Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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NotaPublicado: 25 Oct 2008 00:03 
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Otra foto de Alfonso, antes de continuar:

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NotaPublicado: 25 Oct 2008 00:15 
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Sobre todo le gustará a mi hijo que es más murciano que el pimentón. Yo, aunque amo mucho Murcia ya que llevo viviendo aquí 25 años, soy alicantino, como dicen borracho y fino. No,en serio soy abstemio aunque Octavius y su dubonet me están tentando.


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NotaPublicado: 25 Oct 2008 01:04 
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Ohh, un hilo de mi rey favorito. Esa última foto no la conocía Minnie, qué maravilla!

Yo creo que Alfonso XII ha sido el mejor rey que ha tenido este país en los últimos 200 años. Así de claro. Su madre era buena persona, pero bastante desastrosa y caótica como reina, su hijo tampoco adolecía de bondad, pero le faltó valentía demasiadas veces y fue un irresponsable en muchas ocasiones esenciales. El rey Juan Carlos es el único que podría rivalizar con el y no obstante, yo me sigo quedando con Alfonso.

Alfonso encarnó la figura del rey constitucional a la perfección. Prudente, honesto, de buen corazón, casi siempre hizo lo que Cánovas, creador y padre del sistema que él encarnó, decía. Él mismo lo dejó claro en el Manifiesto de Sandhurst: “…ni dejaré de ser buen español ni, como todos mis antepasados, buen católico, ni, como hombre del siglo, verdaderamente liberal.”
Y así fue. Alfonso fue El Pacificador, bajo su reinado se firmó la paz en Cuba y el fin de las guerras carlistas. Logró aunar entorno a su figura a antiguos radicales como Sagasta o Zorrilla, posibilistas, y a demás sectores conservadores y progresistas, exlcuyendo a las opciones más radicales: republicanos radicales y carlistas.

Es el rey romántico por excelencia, que gustaba de pasear en la noche por el Madrid castizo con Pepe Alcañices y frecuentaba tabernas o, por primera y única vez, desobedecía cariñosamente a Cánovas y marchaba de incógnito, ya muy enfermo, a dar consuelo a los coléricos en Aranjuez, que hasta algunas salas de dicho palacio llegó a ordenar utilizar para tal menester. También es muy conocida la anécdota en Murcia, cuando visitaba la región por brutales inundaciones y un labriego cayó a una acequia y el rey se lanzó raudo y veloz a por él y le salvó la vida. Le salía del alma todo aquello. Yo creo que ha sido, junto a Juan Carlos, e incluso más, el rey más popular de nuestra historia.
Ese halo romántico creció con su relación con Mercedes -por amor, como se casan los pobres, decían las coplas- la temprana muerte de ésta y también la suya propia.
Y además, a diferencia de todos sus antepasados y sucesores, era bastante apuesto y al ser hijo de un padre no Borbón, posiblemente Puig Moltó, un militar valenciano, pues salió el muchacho bastante más vistoso que lo que es tradicional en el lado masculino de la familia :lol:

Como decía un político español de la primera mitad del siglo XX..si Alfonso XII hubiera vivido siquiera 20 años más, España se habría ahorrado posiblemente algunos episodios terribles de su historia posterior...


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NotaPublicado: 25 Oct 2008 08:14 
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Duque, yo soy más tajante: ha sido el rey más popular de nuestra historia, muy por encima incluso de su descendiente que ocupa el trono en la actualidad.

Lo que yo siempre he admirado en Alfonso se resume en dos adjetivos: hombría de bien y valor. Era un tipo con un ideal y con un proyecto sólido, a largo plazo, para su país, basado en ese ideal. Creía sinceramente que a su país había que pacificarlo, para después consolidar poco a poco el tejido social para llevarlo tranquilamente por la senda del progreso, dentro de un sistema político que copiase lo mejor del sistema británico. Estaba convencido de que una clave sería la alternancia en el gobierno de los dos principales partidos, con un intenso parlamentarismo. En lo que a él se refería, podían encargarse de gobernar, por turnos, su mentor Cánovas del Castillo, un conservador apoyado por la aristocracia y las clases medias de sesgo moderado, y Sagasta, un liberal centrado apoyado básicamente por una pujante burguesía conformada por industriales y comerciantes. Mientras Cánovas y Sagasta, quienes afortunadamente no sólo eran políticos sino que sabían mostrarse como estadistas, se encargaban de la acción de gobierno, Alfonso asumió su principal tarea: forjar un sólido vínculo de unión entre la monarquía que él representaba y el pueblo, que era el que pagaba el pato de una historia reciente tremendamente convulsa.

