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 Asunto: ALIÈNOR DE AQUITANIA, LA ESCANDALOSA DUQUESA Y DOBLE REINA
NotaPublicado: 20 Feb 2008 21:42 
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Tema dedicado a Aliènor o Eleonor, duquesa de Aquitania, a través de su primer matrimonio reina consorte de Francia, por su segundo matrimonio reina de Inglaterra. En una etapa ulterior, la "abuela" de casi toda la realeza europea, gracias a su abundante prole y a los matrimonios de sus numerosísimos nietos...

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Representación pictórica (no contemporánea) de Aliènor/Eleonor.


Nota: Dado que es imposible obtener un surtido de imágenes de los protagonistas legados por artistas coetáneos, se utilizan a modo de ilustración diversas imágenes que pueden evocar a esos personajes y período histórico.


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NotaPublicado: 20 Feb 2008 21:54 
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En 1122, en la ciudad de Poitiers, la noble señora Aenor de Châtellerault dió a luz el primer retoño concebido en su matrimonio con Guillem, hijo y heredero del poderoso duque Guillem IX de Aquitania, también conde de Poitou. La criatura resultó ser una sonrosada niñita a la que decidieron dar el nombre de su madre ligeramente transformado: la denominaron Aliènor, del latín "alia Aenor", traducible por "la otra Aenor".

La llegada al mundo de la pequeña Aliènor se recibió con considerable alborozo en la refinada, elegante y artística corte de su abuelo Guillem IX, quien vivía en público y notorio concubinato con una dama que respondía al nombre de Dangereuse ("Peligrosa" en francés). La mujer, instalada lujosísimamente en la torre Maubergeonne del castillo de Poitiers, era, por otro lado, la madre de Aenor de Châtellerault, por tanto la abuela materna de esa bebé que era a la vez nieta, por vía paterna, de su amante. Todo un enredo familiar que merece la pena conocer en detalle, pues explica el hecho de que, desde sus orígenes, Aliènor se acostumbrase a moverse en un mundo en el que se podía saltar alegremente por encima de las pautas morales y convenciones sociales de la época...


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NotaPublicado: 20 Feb 2008 22:45 
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Guillem IX de Aquitania, excelente poeta y compositor, ha pasado a la historia con el sobrenombre de "El Trovador". Pero, a decir verdad, también hubiera podido pasar con los de "El Tempestuoso", a juzgar por los berenjanales en los que se metía constantemente: en particular, mantuvo varios sonados conflictos con la Iglesia. Su vida privada, acorde con su vibrante y enrevesada personalidad, estuvo plagada de episodios que parecen inverosímiles...

Empezó yendo por "el buen camino", desde un punto de vista dinástico. A los dieciséis años se había comprometido y casado con Ermengarde de Anjou, hija de otro aristócrata verdaderamente significativo en esa área geográfica: Fulques IV de Anjou. Ermengarde, concebida en el primer matrimonio de Fulques, con la piadosa Hildegarde of Baugency, tuvo una interesante sucesión de madrastras debido a la prematura muerte de su madre. La primera y la segunda madrastras, llamadas respectivamente Ermengarde de Bourbon y Orengarde de Chatellailon, estuvieron, cada una de ellas, casadas cinco años con el bizarro conde Fulques antes de verse repudiadas (la diferencia radicaba en que, en el caso de Ermengarde, el expeditivo rechazo de su marido la privó asimismo de la tutela del niño que habían engredado juntos, Geoffroi Martel). La tercera madrastra, Bertrade de Montfort, una dama soberbia y aguerrida, tenía fascinado a Fulques, a quien ofreció un hijo varón, también bautizado Fulques (le llamaremos Fulk, para diferenciarle del padre). Luego, en un sorprendente giro del destino, Bertrade sedujo por completo al rey Philippe I de Francia, casado con Bertha de Holanda.

La adolescente Ermengarde asistió, maravillada, a aquel escándalo monumental. Bertrade abandonó a Fulques, que pareció enloquecer de rabia, para marcharse con su rey Philippe, quien, entretanto, aseguraba que haría anular su boda con la pobre Bertha de Holanda bajo el pretexto de que ella estaba "demasiado gordinflona". Mientras Fulques se preparaba a seguir el viejo adagio de "la mancha de mora con otra se quita" negociando un quinto matrimonio con Mantie de Brienne, también había arreglado la boda de su única hija Ermengarde con Guillem IX de Aquitaine.

