta que las circunstancias les permitiesen el retorno a Portugal.

Los ingleses se mostraron ansiosos por colaborar en la migración transoceánica de la corte portuguesa. El 29 de Noviembre de 1807, zarparon desde Lisboa los buques que transportaban a la reina loca María I, al príncipe regente Joao, a la esposa española de éste Carlota Joaquina, a los hijos de esta pareja y al resto de miembros de la dinastía; era una pequeña flota con una nutrida escolta de barcos ingleses, algunos de los cuales se relevarían en Madeira. La familia real de Portugal alcanzó Río de Janeiro el 8 de Marzo de 1808. A esas alturas, Joao, el regente, ya estaba pagando la cooperación amistosa de los ingleses abriendo Brasil al comercio con el exterior y de manera destacada con las naciones amigas, entre las cuales descollaba -of course- Gran Bretaña.

Esto es un elemento sustancial de nuestra historia...


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 Asunto: Re: ANTONIA, INFANTA (fürstin Hohenzollern-Sigmaringen).
NotaPublicado: 20 Abr 2010 01:26 
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En el entretanto , dos lindos cabinet de Antonia...


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Y su marido, el guapo Leopold

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 Asunto: Re: ANTONIA, INFANTA (fürstin Hohenzollern-Sigmaringen).
NotaPublicado: 21 Abr 2010 21:41 
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¡Qué preciosos cabinets de Antonia y su Leopold, Katy! :love:

Estoy ansiosa por llegar al punto en que se inicia la historia de amor de ambos, jajaja. Pero, de momento, tengo que recordarme que acabo de lanzarme de cabeza a la migración transoceánica de los Braganza, allá por 1807. María I aún era la reina, aunque fuese una reina privada de sus funciones a causa de su insania. Su hijo Joao era simplemente el regente. Faltaban nueve años para que muriese María I: no falleció hasta el mes de marzo de 1816, con ochenta y un años de edad. Ocurrió en Río de Janeiro.

Joao había elevado Brasil a la categoría de reino en 1815. En 1816, por tanto, se convirtió en Joao VI, rey de Portugal, Brasil y los Algarves, por mencionar su título completo. No tenía prisa alguna por regresar a Portugal; permaneció en Brasil junto a la flamante reina consorte Carlota Joaquina, que era una pécora de cuidado, por cierto. Los hijos de ambos se habían hecho adultos en tierras brasileñas. Pedro, el heredero, amado por el padre pero apenas querido por la madre, tenía ya dieciocho años. Mayores que Pedro eran dos infantas: Teresa y María Isabel. A esas alturas (recordad, estamos contemplando el año 1816) Teresa ya había enviudado de su marido, que había sido a la vez su primo: Pedro Carlos de España y Portugal; de esa breve trayectoria matrimonial, interrumpida bruscamente por el fallecimiento prematuro de don Pedro Carlos, le había quedado a ella un hijo, el pequeño Sebastián, que reunía en su persona las dignidades de infante de España e infante de Portugal. Siendo la línea de los enlaces ibéricos, María Isabel fue enviada en 1816 a casarse con Fernando VII de España, hermano de su propia madre, Carlota Joaquina.

Detrás de Pedro en sus gallardos dieciocho años, otra infanta, María Cristina, había sido también destinada a España. En su caso, el marido sería el infante Carlos María Isidro, hermano que seguía en edad a Fernando VII (por tanto, heredero del trono mientras careciese de descendencia masculina el monarca, pues las niñas aún no contaban para nada debido a la vigencia de la ley sálica en nuestro país). A María Cristina la seguía la infanta Isabel María, todavía una quinceañera. Justo a continuación de Isabel María, se encontraba el infante Miguel, de catorce años en ese momento al cual nos referimos. Miguel (sexto hijo sobreviviente de Joao y Carlota Joaquina) era el indiscutible favorito de la madre. Cerraban la cuenta dos infantas, María da Assunção y Ana de Jesús, unas niñas que aún jugaban a las muñecas.

