Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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 Asunto: Re: ANA, LA REINA DE LOS MOSQUETEROS
NotaPublicado: 24 Jul 2011 01:27 
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 Asunto: Re: ANA, LA REINA DE LOS MOSQUETEROS
NotaPublicado: 31 Jul 2011 12:26 
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Retrato de la reina Ana, según http://www.1st-art-gallery.com. Imagen


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 Asunto: Re: ANA, LA REINA DE LOS MOSQUETEROS
NotaPublicado: 18 Mar 2012 10:58 
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Recientemente, mientras buscaba algo que no tenía nada que ver con nuestra protagonista, encontré una imagen que refleja a Ana sosteniendo en su regazo a su hijito Louis, a quien señala un busto del padre y predecesor en el trono, Louis XIII. La imagen está aquí "desubicada", porque corresponde con un período muy anterior al que estamos relatando ahora. Pero he creído oportuno incluírla, porque capta perfectamente la idea central, el eterno leit-motiv, en la existencia de Ana: fraguar la grandeza del reinado de su hijo Louis, el Delfín que había recibido cuando nadie esperaba ya que ella proveyese un eventual heredero al trono de Francia.

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La prolongada regencia de Ana estuvo plagada de momentos críticos y/o trascendentales. Pero precisamente en uno de ellos habíamos interrumpido el relato. Nos habíamos quedado en que...

1654 y 1655 no fueron años apacibles para la reina Ana de Austria ni para su estimado cardenal Mazarin. Aún les robaba la tranquilidad y el sueño reparador aquel conflicto sostenido con España, que les azuzaba desde los Países Bajos contando con la alianza de Condé. Afortuadamente, Turenne estaba demostrando su gran pericia en la frontera flamenca, frustrando los avances españoles. Condé le echaba la culpa de muchos de sus reveses de fortuna al conde de Fuensaldaña, con quien las tiranteces se multiplicaban a diario; en ese sentido, debió batir palmitas con las orejas cuando Felipe IV hizo volver a Fuensaldaña a Madrid, enviando a que le sustituyese a un hijo ilegítimo que había tenido con la actriz María Calderón: don Juan de Austria. A don Juan de Austria le acompañaría para la ocasión el marqués de Caracena.

Lo cual nos permite introducir en el relato un nuevo "secundario de lujo" muy entretenido: don Juan José de Austria, aquí retratado en pose triunfante sobre su caballo.

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Don Juan José de Austria había nacido en abril de 1629 y aparece en nuestra historia cuando finalizaba el año 1655. Es decir...llega a nosotros como un fornido mozo de veintiséis años. Felipe IV había reconocido públicamente su paternidad en 1642, cuando el chico frisaba en los trece años; a partir de ese momento, el muchacho, dependiendo de quien se dirigiese a él, ostentaba el tratamiento de "Serenidad" o de "Alteza". Ya en 1646, Felipe IV había manifestado su deseo y voluntad de hacer de don Juan José no sólo Gobernador de Flandes, sino también Capitán General de los ejércitos acantonados en Flandes. Pero los flamencos habían reaccionado con notable disgusto ante la perspectiva de verse bajo la autoridad de un chico de diecisiete años que aún no había demostrado talento o capacidad algunos. Ante el clarísimo enfado de los flamencos, que no admitía componendas, Felipe IV había reculado. En los años siguientes, don Juan José fue nombrado "Príncipe de la Mar", virrey de Silicia después de que al frente de la Armada hubiese contribuído decisivamente a aplastar la revuelta de Masinello en Nápoles y posteriormente virrey en Cataluña. Precisamente, en diciembre de 1655 completó con éxito una escalada bélica en Cataluña recuperando el control de la villa de Solsona. Solsona las pasó canutas cuando llegaba a su final 1655.

Concluídos sus asuntillos en Cataluña, don Juan José se preparó para marcharse a Flandes, dónde Felipe IV había decidido que reemplazaría al archiduque Leopold. Leopold, asistido por el conde de Fuensaldaña, parecía incapaz de arrollar a los franceses que guardaban la frontera noroeste de su país ni siquiera con la ayuda del Gran Condé. Felipe IV había decidido confiar esa misión a su hijo don Juan José, que había demostrado ser tenaz y resolutivo. Para que le asistiese, don Juan José podría llevarse al marqués de Caracena, que hasta aquel momento de encargaba de gobernar el Milanesado.

El 4 de marzo de 1656 levaron anclas en el puerto de Barcelona dos galeras. La rada barcelonesa vió partir a la "San Juan" y a la "Santa Ágata". A bordo de la "San Juan" se íba don Juan José de Austria...y es muy dudoso que algún barcelonés lamentase verle hacerse a la mar. Seguramente le desearon una pésima singladura y, verdaderamente, fue una pésima singladura, porque incluso tuvieron que hacer frente a un intento de abordaje perpetrado por los famosos piratas berberiscos. Pese a todo, las galeras llegaron a Cerdeña y, desde allí, prosiguieron su viaje a Génova. Tras el desembarco en Génova, viajaron por tierra a Milán para recoger a Luis Francisco de Benavides Carrillo de Toledo, marqués de Caracena. Aunque era veintiún años mayor en edad que don Juan José, el marqués de Caracena no cometió el error de menospreciar ni la capacidad ni el currículo previo del hijo bastardo de don Felipe IV.

En la lejana Flandes, el Gran Condé batía palmas con las orejas al ver marcharse al archiduque Leopold. Las relaciones de Condé con el archiduque Leopold habían sido más bien distantes, de una cortesía extrema que enmascaraba un mútuo recelo, pero, aparte, Condé se había llevado rematadamente mal con el conde de Fuensaldaña. Ahora, a Leopold le correspondía viajar hasta la ciudad alemana de Köln, dónde recibiría a su inmediato sucesor, don Juan José. El releveo de poderes estaba en marcha, para alegría de Condé.

Como es natural, la misma secuencia de acontecimientos generaba inquietud en la corte francesa. Ana de Austria y Mazarin estaban intranquilos, aunque procuraban que sus gestos no delatasen la inquietud que les reconcomía por dentro. Hasta entonces, la propia genialidad militar de Turenne había bastado para mantener a raya el genio militar de Condé en la frontera flamenca, justo la "puerta trasera", por así decirlo, de Francia. Pero era evidente que Condé se sentiría muy espoleado a la victoria con la llegada de don Juan José, un hombre con un hambre de triunfos bélicos que nunca se saciaba, y del marqués de Caracena. Comprensiblemente, Ana y Mazarin estaban nerviosos. Además, no cabe duda de que, en el caso de Ana, la curiosidad hacia don Juan José estaría ribeteada por una inevitable ambigüedad afectiva en relación con aquel muchacho cuya posición en la corte hispana parecía querer subrayar continúamente a otro don Juan de Austria, el hijo natural pero reconocido de Carlos V, el medio hermano de Felipe II, el vencedor de Lepanto.


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 Asunto: Re: ANA, LA REINA DE LOS MOSQUETEROS
NotaPublicado: 18 Mar 2012 16:03 
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Recordaréis todos que Ana había sido una de las dos novias intercambiadas mediante un ceremonial de lo más aparatoso para ratificar una ocasional alianza franco-española. Nuestra Ana había dejado España para establecerse en Francia, mientras que desde Francia había llegado la princesa Elisabeth para establecerse en España. Ana, procedente de la más atmósfera considerablemente más plúmbea de la corte hispánica, se encontró con la alegre ligereza y el superficial refinamiento de la corte francesa, pero atada a un marido introvertido a la vez que hosco, claramente renuente a ejercer su papel de esposo. Elisabeth, una criatura formada en la atmósfera un tanto vodevilesca pero encantadora de la corte francesa, se topó con los aires algo espesos y sofocantes de la corte hispánica; pero, en contrapartida, tenía un marido de carácter voluble y apasionado, siempre en perpetua búsqueda de los placeres de la carne.