Alfonso tenía ese instinto infalible para conectar con el pueblo que distingue a los mejores monarcas. Había en él una actitud de permanente accesibilidad y una llaneza en el trato que le hacían perfecto para ese menester, el de ganarse el favor popular día a día. Sus gestos populistas tienen algo maravilloso porque no se perciben como una simple representación cuidadosamente planificada, como había ocurrido, por poner un ejemplo, en el caso de su tío político, después también suegro, el duque de Montpensier. El populismo que desplegó Montpensier en la época del reinado de su cuñada Isabel II, cuando quería obtener una base social que le apoyase en una eventual pugna por un trono que en cualquier momento podía verse vacante debido al constante desprestigio de la soberana, era un populismo planificado al detalle. En el caso de Alfonso, que cuando se produjo la Restauración era un mozo de apenas diecisiete años, el populismo surgía de una necesidad íntima de demostrar al pueblo que un rey consagrado a apoyar y confortar a quienes más afligidos se veían marcaba una diferencia sustancial con el pasado. Alfonso tenía que hacer olvidar a la gente de a pié dos detalles: que era nieto de Fernando VII, el "deseado" que se transformó en "el felón", y que era hijo de Isabel II, una mujer con corazón, pero tan desbocada que acabó minando por completo el prestigio de la dinastía. Hay que recordar que tras la expulsión de los Borbones, vino la experiencia, nada grata, de la Primera República, finiquitada la cual se empezó a considerar la conveniencia de retornar a una monarquía claramente reformada. El gran Juan Prim, sin embargo, reflejó el mayoritario sentir de los españoles cuando, interpelado sobre un eventual posible regreso de los Borbones, contestó con tres palabras: "Jamás, jamás, jamás". Alfonso, a su vuelta muchos años después, tenía que luchar contra el peso histórico de aquel "Jamás, jamás, jamás" que ponía de relieve hasta qué punto habían quedado para el arrastre, ante la opinión pública, los Borbones, después de los reinados de Fernando VII e Isabel II.

Alfonso estaba a disposición de su pueblo. Asumió un ritmo de vida, y de trabajo, francamente agotador, por no decir extenuante. Había sido un niño muy débil, probablemente desde la infancia anidaba en su interior aquella dolencia pulmonar, la tuberculosis, que acabaría matándole a los veintiocho años. Haciendo memoria, Alfonso fue proclamado rey a primeros de diciembre de 1874 a resultas de un pronunciamiento militar de mil ochocientos hombres dirigidos por el general Martínez Campos: aunque Martínez Campos había avisado a Cánovas de Castillo respecto a sus intenciones, éste se puso furioso por lo acontecido, ya que, fiel a sí mismo, había esperado que la restauración alfonsina se cimentase en un amplio movimiento civil ratificado en sede parlamentaria, no a raíz de un levantamiento al puro estilo de los espadones decimonónicos. Pero, bueno, Cánovas del Castillo, ante un hecho consumado, hizo de la necesidad virtud al programar la restauración de Alfonso. Madrid, en un día de sol, vió llegar a un chico joven y guapo, encaramado a lomos de su caballo blanco. Pero lo que los españoles no supieron nunca, porque se guardó estricto silencio, fue que al cabo de unos pocos meses, aquel chico que quería resolver cuánto antes el viejo conflicto carlista, para lo cual se marchó al norte a dirigir sus tropas, sufrió su primer vómito de sangre. Es decir: Alfonso tuvo una primera señal de alarma emitida por su frágil organismo con sólo dieciocho años. Dice mucho acerca de su integridad personal y su coraje que, no obstante, redoblase sus esfuerzos.

Ejemplo: la visita que mencionas, Duque, a los afectados por el cólera en Aranjuez, se produjo en el verano de 1885. Pero Cánovas tenía razón al haberle prohibido ir, porque para entonces estaba muy delicado ya que se había consumido por entero en los meses de ese invierno de 1885, al visitar todas las comarcas de Andalucía Oriental y de Levante devastadas por las inundaciones. Alfonso se exigió demasiado a sí mismo, porque no concebía no acudir al lado de quienes necesitaban el auxilio del rey.


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NotaPublicado: 25 Oct 2008 09:02 
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Pero, para no avanzar tan deprisa, o, mejor dicho, para no dar semejantes saltos hacia adelante en la historia...