En conjunto, Ermengarde era una auténtica belleza. Los coetáneos solían describirla en términos no menos elogiosos que los dedicados a la más célebre de sus cuatro consecutivas madrastras, Bertrade de Montfort. Guillem, que admiraba la hermosura, se sintió pasmado ante el maravilloso aspecto de su novia angevina, un deleite para los ojos de cualquier varón. Pero chocaron los caracteres de ambos. Por muy bonita que resultase la esposa obtenida en el chalaneo matrimonial de la época, Guillem no se privaba de "honrar" ni menos aún de "festejar" a otras mujeres de su fabulosa corte aquitana. Ermengarde, de temperamento voluble e inestable, reaccionó ante esa humillación protagonizando sonadas fugas: desaparecía de sus castillos, buscaba asilo en un convento, permanecía sorda a cualquier llamamiento de reconciliación de su marido y, cuando le placía, volvía para interpretar una entrada triunfal en la corte (algo que restañaba las profundas heridas en su orgullo al menos durante un tiempo).

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Cuadro pre-rafaelita: La Belle Dame Sans Merci, de Sir Francis Dicks. Así me imagino a Ermengarde de Anjou y Guillem IX de Aquitania...

Al final, la pasión entre los esposos se había consumido y las escenas apoteósicas se habían convertido en algo demasiado fatigoso para Guillem. Si al menos Ermengarde hubiese concebido un hijo, un ansiado heredero, él hubiera aguantado, pero sin niños no había ninguna razón para perpetuar aquel desastroso matrimonio. Guillem devolvió a Ermengarde al padre de ésta, Fulques de Anjou, quien, desde luego, no se lo tomó precisamente a bien (aunque él mismo había repudiado a no menos de tres esposas para entonces: una cosa es lo que uno hace, otra cosa lo que le hacen a la hija de uno...).

Para segunda esposa, Guillem volvió a elegir con sagacidad política. Dirigió la mirada hacia el sur, dónde se enclavaba el prestigioso y rico condado de Toulouse. Allí había una mujer que podía convenirle: la condesa Philippa, hija de Guillaume IV de Toulouse y su esposa Emma de Mortain, perteneciente a la familia de los duques de Normandía. En realidad, hay cierto misterio rodeando la figura de Philippa en los años de su primera juventud, anteriores a su compromiso con nuestro Guillem IX de Aquitania. El misterio proviene de la etapa en que el padre de Philippa, el conde Guillaume IV, ya viudo de la normanda Emma, decidió lavarse de la conciencia sus muchos pecados (entre los que se incluía haber procreado un hijo bastardo con su medio hermana Adelaide...) marchando en peregrinación a Tierra Santa. En teoría, Philippa era su legítima heredera, aunque debido a su sexo femenino el padre la dejó bajo la tutela y regencia de un tío paterno, Raymond de Toulouse. Pero Raymond aspiraba a conservar el poder para sí mismo alejando a la sobrina, de forma que la habría casado con el rey Sancho Ramírez de Navarra. Cuando Sancho Ramírez falleció prematuramente, se supone que Philippa habría regresado a Toulouse contando con hacerse cargo de su territorio ya que a esas alturas se sabía que su padre el conde Guillaume había muerto en la lejana Tierra Santa; pero la mujer se encontró con que los tolosanos habían otorgado el título a su ambicioso tío Raymond. ¿La alternativa plausible a esa situación, para una viuda con excelente dote? Casarse con alguien capaz de reinvidicar los derechos de la esposa. El hombre escogido fue Guillem IX de Aquitania.

Así las cosas, esa boda de Guillem con Philippa tampoco resultó afortunada. A diferencia de Ermengarde, Philippa sí se embarazó y puso en el mundo dos varones -Guillem, futuro Guillem X- y Raymond, así como una fémina -Agnes de Poitou-. Pero si bien en ese sentido Guillem no podía echarle nada en cara a su consorte occitana, él fue cada vez más dado a enlazar distintas aventuras erótico-sentimentales. En una ocasión, a su regreso de un largo periplo por su Toulouse natal, Philippa se encontró con que el marido había tenido la ocurrencia de instalar en el castillo de Poitiers a su última conquista: la vizcondesa Dangereuse de Châtellerault, a la que "había raptado" con el consentimiento expreso de la dama. Dangereuse había dejado atrás un marido, el vizconde de Châtellerault, Aimery I de Rochefoucauld.

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La Bola de Cristal, obra del retrato pre-rafaelita John Waterhouse. Me recuerda a Philippa de Toulouse: una mujer a solas, tratando de encontrar un camino hacia el futuro...