El cuarto Felipe no tenía hechuras de hombre fiel a unos votos matrimoniales pronunciados al socaire de las necesidades políticas y dinásticas. Elisabeth, la francesa, era guapa y poseía unos modales atrayentes, de modo que Felipe pudo considerarse un tipo con suerte en el mercadeo de los casamientos cuidadosamente calculados por sus efectos. Pero, con todo, Felipe mantuvo sus costumbres. La práctica cinegética y asistir a corridas de toros eran sus pasatiempos favoritos...aparte del pasatiempo de vivir buscando damas que cortejar y no desde una actitud platónica, precisamente. Al cabo de décadas, se murmuraría por doquier que, aparte los hijos engendrados en su primera y después en su segunda esposa, había logrado a unas cincuenta amantes y había sido responsable de la concepción y nacimiento de otros VEINTITRÉS retoños.

Pero si Felipe llegó a tener unos veinte retoños, niño arriba niño abajo, el caso es que al único bastardo que admitió y legitimó públicamente fue al pequeño nacido en la calle Leganitos de Madrid el 7 de abril de 1629. La madre del niño se llamaba María Inés Isabel Calderón, pero era famosa entre los madrileños. Su padre había sido un conocido pícaro que se había movido en los ambientes de la farándula y ella, desde su adolescencia, había logrado darse a conocer como actriz en el principal corral de comedias de la capital, el Corral de la Cruz, refiriendose todos a ella por los apelativos "la Calderona" o "la Marizápalos". Parece haber sido una mujer de gran belleza y bastante avispada cuando, a los dieciséis años de edad, atrajo la atención del rey Felipe IV. Para entonces, estaba casada: había tenido que pasar por el aro del matrimonio porque sólo así podía, de acuerdo con la legislación de entonces, actuar sobre los escenarios. Lo sustancial es que el nombre del marido engañado no cuenta para nada: lo que sí contaba era la identidad del formidable protector que se había agenciado la Calderona o la Marizápalos, nada menos que don Ramiro Núñez de Guzmán, duque de Medina de las Torres.

La Calderona había hilado muy fino al convertirse en la amante del duque de Medina de las Torres. Él, en sus orígenes había sido "sólo" el marqués de Toral, un pariente lejano tirando a lejanísimo del casi todopoderoso conde-duque de Olivares; había vivido en una pobreza que se trataba de disimular a toda costa para no dañar el honor ni el prestigio social en la capital leonesa, junto a su madre viuda y a una hermana soltera. La cuestión radicaba en que el conde-duque de Olivares carecía de heredero varón propio, así que, llegado el punto, necesitó que ese pariente se casase con la hija a la que deseaba legar todo su formidable patrimonio: María Isidra Quintina de Guzmán, marquesa de Heliche. María era el partidazo del siglo, por lo que concernía a su remoto primo Ramiro. La boda fue un evento de considerable fastuosidad, a la medida de la gloria mundana del conde-duque de Olivares. Desdichadamente, hubo poco tiempo para el regocijo: a los dieciocho meses del casorio, murió María tras poner en el mundo una niña muerta que no llegó ni a recibir un nombre en un bautizo de emergencia. Para entonces, Ramiro estaba magníficamente situado en la corte y su suegro el conde-duque de Olivares se encargó de que siguiese manteniendo una excelente posición. Los "roces" entre el conde-duque de Olivares y aquel Ramiro de pronto ascendido al rango de duque de Medina de las Torres surgieron algo más tarde, cuando el viudo quiso contraer un segundo matrimonio no menos ventajoso de lo que lo había sido el primero. Al conde-duque de Olivares no le había hecho gracia alguna que Medina de las Torres pretendiese la mano de la gran heredera napolitana Anna Carafa Aldobrandini, princesa de Stigliano. Pero la boda tuvo lugar, ulteriormente, con el apoyo del rey Felipe IV, que hizo a Medina de las Torres virrey en Sicilia.

La relación de Ramiro con la Calderona hay que situarla entre la muerte de la primera esposa y el segundo casamiento con la princesa napolitana. Medina de las Torres era un hombre de enorme poder e influencia en ese lapso temporal. Así que, en resumidas cuentas, se deduce que la Calderona sabía jugar sus cartas. Lo que probablemente nunca esperó la Calderona fue que el mismísimo rey, un hombre tan aficionado al teatro que solía escaparse del Alcázar para irse a las principales corralas, se prendase de ella nada más descubrirla en una de las obras que protagonizaba. Ser deseada por el rey no había entrado seguramente en sus cálculos, porque, en ese período, el monarca estaba casado con Elisabeth de Francia y además mantenía una flagrante relación adúltera con una de las damas de honor de la dicha Elisabeth de Francia. Para deciros la verdad, no recuerdo ahora cuál de las damas de Elisabeth era en ese período concreto la amante "quieras que no" de Felipe IV...quizá Constanza de Orozco, quizá Tomasa Aldana, pues las dos, en esos años, pasaron por la cama del monarca, aparte de concebir presuntos hijos de él.

Elisabeth de Francia llevaba años pariendo niña tras niña y, por si ello no bastase a entristecerla, se daba la circunstancia de que todas se malograban prestamente. Había puesto en el mundo y había visto amortajar a las infantas María Margarita (que había vivido apenas un día, allá en agosto de 1621), Margarita María Catalina (que casi había llegado a cumplir un mes de vida, entre noviembre y diciembre de 1623), María Eugenia (a la que habían faltado cuatro mesecitos, pobre criatura, para llegar a permanecer dos años en este mundo) e Isabel María (menos de dos meses de delicada existencia). En ese contexto, Elisabeth era una mujer que sufría; estaba claro que no adolecía de falta de fertilidad y tampoco tenía la desgracia de ir atravesando una sucesión de abortos o malos partos, pero sí era una víctima de la elevadísima tasa de mortandad infantil. En enero de 1629, supo que se hallaba encinta de nuevo; ella misma, acompañada del país entero, se pasó nueve meses rezando para que se le enviase un príncipe saludable en quien depositar las esperanzas de la dinastía.

El embarazo de la Calderona fue casi casi simultáneo en el tiempo con respecto al de Elisabeth de Francia. La actriz, de hecho, dió a luz a su hijo Juan José seis meses antes de que Elisabeth trajese al mundo a un varón bautizado con los nombres de Baltasar Carlos. Incluso a gente que tiene un conocimiento muy básico y somero de la historia de la realeza española le suena, al menos vagamente, el nombre de Baltasar Carlos: no ha habido en nuestra historia un príncipe de Asturias tan profusamente retratado en todas las etapas de su crecimiento. Las ilusiones depositadas en Baltasar Carlos rayaron la histeria colectiva en palacio. Por eso quizá a la reina Elisabeth le dolió especialmente ver cuán atento estaba su marido Felipe a las noticias que llegaban primero desde León y después desde Ocaña, localidades en las que se crió el niño don Juan José, inscrito en su partida de bautismo como "hijo de la tierra". La Calderona no pudo conservar al pequeño, para su enorme tristeza; hubo de retirarse de los escenarios y acabó ingresando, por designio real, en un convento del que llegaría a ser abadesa. Pero don Juan José tuvo la suerte de atraer siempre la orgullosa atención de don Felipe IV. Elisabeth había seguido pariendo hijos tras Baltasar Carlos: un niño llamado Francisco Fernando nació y murió, una niña llamada María Ana Antonia no llegó al año de vida y la benjamina de la casa, María Teresa, sí sobrevivió a los peligros de la más temprana infancia. En 1642, Elisabeth cifraba su orgullo en Baltasar Carlos, de trece agraciados años, y en María Teresa, de cuatro años. No le gustó ni pizca que su esposo Felipe decidiese reconocer la paternidad de Juan José, el hijo de la Calderona. El Consejo había determinado, incluso, que cuando la reina Elisabeth y el príncipe de Asturias Baltasar Carlos se dirigiesen por escrito a don Juan José, deberían llamarle, respectivamente: "A don Juan de Austria, mi hijo" y "A don Juan de Austria, mi hermano". Eso fue la puntillita para Elisabeth. Se sabe que montó en cólera y que gritó: "Le llamaré hijo, sí: ¡hijo de puta!". Esto no era nada justo para con Juan José...pero desde luego reflejaba cuán herida en su orgullo de mujer y reina se sentía Elisabeth por el reconocimiento de paternidad efectuado por Felipe IV.

