Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

Nuevo tema Responder al tema  [ 113 mensajes ]  Ir a página Anterior  1, 2, 3, 4, 5, 6 ... 10  Siguiente
Autor Mensaje
 Asunto: Re: ANA BOLENA
NotaPublicado: 06 Nov 2018 16:37 
Desconectado
Madre Fundadora
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 21:47
Mensajes: 17490
NicholasR. escribió:
La educación esmerada de Enrique VIII se debía básicamente a su madre, Elizabeth Plantagenet. Ella había sido educada cuidadosamente en la corte de su padre, Eduardo IV, y su madre Elizabeth Woodville. Elizabeth Plantagenet era la adorada hija mayor del matrimonio. Enrique aprendió, a través de su madre, música (tocaba el laúd y componía e interpretaba piezas musicales) y a hablar fluidamente y escribir tres idiomas - inglés, francés, y latín. También , en ocasiones, pintaba. Encima de todo eso, era muy bien parecido y le llamaban "el príncipe más guapo del cristianismo". Heredaba su apariencia física también de su madre, que había sido famosa por su belleza. Con el tiempo se convirtió en un viejo gordísimo, que apestaba a centellas, pero eso fue mucho después.

Ana Bolena lo mantuvo interesado (sin casarse) por más de cinco años, lo que dice mucho del atractivo de esta mujer.

Por cierto, cuando Ana Bolena salía del palacio, las gentes del pueblo se arremolinaban y le gritaban "p . ta", lo cual la molestaba terriblemente. El pueblo se mantuvo fiel a la "buena reina Catalina"


Enrique tuvo una muy buena base genética por parte de su madre. Edward IV debió ser un monumento de hombre, a tenor por las descripciones de sus coetáneos, y la gente se hacía lenguas acerca de la belleza de Elizabeth Woodville, lo mismo que, en su momento, sobre la madre de la propia Elizabeth, Jacquetta de Luxemburgo, que se libró por los pelos de ser juzgada por brujería :eyes:

Los fantásticos genes de Edward y Elizabeth se combinaron bien en Elizabeth de York, Bessie. Bessie, además de guapa, poseía otras virtudes que la distinguían de su madre Woodville. Parece haber sido genuínamente bondadosa y de naturaleza amable, lo que se diría una buena mujer, que, a su muerte, fue sinceramente llorada por su marido e hijos. Que Enrique VII, tacaño en extremo como era, no ahorrase ni una monedita en el sepelio de Bessie y de paso insistiese en retirarse él solo a lamentar su pérdida, dicen mucho a favor de ella. Cierto que luego Enrique VII se recuperó lo suficiente para llegar a barajar la opción de un segundo matrimonio dinástico (una candidata fue nuestra Juana la Loca) pero eso eran simplemente gajes del oficio de monarca de una dinastía recién instaurada.

Independientemente de la amable influencia de Bessie en la educación de sus hijos, yo subrayaría también el muy importante papel de lady Margaret Beaufort, la madre de Enrique VII, la formidable suegra con la que Bessie tuvo que transigir. Es significativo que, pese a la evidente vinculación efectiva entre Enrique VII y Bessie, ésta pasase el tiempo de su reinado bastante "overshadowed" (¡¡me encanta esa palabra!!) por lady Margaret Beaufort. Y Beaufort, en lo que concierne a la formación, fue una mujer que ejerció un magnífico patrocinio. Tuvo mucho que ver con el establecimiento de dos de los más reputados colleges de la universidad de Cambridge, por ejemplo. La curiosidad intelectural de lady Margaret era de suficiente entidad como para que no se limitase a mantener en su poder obras como el Legenda Santorum, una compilación de libros de santos traducidas al inglés que había heredado de su suegra Anne Neville duquesa de Buckingham. A Margaret también le interesaron obras como un libro en francés versionando los versos latinos de Lucano o, en otro registro, los Cuentos de Canterbury.

Siempre he pensado que parte de la curiosidad intelectual de Enrique podía provenir también de la abuela Margaret Beaufort...

Respecto a lo demás, Ana Bolena tenía la peor de las famas entre la "common people", los ingleses de a pié. Sencillamente, nunca la tragaron y mantuvieron una encomiable fidelidad a la buena reina Catalina. Pero eso provenía, en gran medida, de una concepción tradicional del mundo, un mundo en dónde una jovenzuela de buena familia criada en la decadente y lejana Francia no podía "desplazar" de su trono de reina consorte a una auténtica princesa cristiana como Catalina había sido. El hecho de que Ana fuese la amante del rey la convertía en una puta a sus ojos, y que aspirase a llegar a ser esposa en detrimento de la esposa verdadera, la de montones de años y montones de hijos, ya menopáusica, era hasta ofensivo.


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto: Re: ANA BOLENA
NotaPublicado: 06 Nov 2018 17:16 
Desconectado
Madre Fundadora
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 21:47
Mensajes: 17490
Cabe admirar la presencia de ánimo y voluntad de hierro de sir Thomas More. En 1530, tan reciente su propio ascenso, tan fresca en la memoria colectiva la caída en desgracia de su predecesor Wolsey, More ya se había negado a firmar un escrito previamente firmado por muchos otros dignatarios de la iglesia en Inglaterra rogando al Papa Clemente VII que tuviese a bien declarar nulo aquel matrimonio de su rey con Catalina que conturbaba el espíritu del monarca. Pero Clemente VII seguía en su mar de dudas, sin tomar una resolución. En cierto modo, era justo lo peor que podía hacer: a aquellas alturas del juego, la única cosa en la que hubiesen estado de acuerdo Enrique y Catalina era en que el Papa debía manifestarse claramente, sin nuevas dilaciones.

Pero sí hubo nuevas dilaciones. A finales de 1530, Clemente exhortó a Enrique a que expulsase de la corte a Ana Bolena, aquella mujer por la que tanto escándalo se había originado dentro y fuera de las fronteras de su reino. Y por si quedaba alguna duda, en enero de 1531, de nuevo Clemente recordó a Enrique que éste no debía aspirar a contraer matrimonio alguno mientras siguiese sub judice en la Curia romana su casamiento con Catalina de Aragón. Por si acaso, insistía Clemente, debía recordarle que cualquier hijo engendrado sería considerado bastardo y no existiría la opción de una legitimación posterior.