...ya que hemos conocido ya el perfil de Guillermo Morphy, justo es que nos detengamos en la figura de Pepe Alcañices. Morphy y Alcañices representan dos puntales constantes sobre los que se erigía el joven Alfonso; son su círculo inmediato, los de plena confianza, los que no le dejaban en la estacada y cumplían fielmente sus designios

Aquí, en esta foto, se advierte la franca complicidad entre Alfonso, todavía un muchachito, y el aún joven Pepe Alcañices:

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José Isidro Pérez Osorio de Silva, que ése era su nombre completo, había nacido el 4 de abril de 1825. Su padre era don Nicolás Pérez Osorio Zayas, uno de los aristócratas más significativos del país, así como uno de los más ricos, en tanto que su madre era doña Inés de Silva y Téllez de Girón, hija de los marqueses de Santa Cruz. De su progenitor, heredaría en su momento José los ducados de Alburquerque, Algete y Sesto, unidos a los marquesados de los Balbases, de Leganés y Alcañices. En su juventud, de hecho, usaba el título de marqués de Alcañices y aunque en su madurez empleaba ya con preferencia el título de duque de Sesto, para los madrileños siempre fue, comúnmente, "Pepe Alcañices".

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Durante la etapa isabelina, en sus años mozos, había sido protagonista de un enredo sentimental. Estaba perdidamente enamorado de la hermosa Francisca de Palafox de Guzmán Portocarrero y Kirkpatrick, duquesa de Peñaranda y condesa de Montijo, a quien se solía denominar, simplemente, Paca. La belleza de Paca tenía a Pepe Alcañices absolutamente enganchado. Incluso cuando Paca contrajo un ventajosísimo matrimonio con Jacobo, o Jaime, Fitz-James Stuart, decimoquinto duque de Alba, Pepe siguió bebiendo los vientos por ella. Para tener fácil acceso a Paca, Pepe, al parecer, fingió que estaba cortejando a la hermana pequeña de la flamante duquesa de Alba, Eugenia, condesa de Teba. Cuando Eugenia descubrió, a través de una lacrimógena confesión de Paca, que Pepe le bailaba el agua sólo porque así podía dedicarle miradas y requiebros a la duquesa de Alba, se llevó el disgusto del siglo. Para Eugenia, se trató de una situación vergonzosa y humillante, hasta el punto de que se comenta que trató de suicidarse ingiriendo una cocción de cerillas machacadas con leche. Salvada in extremis, su enérgica y ambiciosa madre, María Manuela, se encargó de llevarla a varios resorts de moda para que recobrase la salud. Eugenia tardó la intemerata en quitarse de la cabeza a Alcañices pese a lo mucho que él la había ofendido: unos años más tarde, ya comprometida con el emperador Napoleón III, envió, según relata Ana de Sagrera en su magnífico libro "La juventud de la emperatriz Eugenia", una esquela a Alcañices en la cual suplicaba "Dime si me caso" (como en el bolero, si Pepe le hubiera contestado "no te cases" y "ven", ella lo habría dejado todo...).

Al margen esa historia, Pepe era un mujeriego sin remedio. Le gustaban las tabernas, las fiestas y por encima de todo añadir muescas al cabecero de su cama (sentido metafórico, obviamente). Pero su existencia no discurría únicamente por esa vereda frívola. A los veintiocho años se convirtió en alcalde de Madrid, dónde emprendió un serio programa de obras públicas. Luego, sería Gobernador Civil de Madrid.

La revolución de 1868 alteró el panorama. Pepe Alcañices se largó a París, para formar parte del "entourage" de la reina Isabel II. Puso su inteligencia, su capacidad de trabajo y su inmensa fortuna al servicio de los destronados Borbones, secundado por la bellísima mujer con la que se casó aquel mismo año: la princesa rusa Sophie Troubetzkoy, viuda del duque de Morny, medio hermano ilegítimo de Napoleón III, quien, ironías de la vida, estaba casado con Eugenia de Montijo, la misma que, antaño, había querido morirse a cuenta de la traición sentimental de Alcañices. Los sacrificios monetarios de Alcañices en pro de Isabel II y después del príncipe Alfonso no conocieron límites. Incluso vendió sus tierras del condado de Ledesma y un magnífico lote de fincas extremadamente productivas en la provincia de Granada.