Aquella vieja historia había tenido alas para llegar rápidamente a Francia. En 1642, Ana de Austria ya era a su vez madre. Había tenido a Louis, el anhelado Delfín, en septiembre de 1638 y al segundo hijo varón, Philippe, en septiembre de 1640. Los dos natalicios habían reforzado su posición en la corte, algo que ser haría más evidente a partir del fallecimiento de Richelieu, acaecido en diciembre de 1642. El caso es que, evidentemente, Ana se había sentido impresionada al enterarse de que su hermano Felipe había reconocido a Juan José, el hijo bastardo habido con la Calderona y en el que muchos afirmaban reconocer rasgos físicos no del monarca sino del duque de Medina de las Torres. La ofensa recibida por Elisabeth de Francia fue muy comentada en la corte de Francia, y aunque Ana desease en cierto modo disculpar el gesto de su hermano Felipe por aquello que la sangre tira, no podía, en conciencia, no solidarizarse con su doble cuñada ni con su sobrino Baltasar Carlos, el "niño de oro" de la monarquía de España.

Por ese motivo, don Juan José entró "con mal pié" en los pensamientos de su "tía" Ana de Austria, la reina de Francia. Por aquello de que la Historia es aficionada a hacernos guiños, hubo que esperar a finales de 1655 para que los caminos de tía y sobrino se cruzasen otra vez en un contexto muy pero muy diferente...


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 Asunto: Re: ANA, LA REINA DE LOS MOSQUETEROS
NotaPublicado: 18 Mar 2012 16:56 
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No es que a mí me apetezca endilgaros ahora un mega-post sobre las circunstancias de la monarquía hispánica a finales de 1655-primera mitad de 1656 :-p, pero considero necesario que la tengamos en mente. Más que nada, porque era algo que hacía trabajar a pleno rendimiento las cabezas de Ana de Austria y del cardenal Mazarin en esta etapa de la narración.

Vamos a ver...Elisabeth de Francia, la hermana de Louis XIII, la doble cuñada de Ana, había muerto el 6 de octubre de 1644. Mirándolo desde la distancia que nos proporciona el transcurso de unos cuántos siglos, fue realmente afortunado que aquella mujer hermosa y elegante, de apenas cuarenta años, sucumbiese entonces a una erísipela. Aunque seguramente ella lamentó dejar tras de sí a un hijo de quince años y una hija de seis años, su propio temprano fallecimiento le evitó el tremendo golpe de asistir a la defunción del "niño dorado de la monarquía en España", el príncipe de Asturias don Baltasar Carlos.

El día 5 de octubre de 1646 tuvo lugar un muy solemne oficio religioso en la ciudad de Zaragoza, en recuerdo de que dos años atrás había agonizado Elisabeth de Francia. Su viudo, Felipe, presidió la ceremonia, con aspecto consternado, acompañado de Baltasar Carlos. Todos se dieron cuenta de que el príncipe Baltasar Carlos no parecía encontrarse bien...tenía los ojos vidriosos y el rostro encendido. En cuanto hubieron retornado padre e hijo a palacio, se hizo evidente que el chico sufría un virulento acceso de fiebre. Se le conminó a que se retirase a descansar, pero al día siguiente seguía encontrándose mal. Los médicos arracimados en torno a su lecho pronunciaron casi sin querer una palabra ominosa: viruelas.

Hubo bastante ajetreo en la cámara en las horas siguientes. Por lo visto, quizá el mal que aquejó al príncipe haya sido no una viruela, sino una sífilis contraída en una visita a un burdel preparada por su gentilhombre de cámara. El gentilhombre se derrumbó ante la visión del príncipe casi moribundo y confesó aquella incursión en una casa de lenocinio; enseguida se le echó con cajas destempladas, en castigo no tanto por haber llevado al chico "de picos pardos" sino por no haber advertido de ello antes, de modo que se hubiese podido probar un tratamiento efectivo para la enfermedad venérea. Baltasar Carlos murió en Zaragoza a las nueve de la noche del día 9 de octubre de 1646.

La desaparición de Baltasar Carlos tuvo un efecto devastador en Felipe IV. Las cartas de éste en esa época son un fiel reflejo del dolor intenso y perdurable que le causaba la pérdida de su único hijo varón legítimo. Sólo le quedaba una niña, la infanta María Teresa, eventual heredera de todos sus dominios. Aunque eso reforzaba claramente la posición dinástica de María Teresa, pronto se hizo sentir la presión para que Felipe IV, todavía un hombre de cuarenta y un años, famoso por su pujanza viril, contrajese unas segundas nupcias que pudiesen proporcionar hijos varones no menos promisorios de lo que lo había sido el pobre Baltasar Carlos.

Baltasar Carlos había tenido una prometida: la archiduquesa Mariana de Austria, una chiquilla que aún no había alcanzado siquiera los trece años. El padre de Mariana era el emperador Fernando III y de la esposa de éste, María Ana, infanta de España, hija de Felipe III con Margarita de Austria. El entramado de parentescos es casi espeluznante, porque los padres de Mariana, Fernando y María Ana, eran primos. Al plantearse casar a Mariana con Baltasar Carlos, se multiplicaba exponencialmente la sobrecarga genética de aquel linaje. Pero las cosas siempre pueden salir aún peor de lo planeado: la muerte inopinada de Baltasar Carlos hizo que Mariana se convirtiese en la prometida de aquel tío suyo que hubiera debido ser su suegro, Felipe IV de España.

Es probable que Ana de Austria, en París, se limitase a sacudir la cabeza. Mariana era hija de su hermana María Ana, de la que siempre había guardado un recuerdo amoroso en el fondo de su memoria. Resultaba un tanto perturbador que la hija de su hermana se casase con su hermano Felipe IV. Dejando a un lado la gran diferencia de edad, porque Felipe le sacaba a Mariana la friolera de veintinueve años de ventaja, estaba el hecho de que una vida de excesos carnales había hecho estragos en el aspecto y la salud del hombre. Unir a aquel viejo crápula con una virgen que todavía tenía sus períodos mensuales altamente irregulares parecía una perversión. Pero, de cualquier modo, las necesidades dinásticas no permitían ponerse tan escrupulosos desde el punto de vista moral.