Las advertencias de Clemente le sentaron a Enrique peor que un acceso de almorranas. Aquella era aún la época en que, según los asiduos a la corte, el rey era incapaz de privarse a sí mismo de la presencia de su dama por espacio de más de una hora, lo que daba la medida exacta de la fuerza arrolladora de su pasión (aunque, por ser prácticos, cabe recordar que en junio de 1529 Ana había sucumbido a unas fiebres potencialmente peligrosas y se la había enviado al campo a que se recuperase, y si bien Enrique enviaba cartas y obsequios constantes, ni se acercó a visitarla, que no era cuestión de que tan gran príncipe, él mismo, se arriesgase a enfermar).

Pero, frente a More, había surgido otro hombre de talla intelectual nada desdeñable e idéntica capacidad de trabajo: Thomas Cromwell.

Thomas Cromwell tenía orígenes modestos, muy modestos. Su padre puede haber desempeñado diversos oficios, como tejedor, herrero y cantinero. Los propios inicios laborales de nuestro protagonista estuvieron vinculados a una actividad lucrativa pero escasamente prestigiosa: el comercio de telas, con la ciudad de Middelburg, en los Países Bajos, no por su propia cuenta, sino como agente de los Frescobaldi de Florencia. Hasta este punto, la vida de Cromwell parece de poco fuste: fuese solamente comerciante o una combinación de comerciante y prestamista en esos años, ninguna de las dos cosas le proporcionan a uno ascenso en una corte real. Pero Cromwell parece haber simultaneado esos trabajos con el papel de agente en suelo inglés del cardenal Bainbridge y por el camino se hizo con un más que aceptable dominio del latín junto con el italiano y el francés. Eso llevó a que acabase formando parte del servicio del cardenal Wolsey, en sus tiempos de casi todopoderoso. Adicionalmente, Cromwell, que se había casado dentro de su esfera social, con la hija de un comerciante de telas, y había tenido varios hijos, vió como unas fiebres le dejaban viudo y le privaban de sus niñas, dejándole únicamente un varón. Quizá por reafirmarse en su vida, Cromwelll estudió con verdadero afán Derecho y eso le facilitó la entrada posterior, en torno a 1523, en el Parlamento.

En resumen, Cromwell era un hombre hecho a sí mismo. Pasó del servicio de Wolsey al servicio de More, en su condición de secretario. Y More enseguida descubrió que su secretario tenía ideas propias. Porque a Cromwell lo que más le interesaba, en ese punto, era asegurar la liquidez financiaera del rey, una auténtica necesidad política. En enero de 1531, Cromwell dió un golpe importante al reunir al clero inglés y amenazar abiertamente con acusarles de cuestionar la primacia de la corona, un delito de fatales consecuencias, si no ratificaban su sumisión absoluta respecto al monarca y no contribuían a dotarle adecuadamente. Sólo el anciano arzobispo Warham tuvo algo que objetar y sólo el obispo John Fisher se rebeló abiertamente contra aquella "encerrona". El resto claudicó, se aprobó una cuantiosa provisión de fondos para Su Majestad y, de paso, se le otorgó el título de "Jefe Supremo de la Iglesia y el Clero de Inglaterra". Lo cual, se mire cómo se mire, equivalía a una primera señal de ruptura respecto a Roma...


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto: Re: ANA BOLENA
NotaPublicado: 06 Nov 2018 18:45 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Jul 2015 23:08
Mensajes: 1310
Lady Margaret Beauford era una mujer muy piadosa, pero también era muy tacaña (su hijo Enrique VII salió a ella). El hijo era lo que hoy le llamamos un "Mama's boy", que la consultaba para todo, y ésto, unido al carácter dominante de la señora y a su tacañería, la convertían en una suegra insufrible. Humillaba a la pobre Bessie a cada rato, y su hijo siempre le daba la razón. Lady Margaret tampoco simpatizaba con Catalina y cuando ésta regresó a la corte después de la muerte de Arturo, la humillaba también. ¡Una joyita de señora!

Ana Torrent es una mujer muy guapa, pero haciendo el papel de Catalina, pues no se le parecía en nada. Catalina tenia el pelo rubio-rojizo, y los ojos claros. Creo que en la película "Ana de los Mil Días" la que hizo el papel de Catalina fue Irene Papas, que tiene el pelo y los ojos negrísimos.


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto: Re: ANA BOLENA
NotaPublicado: 07 Nov 2018 09:01 
Desconectado
Madre Fundadora
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 21:47
Mensajes: 17490
Pues sí, Nicholas..Margaret Beaufor como suegra debía ser lo más parecido a un constante dolor de muelas.

Imagen


Pero en su muy preeminente posición en la corte de Enrique VII se me ocurre que fueron elementos determinantes dos hechos. En primer lugar, obviamente Enrique VII tenía motivos más que suficientes para mostrarse devoto servidor de su madre Margaret, aquella Beaufort absolutamente lancasteriana que le había parido con apenas trece años, con extremo riesgo de su propia vida, quedando seguramente dañada para siempre su capacidad reproductiva; aparte ese detalle, ella se enamoró del bebé y dedicó lustros a conspirar, conspirar y conspirar en su favor. En el ascenso de Enrique Tudor, su madre desempeñó un papel crucial, así que era cuestión de justicia que ella se sintiese la gran matriarca Tudor en la corte de Enrique VII.

Un segundo factor: no cabe duda de que Enrique VII amaba a Bessie, pero, por principio, no quería en absoluto "enaltecerla" demasiado. La paciencia de Enrique VII con su suegra, la "reina viuda" Elizabeth Woodville, fue de corta duración y enseguida la despachó a Bermondsey Abbey. Pero los episodios previos con Woodville recordaban o eran susceptibles de recordar siempre a los cortesanos que Tudor había logrado su corona por la fuerza y que en realidad su esposa Bessie, la hija de Edward IV y Woodville, poseía un mejor derecho al trono que él. El matrimonio de Enrique y Bessie era de gran valor dinástico, pero a Enrique le interesaba recalcar siempre que desde su punto de vista, él poseía el trono por sí mismo, por derecho de sangre suyo y por derecho de conquista, pero en absoluto porque hubiese recibido mediante el intercambio de votos nupciales los derechos de Bessie.

Esto implica, obviamente, que Bessie se vió limitada, bastante limitada, frente a lady Margaret. Resulta inevitable simpatizar con Bessie, porque ella constituye una figura histórica muy atractiva y, por contra, se hace difícil encariñarse con la severa y rígida Margaret Beaufort.