Cualquiera puede comprender que los Braganza estuviesen tan a gustito en Río de Janeiro. Joao se había tomado un saludable interés por revitalizar la sociedad brasileña una vez que la corte se había establecido en Río. Hasta entonces, había estado prohibido, por ejemplo, la impresión de periódicos o libros en territorio brasileño: había que importar la prensa y las obras literarias desde Portugal, la remota metrópoli. A partir de la llegada de Joao, eso cambió de manera casi instantánea. Se fundó el Banco do Brasil para gestionar la economía, tonificada gracias a la apertura del comercio con las naciones amigas (en especial Inglaterra). Se inicó la explotación minera a gran escala. Se creó una academia militar, así como una enorme fábrica de pólvora, y se fundaron colegios, incluyendo dos notables universidades de medicina. Incluso se puso en pié un teatro de la ópera a la vez que se creaba de la nada el Jardín Botánico en Río. La transformación de Brasil fue evidente. Y era natural que Joao prefiriese ampliar su estancia en Brasil incluso cuando ya se había hecho factible embarcarse de vuelta a Portugal. A fín de cuentas, Brasil estaba en una edad dorada, una etapa próspera, de feliz expansión; era un mundo exótico, de atmósfera vibrante y en pleno salto hacia adelante. Por el contrario, los largos años de ocupación extranjera, resistencia y guerra habían asolado Portugal. Portugal necesitaría muchos costurones y remiendos para recuperar su aspecto, por no hablar de que la postguerra estaba marcada por una profunda crisis económica.

Pero -y eso también entra dentro del orden de las cosas...- los portugueses estaban más que refunfuñones ante la clara renuencia de su rey Joao VI a emprender la vuelta a Lisboa desde Río de Janeiro. Mientras la corte estuviese en Río, Río asumía una evidente prevalencia sobre Lisboa. Y nunca ha sido grato para la capital de una metrópoli sentirse relegada tras la capital de principal colonia ultramarina, eso representa invariablemente una patada en el orgullo patrio. Por otro lado, los portugueses habían asumido, con enorme coraje y la ayuda de su tradicional aliado británico, la tarea de sacudirse de encima la ocupación napoleónica. Eso había implicado, por parafrasear a W.Churchill, sangre, sudor y lágrimas. De nuevo eran libres, habían preservado su independencia nacional; pero estaban con el país hecho unos zorros y teniendo que apañárselas con una crisis de aúpa. Entendían que sus reyes debían establecerse rápidamente en Lisboa, para dar por cerrado el amargo capítulo de la guerra y para servirles de guía durante la penosa postguerra. No les faltaba razón, claro.

En 1820, Joao hubo de encajar el hecho de que se hacía ineludible el regreso a Lisboa. Habían pasado DOCE AÑOS a partir de aquella jornada en la que toda la familia real con su amplio séquito había embarcado en los cais de Belém en la flota que les llevaría a América; no es que a Joao se le iluminase esa idea en la cabeza de repente mientras paseaba, por ejemplo, por el Jardín Botánico del que tan orgulloso se sentía, sino que al llegar a Río la noticia de que había estallado una revuelta liberal en Portugal, comprendió que sus súbditos portugueses habían agotado las últimas reservas de paciencia. Toda la familia hubo de asistir a los preparativos para la vuelta...con la excepción del hijo varón de mayor edad, Pedro de Alcántara. El heredero de Joao se quedaría, de momento, en Brasil. Sería, allí, un regente sometido a la autoridad del monarca establecido nuevamente en Lisboa.

Era una situación compleja...y que encerraba un riesgo evidente de ruptura. Al permanecer en el Palácio da Quinta da Boa Vista que poco antes había albergado a toda la familia real, Pedro ligó su destino a Brasil. Junto a él, tenía a una esposa reciente, una archiduquesa austríaca llamada Leopoldina que, pese a la distancia, seguía considerando su hermana favorita a María Luisa duquesa de Parma, antaño emperatriz consorte de Napoleón. Habían tenido ya una primera hija: María da Gloria, nuestra María da Gloria.