No hay duda de que Alcañices quería mucho a Alfonsito. Seguía de cerca su evolución, considerándole un muchacho prometedor, de aspecto agraciado y sumamente inteligente. No sólo se interesaba por el desarrollo académico del chico, sino que, cada verano, le invitaba a pasar unos días en la mansión que poseía, junto a su esposa, en Deauville. Aquello era muy importante para Alfonso, cuya vida doméstica podía calificarse de deficiente por no decir nefasta debido a la virtual separación, tras décadas de riñas y reproches, de Isabel II y Francisco de Asís.

A Alcañices le cupo la distinción de persuadir a Isabel II de que abdicase a favor de Alfonso. En el exilio, después de una breve etapa inicial en el Pabellón de Rohan parisino, graciosamente cedido por Napoleón III y su Eugenia de Montijo, Isabel se había establecido en un palacio de la rue Kleber que rebautizó con el nombre de palacio Castilla. Allí, una nutrida camarilla alentaba sus sueños de retornar al trono de España del que la habían echado con cajas destempladas. Pero Alcañices veía claro que la imagen de Isabel en España estaba completamente destrozada. Si la dinastía tenía que restaurarse, debía ser en la persona de Alfonso, un joven mirlo blanco. Alcañices hizo uso de su innegable carisma y sus dotes de persuasión en el curso de larguísimas charlas con la reluctante Isabel. Al final, Isabel comprendió cuánto de verdad contenían los argumentos en pro de su abdicación que esgrimía Alcañices. De inmediato, mandó llamar al saloncito en el que se hallaban ambos a Alfonso. Nada más entrar el chico, Isabel le dijo, con su habitual salero: "Alfonso, dale la mano a Pepe, que ha conseguido hacerte rey".

A partir de ahí, toda la inventiva y el empeño de Pepe Alcañices se orientaron en una única dirección: preparar el camino para que el partido alfonsino ganase cada vez más presencia, y fuerza, en el panorama político-social español. En la época del reinado de Amadeo de Saboya, Sophie Troubetzkoi, la hermosa esposa rusa de Alcañices, había sido la artífice de la denominada "Revuelta de las Mantillas". Siguiendo su ejemplo, muchas damas de la nobleza lucían mantillas blancas y prendían en sus corpiños broches en forma de flor de lys, símbolos de rechazo hacia Amadeo y de apoyo hacia Alfonso. Pero Pepe Alcañices comprendía que una corona no se ganaba sólo entre damas de la aristocracia, sino, especialmente, a ras de pueblo. Por eso fundó el denominado "Batallón del Aguardiente", un abigarrado conjunto de fervientes alfonsinos de distintos estratos sociales y profesiones. Aglutinados en torno al entonces famosísimo torero Frascuelo, recorrían los mesones de Madrid bebiendo aguardiente mientras se dedicaban a vitorear con entusiasmo a Alfonso. Entre tabernas y corridas de toros, aquellos jóvenes vibrantes creaban un estado de opinión general de simpatía hacia Alfonso, lo que tiene su miga...


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NotaPublicado: 25 Oct 2008 09:19 
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La gran suerte de Alfonso fue tener a su alrededor a Morphy y a Alcañices, así como contar con el apoyo decidido de un hombre de la talla de Antonio Cánovas. Bien pensado, también tuvo suerte en que el militar que se pronunció a su favor, rompiéndole los esquemas al mencionado político conservador, fuese Martínez Campos. El procedimiento de las asonadas cuartelarias no le hacía ni pizca de gracia a Cánovas, que llevaba años trabajando en feliz connivencia con Alcañices. Pero Martínez Cánovas, aunque empleó el viejo sistema de utilizar a sus tropas para marcar el rumbo político del país, nada sano, nada saludable, al menos tenía la grandeza de actuar sin esperar recibir a cambio la encomienda de manejar los hilos desde detrás del trono restaurado.

Alfonso tuvo suerte, pero la suerte también "se hace a la medida de cada persona". Si él no hubiera sido un muchachito despierto y vivaz, inteligente y aplicado, dotado de un gran encanto personal, muy probablemente no hubiese suscitado tantas adhesiones, aquellas lealtades firmes y sólidas. Los alfonsinos de pro sabían que se estaban "mojando" por un chico que había asimilado una forma de entender la monarquía y el gobierno distinta a la de cualquier antecesor. Su paso por el Liceo Stanislas y por el Theresianum, sumados a su posterior experiencia británica durante la formación militar en Sandhurst, le hacían distinto.