Esa situación se le hizo insoportable a Philippa. Con el corazón hecho añicos y el orgullo todavía en peor estado, abandonó la corte para dirigirse a la abadía de Fontevrault. Por una de esas ironías de la historia, allí coincidiría con la primera mujer de Guillem, Ermengarde de Anjou, que también había acabado por tomar los velos de religiosa. Ermengarde y Philippa pasaban mucho tiempo juntas, lamentándose del maltrato al que las había sometido Guillem, ese mujeriego incorregible que no dudaba en hacer ostentación de sus sucesivas amantes. Las dos compartían el rencor hacia Guillem y el odio hacia Dangereuse, que había "usurpado" el puesto de Philippa obligándola a buscar asilo conventual para salvar su dignidad. Philippa murió muy pronto, probablemente de tuberculosis, dejando a su amiga Ermengarde decidida a tomarse la revancha: de repente volvió a salir a la luz, reclamando su condición de primera mujer divorciada contra su voluntad de Guillem IX, con lo que pretendía ocupar de nuevo su posición en la corte y expulsar de la torre Maubergeonne a Dangereuse.


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NotaPublicado: 20 Feb 2008 23:24 
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Por supuesto, el flagrante concubinato de Guillem IX y Dangereuse fue la comidilla en toda Francia en ese período. El duque estaba tan entregado a su amante, que había hecho que un prestigioso artista la retratase a ella sobre el fondo del escudo de armas de él...toda una manera de llamar la atención acerca de su irregular situación que originó severísimos reproches de la Iglesia.

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Una intensa y vibrante Ophelia de John Waterhouse que recuerda a la dama Dangereuse...

Obviamente, entre los menos satisfechos con la escandalosa unión de Guillem y Dangereuse, se contaban los hijos de Guillem con Philippa. En ninguna época se hace plato de gusto ver que una madre querida ha de buscar refugio en una abadía tras encontrar instalada en el domicilio conyugal a la amante del padre. El más afectado fue el mayor, Guillem, dado que, para remate de la faena, el padre se empecinó en la idea de comprometerle en matrimonio con la hija de su concubina.

El asunto resultaba meridianamente claro, visto desde la perspectiva del duque trovador Guillem IX: su Dangereuse se encontraba bien situada, tratada con los debidos respetos y miramientos por la corte, mientras él permaneciese con vida; si algún accidente o enfermedad le llevaban a la tumba, ella quedaría en una precaria situación, quizá en perentoria necesidad de solicitar asilo, en calidad de humilde penitente, en un convento. La forma de asegurarle protección futura a Dangereuse surgió en su mente al contemplar a la bonita hija de su amada, Aenor de Châtellerault: si ésta se convertía en la siguiente duquesa consorte de Aquitania como esposa de Guillem X, sin duda no consentiría que se ofendiese o se rebajase a la madre. Aparte, en cierto modo la ascensión social de Aenor, una inocente en aquel enredo folletinesco, compensaba a la familia paterna de ésta, los Rochefoucauld de Châtellerault, por el daño en su prestigio sufrido a raíz de que el duque Guillem IX "raptase" a la dama Dangereuse.


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Una candorosa y vulnerable Ophelia de John Waterhouse que recuerda a Aenor de Châtellerault...

Por fortuna, Aenor no se asemejaba a su briosa madre Dangereuse. La habían criado para ser una damisela suave y delicada, una de esas muchachas encantadoras que se transforman en solícitas, devotas y fieles esposas. Si bien Guillem estaba mal predispuesto hacia Aenor, pronto rectificó: no había nada que reprocharle a su mujer, que parecía igual de incómoda e incluso quizá más violenta por el hecho de ver al padre de él amancebado con la madre de ella. La flamante pareja inició una sosegada y apacible vida conyugal. El primer fruto fue esa niñita, Aliènor, "la otra Aenor", nacida en Poitiers en 1122.


Última edición por Minnie el 21 Feb 2008 00:19, editado 2 veces en total

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NotaPublicado: 20 Feb 2008 23:51 
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La pequeña Aliènor contaba tres años de edad cuando Aenor se puso de parto por segunda vez, para ofrecer a Aquitania otra niña. La pequeña parece haber recibido el nombre de Aelith, en ocasiones transcrito como Alix, pero suele existir coincidencia en que su entorno familiar la denominaba Petronille. Al año siguiente, por fín Aenor triunfó en toda regla al alumbrar el deseado varoncito: Guillem Aigret, a quien llamaremos Aigret para no inducir a confusiones con el abuelo paterno y el padre. Para entonces, asimismo, se criaban en la corte dos hijos bastardos de Guillem, de nombres Guillem y Joscelyn: a ambos se les había reconocido, si bien su orígen ilegítimo les excluía de cualquier derecho hereditario. Aliènor y Petronille mantuvieron siempre una estrecha vinculación con sus medio-hermanos Guillem y Joscelyn.