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 Asunto: Re: ANTONIA, INFANTA (fürstin Hohenzollern-Sigmaringen).
NotaPublicado: 21 Abr 2010 22:22 
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Cuando se trataba de utilizar a sus archiduquesas para cimentar nuevas alianzas interdinásticas que se juzgasen ventajosas o convenientes, los Habsburgo no se andaban con chiquitas. Así se explica que Leopoldina hubiese sido expedida desde Viena nada menos que a Río de Janeiro. A la muchacha le había tocado en suerte ser la primera de su estirpe en ir a representar su principesco papel en un palacio de una ciudad situada al otro lado del océano Atlántico: era lo que había, así que ella ni se pudo permitir el lujo de cuestionarse aquella decisión de mandarla a ultramar para intercambiar votos nupciales en pública ceremonia con Pedro de Alcántara.

Leopoldina...

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...llegó a Río el 5 de noviembre de 1817. Acordaos de que, en ese 1817, todavía se hallaba acomodada en el Palácio da Quinta da Boa Vista toda la familia real portuguesa a excepción de las hijas de los monarcas ya casadas en España. Se dice que Joao VI y Carlota Joaquina esperaban que su nuera habsburguesa fuese una princesa de aspecto agraciado, incluso más que bonita, rozando la hermosura. Habían oído decir que era una rubia de ojos azules y piel delicadísima, con lo que, mentalmente, habían creado la imagen de una auténtica preciosidad. Al parecer, se quedaron espantados al constatar que Leopoldina era de cabellos castaños con vetas rubias, ojos azules y piel delicadísima, sí, pero...no resultaba nada guapa; además, una figura con ciertas redondeces agradaba en la época, porque sugería fertilidad, pero la joven austríaca estaba demasiado metida en carnes, ciertamente voluminosa. Esto puede ser cierto, aunque...¡¡manda narices que Joao VI y Carlota Joaquina se espantasen por el aspecto físico de Leopoldina de Habsburgo!! Joao VI era un tipo de notable fealdad...y no hablemos de Carlota Joaquina, que esa sí que metía miedo.

A Pedro...

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...no le quedaba otra que conformarse con Leopoldina. Él sí era un mozo dotado de un considerable atractivo, aparte de con predisposición a correr detrás de las mujeres. Seguramente, se tomó su boda con pragmatismo. La austríaca representaba la consorte adecuada, con el pedigree y el rango más eximíos que pudiese desearse en una futura reina de Portugal, de Brasil y los Algarves. Aparte, las Habsburgo tenían fama de ser prolíficas. La madre de Leopoldina, María Theresa, había dado a luz en doce ocasiones; de no haber fallecido a los treinta y cinco años, a resultas de complicaciones derivadas de su último parto, seguramente hubiese seguido llenando el palacio de su marido de archiduques y archiduquesas. Eso era lo que se esperaba de Leopoldina: conexiones dinásticas y que aportase su grano de arena para la continuidad para el linaje de los Braganza. El amor y la pasión ya podría buscárselos Pedro dónde le diese la real gana.

Por otro lado, había motivos para creer que Pedro y Leopoldina podían, al menos, congeniar. Ella poseía una mente abierta e inquisitiva, que le había permitido aprovechar cada una de las lecciones recibidas en sus palacios vieneses hasta convertirse en una mujer de extensa cultura. Le interesaban de manera particular las ciencias naturales, en concreto la botánica y la mineralogía, lo que, de hecho, la predisponía a sentirse entusiasmada con Brasil. Pedro también era un individuo sorprendentemente polifacético: igual componía versos que música, sabía tocar un amplio repertorio de instrumentos (incluyendo la flauta, el clarinete, el violín y el piano), se le daba de maravilla realizar dibujos y litografías, tenía talento para la escultura, etc, en tanto que manifestaba predilección por la mecánica. Con los mimbres de dos intelectos tan cultivados, otra pareja habría elaborado el cesto de una convivencia grata para ambos.

Pero el matrimonio de esos dos estuvo condenado al fracaso porque él no sólo no la amaba sino que se rodeaba de queridas y ni siquiera guardaba las apariencias...