La boda de Felipe con Mariana fue menos brillante de lo que debería ser, porque la hacienda pública española pasaba por bastantes apuros. Digamos que tenían su propia crisis en versión Siglo de Oro, para echarle un poco de humor al asunto. El emperador de Austria tampoco tenía las arcas repletas, precisamente, y, aparte, era famoso por su tacañería. Más tarde, los españoles se quejarían de que en la ciudad de Trento, en Italia, habían recibido a una archiduquesa Mariana que llegaba a ellos prácticamente con lo puesto. A Mariana, además, la acompañaba su hermano Leopoldo, heredero del padre de ambos. Los más valiosos obsequios que los españoles entregaron con toda ceremonia a Mariana acabaron en poder de Leopoldo, que los llevó consigo caminito de Viena.

De cualquier modo, el enlace no menguó, inicialmente, la significación dinástica de la infanta María Teresa. La artritis combinada con las secuelas de diversas enfermedades de tipo venéreo tenían fastidiado a Felipe IV, que sin embargo cumplió sus deberes conyugales hacia su sobrina Mariana. No obstante, el primer embarazo de Mariana derivó en el nacimiento de una infanta, bautizada con los nombres de Margarita Teresa, en julio de 1651. La reina Mariana tardó en mostrar síntomas de un nuevo embarazo y cuando lo hizo, en marzo de 1655, pocos creyeron que pudiesen recibir con alegría un príncipe. De hecho, alguno llegó a decir, alto y claro, que si la reina íba a tener otra hija, mejor sería que ni se molestase en parirla, porque de infantas estaban bien servidos con María Teresa y Margarita Teresa. Efectivamente, a principios de diciembre de 1655, justo el día antes de que don Juan José de Austria tomase la villa de Solsona, la reina Mariana da a luz otra fémina: será la infanta María Ambrosia de la Concepción. Era una niña minúscula, de triste aspecto y aquejada de epilepsia. Logró mantenerse en este mundo nuestro solamente quince días.

Como podéis colegir, en el momento en que Felipe IV manda a su hijo ilegítimo reconocido Juan José de Austria a tomar en sus manos el gobierno de Flandes, está casado en segundas nupcias con Mariana de Austria pero sólo tiene dos hijas. María Teresa sigue siendo su potencial heredera, con Margarita Teresa en una segunda posición con respecto a la medio hermana mayor. Es un detalle que Ana de Austria tiene muy presente: hace tiempo que sueña con casar a su hijo Louis con su sobrina María Teresa, la gran heredera de la época.


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 Asunto: Re: ANA, LA REINA DE LOS MOSQUETEROS
NotaPublicado: 18 Mar 2012 17:56 
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Como todos vosotros sois personas muy intuitivas y capaces de ir hilando cada retazo de información, ya os habréis percatado de que era mucho lo que se jugaba en Flandes. Las viejas rencillas hispano-francesas, la rivalidad de siempre, estaba expresándose de nuevo en la mismísima "puerta trasera" de Francia aprovechando la deserción de este país de uno de los hombres más encumbrados de su sociedad, el Gran Condé, algo que había venido como anillo al dedo a España. Turenne se había convertido en la perpetua esperanza de Ana de Austria y de Mazarin, quien, entre tanto, había trabajado tenaz y hábilmente para descabezar al partido de Condé dentro del territorio que conformaba Francia.

La Wallace Collection alberga un cuadro atribuído a David Teniers que pretende trasladar a la posteridad la imagen de la entrada de don Juan José de Austria en Bruselas.

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Don Juan José pisó por vez primera los Países Bajos españoles el 9 de mayo de 1656. Probablemente recordéis que había zarpado de Barcelona el 4 de marzo de 1656. Algo más de dos meses habían sido necesarios para que el hijo legitimado de Felipe IV alcanzase su destino, la provincia de Güeldres. El conde de Fuensaldaña que tanto le había tocado las narices a Condé en los años anteriores esperaba a don Juan José en una plaza fuerte española, Ruremonde. El propio Condé, acompañado por el príncipe de Ligné, había decidido recibir a don Juan José en la emblemática Lovaina. La recepción en Lovaina fue bastante vistosa y sirvió de prólogo a la entrada en Bruselas, que se verificó el día 11 de mayo de 1656. Por lo visto, Juan José llegó a Bruselas a una hora tardía de la jornada y la recepción, en sí misma, fue bastante opaca en opinión de los que habían presenciado la llegada del archiduque Leopold allá por el mes de abril de 1846. Diez años antes, el boato había sido extraordinario.

Al día siguiente, 12 de mayo, se intentó darle una atmósfera más solemne y festiva a la ciudad -aunque los gremios hicieron llegar a don Juan José el mensaje de que tendría que demostrar su munificencia porque ellos mismos carecían de recursos para brindarle la acogida que su rango merecía-. Don Juan José pudo instalarse a partir de entonces en el palacio de Coudenberg. Es de suponer que fue muy consciente de la significación de ese hecho: él, un hijo de "la Calderona", era también un descendiente remoto de María de Borgoña, nacida en Coudenberg en febrero de 1457, o sea, dos siglos atrás.

La relación de cooperación entre don Juan José y el Gran Condé íba a empezar bajo los más victoriosos auspicios. Apenas dos meses después de la llegada del flamante gobernador de Flandes, ambos unieron sus fuerzas para acudir al rescate de don Francisco de Meneses, quien era el gobernador de la destacada ciudad de Valenciennes. Turenne, con el apoyo del general Ferté, tenía bajo un asedio tan estricto Valenciennes, que don Francisco de Meneses no hubiera podido aguantar más de no acudir en su auxilio don Juan José.

Lo que don Juan José desplazó a Valenciennes fue un muy potente ejército. La Wiki, en un resumen, menciona 81 escuadrones de caballería y 27 escuadrones de infantería. También señala que el propio don Juan José junto al marqués de Caracena comandaban la infantería española e irlandesa. Otros contingentes de gran importancia estaban dirigidos uno por el Gran Condé y el duque de Württemberg, otro por el príncipe de Ligné y un tercero por el conde de Marsin. Los franceses Turenne y Ferté se encontraron con que no habían estado muy inspirados al elegir sus respectivos emplazamientos, cada uno dirigiendo una división en cada orilla del río Escaut (Escalda). Había serios inconvenientes en esa distribución de las tropas, algo que los españoles utilizaron para su ventaja. El valiente Turenne pudo abandonar la liza con miles de sus hombres, replegándose inteligentemente hacia Quesnoy. Pero Ferté, lugarteniente predilecto de Turenne, cayó en poder de los españoles, junto con setenta y siete oficiales y unos mil doscientos soldados franceses. Hubo otras capturas interesantes para los españoles, por ejemplo un tren de asedio formado por cincuenta cañones. Al enterarse de la formidable victoria de Valenciennes, Felipe IV, en Madrid, se exaltó lo indecible. Mandó acuñar para mandársela al Gran Condé una moneda conmemorativa de la hazaña en oro puro. También le mandó un sable de caballería en oro, haciendo juego con la moneda.

Con respecto a la reacción de Ana de Austria, parece haber sido, cuando menos, algo sorprendente para una de sus damas de corte predilectas, Françoise Bertaud, convertida tras su matrimonio con Nicholas Langlois en Madame de Motteville. En el momento en que se produjo la derrota francesa en Valenciennes, Madame de Motteville no se encontraba en la corte, pues había acudido a visitar a su amiga Madame Du Plessis, en Fresnes. Para cuando Madame de Motteville pudo reunirse con Ana de Austria en Compiègne, ya se había superado la primera quincena de agosto de 1656. Motteville se quedó sorprendida cuando Ana le dijo, entre risas, que hubiera sido muy presuntuoso esperar cosechar solamente victorias; que los españoles también elevaban al cielo sus plegarias para obtener triunfos y que seguramente complacía a Dios distribuir sus favores entre ambos bandos, de modo que no fuesen para unos todos los éxitos y para los otros todos los fracasos. Considerando que Ana era española de nacimiento y francesa de adopción, quizá verdaderamente había escogido ver las cosas desde ese prisma. Pero también es probable que Ana hubiera tenido tiempo de sobreponerse al golpe psicológico inicial y, con el apoyo de Mazarin, hubiese elegido exhibir en público una actitud de moderado optimismo hacia el futuro inmediato.