En cuanto a tu comentario sobre el aspecto físico de Ana Torrent...sí, cierto. Generalmente escogen actrices morenas para encarnar a Catalina...desde Irene Papas a Ana Torrent pasando por María Doyle Kennedy, por citar solamente tres ejemplos. Pero Catalina no encajaba en ese estereotipo de "española" que deben haberse construído mentalmente los británicos de la época contemporánea. De hecho, Catalina tenía mucha sangre inglesa. Tenía entre sus antepasadas cercanas a dos hermanas, Catalina de Lancaster y Felipa de Lancaster, hijas de Juan de Gante, nietas del rey Eduardo III. Realmente, Catalina era una prima tanto de Bessie de York, su futura suegra, como de Enrique VII, su futuro suegro. Y aconteció que, físicamente, la madre de Catalina era una rubia de ojos azules y Catalina misma salió muy británica, de cabellos, como tú bien señalas, rubios con reflejos rojizos, tez blanca con un ligero y favorecedor sonrosado y ojos claros.


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto: Re: ANA BOLENA
NotaPublicado: 07 Nov 2018 12:25 
Desconectado
Madre Fundadora
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 21:47
Mensajes: 17490
Estábamos en que...

En resumen, Cromwell era un hombre hecho a sí mismo. Pasó del servicio de Wolsey al servicio de More, en su condición de secretario. Y More enseguida descubrió que su secretario tenía ideas propias. Porque a Cromwell lo que más le interesaba, en ese punto, era asegurar la liquidez financiera del rey, una auténtica necesidad política. En enero de 1531, Cromwell dió un golpe importante al reunir al clero inglés y amenazar abiertamente con acusarles de cuestionar la primacia de la corona, un delito de fatales consecuencias, si no ratificaban su sumisión absoluta respecto al monarca y no contribuían a dotarle adecuadamente. Sólo el anciano arzobispo Warham tuvo algo que objetar y sólo el obispo John Fisher se rebeló abiertamente contra aquella "encerrona". El resto claudicó, se aprobó una cuantiosa provisión de fondos para Su Majestad y, de paso, se le otorgó el título de "Jefe Supremo de la Iglesia y el Clero de Inglaterra". Lo cual, se mire cómo se mire, equivalía a una primera señal de ruptura respecto a Roma...

Cierto que el Parlamento británico no fue tan dado a inclinar la cerviz ante el brioso desafío de Cromwell, pero es que al propio rey Enrique VIII tampoco le interesaba, aún, tomar ese camino. Bastaba con haber dado el golpe de efecto, dejando claro a la Iglesia, y muy en particular a sus elementos más conservadores, que las cosas podían cambiar de repente, mucho, si el rey seguía encontrando aquella lamentable reticencia en Roma a atender su "justa" demanda. Por demás, quedaba en evidencia que si Enrique necesitase llegar a una postura extrema, todavía indeseada por él mismo, para asegurarse el divorcio que tanto convenía a su persona y a su dinastía, no se limitaría a eso. La Iglesia era demasiado rica...y las arcas de un monarca siempre necesitaban mucho más dinero del que contenían. De alguna manera era casi como si, por intermedio de la acción resuelta de Cromwell, estuviese diciéndoles: "Vosotros mismos".

De todas formas, se había renovado la ofensiva diplomática en Roma y, de paso, se cultivaba con esmero la alianza francesa, una necesidad para posicionarse frente al emperador.

En el eje de aquella concatenación de acontecimientos seguía el enfrentamiento entre dos mujeres de voluntad de hierro: la una se negaba a ceder el sitio que la otra estaba ansiosa por ocupar. Catalina se aferraba con fuerza a su única estrategia: repetir incansablemente ante sí misma y ante todos que ella era la reina de Inglaterra, que había sido la reina de Inglaterra por no menos de veintidós años.

En realidad, ése es un aspecto que, al repasar la historia de Catalina y Ana, se suele tratar menos de lo que merece. Catalina llevaba veintidós años ejerciendo a conciencia el papel que la Divina Providencia (según su propia interpretación) le había asignado: el de virtuosa y piadosa consorte de Enrique VIII. A pesar de todas las pruebas superadas, o precisamente a causa de ellas, se negaba a considerar siquiera la opción de negociar una retirada a cambio de que, por ejemplo, se reconociesen de nuevo los derechos de su hija María. Porque, y esto es importante, no siempre la declaración de invalidez de un matrimonio reducía a los hijos nacidos a la condición de naturales; muchas veces se salvaguardaba expresamente su legitimidad, fundandola en el argumento de que los padres habían creído de buena fe haber estado plenamente unidos, sin haberse cuestionado el vínculo conyugal. Catalina -seguramente más que dolida por la actitud del rey y de su concubina y desencantada...- hubiera podido barajar una negociación en esos términos. Pero tenía en tan alta estima su propia condición real que se mantuvo erguida y aprovechó cualquier oportunidad para proclamarla ante el mundo.

Como se había mencionado en su momento, Ana empezó a ostentar cierta relevancia en la corte como "la dama del Rey" en 1528, pero la situación eclosionó a lo largo de 1529. Eso se hizo evidente, por ejemplo, en la progresión del padre de ella, sir Tomas Bolena. Aunque éste era vizconde Rochford de 1525, un título ganado en gran medida por sus propios méritos en el ámbito diplomático auqnue pudo haber contribuído subsidiariamente la relación de su hija María con Enrique VIII, en 1527, ya en pleno enamoramiento de Enrique hacia Ana, el rey había maniobrado retirarle el condado irlandés de Ormonde al primo Piers Butler (si bien para que éste no se quejase más de la cuenta, a los cinco días se le otorgó un condado creado expresamente, el condado de Ossory).

Presumiblemente, lady Margaret Butler, la madre de Tomas, debió sentir un ramalazo de éxtasis ante ese reconocimiento, en la persona de su hijo mayor, de los derechos transmitidos por ella a los dominios irlandeses de sus antepasados. Porque en 1529, Tomas se vió de nuevo enaltecido por el rey con la concesión de los títulos de conde de Ormond y conde de Wiltshire, otro título al que podía aducir derechos porque lo había llevado el abuelo paterno de lady Margaret. Que Tomas se metamorfosease por gracia real en conde de Wilshire, convirtió a su hijo varón, Jorge, en vizconde Rochford (y de rebote, en la corte muchos empezaron a referirse a Ana Bolena como "lady Ana Rochford").