Una bonita serie de cabinets que reflejan la evolución de Alfonso:

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El delirio, para Cánovas, habría llegado si el joven monarca restaurado se hubiese comprometido en matrimonio con la princesa Beatrice de Inglaterra, la menor de las hijas de la reina Victoria. Para un hombre que consideraba el constitucionalismo británico la mejor garantía de paz social y la mejor senda hacia una razonable prosperidad, ese enlace con Beatrice hubiese culminado todas sus expectativas depositadas en Alfonso. Puede resultar entretenido especular acerca de cómo pretendía resolver Cánovas la cuestión, nada baladí en aquella época, de las diferencias religiosas entre Alfonso y Beatrice, siendo el primero católico, siendo la segunda anglicana. Pero en el asunto de los matrimonios, Alfonso no le dió gusto a Cánovas ni en sus nupcias "por amor" con Mercedes de Orleáns ni en su casamiento "por conveniencia" con María Cristina de Habsburgo.


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NotaPublicado: 25 Oct 2008 10:11 
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Alfonso siempre había llevado con resignada paciencia la nada edificante vida privada de sus padres oficiales, la imposible pareja conformada por Isabel II y Francisco de Asís. La historia común de ambos había arrancado con mal pié: cuando a la jovencísima reina Isabel se la informó de la conveniencia e incluso necesidad de que contrajese matrimonio con su primo hermano Francisco, la muchacha, francamente horrorizada, no pudo contener el grito "¡Con Paquita no!". A Francisco, uno de los dos hijos varones del infante Francisco de Paula (hermano de Fernando VII, padre de Isabel...) con la intrigante Luísa Carlota de Nápoles (hermana de María Cristina, madre de Isabel...), se le tenía por un "mariquita redomado". Su delicado aspecto físico, su voz meliflua, su amaneramiento, su inclinación a aparecer repeinado y perfumado llevando siempre el dandismo al extremo, le habían dado fama de homosexual impotente con las mujeres o, peor aún, incapaz de engendrar. Isabel se casó luciendo un valiosísimo vestido de encaje de plata orlado con lazos cuajados de brillantes que caían hasta el suelo, pero estaba cargada de aprensiones respecto a ese matrimonio que le habían impuesto; y que en la noche de bodas su flamante esposo compareciese en la alcoba llevando encima "más puntillas" que ella misma en su lingèrie acabó de arruinar las cosas.

Durante años, la convivencia de Isabel y Francisco estuvo marcada por los enfrentamientos a cara de perro. Cada aventura amorosa o erótica de la soberana se convertía en una puñalada trapera que podía asestarle Francisco. Para no armar un escándalo tras otro, a medida que llegaban embarazos y partos de dudosa autoría, Francisco exigía compensaciones. El perpetuo chantaje de Francisco a Isabel no se interrumpió ni siquiera cuando ambos se hallaron en el exilio francés. Los dos se separaron de hecho: tras la efímera etapa en el Pabellón de Rohan, Isabel se estableció, con su cohorte, en el palacio de Castilla, en tanto que Francisco optaba por instalarse en un apartamento cercano al Bois de Boulogne hasta el momento en que, "apretando otra vez las tuercas" a su mujer, obtuvo de ésta la gran suma de dinero que le permitió adquirir el château de Épinay-sur-Seine.

Hay que tener en cuenta la concepción profundamente machista de la sociedad decimonónica para imaginar cuánto tuvo que afectar a Alfonso, en su fuero interno, aquella enrevesada situación familiar. La doble moral imperante exigía una firme castidad a las esposas, mientras permitía los desfogues al margen de la unidad conyugal de los esposos. En círculos particularmente hedonistas y sofisticados, se podía encajar el hecho de que una mujer se permitiese ciertas licencias...siempre y cuando se guardase la apariencia. Dicho de otra forma: si la mujer se jugaba, para perderla, la virtud, al menos debía conservar la reputación. En el caso de los hombres, existía una notable liberalidad: lo único que se veía mal eran "los desvíos respecto a lo que marca la naturaleza", es decir, la inclinación de carácter homosexual.

A Alfonso se le juntaban dos factores adversos. Su madre ni conservaba la virtud ni se esforzaba lo más mínimo por mantener siquiera una apariencia. Tenía una reputación hecha trizas, al cabo de la larga secuencia de amoríos. En cuanto a su padre oficial, el problema estribaba en que se le consideraba "de pasta flora". Que los dos se agrediesen mutuamente complicaba las cosas.