En realidad, la Ana de Austria con la que se reunió Madame de Motteville en Compiègne a finales de agosto de 1656 parecía centrar prácticamente toda su atención en una visita que estaban a punto de recibir. Era una visita notable, la visita de una mujer que había sido reina titular, por derecho propio, hasta que había tomado la decisión de abdicar en favor de su primo, en junio de 1654.


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 Asunto: Re: ANA, LA REINA DE LOS MOSQUETEROS
NotaPublicado: 18 Mar 2012 19:47 
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Si hay unos retratos de Kristina de Suecia que me hayan hecho gracia, son éstos que corresponden al inicio de su reinado, cuando era muy jovencita y trataban de retratarla como una rubia muchacha de aspecto delicado aunque distinguido. Uno, el primero, procede de la Wiki y el segundo, justo es decirlo, de la fantástica galería de nuestro compañero de foro Gogm.

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En ambos transmite la impresión de ser una blanca azucena. Pero ninguno de esos retratos guarda ni un ligero parecido con otros, seguramente más realistas, que corresponden a etapas posteriores de su vida. Y, desde luego, en ninguno de esos retratos se capta la naturaleza, el espíritu, de la ex reina que visitó Francia en el otoño de 1656 -y que volvería a hacerlo de nuevo en el verano de 1657-.

Este tema gira en torno a un repertorio extraordinariamente amplio de personajes, por lo que es especialmente complicado introducir, a estas alturas, un personaje tan llamativo, tan original respecto a su época, tan complejo y a la vez tan rico en matices como Kristina reina de Suecia. Madame de Motteville, la dama confidente de Ana de Austria, la presenta en sus famosas "Memoires" como "nuestra amazona sueca", y, ciertamente, para las damas que se arracimaban en la corte francesa, aquella mujer debió resultar no menos exótica de lo que habría sido una nueva Pentesilea.

Tratando de situarla en un contexto, hemos de señalar que Kristina Augusta había accedido al trono de Suecia con apenas seis años de edad. Su idolatrado padre, Gustav II Adolf, considerado uno de los más brillantes comandantes militares de toda la historia aún en la actualidad, había muerto mucho antes de lo previsto, en el curso de la batalla de Lützen, en Sajonia. Hay un cuadro de Carl Gustav Hellqvist, bastante impresionante desde mi punto de vista, que trata de recuperar la imagen del traslado del cadáver del soberano desde Sajonia hasta Suecia...

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La viuda de Gustav II Adolf era María Eleonora de Brandenburgo. María Eleonora había estado residiendo en tierras germanas mientras su marido guerreaba a través de la Pomerania y de Mecklenburg. De hecho, Gustav Adolf se había despedido de María Eleonora en la fortaleza de Erfurt antes de dirigirse al encuentro de su destino en Lützen. Aquello lo cambió todo, evidentemente: María Eleonora hubo de retornar a Suecia envuelta en mantos negros, formando parte del cortejo fúnebre del embalsamado Gustav Adolf. La única hija superviviente de Gustav Adolf y María Eleonora, la pequeña Kristina, acudió al frente de una procesión de dolientes al puerto de Estocolmo, para recibir el barco en el que llegaban su madre viuda y su padre muerto. Según recordaría después Kristina, María Eleonora, deshecha en amargo llanto, casi la ahogó al apretarla contra su pecho. María Eleonora se empeñó en no querer enterrar a su marido durante meses y en mantener consigo a su hija durante un año, encerrada en habitaciones en las que pesados cortinajes negros cubrían permanentemente las ventanas y dónde todo estaba recubierto de telas igualmente negras. Sólo las llamas temblorosas de algunas velas rompían la oscuridad, densa y pesada; para rematar la escena, colgada desde el baldaquino de la cama que compartían madre e hija, permanecía una urna bellamente labrada que contenía nada menos que el corazón del extinto rey Gustav Adolf. El constante soniquete del llanto de María Eleonora resultaba un tormento para Kristina.

A decir verdad, María Eleonora nunca había sido una mujer mentalmente equilibrada -y los sucesos que jalonaron su vida acabaron por reducirla a un penoso estado de depresión combinada con histeria-. Una persona medianamente sensible no puede dejar de estremecerse de la cabeza a los pies al conocer los avatares de María Eleonora. Y aunque admito que corro el peligro de que me lancéis a los leones por metérosla aquí de rondón, no me puedo sustraer a esa tentación, jejejeje.

María Eleonora había llegado a Suecia siendo una hermosa joven con un sorprendente buen gusto para componer su aspecto y modales bastante refinados. Los embajadores extranjeros en la corte sueca se admiraron de la prestancia física de aquella dama de Brandenburgo. No obstante, enseguida se advirtió que había rasgos un tanto extravagantes en la flamante esposa de Gustav Adolf. Ella se expresaba con pasmosa elegancia en francés, pero apenas chapurreaba el alemán, pese a proceder de la casa de Hohenzollern y pese a haber crecido en Brandenburgo, y mostró nulo interés por hacerse siquiera con un mínimo vocabulario en sueco. Eso la ponía en situación de hallarse en un país extraño, rodeada de damas con las que no se entendía apenas. Adoraba a su marido -de hecho, se podía decir que le idolatraba-. Pero considerando el carácter inquieto y beligerante de Gustav Adolf, cabía deducir que a María Eleonora le esperaban muchos meses de triste añoranza de un esposo casi siempre ausente. Sólo tendría, para confortarse, una predilección excesiva, absolutamente exagerada, hacia los enanos y bufones.

La primera vez que Gustav Adolf hubo de dejarla atrás, fue a los seis meses de su boda y ella estaba en los albores de su primer embarazo. El embarazo de frustró, con un aborto tardío o parto demasiado temprano, como prefiráis verlo. Esa clase de episodio impacta duramente en el plano emocional de cualquier mujer, pero el impacto se maximiza cuando nos referimos a una mujer tan inestable y excesiva en sus sentimientos como lo era María Eleonora. Gustav Adolf empezó a percatarse de que su esposa podía representar un constante tormento, por la necesidad absoluta que ella mostraba de aferrarse a la presencia de él. Para Gustav Adolf, que mantenía su amor de juventud por la bella Ebba Brahe, María Eleonora se volvía a menudo una especie de piedra colgada del cuello. Aquella completa dependencia situaba a la reina siempre al borde de una acentuada neurosis.

El nacimiento de una hija llamada Kristina Augusta, acaecido el 16 de octubre de 1623, podía haber marcado alguna diferencia positiva en la vida de María Eleonora al proporcionarle otro ser humano hacia quien canalizar sus afectos. Pero la princesita se malogró antes de cumplir un año y no hace falta ser especialmente perspicaz para hacerse una idea de la desolación de su madre. María Eleonora se aferró con más ansia que nunca a Gustav Adolf, y enseguida se produjo una tercera concepción. Todo evolucionaba favorablemente, a tal punto que María Eleonora se mostraba pletórica de energías; cuando insistió en acompañar a su marido a pasar revista a la armada fondeada en el lago Mälaren, en Strängnäs, menos de cien kilómetros al oeste de Estocolmo, Gustav Adolf prefirió ceder antes que provocarle un berrinche negándose a llevarla consigo.