Aigret, el niño tan largamente esperado, tuvo una vida brevísima. A los cuatro años de edad, mientras la familia ducal se hallaba pasando una temporada en su magnífico castillo de Talmont, situado en la costa atlántica de Aquitania, falleció Aigret, casi al mismo tiempo que su madre Aenor. El duque Guillem (ya era duque, pues había sucedido a su padre el Trovador a la defunción de éste, en el año en que había nacido su nieto Aigret) se encontró viudo con sólo dos hijas, Aliènor de ocho años, Petronille de cinco años.

De momento, el duque Guillem X se encontraba muy ocupado participando en una serie de conflictos de notable envergadura. Al igual que había heredado el amor por la música y la poesía de su padre, había heredado la propensión a guerrear así como a sostener frecuentes disputas con la Iglesia. A menudo se coaligaba con su vecino Geoffroi de Anjou (un hijo de aquel Fulques que había sido padre de Ermengarde...) para presentarle batalla a cara de perro al duque de Normandía, pero también se dedicaba a someter por la fuerza de las armas a sus vasallos más rebeldes (los Lusignan destacaban en ese sentido). No obstante, el mayor fregado en el que se metió Guillem fue tomar claro partido en el cisma de la Iglesia acaecido en 1130, al apoyar al anti-Papa Anacleto II en detrimento del Papa Inocencio II. Sólo cinco años después, en 1135, Guillem rectificó su postura por influencia de Bernardo de Clairvaux. A partir de ahí, procuró evitar problemas religiosos y empezó a cuestionarse a sí mismo hasta el punto de pensar en iniciar una larga peregrinación para la absolución de sus pecados hasta Santiago de Compostela.

Lo que asustaba a Aliènor, a esas alturas, era que su padre tomase una segunda esposa, en una ceremonia indudablemente legítima, con la que engendrar hijos de sexo masculino. Un medio hermano menor hubiese tirado por tierra las aspiraciones de Aliènor, que consistían en suceder, llegado el momento, a su padre Guillem en el ducado de Aquitania. Guillem estaba al tanto de las expectativas de Aliènor. Por un lado, le complacía: consideraba a su hija mayor no sólo muy hermosa y dotada de un peculiar encanto, sino inteligente, astuta y cultivada. En ella parecían unirse una serie de cualidades que la hacían destacar sobre cualquier mujer. Pero...y ése era el quid de la cuestión...se trataba de una fémina, lo que hacía preveer numerosos conflictos con los vasallos más distinguidos. Philippa de Toulouse, la madre de Guillem, no había podido hacer valer sus derechos en Toulouse hasta lograr el respaldo activo de un esposo claramente dotado para ejercer el papel de líder carismático: Guillem IX de Aquitania. Guillem X pensaba que su Aliènor se encontraría en una situación semejante a la que había encontrado la abuela Philippa: sin un marido de buena y sólida raigambre, no lograría imponerse.

De cualquier modo, Guillem persistió en su intención de peregrinar a Santiago antes de considerar su nuevo matrimonio. Necesitaba abordar esa fase de su existencia con la conciencia limpia, sintiéndose renovado y bendecido. El viaje hasta Santiago constituía un trayecto largo, no exento de dificultades; seguramente le aguardaban en la ruta fatigas y penurias, por muy duque que fuese. Afrontaba un claro peligro, de ahí que tomase sus disposiciones. Por si acaso le ocurría algo, selló previamente los documentos que situarían a su hija Aliènor bajo la tutela protectora del rey Louis VI de Francia.


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NotaPublicado: 21 Feb 2008 00:38 
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Los peores presagios se cumplieron.

El duque Guillem no volvería con vida a Aquitania: el peregrinaje a Santiago de Compostela que debía redimirle de todas sus faltas derivó en una muerte acaecida lejos de su hermosa Poitiers. Las circunstancias de su fallecimiento no están claras, pero el resultado sí: Aliènor, de dieciséis años de edad, acababa de convertirse en la duquesa de Aquitaine y Guienne, condesa de Poitou.