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 Asunto: Re: ANTONIA, INFANTA (fürstin Hohenzollern-Sigmaringen).
NotaPublicado: 23 Abr 2010 23:18 
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Una pequeña corrección, que espero no te enfade, querida Minnie. La infanta portuguesa que se casó con don Carlos María Isidro se llamaba doña María Francisca... ;)


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 Asunto: Re: ANTONIA, INFANTA (fürstin Hohenzollern-Sigmaringen).
NotaPublicado: 24 Abr 2010 08:32 
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hernangotha escribió:
Una pequeña corrección, que espero no te enfade, querida Minnie. La infanta portuguesa que se casó con don Carlos María Isidro se llamaba doña María Francisca... ;)


Hernan...¿cómo podría enfadarme alguna corrección de lo más acertada y oportuna? Sea una pequeña o una gran corrección, siempre se recibe con gratitud, porque permite enmendar errores. Gracias por estar tan atento y por no dudar en señalar los fallos. Es un detallazo de tu parte ;)


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 Asunto: Re: ANTONIA, INFANTA (fürstin Hohenzollern-Sigmaringen).
NotaPublicado: 24 Abr 2010 11:47 
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Bueno...volviendo sobre mis pasos...

...aquí no vamos a extendernos acerca de la relación entre Pedro y Leopoldina. Leopoldina tiene su propio tema en el foro, uno que debo desarrollar porque dará mucho de sí. Pero conviene señalar que fue una relación difícil, con grandes tiranteces y con episodios violentos que lastimaron a Leopoldina, más aún en el plano psíquico que en el físico.

Leopoldina es un personaje al que se hace fácil -relativamente fácil- conocer, porque, desde Brasil, salió de su pluma una copiosa correspondencia con sus familiares Habsburgo-Lorena. En un principio, su trato con Pedro no le ocasionó las penas que vendrían más tarde; el mayor reto fue acostumbrarse a Brasil y a la sensación de ser completamente extraña a aquella corte ultramarina que experimentaba en el palacio de São Cristóvão. Sus instantes de mayor satisfacción derivaban de los paseos por la floresta de Tijuca, pues, como sabemos, la botánica constituía una de sus pasiones intelectuales. También le gustaba salir en busca de minerales. Pero le sorprendía la falta de viveza de la corte...y debió sorprenderle también la falta de higiene, que la hizo contraer sarna al poco tiempo de haberse establecido allí.

Cuando se quedó embarazada, nadie escatimó elogios. La boda con Pedro se había celebrado con gran pompa en Río el 6 de noviembre de 1817 (aunque, por supuesto, había habido un enlace previo, por poderes, antes de que la archiduquesa abandonase Viena, en el que el novio había estado representado por uno de los tíos paternos de la novia, el archiduque Karl, héroe de la batalla de Aspern). Hasta el mes de agosto de 1818, no quedó encinta Leopoldina. El primer parto se produciría el 4 de abril de 1819: se prolongó durante seis horas y no estuvo exento de dificultades, porque la criatura había colocado uno de sus bracitos por encima de su propia cabeza. Obviamente, un varón hubiese sido recibido con grandes algarabías, pero se trató de una fémina: María da Gloria. Su madre Leopoldina estaba plenamente decidida a amamantar a su hija, lo que, de por sí, es un hecho interesante. No solía acontecer que las damas de la realeza se empecinasen en dar el pecho...y menos aún que se lo permiesen, ya que se suponía que mientras una mujer amamantaba, no concebía de nuevo. Pero Leopoldina se salió con la suya. Desgraciadamente, al cabo de ocho días, sus pechos dejaron de producir suficiente leche para María. Esa circunstancia causó bastante tristeza en Leopoldina. Hubo de resignarse a que una ama de cría se encargase de la pequeña princesa brasileña.

Una vez que había alumbrado su primogénita, Leopoldina no tardó en preñarse de nuevo. En diciembre de 1819, sin embargo, un aborto espontáneo remató con esa segunda preñez, provocando una honda melancolía en Leopoldina. El siguiente embarazo, en 1820, produjo un hijo que recibió el nombre de Miguel en un bautismo de emergencia, pues falleció al cabo de pocas horas. Joao Carlos, el ya ansiado heredero para el heredero, llegó al mundo a principios de marzo de 1821, pero fallecería a principios de febrero de 1822, es decir, antes de cumplir un año de vida. La muerte de Joao Carlos sorprendió a Leopoldina en el octavo mes de un quinto embarazo que culminó en el nacimiento de otra niña: Januária María. Después, entre 1823 y 1824, Leopoldina añadiría a la familia otras dos niñas: Paula Mariana y Francisca Carolina. Hasta el 2 de diciembre de 1825, Leopoldina no daría a luz al único de sus hijos varones que sobreviviría al nacimiento y a la infancia: Pedro.