Cuando el rey tomó posesión de Whitehall, nuevo nombre para el palacio que antes había sido el York Place de Wolsey, la asignación de habitaciones resultó de nuevo bastante relevadora de la significación adquirida por los Bolena. Cumple recordar, aquí, que la confiscación del patrimonio de Wolsey había ampliado al instante el repertorio de palacios disponibles por Su Majestad, destacando Whitehall, Hampton Court y The More. Whitehall ofrecía un recinto de incomparable grandeza, pero la corte Tudor era tan extensa que obtener un conjunto de habitaciones marcaba claramente el elevado estatus de los receptores de semejante gracia real. Justo debajo de los aposentos de Enrique VIII se dispuso una serie de habitaciones muy lujosamente decoradas para Ana Bolena y la madre de ésta, Elizabeth Howard, mientras que Tomás Bolena conde de Wiltshire disponía asimismo de sus aposentos. Los Bolena no íban a tener que vivir "hacinados" en poco espacio dentro de la corte Tudor.

Para rematar la faena, en 1529 se dispararon los gastos de la bolsa real para sostener el glamuroso tren de vida de Ana Bolena. El rey cubría los gastos de su Dama con la mejor disposición; aflojó el dinero incluso cuando se trató de abonar una indemnización porque uno de los perros de Ana había atacado furiosamente a una vaca, causándole la muerte. Ese detalle concreto, que menciona Fraser, siempre me ha resultado llamativo.

Y ya de colofón, en la navidad de 1529 el rey decidió que Whitehall albergaría la serie tradicional de festejos, lo que le convenía especialmente porque en el nuevo palacio no se habían acondicionado aposentos para Catalina. Ausente Catalina, Enrique optó por conceder a Ana Bolena precedencia sobre el resto de las damas de la corte. La elección de Enrique sin duda haría que Ana se esponjase de puro deleite, pero enojó, y mucho, a dos damas de mucha mejor estirpe y condición que estaban presentes en Whitehall. Una de ellas era la princesa María Tudor, hermana menor del propio Enrique, por su primer matrimonio reina de Francia y por su segundo matrimonio duquesa de Suffolk. La otra era Elizabeth Stafford, duquesa de Norfolk. Ninguna de ellas ocultó sus sentimientos.

Con ese background, a partir de 1530 Ana se encontró cada vez presidiendo más actividades al lado del rey. Pero hasta julio de 1531, Catalina no desapareció para siempre del escenario real. Aconteció, de hecho, de forma quizá no planeada: Enrique y Catalina se hallaban con la corte, que incluía a los Bolena, en el castillo de Windsor, y una mañana Enrique, junto con su Ana y un amplio séquito, se largó de Windsor para ir a solazarse en la caza en el pabellón de Woodstock. Catalina, que se quedó atrás, sola con su propio servicio, debió sentirse un tanto humillada de nuevo, pero reaccionó enviando una carta al rey en la que se interesaba por su salud y bienestar. Dado que Enrique era plenamente consciente de su propia espantada, no acogió de buen grado esa nueva prueba de solicitud conyugal por parte de Catalina. Su respuesta, vía mensajero, rezuma fastidio y enojo. Ni él deseaba ser objeto de atenciones de esa clase por parte de Catalina ni Catalina debería empeñarse en una actitud de esposa cariñosa cuando hacía años que había quedada interrumpida su vida conyugal.

Todo ese episodio había llevado a Enrique a decidir que Catalina debía ser apartada de su presencia. La pobre mujer recibió, en ese punto, la orden de trasladarse (eso sí, con su casa al completo, que incluía alrededor de dos centenares de personas...) a The More, antiguo palacio de Wolsey en los aledaños de Rickmansworth. The More no ha sobrevivido hasta la actualidad, ni siquiera parcialmente, pero, en su tiempo, fue considerado un gran palacio. De hecho, allá por el año 1527, en pleno apogeo aún de Wolsey, The More había sido escenario de una recepción del propio Enrique VIII con unos embajadores franceses llegados para firmar un tratado de mutua adhesión; uno de esos embajadores franceses fue Jean du Bellay, quien se declaró mucho más impresionado por la magnificiencia de The More que por la de lHampton Court, la otra joya de Wolsey junto a York Place (Whitehall). Pero, por descontado, la caída de Wolsey había dejado The More un poco "de lado". Whitehall y Hampton Court habían sido rápidamente acondicionadas para gusto y satisfacción de Enrique y Ana, mientras que The More, alejado en Hertfordshire, había quedado en relativo abandono hasta que Su Majestad decidió enviar allí a Catalina.


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto: Re: ANA BOLENA
NotaPublicado: 07 Nov 2018 13:16 
Desconectado
Madre Fundadora
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 21:47
Mensajes: 17490
Imagen

La actriz Joanna Whalley como Catalina de Aragón en "Wolf Hall".


Imagen

Catalina de Aragón, retrato.


El traslado a The More representó para Catalina, desde un punto de vista emocional, una gran carga de ansiedad y sufrimiento. Verse "expulsada" de la vida en la corte y conminada a instalarse en el distante More subrayaba de forma más que notoria la decisión de Enrique de no volver a tenerla nunca en su presencia. Adicionalmente, aquella nueva actitud del monarca también la distanciaba irremisiblemente de su muy amada hija, la princesa María.

Catalina tenía la suerte de contar con muy fieles servidores. Junto a ella, en esa hora de amargura, estaba su amiga de muchos años, María, lady Willoughby de Eresby. En realidad, María se llamaba en origen María de Salinas, hija de Martín de Salinas y Josefa González de Salas; estos padres habían servido con dignidad extrema en la corte de Isabel de Castilla y es probable que existiese cierto vínculo de parentesco con Fernando de Aragón. Una hermana mayor de María, Inés de Salinas, se había casado con un español establecido en Inglaterra y se ha considerado plausible que Inés hubiese servido en algún momento en el séquito de Catalina, a la sazón princesa de Gales por su matrimonio con Arturo. Por unas y otras razones, María fue enviada a Inglaterra en 1501. Su llegada alegró a Catalina: María era algo más joven que ella misma, sorprendentemente hermosa, de excelente carácter, animosa y dotada de una capacidad innata para la diplomacia. Pronto se hizo evidente la gran conexión entre Catalina y María.