Los días alegres y despreocupados de Aliènor habían tocado a su fín. Hasta entonces, se había dedicado a presidir, con su innata elegancia y un refinamiento adquirido, la corte más artística de la época. Al igual que su hermana Petronille y las damas de su entorno, se distraía felizmente escuchando el relato de las historias románticas más populares de aquel entonces: la de Tristán e Isolde, la de Lancelot y Guinevere. Los trovadores recitaban sus poemas, compuestos en langue d´oc, mientras las señoras contenían el aliento ante aquella eclosión de amor cortés. De amor real, Aliènor aún no tenía plena conciencia, aunque se sugiere que pudo existir algún flirteo con su apuesto tío paterno, Raymond. Raymond, de notable belleza y gallardía, se había marchado, en última instancia, a buscar fortuna en Tierra Santa a través de un casamiento con la jovencísima heredera del principado de Antioquía: Constanza.

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Tristán e Isolde, de Edmund Blair Leighton, sirve para recrear la imagen de una jovencísima duquesa Aliènor escuchando embelesada a un trovador que sujeta su arpa...

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The Shrine, de John Waterhouse, sirve para recrear la imagen de una adolescente Petronille, cuya suerte dependía en ese instante de la de su hermana Aliènor...

Ahora, Aliènor y Petronille estaban solas. Aliènor, en concreto, se había convertido en una pieza muy apetecible para cualquier hombre con ambición y agallas, porque quien la poseyese a ella, poseería el riquísimo ducado de Aquitania (de extensión superior a la del reino de Francia, si bien técnicamente los duques aquitanos rendían vasallaje a los monarcas galos...). Afortunadamente, las disposiciones que había tomado Guillem X antes de rendir su alma permitieron solventar una situación peligrosa: ninguna mujer tenía demasiadas opciones de sostener sus derechos cuando no contaba con un nutrido grupo de parientes de sexo masculino dispuestos a respaldarla activamente. Louis VI, el rey de Francia, decidió tomar en sus manos el destino de su formidable "pupila", entregada a su custodia por el difunto duque Guillem; el mejor arreglo, por supuesto, consistía en casarla rápidamente con el hijo de Louis VI con Adelaide de Maurienne, Louis, heredero de Francia.


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NotaPublicado: 21 Feb 2008 01:09 
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El príncipe Louis, a quien le servían en bandeja de plata esa novia que encarnaba Aquitania, Guienne y Poitou, era un mozo de diecisiete años que no ofrecía mal aspecto. Sin duda, no se trataba de un Tristan ni un Lancelot, pero teniendo en cuenta que a su padre le apodaban "el gordo" y que su madre había adquirido fama de "fea", él sorprendía gratamente. Claro que su crianza y educación le habían transmitido una actitud ante la vida seria, reflexiva, mesurada, contenida, sobria, ascética y religiosa. Nada que ver su perfil con el perfil de la duquesita aquitana, sensitiva, imaginativa, fantasiosa, apasionada e inclinada más al goce que a repasar concienzudamente los dogmas de fé de la Iglesia.

En realidad, Louis no había nacido para heredar el trono: sus padres Louis y Adelaide habían tenido un hijo mayor, bautizado Philippe en honor al abuelo paterno (sí, el abuelo paterno había sido aquel Philippe que quería deshacerse de su consorte Bertha de Holanda a cualquier precio para tener consigo a la amante Bertrade de Montfort, ex condesa de Anjou...). Pero el príncipe Philippe había fallecido prematuramente a causa de un absurdo accidente: se encontraba dándose una vuelta a caballo con su habitual séquito de caballeros por el denominado mercado de la Greve, situado a orillas del Sena, en París, cuando delante de su brioso corcel surgió un jabalí, algo que hizo que el equino se alborotase, hiciese una cabriola y lanzase por los aires a su jinete. Al caer al suelo, el príncipe se golpeó la cabeza y perdió la conciencia: no volvería a recuperarla, pues murió al cabo de unas horas de agonía.

Un negro jabalí alteró el curso de la historia. El hermano de Philippe, Louis, a quien se había preparado desde la niñez para que desarrollase una carrera eclesiástica y a la sazón se encontraba satisfecho en el monasterio de Saint-Denis bajo la tutela moral del abate Suger, se encontró de pronto teniendo que asumir el papel que había representado su hermano. Ya nadie quería de él que se dedicase a repasar textos sagrados, sino que le instaban a participar en asuntos de gobierno. Y, encima, le buscaban apresuradamente la esposa idónea, que resultaba ser la duquesa Aliènor de Aquitania, una meridional de sangre caliente a juzgar por su estirpe inmediata.