Hacia 1825, Leopoldina era una mujer que trataba de sobrellevar su amargura. Se había embarazado ocho veces en siete años, dando a luz en siete ocasiones, pero sólo le quedaban cuatro hijas (María, Januária, Paula Mariana y Francisca Carolina) y un hijo (Pedro). Esas sucesivas gestaciones con los correspondientes alumbramientos habían causado un efecto en su salud, en el aspecto anímico y en el físico. Para una mujer que rozaba la obesidad, aquejada de bocio, no era fácil resistir aquellos embates de la vida. Ya se sentía más integrada en Brasil, pero seguía siendo la extranjera. Le molestaba aún el clima excesivamente caluroso en determinadas estaciones; todavía echaba de menos los platos de "la buena cocina alemana" y se moría de ganas de bailar valses con la despreocupación con que lo había hecho en Viena. En otros aspectos, las cosas íban de mal en peor: su relación con Pedro había alcanzado un punto crítico, en tanto que la situación política les había hecho emperador y emperatriz como resultado de la proclamación de independencia de Brasil respecto a Portugal acaecida en octubre de 1822.

Primero, toquemos el aspecto político. Luego, vamos al meollo de la infelicidad privada, públicamente conocida, de Leopoldina.

La educación recibida en Viena había hecho de Leopoldina una ferviente legitimista. Sostenía una visión tradicional y profundamente conservadora de la monarquía, lo que estaba en plena sintonía con la etapa derivada del Congreso de Viena. Simultáneamente, su aprecio hacia su suegro, el rey Joao VI, parece haber sido auténtico, muy sincero. Joao había sido atento y considerado con su nuera Leopoldina, la misma a la que había juzgado demasiado fea en el momento de la llegada de la misma a Brasil. Al final, lo que contaba era que se trataba de su nuera...y de una mujer de linaje imperial. La simpatía de Leopoldina por Joao se acentuó en 1820, cuando llegaron a Río noticias de la sublevación liberal que se había iniciado en Porto y se había suscitado un eco poderoso en el resto de Portugal. Esa revolución liberal íba a obligar a Joao a retornar a Lisboa con Carlota Joaquina y todos sus hijos a excepción de Pedro, que permanecería en Río actuando de regente en la colonia. Leopoldina se quedaba con Pedro, naturalmente. En esa época estaba encinta del que sería el efímero príncipe Joao Carlos.

Pero Brasil se había transformado sustancialmente en los años precedentes, coincidiendo con el período de "tenemos a la corte en Río". La efervescencia social era demasiado intensa. Aunque Leopoldina considerase que Brasil seguía siendo un país excesivamente atrasado (comparándolo con su Austria natal...), lo cierto es que Brasil había adquirido una pujanza impensable dos décadas atrás. La perspectiva de volver a representar el papel de una simple colonia dirigida desde la lejana metrópoli, Lisboa, no era del agrado de los brasileños. Joao se había ído a Lisboa. Pedro estaba en Río. Que Joao reinase en Lisboa, rey de Portugal y los Algarves. Que Pedro se convirtiese en el soberano de un Brasil conformado como nación independiente.

Aquí simplificamos mucho, por supuesto. Pero en esencia, la suerte quedó echada cuando Joao reclamó a Pedro que viajase de vuelta a Lisboa con Leopoldina y sus hijos avanzado el año 1821. Pedro optó por no cumplir el mandato de su padre, en un evidente desacato a la autoridad real. Considerándolo desde un punto de vista humano, aquello tuvo que dolerle en el alma a Joao, pues ese hombre reservado y con propensión a la melancolía siempre había amado a Pedro por encima del resto de los hijos que le había dado Carlota Joaquina. La situación avanzaba rápidamente en una determinada dirección: la segregación de Brasil respecto a Portugal. Pedro estaba por la labor...y Leopoldina, consciente de que ese movimiento de independencia era imparable, se posicionó por fín en el bando de su esposo (si bien, teniendo en cuenta sus convicciones, debía experimentar algunos escrúpulos de conciencia por lo que concernía a su suegro Joao VI). A principios de septiembre de 1822, un nuevo decreto plagado de demandas llegó de Lisboa, firmado por Joao VI. Pedro no estaba en Río, se encontraba en Sao Paulo tratando de serenar las aguas revueltas en la sociedad brasileña. En su condición de regente, Leopoldina le mandó aviso de las recientes exigencias formuladas en la corte real lisboeta desde Río. A eso siguió un hecho histórico de gran envergadura: el propio Pedro proclamó la independencia de Brasil en octubre de 1822. Fue Pedro quien compuso el himno nacional de Brasil, en tanto que se atribuye a Leopoldina la creación de la bandera, que mezclaba el tono verde de las insignias de los Braganza con el amarillo dorado de la casa Habsburgo.