En lo que se refería a Alfonso, eso marcó, de inicio, una infancia en la que no pudo contar con el sostén emotivo y afectivo de una sosegada vida doméstica. También le puso en el brete de tener que manifestarse como un hijo respetuoso hacia unos padres que perdían día a día el respeto de todo un país. Por otro lado, el príncipe había heredado, al parecer, la fuerte pulsión erótica de Isabel. En su caso, no significaba un peligro de quedar estigmatizado ante la sociedad. De hecho, sus allegados preferían con mucho que el chico tuviese aquel deseo de "catar hembras", pues lo francamente peligroso hubiese sido que se le hubiese percibido como "una graciosa mariposa" al estilo de Francisco de Asís, que, aunque no fuese su padre biológico, era su padre ante la ley. Sin embargo, la delicada salud de Alfonso hacía que fuese necesario "sujetarle con rienda corta". Lo último que se quería es que se agotase por entero, consumiéndose en plena juventud, por andar retozando en una larga serie de camas. Y la promiscuidad, además, llevaba aparejado el riesgo, cierto, de las enfermedades venéreas, que tantos estragos causaban. Con el tiempo, Morphy y Alcañices se verían en una difícil tesitura. En particular a Alcañices, se le acusaría, vivamente, se servir de "alcahuete" o de "proveedor de mujeres" a Alfonso, algo por lo que la segunda mujer de éste, María Cristina de Habsburgo, se tomaría cumplida revancha. Lo que no consideró ni María Cristina (en su caso, quizá sea natural: sus propios sentimientos de amor no correspondido, de celos y de humillación la cegaban...) ni otra gente es que, en realidad, Alcañices no tenía opción. Controlar a Alfonso en la adolescencia se podía hacer, pero controlar a un Alfonso ya mayorcito, establecido en su posición de monarca, era harina de otro costal. Resultaba más sensato y pragmático acompañarle en sus correrías, procurando que no se enredase con cualquiera que pudiese pegarle una gonorrea o -peor aún- una sífilis.

Existe una curiosa dicotomía entre la leyenda romántica que se trenzó en torno al primer amor, con noviazgo clandestino y posterior boda controvertida, de Alfonso y el análisis de su trayectoria erótica. Pero, en realidad, esa dicotomía era bastante común según los cánones de la época. Supuestamente (aunque aquí nos movemos en un terreno plagado de especulaciones...) Alfonso se había "desvirgado" durante su etapa de estudiante en el Theresianum de Viena. Se suele dar por buena la versión según la cual, para impedir que el chaval acabase "echándose a perder" en los famosos prostíbulos de la capital imperial, la mismísima Isabel II le había enviado, como cebo, a una visitante espectacular, la joven, guapa y voluptuosa cantante de ópera Elena Sanz. En teoría, tras descubrir los goces del sexo junto a la atractiva Elena, Alfonso habría iniciado la lógica secuencia de breves aventuras que respondían a las necesidades de la carne, en tanto que su corazón ya estaba rendido a los bellos ojos oscuros de su inocente primita, Mercedes de Orleáns, de quien se había prendado durante una visita a los Montpensier en el château de Randan.

Hay evidencias de que incluso en una etapa posterior, durante el período de compromiso con Mercedes, mientras ésta preparaba con la mayor ilusión del mundo su ajuar en vísperas del casamiento que tenía entusiasmados a casi todos los españoles, Alfonso seguía con sus "correrías nocturnas". Eso no implicaba que no amase a Mercedes. El quid de la cuestión era que se asumía de forma general que los buenos mozos que cortejaban a muchachas puras como los copos de nieve a las que no se podía tocar hasta la noche de bodas, tenían derecho, sin embargo, a desfogarse con otras mujeres "en las que faltaba el pudor y la decencia". Quizá de haber vivido Mercedes, Alfonso hubiese refrenado hasta cierto punto su fuerte líbido. Al menos, tal vez se habría limitado a "usar de otras mujeres" sólo en los períodos en los que su legítima consorte se hallase imposibilitada por embarazo o por puerperio. Cabe pensar que habría manejado sus aventuras extraconyugales con discreción, para no provocar pena ni vergüenza en Mercedes. Pero la realidad es que Mercedes se murió tras cinco meses de venturosa unión, sumiendo a Alfonso en una tremenda depresión a juzgar por el testimonio de sus coetáneos. La forma de arrancarle de aquel profundo duelo fue volver a ponerle por delante a mujeres de bandera, como Adela Borghi, la Biondina, o, de nuevo, Elena Sanz.