No podía haberse producido un contraste más notable. Al principio, sin embargo, dió la sensación de que la pareja podía avenirse: Louis se enamoró de la belleza y la sofisticación de su Aliènor, que se esponjaba de puro deleite ante la clara adoración que él le manifestaba. Los dos se casaron y se apresuraron a recibir el homenaje de los vasallos de ella en Poitiers, para luego dirigirse a su regia residencia parisina con un fastuoso cortejo aquitano. Para entonces, el suegro de Aliènor, Louis VI, estaba seriamente enfermo: había tenido la precaución de hacer coronar a su hijo Louis, en calidad de co-soberano, unos meses más tarde de la desaparición prematura de Philippe, de forma que cuando el padre murió, al cabo de un mes de la boda, Louis se vió transformado en el único monarca de Francia bajo el nombre de Louis VII. La suegra, Adelaide de Maurienne, respetó las tradiciones: por un tiempo al menos, se recluiría en un convento envuelta en los velos blancos que distinguían a las reinas viudas.

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Otro cuadro de Edmund Blair Leighton sirve para representar a Aliènor y a Louis...


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NotaPublicado: 21 Feb 2008 01:43 
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Los parisinos, que usaban la langue d´oil y no la langue d´oc propia de la zona meridional, enseguida vertieron el nombre de Aliènor en Eléonor. La distancia que existía entre la corte aquitana y la corte francesa era infinitamente mayor de la que se podía medir en millas: sencillamente, parecían dos mundos sin ningún parecido.

Aliènor, Petronille, sus medio hermanos bastardos William y Joscelyn, el resto de los caballeros de Aquitania, Guienne y Poitou que conformaban sus amplios séquitos, encontraron un París tremendamente atrasado con respecto a Poitiers, a la vez que indudablemente se hallaban ahora en una corte solemne, pacata y aburrida por comparación con la que habían dejado tras de sí. Con pasmosa energía, Aliènor se dedicó a darle un completo remozado a la corte francesa: introdujo elaborados tocados, fantásticos vestidos de mangas anchas que llegaban al ruedo de las faldas, tejidos más ligeros, alhajas resplandecientes, nuevos manjares, diversos entretenimientos y, sobre todo, sus trovadores, que propagaban con sus obras los preceptos del amor cortés. Louis, no obstante, no participaba de esa "extravagancia" meridional: pasaba los días en compañía del abate Suger, a veces dirimiendo asuntos de gobierno, a menudo enfrascados en sutiles debates teológicos. Con el tiempo, Aliènor/Eléonor expresaría su desencanto en términos muy concretos: había pensado que se casaba con un rey, para descubrir que se había casado con un monje (lo cual no significaba que Louis no tuviese sus conflictos con el Papa Inocencio II, pues, de hecho, hubo un serio enfrentamiento al principio del reinado del joven debido a que ambos diferían acerca de quien debía ocupar el obispado de Bourges, que se hallaba vacante a la espera de designación de su titular).

Las cosas no mejoraron precisamente con el regreso a la corte de Adelaide de Maurienne, que quería representar un papel significativo y no simpatizaba con esa nuera de espíritu demasiado "ligero". Adelaide pudo usar en contra de Aliènor/Eléonor la "infertilidad" de la aquitana: en los primeros años de vida conyugal, no concibió hijos ni hijas para la corona.
Aunque, desde luego, el mayor desprestigio para Aliènor/Eléonor llegaría por cuenta de su hermana Petronille...

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Un cuadro de Waterhouse (Windflowers) sirve para recrear a Petronille en esa etapa de su vida...

Tanta exaltación del amor apasionado que excede por completo las normas morales generalmente reconocidas por aquella sociedad ejerció su influjo en la bonita Petronille. Hasta entonces había permanecido -para su disgusto- a la sombra de su bella y cautivadora hermana Aliènor, pero, a esas alturas, encontró algo que no había encontrado la duquesa casada con el rey-monje: un romance que desafiaba todas las convenciones.

Raoul de Vermandois era nada menos que el senescal de Francia, un cargo ciertamente distinguido que honraba su propia ascendencia regia: su progenitor, Hugues de Vermandois, había tenido por padres al rey Henry I de Francia y a la esposa de éste, Anna Jaroslavna de Kiev. Por tanto, Raoul había sido sobrino del rey Philippe I y primo hermano del rey Louis VI. No se trataba de ningún muchacho atolondrado: contaba ya más de cincuenta años, una edad avanzada para ese período; aunque conservaba la robustez y el vigor, de lo que se jactaba, estaba entrando en la ancianidad según los cánones de este tiempo. También presumía, ya puestos, de haber perdido un ojo en una escaramuza sostenida en apoyo del rey contra vasallos en rebeldía.