Pedro era Pedro I, emperador de Brasil. Leopoldina era la emperatriz. La primera emperatriz europea en un país recien emancipado del Nuevo Mundo.

Esa "solución" abrió una grieta -naturalmente- en la casa de Braganza. Pedro y Leopoldina se habían situado no sólo al margen, sino en la oposición, con respecto a Joao VI y a Carlota Joaquina. Resulta claro como el agua que la forma en que se habían producido esos eventos tenía que incidir en la familia.

En esta época a la cual aludimos, María da Gloria, la hija primogénita de Pedro y Leopoldina a la que ésta, bien a su pesar, no había podido amamantar, tenía tres años de vida. Es harto dudoso que percibiese la significación de la declaración de independencia de Brasil o de la gran ceremonia de entronización de sus padres, que tuvo lugar el 1 de diciembre de 1822. La niña también debía vivir ajena, por el momento, a las crecientes complicaciones en la relación matrimonial de sus padres.

Porque, en uno de esos curiosos entresijos de la historia, aconteció que, en las semanas inmediatamente anteriores a la proclamación de la independencia efectuada por Pedro tras haber recibido la carta remitida por Leopoldina informando de las exigencias tajantes llegadas de Portugal, el príncipe regente que estaba a punto de convertirse en emperador había conocido a una mujer que marcaría su existencia. Se trataba de Domitília de Castro e Canto Melo, perteneciente a una de las más relevantes familias de Sao Paulo. En 1813, con apenas dieciséis años, Domitilía, que era bastante atractiva para el gusto de ese período, había sido comprometida en matrimonio y casada con Felício Pinto Coelho de Mendonça. Este Felício también tenía un pedigree interesante: entre sus remotos antepasados figuraba nada menos que un tal Pero Coelho que había estado directamente involucrado en el asesinato de Inés de Castro.

El caso es que nadie podía decir que Domitília fuese ni siquiera razonablemente feliz al lado de su Felício. Por lo que se sabe, Felício, oficial en un cuerpo de Dragones, era un hombre de carácter colérico, con arrebatos de violencia. Maltrataba a su mujer sistemáticamente. Después de tener dos hijos -una niña llamada Francisca y un niño bautizado Felício-, Domitília se quedó embarazada por tercera vez en 1819. Avanzada la gestación, a Felício se le ocurrió propinarle una paliza ciertamente brutal. No sólo se lesionó la mujer, sino el bebé que portaba en su vientre. El bebé, un varón bautizado apresuradamente con el nombre de Joao, murió al poco de nacer.

Esos son los antecedentes de Domitília. Quizá podamos tributarle bastante compasión...e incluso cierta comprensión por el modo en que aprovechó la evidente fascinación que Pedro manifestó por ella en cuanto se conocieron, en Sao Paulo. Puede que a Domitília le atrajese Pedro: él era bien parecido y no exento de atractivo. Pero sin duda también le atrajo el hecho de que la abrasadora pasión de Pedro podía liberarla de un matrimonio absolutamente catastrófico con un hombre a quien había llegado a odiar, mientras que, en otro sentido, la elevaría a alturas sociales que no hubiese podido soñar nunca con alcanzar. Domitía aceptó enseguida la petición de Pedro de que se trasladase con él a Río de Janeiro. El amante la instaló en el mismísimo palacio de São Cristóvão, en la Quinta da Boa Vista, convirtiéndola en una de las damas de compañía de la flamante emperatriz Leopoldina. Al poco tiempo, el hermano favorito de Domitília, João de Castro do Canto e Melo, se situó asimismo de forma ventajosa en la corte imperial, de la que llegaría a ser gran mariscal.