Las cosas parecían ir de maravilla mientras los monarcas se situaban en la cubierta profusamente engalanada del yate real para la revista. Lo que nadie esperaba era que estallase de repente una gran tormenta, una auténtica tempestad que alborotó por completo las aguas del Mälaren. La escena provocó una fortísima impresión en la reina embarazada. Aunque llevaron a la mujer lo antes posible a una fortaleza cercana, el bello castillo rojizo de Gripsholm, María Eleonora llegó allí sujetándose el vientre con sus brazos mientras se lamentaba de que había dejado de sentir los movimientos de su bebé. Al cabo de unas horas, dió a luz un varoncito que en efecto había muerto en su vientre.

Como podéis suponer, durante el cuarto embarazo de María Eleonora la mantuvieron prácticamente entre algodones. Aún así, no pudieron evitar que ella se agitase más de la cuenta cuando Gustav Adolf partió una vez más a guerrear frente a la unión conformada por Polonia y Lituania. Al final de aquella "cuarta guerra sueco-polaca" que se extendió de 1626 a 1629, Suecia obtendría toda la provincia de Livonia a costa de Polonia. Pero eso le importaba poco o nada a María Eleonora de Brandenburgo, que se agobiaba mientras esperaba el desenlace de su cuarto embarazo porque temía que su marido no acudiese a tiempo para asistir al parto. Gustav Adolf le había prometido que sí estaría presente en el natalicio...y cumplió su palabra. Fue un alumbramiento prolongado y dificultuoso, hasta que emergió del torturado cuerpo de la madre una criatura enteramente cubierta de pelo oscuro, tan denso que al principio creyeron que se trataba de un chico y sólo mediante un análisis cuidadoso descubrieron que se trataba de una chica. Gustav Adolf reaccionó con humor e ingenio, afirmando que estaba plenamente satisfecho de que se le hubiese enviado una hija que sería muy inteligente porque había demostrado poseer talento para engañarles a todos incluso en el mismo instante de su nacimiento.

La reacción de María Eleonora no tuvo nada que ver con la de su marido. Exigió que retirasen de su vista aquella niña de piel oscura y ojos negros; la encontraba tan fea que incluso llegó a tildarla de monstruosa. Recordad que estamos en el siglo XVII: no se conocía lo que era una depresión post-parto. En una época más moderna, probablemente alguien hubiera mostrado comprensión o al menos compasión hacia María Eleonora, una mujer que, en un breve lapso de tiempo, había coleccionado un aborto tardío, la muerte de una hijita bebé a la que había amado y un parto de un niño muerto. El cuarto embarazo era el que tenía que haberla compensado de aquellas pasadas desgracias, proporcionándole lo que su idolatrado marido y la nación deseaban de ella: un príncipe robusto y saludable, el heredero del trono. Pero el destino parecía mofarse de María Eleonora, al mandarle en cambio una niña de aspecto nada agraciado.

Seguramente no ha habido ninguna minúscula princesa que haya sufrido tantos "atentados" como los que sufrió Kristina de Suecia. Por lo que se cuenta, María Eleonora intentó librarse de su insatisfactoria hija en varias ocasiones: una vez pretendió estrangular a la bebé con una sábana, otra vez hizo caer una viga encima de la cuna y en una tercera ocasión ordenó a la niñera que dejase caer a la chiquitina al suelo. La caída provocó una dislocación en un hombro de la nena que no se curó adecuadamente, lo que representaría una tara visible para toda la vida. En una época posterior, Kristina manifestaría odiar aquella tara visible de la que nunca podría librarse. Pero cabe preguntarse si su dolor psíquico ante la tara física no estaría fundamentado no sólo en el hecho de tener que convivir con la tara física, sino en el hecho de tener que soportar el conocimiento de que se la había causado el odio de su propia madre.


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 Asunto: Re: ANA, LA REINA DE LOS MOSQUETEROS
NotaPublicado: 19 Mar 2012 20:19 
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Minnie. :bravo: :bravo: :bravo:
Sigue, por favor :-*


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 Asunto: Re: ANA, LA REINA DE LOS MOSQUETEROS
NotaPublicado: 19 Mar 2012 20:46 
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Sé que merezco que me hagáis un corte de mangas por haberos hecho viajar mentalmente a Suecia, retrocediendo varias décadas en el tiempo. Pero dadme el beneficio de la duda: no estoy intentando desquiciaros con estos giros un tanto estrambóticos, sino que pretendo que sepáis quien era y sobre todo qué representaba Kristina, para que captéis la trascendencia que se otorgó a su aparición en el escenario casi incomparable de la corte francesa.

Gustav Adolf, el padre idolatrado de Kristina, no era solamente un magnífico caudillo militar. También era un hombre dotado de la suficiente dosis de perspicacia, de esa chispa de lucidez, que le permitía comprender perfectamente que si él desaparecía del mundo demasiado pronto, dejaría a su hija y a su nación en una posición francamente vulnerable. Pero Gustav Adolf depositaba su confianza en dos personas. Una de ellas era un aristócrata sueco: Axel Gustafsson Oxenstierna af Södermöre, a quien, para aligerar, llamaremos en adelante sólo Axel Oxenstierna. El conde ejercía el papel de Gran Canciller del Reino desde 1612. Todavía hoy, en el siglo XXI, quienes visiten el parque que rodea una de las notables residencias reales suecas, el castillo de Svartsjö, pueden admirar un grupo escultórico creado a partir del magnífico mármol de Carrara. La escena es muy evocadora: el rey Gustav Adolf, en piedra, sigue atendiendo, con perfecta concentración, los consejos de su estimado Axel Oxenstierna.

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Tras la muerte en el enlodado campo de batalla de Lützen de Gustav Adolf, Oxenstierna hubo de afrontar una situación de completa incertidumbre. ¿Cómo debían proceder en adelante, con una reina niña a la que la viuda del difunto monarca se empecinaba en mantener aprisionada en un período de duelo absolutamente macabro? Lo principal era decidir si Suecia seguía participando en la Guerra de los Treinta Años. Hasta entonces, Gustav Adolf había sido el gran campeón del protestantismo durante años. Pero...¿debían mantenerse en la liza, seguir siendo adalides del protestantismo y luchando a brazo partido sin que importase el precio en sangre a pagar por cada victoria? Oxenstierna pensaba que sí debían seguir en guerra. Retirarse hubiera sido lo mismo que escupir encima del cadáver de Gustav Adolf.

La situación en que se hallaba Kristina tardó un tiempo en requerir la intervención enérgica de Oxenstierna. El Gran Canciller era consciente de que, aparte de en su propia persona, el extinto soberano había depositado una enorme confianza en su medio hermana, Katarina de Suecia.

A decir verdad, Gustav Adolf había tenido dos hermanas de vínculo completo, hijas del mismo padre y la misma madre que le habían engendrado a él. La mayor, Kristina, había muerto niña. La otra, Elisabeth, había alcanzado edad adulta, aún adoleciendo de una pésima salud; sufría frecuentes ataques epilépticos y tenía problemas mentales que íban más allá de aquellas eventuales crisis. Recibió una educación esmerada y se le arregló un matrimonio dinástico, con su primo el duque de Ostrogothia, que no sólo no la hizo feliz, sino que podemos decir que incrementó su nivel de ansiedad y angustia existencial, aumentando sus períodos de insania. A la postre, Elisabeth pasaría a la historia de la región de Ostrogothia por haber instigado una lamentable caza de brujas que se detuvo -por suerte...- al morir ella antes de tiempo.