Por supuesto, no se encontraba libre. Llevaba casi quince años casado con Eleonore de Blois, hija del conde Etienne de Blois con Adèle de Normandía (una de las muchachas engendradas por Guillaume I duque de Normandía, luego también rey William I de Inglaterra, con Mahaut de Flandes). Las conexiones familiares de Eleonore pueden calificarse de formidable: uno de sus hermanos, Thibaud, era el conde de Champagne, título de raigambre y poderío, en tanto que otro, Stephen, se había erigido en rey de Inglaterra. Además, hay que señalar que Eleonore había proporcionado a Raoul de Vermandois un hijo y eventual heredero: Hugues.

Que Raoul tuviese aventuras extraconyugales entraba dentro de lo admisible. Lo inadmisible fue que picó muy alto. Algo sugiere que intentó cortejar a la reina Aliènor, pero ésta, en esa fase, prefería no jugar con fuego (o sencillamente el tipo no le interesó lo suficiente para animarse a jugar con fuego...). Petronille, la hermana de Aliènor, se mostró mucho más accesible. Raoul y Petronille iniciaron una relación discreta, pero no lo suficientemente discreta: el asunto trascendió enseguida. Al tener noticia de lo que ocurría, Aliènor sintió que ardía de pura cólera.


Última edición por Minnie el 21 Feb 2008 17:07, editado 1 vez en total

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NotaPublicado: 21 Feb 2008 17:06 
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Aliénor: representación pictórica no coetánea.

Varios factores explican el estallido de furia de Aliénor. En primer lugar, desde la perspectiva de una mujer acostumbrada a que quienes le bailaban el agua no la desmereciesen buscando mejor acogida en otros brazos, le resultaba bochornoso que el mismo Raoul de Vermandois que la había rondado con entusiasmo se hubiese desfogado a continuación con la mismísima hermana de ella, Petronille. En cierto modo, surgió un conflicto emocional derivado del conocimiento de que, mientras Aliénor se conformaba con un sucedáneo de romanticismo a través de la recreación del mundo artúrico debida al talento de los trovadores, su hermana menor había saboreado plenamente esa clase de pasión que se atribuía a las legendarias figuras.

Pero, en otro sentido, a una dama con plena conciencia de su linaje y rango le resultaba una humillación que un pariente maduro de su marido hubiese "desflorado y deshonrado" a su hermana. El baldón de esa relación clandestina adulterina no recaía en el adúltero seductor, sino en la doncella seducida. Aliénor no estaba dispuesta a aceptar que Petronille quedase "usada y tirada", mientras la corte se mofaba, a sus espaldas, de las aquitanas que jugaban con fuego hasta abrasarse en la pira de la vergüenza pública. Así, pues, Aliénor se presentó ante su esposo Louis armada de justa indignación, para reclamar que el mismo hombre que había tomado la virginidad de Petronille le proporcionase ahora la respetabilidad del matrimonio.

El asunto debió representar un verdadero tormento para Louis. Aliénor exigía el inmediato casamiento de Raoul de Vermandois con Petronille, pero Raoul de Vermandois tenía una esposa que había cumplido fielmente sus votos nupciales y a la que nadie podía reprocharle ninguna falta: Eleonore de Blois. Ante los sólidos argumentos esgrimidos por Louis, Aliénor reaccionó manteniéndose en sus trece: cualquier matrimonio podía anularse cuando convenía porque si se analizaban con ojo crítico las genealogías de los contrayentes siempre se acababa encontrando un grado de consanguineidad que hubiese requerido una no solicitada dispensa papal previa. Ese pretexto de la consanguineidad había servido a muchos, así que seguramente le serviría al senescal de Vermandois. Louis volvió a señalar que un divorcio afectaría profundamente al honor de Eleonore, pero asimismo al prestigio de sus hermanos, que se sentirían naturalmente impelidos a salir a la palestra en defensa de la condesa de Vermandois. El repudio se añadiría a modo de casus belli al viejo conflicto que seguía sosteniendo Louis contra el Papa Inocencio II y el conde Thibaud de Champagne (hermano de Eleonore, hay que recordar) a cuenta de quién debía ocupar el obispado de Bourges, si el candidato real o el candidato propuesto por el sumo pontífice romano con apoyo del conde champañés.A Aliénor no le importaba: sólo le importaba asegurarse de que Petronille se casaría con Raoul. Si la casa de Blois rezongaba, que rezongase; si se alzaban, ya se les sometería.