Con los años, había parecido que tanto a Catalina, la señora, como a María, su dama, les íba bien en aquel país. Catalina había conseguido su triunfo casándose con el muy atractivo Enrique VIII, en tanto que María de Salinas contraería nupcias hacia 1516. El esposo de María de Salinas, William Willoughby de Eresby, tenía nobles ancestros y era uno de los mayores propietarios de tierras en el Lincolnshire. Adicionalmente, recibió en ocasión de su boda con María, a quien Catalina amaba y Enrique estimaba muy de veras, nada menos que un castillo. Enrique le había concedido Grimsthorpe, un castillo magnífico en Lincolnshire. De forma natural, cuando María lady Willoughby de Eresby alumbró una hija en 1519, la llamó Katherine -evidentemente por la reina Catalina.-

Aquí hay que señalar que María lady Willoughby tuvo al menos dos hijos varones, bautizados Henry y Francis, muertos en la más temprana infancia; lo único que le quedó fue su hija Katherine, nacida y criada principalemente en Parham Old Hall, en Suffolk. Eso traza un paralelismo cierto con la trayectoria obstétrica de su amada reina Catalina: las dos habían tenido que resignarse a perder a sus hijos y consolarse en la existencia de sus hijas. A mayores, María sufrió el revés de quedarse viuda muy pronto, en 1526. Desde ese instante, tuvo que emplearse a fondo en una batalla que duraría años por los derechos de su hija Katherine, huérfana a los siete, frente al hermano del fallecido William, Christopher Willoughby de Eresby.

Hubiese sido un lujo poder asomarse a la mente de lady Willoughby de Eresby en aquellos momentos. Desde luego, Catalina, y ella con Catalina, las había pasado de todos los colores en Inglaterra. En particular, habían sido muy duros los años de 1501 a 1509, mientras vivía el ávaro y nada delicado Enrique VII; y también podían considerarse amargos los años justo anteriores, desde 1526, con la irrupción de Ana Bolena. Pero quizá María nunca hubiese llegado a imaginar que se encontraría tratando de sostener y consolar a Catalina en aquel traslado forzoso a The More.

A pesar de los pesares, Catalina no había abatido su orgullo real: es significativo que, llegado el año nuevo de 1532, se empeñase en enviarle un obsequio a Enrique, concretamente una hermosa y valiosa copa de oro. Para esas fechas...año nuevo de 1532...ella llevaba ya un tiempo en The More. Fuera de allí, el obispo Warham, tan fiel a Roma, había muerto y se le había sustituído por un hombre "de Ana Bolena", Cramner, un reformista. Con un Cromwell y un Crammer como adláteres, Enrique y Ana seguían labrando su camino hacia un eventual matrimonio. Y, de hecho, para ir preparando el mundo entero, Enrique ya había decidido que sería Ana quien le acompañase a territorio continental para una reunión histórica con su buen aliado el rey Francisco I de Francia...


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto: Re: ANA BOLENA
NotaPublicado: 07 Nov 2018 14:47 
Desconectado
Madre Fundadora
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 21:47
Mensajes: 17490
Allá en un tiempo más feliz para Catalina, en el año 1520, se había celebrado un gran encuentro diplomático entre Enrique VIII y Francisco I en el que ella había acompañado a su esposo, igual que la no menos virtuosa reina Claudia de Francia. Ese encuentro diplomático, orquestado con mimo por el cardenal Wolsey, había recibido el nombre de Campo de la Tela de Oro, Campo del Paño de Oro o asimismo Campo de la Tela Dorada, haciendo alusión al extraordinario lujo desplegado en el campamento levantado para la ocasión en las bellas praderas entre las localidades de Guînes y Ardres, en suelo francés, pero en las inmediaciones de Calais, todavía territorio inglés continental.

Imagen

Imagen


Ingleses y franceses habían competido en esplendidez. Se había cuidado cada detalle, incluso los más nímios, hasta un punto que hoy nos resulta difícil concebir. La comitiva del rey Enrique, por ejemplo, alcanzó casi los 4000 personas, en tanto que la de la reina Catalina frisaba en 1000 personas, y a esto habría que añadir un nutrido contingente de sirvientes, escuderos, etc. El coste del desplazamiento y estadía para los británicos se había calculado en 15000 libras, una suma colosal.

Catalina no había acudido de buena gana: la alianza con Francia siempre perjudicaba a España, país natal de ella, y por tanto suponía un revés para su amado sobrino el emperador Carlos, que no mucho tiempo atrás les había visitado en Inglaterra. Pero Enrique y Wolsey tenían interés en la alianza francesa y Catalina era lo suficientemente buena esposa como para preparar su mejor guardarropa, elegir sus mejores perlas y mantillas y comparecer en un derroche de elegancia mayestática. Junto a ella estaba en lugar destacado su querida cuñada María Tudor, duquesa de Suffolk, antaño reina francesa, así como otras damas de alto rango y simples damiselas de corte (existe una más que notable probabilidad de que entre ellas figurase una jovencita llamada Jane Seymour).

Del lado francés, la reina Claudia tenía peor presencia que Catalina. La escoliosis retorcía por completo la espalda de la pobre Claudia, que también era estrábica y obesa. Pero Claudia, por supuesto, estaba acompañada por su grandiosa suegra Luisa de Saboya y su muy brillante cuñada Marguerite de Angulema. Y en su séquito, muy posiblemente, estaba una joven inglesa todavía residente en Francia: Ana Bolena.

Hacia 1532, seguramente Catalina recordaría con amargura aquel despliegue de grandiosidad en el Campo de la Tela de Oro. Sobre todo porque Enrique preparaba una especie de reedición de aquel encuentro con Francisco I, aunque -eso sí- a mucha menor escala y menor coste para sus arcas.. En esta ocasión, Enrique no pensaba llevar a su buena reina Catalina, sino a su querida Ana Bolena, a la que deseaba "presentar oficialmente". Así se lo transmitió al embajador francés, Jean du Bellay, un hombre de notable galantería que se mantenía siempre en los mejores términos con la muy profrancesa Ana Bolena y que fue el encargado de indicar que, por supuesto, faltaría más, su señor Francisco I estaría encantado de recibir y festejar a la dama de Enrique VIII.

Entre tanto, Catalina había sido forzada a irse desde The More a Bishop´s Hatfield y había acabado luego instalada en el castillo de Hertford. Hasta allí llegaban, lógicamente, las noticias en torno a la "mayor elevación" de Ana. La Bolena había recibido como una especie de apanage dos mansiones con sus terrenos adyacentes, bastante productivos, en Middlesex; pero en 1532, con carácter previo a su viaje a Calais, Enrique estimó oportuno dotarla de un título propio lo bastante sonoro y la hizo marqués (sí, señora marqués) de Pembroke, lo que llevaba asociadas cinco mansiones en Gales, cinco mansiones en Hertfordshire, dos mansiones en Essex y una mansión en Somerset. Es de cajón que no sólo había aumentado el rango de Ana, sino que también se había multiplicado -¡¡y de qué manera!!- su patrimonio.