Esa Elisabeth era una figura dolorosa en la memoria de Gustav Adolf. El único consuelo que él tenía era la hermanastra mayor de ambos, hija del primer casamiento de su padre. Era Katarina de Suecia, la encantadora y humilde esposa del conde palatino Johann Kasimir de Zweibrücken-Kleeburg. El hecho de que la Guerra de los Treinta Años asolase principalmente el territorio conformado por la miríada de estados germánicos, hizo que el rey de Suecia, sinceramente preocupado, invitase a su hermana y a su cuñado a instalarse en territorio sueco. Para favorecerles, nombraría a la mujer condesa de Stegeborg, ya que se le hacía entrega del bello castillo de Stegeborg, en Östergötland.

Antes de su fallecimiento, Gustav Adolf había indicado a Axel Oxenstierna que si algo le acontecía a él, su hija Kristina no debía quedar en manos de la mentalmente inestable María Eleonora, sino que debía confiarse a la tutela de Katarina de Stegeborg. Esta indicación de Gustav Adolf no sólo contribuía un nuevo reconocimiento por su parte a las numerosas cualidades que poseía su medio hermana mayor y que, por desgracia, no había tenido la hermana pequeña de ambos. También era una forma de tratar de brindarle a Kristina siquiera unos años de auténtico bienestar en el ámbito doméstico. Toda la seguridad emocional que no podía brindar María Eleonora, sí podía en cambio darla Katarina de Stegeborg. Adicionalmente, Katarina de Stegeborg tenía cinco hijos: Kristina Magdalena, Karl Gustav, María Eufrosyne, Eleonora Katarina y Adolf Johann. La mayor de las chicas, Kristina Magdalena, era una muchacha de carácter tan afable y complaciente que incluso lograba mantener una relación afectuosa, sin ninguna discordancia, con la tía María Eleonora. María Eufrosyne y Eleonora Katarina eran de edades similares a las de la nueva reinecita Kristina. De hecho, Eleonora Katarina le llevaba solamente siete meses a su prima Kristina. Era de esperar que, al menos en un primer momento, María Eufrosyne y Eleonora Katarina pudiesen compartir el aula de estudios con Kristina.

Así que se puede decir que Oxenstierna salvó a Kristina de las manos de María Eleonora, permitiéndole disfrutar de unos años dorados en Stegeborg. Ciertamente, Kristina enseguida hubo de recibir una formación muy específica, porque se trataba de una persona a quien correspondía ejercer la soberanía; las clases compartidas con las primas enseguida quedaron atrás. Pero independientemente de que Kristina pronto tuviese que hacerse al título, peculiar, de "Chica Rey", mediante una educación diseñada para ella de la que participó el mismísimo Oxenstierna, a través de su vida recordaría con afecto a su tía condesa de Stegeborg...


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 Asunto: Re: ANA, LA REINA DE LOS MOSQUETEROS
NotaPublicado: 22 Mar 2012 23:13 
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Pacta sunt servanda Minnie.

Mañana (u hoy si el cansancio me lo permite) revivo a Lauzún. Debo reconocerte que sólo tú eras capaz de meter a Cristina de Suecia en este berenjenal y lo mínimo que puedo decir es: ¡bravo! :bravo:

Gracias por haberla revivido a Ana, lo que más adoro de ella es que permite meternos en ese 'quilombo' (como decimos los Argentinos) que fue la corte borbón de Louis XIII - Interregno - Louis XIV. ;)

_________________
"Ma fin est mon commencement, et mon commencement ma fin".


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 Asunto: Re: ANA, LA REINA DE LOS MOSQUETEROS
NotaPublicado: 23 Mar 2012 23:36 
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Konradin escribió:
Pacta sunt servanda Minnie.

Mañana (u hoy si el cansancio me lo permite) revivo a Lauzún. Debo reconocerte que sólo tú eras capaz de meter a Cristina de Suecia en este berenjenal y lo mínimo que puedo decir es: ¡bravo! :bravo:

Gracias por haberla revivido a Ana, lo que más adoro de ella es que permite meternos en ese 'quilombo' (como decimos los Argentinos) que fue la corte borbón de Louis XIII - Interregno - Louis XIV. ;)


No esperaba menos de tí, Konradin, jajajaja.

Si te digo la verdad...nunca había caído en la cuenta de que Ana de Austria había coincidido en tiempos con Kristina de Suecia hasta que no leí una amplia referencia a las visitas de Kristina a la corte de Francia. Ahí me caí yo del guindo. Ana había nacido en 1601 y Kristina en 1626, o sea, que Ana era 25 años mayor que Kristina, una diferencia de edad especialmente notable en aquella época, cuando la expectativa de vida era sensiblemente más reducida que en la actualidad. Pero compartieron época y se conocieron. En realidad, Kristina estaba más próxima en edad a nuestra querida amiga la Grande Demoiselle, un año menor que la escandinava. Otro punto interesante a mencionar en esta historia...

Lo que más me fascina es que Ana y Kristina representan dos maneras distintas de nacer princesas. Ana pertenecía a un linaje imperial, pero era una infanta destinada a servir de moneda de cambio en el mercado de las alianzas dinásticas; la exportaron a tierra francesa y su destino en principio hubiera sido pasar de esposa de rey a madre de un siguiente monarca. Fue algo inesperado que su marido muriese tan pronto y que le quedase un hijo pequeño en nombre del cual debía ejercer la regencia. La regencia siempre ha sido un tema complejo para una mujer y extranjera. Kristina en cambio nació siendo la única hija legítima de su padre. Gustav Adolf había tenido un hijo varón con su amante Margareta Slots, un muchacho llamado Gustav Gustavsson. Pero al hijo ilegítimo, un buen mozo, sólo le tocó en suerte llegar a convertirse en conde de Nystad. Kristina heredó un trono a la muerte de su padre, ella era la legítima soberana, soberana por derecho propio. Heredó de niña...y enseguida quisieron hacer de ella una Chica Rey. Curiosa forma de hacer trampas con la combinación de géneros de las palabras elegidas.

Sé que me enrollo mucho...pero es necesario a veces para darle matices a esta historia ;-)


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 Asunto: Re: ANA, LA REINA DE LOS MOSQUETEROS
NotaPublicado: 24 Mar 2012 10:45 
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Kristina reina:

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Tengo para mí que la pose en que la retratan es absolutamente intencionada. La intención radica en infiltrar en la mente de quienes contemplan el cuadro una evocación instantánea del sobrenombre que muchos de sus ilustres coetáneos dieron a Kristina: la Minerva del Norte. En esa línea, ha perdurado sobre todo el recuerdo de la predilección de Kristina por el filósofo francés René Descartes, el creador de la filosofía moderna, el genio intelectual que proporcionó al mundo un nuevo método filosófico-científico que rompía con las reglas de la escolástica. Kristina, una ávida lectora, una mujer profundamente analítica, pronto experimentó una necesidad fervorosa de tener en el gran René Descartes a uno de sus mentores...algo en lo que también encontramos una traza del anhelo de la soberana de emular en buena medida al gran Alejandro Magno. Si Alejandro Magno había tenido a Aristóteles de tutor preceptor en Mieza...ella debía tener a Descartes de profesor privado en Estocolmo. El embajador francés en Estocolmo, Pierre Chanut, no sólo favoreció la prolongada correspondencia de Kristina con Descartes, sino que, a la postre, instó a Descartes a viajar a Estocolmo recien estrenado el año 1650. Kristina ya era una adulta, no la chiquilla que había debatido vehementemente con Axel Oxenstierna amplios pasajes de las obras de Tácito. Pero en su enorme respeto por Descartes, hizo que éste la ilustrase en su modelo filosófico en una serie de lecciones que tuvieron lugar a las cinco de la madrugada. Cabe señalar que a Descartes no le sentaron bien aquellos horarios tan peculiares combinados con el extremadamente frío invierno escandinavo. Unos meses fueron suficientes para causarle semejante infección pulmonar que aquella brutal neumonía le llevó a la tumba. Pero nos ha quedado la escena del filósofo enseñando a la reina, en un hermoso cuadro de Dumesnil presente en Versailles:

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Aparte de su veta de intelectualidad cuidadosamente explotada, Kristina era una personalidad activa y enérgica. El jesuíta Manderscheydt diría de ella que incluso su voz y su gesto resultaban muy masculinos, algo que seguramente ella hubiera tomado por un gran elogio. Le gustaba vestir con ropas de hombre, montar a caballo con un desparpajo que rozaba la temeridad y la práctica cinegética. No había nada suave, delicado y mucho menos melindroso en Kristina.