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NotaPublicado: 25 Oct 2008 10:35 
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Creo que ya comentamos algo en los foros de joyas sobre el trato que recibió Alcañices de la Reina Maria Cristina, algo relacionado con unas propiedades creo que la Reina se tomó libremente, bueno fué ya hace algunos meses... seguro que llegado el momento, nos lo vas a contar más ampliamente (wink)

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NotaPublicado: 25 Oct 2008 11:02 
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Joven Alfonso.


Mercedes...
Incluso la simple mención de ese nombre evoca a esa infanta española de primer apellido innegablemente francés que aunque nacida madrileña parecía casi netamente sevillana. Con esos mimbres, se trenzó el cesto de una muchacha que, según algunos de sus contemporáneos, era mucho más hermosa de lo que parece si la juzgamos basándonos en sus fotografías, pero que, aparte, añadía a su atrayente aspecto una genuína bondad y no poco gracejo andaluz.

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En el trasfondo de toda la historia, aletea un conflicto familiar. Isabel II y su única hermana de vínculo completo, la infanta Luísa Fernanda, habían crecido profundamente unidas. Huérfanas de un padre al que no podían recordar, privadas de una madre a la que la arriesgada apuesta de una segunda boda morganática había dejado en una posición tan difícil que enseguida se le quitó la condición de regente y se la mandó al exilio, las dos niñas se apegaron la una a la otra. Se querían muchísimo, a pesar de algún breve episodio de pelusilla de la menor, Luísa Fernanda, con respecto a la mayor, Isabel, que, por ser la reina, se llevaba la mayor cuota de atenciones, mimos y halagos. Pero los matrimonios de ambas, un verdadero embrollo político en la época, que culminó en una doble boda celebrada el mismo día, marcó un punto de inflexión. Isabel tuvo que apechugar con "Paquita", en tanto que Luísa Fernanda se encontró emparejada con un astuto, resuelto y tremendamente ambicioso príncipe francés: Antoine de Orleáns, duque de Montpensier. Durante décadas, Montpensier participó en camarillas e intrigas que tenían por blanco a su cuñada Isabel. Aún después de que la Revolución largase al exilio a Isabel, Montpensier se postuló a sí mismo como un posible rey para España, fundador de una "dinastía" directísimamente conectada con la dinastía histórica a través de su piadosa mujer. Las grandes aspiraciones de Montpensier se fueron a hacer gárgaras después de que causase la muerte, en un duelo, al infante Enrique, duque de Sevilla, hermano de Francisco de Asís, el marido de Isabel. Obviamente, Isabel jamás perdonó a Montpensier todas sus "trapacerías". Y la relación entre Isabel y Luísa Fernanda fue, cuando menos, difícil, con algunos períodos de reconciliación entre largas etapas de distanciamiento e incluso notable frialdad.

Aquella situación familiar había hecho que los hijos de Isabel tuviesen verdaderamente poco contacto con los hijos de Luísa Fernanda. Los encuentros fueron escasos y esporádicos, sin una continuidad en el tiempo. La situación experimentaría un cambio a raíz de que los Montpensier también tuviesen que abandonar la españa del rey Amadeo I de Saboya. Buscaron acomodo en Francia, por supuesto, dónde podían contar con el apoyo de la madre de Isabel y Luísa Fernanda, la que había sido reina gobernadora María Cristina, y, no menos importante, de los numerosos parientes Orleans. María Cristina laboró sin descanso para propiciar una etapa de mayor cercanía entre Isabel y Luísa Fernanda. Y Montpensier, cuya cabeza nunca dejaba de tramar, enseguida atisbó nuevas posibilidades de acabar jugando un papel decisivo en la vida de su sobrino Alfonso, el chico de Isabel que concitaba las esperanzas de restauración de los Borbones.

Montpensier tenía la astucia y las mañas de un zorro. Le constaba que la principal carencia que arrastraba Alfonso era la falta de una apacible y armónica vida en familia. Él podía ofrecer, en cambio, una cálida acogida en un entorno familiar sorprendentemente dichoso. De puertas para afuera y de puertas para adentro, Antoine y Luísa Fernanda, que no podían ser más distintos en cuanto a carácter e inclinaciones, mostraban un frente unido; junto con su abundante prole, conformaban una estampa de familia integrada y bien avenida que contrastaba -¡y de qué manera...!- con la desestructurada familia domiciliada en el palacio de Castilla. Convencido de que resultaría pan comido atraer a Alfonso a su círculo, Antoine persuadió a Luísa Fernanda para invitar al sobrino a visitarles en unas navidades en el château de Randan.