Pensad en Leopoldina. Justo en el momento en que una concatenación de circunstancias históricas hábilmente explotadas por Pedro la habían convertido en la primera emperatriz consorte de Brasil, llegaba a su círculo de damas de compañía aquella Domitília de Castro que había vuelto loco de amor al nuevo emperador. No podía ser plato de gusto para Leopoldina. En el año 1823, recordaréis que Leopoldina dió a luz a su hija Paula Mariana; casi coincidiendo en el tiempo, Domitília puso en el mundo un hijo varón muerto concebido en su relación con Pedro. La forma en que Pedro trató de confortar a Domitília por la pérdida de ese niño sin nombre debió suponer una bofetada en la cara para Leopoldina, que, a esas alturas, había sufrido una aborto en 1819 y la muerte de dos hijos, Miguel en 1820 y Joao Carlos en 1822.

En mayo de 1824, Domitília de nuevo se puso de parto. El resultado fue esa vez una niña, Isabel María. Por esas fechas, Leopoldina la emperatriz estaba embarazada de seis meses: alumbraría a la infanta Francisca Carolina el dos de agosto. No es que Pedro mostrase a las claras descontento ante la llegada de Francisca Carolina, pero ésta venía siendo la cuarta infanta proporcionada por Leopoldina, detrás de María da Gloria, Januária María y Paula Mariana, en tanto que no había, a la sazón, heredero varón. Por ese motivo, Pedro puso menos agrado en Francisca Carolina, su hija legítima, que en Isabel María, su hija ilegítima. Otra nueva ofensa para Leopoldina, evidentemente, que en ese año de 1824, además, tuvo que solicitar dinero prestado porque su marido le racaneaba el dinero para poder mantener a todo lujo a Domitília.


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 Asunto: Re: ANTONIA, INFANTA (fürstin Hohenzollern-Sigmaringen).
NotaPublicado: 24 Abr 2010 15:20 
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María da Gloria tenía cinco años cuando Domitília, tras el nacimiento de su hija Isabel María, se convirtió en una figura muy pero muy destacada de la corte imperial brasileña. Pedro no se tomaba la molestia de disimular cuán prendado le tenía aquella mujer a la que él llamaba "Titília, a Bela". De momento, Pedro había querido recompensar a Domitília confiriéndole un título de nobleza: la había convertido en baronesa de Santos. Para Leopoldina, la situación se hacía cada vez más desagradable.

En 1825 se produjo una circunstancia que le dolió infinitamente a Leopoldina. Mientras ella se encontraba embarazada, Domitília dió a luz un varón, bautizado Pedro de Alcántara. El orgullo del emperador no resplandecía menos que el sol. La emperatriz se pasó el último tramo de su preñez muy abatida, temiendo proporcionar una nueva infanta. Esa eventual quinta hija no sólo hubiera constituído una fuerte decepción sino que la habría dejado a ella tremendamente malparada en comparación con la señora Domitília, que, a la sazón, se pavoneaba de que Pedro la había ascendido de baronesa de Santos a marquesa de Santos. En esa guerra entre las dos mujeres, pareció alcanzarse una tregua momentánea cuando Leopoldina tuvo, a principios de diciembre, a su propio Pedro. A diferencia del Pedro de Domitília, el Pedro de Leopoldina era legítimo, por tanto heredero incuestionable del trono imperial brasileño.

No sólo Domitília le calentaba la sangre a don Pedro I. La francesa Adèle Bonpland, por ejemplo, fue expedida mediante barco hacia Europa junto con su pequeña hija y un criado de confianza en mayo de 1826. Había sido amante de Pedro y su presencia se había tolerado hasta que había empezado a presumir de su situación. No era la primera francesa vinculada a don Pedro: la había precedido Noémi Thierry, quien también había tenido una niña con el emperador. Otra francesa llamada Clemence Saissets seguiría más tarde la estela de Noémi Thierry y de Adèle Bonpland. Pero Domitília, "Titília", seguía siendo la indiscutible favorita, la amante oficial que desempeñaba un papel distinguido en la corte de Río.


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