Ese episodio temprano en la biografía de Aliénor es importante porque revela hasta qué punto podía obcecarse en obtener algo sin tomar en cuenta ni los sentimientos de quienes le resultaban ajenos (Eleonore de Blois) ni las dramáticas repercusiones que quizá se produjesen (un conflicto abierto con la casa de Blois). Aliénor se mostró, en ese punto, firme, resuelta e implacable en su fiera determinación. Louis, de personalidad menos marcada que la de su cautivadora esposa, cedió a la presión pese a su acendrado sentido de la moral y el decoro. Probablemente para sus adentros maldijese a su primo Raoul y a su cuñada Petronille, que no habían sabido refrenar su lascivia. Pero lo significativo es que se dejó que Aliénor venciese sobre sus naturales escrúpulos de conciencia hacia Eleonore de Blois.


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NotaPublicado: 21 Feb 2008 22:03 
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Registrado: 17 Feb 2008 21:02
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Qué bonito te está quedando, kalli. Me gusta mucho como queda en este formato, parece un libro.


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NotaPublicado: 21 Feb 2008 23:33 
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sabbatical escribió:
Qué bonito te está quedando, kalli. Me gusta mucho como queda en este formato, parece un libro.


Tengo muchas ganas de que este tema lo vea Micmic, a ver si es de su agrado ;)


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NotaPublicado: 22 Feb 2008 21:59 
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Minnie escribió:
sabbatical escribió:
Qué bonito te está quedando, kalli. Me gusta mucho como queda en este formato, parece un libro.


Tengo muchas ganas de que este tema lo vea Micmic, a ver si es de su agrado ;)



:o :o :o !!!!
:D :D :D

Deslumbrante!! :o He leído un poco en diagonal porque estoy muy ajetreada y me quedé maravillada. No hay nada siquiera a aportar, está perfecto ! Guapa, no sé que te envidio más, si la inmensidad de tus conocimientos, si la maestria y fluidez com que organizas cada tema para que nos quedemos absortos y pendientes como los niños de los cuentos de sus abuelos, si la belleza de las composiciones intercalando el enredo com fotos y ilustraciones. Es increíble! :o No sé ni como consigues tener tiempo para conceber estas cosas, quanto más criarlas a una velocidad alucinante! Te das cuenta que eres más rápida como escritora que nosotros tus lectores que estamos siempre en tu peugada intentando acompañarte? :wink: Eso sí que es muy singular... :)

Gracias por el tema dedicado a la muy controversa señora de Aquitania, esa mujer tan fascinante y inquieta que osó, durante las tenieblas de la Edad Média, vivir pautada unicamente por los limites ( vagos y lejanos) de sus deseos, férrea voluntad y multifacetada personalidad, dejando sulcos en la história de grande parte de Europa, durante y después de su vida. Lo admirable de personajes de este calibre, en mi opinión, es la absoluta y inquestionable fuerza de carácter que se necesita para seguir segundo su proprio arbítrio, sin ejemplos, precedentes o temores del desconocido. Reservando las apreciaciones morales que historicamente son muy dificiles de apurar en personajes tan incontornables, siempre me fascinaran los pioneros. Y creo que Aliènor de cierta forma lo ha sido.

Veo que no soy la única que se interesa por las andanzas de Aliènor :) A juzgar por tu história, ya veo que es otra de tus personajes de cabecera: descibes sus trayectorias (tantas vidas, tanta gente, tantos lugares) como si fueses testigo directo de sus vidas y confidente de sus segredos. Seguramente habrá más quien ,como yo, se quede maravillada. Casí me da miedo que si menciono el nombre de una mia abuela o de un tio, me pones toda su anónima história y más, relatada de una forma tan envolvente que casí podrían parecer protagonistas de algo más que de su propia vida y entorno. :lol: Chica, eres mágica. :D

Me encanta tu elección de ilustraciones para el tema. Creo que no podría ser mejor, los pré-rafaelitas que en fondo repudiaban todas tendências artísticas post medievales, se coadunan perfectamente con esta época histórica y sus protagonistas. Además personalmente los quadros de Waterhouse, Hunt, Rossetti y sus amigos povoaban mi imaginacion de niña al dedicarme a las novelas de Walter Scott y los romanticistas desde Hawthorne hasta Pushkin, así que es una maravilla volver a esa época mágica. Además te cuento que mi mejor amigo desde siempre comenta que me ve en la imagen del “Lady of Shalott”. No por la cara o la barca, claro, pero porque la chica parece médio perdida, ala deriva por ahí en un espacio-tiempo paralelo y nebuloso. :roll: :oops: :)


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