Pero a un nivel mucho más simbólico, aconteció que Enrique reclamó vía mensajero a Catalina "las joyas de la reina", con la evidente intención de entregarlas a Ana antes de emprender su viaje. En primera instancia, Catalina se rebeló: ella era la reina, insistió, y no entregaría sus joyas por un simple recado verbal, sino que sólo lo haría si se le presentaba una orden escrita con la firma de su señor el rey. A Enrique le subieron los colores por el enfado que le causaba esa actitud resuelta y firme de Catalina, pero envió la orden necesaria. En ese punto, Catalina cedió porque había dejado claro, siempre, que mientras fuesen de orden terreno y no colisionasen con su conciencia y honor, obedecería los mandatos de su señor el rey. Así que Ana Bolena recibió enseguida aquel surtido de alhajas que podría utilizar, a su libre antojo, en el continente -y debió sentarle francamente bien hallarse en dicha tesitura.

Otra cosa era qué damas ejercerían de anfitrionas de Fancisco I. Se supone que Enrique había pedido a Jean du Bellay, abusando de la confianza y con una notoria falta de finura, que no acudiese la nueva reina consorte de Francisco, Leonor de Austria, hermana del emperador Carlos V. Por lo visto, a Enrique le repugnaban las damas españolas, educadas y vestidas a la española. El comentario puede haber sido una manera de ponerse la tirita antes de recibir la herida, porque, ciertamente, Leonor de Austria, SOBRINA de Catalina, de tenía ni la menor intención de hacer el paripé con Ana Bolena marqués de Pembroke. Sólo cabe imaginar el ramalazo de orgullo ofendido que hubiese experimentado Leonor teniendo que abrazar a una marqués de Pembroke cubierta con las -famosas- perlas de una Catalina tristemente recluída en Hertford.

Ana Bolena sí insistió a du Bellay en que esperaba que se hallase, para poder cumplimentarla, la hermana tan querida de Francisco, Marguerite de Angulema, reina de Navarra. Ana llevaba años aprovechando cada ocasión para reivindicar su "amistad" con Marguerite de Angulema, tan esclarecida princesa, y no íba a ser menos ahora. Pero, en verdad, Marguerite de Angulema tampoco tenía intención de comparecer. El rey Francisco I llevaría consigo, en prueba de su leal afecto por "su hermano de Inglaterra" y la dama de éste a sus dos queridos hijos varones (y una no puede evitar preguntarse si Francisco no estaba exhibiendo cierta sorna, al presumir de su posteridad ante un monarca carente de herederos varones). En última instancia, se incluyó en la parte inglesa al joven duque de Richmond y Somerset, el hijo ilegítimo de Enrique y Bessie Blount (lo que, en esas circunstancias, puede haber sido un recordatorio incómodo para Bolena). Muy probablemente, la "lady Mary" que acompañó a Ana en ese viaje no fue otra que su hermana María Bolena, viuda de William Carey y a quien el rey acababa de garantizar, por cierto, una pensión de cien libras al año.

Siempre se ha especulado, por parte de diversos autores, que la consumación plena de la relación entre Enrique y Ana se produjo precisamente durante esa visita al Continente. Por supuesto, suena plausible, ya que, a esas alturas del juego, Ana podía tener la certeza de que el mismo Enrique que estaba presentándola oficialmente íba a hacerla su reina sí o sí. Durante años, ella había tenido que vivir en una tensión constante. Catalina era una contendiente formidable, apoyada por el partido imperial, con muchos buenos amigos en la corte y extraordinariamente popular entre el pueblo. Cuando Ana aparecía en público, recibía generalmente mofas e insultos; cada vez que las gentes veían al rey acudir aquí o acullá para sus alegres cacerías, le instaban a "volver con la buena reina" y "echar de su lado a esa puta Bolena". La reputación de Ana estaba hecha trizas, con el pueblo firmemente convencido de que llevaba años calentándole la cama al rey y rumores estacionales sobre embarazos mantenidos en secreto, partos clandestinos e hijos bastardos criados fuera del ámbito de la corte.

Es fácil amar y admirar a Catalina, pero uno también puede examinar el asunto desde la perspectiva de Ana. Cuando Ana, con su osadía característica, uno de sus rasgos más distintivos para lo bueno y para lo malo, había retado al rey afirmando que si no podía ser su esposa tampoco sería su amante...se trataba de una veinteañera, con el tiempo jugando a su favor. Pero habían trancurrido años y, a la sazón, se acercaba a la treintena. Como había dicho al rey lastimeramente en 1529 sus años de lozanía y sus perspectivas de honroso matrimonio se habían ído a tomar vientos por esperarle a él. Y si eso era cierto en 1529, desde luego más lo era en 1530, 1531 o 1532. Pero 1532 estaba probando ser un año crucial. Tras tanta lucha, tras tanto desvelo, Enrique le prometía que lograrían su objetivo más pronto que tarde. Tenía claro que Roma le había tratado muy injustamente, a él, tan buen príncipe como muchos otros que antes sí se habían visto beneficiados en el mismo aspecto en que él se veía perjudicado. El resultado era que ya se había establecido la independencia de la iglesia de Inglaterra con respecto a Roma. Sir Tomas More, en un alarde de dignidad, había dimitido de su cargo de Lord Canciller, reemplazado por Cromwell, y Crammer llevaba la voz cantante en cuanto al divorcio del rey y en cuanto a la pertienente reforma de la iglesia en Inglaterra.

En ese escenario, Ana bien puede haber juzgado que le convenía "darse por entero" al rey. Si hasta entonces no lo había hecho, había sido sin duda porque no pretendía arriesgarse a ser madre de un bastardo sin derechos indiscutibles al trono. Enrique mismo entendía y compartía su visión: lo que ambos íban a procrear juntos debía ser un buen príncipe, el futuro espléndido de la dinastía Tudor. Pero ahora, ya no pensaba esperar a Roma. Estaba decidido a casarse con ella y si ella lograba albergar una criatura en su vientre, sería más un aliciente para apresurar la boda que una complicación. El hijo nacería con los padres casados, sí o sí -y al cuerno con Roma, el Papa y su Curia-.