Por supuesto, Isabel recelaba instintivamente de todo gesto hospitalario que procediese de los Montpensier. Con el historial de su cuñado, siendo consciente de que su hermana se movía según la batuta que sostenía éste entre sus dedos, parece lo más natural que no se fiase ni un pelo. De ahí que Alfonso no acudiese a Randan solo, sino en calidad de acompañante de su madre Isabel, que, en los días anteriores a ese viaje, se había encargado de que su hijo enlazase días de alegre jarana con noches plagadas de interesantes eventos sociales. La intención de Isabel estaba clara: imprimir en la mente de Alfonso la imagen luminosa, refinada, sofisticada, seductora del París de entonces, para que encontrase tediosa y aburrida la domesticidad de Randan. Pero la domesticidad puede ejercer un profundo influjo en un muchacho sensible que siempre ha carecido de ella...

Los Montpensier habían preparado hasta el último detalle. Querían "engatusar a Alfonso" y sentar las bases para una futura avenencia entre el muchacho que podía acabar ocupando el trono y su propia descendencia. Sería increíblemente osado decir, como han dicho algunos, que el ambicioso duque ya había elaborado en su mente la posibilidad, calculando la probabilidad, de que Alfonso pudiese sentirse inclinado hacia una de sus hijas, María Cristina o Mercedes. Montpensier contaba, más bien, con que surgiese una relación de confianza de Alfonso hacia él mismo, el tío dispuesto a poner a su servicio toda su experiencia política a cambio de una "justa retribución" en "cuota de poder", y, seguramente, una amistad entre el príncipe y el heredero del ducado, Fernando, pues ambos tenían edades que conjuntaban. No había ningún plan para usar de cebo a María Cristina, menos aún a Mercedes, una simple colegiala a la que le faltaban años para "ponerse de largo".

Otra cosa es asegurar -que se puede hacer...- que a Montpensier le hicieron los ojos chiribitas al ver que, en esas jornadas, a Alfonso parecía causarle una gran impresión la pequeña Mercedes. Ella, con sus enormes ojos oscuros, su voz melodiosa, su característico ceceo andaluz, el garbo que desprendía cuando tocaba la guitarra, había tocado una veta sensible en el corazón de Alfonso. Sin buscarlo, sin haberselo propuesto y sin haberlo planificado. La naturalidad, la espontaneidad, de Mercedes atrajeron de forma irremisible a Alfonso. Aunque se trataba de "dos muchachitos", lo que hacía pensar en una efímera infatuación por parte del príncipe, Montpensier empezó a hacer sus cábalas...


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NotaPublicado: 25 Oct 2008 11:07 
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sabbatical escribió:
Creo que ya comentamos algo en los foros de joyas sobre el trato que recibió Alcañices de la Reina Maria Cristina, algo relacionado con unas propiedades creo que la Reina se tomó libremente, bueno fué ya hace algunos meses... seguro que llegado el momento, nos lo vas a contar más ampliamente (wink)


Desde luego ;)
A mí Alcañices me simpatiza muchísimo. Tenía algo de encantador de serpientes y de pillo redomado, pero, en esencia, era un gran tipo, con grandeza de miras, dispuesto a comprometerse con una causa -la restauración alfonsina- y de empeñarse hasta las cejas para conseguirlo. Fue extremadamente generoso con su rey y se mantuvo con firmeza a su lado hasta el final. Estoy cien por cien convencida de que hubiese servido con fervorosa lealtad a Alfonso XIII, el hijo de Alfonso XII. Si María Cristina no hubiese sido tan mezquina y rastrera con Alcañices, a quien culpaba casi en exclusiva por el rosario de infelidades que había perpetrado el difunto Alfonso XII, otro gallo hubiese cantado. A mí me encanta María Cristina, pero hay algunos errores garrafales en su biografía. Uno es el trato que dió a Alcañices, otro su obsesiva vendetta sobre Elena Sanz y los hijos de Elena Sanz (que, a fín de cuentas, eran MEDIO HERMANOS de sus propios retoños).


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NotaPublicado: 25 Oct 2008 11:12 
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¿Desde cuando conoce Alfonso a Elena Sanz, exactamente..??
¿Cuando empieza su relación... en época de Mercedes ya estaban juntos...??

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NotaPublicado: 25 Oct 2008 11:14 
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Si, parece un poco mentira que mujeres que hacen matrimonios de conveniencia ó de Estado, ó de lo que sea, donde saben perfectamente que se enfrentan a una ausencia total de amor, luego se venguen por los devaneos sentimentales QUE YA VIENEN EN EL SUELDO.

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