La mayoría de los biógrafos de Kristina, desde Verena von der Heyden a Úrsula de Allendesalazar, coinciden en destacar como atributo distintivo de esa figura histórica el hecho de ser tremendamente "enigmática". Kristina sigue conservando las claves de su ser como el secreto mejor guardado a través de los siglos. En su tiempo, resultaba un elemento extraño; una mujer que se presentaba al mundo como un hombre, una filosófica soberana del norte que se negaba a contraer matrimonio para perpetuar el linaje de los Vasa. El país hubiera deseado que Kristina se casase con su primo Karl Gustav, el único varón que había tenido la querida tía de la monarca Katarina de Stegeborg en su matrimonio con Johan Kasimir von Zweibrücken-Kleeburg. Realmente, Karl Gustav hubiera sido la elección correcta: se trataba de un príncipe ilustrado, que había realizado estudios en la prestigiosa universidad de Uppsala antes de completarlos en la Sorbona de París; experto diplomático, se había transformado también en un notable comandante militar siguiendo la estela del difunto tío Gustav Adolf, el padre de Kristina. Para liderar las tropas suecas en la Guerra de los Treinta Años, Karl Gustav había recibido el título de comandante supremo de todas las que estaban desplegadas en suelo germánico. Sólo la firma del Tratado de Westphalia, uno de los hitos importantes en materia de política exterior del reinado de Kristina, impidió a Karl Gustav lograr más y mayores éxitos de los logrados. Pero a ojos de los suecos, el primo de Kristina era un héroe. La boda de ambos hubiese resuelto perfectamente la sucesión de los Vasa.

Kristina sentía un enorme afecto y simpatía por su primo. Esto es importante, porque el afecto fundado en los vínculos de sangre y el haber crecido juntos no siempre va aunado a la simpatía personal auténtica. Ahí había simpatía verdadera, lo que no es mal fundamento para un eventual casamiento dinástico. Pero Kristina se negaba en redondo a pasar por el aro del casamiento dinástico. Y entre tanto todos se hacían lenguas acerca de su "vida amorosa". Su apasionada amistad con su camarista principal, la condesa Ebba Sparre.

Esta dama, por cierto, es Ebba Sparre:

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No sé si vosotros la consideraréis hermosa. Yo, cuando observo ese retrato, le encuentro un aire tan lánguido y desvaído, que me hace pensar en un besugo hervido. Pero es muy posible que el retrato no le haga justicia. Quizá sus rasgos, su colorido y su forma de moverse la hiciesen extremadamente atractiva según los cánones vigentes en su momento. De hecho, la llamaban "Belle", una forma abreviada de "la Belle Comtesse" (el francés era el idioma predilecto de la corte sueca, pero hay que admitir que algo de razón llevaban porque "la Belle Comtesse" suena más glamuroso que "den Vackra Grevinnan", jejeje). Y cada vez que en la corte sueca, tan francófila ella, se ponían a interpretar ballets o teatrillos, a "Belle" siempre le asignaban, automáticamente, por clamorosa unanimidad, el papel de Venus. O sea...que debía ser extremadamente guapa.

Pertenecía a una familia muy destacada: el que había sido en un tiempo gran canciller Erik Larsson Sparre era su abuelo paterno, el estadista y mariscal del ejército Lars Eriksson Sparre era su padre. La primera esposa de Lars había sido Märta Báner, que, antes de morir, había producido seis hijos. Entre ellos había cinco varones...y una única hembra: nuestra Ebba, "Belle" para los amigos.

Ebba triunfó en la corte, como sabemos. Fue la principal dama de Kristina, que, con absoluta franqueza, explicó a un representante inglés en su corte que "Belle" era su compañera de cama. Pero esto no implica necesariamente una relación amorosa o sexual, aunque pudiera ser una señal inequívoca de que los intensos sentimientos de Kristina por "Belle" hubiesen superado con creces los límites de la amistad para convertirse en una relación más íntima. El asunto Sparre sigue constituyendo un quebradero de cabeza para los estudiosos de Kristina de Suecia. "Belle" fue por un tiempo la prometida de uno de los hijos de Axel Oxenstierna, Bengt Gabrielsson Oxenstierna. Bengt parece haber sido un tipo excelente, un buen militar dotado de una sorprendente humanidad que se ganó rápido la confianza del príncipe Karl Gustav, el generalísimo de las tropas suecas en tierra alemana. Pero resulta que Kristina tuvo que meter baza en el tema del noviazgo de "Belle" con Bengt. Y no le hizo precisamente un favor a "Belle", considerando las cosas con la distancia de varios siglos.

"Belle" no era la única favorita indiscutible de Kristina. Había también una acentuada predilección de la reina por el muy apuesto y refinado aristócrata Magnus Gabriel De la Gardie, un hijo de Jacob De La Gardie conde de Läckö y de la archifamosa Ebba Brahe. A través de su padre, Jacob De La Gardie, Magnus descendía del rey Johann III de Suecia mediante una hija ilegítima de éste, Sofía Gyllenhielm. Pero una conexión más cercana con los Vasa radicaba precisamente en su madre, Ebba Brahe. Ebba Brahe había sido la amante predilecta, y probablemente el gran amor, de Gustav Adolf, el padre de la reina Kristina.

Los hijos de Ebba Brahe se situaron de maravilla en la corte de Kristina, que apreciaba sinceramente a la que había sido tan querida por su difunto progenitor. No sólo Magnus Gabriel era un preferido de Kristina. La hermana de Magnus Gabriel, Maria Sofía, fue una dama de la soberana y en un determinado momento, quizá cansada de que tratasen de casarla a ella misma con su primo Karl Gustav, Kristina trató de apañar una boda entre su eventual heredero y su dama María Sofía De La Gardie, a la sazón viuda de Gustaf Gabrielsson Oxenstierna, un sobrino de Axel Oxenstierna.

Vamos...esto es un completo lío entre dos familias prominentes, los Oxenstierna y los De La Gardie, jajajaja. El caso es que Kristina, cuando se metía a casamentera, se metía. Ella se empeñó en que su Magnus Gabriel De La Gardie se casase con la princesa Maria Eufrosyne von Zweibrücken-Kleeburg, prima de la propia Kristina. Paralelamente, insistió en que su adorada "Belle" rompiese el compromiso con Bengt Oxenstierna para casarse con un hermano de Magnus Gabriel y María Sofía De La Gardie...Johann Kasimir De La Gardie. Hay que decir que "Belle" no encontró ninguna felicidad en ese enlace con Johann Kasimir De La Gardie.


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