Ciertos donativos efectuados en una iglesia de Bolonia sugieren, como ha dicho Fraser, que allí logró finalmente Enrique completar sus primeras cópulas con Ana marqués de Pembroke. Hacia finales de 1532 Ana debió quedarse embarazada, y sus primeras sospechas respecto a su estado de gravidez probablemente se produjeron en enero de 1533. Había que tomarse con cautela un embarazo tan incipiente, pero Enrique estaba presumiblemente encantado y decidido a no perder ni un minuto. Según relataría posteriormente Crammer, la boda de Enrique y Ana debió producirse el 25 de enero de 1533, aunque, pequeño detalle, no se había proclamado oficialmente el divorcio de Enrique respecto a Catalina, algo que se determinó hacer de modo un tanto discreto en un pueblo, Dunstable, cercano a la localidad de Amptill, que era dónde se hallaba instalada Catalina.

Que Enrique se había casado con Ana no se anunció hasta el mes de abril, momento en que ella estaba en su cuarto mes de embarazo y se consideraba que se había pasado el mayor peligro de aborto temprano. Ana florecía día a día, Enrique estaba radiante, y se difundió la noticia teniendo al menos el detalle de ser deliberadamente oscurantistas en cuanto a precisar la fecha de la boda. El embajador del emperador, Eustace Chapuys, se quedó conmocionado ante aquel acontecimiento "impensable". Seguramente, Catalina recibió informaciones puntuales, pero lo cierto es que hasta el 9 de abril no se presentó ante ella ("la princesa viuda de Gales") para informarla de que Enrique tenía una reina legítima llamada Ana Bolena.


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto: Re: ANA BOLENA
NotaPublicado: 07 Nov 2018 15:22 
Desconectado
Madre Fundadora
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 21:47
Mensajes: 17490
La humillación final para Catalina llegó cuando la convocaron a una "corte eclesiástica" en la cercana Dunstable que, presidida por el obispo Cranmer, tenía como objeto declarar públicamente la invalidez del matrimonio contraído con Enrique en 1509, lo que la dejaba en la posición de ser Catalina princesa viuda de Gales. Por supuesto, Catalina no tenía ganas de pasar por ese trance y dejó claro que le importaba un bledo que la declarasen contumaz, del mismo modo en que habían hecho años atrás en Blackfriars. Cranmer se encargó de declarar oficialmente la invalidez de aquella boda y acto seguido abandonó la aburrida atmósfera de Dunstable para irse a Londres, dónde exactamente al cabo de una semana debía oficiar en la muy solemne coronación de Ana Bolena.

La coronación de una reina consorte era un acto cargado de valor simbólico y rodeado de un aura casi mística. Muchas veces, ese evento íba asociado no tanto al matrimonio con el rey, sino que se producía después de que la consorte hubiese puesto en el mundo un heredero. Bessie de York, la princesa esposa de Enrique VII, por ejemplo, había sido coronada ONCE meses después de su boda y DOS meses después de haber parido a su primogénito, Arturo. En ese sentido, Catalina había podido gozar del privilegio de coronarse pocos días después de su boda con Enrique, en una ceremonia bastante pomposa que llenó de admiración, en aquel entonces, a los londinenses. Lo de Ana podía considerarse un caso intermedio, ni tan rápida como la de Catalina ni tan demorada en el tiempo como la de Bessie. Pero, en cierto modo, Ana había probado su fertilidad, aunque no tanto como Bessie. Bessie había sido coronada con un hijo VARÓN de dos meses en la cuna. Ana lo fue, el uno de junio de 1533, con un embarazo de seis meses.

No se escatimó en la puesta en escena de la coronación de Ana, que, en una visión retrospectiva, constituyó sin lugar a dudas el momento más apoteósico en la vida de ella. Pero todo el oropel desplegado -que fue mucho- contrastó con la obvia frialdad mostrada por los londinenses, que seguían sin apreciar en absoluto a aquella mujer. Por otro lado, los españoles en la ciudad, servidores de Chapuys o relacionados entre sí en cualquier caso, estaban indignados y se preguntaban si el emperador no íba a responder a aquella ofensa capital a su tía Catalina enviando a su ejército a invadir Inglaterra (la propia Catalina, en una entrevista con Chapuys, había rogado que nunca se tuviese en cuenta una posibilidad como ésta, ya que de ninguna de las maneras querría ella convertirse en causa de un baño de sangre en suelo británico).

Ana era una mujer altiva y desafiante. Su propio moto, "Ainsi sera", "Así será", constituía toda una declaración respecto a su carácter. No se había dejado afectar nunca por las críticas acervas, los insultos velados, las abiertas diatribas, el desdén o el odio que percibía en los rostros de las gentes cuando salía de la corte. Quizá simplemente no se había dejado afectar...en apariencia. Parece obvio que, en gran medida, la actitud que manifestaría la flamante reina tenía mucho que ver con una notable inseguridad y una permanente tensión emocional. No había sido fácil llegar a dónde había llegado -y una moza lista como ella debía saber, en cambio, que sí era fácil que la obligasen a desandar el camino en un santiamén-. A Ana se la consideraba culpable de muchas cosas, de muchos desajustes que se habían producido ya y muchos males que podían abatirse sobre el reino. Era sintomático, por ejemplo, que su tío Norfolk se perdiese su coronación (algo que seguramente él no lamentó en absoluto, ya que, católico conservador, ni estaba de acuerdo con los reformistas que rodeaban a Ana ni apreciaba especialmente a su pariente Bolena) porque estaba en Francia, en una misión diplomática de urgencia para que Francisco I ayudase a "limar asperezas" con el Papado. En pocas palabras: en el exterior las cosas se estaban poniendo feas, en el interior existía una evidente agitación, y a aquella reina nueva, que a ojos de la mayoría seguía siendo "la puta de ojos saltones del rey", nunca le faltarían ni adversarios ni enemigos.

Ana dependía, casi en exclusiva, de un elemento que podía considerarse "poco fiable": el amor, o la pasión, del rey. Durante años, ella había logrado tenerle "comiendo en la palma de su mano", algo que podía aducir como gran mérito personal, pero ahora debía realizar la metamorfosis de una amante que prometía la gloria a una esposa que efectivamente la proporcionase cumpliendo sus deberes de reina ungida y coronada, el primero de los cuales era, sin duda, parir un hijo hermoso, robusto, que pudiese llamarse Eduardo o Enrique. En apariencia, ni Enrique ni Ana dudaron nunca de que el bebé que ella llevaba en su vientre al ser coronada era el muy ansiado príncipe Tudor. Estaban rodeados de astrólogos que aseguraban, sin el menor rebozo, que así sería y que la celebración del natalicio superaría todas las conocidas. Pero, en última instancia, cabe preguntarse...¿no hubo en aquellos nueve meses de gestación ni una breve, efímera duda por parte de Ana?


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto: Re: ANA BOLENA
NotaPublicado: 07 Nov 2018 15:26 
Desconectado
Madre Fundadora
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 22:02
Mensajes: 26520
Ubicación: ESPAÑA
Ahora viene lo bueno :-D

_________________
Imagen


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto: Re: ANA BOLENA
NotaPublicado: 07 Nov 2018 15:45 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Jul 2015 23:08
Mensajes: 1310
La movida de Catalina a The More inició la mudanza de esta señora a lugares cada vez más alejados y peores. Enrique no quería sólamente quitársela del lado, sino alejarla de su hija María, que era entonces la única fuente de alegría para Catalina . . . Por supuesto, a todo esto lo animaba Ana Bolena. Eran tal para cual.

El motto (lema) de la reina Ana Bolena era realmente "The Moost Happi" (hoy, The Most Happy), o sea, La Más Feliz. Me imagino que lo escogió cuando estaba embarazada de Elizabeth, y ella juraba que iba a ser un varón, el príncipe Edward Henry.


Última edición por NicholasR. el 07 Nov 2018 15:52, editado 1 vez en total

Arriba
 Perfil  
 
 Asunto: Re: ANA BOLENA
NotaPublicado: 07 Nov 2018 15:52 
Desconectado
Madre Fundadora
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 21:47
Mensajes: 17490
Imagen

Natalie Portman, en el papel de Ana Bolena en "The Other Boleyn Girl". Escena de la coronación de Ana.


Imagen

Natalie Dormer, en el papel de Ana Bolena en "Los Tudor". Escena de la coronación de Ana.


Imagen

Ana Bolena.


Ana podía estar exultante, pero al Papa Clemente se le habían hnchado, literalmente, las narices. Después de años y años dando vueltas en torno al "Gran Asunto del Rey", lo acontecido en Inglaterra requería una respuesta clara, contundente y, sobre todo, inmediata. Así que en una bula dictada el 11 de julio de 1533 Clemente declaró inválido el juicio del obispo Cramner sobre el matrimonio de Enrique y Catalina. Asimismo, exhortaba a Enrique a repudiar a Ana Bolena, a quien por supuesto no reconocía la condición de reina de Inglaterra por mucho dinero que se hubiesen gastado en coronarla, y añadía que cualquier hijo de dicha pareja se consideraría ilegítimo.

Catalina recibió en Amphill otra delegación. Llegaron cuando ella estaba enferma, aquejada de una tos que la sacudía fuertemente y tendida en un jergón porque se había clavado un espina en un pie. Pero ni siquiera así era Catalina una mujer débil. Insistió en que ella no íba a ceder ni un ápice su postura: durante veinticuatro años había sido la esposa legal del rey, no por cierto su prostituta; y seguía siendo la esposa legal del rey, pesase a quien pesase. Cuando se le relató la escena a Cromwell éste no pudo por menos que admirar el valor intrínseco a Catalina. Hubiera podido liderar un ejército en un combate con coraje y eficacia en absoluto inferiores a los de un gran príncipe varón. (Probablemente, lo más impresionante de esa escena, a nuestros modernos ojos, es que Catalina ni siquiera acusó recibo cuando le dijeron que con esa actitud suya se exponía a que se tratase con dureza a su hija María; ella amaba a su hija apasionadamente, pero ni siquiera semejante burda amenaza, dijo, la movería a contradecir la voz de su conciencia).

Y entre tanto Ana veía surgir los primeros roces en su vida de esposa real. Por lo visto, la embarazada mujer montó algunas escenas de celos al observar que Enrique "festejaba" en exceso a alguna de sus damas. Seguramente, Enrique no se sentía en absoluto culpable por buscar ligereza y entretenimiento en otra mujer habida cuenta de que su legítima esposa se hallaba gestando a su heredero, pero Ana no se privó de hacerle reproches y él no reaccionó de forma nada comprensiva ni positiva. De hecho, le recordó que ella debería aprender a cerrar los ojos igual que otras mejores lo habían hecho antes que ella. Era una frase dura, pero más empeoró la situación que él añadiese, con el ceño fruncido, que ella debía recordar que él podía rebajarla no menos de lo mucho que la había enaltecido. Ana tuvo que tragarse esos sapos y pensar que seguir alterándose ni la convenía a ella ni convenía a su bebé.

Astrólogos y médicos seguían convencidos, en septiembre, de que sería un varón y todo estaba dispuesto en ese sentido. Como decíamos antes...sería interesante saber si Ana misma nunca se permitió a sí misma albergar ni un leve atisbo de duda. El chambelán de la reina Ana, lord Cobham, se afanaba en prepararlo todo para el confinamiento de su señora a medida que avanzaba aquel cálido mes de agosto. Desde el veintiseis de agosto ocupó los aposentos elegidos en el palacio de Greenwich, acompañada por su madre y por todas las damas que íban a asistirla en su trance. El natalicio de su criatura se produjo con una ligera antelación sobre lo previsto, el día siete de septiembre de 1533.

Fue una niña.


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto: Re: ANA BOLENA
NotaPublicado: 07 Nov 2018 15:54 
Desconectado
Madre Fundadora
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 21:47
Mensajes: 17490
sabbatical escribió:
Ahora viene lo bueno :-D


Mnnnnn...seguramente, sí. Se viene lo que se viene, un auténtico dramón Tudor.
:-D


Arriba
 Perfil  
 


Mostrar mensajes previos:  Ordenar por  
Nuevo tema Responder al tema  [ 113 mensajes ]  Ir a página Anterior  1, 2, 3, 4, 5, 6 ... 10  Siguiente


¿Quién está conectado?

Usuarios navegando por este Foro: No hay usuarios registrados visitando el Foro y 1 invitado


No puede abrir nuevos temas en este Foro
No puede responder a temas en este Foro
No puede editar sus mensajes en este Foro
No puede borrar sus mensajes en este Foro
No puede enviar adjuntos en este Foro

Buscar:
Saltar a:  



Style by phpBB3 styles, zdrowie zdrowie alveo
Powered by phpBB © 2000, 2002, 2005, 2007 phpBB Group
Base de datos de MODs
Traducción al español por Huan Manwë para phpbb-es.com
phpBB SEO
Crear Foro | Subir Foto | Condiciones de Uso | Política de privacidad | Denuncie el foro